Capítulo 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo






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COMPENDIO DE TEOLOGÍA

SANTO TOMAS

 

HUMANIDAD SANTÍSIMA

ENCARNACIÓN DE CRISTO

CONCEPCIÓN Y NATIVIDAD

PASIÓN Y MUERTE

RESURRECCIÓN

ESPERANZA

HUMANIDAD SANTISIMA

CAPÍTULO 185 La fe acerca de la Humanidad de Cristo

CAPÍTULO 186 De los preceptos dados al primer hombre y de su perfección en el estado primitivo

CAPÍTULO 187Aquel estado del hombre se conoce con el nombre de justicia original. Sobre el lugar en que fue colocado el hombre

CAPÍTULO 188 Del árbol de la ciencia del bien y del mal, y del primer precepto impuesto al hombre

CAPÍTULO 189 De la seducción de Eva por el demonio

CAPÍTULO 190 Cuáles fueron los motivos que indujeron a la mujer

CAPÍTULO 191 De qué modo se extendió el pecado al hombre

CAPÍTULO 192 Del efecto que siguió a la culpa en cuanto a la rebelión de las cosas inferiores a la razón

CAPÍTULO 193 De qué modo fue impuesta la pena de la necesidad de morir

CAPÍTULO 194 De otros defectos que sobrevinieron al entendimiento y a la voluntad

CAPÍTULO 195 De qué modo se han transmitido estos defectos a la posteridad

CAPÍTULO 196 ¿La falta de la justicia original tiene razón de culpa en los descendientes?

CAPÍTULO 197 No todos los pecados se transmiten a la descendencia

CAPÍTULO 198 Los méritos de Adán no aprovecharon para la reparación de sus descendientes

CAPÍTULO 199 De la reparación de la naturaleza humana por Cristo

 

CAPÍTULO 185

La fe acerca de la Humanidad de Cristo

361. Como la fe cristiana, según dijimos al principio (cap. 2), versa principalmente sobre dos puntos, a saber, la Divinidad de la Trinidad y la Humanidad de Cristo; después de habernos ocupado de lo relativo a la Divinidad y a sus obras, nos resta ocuparnos de lo relativo a la Humanidad de Cristo. Pero como, según dice el Apóstol: «Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15), es necesario mostrar antes de qué manera el género humano cayó en el pecado, para que de este modo pueda conocerse con más claridad cómo los hombres fueron liberados del pecado por la Humanidad de Cristo.

 

Tratado Preliminar El pecado original

CAPÍTULO 186

De los preceptos dados al primer hombre y de su perfección en el estado primitivo

      362. El hombre, como se ha dicho ya (cap. 152), fue constituido por Dios en su condición natural de tal suerte que el cuerpo estuviese sometido totalmente al alma, y las potencias inferiores estuviesen sujetas a la razón sin repugnancia, y la misma razón del hombre, a Dios. Por estar el cuerpo sometido al alma, no podía producirse en el cuerpo pasión alguna que escapase al dominio del alma sobre el cuerpo, y, por esta razón, ni la muerte ni las enfermedades tenían acción sobre el hombre. Mediante la sumisión de las potencias inferiores a la razón, reinaba en el hombre una tranquilidad completa de espíritu, porque la razón humana en nada era perturbada por las pasiones desordenadas. Por estar la voluntad del hombre sometida a Dios, el hombre lo refería todo a Dios como a su fin último, en el que se basaba su justicia e inocencia.

      La última de estas tres cosas (referirlo todo a Dios) era la causa de las demás. Que la disolución o cualquiera otra pasión contraria a la vida no tuviesen lugar en el hombre no era debido a la naturaleza del cuerpo, ya que si consideramos las partes que lo componen, vemos que está formado de elementos contrarios. Tampoco era efecto de la naturaleza del alma el que las fuerzas sensibles se sometieran sin repugnancia a la razón, porque las fuerzas sensibles están naturalmente inclinadas a las cosas que deleitan los sentidos y que frecuentemente repugnan a la razón. Sino que todo ello procedía de una virtud superior, a saber, de Dios, que, así como unió al cuerpo un alma racional superior al cuerpo y a todas las fuerzas corporales -tales como las fuerzas sensibles-, dio también al alma la potestad de dominar tanto el cuerpo como las fuerzas sensibles, como convenía al alma racional.

