Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo






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Tercer Tratado

La Pasión, Muerte y Sepultura de Cristo

CAP 227 Por qué Cristo quiso morir

CAP 228 La muerte de cruz

CAP 229 La Muerte de Cristo

CAP 230 La Muerte de Cristo fue voluntaria

CAP 231 La Pasión de Cristo en su Cuerpo

CAP 232 La pasibilidad del Alma de Cristo

CAPI 233 La oración de Cristo

CAPÍ 234 La sepultura de Cristo

CAPÍ 235 El descenso de Cristo a los infiernos

CAPÍTULO 227

Por qué Cristo quiso morir

475. De lo dicho anteriormente (cap. 226) se deduce que Cristo tomó algunos de nuestros defectos no por necesidad, sino por algún fin, es decir, para nuestra salvación. Toda potencia y hábito o habilidad está ordenada al acto, que es su fin; y por esto, la pasibilidad para satisfacer o merecer no basta sin la pasión en acto. En efecto, no se llama bueno o malo a un hombre porque pueda hacer el bien o el mal, sino porque lo hace. La alabanza y el desprecio no son debidos a la potencia, sino al acto. Por esta razón, Cristo, además de tomar nuestra pasibilidad para salvarnos, quiso sufrir para satisfacer por nuestros pecados.

Cristo sufrió por nosotros lo que nosotros debíamos sufrir por el pecado de nuestro primer padre, y principalmente la muerte, a la cual están ordenadas todas las demás pasiones humanas como a su fin. Por esto dice el Apóstol: «Porque el estipendio y pago del pecado es la muerte» (Rom 6, 23,. Por consiguiente, Cristo quiso sufrir la muerte por nuestros pecados para librarnos de la muerte, tomando sobre Sí, siendo inocente, la pena que nosotros merecíamos; porque el culpable puede librarse de la pena que debería sufrir, si otro inocente se somete por él a tal pena.

476. Cristo quiso también morir, no sólo para que su muerte fuese para nosotros un remedio satisfactorio, sino un sacramento de salvación, a fin de que, a imitación de su muerte, muramos a la vida carnal pasando a una vida espiritual, según aquellas palabras de San Pedro: «Porque también Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los injustos, a fin de reconciliarnos con Dios, habiendo sido a la verdad muerto según la carne, pero vivificado por el espíritu de Dios» (1 Pet 3, 18).

477. Quiso también morir a fin de que su muerte fuese para nosotros ejemplo de perfecta virtud. Ejemplo de caridad, porque leemos en San Juan: «que nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Io 15, 13). Tanto más se manifiesta el gran amor de alguno, cuanto más dispuesto está a sufrir por un amigo. El mayor de todos los males humanos es la muerte que destruye la vida humana; luego la mayor prueba de amor es que el hombre sufra la muerte por un amigo suyo. La muerte de Cristo es también un ejemplo de fortaleza, que no se aparta de la justicia por la adversidad, porque es propio de la fortaleza no abandonar la virtud por temor de la muerte. Por ello dice el Apóstol, hablando de la Pasión de Cristo: «Para destruir por su muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre» (Heb 2, 14-15). Así, pues, aceptando la muerte de verdad, excluyó el temor de morir por el cual con frecuencia los hombres se someten a la servidumbre del pecado. La paciencia de que nos dio ejemplo es una virtud que no deja que el hombre se entristezca en la adversidad, sino que brilla tanto más, cuanto mayor es la adversidad. Siendo la muerte el mayor de los males, es el mayor ejemplo de paciencia sufrirla sin turbación de espíritu, como lo predijo el profeta Isaías cuando, hablando de Cristo, dijo: «Como el corderito que está mudo delante del que le esquila» (Is 53, 7). También nos dio ejemplo perfecto de obediencia, virtud tanto más loable cuanto más difíciles son las cosas en que se obedece, y no hay en verdad cosa más difícil que la muerte. Así, pues, para hacer el Apóstol el elogio de la obediencia de Cristo, dijo “haciéndose obediente (al Padre) hasta la muerte” ( Philp 2,8)

CAPÍTULO 228

La muerte de cruz

478. De lo dicho anteriormente se deduce por qué quiso padecer muerte de cruz. Primero, porque así convenía, como remedio de satisfacción, que el hombre fuese castigado por aquellas cosas en que había pecado. En efecto, en el libro de la Sabiduría se lee: «a fin de que conociesen cómo por aquellas cosas en que uno peca, por esas mismas es atormentado» (Sap 11, 17). El pecado del primer hombre consistió en que, contra la prohibición de Dios, comió del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y Cristo en lugar suyo quiso ser enclavado en el árbol de la Cruz para pagar una deuda que no había contraído, como dice el Salmista (cfr. Ps 58, 5).

