Por Bretón de los Herreros En sucio polvo dormirá mañana






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fecha de publicación20.06.2016
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En sucio polvo dormirá mañana Por Bretón de los Herreros



En sucio polvo dormirá mañana


Madrid, 1836

Mariano José de Larra, tras haber mostrado claramente su acercamiento político a Istúriz, una vez que éste llegó al poder, presentó su candidatura a procurador para las nuevas Cortes por la ciudad de Ávila. Larra resultó elegido, pero nunca pudo ocupar su escaño en el Parlamento. El Motín de la Granja derrocó a Istúriz en agosto y, anuladas las elecciones anteriores, otorgó el poder al progresista Calatrava. Aquello fue un duro revés para Fígaro, que, desalentado para cualquier acción que tuviera que ver con la política y con las velas de su barco personal deshechas, intentó nuevamente reconciliarse con Dolores Armijo, con quien había roto tiempo antes, sin resultado positivo.

El otoño y su clima de lluvias y tiempo desapacible se abatieron sobre Larra aumentando su ya de por sí negro pesimismo. En El Español, periódico conservador donde escribía críticas de teatro y artículos políticos de variado signo y otros costumbristas, publicó un artículo donde reflejó mejor que en ningún otro su verdadero estado de ánimo. Su título es harto elocuente, El Día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio, y apareció al día siguiente. El día anterior había ido, siguiendo una tradición antigua en España, a visitar el cementerio. Lo acompañaba su criado, con quien iba hablando mientras recorrían los paseos del camposanto y miraban las tumbas, las cruces y los epitafios:

-- La vida de los españoles verdaderamente es una vida sin paz y sin libertad; en cambio, los muertos, esos que duermen tranquilos en sus tumbas, son los que mejor viven en Madrid. No les preocupa ningún problema, no están casados, ni enamorados, ni son políticos afiliados a esta o a aquella facción. En una palabra, son libres y lo que es más importante todavía, tienen paz. Sí, amigo mío. Los muertos viven y los vivos son los muertos porque no tienen ni paz ni libertad.

El criado asentía sin más, y Larra continuaba hablándole:

-- Te voy a decir más: Madrid es el cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna funeraria de una esperanza o un deseo.

La gente que no iba a visitar a sus muertos se entretenía haciendo comentarios sobre la redacción de algunos epitafios, la edad de los ocupantes de los nichos, el estado de algunas lápidas…, mientras que los que tenían seres queridos enterrados allí, reponían flores frescas en los jarrones colocados en los nichos, echaban agua en ellos, limpiaban lápidas, rezaban por sus almas…

Larra se fijaba en ciertas tumbas y en sus curiosas inscripciones e, inventando otras dedicadas a diversas instituciones oficiales, le decía a su criado.

--Mira, ese mausoleo: los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra media.

El criado replicaba que no veía nada de lo que su señor le decía, pero Larra seguía colocando imaginativamente, a izquierda y derecha de su paso, nuevos panteones con sus nombres y sus respectivos epitafios:

--Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y el fanatismo: murió de vejez. Ahí la Cárcel: Aquí reposa la libertad del pensamiento. Correos. Aquí yace la subordinación militar. La Bolsa. Aquí yace el crédito español. Los Teatros. Aquí reposan los ingenios españoles. El Estatuto. Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto…

Había ido haciéndose de noche paulatinamente. Al otro lado de la tapia ladraban agoreros unos perros.

--Vámonos de aquí, querido amigo, antes de que la noche nos envuelva con su fúnebre velo.

De vuelta a la ciudad, se levantó un frío y fuerte viento que sorprendió a Fígaro. Al punto sintió que se le helaban las venas, y quiso refugiarse en su propio corazón, que hasta hacía poco tiempo estaba lleno de vida, de ilusiones, de deseos. Pero lo encontró como si fuera otro cementerio. Dijo en voz alta:

--Mi corazón no es más que otro sepulcro.

El criado, que ya conocía muy bien a su señor, le siguió la corriente.

--¿Y qué dice su epitafio?

--¡Aquí yace la esperanza!
Casi a la misma hora, en el Café del Príncipe el periodista vallisoletano Blanco Cela esperaba desde hacía rato a su paisano el joven poeta Pepe Zorrilla. Se había hecho casi de noche, cuando este último entró por la puerta del establecimiento. Mal abrigado y con cara de frío, Zorrilla parecía, encogido y con su escasa estatura, un pajarillo que acababa de escapar de un temporal.

--¡Vaya frío hace!—dijo alargando a Blanco una mano helada como la de un muerto--. ¡Qué calentito se encuentra usted aquí! Sólo pensar que me espera en mi buhardilla una noche glacial, me echo a temblar.

Y se puso a tiritar de veras. Antonio Blanco le invitó a un chocolate casi hirviendo y a unos bollos para que entrara en calor.

