Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo






descargar 459.16 Kb.
títuloCapítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo
página2/10
fecha de publicación13.06.2015
tamaño459.16 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

CAPÍTULO 197

No todos los pecados se transmiten a la descendencia

      375. Los demás pecados, ya del primer padre, ya de los demás individuos, no se transmiten a la posteridad, porque el pecado del primer padre ha destruido completamente el don que de una manera sobrenatural fue concedido a la naturaleza humana en la persona del primer padre y, en virtud de esto, se dice que ha infestado o corrompido a la naturaleza. Los pecados subsiguientes no encuentran nada que sustraer a toda la naturaleza, si bien arrebatan al hombre o disminuyen en él algún bien particular, es decir, personal, corrompiendo solamente a la naturaleza en cuanto pertenece a ésta o a la otra persona. Es así que el hombre no engendra a sus semejantes en persona, sino en naturaleza; luego el pecado que vicia a la persona no se transmite del padre a los hijos, como se transmite el primer pecado que vició la naturaleza.

CAPÍTULO 198

Los méritos de Adán no aprovecharon para la reparación de sus descendientes

      376. Aunque el pecado del primer hombre haya corrompido a toda la naturaleza humana, sin embargo, ésta no ha podido ser rehabilitada, ni por la penitencia, ni por los méritos del primer padre, cualesquiera que hayan sido. En efecto, es evidente que la penitencia de Adán y sus demás méritos han sido un acto de la persona particular. El acto de un individuo cualquiera no puede influir sobre toda la naturaleza de la especie, porque las causas que obran sobre toda la especie son equívocas y no unívocas. El sol es la causa de la generación de toda la especie humana; pero el hombre es la causa de la generación de un hombre determinado. Por consiguiente, los méritos particulares de Adán o de cualquier otro puro hombre no podían bastar para la rehabilitación de toda la naturaleza. La naturaleza ha sido viciada accidentalmente por un acto singular del primer hombre. Después, por estar privado del estado de la inocencia, no pudo transmitirlo a los otros. Y, aun cuando Adán recobrara el estado de gracia por la penitencia, no pudo, sin embargo, recobrar su inocencia primitiva, a la que Dios había otorgado el don de justicia original.

      Es igualmente cierto que aquel estado de justicia original fue un don especial de la gracia, y la gracia no se adquiere con méritos, porque es un don gratuito de Dios. Así como en el principio el primer hombre no tuvo la justicia original en virtud de sus méritos, sino por un don de Dios, así tampoco, y aun mucho menos después de su pecado, podía merecerla por la penitencia o cualquier otra obra buena.

CAPÍTULO 199

De la reparación de la naturaleza humana por Cristo

      377. Era necesario que la naturaleza humana, corrompida de la manera que hemos dicho, fuese reparada por la divina Providencia. Pues la naturaleza humana no podía conseguir la felicidad perfecta sin que desapareciera esta corrupción; porque, siendo la bienaventuranza el bien perfecto, no es compatible con defecto alguno, y mucho menos con la deformidad del pecado, que se opone en cierto modo a la virtud, la cual es el camino que conduce a la felicidad suma, como ya se ha dicho (cap. 172). Por tanto, habiendo sido creado el hombre para la bienaventuranza, que es su fin último, se seguiría que la obra de Dios se frustraría en una criatura tan noble, si no hubiese habido reparación. Y así, el salmista dice: «¿Acaso Tú has criado en vano todos los hijos de los hombres?» (Ps 88, 48). Por tanto, la restauración de la naturaleza humana era conveniente.

      378. Además, la bondad divina sobrepuja el poder que tiene la criatura para obrar el bien; según hemos dicho antes (capítulos 144, 145 y 174), la condición del hombre es tal mientras vive vida mortal, que del mismo modo que no está confirmado en el bien de una manera permanente, tampoco está tan obstinado en el mal que de él no pueda salir; luego pertenece a la condición de la naturaleza humana el poder purificarse de la corrupción del pecado y, por lo mismo, no convenía que la bondad divina dejase tal poder sin efecto, lo que se habría verificado de no haberle proporcionado un medio de rehabilitación.