479. La muerte de cruz era conveniente también como signo (sacramentum), pues Cristo quiso demostrar con su muerte que debíamos morir a la vida carnal, de tal suerte que nuestro espíritu se elevase a las cosas del cielo, y por esto dice por San Juan: «Y cuando sea levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mí» (Io 12, 32).

480. La muerte de cruz era también conveniente como ejemplo de virtud perfecta. En muchas ocasiones, los hombres temen, más que la muerte, el dolor que la acompaña; y por ello convenía, para la mayor perfección de la virtud, que no rehusara un genero de muerte, aunque fuera odiosa, para el bien de la virtud. El Apóstol, para hacer el elogio de la obediencia perfecta de Cristo, después de haber dicho que fue obediente hasta la muerte, añade: «y muerte de cruz» (Philp 2, 8), la cual era la más vergonzosa, según estas palabras: «Condenémosle a la más infame muerte» (Sap 2, 20).

CAPÍTULO 229

La Muerte de Cristo

481.Como en Cristo hay tres substancias en una sola persona, a saber: el Cuerpo, el Alma y la Divinidad del Verbo (confróntese nota 64*), dos de las cuales el Alma y el Cuerpo están unidas en una misma naturaleza; en la Muerte de Cristo debía romperse la unión del Alma y del Cuerpo. Pues de otro modo el Cuerpo no hubiera muerto verdaderamente, porque la muerte del cuerpo no es otra cosa que la separación de su alma. Sin embargo, ni el uno ni la otra se separaron del Verbo en Dios, en cuanto a la unión de persona. De la unión del alma con el cuerpo resulta la humanidad y, por esta razón, separada el Alma del Cuerpo de Cristo por la muerte, Cristo no pudo ser llamado «hombre» durante los tres días en que estuvo muerto[1][1]Hemos dicho antes (caps. 203 y 211) que, en virtud de la unión personal de la naturaleza humana con el Verbo de Dios, todo lo que se dice de Cristo hecho Hombre puede atribuirse al Hijo de Dios. Por consiguiente, al mantenerse durante la Muerte la unión personal del Hijo de Dios con el Alma y con el Cuerpo, todo lo que se dice del uno y de la otra podía también decirse del Hijo de Dios. Por esta razón, hablando del Hijo de Dios, se dice en el Símbolo que fue sepultado [2][2] puesto que el Cuerpo que a El estaba unido yació con el sepulcro y que bajó a los infiernos [3][3]con el Alma .

482. En latín, el género masculino designa a la persona, y el neutro a la naturaleza, y por ello decimos, en la Trinidad, que el Hijo es otro (alius) que el Padre, pero no otra cosa (aliud). De lo dicho se deduce que Cristo, durante los tres días de su Muerte, estuvo todo (totus, masculino) en el Sepulcro, todo en los infiernos y todo en el cielo, a causa de la Persona que estaba unida a la carne, que yacía en el Sepulcro; y unida al Alma, que arrebataba sus despojos al infierno; y que subsistía en la naturaleza divina, reinando en el cielo. Sin embargo, no puede decirse que estuviese todo (totum,neutro) entero en el sepulcro o en los infiernos, porque no fue la naturaleza humana toda entera, sino una parte de ella, la que estuvo en el Sepulcro o en los infiernos.

