Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo






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títuloCapítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo
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LA RESURRECCION Y GLORIA DE CRISTO

CAP 236 - La Resurrección de Cristo y el tiempo de esta resurrección

CAP 237 - Las cualidades de Cristo resucitado

CAP 238 - Indicios de la Resurrección de Cristo

CAP 239 - Sobre la doble vida que Cristo reparó en el hombre

CAP 24087 - Doble premio de la humillación de Cristo: Resurrección y Ascensión

CAP 241 - Cristo, en cuanto Hombre, será Juez

CAP 242 - El que conoce la hora del juicio dio a su Hijo todo poder judicial89

CAP 243 - Si serán o no juzgados todos los hombres

CAP 244 - El examen en el juicio no será motivado por la ignorancia del Juez.  Lugar y modo del juicio (universal)

CAP 245 - Los santos también juzgarán

CAP 246 - De qué modo se distinguen los artículos sobre la fe cristiana

La Resurrección y Gloria de Cristo

CAPITULO 236

La Resurrección de Cristo y el tiempo de esta resurrección

     500.     Cristo libró al género humano de los males derivados del pecado del primer padre. Por ello, convenía que, así como tomó nuestros males para libramos de ellos, también en El apareciesen las primicias de la Redención humana que El obró, a fin de que de ambos modos nos fuera propuesto Cristo como signo de salvación: primero, al considerar en su Pasión aquello en que incurrimos por el pecado y que debemos sufrir para ser librados del pecado y, al mismo tiempo, al considerar en su Exaltación lo que debemos esperar por El.

     Fue el primero en resucitar a la vida inmortal, triunfando sobre la muerte, para que así como el pecado de Adán había producido la vida mortal, así también Cristo, por su satisfacción por el pecado, fuera el primero que inaugurara la vida inmortal. Es cierto que antes de Cristo hubo otros que fueron resucitados por El o por los Profetas, pero resucitaron para morir de nuevo. Cristo, al resucitar de entre los muertos, no puede ya morir (confróntese Rom. 6, 9), y por ser el primero que se evadió de la necesidad de morir, con razón es llamado el “Príncipe de los muertos” (cfr.Apc 1, 5; Act 26, 23; col 1, 18); y también se le llama “Primicia de los que duermen” (cfr. 1 Cor 15, 20), porque es el primero que salió del sueño de la muerte rompiendo su yugo.

     501.     La resurrección de Cristo no debió retardarse más, ni verificarse inmediatamente después de su Muerte. Porque si se hubiera efectuado inmediatamente después de su Muerte, no podría comprobarse que murió realmente; y si se hubiera retrasado demasiado el tiempo de su Resurrección, no aparecería como signo de su triunfo sobre la muerte ni confiarían los hombres en que por El podrían librarse de la muerte. Por estas razones difirió su Resurrección hasta el tercer día, tiempo suficiente para comprobar la verdad de su Muerte y tiempo que no era demasiado largo para que se desvaneciera la esperanza de la liberación. Si su Resurrección se hubiera diferido por más tiempo, la esperanza de los fieles se habría resquebrajado, pues algunos al tercer día, vacilando ya en su esperanza, decían, según se lee en San Lucas: «mas nosotros esperábamos que El era el que había de redimir a Israel» (Lc 24, 21).

 

     502.     Cristo no estuvo muerto tres días enteros, y si se dice que estuvo en el seno de la tierra tres días y tres noches (confróntese Mt 12, 40), es según aquel modo de hablar, que consiste en tomar el todo por la parte. En efecto, como el día natural comprende el día y la noche, sea cual fuere la parte del día o de la noche computada en que Cristo estuvo muerto, se dice que estuvo muerto todo ese día entero. Según el uso de las Escrituras, la noche se computa con el día que la sigue, porque los hebreos medían el tiempo según el curso de la luna, que sale por la tarde. Cristo estuvo en el sepulcro desde la última parte de la feria sexta (viernes), que, si se la completa con la noche precedente, equivaldría casi a un día natural. Estuvo en el sepulcro la noche siguiente con todo el día del sábado, y por consiguiente son dos días. Permaneció muerto la noche siguiente que precedió al domingo, en que resucitó, o hacia medianoche, según San Gregorio142, o al amanecer, según otros143 . Computando, o la noche entera, o una parte, con el día siguiente, que era el domingo, resultará el tercer día natural.

     503.     No sin una razón misteriosa quiso resucitar al tercer día porque se propuso manifestar que su Resurrección se operaba por el poder de toda la Trinidad. Y por esto se dice algunas veces que el Padre le resucitó (cfr. Act 2, 24.32; 10, 40); otras, que resucitó El mismo por su virtud propia, lo cual no implica contradicción, puesto que la virtud divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es la misma. También se propuso demostrar que la reparación de la vida no se verificó ni en la primera etapa del tiempo, bajo la ley natural, ni en la segunda, es decir, bajo la ley de Moisés, sino en la tercera, bajo la ley de la gracia.

     504.     Hay aún otra razón por la que Cristo quiso estar en el sepulcro un día entero y dos noches enteras; y es que Cristo, por la deuda del hombre viejo que tomó sobre Sí, a saber, la pena, destruyó en nosotros dos deudas antiguas, la de la culpa y la de la pena, significadas por las dos noches.

CAPÍTULO 237

Las cualidades de Cristo resucitado

     505.     Cristo recuperó para el género humano no sólo lo que Adán había perdido por su pecado, sino también aquello que Adán podía haber merecido. Porque la eficacia meritoria de Cristo fue mayor que la del hombre antes del pecado. Adán incurrió por su pecado en la necesidad de morir, perdiendo la facultad que tenía de no morir si no hubiera pecado; pero Cristo, no sólo destruyó la necesidad de morir, sino que conquistó la de no morir. Por ello, el Cuerpo de Cristo, después de la Resurrección, se hizo impasible e inmortal, no como el primer hombre con la posibilidad de no morir, sino con la imposibilidad absoluta de morir, que es lo que esperamos para nosotros en el futuro.

     506.     Como el Alma de Cristo era pasible antes de la muerte por causa de la pasión del Cuerpo, se sigue que, habiéndose hecho impasible el Cuerpo, también se hizo impasible el Alma.

     507.     Para consumar el misterio de la Resurrección humana fue preciso que la gloria del goce estuviera retenida en la parte superior del alma, sin que se difundiese a las partes inferiores y hasta el Cerpo,y así dejase a cada uno hacer o sufrir lo que le era propio (cfr. Caps. 231 ss.). Al cosumarse la Redención, todo el Cuerpo y las fuerzas inferiores debieron ser totalmente glorificados por la derivación de la gracia de la parte superior del Alma. Por esto, Cristo, que antes de su Pasión era comprehensor en cuanto al goce de su Alma y viador por causa de la pasibilidad de su Cuerpo, no fue ya viador después de su Resurrección, sino sólo comprehensor.