59* La edición de Verardo se ha saltado una línea. Copiamos de Fäh y subrayamos las palabras que olvidó Verardo: «et excellentiam dignitatis dicens: 'Eritis sicut di’'; e! perfectionem scientiae, cum dixit: 'Scientes bonum et malurn'».

85 Cfr. ARISTÓTELEs, Metaphysica, lib. 1, cap. 1 (ed. Cathala-Spiazzi,n. 1, p. 5a).

60* El Papa Pablo VI, en la Audiencia General del día 5 de mayo de 1971, resumía con estas palabras la doctrina de la Iglesia sobre el pecado original: «un pecado no personal, sino heredado de Adán, en cuanto al reato de culpa y de pena, pues todos nacemos de Adán; ésta es la enseñanza bíblica y teológica de las consecuencias universales transmitidas por vía de generación, a causa de la trasgresión del primer hombrea. Así lo han enseñado los Concilios durante varios siglos: en efecto, el Concilio de Cartago (418) definió (can. 2) que todos los hombres contraen el pecado original por la generación, e interpretó con autoridad el pasaje de la epístola de San Pablo a los Romanos (5, 12): «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así a todos los hombres pasó, por cuanto en aquél todos pecaron» (DS 223). El II Concilio de Orange (529) definió (can. 1) que por el pecado original el hombre fue mudado en peor en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma, y que el pecado pasó a todos los hombres no sólo en cuanto a la pena que es la muerte, sino también en cuanto a la culpa (can. 2). A la sesión V del Concilio de Trento (17 de junio de 1546) se debe el Decreto sobre el pecado original, en el cual los Padres Conciliares volvieron a confirmar las enseñanzas del Magisterio anterior de manera explicita, y añadieron que no era intención suya comprender en este decreto, en que se trata del pecado original, a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, Madre de Dios; sino que habían de observarse las constituciones del Papa Sixto IV (DS 1400 y 1425 ss.) de feliz memoria (cfr. DS 1511-1516). Otro punto doctrinal afín al del pecado original es el del monogenismo (origen único de la humanidad a partir de una sola pareja inicial) enseñado más recientemente por el Papa Pío XII (Encíclica Summi Pontificatus, DS 3784), quien también condenó la doctrina opuesta: «los fieles no pueden abrazar la sentencia de los que afirman o que después de Adán existieron en la Tierra verdaderos hombres que no procedieron de aquél como del primer padre de todos por generación natural, o que Adán significa una especie de muchedumbre de primeros padres. No se ve por modo alguno cómo puede esta sentencia conciliarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia proponen sobre el pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán individual y personalmente y que, transmitido a todos por generación, es inherente a cada uno como suyo propio” (Encíclica Humani generis, DS 3897). En el mismo sentido el Papa Pío II había condenado el error de Zanini de Solcia, según el cual Dios al crear el mundo creó muchos hombres y mujeres y, por consiguiente, Adán no fue el primer hombre (Epístola Cum sicut accepimus (1459), DS 1363). Podríamos resumir toda esta doctrina firmemente creída por la Iglesia, con las siguientes palabras de Pablo VI: “Sostenemos, pues, siguiendo el Concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno” (Credo del Pueblo de Dios, n. 16).