--Es usted un buen amigo.

--No diga usted eso. En cuanto acabe el chocolate y los bollos, nos vamos a la fonda. Allí hay estufas por todas partes y dormirá en una cama caliente. Ya le he dejado dicho al señor Ginés, mi posadero, que hoy me acompañará un amigo. Es persona de confianza. Y volviendo a usted, ¿ha escrito hoy alguna poesía?

--¿Que si he escrito alguna dice? Docenas. ¿No sabe que el hambre, el frío y la necesidad avivan la inspiración de los poetas?

Antonio le escuchaba con admiración.

--¿Quiere leerme alguna?

Zorrilla mojó un bollo en el chocolate y se lo llevó prestamente a la boca, donde desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Luego, mientras se pasaba la lengua por los labios, sacó del bolsillo del roído gabán unos antiguos recibos doblados y escritos por detrás. Desdobló uno de ellos.

--Estos versos pueden servir—dijo y, transformándose velozmente, empezó a leer con una voz modulada y profunda:

--“Para ti son la risa y los festines,

la tierra para ti tiene placeres,

la tierra para ti tiene jardines,

y para ti son bellas las mujeres.

Y tiene luz el cielo transparente,

color azul y lánguidas estrellas,

y ese fanal que alumbra tristemente,

cual moribundo sol, en medio de ellas.

No para mí, cuya fatal mirada

quema y devora cuanto en torno nace,

arroyo que al caer de la cascada

en cristalinas trenzas se deshace…”
Blanco le aplaudió con entusiasmo. Luego esperó a que acabara el chocolate y los bollos. Y, finalmente, cuando vio que la cara pálida del poeta había recobrado un poco de color y toda su persona mostraba mejor aspecto, le dijo:

--Ya es hora de que nos vayamos a la fonda. Abríguese bien antes de salir.

Al día siguiente mientras Blanco desayunaba en el comedor, el señor Ginés, el posadero, se acercó a él.

--Buenos días. ¿Y el poeta?

--Durmiendo. El pobre necesita dormir como un niño, y en una buena cama y calentito. Por cierto, señor Ginés, muchas gracias por no haber puesto ningún obstáculo a que pasara la noche aquí.

--No se merecen, señor Blanco. Usted es de la casa y los amigos de usted también. ¿Quiere el periódico?

--Ahora que lo menciona—dijo Blanco cayendo en la cuenta de algo que tenía pendiente--, debo irme a la redacción a entregar mi artículo.

Y se levantó para irse.

--¿Qué le digo al poeta?

--Déjele dormir hasta que quiera. Cuando se levante, déle de comer y dígale que lo veré esta tarde en la Biblioteca adonde suele ir él. Gracias de nuevo por todo, señor Ginés. Hasta la noche.

--Hasta la noche. Cuídese.
Pasó diciembre con su cortejo de lluvias y nieves y llegó el nuevo año casi con lo mismo, pero la vida seguía entre los madrileños y sus actividades cotidianas y creativas. Sin ir más lejos, el diecinueve de enero tuvo lugar el estreno de Los amantes de Teruel, de Eugenio Hartzenbusch, en el Teatro del Príncipe y en función a beneficio del primer actor Carlos Latorre. Participaron el reparto de los papeles principales otros actores famosos como Bárbara Lamadrid y Julián Romea. El estreno resultó un extraordinario éxito de público y de crítica y situó a su autor en la cima de los dramaturgos de la época, echando por tierra la opinión de muchos envidiosos que no creían que un simple menestral, un ebanista, pudiera conseguir de un solo golpe la gloria. Como lo atestiguaba Mariano José de Larra en su artículo que apareció al cabo de un par de días en El Español:

“Pasar cinco y seis lustros oscuro y desconocido, y llegar una noche entre otras, convocar a un pueblo, hacer tributaria su curiosidad, alzar una cortina, conmover el corazón, subyugar el juicio, hacerse aplaudir y aclamar y oír al día siguiente de sí mismo al pasar por una calle o por el Prado: ‘Aquél es el escritor de la comedia aplaudida’ eso es algo; es nacer; es devolver al autor de nuestros días por un apellido oscuro un nombre claro; es dar alcurnia a sus ascendientes en vez de recibirla de ellos; es sobreponerse al vulgo y decirle: ‘Me has creído tu inferior, sal de tu engaño; poseo tu secreto y el de tus sensaciones, domino tu aplauso y tu admiración; de hoy más no estará en tu mano despreciarme, medianía; calúmniame, aborréceme, si quieres, pero alaba’. Y conseguir esto en veinticuatro horas, y tener mañana un nombre, una posición, una carrera hecha en la sociedad, el que quizá no tenía ayer donde reclinar su cabeza, es algo, y prueba mucho a favor del poder del talento…”

Y la gente en la calle no hacía más que hablar de la mala suerte que habían tenido los dos amantes, Isabel y Diego, que habían encontrado la muerte por amor.