      Para que la razón pudiera dominar de una manera firme las cosas inferiores, fue necesario que la misma razón estuviera firmemente sometida a Dios, de Quien había recibido ese poder superior a su naturaleza. El hombre fue, por consiguiente, constituido de modo que, si la razón no se sustraía al imperio de Dios, su cuerpo no podría sustraerse al imperio del alma, ni las fuerzas sensibles separarse de la recta razón.

      Por esto, el hombre era inmortal e impasible, porque no podía sufrir ni morir, no habiendo pecado. Podía, sin embargo, pecar, porque su voluntad no estaba aún confirmada por la consecución del último fin; y caso de pecar, podría sufrir y moriría.

      363. La impasibilidad y la inmortalidad que poseía el primer hombre se diferenciaban de las que poseerán los santos después de la resurrección, en que éstos no podrán ni sufrir ni morir, porque su voluntad estará completamente confirmada en Dios, como dijimos antes (cap. 166). Hay además otra diferencia, y consiste en que, después de la resurrección, los hombres no usarán de los alimentos ni de los órganos sexuales; sin embargo, el primer hombre estaba constituido de tal modo que tenía necesidad de usar de los alimentos para sostener su vida, y el deber de entregarse a la generación para la multiplicación del género humano. Por esta razón se le impusieron dos preceptos en su condición primitiva. Primero: «come del fruto de todos los árboles del Paraíso» (Gen 2, 16). Segundo: «Creced y multiplicaos y henchid la tierra» (Gen 1, 28).

 

CAPÍTULO 187

Aquel estado del hombre se conoce con el nombre

de justicia original. Sobre el lugar en que fue colocado el hombre

      364. Aquel estado tan bien ordenado del hombre es llamado de justicia original. En virtud de ella, el hombre estaba sometido a su superior y, al mismo tiempo, estaban sometidos a él todos los seres inferiores, según estas palabras: «y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo» (Gen 1, 26); y, además, entre sus propias partes, la inferior estaba sometida a la superior sin repugnancia alguna. Aquel estado fue concedido al primer hombre, no como a persona singular, sino como al origen o principio de la naturaleza humana, para que por medio de aquel hombre fuera transmitido, junto con la naturaleza humana, a todos sus descendientes. Como cada uno debe tener un lugar correspondiente a su condición, el hombre constituido en aquel estado fue colocado en un lugar de dicha y de delicias, en el que no era afectado por ninguna pena interior ni por ninguna contrariedad exterior.

CAPÍTULO 188

Del árbol de la ciencia del bien y del mal, y del primer precepto impuesto al hombre

      365. Como aquel estado del hombre dependía de que su voluntad estuviera sometida a Dios, a fin de que el hombre se acostumbrara desde el primer momento a seguir la voluntad divina, Dios le propuso ciertos preceptos, tales como el de comer el fruto de todos los árboles del Paraíso, prohibiéndole con pena de muerte comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; y esto, no porque fuera malo en sí mismo el uso de aquel fruto, sino para que el hombre observase un precepto tan llevadero sólo porque Dios lo había mandado. El comer del fruto prohibido llegó a ser malo por haber sido prohibido. El árbol era llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal, no porque tuviera virtud para producir la ciencia, sino por el acontecimiento subsiguiente, es decir, porque el hombre, cuando comió de su fruto, supo por experiencia la diferencia que hay entre el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia.

CAPÍTULO 189

De la seducción de Eva por el demonio

      366.El demonio, que ya había pecado, viendo al hombre constituido de tal suerte que podía conseguir la felicidad eterna que él había perdido, y que podía pecar, se propuso separarlo de la vía recta de la justicia, atacándolo por su flanco más débil, esto es, tentando a la mujer, en la que era menor el don o la luz de la sabiduría. Y para conseguir con más facilidad la trasgresión del precepto, excluyó con engaño el temor de la muerte, y le prometió aquello que el hombre desea naturalmente, a saber: la exención de la ignorancia, diciendo: «Se abrirán vuestros ojos» (Gen 3, 5); la excelencia de la dignidad, añadiendo: «Seréis como dioses» (Gen 3, 5); y la perfección de la ciencia, por estas palabras: «Conocedores del bien y del mal» (Gen 3, 5)59* El hombre, respecto de su inteligencia, aborrece naturalmente la ignorancia y apetece la ciencia85; y en cuanto a su voluntad, que es naturalmente libre, desea la elevación y la perfección, de modo que no esté sujeto a superioridad alguna, o sufra lo menos posible.