61* Dice el Catecismo de Trento  (parte 1, cap. 2, n. 19) que Dios formó al hombre del lodo de la tierra, dispuesto y constituido en cuanto al cuerpo de tal modo que fuese inmortal e impasible, no ciertamente por virtud de su misma naturaleza, sino por gracia de Dios. En lo que al alma se refiere, la formó a su imagen y semejanza y le dio el libre albedrío; y de tal manera, además moderó en él todos los movimientos y apetitos del alma, que siempre estuviesen sujetos a la razón. Aún más; le añadió el admirable don de la justicia original, y quiso también que dominase a los demás animales”. En igual sentido ha explicado la Iglesia que Adán fue creado por Dios en un estado llamadote justicia original: con unos dones sobrenaturales que consistían en la gracia santificante, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, con los oportunos auxilios de la gracia actual; y, además, con otros dones preternaturales consistentes en el don de la integridad de la naturaleza (por el cual los apetitos inferiores y los movimientos del alma estaban sometidos a la razón, como consecuencia de la sujeción del hombre a Dios); el don de la inmortalidad (podía no morir); el don de la impasibilidad (en el alma y en el cuerpo, por el cual eran inmunes a las tribulaciones y dolores de esta vida); el don de dominio en la voluntad (de manera que estaba exenta incluso de los pecados veniales); y el don de la ciencia como cabeza del género humano (por el cual conocía perfectamente todo lo que necesitaba conocer para cumplir su fin). El don de la gracia santificante es un don estrictamente sobrenatural, pues excede la capacidad de toda naturaleza creada o creable; lo mismo que los dones del Espíritu Santo y las virtudes infusas sobrenaturales que le son concomitantes. En cambio, a los cinco dones que acabamos de citar(integridad, inmortalidad, impasibilidad, dominio y ciencia) se les llama preternaturales, pues no son dados gratuitamente al hombre, es decir, no son exigidos por la naturaleza humana ni están contenidos en sus principios. Santo Tomás, en la Summa Theologiae (parte 1.2, q. 85, a. 3), explica que el hombre fue despojado de la justicia original por el pecado del primer padre... y que por esta razón todas las fuerzas del alma quedaron de algún modo destituidas de su propio orden, por el que naturalmente se ordenaban a la virtud, lo que se llama herida de la naturaleza (“vulneratio naturae”). Son cuatro las potencias en las que puede darse la virtud: la razón, en la cual radica la prudencia; la voluntad que es el sujeto de la justicia; el apetito irasci­ble, en el que está la fortaleza; el apetito concupiscible, que es el sujeto de la templanza. Por el pecado original, la razón fue destituida del orden a la verdad, herida que se conoce con el nombre de ignorancia; la voluntad, por ser despojada del orden al bien, incurrió en la malicia; la herida del apetito irascible, al ser destituido de su orden al bien arduo, es la debilidad(«infirmitas»); y la herida del concupiscible, desordenado con la relación al bien deleitable moderado por la razón, es la concupiscencia.El diablo pue­de naturalmente atacar (infestar) al hombre en el cuerpo y en el alma; pero la tentación diabólica no se explica por la agresión positiva del demonio, sino por una permisiva tolerancia, en cuanto que, removida una especial protección de nosotros, Dios facilitó de alguna manera las tentaciones a los demonios.-Recientemente, Pablo VI ha resumido con brevedad las prin­cipales enseñanzas de la Tradición católica sobre las consecuencias que se derivaron en Adán y en su descendencia como consecuencia del pecado ori­ginal: «Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza hurnana se encon­traba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de gracia de que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado» (Credo del Pueblo de Dios, n. 16).

62*Persona es una sustancia individual de naturaleza racional (Boecio, De duabus naturis, cap. 3; PL 64, 1343 G). Santo Tomás comentará ampliamente esta defimción en el cap. 210 de este Compendium Theologiae.-Naturaleza, en cambio, es la diferencia específica que informa cada una de las cosas (Boecio, De duabus naturis, cap. 1; PL 64,1342 B). El Aquinatense estudia con detalle la definición de naturaleza en la Summa Tbeologiae (parte 3, q. 2, a. 1 c). Según la definición de Boecio, naturaleza significa la esencia o quiddidad de una especie.-Cfr. también el amplio desarrollo que ofrece el Aquinatense en la quaestio disputata De Unione Verbi Incarnati, a. 1.

86 Cfr. Boecio, In Porphyrium, lib. 3, cap. De specie. (PL 64, 111 C). PORPIRIO, filósofo neoplatónico, discípulo de Plotino (Tiro 232-Roma 301 ), defensor del helenismo y adversario de los cristianos.