CAPÍTULO 238

Indicios de la Resurrección de Cristo

     508.     Habiendo Cristo anticipado su Resurrección para que fuese en nosotros un argumento que nos hiciera esperar nuestra resurrección (cfr. cap. 236), fue necesario, para inspirarnos tal esperanza, que su Resurrección y todas las cualidades que son consecuencias de ella, se manifestasen por indicios convenientes. Cristo no manifestó su Resurrección indiferentemente a todos, como manifestó su Humanidad y su Pasión, sino solamente a testigos escogidos por Dios (cfr. Act 10,41), es decir, a sus Discípulos, elegidos por El para obrar la salvación del género humano. El estado de la resurrección, como ya se dijo (cap. 237), pertenece a la gloria del comprehensor, cuyo conocimiento no es debido a todos, sino sólo a los que son dignos.

     509.     Cristo les manifestó la verdad de la Resurrección y la gloria del Resucitado. La verdad de la Resurrección, manifestando que El mismo era el que había muerto, y que realmente había resucitado en cuanto a la naturaleza y en cuanto al supuesto. En cuanto a la naturaleza, porque demostró que tenía verdaderamente un cuerpo humano, dejándose ver y tocar por sus Discípulos, a quienes dijo: «palpad y considerad que un espíritu no tiene carne, ni huesos, como vosotros veis que yo tengo» (Lc 24, 39). Lo manifestó también ejerciendo actos propios de la naturaleza humana, comiendo y bebiendo con sus Discípulos; hablando muchas veces y andando con ellos, cosas todas que son actos de un hombre vivo, aun cuando la acción de comer no fuera una necesidad, pues los cuerpos incorruptibles después de la resurrección no tendrán necesidad de alimento, porque en ellos no habrá pérdidas que sea necesario reparar. Por esta razón los alimentos que Cristo tomó no se transformaron en su Cuerpo para nutrirle, sino que se resolvieron en la materia preyacente. Sin embargo, al comer y beber demostró que era verdadero hombre.

     En cuanto al supuesto, probó también que era El mismo que había muerto, haciéndoles ver en su Cuerpo los indicios de su Muerte, es decir, las cicatrices de sus heridas, y por esto dijo a Santo Tomás: «Mete aquí tu dedo y registra mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado» (lo 20, 27). Y en el ultimo capítulo de San Lucas dice: «Mirad mis manos, y mis pies, yo mismo soy» (Lc 24, 39). En virtud de un privilegio conservó en su Cuerpo las cicatrices de sus heridas, para que fueran prueba de la verdad de la Resurrección; porque los cuerpos incorruptibles deben tener después de la resurrección una integridad completa, aun cuando se pueda decir que ciertos indicios de las heridas que se infirieron a los mártires aparecerán en sus cuerpos con cierta gloria en testimonio de su valor. Cristo demostró también que era el mismo supuesto, tanto por el modo de hablar, como por otras acciones acostumbradas por las cuales se reconocen las personas, y en virtud de esto, sus Discípulos le reconocieron en la fracción del pan (Lc 24, 30-31.35). Además se les apareció en Galilea, donde solía convivir con ellos (cfr. Mt 28, 16 ss.).

 

     510.     Demostró la gloria de su Resurrección entrando en el lugar en que se hallaban los Discípulos, estando las puertas cerradas (lo 20, 19 y 26), y desapareciendo después de su vista (Lc 24, 31). Pues pertenece a la gloria de un ser resucitado la facultad de aparecer glorioso cuando quiera, o no aparecer.

     Como la fe en la Resurrección ofrecía dificultad, demostró con muchos indicios, tanto la verdad de la Resurrección, como la gloria de un cuerpo resucitado. Pues si hubiera mostrado abiertamente la condición inusitada de un cuerpo glorificado, habría perjudicado a la fe en la Resurrección, porque la inmensidad de su gloria habría podido excluir la opinión de que era de naturaleza realmente humana. Por ello se manifestó, no sólo con signos visibles, sino también con pruebas inteligibles, iluminando sus inteligencias para hacerles comprender las Escrituras (cfr. Lc, 24, 25 ss, 44 ss.), y demostrando por las Escrituras de los Profetas que debía de resucitar.

 

CAPITULO 239

Sobre la doble vida que Cristo reparó en el hombre

     511.     Así como Cristo con su Muerte destruyó nuestra muerte, así también con su Resurrección reparó nuestra vida. La muerte y la vida son de dos clases en el hombre. Una es la muerte del cuerpo por la separación del alma, y otra es por su separación de Dios. Cristo, en quien no tuvo lugar la segunda muerte, al sufrir la primera, esto es, la corporal, destruyó en nosotros una y otra muerte, la espiritual y la corporal.

     512.     Del mismo modo, y en sentido inverso, hay dos vidas, una del cuerpo, que procede del alma, y es llamada vida de la naturaleza; y otra, que procede de Dios, y es llamada vida de la justicia o vida de la gracia. Esta última vida se opera por la fe, mediante la cual Dios habita en nosotros, según aquellas palabras de Habacuc: «El justo, pues, en su fe vivirá» (Hab 2, 4). Conforme a esto, hay dos clases de resurrección: una corporal, por la cual el alma se reúne nuevamente con el cuerpo, y otra espiritual, por la cual se une nuevamente con Dios. Esta segunda resurrección no tuvo lugar en Cristo, porque su Alma jamás estuvo separada de Dios por el pecado. Por consiguiente, en virtud de su Resurrección corporal, es causa de nuestra doble resurrección, la corporal y la espiritual.

     513.     Sin embargo, y como dice San Agustín, el Verbo de Dios resucita a las almas, pero el Verbo hecho carne resucita los cuerpos144porque vivificar el alma sólo es propio de Dios. Pero como la carne es el instrumento de su Divinidad, y como el instrumento obra por la virtud de la causa principal, nuestra doble resurrección corporal y espiritual se refiere a la Resurrección corporal de Cristo como a su causa.

     Todo lo que se realizó en la carne de Cristo fue saludable para nosotros, en virtud de la Divinidad unida a El, y, por esta razón, dice el Apóstol, al demostrar que la Resurrección de Cristo es la causa de nuestra resurrección espiritual: «el cual fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4, 25). Que la Resurrección de Cristo es causa de nuestra resurrección corporal se demuestra también por estas palabras de la epístola a los Corintios: «si se predica a Cristo como resucitado de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de vosotros andan diciendo que no hay resurrección de muertos? »(1 Cor 15, 12).

     514.     Con razón admirable atribuye el Apóstol la remisión de los pecados a la Muerte de Cristo y nuestra justificación a su Resurrección, para designar la conformidad y semejanza del efecto con la causa. Porque como se quita el pecado cuando es perdonado, así también Cristo al morir dejó la vida pasible en que se encontraba la semejanza del pecado. Cuando uno es justificado adquiere una nueva vida y, por lo mismo, resucitando Cristo adquirió la novedad de la gloria. Así, pues, la Muerte de Cristo es la causa de la remisión de nuestros pecados, instrumentalmente efectiva, sacramentalmente ejemplar y meritoria. La Resurrección de Cristo fue causa de nuestra resurrección: causa efectiva, en cuanto instrumento, y causa ejemplar en cuanto sacramento; pero no causa meritoria, porque Cristo resucitado ya no era viador para que pudiera merecer, y porque la gloria de la Resurrección fue el premio de la Pasión, según se lee en la carta de San Pablo a los Filipenses (cfr. Philp 2, 9 ss.).