Al día siguiente del estreno de Los amantes, Mesonero Romanos, encantado por el éxito obtenido por su amigo Hartzenbusch, tras felicitarle calurosamente, propuso a la Junta Directiva del Ateneo, del que era vocal, firmar con todos sus componentes un documento según el cual declaraban la simpatía y el entusiasmo con los que la corporación acogía en su seno al laureado poeta con el título de Socio Honorífico, y cuya solemne presentación a la Sociedad hizo el mismo Mesonero a la noche siguiente.

Momentos antes de que comenzara el acto, don Ramón pidió a Antonio Blanco que hiciera una reseña para el periódico y éste le aseguró que contara con ello. Luego cambió el tono de voz:

--Si no le parece mal, me ausentaré en cuanto acabe el acto.

--¿No quiere quedarse a celebrar con nosotros tan importante evento?

--He quedado en llegar pronto a la fonda.

--¿Le ocurre algo al amigo Ginés? Ya tiene cierta edad y…

--No, solamente se encuentra algo solo después de que su hija Paulita decidiera irse a vivir a Badajoz para formar una familia.

--No lo sabía.

--Está esperando un hijo. La Navidad pasada ha estado aquí y le ha dado una inmensa alegría al pobre viejo.

--Déle recuerdos míos y mis mejores deseos de que vaya perfectamente bien el nacimiento de su nieto.

--Se los daré.

--Y ahora vayamos al salón de actos.

Al día siguiente Mesonero Romanos recibió la visita de Larra. Comieron juntos y hablaron durante la sobremesa de lo mal que iba la política en España. Abrumados por el hecho de que no encontraban apenas una noticia positiva de la que alegrarse, pasaron a tratar asuntos más cercanos a ellos. Enseguida Mesonero se interesó por el problema amoroso que estaba viviendo el autor de Todo el año es Carnaval.

--Ah, eso. Pues tengo que decirle que me ha llegado una nota de Dolores.

--¿Bien todo?

--Depende de cómo se mire. Me pide en la nota que me vea con ella en su casa el próximo 13 de febrero.

--¡Pero eso es buena señal, amigo mío!—exclamó alegremente Mesonero.

--Ojalá. Abrigo la esperanza de que ese encuentro tan repentino, después de tanto tiempo, pueda representar para mí una conciliación con Dolores. Ojalá.
Y llegó febrero, y, siguiendo su tónica habitual, empezó a hacer sentir entre la población madrileña sus efectos aborrascados y fríos. La tarde del 13, una de las más frías de las transcurridas hasta entonces, Larra se fue de paseo con su tocayo y amigo Mariano Roca de Togores, y, como era costumbre en él, al menos durante los últimos tiempos, sacó a relucir de nuevo su tema favorito.

--España, amigo Togores, no tiene remedio.

--Eso ya lo sabemos y nada conseguimos hablando de ello. Ahora, ¿qué es lo que le preocupa?

--¿Que qué es lo que me preocupa? Todo. Y lo malo es que aquí nunca pasa nada. Por eso la pereza es la máxima consigna que domina todos los aspectos de la vida nacional.

Guardaron silencio unos segundos y Togores aprovechó para preguntarle por su problema más íntimo.

Larra pensó un instante antes de contestar.

--Mi problema…, espero que tenga pronta solución. De no ser así, el mundo entero, la vida se me escaparía de las manos.

Togores comprendió que su amigo se había puesto melancólico como el cielo de Madrid, que estaba completamente lechoso, como para ponerse a nevar de un momento a otro. El viento empezó a soplar con fuerza y los dos paseantes se vieron obligados a embozarse en la capa y a buscar refugio en un templete del parque por donde caminaban a buen paso. Togores le dijo:

--No peque, amigo, de pesimista, como hace casi siempre. Verá cómo todo se soluciona y esta noche Dolores y usted hacen las paces.

--Dios le oiga, amigo. Su repentina idea de venir a verme me ha cogido de sorpresa. Todo pudiera ser.

--Todo pudiera ser—repitió Togores--. Y ahora y visto el tiempo que tenemos, ¿no le gustaría tomar algo caliente en el Café del Príncipe?

--En esa cochambre no. Prefiero La Fontana de Oro, que está mejor alumbrada.

Y allí fueron. Permanecieron hablando de los proyectos que uno y otro tenían, especialmente Larra, que pensaba escribir un drama histórico basado en la figura de don Francisco de Quevedo. Hasta que la luz del día se fue del todo y los camareros encendieron los quinqués del local. Larra cayó en la cuenta de algo y dijo mientras se ponía en pie:

--Debo irme. Espero la visita de Dolores y no quiero llegar tarde.