CAPÍTULO 230

La Muerte de Cristo fue voluntaria

483. La Muerte de Cristo fue como la nuestra, en lo que es propio de la muerte, es decir, en cuanto a la separación del alma y del cuerpo; pero fue diferente de la nuestra en ciertos aspectos. Nosotros morimos porque estamos sujetos a la muerte, por la necesidad de nuestra naturaleza, o de alguna violencia que se nos ha inferido; Cristo, por el contrario, murió, no por necesidad sino por su poder y por propia voluntad. Por esta razón dice de Sí mismo: «Y soy dueño de darla (mi Alma) y dueño de recobrarla» (Io 10, 18).

 

484. La razón de esta diferencia entre la Muerte de Cristo y la nuestra consiste en que las cosas de la naturaleza no dependen de nuestra voluntad. La unión del alma y del cuerpo es una cosa natural, luego no está sometida esta unión a nuestra voluntad, ni respecto a la permanencia del alma en el cuerpo, ni respecto a su separación, porque esto debe ser obra de la virtud de otro agente. En Cristo, todo lo que era natural bajo el aspecto de la naturaleza humana, estaba sometido a su voluntad, a causa del poder de la Divinidad que domina a toda la naturaleza. Estaba, pues, en el poder de Cristo hacer que la unión del alma con el cuerpo y su separación se realizara conforme a su voluntad. El Centurión, que presenció la crucifixión de Cristo, intuyó este poder divino cuando al expirar oyó su clamor, con el que manifestaba evidentemente que no moría como los demás hombres, por defecto de la naturaleza. Porque los hombres no pueden expirar dando gritos, puesto que en aquel momento supremo apenas tienen fuerzas para mover la lengua. Cristo expiró gritando, y manifestó así su poder divino, y por esto exclamó el Centurión: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mt 27, 54).

485. No ha de decirse, sin embargo, que los judíos no mataron a Cristo, o que El mismo se matara, pues se dice que alguien mata a otro cuando le induce a morir, aunque sólo se produce la muerte si la muerte triunfa sobre la naturaleza, que se resiste a morir. Y como caía bajo la potestad de Cristo, tanto que la naturaleza cediese a la causa que la combatía, como el resistirla mientras quisiera, está claro que Cristo murió por su voluntad y que, sin embargo, los judíos le dieron muerte.

CAPÍTULO 231

La Pasión de Cristo en su Cuerpo

486. Cristo, además de sufrir la muerte, quiso sufrir también las demás miserias que por el pecado del primer padre pasaron a los descendientes de éste, a fin de que, tomando íntegramente la pena del pecado, nos librase perfectamente (del pecado), por medio de su satisfacción. Algunas de estas miserias son anteriores a la muerte, y Otras son posteriores. Preceden a la muerte las pasiones del cuerpo: naturales como el hambre, la sed, la fatiga y otras semejante o violentas como las heridas, la flagelación y otras; cosas todas que Cristo quiso sufrir, como provenientes del pecado. Porque, si el hombre no hubiera pecado, no hubiera sentido ni hambre, ni sed, ni cansancio, ni frío, ni hubiera sufrido las pasiones violentas exteriores.

        487. Cristo sufrió todas estas pasiones, pero de distinto modo que los demás hombres. En los demás hombres no hay nada que pueda resistir a tales pasiones; Cristo, por el contrario, podía resistirías, no sólo por la virtud divina increada, sino también por la bienaventuranza del Alma. No se olvide que la virtud de la bienaventuranza es tan grande que -según San Agustín- rebosa el alma de los bienaventurados y redunda en su cuerpo [4][4]. Por ello, después de la resurrección, el alma será glorificada por la visión y el pleno gozo de Dios; y el cuerpo, unido a esta alma gloriosa, será glorioso, impasible e inmortal [5][5]'

Como el Alma de Cristo gozaba ya de la visión perfecta de Dios, era necesario que, en virtud de esta visión, su Cuerpo fuese impasible e inmortal por la comunicación de la gloria del Alma al Cuerpo. Pero, por disposición divina, su Cuerpo pudo sufrir, aun cuando el Alma gozara de la visión de Dios, por la supresión de la comunicación de la gloría del Alma al Cuerpo; porque, según hemos dicho (cap. 230), lo que era natural en Cristo según la naturaleza humana dependía de su voluntad. Por consiguiente, podía a voluntad impedir la redundancia de las partes superiores en las inferiores, dejando que cada parte sufriera o hiciera lo que le era propio, sin impedimento alguno de la otra parte, lo cual no puede suceder en los demás hombres.