     515.     Es evidente, pues, que Cristo puede ser llamado Primogénito de los que resucitan de entre los muertos (cfr. Act 26, 23; Col 1, 18), no sólo en cuanto al tiempo, porque fue el primero que resucitó, según dijimos (cap. 236), sino también en el orden de la causa, porque su Resurrección es la causa de la resurrección de los demás; y, además, en el orden de la dignidad, porque resucitó mucho más glorioso que los demás. Este es el dogma de la resurrección de Cristo, que el Símbolo de la fe formula en estos términos: Al tercer día resucitó de entre los muertos145

 

CAPITULO 24087*

Doble premio de la humillación de Cristo:

Resurrección y Ascensión

     516.     Si la Exaltación de Cristo, según el Apóstol (cfr. PhiIp 2, 8 ss.), fue el premio de su humillación, a la doble humillación de Cristo debió corresponder una doble Exaltación. Se humilló:

primero, sufriendo la muerte en la carne pasible que había asumido; y segundo, se humilló en cuanto al lugar, bajando su Cuerpo al sepulcro y su Alma a los infiernos. A la primera humillación correspondió la gloria de la Resurrección, mediante la cual fue restituido de la muerte a una vida inmortal. A la segunda humillación correspondió la gloria de la Ascensión y por esto dice el Apóstol: «El que descendió, ese mismo es el que ascendió sobre todos los cielos» (Eph 4, 10).

     517.     Del mismo modo que se dice del Hijo de Dios que nació, sufrió, fue sepultado y resucitó, no según la naturaleza divina, sino según la naturaleza humana, así también se dice que el Hijo de Dios subió a los cielos, no según la naturaleza divina, sino según la naturaleza humana. Según la naturaleza divina, nunca descendió del cielo, pues está siempre en todo lugar, y por esto dice de Sí mismo por San Juan: «Nadie subió al cielo, sino aquel que ha descendido del cielo, a saber, el Hijo del Hombre, que está en el cielo» (lo 3, 13). Lo cual quiere decir que de tal modo bajó del cielo tomando la naturaleza humana, que, al mismo tiempo, siempre permaneció en el cielo.

     518.     Sólo Cristo subió al cielo por su propia virtud. Era el lugar que correspondía, por razón de origen, a Aquel que bajó del cielo. Los demás no pueden subir al cielo por sí mismos, sino por la virtud de Cristo, de Quien son miembros.

     519.     Si convenía que el Hijo de Dios, según su naturaleza humana, subiera al cielo; según la naturaleza divina, también convenía que estuviera sentado a la derecha del Padre. Esto no debe entenderse como si allí haya una derecha o la posibilidad de sentarse, sino que, por ser la derecha la parte principal del animal, se da a entender que el Hijo se sienta con el Padre en toda la plenitud de la igualdad, sin inferioridad alguna según la naturaleza divina.

     Sin embargo, esto también se puede atribuir al Hijo de Dios según la naturaleza humana, porque, si bien le corresponde en cuanto a la naturaleza divina que el Hijo esté con el Padre en la unidad de esencia, y tener con El un mismo trono, es decir, idéntica potestad; así también le corresponde al Hijo en cuanto Hombre por razón de su excelente dignidad. En efecto, los reyes suelen sentar consigo a aquellos a quienes comunican algo de su potestad real, de modo que el más importante del reino se sienta a su derecha. Por ello, con toda justicia, se dice que el Hijo de Dios, en cuanto a la naturaleza humana, se sienta a la derecha del Padre, porque ha sido exaltado en dignidad sobre toda criatura, en el reino celestial.

     En uno y otro caso, estar sentado a la derecha es prerrogativa de Cristo, y por esto dice el Apóstol: «¿A qué ángel ha dicho jamás: Siéntate tú a mi diestra (cfr. Ps 109, 1)?» (Heb 1, 13). Confesamos esta Ascensión de Cristo, diciendo en el Símbolo: Subió a los cielos146 , está sentado a la derecha de Dios Padre147.

CAPÍTULO 241

Cristo, en cuanto Hombre, será Juez

     520.     De lo dicho anteriormente se deduce que mediante la Pasión de Cristo, su Muerte, Resurrección y Ascensión, hemos sido liberados del pecado y de la muerte y hemos adquirido la justicia y la gloria de la inmortalidad; aquélla ya ahora, ésta en esperanza. Todo lo que hemos expuesto, es decir, la Pasión, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión, se han realizado en Cristo completamente, según la naturaleza humana; y, por consiguiente, por medio de aquellas cosas que Cristo sufrió o hizo en la naturaleza humana, librándonos de los males tanto espirituales como corporales, nos ha dirigido a los bienes espirituales y eternos.

     521.     Pero cuando alguien adquiere bienes pata otros, se constituye en dispensador de aquéllos. La dispensación de bienes entre muchos exige juicio, para que cada uno reciba según lo que merece; luego era conveniente que Cristo fuera establecido por Dios como Juez sobre los hombres a quienes salvó, según la misma naturaleza humana, en la cual consumó los misterios de la humana salvación. Por eso dice San Juan: «Y le ha dado la potestad de juzgar -es decir, el Padre al Hij- en cuanto es Hijo del Hombre» (Io 5, 27).

     522.     Pero hay todavía otra razón. Es conveniente que los que han de ser juzgados vean al juez. La recompensa que se recibe por el Juicio es ver en su naturaleza a Dios, en Quien reside la autoridad de Juez; luego conviene que Dios sea visto como Juez por los hombres que han de ser juzgados, tanto buenos como malos, no en su naturaleza propia, sino en la naturaleza asumida. Pues si los malos88* vieran a Dios en su naturaleza divina recibirían ya el premio del que se hicieron indignos.

     523.     El ser Juez constituye también la recompensa debida a Cristo por su humillación, porque quiso humillarse hasta sufrir un juicio injusto ante un juez humano. Para expresar tal humillación, confesamos especialmente en el Símbolo: Que sufrió bajo Poncio Pilato148, Tal recompensa consistió en que fue establecido por Dios, según la naturaleza humana, Juez de todos los hombres, tanto vivos como muertos, según las palabras de Job: «Tu causa está juzgada ya como causa de un impío: has de recibir la ejecución de la sentencia» (Iob 36, 17).

     524.     A la exaltación de Cristo pertenece tanto la potestad de juzgar como la gloria de la Resurrección. Por ello, Cristo aparecerá en el juicio, no en la humildad por la cual mereció, sino en la forma gloriosa que le conviene después de la remuneración. Por esto se lee en el Evangelio: «Verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad» (Lo 21, 27).