Nervioso, entrechocó la mano de Togores antes de subir al coche de alquiler que le llevaría a su casa. Roca de Togores le dijo:

--Suerte. Mañana me cuenta cómo le ha ido.
Una vez en casa, Larra se refugió en el gabinete. Allí se preparó para recibir adecuadamente a Dolores Armijo. Pensó en las primeras palabras que le diría tras las frases de saludo; ensayó hasta el tono de voz y los gestos que emplearía…, todo lo preparó al detalle. Pero en cuanto oyó la llamada a la puerta, se vino abajo, palideció, empezó a sudar y un nudo se le formó en la garganta. Hasta los primeros pasos que dio hacia la puerta le salieron torpes como después de haber dormido cuatro días seguidos.

Se quedó sin habla cuando, al abrir, descubrió a Dolores Armijo acompañada de una mujer.

--Es mi cuñada—dijo Dolores por toda explicación.

--¡Ah!, ¿si?—logró decir Larra con una voz que le costó salir del cuerpo.

Luego hizo un gesto a las dos mujeres para que pasaran. Las condujo hasta el gabinete sin decir palabra y cerró la puerta de la sala tras él para que nadie en la casa escuchara la posible conversación que tuviera lugar a partir de ese momento. Les pidió por favor que se sentaran, pero Dolores rehusó la invitación.

--Sólo será un momento, el suficiente para que me entregues mis cartas.

Con gestos de autómata Larra abrió el escritorio donde las tenía atadas en un fajo, lo miró como quien mira al pasado o a un objeto inservible y luego fijó su mirada angustiosa en la de la mujer que había sido su amante. Mientras le entregaba el fajo de cartas, logró balbucear:

--Creí que venías a reconciliarte conmigo, a arreglar lo nuestro.

--Lo nuestro ya no tiene arreglo—dijo la mujer recogiendo las cartas que en un futuro podrían delatar el amor que había existido entre ellos para guardarlas en su bolso--. Lo nuestro se acabó hace mucho tiempo, y con la entrega de estas cartas queda totalmente sellado.

--No entiendo…

--Ya no hay nada que entender, Mariano, porque ya no siento absolutamente nada por ti.—Cogió instintivamente la mano de su cuñada, que permanecía a su lado como un convidado de piedra--. Te abandono, Mariano. Dentro de unos días me voy con mi marido a Manila, donde va a ejercer un cargo público. Y no nos volveremos a ver. Así lo digo y así lo siento. Esto es todo.

Larra se tambaleó unos instantes y se apoyó en el escritorio para no caer al suelo. Por los cristales del balcón miró a la oscuridad de la noche. Luego avanzó hacia ella con los ojos implorantes:

--¿Eso es todo? ¿No hay manera de que lo pienses mejor?

Las dos mujeres, como una sola, retrocedieron a la vez sin soltarse de la mano. Dolores dijo con voz segura y serena:

--Está decidido. Adiós, Mariano. Que encuentres pronto tu propio camino.

Las dos mujeres echaron a caminar hacia la puerta de la sala sin mirar atrás. Larra ni se movió. Era un pedazo de hielo puesto en pie junto al escritorio. Oyó cerrarse la puerta del gabinete, luego los pasos firmes de las dos mujeres, después el ruido de la puerta del piso al cerrarse. Finalmente, se hizo el silencio, un silencio de rumores misteriosos que venía del derrumbe y la desesperación del mundo entero y entraba en el edificio número 3 de la calle de Santa Clara de Madrid, en el piso del escritor, en el gabinete donde ahora se hallaba y en su propio cuerpo, que de pronto había perdido cualquier signo de sensibilidad y raciocinio.

Como un autómata, Mariano José de Larra alargó la mano al cajón del escritorio que había quedado abierto, sacó la pistola que dormía en su interior, arrimó el cañón a su sien derecha, junto a la oreja de ese lado, y apretó el gatillo. Un segundo más tarde yacía muerto en el suelo mientras un charco de sangre se iba formado rápidamente bajo su cabeza.

Eran poco más de las ocho de la tarde.

La primera persona que descubrió el cuerpo inerte de Larra fue Adela, su hijita de seis años, cuando entró en el gabinete para dar el beso de buenas noches a su padre antes de irse a dormir.

Con la llegada del nuevo día la noticia se extendió como la pólvora, y algunos de sus amigos comentaron la tragedia de diversas maneras, pero todos con la misma pesadumbre.

Mesonero Romanos, rodeado de amigos comunes, dijo que Larra se había suicidado convencido de que se había quedado solo y caminaba sin rumbo al ver frustrado su combate diario por mejorar su patria; que se había quitado la vida por orgullo, porque no quería formar parte de la España desastrosa que le tocaba vivir.

