Buenos Aires, mayo de 2015 Entrevista a Mariana Felcman






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fecha de publicación20.06.2016
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Buenos Aires, mayo de 2015 Entrevista a Mariana Felcman


Paisajes de agua y palabras

por Victoria Blanco

Conversar con Mariana Felcman es algo parecido a perder el control. Soltar el ancla de la clásica estructura pregunta-respuesta-pregunta que posee una entrevista y animarse a un mar de palabras, silencios y reflexiones que ella propone como persona, y como artista. Agua Anónima es su próxima muestra y podrá verse en Espacio Ecléctico, desde el 28 de mayo hasta el 31 de julio. Allí, y a través de una obra que consta de tres partes, Felcman dará cuenta no solo de la elección del elemento inspirador que toma como disparador creativo -la sustancia en su estado líquido-, si no, y por sobre todo, de una característica que representa su propia matriz de artista: la de tomar conceptos que parecieran sencillos, incluso ingenuos, y escurrirlos, apretarlos, trabajarlos hasta obtener de ellos una forma expresiva profunda, insondable e infinita.

«Ces paysages d'eau et de reflets sont devenus une obsession". Claude Monet
"Estos paisajes de agua y la reflexión se han convertido en una obsesión". Claude Monet


V.B.: —¿Crees que uno nace artista o que se convierte en artista?

M.F.: —No lo sé exactamente. No sé si uno se convierte en artista o si es algo que trae consigo y que es inevitable, pero tengo algunas pistas. Cuando era chica pasaba mucho tiempo en mi habitación, que era muy pequeña, pero que tenía una gran ventana por donde entraba mucha luz. Como un rompecabezas en el espacio se organizaba mi cama, un placard, un escritorio, una silla y una biblioteca. Cada mueble, encastrado como estaba, era útil y necesario para mí. Sobre todo la biblioteca y el escritorio que cumplía una función muy específica: era mi mesa de trabajo. Me encantaba dibujar y pintar y pasaba horas, tardes enteras concentrada trabajando.
V.B.: —¿Tus padres son artistas? ¿De dónde crees que proviene tu interés por el arte?

M.F.: —Perla Bajder, mi madre, es artista plástica. Mi padre, en cambio, no es artista, es contador, pero de todos modos de ambos mamé la belleza del arte, el gusto por el arte. O sea que desde muy chica estuve rodeada de situaciones vinculadas al arte, iba mucho al taller de mi mamá y recuerdo que ya entonces dibujaba y pintaba, pero que además sentía interés por el ballet, la música, la radio, el cine, los libros... Cuando cumplí nueve años mis padres me organizaron una fiesta en una quinta, recuerdo con mucha exactitud que yo estaba sentada en el pasto y el sol me daba de frente. Mi mamá se acercó y me dijo que si entrecerraba los ojos y miraba al sol iba a poder ver muchos colores. Lo hice y efectivamente ví infinitos colores. Ese fue un regalo que me llevaré conmigo para toda la vida.

V.B.: —¿Tomaste clases de pintura?

M.F.: —A los nueve años mi madre me enviaba a un taller que no era específicamente de pintura, era de arte en general. Se dictaba en el museo Larreta, ese precioso lugar, con jardines tan bellos, del que tengo tan lindos recuerdos... Luego comenzaron los talleres, de grabado, de escultura, talleres varios y variados hasta que comencé la universidad.
V.B.: —¿Sentís que hay algo (un rito, un estilo, un modo o un método) de aquella niña artista que fuiste que sigas manteniéndose en la artista adulta que sos hoy?

M.F.: —Sí, pensando en eso podría decirte que la concentración y la seriedad con la que trabajo hoy es algo que arrastro desde niña. Entonces trabajaba del mismo modo que lo hago ahora. Para mí no era lo mismo estar pintando que estar jugando con una muñeca, era entrar a un mundo muy personal, como un viaje a un mundo interior y si bien cualquier juego tiene algo de esto, para mí pintar era algo serio. Por otro lado sigo manteniendo la costumbre, quizás un poco infantil, de llevarme cosas para dibujar o pintar cuando salgo de viaje, como un modo de registro, el papel se convierte en una especie de cámara fotográfica a través de la que intento capturar todo lo que me rodea.
V.B.: —Vos además de artista plástica sos diseñadora gráfica, especializada en diseño editorial ¿Por qué crees que te intereso esa rama del diseño, tan específica y particular?