     La visión de la claridad de su gloria será motivo de alegría pata los elegidos que le amaron, a quienes fue hecha esta promesa: «verán al rey de los cielos en su gloria» (Is 33, 17). En cambio, será motivo de confusión y de llanto para los impíos, porque la gloria y el poder del juez llena de tristeza y de temor a los que temen ser condenados. Por esto dice Isaías: «pero al fin lo verán los que envidian a tu pueblo, y quedarán confundidos: y serán devorados por fuego tus enemigos» (Is 26, 11).

     Y aun cuando aparezca en una forma gloriosa, se reconocerán en El las huellas de su Pasión, no como deficiencia, sino resplandecientes y gloriosas, para que al verlas se llenen de gozo los elegidos, que se reconocerán liberados por la Pasión de Cristo, y se llenen de tristeza los pecadores que despreciaron tan inmenso beneficio. Por esto se dice en el Apocalipsis: «y han de verle todos los ojos, y los mismos verdugos que le traspasaron. Y todos los pueblos de la tierra se herirán los pechos al verle» (Apc 1, 7).

CAPITULO 242

El que conoce la hora del juicio dio a su Hijo todo poder judicial89*

     525.     El Padre dio al Hijo todo poder de juzgar, según se lee en San Juan (Io 5, 22). Actualmente la vida humana está gobernada por el justo juicio de Dios, porque es el que juzga a toda la tierra, como exclamó Abrahán (cfr. Gen 18, 25); por consiguiente, tampoco puede dudarse de que el juicio, que ya se ejerce sobre los hombres en este mundo, pertenezca al poder judicial de Cristo. Por ello se aplican a Cristo estas palabras que le dirige su Padre: «Siéntate a mi diestra; mientras que yo pongo a tus enemigos por tarima (escabel) de tus pies» (Ps 109, 1). En efecto, Cristo está sentado a la derecha de Dios según la naturaleza humana, porque recibe de El la potestad judicial. Tal poder lo ejerce también ahora, antes de su manifestación sensible, porque sus enemigos están humillados a sus pies. Por esta razón, después de su Resurrección gloriosa dijo de Sí mismo: «A mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). (Este es el juicio sobre este mundo.)

     526.     Hay además otro juicio de Dios, por el cual en el momento de la muerte se da a cada alma aquello que haya merecido. Porque los justos después de su muerte permanecen en Cristo, como dice San Pablo (cfr. Philp 1, 23); mientras que los pecadores son sepultados en el infierno (cfr. Ir: 16, 22). En efecto, no ha de creerse que esta separación entre buenos y malos se verifica sin juicio de Dios, o que este juicio no pertenece al poder judicial de Cristo, pues El mismo dijo a sus discípulos: «Y cuando haya ido y os haya preparado lugar, vendré otra vez y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros» (lo 14, 3). «Ser llevado» no es otra cosa que morir para que podamos estar con Cristo, porque: «mientras habitamos en este cuerpo, estamos distantes del Señor» (2 Cor 5, 6). (Este es el juicio particular después de la muerte.)

     527.     La retribución del hombre consiste en los bienes del alma y también en los del cuerpo, que debe ser nuevamente asumido por el alma en la resurrección; y como toda retribución requiere un juicio, es necesario que haya, además, otro juicio, por medio del cual los hombres sean remunerados según sus obras, tanto del alma como del cuerpo. También Cristo será el Juez de este otro juicio para que de la misma manera que, muerto por nosotros, resucitó en la gloria y subió a los cielos, así también haga por su propia virtud que resuciten nuestros humildes cuerpos, transformándolos según el modelo de su Cuerpo glorioso, para llevarlos al cielo, donde nos precedió por su Ascensión, poniéndonos de manifiesto el camino, según predijo Miqueas (2, 13). La resurrección de todos los hombres se verificará al fin de los siglos, según hemos dicho (caps. 154 y 162). Por eso, este juicio será el juicio universal y final; y para llevarlo a cabo creemos que Cristo vendrá por segunda vez con todo el esplendor de su gloria.

     528.     Se lee en el Salmo: «Abismo profundísimo tus juicios» (Ps 35, 7), y en la Epístola a los Romanos: « ¡Cuán incomprensibles son sus juicios! » (Rom 11, 33). Hay, por consiguiente, en cada uno de dichos juicios, algo de profundo y de incomprensible para la inteligencia humana. En efecto, en el primer juicio de Dios, que rige la vida presente, el tiempo del juicio es claramente conocido por los hombres; pero no conocen la razón de las retribuciones, porque es frecuente en este mundo que los buenos sufran males y los malos abunden en prosperidad. En los otros dos juicios de Dios será evidente la razón de la retribución, pero no su tiempo, porque el hombre desconoce el momento de su muerte, según aquellas palabras del Eclesiastés: «Ni sabe el hombre su fin» (Ecclí 9, 12), y el fin de este siglo no lo puede conocer nadie, porque nosotros no conocemos las cosas futuras, sino aquellas cuyas causas comprendemos. La causa del fin del mundo es la voluntad de Dios, desconocida por nosotros; luego ninguna criatura puede conocer el fin del mundo sino sólo Dios, como dice San Mateo: «Mas en orden al día y a la hora nadie lo sabe, ni aun los ángeles del cielo, sino sólo mi Padre» (Mt 24, 36).

     529.     Pero como también se lee: «Ni el Hijo» (Mc 13, 32), esto ha dado ocasión para que algunos149 149 incurrieran en el error de creer que el Hijo es inferior al Padre, porque el Hijo ignoraría lo que el Padre conoce. Puede evitarse este error diciendo que el Hijo ignora esto según la naturaleza humana asumida, pero no según la naturaleza divina, en la que es una misma sabiduría con el Padre o, para hablar con más propiedad, es la Sabiduría misma concebida en el seno del Padre. No obstante, parece poco conveniente que el Hijo, según su naturaleza asumida, ignore el juicio de Dios, puesto que su Alma, como atestigua el Evangelio (cfr. lo 1, 14), está llena de la gracia y de la verdad de Dios, según hemos visto (caps. 213-216).

     530.     Tampoco parece razonable que Cristo, habiendo recibido el poder de juzgar, porque es Hijo del Hombre (cfr. lo 6, 27), ignore, según la naturaleza humana, el tiempo del juicio universal. Pues su Padre no le habría dado todo poder judicial si le hubiera quitado la facultad judicial de determinar el tiempo de su venida.

Por consiguiente, según el modo de hablar de la Escritura, debe interpretarse este pasaje (Io 6, 27) en el sentido de que Dios sabe alguna cosa cuando hace público el conocimiento que de ella tiene. Así vemos que Dios dijo a Abrahán: «Que ahora me doy por satisfecho de que temes a Dios» (Gen 22, 12), no porque entonces empezara a conocer que Abrahán le temía -pues lo sabe todo desde toda la eternidad-, sino porque entonces demostró su agrado por tal hecho. En este sentido, pues, se dice que el Hijo ignora el día del juicio, porque no lo manifestó a sus Discípulos, sino que les respondió: «No os corresponde a vosotros el saber los tiempos y momentos que tiene el Padre reservados a su poder» (Act 1, 7). Como el Padre no lo ignora, en virtud de la generación eterna dio a su Hijo conocimiento de ello.