Bretón de los Herreros insistió en la misma idea diciendo que le habían empujado a la muerte la desilusión y la desesperanza al no poder ver una España en vías de progreso. Pero enseguida citó el grave asunto personal de Larra como el detonante del fatal desenlace:

--El desengaño amoroso, primero con Pepita, su mujer, y luego, y especialmente, con Dolores Armijo, fueron la gota de agua que colmó el vaso.

Roca de Togores recordó que Larra había escrito en la crítica de Los amantes de Teruel: “El amor mata.” Y añadió:

--En varios de sus artículos hace referencia a la muerte como salida al suplicio de vivir. Ventura de la Vega recibió una carta de Fígaro en la que le hablaba con obsesión de la muerte. Igualmente lo hizo en las exequias del amigo Campo Alange. Por no citar sus últimos escritos en El Mundo y en El Redactor General, que son a la par tristísimos y maravillosos.

Ventura de la Vega fue más allá que los anteriores en la contundencia de los comentarios. Dijo a modo de conclusión:

--Él que solía decir que en España no pasa nada, ha hecho con su trágica desaparición que España se agite toda ella aquí en Madrid, su desangelado corazón.

Todos ellos, junto con otros amigos, reunieron el dinero necesario para sufragar los honores fúnebres a Fígaro, que tendrían lugar en la iglesia de Santiago, adonde ya había sido trasladado el cadáver del malogrado escritor.

A media mañana, mientras el poeta José Zorrilla y su amigo Miguel de los Santos Álvarez buscaban calor en la Biblioteca nacional, como era su costumbre, tropezaron con el tenor italiano Joaquín Massard, quien les dio la terrible noticia de que Mariano José de Larra se había suicidado al anochecer del día anterior. Ni Álvarez ni Zorrilla se habían enterado de la tragedia y así se lo dijeron.

--¡Cómo! ¡Si todo Madrid lo sabe!—exclamó Massard--. ¿Queréis ver el cadáver? Yo os lo puedo enseñar.

Los dos amigos dijeron que sí y se fueron con el italiano a la iglesia de Santiago, en cuya bóveda estaba expuesto el muerto. Como a Massard lo conocía todo el mundo, los tres pudieron entrar en el templo sin que nadie se lo impidiera. Bajaron a la bóveda y, al ver el cadáver, Zorrilla dijo:

--Es la primera vez que veo a Larra, y lo veo muerto. También es fatalidad.

Se fijaron en la casi imperceptible huella que había dejado junto a su oreja derecha la bala que le había causado la muerte. Miguel de los Santos Álvarez le cortó un mechón de pelo para el recuerdo y los tres, deshechos por la pena, regresaron de nuevo a la Biblioteca, a abrigarse, que en ningún sitio se estaba mejor que en allí dentro en un día verdaderamente gélido como aquél. Allí se hallaba Segovia un amigo del Colegio de Zorrilla, que, al verlo, le entregó una carta que ya llevaba redactada para el momento. Era una carta de recomendación para su hermano, a la sazón director de El Mundo, uno de los periódicos de más prestigio de Madrid. En ella se solicitaba para Zorrilla una plaza que había quedado vacante esos días, y añadía quién era y la educación que había recibido éste.

Aquello alegró muchísimo al joven poeta que deseaba abrirse camino en el mundo del periodismo. Así que le dio efusivamente las gracias a su amigo mientras cogía la carta que él juzgaba ser la llave de su futuro.

--Mañana sin falta me presento en El Mundo—dijo Zorrilla sin dejar de sonreír--. Ya es hora de que la suerte se ponga un poco de mi parte.

Entonces Joaquín Massard intervino:

--Sé por Pedro Madrazo que usted escribe versos.

--Sí, señor—respondió Zorrilla interrogándole con los ojos.

--¿Querría escribir unos versos a Larra?

El poeta no sabía qué responder. Massard añadió para animarle:

--Yo los haría incluir en algún periódico, y acaso le reportarían a usted algunos reales y hasta reconocimiento y fama.

Zorrilla dijo:

--No me valdría de mucho ante mi padre, exiliado y carlista, escribir unos versos dedicados a un hombre tan progresista y muerto del modo como ha muerto. –Dudó un momento y luego añadió:-- Lo que sí puedo hacer es una cosa: escribiré esos versos, pero será usted quien los firme.

--No hay inconveniente—respondió Massard.

--Hecho—dijo Zorrilla--. Esta noche los escribo y mañana se los traigo aquí a mediodía. ¿Qué le parece?

--Me parece muy bien.