488. De aquí se deduce, también, que Cristo sufrió en la Pasión dolores corporales extremos, porque los dolores corporales en nada eran mitigados por los goces superiores de la razón, del mismo modo que el dolor del cuerpo no era obstáculo para los goces de la razón.

489. Por consiguiente, sólo Cristo fue comprehensor y viador. Gozaba de la visión divina, que es lo propio del comprehensor, aunque su Cuerpo permanecía sujeto a las pasiones, lo cual pertenece al viador. Como es propio del viador, en virtud de las cosas buenas que hace por la caridad, merecer para sí o para los demás, Cristo, aun cuando fuese comprehensor, mereció, sin embargo, para Sí y para nosotros en lo que hizo y sufrió. Mereció para Sí, no la gloria del Alma, que ya tenía desde el instante de su concepción, sino la gloria del Cuerpo, a la que llegó por medio de sus sufrimientos. Y en cuanto a nosotros, cada una de sus pasiones y operaciones fue provechosa para nuestra salvación, no sólo por vía de ejemplo, sino también por vía de mérito, porque nos alcanzó la gracia, en razón a la abundancia de caridad y de gracia que había en El, de tal suerte que los miembros pudieron participar de la plenitud de la Cabeza.

Cualquiera de sus pasiones, aun la más pequeña, era bastante para rescatar al género humano, si se considera la dignidad del Paciente. En efecto, cuanto más elevada en dignidad es la persona a quien se ofende, tanto mayor es la injuria: es mayor cuando alguien ofende a una persona importante, que cuando ofende a una persona cualquiera. Siendo Cristo de una dignidad infinita, cada uno de sus sufrimientos tuvo un valor infinito, que sería suficiente para borrar infinitos pecados.

490. A pesar de todo, la Redención del género humano no se consumó por ninguno de estos sufrimientos, sino por la muerte, que quiso sufrir por las razones ya expuestas (caps. 227 y 228) con el fin de redimir al género humano de sus pecados. Pues en toda compra no basta con tener el dinero, sino que debe pagarse según el precio estipulado.

CAPÍTULO 232

La pasibilidad del Alma de Cristo

491. Por ser el alma la forma del cuerpo, cuando el cuerpo sufre, el alma sufre también de cierta manera, y por esta razón si el Cuerpo de Cristo fue pasible, su Alma fue también pasible. La pasión del alma es de dos modos: primero, por parte del cuerpo; segundo, por parte del objeto, lo cual puede observarse en cualquiera de las potencias. En efecto, el alma es respecto al cuerpo, como una parte del alma a una parte del cuerpo. La potencia visiva puede sufrir de dos maneras: sufre por parte del objeto, cuando la vista es afectada por algún objeto brillante; y por parte del órgano, cuando la vista es lastimada por una lesión de la pupila.

Si se considera la pasión del Alma de Cristo por parte del Cuerpo, el Alma toda sufría cuando sufría el Cuerpo. Si, pues, el alma es la forma del cuerpo según su esencia (porque todas las potencias radican en la esencia del alma), al sufrir el cuerpo sufren en cierta manera todas las potencias del alma. Si consideramos la pasión del alma por parte del objeto, entonces no sufrían las potencias del Alma, pues nada podía ser nocivo para el Alma, si por pasión entendemos la pasión dolorosa.

492. Ya hemos dicho antes (caps. 216 y 231) que el Alma de Cristo gozaba de la visión perfecta de Dios y, por consiguiente, la razón superior del Alma de Cristo -entregada a la contemplación y a la meditación de las cosas eternas- no podía ser afectada por nada contrario o que le repugnase y le hiciese padecer. Sin embargo, las potencias sensitivas, que tienen por objeto las cosas corporales, podían ser afectadas por la pasión del cuerpo; y, por esta razón, Cristo experimentó dolor sensible en su Cuerpo. Pero si la lesión del cuerpo es sensiblemente nociva a los sentidos, también es percibida como nociva por la imaginación, de lo que resulta una tristeza interior, aun cuando el dolor no se haga sentir en el cuerpo. Y esta tristeza es la que decimos que sintió el Alma de Cristo. No es solamente la imaginación, sino también la razón inferior la que percibe las cosas que son nocivas al cuerpo y, por consiguiente, por sólo la aprehensión de la razón inferior, que tiene por objeto las cosas temporales, podía tener lugar en el Alma de Cristo la pasión de la tristeza, en cuanto que la razón inferior percibía la muerte y cualquiera otra lesión corporal como nociva y contraria al apetito natural.