     531.     Hay algunos que dan una explicación más lacónica, diciendo que debe aplicarse este pasaje (Mc 13, 32) al hijo adoptivo (es decir, de los hombres en gracia)150Dios quiso que permaneciera oculto el tiempo del juicio futuro, para que los hombres -sus hijos adoptivos- velasen con atención a fin de no ser sor-prendidos por el tiempo del juicio. Por la misma razón quiso que todos ignoraran el tiempo de su propia muerte, pues cada uno se presentará en el juicio tal y como salió de este mundo por la muerte. Por ello, dice el Señor: «Velad, pues, vosotros, ya que no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (Mt 24, 42).

CAPÍTULO 243

Si serán o no juzgados todos los hombres

     532      De todo lo dicho se deduce claramente que Cristo posee la potestad judicial sobre vivos y muertos, porque ejerce su poder judicial sobre los que están aún en este mundo y sobre los que murieron. En el juicio final juzgará a un mismo tiempo a los vivos y a los muertos, ya se entienda por vivos a los justos que viven en gracia, y por muertos a los pecadores que la han perdido; o se entienda por vivos a los que vivan cuando se produzca el advenimiento del Señor, y por muertos a los que fallecieron antes de ese advenimiento.

     No debemos pensar, sin embargo, que haya de haber algunos que serán juzgados vivos, por no haber sufrido la muerte corporal, como han creído algunos151 ya que el Apóstol dice claramente: «Todos a la verdad, resucitaremos» (1 Cor 15, 51); y en otro lugar: «Todos dormiremos», es decir, moriremos. Sin embargo, se lee en algunos libros: «No todos dormiremos», como dice San Jerónimo en la epístola a Minerio152 al tratar sobre la resurrección de la carne; lo cual no es contrario a lo antes dicho, porque el Apóstol había expresado antes lo siguiente: «Y así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados» (1 Cor 15, 22); y, por consiguiente, estas palabras “no todos dormiremos”, no pueden aplicarse aquí a la muerte del cuerpo -que se transmitió a todos los hijos por el pecado del primer padre, como se dice en la epístola a los Romanos (cfr. Rom 5, 12-21)-, sino que debe entenderse del sueño del pecado, de que se habla en la epístola a los de Efeso: «Levántate tú que duermes y resucita de la muerte y te alumbrará Cristo» (Eph 5, 14). Los que estén vivos a la venida del Señor se distinguirán de los que han muerto antes, no porque no morirán, sino porque morirán en el rapto que los llevará por los aires delante de Cristo (confróntese 1 Thes 4, 16), resucitando inmediatamente, como dice San Agustín153

     533.     Para que haya un juicio se necesitan tres cosas: primera, la presencia de alguna persona ante el juez; segunda, la discusión de sus méritos; tercera, el fallo o la sentencia.

En cuanto a la primera, todos los hombres, buenos y malos, desde el primero hasta el último, están sometidos al juicio de Cristo, «porque es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo» (2 Cor 5, 10). De esta ley general no están excluidos los niños, tanto si murieron con el bautismo como sin él, como dice la Glosa en el mismo lugar154.

     534.     En algunos juicios no habrá discusión de los méritos, pues la discusión sólo es necesaria cuando el bien está mezclado con el mal, pero no lo es cuando el bien no tiene mezcla de mal, o éste existe sin mezcla de bien. Entre los buenos habrá algunos que hayan despreciado completamente los bienes de este mundo, para ocuparse sólo de Dios y de las cosas de Dios. Por consiguiente, si el pecado consiste en el menosprecio que se hace del bien inmutable para adherirse a bienes caducos, parece que no habrá en ellos mezcla de bien y mal; no porque hayan vivido sin pecado, pues de ellos dice San Juan: «Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos» (1 Io 1, 8), sino porque los pecados leves que hayan cometido serán, en cierto modo, consumidos por el ardor de la caridad y estarán como aniquilados. Por ello, no habrá discusión de los méritos en su juicio.

     Aquellos otros que en esta vida atendieron a las cosas de la tierra y, usando de ellas, se adhirieron a ellas más de lo conveniente, aunque sin faltar a la voluntad de Dios, ofrecen una mezcla del mal con el bien de la fe y de la caridad, en una proporción notable, en la que no es fácil distinguir qué prevalece en ellos y, por lo mismo, serán juzgados con la discusión de los méritos90*

 

En cuanto a los malos, puesto que la fe es el principio de acceso a la unión con Dios, según aquellas palabras de la epístola a los Hebreos: «Por cuanto el que se llega a Dios debe creer que Dios existe» (Heb 11, 6), el que no tenga fe, no presentará bien alguno cuya mezcla con los males pueda hacer dudosa su condenación, y por esta razón será condenado sin discusión de méritos. El que tenga fe, sin caridad ni buenas obras, poseerá algo para unirse a Dios. Y, por tanto, será necesaria la discusión de los méritos, para que aparezca con evidencia qué ha prevalecido en él91* si el bien o el mal. Este será condenado con la discusión de los méritos, del mismo modo que un rey de la tierra condena a un ciudadano trasgresor de un precepto, con audiencia, y a un enemigo, sin audiencia de ninguna clase.

     535.     Respecto a lo tercero, es decir, a la sentencia, todos serán juzgados, porque en virtud de esta sentencia alcanzaremos gloria o castigo. Por esto se dice en la segunda carta a los Corintios: «Para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que haya hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo» (2 Cor, 10).

CAPITULO 244

El examen en el juicio no será motivado por la ignorancia del Juez. Lugar y modo del juicio (universal)

     536      Que nadie piense que la discusión del juicio será necesaria para la instrucción del Juez, como en los juicios humanos, porque todas las cosas son manifiestas a sus ojos, según se dice en la epístola a los Hebreos (4, 13); sino que será necesaria tal discusión para que cada uno conozca de qué pena o de qué gloria es digno, y se regocijen los buenos con la justicia que Dios ejerce con todos, y se irriten los malos contra sí mismos.

     537      Tampoco ha de creerse que tal discusión de los méritos se hará en todos los detalles, y como de palabra, porque sería necesario un tiempo infinito para exponer los pensamientos, las palabras y las buenas o malas acciones de cada uno. En esto se engañó Lactancio155, cuando supuso que el día del juicio duraría mil años, pues este tiempo no sería aún suficiente para celebrar el juicio de cada uno de una manera completa, porque para cada uno se necesitarían muchos días. Sucederá que, en virtud del poder divino, cada uno conocerá instantáneamente el bien o mal que hizo, por lo que será premiado o castigado, y no sólo conocerá las cosas que hizo, sino también las de los demás. Cuando la superioridad de los bienes sea tal, que parezca que los males no son de importancia, o al revés, no habrá confrontación entre los bienes y los males tal como los hombres la entienden; y en tal caso, el castigo o la recompensa serán decretados sin discusión (cfr. capítulo 243).