Y así quedaron. A la salida de la Biblioteca Massard se fue por un lado y los dos amigos por otro, hasta que Miguel de los Santos Álvarez se despidió al final de la cuesta de Santo Domingo y José Zorrilla siguió su camino hasta la casa del cestero en cuya fría y destartalada buhardilla pasaba las noches. Cuando llegó a ella encendió un velón que acababa de comprar, cogió un mimbre que convirtió en pluma a la manera como había aprendido que hacían los árabes y tomando un bote lleno del tinte azul que empleaba el cestero para teñir los mimbres de las cestas, se puso a escribir los versos dedicados a Larra en el reverso de unas hojas que el cestero había empleado para anotar las comprar y las ventas de su trabajo. Casi toda la noche le llevó redactar los versos, y cuando ya la llama del velón amenazaba consumir hasta la última gota de cera. El frío se le había metido en los huesos y no lograba evitar que los dientes entrechocaran entre sí mientras todo el cuerpo le temblaba de los pies a la cabeza. Pero al fin había logrado escribir los versos. Dejó las hojas sobre una silla y se metió vestido en la cama. Al cabo de unos minutos se había dormido.

Ya la mañana había llenado de luz una parte de la buhardilla cuando el poeta abrió los ojos. Casi simultáneamente escuchó las campanadas de una iglesia cercana. Se tiró de la cama, cogió de la silla las hojas con los versos y, comprobando que la carta de recomendación seguía en un bolsillo de su raída vestimenta, abandonó la casa del cestero en busca de la gloria. La mañana era, para variar, fría, muy fría cuando llegó a la redacción de El Mundo.

Su mano parecía la de un cadáver cuando le tendió al director la carta de su hermano. Éste le hizo pasar a una sala y empezó a leer el escrito. Cuando acabó, meneó la cabeza de derecha a izquierda y con gesto contrariado le dijo:

--¡Cuánto siento decirle, mi querido amigo, que la carta de mi hermano llega tarde! Acabo de darle a otro periodista la plaza que había quedado vacante.

Cabizbajo y meditabundo, volvió a las calles de Madrid. Debía reunirse en la Biblioteca con Massard, con quien había quedado para entregarle los versos destinados a Larra. Pero cuando llegó, ya el italiano se había ido. Un empleado de la Biblioteca se acercó al poeta con una nota. Dijo mientras se la entregaba:

--La dejó para usted el señor Massard antes de irse.

Zorrilla la leyó. Decía: “¿Puede usted traerme los versos a casa? Comerá con nosotros.”

Sin darse un respiro, el poeta salió hacia la casa de los Massard, pensando que no todo le iba a salir mal aquel día, pues a la vez que cumplía con los versos, comería bien. Se equivocó en lo de comer pues ya lo había hecho la familia. Massard le aclaró:

--Hemos tenido que comer antes porque el entierro de Larra se ha adelantado. Hemos de irnos deprisa a Santiago, antes de que comience la comitiva.

Fueron a la iglesia en un coche de caballos. Massard cogió las hojas donde había escrito Zorrilla los versos a Larra y sin echarles una ojeada, las guardó en un bolsillo. Cuando llegaron a la iglesia, descubrieron que no cabía una persona más. Aún así, Massard lo arrastró entre la multitud hasta las proximidades del féretro donde yacía Fígaro. En el camino, le presentó a García Gutiérrez, y Zorrilla estrechó con admiración la mano del autor de El Trovador. No podía creerse que aquel genio de la escena le estuviera cogiendo la mano y mirándole a los ojos con aquella ternura.

El repentino y general movimiento de la gente los separó. Avanzó el féretro hacia la puerta mientras la comitiva se organizaba. Joaquín Massard cogió a Zorrilla y lo colocó delante de él en la fila de la derecha. Minutos más tarde dos hileras de enlutados acompañantes marchaban al cementerio de la Puerta de Fuencarral para dar enterramiento a Mariano José de Larra. En medio de un silencio sobrecogedor, la comitiva dejó atrás la Calle Mayor y luego la de la Montera. José Zorrilla iba cabizbajo y un tanto decepcionado por su mala suerte de ese día: primero se había quedado sin la plaza en el periódico; luego, sin comer, y finalmente iba a enterrar a un hombre cuyo talento reconocía pero que no entraba en la trinidad que él adoraba: García Gutiérrez, Espronceda y Hartzenbusch. Y mientras la comitiva se acercaba al cementerio, Zorrilla pensaba que con aquel muerto se enterraría la poca esperanza que le quedaba. Así pues, de todos los acompañantes de Larra él era el que más triste y apenado estaba. Y era eso, la tristeza y sus negros pensamientos, lo único que llevaba de sí mismo, porque un conocido le había prestado el gabán que lo cubría, otro los pantalones que llevaba debajo, un tercero el chaleco, un cuarto una gran corbata; hasta el sombrero y las botas que llevaba se las había prestado alguien cuyo nombre había olvidado.

La comitiva llegó por fin al cementerio. Y en el lugar elegido para enterrar a Larra depositaron el féretro en el suelo y dejaron el cadáver a la vista de todos. Dado que Larra era el primer suicida al que el liberalismo progresista abría las puertas del camposanto, se aprovechó la ocasión para otorgar a la ceremonia fúnebre la mayor publicidad posible como protesta contra las viejas y retrógradas tradiciones, una de las cuales era no dar tierra sagrada a los suicidas.