M.F.: —Cuando tenía trece años viajé con mis padres a Barcelona y allí vi por primera vez una revista de tipografías. Recuerdo que al tener aquel ejemplar sentí una emoción profunda ¡tenía entre manos algo que me gustaba! y decidí que era eso lo que quería estudiar. Me gustaba mucho crear, inventar y todos los años de colegio secundario no me hicieron cambiar de opinión. El diseño editorial es una disciplina que trabaja con imágenes, en general pequeñas y con caligrafías, textos, palabras. La palabra toma forma y se transforma en imagen. Desde siempre me interesa esa relación entre la imagen y la palabra y la coherencia en este vínculo. Creo que el diseño editorial es el campo ¨más noble¨ de todo lo que enmarca el diseño gráfico.
V.B.: —Decís que te interesa el vínculo entre la palabra y la imagen ¿qué es lo que específicamente te atrae?

M.F.: —Encontré en la palabra un mundo repleto de imágenes (en la poesía, por ejemplo, que es un género que tanto me gusta) y en las imágenes, secretos que podía nombrar con palabras, aunque algunas vivan en silencio. Me interesa el acto íntimo en que consiste la lectura, aún cuando se lea en voz alta, para otros, la lectura es de una intimidad abrumadora. Y desde el diseño siempre sentí la responsabilidad de que el texto sea cómodo, fácil de leer y que también esté puesto de manera bella, en ese bello soporte que es un libro.
V.B.: —Será porque los libros te parecen objetos bellos que parte de tu interés y tu objeto de estudio es el libro de artista...

M.F.: —Los libros me gustaron siempre, desde chica. Con mucho afecto conservo aún algunos libros de mi infancia. Mi mamá siempre me regalaba libros hermosos, con dibujos y poemas. Recuerdo que en los últimos años de la escuela primaria hacía collages con fotos de amigas y con recortes de revistas. Encontraba frases perfectas en las revistas y las colocaba entre las fotos; y en estos collages encontraba el modo de contar problemáticas que me rondaban por la cabeza o ciertos temas por los que sentía curiosidad. De hecho tengo una anécdota muy graciosa. Estaba en sexto grado y con una compañera realizamos la maqueta de un libro que contaba sobre el cambio hormonal que estabamos sintiendo, el pasaje de niña a mujer. Sabíamos que las mujeres compartíamos un secreto único y queríamos contarlo y compartirlo con otras mujeres pero a través de las páginas de nuestro libro. Como verás desde siempre sentí que el libro es un objeto bello para descubrir, y para que te descubran. El libro es la voz de alguien que dice algo. Cuando una persona lee un texto encarna una voz ajena, es un decir que no es propio. Son los pensamientos, las sensaciones, las vivencias de otro que no soy yo, pero que me posee. Y además está el objeto en sí mismo, un objeto que toco y que contengo con mis manos y la lectura ¡me gusta mucho leer!
V.B.: —¿Y qué te gusta leer?

M.F.: —Bueno, específicamente ahora, en este proceso de trabajo que estoy teniendo, siento que dialogo mucho con autores como Rilke, por ejemplo con Cartas a un jóven poeta, o con las Cartas a Theo de Van Gogh. Me gusta mucho

Walt Withman y Borges. Y particularmente ahora para Agua Anónima estoy trabajando con el texto El agua y los sueños. Ensayo sobre la imaginación de la materia de Gastón Bachelard.
V.B.: —¿En Agua Anónima, tu próxima muestra en Espacio Ecléctico, proponés una obra en tres partes, y una de estas partes es la confección de un libro de artista colectivo? Contame un poco en qué consiste...

M.F.: —Sí, la muestra consta de tres partes. Por un lado una serie de pinturas en pequeño formato realizadas con pigmentos y acrílico sobre papel. Las pinturas son paisajes casi oníricos que realicé en Puerto Príncipe, Haití en 2012. Por otro lado propongo la idea de un Estudio Abierto. Quiero ver qué pasa, y qué me pasa a mí, trabajando desde el amanacer hasta el atardecer en un mismo espacio. Voy a mudar mi taller al Espacio Ecléctico para abrir al público mi proceso de trabajo. Y en este mismo sentido, propongo la realización conjunta de un libro de artista colectivo.
V.B.: —Evidentemente te interesa mostrar el proceso de trabajo.

M.F.: —Sí, me resulta muy rico porque busco ahí sin saber si voy a encontrar algo y esa búsqueda medio a ciegas funciona como un motor. Creo que los procesos son de gran aprendizaje, no sé mucho más, pero sé que tienen mucho de transformación. Hoy mucho más no puedo decirte, pero seguramente en tres años pueda dar una respuesta más clara sobre el proceso artístico que estoy viviendo ahora.
V.B.: —Retomando la idea del libro colectivo que proponés ¿estás invitando a los demás, a los espectadores a que sean parte de tu intimidad?