     538.     En este juicio, aun cuando todos comparezcan ante Cristo, los buenos se distinguirán de los malos, no sólo en cuanto al mérito, sino en cuanto al lugar separado que habrán de ocupar. Los malos, que por su amor a las cosas de la tierra se separaron de Cristo, quedarán sobre la tierra; y, por el contrario, los buenos que se adhirieron a Cristo, serán arrebatados en los aires (cfr. 1 Thes 4, 17), yendo delante de El para que se conformen a Cristo, no sólo por la participación en el esplendor de su gloria de la cual gozarán, sino también porque serán admitidos en el mismo lugar que Cristo, según aquellas palabras de San Mateo: «Donde quiera que se hallare el cuerpo, allí se juntarán las águilas» (Mt 24, 28). En la palabra águilas están designados los santos. San Jerónimo156sostiene que el término latino corpus (cuerpo) sería la traducción del término hebreo joathan(cfr. Iob 39, 30; Hab 1, 8)92* que propiamente significa cadáver, vocablo que recordaría la Pasión de Cristo, por medio de la cual Aquel mereció la potestad judicial, y mediante la cual también los hombres que se que se asocian a su Pasión son admitidos a participar de su, gloria, según aquellas palabras del Apóstol: «Si con El padecemos, reinaremos también con El» (2 Tim 2, 12).

     539.     Por esta razón, se cree que Cristo, para celebrar el juicio, bajará a los lugares en que sufrió su Pasión, como dice el Profeta Joel: «He aquí que reuniré todas las gentes y las conduciré al valle de Josafat, y allí disputaré con ellas» (bel 3, 2), en el lugar situado en el Monte de los Olivos, de donde Cristo subió a los cielos. Y también por ello, cuando el Señor venga a juzgar al mundo, el estandarte de la Cruz y los demás vestigios de su Pasión aparecerán con El, según las palabras de San Mateo: «Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre» (Mt 24, 30), para que viendo los impíos Aquel a quien crucificaron, se duelan y padezcan (cfr. Zach 12, 10; lo 19, 37; Apc 1, 7), y los que fueron redimidos se regocijen con la gloria del Redentor.

     Así como se dice que Cristo está sentado a la derecha de Dios según la naturaleza humana, elevado al lugar más sublime cerca del Padre, así también se dice que los justos, en el día del juicio, se sentarán a la derecha, ocupando cerca de El el lugar más hermoso.

CAPÍTULO 245

Los santos también juzgarán

     540.     Cristo no será el único Juez en el día del juicio, pues habrá además otros jueces. Unos lo serán por comparación, como los buenos con respecto a aquellos que sean menos buenos, y los malos con respecto a aquellos que sean peores, según las palabras de San Mateo: «Los naturales de Nínive se levantarán en el día del juicio contra esta raza de hombres, y la condenarán» (Mt 12, 41). Otros juzgarán aprobando la sentencia. Todos los justos serán jueces de esta manera, según aquellas palabras del libro de la Sabiduría: los santos «juzgarán, a las naciones» (Sap 3, 8). Y algunos juzgarán por cierta delegación del poder judicial de Cristo, Según las palabras del Salmo: «y víbrarán en sus manos espadas de dos filos»(Ps 149, 6). Nuestro Señor prometió este último poder judicial a los Apóstoles, cuando dice por San Mateo: «En verdad os digo, que vosotros que me habéis seguido, en el día de la resurrección universal, cuando se siente el Hijo del Hombre en el solio de su majestad, os sentaréis también vosotros sobre doce sillas, y juzgaréis a las doce tribus de Israel» (Mt 19, 28).

     541.    No debe pensarse que sólo los judíos que pertenecieron a las doce tribus de Israel serán juzgados por los Apóstoles, pues por las doce tribus de Israel se entienden todos los fieles que heredaron la fe de los Patriarcas. Los infieles no serán juzgados, porque lo fueron ya (cfr. lo 3, 18). Los primeros doce Apóstoles no juzgarán todos con Cristo, porque no juzgará Judas; en cambio, Pablo, que trabajó más que los demás, no estará privado de la potestad judicial, pues dice: «¿No sabéis que hemos de ser jueces hasta de los ángeles malos?» (1 Cor 6, 3). Esta dignidad pertenece propiamente a los que todo lo abandonaron por seguir a Jesucristo, y así fue prometido a San Pedro, que lo pedía, diciendo: «Bien ves que nosotros hemos abandonado todas las cosas y te hemos seguido: ¿cuál será, pues, nuestra recompensa? »(Mt 19, 27). Job comentó también respecto a esto: «Y hace siempre justicia a los pobres» (Iob 36, 6), y lo afirmó con razón. En efecto, la discusión, como ya se dijo (cap. 243), recaerá sobre los actos de los hombres que hayan usado bien o mal de las cosas de este mundo. Por tanto, para la rectitud del juicio es necesario que la mente del juez esté desembarazada de aquellas cosas que son objeto del juicio. En consecuencia, merecen la dignidad judicial quienes tienen su ánimo totalmente desprendido de las cosas terrenas.

     542.     También la predicación de los preceptos divinos merece esta prerrogativa, y por esto se dice en San Mateo que Cristo vendrá a juzgar con sus ángeles (Mt 25, 31), entendiendo por ángeles a los predicadores, como subraya San Agustín en su libro sobre la Penitencia157, porque es conveniente que los que han anunciado los preceptos de la vida discutan los actos de los hombres relativos a la observancia de los preceptos divinos. Por consiguiente, serán jueces porque cooperarán para que a cada uno aparezca la causa de salvación o de condenación, tanto propia como de los demás, a la manera que los ángeles superiores se dice que iluminan a los inferiores, y aun alos hombres. Esta potestad judicial de Cristo es la que confesamos en el Símbolo de los Apóstoles cuando decimos: y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos158

CAPÍTULO 246

De qué modo se distinguen los artículos sobre la fe cristiana

     543.     Después de estas consideraciones relativas a la verdad de la fe cristiana, conviene saber que todo lo que hemos dicho se reduce a ciertos artículos: doce, según unos; catorce, según otros. Como la fe tiene por objeto las cosas incomprensibles para la razón, es necesario un artículo por cada cosa incomprensible para la razón. Hay un artículo relativo a la unidad de la divinidad, pues, aunque se pruebe por la razón que Dios es uno, sin embargo, es de fe que gobierna inmediatamente todas las cosas y que debe ser honrado por cada uno. Además hay tres artículos sobre las tres Personas divinas; y otros tres sobre las operaciones de Dios, es decir: acerca de la creación, que pertenece a la naturaleza; acerca de la justificación, que pertenece a la gracia; y relativo a la remuneración, propio de la gloria. Y, por consiguiente, son siete artículos sobre la divinidad en general.