La Encarnación de Cristo

CAP 200 Sólo por Dios, y por un Dios encarnado, debía ser reparada la naturaleza humana

CAPÍTULO 201

De las otras causas de la Encarnación del Hijo de Dios

CAPÍTULO 202

Error de Fotino sobre la Encarnación del Hijo de Dios

CAPÍTULO 203

Error de Nestorio sobre la Encarnación: su refutación

CAPÍTULO 204

Error de Arrio sobre la Encarnación y su refutación

CAPÍTULO 205

Error de Apolinar de Laodicea y su refutación

CAPÍTULO 206

Error de Eutiques, que afirma la unión en la naturaleza

CAPÍTULO 207

Contra el error de Manes, que decía que Cristo no había tenido un cuerpo verdadero, sino un cuerpo fantástico

CAPÍTULO 208

Cristo tuvo un cuerpo verdadero, y no un cuerpo venido del cielo, como pretende Valentín

CAPÍTULO 209

Cuál es la verdadera fe sobre la Encarnación

(critica al nihilismo cristológico

de Pedro Abelardo)66*

CAPÍTULO 210

En Cristo no hay dos supuestos (crítica al nestorianismo de Guillermo de Champagne)

CAPÍTULO 211

En Cristo hay un solo supuesto y una sola Persona

CAPITULO 212

Qué es uno y qué es múltiple en Cristo

CAPÍTULO 213

Cristo debió ser perfecto en la gracia

y en la sabiduría de la verdad

CAPÍTULO 214

La plenitud de la gracia de Cristo

CAPÍTULO 215

La gracia de Cristo es infinita

CAPÍTULO 216

De la plenitud de la sabiduría de Cristo

La Encarnación de Cristo

CAPÍTULO 200

Sólo por Dios, y por un Dios encarnado, debía ser reparada la naturaleza humana

      379. Hemos demostrado antes (cap. 198) que la naturaleza humana no podía ser reparada ni por Adán ni por ningún otro puro hombre, no sólo porque ningún individuo tenía en la natu­raleza una existencia preeminente, sino también porque ningún hombre, por más santo que fuera, podía ser causa de la gracia. Por esa misma razón tampoco podía ser un ángel el autor de tal restauración, porque un ángel ni podía ser causa de la gracia, ni él mismo podía ser la recompensa del hombre en la última bien­aventuranza perfecta, a la cual era necesario atraer al hombre, pues el hombre y el ángel son iguales con respecto a la bienaven­turanza63.

Resulta, pues, que sólo Dios podía llevar a cabo tal reparación. Si Dios hubiera reparado al hombre sólo con su voluntad y su poder, no se habría observado el orden de la justicia divina, que exige una satisfacción por el pecado. Por otra parte, en Dios no podía haber ni satisfacción ni mérito, porque esto es propio de un ser sometido a otro; y, por consiguiente, Dios no podía satisfacer por el pecado de toda la naturaleza humana. Y como tampoco po­día hacerlo un puro hombre (cap. 198), fue conveniente que Dios se hiciera hombre para que así fuese uno y el mismo el que a la vez reparase y satisficiese. Esta es la causa de la Encarnación di­vina, tal como la presenta el Apóstol, cuando dice: «Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15).

CAPÍTULO 201

De las otras causas de la Encarnación del Hijo de Dios
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

similar:

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconDimension misionera de una vida escondida con cristo en dios
«Lo que contemplamos acerca de la Palabra de vida, os lo anunciamos» (1Jn 1, 1-3) (RMi 91). 2

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconOsho charlas acerca de fragmentos del Tao Te Ching de Lao Tse Compártelo...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconOsho charlas acerca de fragmentos del Tao Te Ching de Lao Tse Compártelo...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo icon1. las cartas de san pablo
«Con Cristo estoy crucificado; y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20). De esta identificación arranca...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconLa náusea 9a. Edición editorial época, S. A. Emperadores No. 185...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconNací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací...
«Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconCómo guiar a un niño a Cristo
«no es la voluntad de [nuestro] Padre que está en los cielos que se pierda uno de estos pequeños» (Mateo 18: 14). Comience explicando...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconEspiritualidad misionera según la encilica "redemptoris missio"
«enviado», el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida. «No tengas miedo...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo iconResumen En este capítulo se describe el diseño de los servidores...

Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo icon¿Quién es Cristo, por quien muchos han dejado todo para seguirlo,...






© 2015
contactos
l.exam-10.com