M.F.: —Algo así ¿no? vamos a ver qué pasa. Me interesa el proceso creativo más que el resultado, asique vamos a ver qué va surgiendo, con qué palabras, vamos a ver qué paisaje colectivo, y por lo tanto anónimo, pintamos entre todos.
V.B.: —¿Por qué te interesa el pequeño formato? encuentro una relación entre esto y tu interés por los libros.

M.F.: — Absolutamente. Me gusta el pequeño formato porque hay una especie de intimidad, pueden existir infinidad de cosas en lo pequeño, a veces incluso más que en un formato grande. Mientras que el formato grande grita, el pequeño formato es un secreto, un susurro, un diálogo personal con quien se acerca a mirar esa obra.
V.B.: —¿Pero entonces cómo te definís a vos misma? ¿artsita plástica? ¿diseñadora? ¿artista conceptual? Es como si esta obra en tres actos representara un poco de todo, muchos tipos de artista en una única persona.

M.F.: —Es una pregunta difícil de responder, no tengo clara la respuesta. Puedo decirte que soy una persona inquieta y curiosa. Pocas veces me aburro. Me gusta mucho la naturaleza y disfruto estando en lugares naturales, sobretodo lugares con naturaleza exhuberante. Me gusta mucho viajar y conocer. Donde voy, pinto, como registro de mis sensaciones, impresiones de ese lugar. Creo que el arte es un camino que me permite buscar mis verdades, mi identidad. En esas búsquedas es donde me construyo. Me acepto, me entrego a escuchar, y me construyo.
V.B.: —Además me decías que te gusta viajar y que disfrutás de la naturaleza y sé que realizaste varias residencias en países muy exóticos, o al menos con culturas muy diferentes a la nuestra ¿qué es lo que te interesa de trabajar en otras culturas tan distintas?

M.F.: —Residí en Rumania y en Haití, pero yo diría que son lugares poco convencional a nivel turístico, más que exóticos. Por exótico, o muy diferentes a mi cultura, quizás pensaría en sitios como China, India, o Japón.

Mis abuelos, mis antepasados, son de Polonia. Tanto Rumania como Polonia, aunque con diferentes historias, tienen rasgos en común. Por otro lado, en Haití encontré mucha profundidad en la simpleza, la espiritualidad, la fe, la vida y la muerte, lo onírico y la realidad. Hay un registro que, al menos en mi caso, no me era ajeno. Yo creo que los lugares me eligieron a mí, no elegí ir aquí o allá. Simplemente sucedió y allí estaba yo, trabajando. En ambos lugares había algo mío, algo que era propio, pero al mismo tiempo anterior a mí, y que yo retomaba, con lo que me estaba reencontrando.
V.B.: —Fue en Haití en dónde comenzaste a trabajar con el agua como eje ¿no?

M.F.: —Efectivamente. Es allí donde comencé a trabajar con el agua como concepto y como imagen. Salió agua de las imágenes que fui pintando. En definitiva pareciera que la imagen sabe más de mí que yo misma.
V.B.: —¿Por qué el agua? pareciera un tema tan simple...

M.F.: —El agua me interesa como elemento vital y generador de vida. Simple, sí. Pero al mismo tiempo el agua es abundante, inmensa e intensa; también delicada e ínfima. Las aguas abrazan la Tierra con sus ríos, sus mares, sus lagos. También hay agua que cae del cielo. El agua de nuestro cuerpo. Hay muchas cosas que me interesen del elemento: la claridad, la fuidez, la densidad. El agua que no tiene borde, que va tomando forma según sea lo que la contenga. Me interesa porque es uno de los cuatro elementos del origen de la vida, junto con el fuego, el aire y la tierra. Pero al mismo tiempo el agua como vehículo concreto y fundamental en la preparación de los pigmentos que obtengo para realizar mi técnica pictórica. En definitiva es el agua el elemento que me permite armar mis propios colores para pintar.
V.B.: —Dicho así ¿el agua no pareciera tan poco no?

M.F.: —Claro que no, los cuatro elementos son quizás lo más universal que existe. Son la fuente de la vida, y a mí me despierta una cierta fantasía trabajar con el origen de las cosas como modo de acercarme a mi propia identidad y a mi verdad.

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