     Hay otros siete artículos sobre la Humanidad de Cristo: el primero, la Encarnación y la Concepción; el segundo, la Natividad, que tiene una dificultad especial, en razón de su salida del seno virginal de María; el tercero, la Muerte, Pasión y Sepultura; el cuarto, el descenso a los infiernos; el quinto, la Resurrección; el sexto, la Ascensión; el Séptimo, su venida en el día del juIcio. Así resultan en total catorce artículos.

     544.     Otros autores reducen, con razón, a un solo artículo el dogma de las tres Personas, porque no se puede creer en el Padre sin creer en el Hijo Y en el Amor, que es el bien recíproco, a saber, el Espíritu Santo. Estos separan el artículo de la resurrección del de la remuneración, y así resulta que hay dos artículos sobre Dios: uno sobre la unidad y otro sobre la Trinidad; cuatro sobre los efectos: uno sobre la creación, otro sobre la justificación, el tercero sobre la resurrección común y el cuarto sobre la remuneración. En cuanto al dogma de la Humanidad de Cristo, reducen a un solo artículo la concepción y el nacimiento, como también la Pasión y la Muerte. Por consiguiente, según este modo de ver, son doce los artículos. Y, con lo dicho acerca de la fe, es suficiente93*

87* Debido a la oscuridad del texto original latino, nos hemos visto obligados a separarnos un poco de la literalidad y traducir libremente, es decir, sólo el sentido, el n. 519 de este capítulo.

89* Santo Tomás habla de que Cristo, en cuanto Hombre, es Juez en tres juicios: el Juicio universal, al fin de los tiempos, del que trató expresamente en el capítulo 241; el juicio sobre la vida presente de los hombres, mientras transcurre la Historia, del que hablará otra vez en el capítulo 243; y del juicio particular, después de la muerte de cada uno de los hombres (cfr. nuestra nota 56*).-El juicio llamado particular, porque se realiza a solas cuando el alma se presenta ante Dios inmediatamente después de la muerte, ha sido dado por supuesto en varias declaraciones del Magisterio solemne de la Iglesia, tales como Concilio II de Lyon, Profesión de fe de Miguel Paleólogo, 6.VII.1274 (DS 856); Benedicto XII, Constitución Benedidus Deus, 29.1.1336 (DS 1000); Concilio de Florencia, Bula Laetentur caeli, 6.VII.1439 (DS 1304); etc. Los teólogos suelen acudir, en apoyo de la existencia del juicio particular, al conocido pasaje de Hebreos: «Y así como está decretado a los hombres el morir una sola vez, y después el juicio ...” (Heb 9, 27). El Magisterio ordinario también ha ensenado expre­sarnente la existencia del juicio particular en el Catecismo de Trento (parte 1, cap. 8, n. 3), diciendo que «tiene lugar cuando cada uno de nosotros sale de esta vida; pues inmediatamente comparece ante el tribunal de Dios, y allí se hace examen justísimo de cuanto en cualquier tiempo haya hecho, dicho o pensado». El Magisterio solemne y ordinario afirma explícitamente la existencia del Juicio universal, en los mismos lugares en que da por supuesto el juicio particular, y también lo define en la Profesión de fe de los Waldenses, en el Concilio IV de Letran (DS 791).

142 SAN GREGORIO MAGNO, In Evangelia, lib. 2, hom. 21 (PL 76, 117 C).

143 SAN AGUSTÍN, De Trinitate,lib. 4, cap. 6, n. 10 (PL 42, 894).

144 SAN AGUSTÍN, In iannis Evangelium, tract 19, cap. 5, n. 15 (PL 35, 1552-1553).

145 Symbolum Apostolorum, art. 5.

87* Debido a la oscuridad del texto original latino, nos hemos visto obligados a separarnos un poco de la literalidad y traducir libremente, es decir, sólo el sentido, el n. 519 de este capítulo.

146 Symbolum Apostolorum, art. 6.

147 Symbolum Nicaenum-Constantinopolitanum

88* Los textos latinos de Verardo y Fäh difieren en un término: dicen «multi»y «mali», respectivamente. Para nuestra traducción nos ha parecido mas acertado «mali», en lo cual coincidimos con las versiones inglesa de Vollert e italiana de Francini Bruni.

148 Cfr. Symbotum Apostolorum, art. 4.

89* Santo Tomás habla de que Cristo, en cuanto Hombre, es Juez en tres juicios: el Juicio universal, al fin de los tiempos, del que trató expresamente en el capítulo 241; el juicio sobre la vida presente de los hombres, mientras transcurre la Historia, del que hablará otra vez en el capítulo 243; y del juicio particular, después de la muerte de cada uno de los hombres (cfr. nuestra nota 56*).-El juicio llamado particular, porque se realiza a solas cuando el alma se presenta ante Dios inmediatamente después de la muerte, ha sido dado por supuesto en varias declaraciones del Magisterio solemne de la Iglesia, tales como Concilio II de Lyon, Profesión de fe de Miguel Paleólogo, 6.VII.1274 (DS 856); Benedicto XII, Constitución Benedidus Deus, 29.1.1336 (DS 1000); Concilio de Florencia, Bula Laetentur caeli, 6.VII.1439 (DS 1304); etc. Los teólogos suelen acudir, en apoyo de la existencia del juicio particular, al conocido pasaje de Hebreos: «Y así como está decretado a los hombres el morir una sola vez, y después el juicio ...” (Heb 9, 27). El Magisterio ordinario también ha ensenado expre­sarnente la existencia del juicio particular en el Catecismo de Trento (parte 1, cap. 8, n. 3), diciendo que «tiene lugar cuando cada uno de nosotros sale de esta vida; pues inmediatamente comparece ante el tribunal de Dios, y allí se hace examen justísimo de cuanto en cualquier tiempo haya hecho, dicho o pensado». El Magisterio solemne y ordinario afirma explícitamente la existencia del Juicio universal, en los mismos lugares en que da por supuesto el juicio particular, y también lo define en la Profesión de fe de los Waldenses, en el Concilio IV de Letran (DS 791).

      149.         ARRIO y EUNOMIO: Cfr. SAN ATANASIO, Contra arrianos, orat. 3, n. 26 (PG 26, 379); SAN HILARIO, De Trinitate, lib. 9, cap. 2 (PL 10, 282 A); SAN AMBROSIO, De fide, cap. 5 (PL 16, 688 A); SAN JERÓNIMO, In Evangelium Matthei, lib. 4, supra Mt 24, 36 (PL 26, 188 B).-EUNOMrO, obispo arriano en 360, nacido en Capadocia.