También por amor -que hace que dos hombres sean como uno solo- puede alguno experimentar tristeza, no sólo por las cosas que la imaginación o la razón inferior percibe como nocivas para sí mismo, sino también por las cosas que percibe como nocivas para las personas a quienes ama. Por esta razón, Cristo experimentó tristeza por causa del conocimiento que tenía del peligro de culpa o de pena que amenazaba a aquellos a quienes por caridad amaba; y, por consiguiente, no sólo sufrió por Sí, sino que sufrió también por los demás. Sin embargo, por pertenecer el amor al prójimo en cierto modo a la razón superior -ya que el prójimo es amado por caridad en consideración a Dios-, la razón superior de Cristo no pudo entristecerse por los defectos del prójimo, como puede pasarnos a nosotros. Gozando la razón superior de Cristo de la visión plena de Dios, percibía todo lo que pertenece a los defectos de los demás según se contiene en la sabiduría divina –o según está convenientemente ordenado- y percibía también cómo se permite a uno pecar y cómo es castigado por haber pecado. Por esta razón, ni el Alma de Cristo, ni santo alguno que goce de la visión de Dios, puede entristecerse por los defectos de los hombres [6][6]

No sucede así en los que son viadores, los cuales no pueden conocer la razón de la Sabiduría. En efecto, éstos, según la razón superior, se entristecen por los defectos de los demás, pues consideran que interesa al honor de Dios y a la exaltación de la fe que se salven los que se condenan. De las mismas cosas de que Cristo se dolía según el sentido, la imaginación y la razón inferior, de esas mismas gozaba según la razón superior, en cuanto que las refería a la sabiduría divina. Como referir una cosa a otra es una operación propia de la razón, se dice que la razón de Cristo rehusaba la muerte, considerada desde el punto de vista de la naturaleza, porque la muerte es naturalmente odiosa, pero que, sin embargo, quería sufrirla, cuando la consideraba desde el punto de vista de la razón.

 

493. En Cristo hubo tristeza, y por ello tuvo las demás pasiones que se derivan de la tristeza, como el temor, la ira, etc. El temor se produce en nosotros por la consideración de las cosas que inspiran la tristeza, cuando se contemplan como males futuros; y, además, cuando nos entristecemos porque alguno nos ofende, nos irritamos contra él. Cristo tuvo estas tres pasiones pero  de distinto modo que nosotros, pues en nosotros ordinariamente anteceden al juicio de la razón, y otra veces exceden la medida de la razón. En Cristo, en cambio, jamás previnieron el juicio de la razón, ni traspasaron sus limites, sino que el apetito inferior, que estaba sujeto a la razón, nunca se agitó más que en la medida permitida por la razón. Podía suceder, por consiguiente, que, según la parte inferior, el Alma de Cristo rehusara aquello que deseaba según la parte superior, sin que por esto hubiera en El contrariedad de apetitos, ni rebelión de la carne contra el espíritu. Esta rebelión se verifica en nosotros porque el apetito inferior traspasa el juicio o la medida de la razón. En Cristo era la razón la que movía el apetito inferior, pero dejando que cada una de las fuerzas inferiores lo hiciera con su propio movimiento y del modo más conveniente (cfr. nota 85*).

494. De todo lo dicho se deduce que la razón superior de Cristo gozaba por completo, si se compara a su objeto, porque, por parte de éste, nada podía acontecerle que fuese causa de tristeza. Pero también sufría por completo con respecto al sujeto, como ya dijimos (cap. 232). El goce no disminuía la pasión, ni la pasión era impedimento para el goce, puesto que no había redundancia de una potencia en otra, sino que cada potencia podía actuar lo que le era propio, como ya se ha dicho (cap. 231).