El primero en tomar la palabra fue Mariano Roca de Togores. Ensalzó la figura del joven y malogrado narrador de El doncel de don Enrique el Doliente y del creador del drama histórico Macías, que había sido además un excelente conversador, un independiente y justo crítico literario y un desafortunado amante.

La gente, que era mucha la que allí se había congregado, escuchó emocionado las palabras de Togores y, cuando el orador dio por terminada su intervención, estalló en un aplauso general. Luego volvió a guardar silencio porque nuevos personajes intervinieron leyendo algunos fragmentos de los escritos del difunto o comentando otros aspectos de su vida y obra. El acto se prolongó un buen rato más hasta que se decidió dar por terminado el homenaje a Larra y tapar su ataúd para proceder al enterramiento. Entonces Joaquín Massard, agarró por el brazo a Zorrilla y con él se abrió paso hasta los que dirigían la ceremonia para recordarles que aún faltaba la última intervención de un poeta que iba a leer unos versos en memoria de Larra. Y habiendo consentido aquellos, Massard le entregó los versos a Zorrilla para que los leyera en primera fila, junto al féretro. El silencio era absoluto y todas las miradas estaban puestas en el joven y desconocido poeta, que, con voz bien timbrada y solemne, empezó a recitar:

--“Ese vago clamor que rasga el viento

es la voz funeral de una campana;

vano remedo del postrer lamento

de un cadáver sombrío y macilento

que en sucio polvo dormirá mañana…”
Mientras recitaba, Zorrilla iba recorriendo las lacrimosas miradas de los circunstantes, descubriendo en todas ellas, además de la tristeza, una gran admiración.

--“Acabó su misión sobre la tierra,

y dejó su existencia carcomida,

como una virgen al placer perdida

cuelga el profano velo en el altar.

Miró en el tiempo el porvenir vacío,

vacío ya de ensueños y de gloria,

y se entregó a ese sueño sin memoria,

¡que nos lleva a otro mundo a despertar!

Era una flor que marchitó el estío,

era una fuente que agotó el verano:

ya no se siente su murmullo vano,

ya está quemado el tallo de la flor.

Todavía su aroma se percibe,

y ese verde color de la llanura,

ese manto de yerba y de frescura

hijos son del arroyo creador…”
Cuando al cabo de unos minutos más acabó Zorrilla de declamar sus versos, los allí reunidos explotaron en un ensordecedor aplauso.

El joven poeta no acababa de creerse la grandiosidad del efecto que su voz había causado entre los asistentes al entierro de Larra, desde intelectuales a sencillos hombres de la calle, pasando por escritores, periodistas y personajes de la política madrileña. Y mientras que, por fin el féretro del muerto era destinado a su última morada, se acercó a él un hombre joven de resueltos modales que, cogiéndole por el brazo, le dijo:

--Tenga usted la bondad de venirse conmigo. Deseo presentarlo a dos personas que ansían conocerlo.

Momentos más tarde, cuando ya la noche había caído sobre Madrid, Zorrilla viajaba en una carretela junto a otros tres hombres rumbo a la calle de la Reina y se detenía delante de la Fonda de Genyes. En un gabinete preparado para la ocasión había una mesa con tres cubiertos preparados, a la que unieron uno más, para Zorrilla.

Aquella noche, principio de muchas otras con igual fortuna, representó para Zorrilla la entrada por la puerta grande en el mundo literario y artístico de Madrid. El joven presentador era Luis González Bravo, periodista y político de altos vuelos, que, al concluir la cena en Genyes, llevó al nuevo y rutilante poeta al Parnasillo, donde esperaban la llegada de Zorrilla entre otros escritores Gil de Zárate, Bretón de los Herreros, García Gutiérrez, Ventura de la Vega y Hartzenbusch. Y del Parnasillo fueron a la casa de Donoso Cortés cuando ya eran las tantas de la noche. Allí conoció Zorrilla a Nicomedes Pastor Díaz, que también había asistido al entierro de Larra y le había escuchado declamar. Durante la velada y después de oírle de nuevo recitar otras composiciones suyas, los presentes le ofrecieron un puesto en su periódico El Porvenir con el que ganaría 600 reales al mes.