      150          Se refiere a la adopción de los hombres por la gracia. Cfr. SAN GREGORIO DE TORS, Historiae ecderiasticae francorum, Prol. (PL 71,163 A).PEDRO COMESTOR, Historia sCholastica: In Evangelia, cap. 142 (PL 198, 1611 D).-SAN GREGORIO DE TORS, historiador de los francos y obispo de Tours (573-594), nació en Clrmont-Ferrand ca. 538 y murió en Tours el 594.- PEDRO COMESTOR, teólogo nacido en Troyes (Champagne), murió en el monasterio de San Víctor ca. 1179.

151 Cfr. SAN JUAN CRISOSTOMO, In epislolam primam ad Corinthios, hom. 42, a. 2 (PG 61, 364); SAN JERÓNIMO, Ep. 49: Ad Marcellam, n. 3 (PL 22, 587); Ep. 119: Ad Minervium et Alexandrum, n. 7 (PL 22, 971). Cfr. SAN AGUSTÍN, Ep. 193: Ad Mercatorem, cap. 4 (PL 33, 872).-SAN JUAN CRISOSTOMO, Padre y Doctor de la Iglesia oriental. Predicador de gran elocuencia. Nació en Antioquia ca. 349 y murió en Comana, en el Ponto, el 14 de septiembre del 407.

152 SAN JERÓNIMO, Ep. 119: Ad Minervium et Alexandrurn,n. 2 (PL 22, 967); a. 7 (PL 22, 971)-SAN JERÓNIMO, Padre y Doctor de la Iglesia, nació en Estridón ca. 340. El 373 se dirigió a Oriente y se dedicó al estudio de la Sagrada Escritura, y desde el 386 se estableció definitivamente en Belén, donde murió el 30 de septiembre del 420. Es el autor de la Vulgata, traducción latina de la Biblia. El Concilio de Trento definió (1546) la autenticidad de la Vulgata, es decir, su inmunidad de todo error en materia de fe y moral.

153 SAN AGUSTÍN, Ep. 193, cap. 4 (PL 33, 872); Retractationes, lib. 2,cap. 33 (PL 32, 644); De civitate Dei, lib. 20, cap. 20 (PL 41, 689).

154 WALAFRIDO ESTRABON, Glossa ordinaria. Epístola secunda ad Corinthios, cap. 5, v. 10 (PL 114, 558 A).- WALAFRIDO ESTRABON, de origen sueco, nacido ca. 809. Debe su nornbre a que era bizco. Fue educado en el monasterio de Sant Gallen (Suiza); discípulo de Rábano Mauro en el monasterio de Fulda. Abad de Sant Gallen y Reichenau (diócesis de Constanza). Se le atribuye la Glossa ordinaria -breves comentarios a la Sagrada Escritura, compilados de los Santos Padres-, poco original, aunque considerada por Pedro Lombardo como la auctoritas por excelencia. Murió en Francia en el 849.

90* En este párrafo, Santo Tomás contempla la posibilidad de que haya pecado venial en el uso de los bienes creados. Tal posibilidad existe, como enseñó el Papa Inocencio XI (Decreto del Santo Oficio por el que se condena el laxismo, de 4.111.1679), cuando se usa de un bien licito por el solo y puro placer: «Comer y beber hasta hartarse por el solo placer» (DS 2108) y «el acto del matrimonio practicado por el solo placer» (DS 2109).-Por pecado venial se entiende una búsqueda desordenada de un bien creado, aunque sin rechazar la ordenación del sujeto al fin último. Cuando hay rechazo del fin último el sujeto comete un pecado mortal. El pecado venial; es, por tanto, una trasgresión voluntaria y leve del orden moral, una verdadera ofensa a Dios que, aunque no conlleve la pérdida de la gracia santificante ni su disminución, dificulta el ejercicio de la caridad y de las demás virtudes, dispone al pecado mortal, lleva a la tibieza espiritual y produce un reato de pena temporal como consecuencia del indebido apego a las criaturas.

91* Nos parece inadecuada la expresión de la edición de Mandonnet en este punto («in Christo»); la hemos descartado por considerar que es más coherente la lectura que traen las ediciones de Vivves, Verardo y Fäh (“in isto”). Hemos coincidido en nuestra elección con Vollert, el traductor inglés, y con Francini Bruzti, autor de la versión italiana.

155 LACTANCIO, Divinaruminstitutionum, lib. 7: De vita beata, capítulos 24 y 26 (PL 6, 808 A y 813 A y 814 A).-LACTANCIO , escritor nacido en Africa de familia pagana ca. 250. Se convirtió en Nicomedia, donde fue profesor de Retórica en la escuela de Diocleciano, antes del 303. En el 317 se trasladó a Treveris, y no se conoce la fecha de su muerte.

156 SAN JERONIMO, In Evangelium Matthei,lib. 4, cap. 24 (PL 26, 179 C).

92* Aquí el texto latino dice literalmente: «Signanter autem loco corporis in Hebraeo joatbam dicitur secundum Hieronymum, quod cadaver significat...». La lectura parece corrompida. El pasaje de San Jerónimo, citado por Santo Tomás, afirma: «Decimos cuerpo, del griego ptoma,que en latín se traduce muy significativamente por cadaver, en razón de que cae por la muerte, para significar la Pasión de Cristo» (In Evangelium Mattbei, lib. 4, cap. 24; PL 26, 186 C). Pero, además, en hebreo no existe ningún vocablo semejante a joatham (o joathan, o joanathancomo se lee en otras ediciones del Compendiumen este mismo lugar). En un pasaje paralelo al que estamos comentando (Catena aurea super Mattheum lectura, 24, 28), y después de citar el versículo de San Mateo, Santo Tomás añade: «Obsérvese que en hebreo se usa el término anathe, que es lo mismo que cadaver». En consecuencia, debería corregirse la lectura en uno de los siguientes sentidos: «Signanter autem loco corporis in Graeco ptoma dicitur secundum Hieronymum…»; o bien: «Signanter autem loco corporis in Hebraeo anatbe dicitur (secundum Hieronymum)…».-Sobre el término «cadáver», aplicado a Cristo muerto, cfr. nota 84*.

 

157 SAN AGUSTÍN, serm. 351: De utilitate agendí poenitentiam, cap. 4, n. 8 (PL 39, 1544).

 

158  Symbolum apostolorum, art. 7.

93* Sobre las verdades que es necesario creer para salvarse, dice San Pablo a los hebreos (11, 6), que «Sin fe es imposible agradar a Dios, porque quien se acerca a Dios debe creer que El existe y que remunera a los que le buscan». Además, comúnmente se cree que es necesario creer con fe explícita en el Misterio de la Santísima Trinidad y en el de la Encarnación (cfr. Summa Theologiáe, parte 2.2, q. 2, a. 7 y 8). El Magisterio de la Iglesia ha enseñado esto mismo en el Concilio Romano (Tomus Damasi, año 382; DS 152 ss.); en el Símbolo «Quicumque» (DS 75-76); en la condenación del laxismo (Decreto del Santo Oficio, 4.111.1679; DS 2122) por Inocencio XI; y en una respuesta del Santo Oficio (1O.V.1703; DS 2381), bajo el pontificado de Clemente XI.

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