CAPITULO 233

La oración de Cristo

495. Si la oración es la exposición de un deseo, Cristo oró, inmediatamente antes de su Pasión, porque tenía varios deseos. «Padre mío, si es posible no me hagas beber este cáliz: pero no obstante, no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú» (Mt 26, 39). Estas palabras «no me hagas beber este cáliz» aluden al movimiento del apetito inferior y al deseo natural por el cual cada uno rechaza naturalmente la muerte y desea la vida. Las palabras «no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú», expresan el movimiento de la razón superior, que considera todas las cosas según el orden dispuesto por la sabiduría divina.

Cuando dice «si (esto) no puede ser» (Mt 26, 42), manifiesta que esto sólo es posible si procede según el orden de la voluntad divina. Aunque el cáliz de la Pasión no haya sido apartado de El, y aun cuando no haya sido eximido de beberlo, no debe decirse que no fue escuchada su oración, porque según las palabras del Apóstol: «fue oído en vista de su reverencia» (Heb 5, 7). En efecto, siendo la oración una exposición de un deseo, pedimos lo que queremos. Por ello, el deseo y la oración de los justos produce su efecto cerca de Dios, según las palabras del Salmo:

«Atendiste, oh Señor, el deseo de los pobres» (Ps 10(9), 17). Nosotros queremos lo que deseamos según la razón superior, pues sólo a ella pertenece consentir en la obra. Cristo pidió simplemente que se cumpliera la Voluntad de su Padre, porque esto es lo que quiso sin condiciones, y no que se apartara de El el cáliz, que esto no lo deseó absolutamente, sino sólo según la razón inferior, como ya se dijo (cap. 232).

CAPÍTULO 234

La sepultura de Cristo

496. Por causa del pecado, el hombre sufre -después de la muerte- otros males tanto del cuerpo como del alma. Los del cuerpo consisten en que éste vuelve a la tierra de donde fue sacado. Podemos considerar esta lacra corporal bajo dos aspectos: según la situación y según la descomposición. Según la situación, el cuerpo muerto es puesto y sepultado bajo la tierra; según la descomposición, el cuerpo se disuelve en los elementos de que está formado.

Cristo, dejando que su Cuerpo fuera puesto bajo la tierra, quiso sufrir la primera de dichas deficiencias; pero no sufrió la segunda, es decir, la descomposición de su Cuerpo en la tierra. Por ello dice el Salmista, hablando de Cristo: «no permitirás que tu santo experimente la corrupción» (Ps 15, 10), es decir, la putrefacción del Cuerpo.

La razón de esto es que el Cuerpo de Cristo tomó de la naturaleza humana la materia de que estaba formado. Pero su formación fue operada por la virtud del Espíritu Santo y no por la virtud humana. Por consiguiente, por ser material, quiso sufrir la humillación de ser depositado en la tierra, en un lugar en que se acostumbra a depositar los cuerpos muertos, porque los cuerpos deben colocarse en el lugar que les corresponde según la condición de su elemento predominante. Sin embargo, no quiso sufrir la descomposición del Cuerpo formado por el Espíritu Santo, porque en cuanto a esto se diferenciaba de los demás hombres.

CAPÍTULO 235

El descenso de Cristo a los infiernos

497. El alma de los hombres, después del pecado, debía descender a los infiernos, no sólo en cuanto al lugar, sino en cuanto a la pena. Así como el Cuerpo de Cristo estuvo bajo la tierra según el lugar, pero no en cuanto a la deficiencia común de la descomposición; así también el Alma de Cristo bajó a los infiernos en cuanto al lugar, pero no para sufrir en ellos una pena, sino para liberar de la pena a los que allí estaban retenidos por causa del pecado del primer padre, pecado por el cual Cristo había dado ya plena satisfacción, sufriendo la Muerte. Por consiguiente, Cristo después de la Muerte nada tenía ya que sufrir, y descendió a los infiernos sin experimentar pena alguna, para mostrarse liberador de los vivos y de los muertos.

498. Por esto se dice también que El fue el único libre entre los muertos, porque su Alma no estuvo sujeta en el infierno a pena alguna, ni su Cuerpo depositado en la tumba sufrió tampoco la corrupción.