Al día siguiente Nicomedes Pastor Díaz en su círculo de amigos contaba así la irrupción del nuevo poeta en el mundo de las bellas letras:

-- Entonces, de en medio de nosotros, y como si saliera de bajo aquel sepulcro, vimos brotar y apareció un joven, casi un niño, para todos desconocido. Alzó su pálido semblante, clavó en aquella tumba y en el cielo una mirada sublime, y dejando oír una voz que por primera vez sonaba en nuestros oídos, leyó en cortados y trémulos acentos los versos que había escrito en honor de Larra. Nuestro asombro fue igual a nuestro entusiasmo y bendijimos a la Providencia que tan ostensiblemente hacía aparecer un genio sobre la tumba de otro, y los mismos que en fúnebre pompa habíamos conducido al ilustre Larra a la mansión de los muertos, salimos de aquel recinto llevando en triunfo a otro poeta al mundo de los vivos y proclamando con entusiasmo su nombre.

Y mientras Pepe Zorrilla, subido en su nube de gloria, hablaba del repentino cambio de su suerte con su amigo Miguel de los Santos Álvarez, su paisano Antonio Blanco Cela viajaba en diligencia a Badajoz para ocupar un puesto importante en el periódico principal de la población extremeña sin saber lo que en Madrid había ocurrido con Larra y estaba ocurriendo con el pequeño gran poeta vallisoletano. Y en el primer cambio de mulas se hizo con un periódico del día anterior. Una vez reanudado el viaje, se enfrascó en su lectura más para sobrellevar mejor las molestias que le producía el traqueteo del carruaje que para seguir leyendo las aburridas noticias de la capital de España. Y de repente, en la cuarta plana descubrió este suelto que lo dejó sin respiración:

“A las ocho menos cuarto de la noche de antes de ayer se suicidó de un pistoletazo nuestro distinguido escritor don Mariano José de Larra, bien conocido en el mundo literario por sus muchas y preciosas producciones, y cuya pérdida habrán de lamentar eternamente todos los que sepan apreciar nuestras glorias literarias, que tanto lustre han adquirido con las obras de este desgraciado joven. No nos atrevemos por delicadeza a manifestar la causa que ha motivado esta catástrofe.”

“Noticiosos sus muchos amigos de que había de enterrarse su cadáver en la mañana de hoy en sepultura de misericordia, por no haberse dado disposición alguna por ninguno de sus parientes para que se efectuase con el decoro debido a uno de nuestros primeros ingenios, se decidieron a costearle su entierro y sepultura, que tendrá efecto a las cuatro de la tarde de hoy, saliendo de la iglesia de Santiago donde está depositado, acompañándole hasta su última morada la juventud literaria de Madrid.”

Cuando Blanco acabó de leer la noticia, tenía los ojos empañados de lágrimas. Entonces recordó, mientras dejaba resbalar la mirada por los campos que veía a través de la ventana de la berlina heridos por la lluvia, la primera vez que vio a Larra. Fue en casa de Mesonero Romanos nada más llegar a la Corte procedente de Valladolid. Fígaro había quedado con Mesonero en pasarse a comer por su casa, y antes de que aquél hiciera acto de presencia, el anfitrión le habló de él en estos términos:

--Es un joven escritor que tiene un futuro literario fulgurante. Ha estudiado Derecho en la Universidad de Valladolid, sí, como lo oye, en la ciudad de la que procede usted. A lo mejor, sin saberlo, ha coincidido con él. Nunca se sabe. Para la mayoría es un escritor comprometido con su trabajo de periodista, pese a su juventud. Algunos hay que le recriminan su desmedida afición por la cultura francesa, pero olvidan que parte de su educación la recibió en el país vecino debido a que su padre, médico de los ejércitos de Napoleón, se vio obligado a abandonar España al final de la guerra. Larra es un hombre íntegro, un poco pesimista y escéptico, eso sí, pero que aquí no se nota demasiado porque el estado del país no está para muchas bromas. Digo íntegro porque es consecuente con sus ideas y las lleva hasta donde deba llevarlas con honor y contundencia. “En este país”, como suele repetir él, no se puede andar con remilgos, y hay que decir las cosas como uno cree que son. Le diría muchas cosas sobre los ambiciosos proyectos literarios que abriga, pero prefiero también que sea usted quien lo oiga de sus labios.

Cuando Larra se presentó en casa de Mesonero Romanos, Blanco comprobó que el periodista era muy joven y que su rostro, casi de adolescente, se nublaba de repente cuando abría los labios para hablar, y lo hacía con una especie de solemnidad que a muchos podía parecer ofensiva y hasta insultante. Recordaba, como si las estuviera oyendo ahora, las palabras que en la sobremesa le había dicho Larra a raíz de haber afirmado que la primera impresión que había recibido de Madrid era que todo estaba en su justo lugar y en perfecta calma:

--Sus razones tendrá para decir eso. Pero pronto se dará cuenta de que en este país, tras la apariencia de calma y normalidad siempre nos está amenazando el desconcierto, la incultura, la ineptitud de quienes nos gobiernan o cosas peores.

¡Cosas peores!

Blanco cerró el periódico y dejó vagar de nuevo la mirada en los campos heridos por la lluvia.


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