499. Aunque Cristo con su descenso a los infiernos libró a los que en ellos estaban retenidos por el pecado del primer padre, dejó, no obstante, en aquel lugar a los que estaban castigados por sus propios pecados. Y por esto se dice que puso freno al infierno (cfr. Os 13, 14), no que lo desalojara por completo, porque libró sólo a una parte de sus habitantes y dejó a la otra. A estos defectos de Cristo se refiere el Símbolo, cuando dice:Sufrió bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos[7][7]

[1][1] Durante el siglo XII se discutió mucho si Cristo fue Hombre durante los tres días en que permaneció en el sepulcro («in triduo mortis»). Santo Tomás se hace eco aquí de la polémica, declarando abiertamente que no fue Hombre, y que a lo sumo se le podría llamar «Hombre muerto» (cfr. Summa Tbeologiae, parte 3, q. 50, a. 4 c). La solución de Santo Tomás se apoya directamente en su particular concepción del alma como forma substancial del hombre, doctrina que se opone directamente a la concepción de algunos escolásticos, sobre la llamada pluralidad de formas (confróntese nuestra nota 65*).El Angélico evita cuidadosamente el término «cadáver», aplicado a Cristo, porque tal palabra connota siempre algo que se corrompe, cuando sabemos que Cristo no sufrió, en el Sepulcro, la corrupción de la muerte. En sentido contrario al de Santo Tomás, es decir, sosteniendo que Cristo fue verdaderamente Hombre «in triduo mortis», se expresaron Hugo de San Víctor y Pedro Lombardo.-HUGO DE SAN VÍCTOR, teólogo nacido en Sajonia hacia el ario 1100, murió en Paris en 1141. Des­de 1133 dirigió la célebre Escuela de San Víctor y fue Prior del Monasterio. Es famoso su De sacramentis christianae /idei, que constituye el más perfecto sistema teológico medieval anterior aPedro Lombardo.

[2][2] Symbolum Apostolorum~ art. 4; Symbolum Nicaenum-Constantino-politanum.

[3][3] Symbolum Apostolorum, art. 5.

[4][4] SAN AGUSTÍN, Ep. 118.. Ad Dioscorum, cap. 3, n. 14 (PL 33, 439).

[5][5] Cristo, por ser perfecto Hombre, tuvo pasiones, entendiendo por pasiones los movimientos naturales del apetito sensitivo, procedentes de la imaginación, acompañados de una cierta trasmutación corporal. Es lo que normalmente la psicología moderna conoce con el nombre de emociones o conmociones. Existe una triple diferencia entre nuestras pasiones y las pasiones de Cristo: En nosotros con frecuencia nos conducen a cosas ilícitas, no así en Cristo. En nosotros muchas veces previenen el juicio de la razón, mientras que en Cristo todos los movimientos del apetito sensitivo procedían bajo la dirección de la razón. Por último, en nosotros las pasiones no se mantienen a veces en el ámbito del apetito sensitivo, sino que arrastran consigo a la razón, lo que no sucedió en Cristo nunca, pues «Cristo retuvo siempre en el ámbito del apetito sensitivo los movimientos naturales propios de su sensibilidad, de suerte que nunca le impidieron el recto uso de la razón» (Summa Theologiae, parte 3, q. 15, a. 4 c). Por ello, las pasiones de Cristo reciben el nombre de «propassiones» (dr. cap. 232, n. 493), porque no son pasiones que se apoderan del alma, o perfectas.

[6][6] La distinción entre razón superior e inferior la hereda Santo Tomas de San Agustin (cir. De Trinitate, lib. 12, caps. 4-7; PL 42, 1000-1004). La razón superior alcanza a las verdades superiores, que son, a la vez, normas de sus acciones; la razón inferior se aplica a las cosas temporales. Pero ambas se refieren a nuestra inteligencia, de tal modo que una de ellas es un medio para alcanzar la otra. Por consiguiente, la razón superior y la razón inferior no constituyen dos potencias, sino una misma Potencia, y sólo se distinguen por sus funciones.

[7][7] Sybolum Apostolorum, art 4 y 5.
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