CAPÍTULO 190

Cuáles fueron los motivos que indujeron a la mujer

 

      367.  La mujer deseó la elevación y la perfección de la ciencia prometidas, y a esto se unieron la bondad y la hermosura del fruto, que la incitaron a comer de él, de suerte que, despreciando el temor de la muerte, traspasó el precepto de Dios, comiendo del árbol prohibido, por lo cual su pecado fue múltiple. En primer lugar, es pecado de soberbia, porque la mujer deseó la elevación de una manera desordenada; en segundo lugar, es pecado de curiosidad, porque mediante ella aspiró a la ciencia más allá de los límites que le estaban marcados; en tercer lugar, es pecado de gula, porque fue incitada a comer del fruto a la vista de su suavidad; en cuarto lugar, es pecado de infidelidad, porque desconfió de Dios y confió en las palabras del demonio que hablaba contra Dios; en quinto lugar, es pecado de desobediencia, porque infringió el precepto de Dios.

CAPÍTULO 191

De qué modo se extendió el pecado al hombre

      368. Por medio de la persuasión, la mujer hizo extensivo su pecado al hombre, el cual, sin embargo, como dice el Apóstol (1 Tim 2, 14): «no fue seducido» como la mujer, creyendo en las palabras del demonio contra las palabras de Dios. En efecto, no podía comprender que Dios le hubiese amenazado falsamente y prohibido inútilmente una cosa útil. En cambio, el hombre fue incitado por la promesa del demonio, aspirando indebidamente a la elevación y a la ciencia. Su voluntad fue extraviada de la rectitud de la justicia por este medio (y no por la seducción), y queriendo mostrarse complaciente con su mujer, la imitó en la trasgresión del precepto divino comiendo del fruto vedado.

CAPÍTULO 192

Del efecto que siguió a la culpa en cuanto a la rebelión de las cosas inferiores a la razón

      369. Como toda la integridad del armónico estado de que hemos hablado era producida por la sumisión de la voluntad humana a Dios, al rebelarse el hombre perdió la perfecta sumisión de las fuerzas inferiores a la razón y del cuerpo al alma; y por consiguiente, el hombre sintió en el apetito sensitivo inferior los movimientos desordenados de la concupiscencia, de la ira y de las otras pasiones contrarias a la razón misma, que la oscurecen la mayor parte de las veces y la perturban en sus facultades. De esta hostilidad de la carne contra el espíritu hablan las Santas Escrituras (cfr. Rom 7, 14-25; Gal 5, 16-26); porque, como el apetito sensitivo -del mismo modo que las demás fuerzas sensitivas- obra por medio de un instrumento corporal, mientras que la razón no tiene necesidad de órgano corporal, se imputa a la carne lo que pertenece al apetito sensitivo, y al espíritu, lo que pertenece a la razón; y en este sentido se llaman espirituales las substancias que están separadas de los cuerpos.

CAPÍTULO 193

De qué modo fue impuesta la pena de la necesidad de morir

      370. Fue también una consecuencia del pecado que la corrupción se hiciera sentir en el cuerpo, y que por esta razón el hombre incurriera en la necesidad de morir, pues el alma no podía ya mantener el cuerpo perpetuamente animado infundiéndole la vida. El hombre se hizo pasible y mortal, no sólo porque podía sufrir y morir, como antes de pecar, sino porque habría de sufrir y de morir.

CAPÍTULO 194

De otros defectos que sobrevinieron al entendimiento

y a la voluntad

      371. Sufrió, además, otros muchos defectos como consecuencia de aquella perturbación. Sintiendo frecuentemente los movimientos desordenados de las pasiones en el apetito inferior, errando al mismo tiempo en la razón la luz de la sabiduría que la alumbraba divinamente cuando la voluntad estaba sometida a Dios, el afecto del hombre se sometió a las cosas sensibles; por lo cual, alejándose de Dios, cometió numerosas faltas; y asimismo se sometió a los espíritus inmundos, de los que esperó auxilios para la adquisición de los objetos de su codicia. De este modo se produjeron en el género humano la idolatría y los demás pecados. Cuanto más se corrompió el hombre sometiéndose a ellos, tanto más se alejó del deseo y del conocimiento de los bienes espirituales y divinos.

CAPÍTULO 195

De qué modo se han transmitido estos defectos a la posteridad

      372. Como el bien de la justicia original fue concedido por voluntad divina al género humano en nuestro primer padre, para que por medio de éste pasase a sus descendientes, removida la causa cesó el efecto. Habiendo sido privado el hombre de este bien por su propio pecado, todos sus descendientes quedaron privados igualmente; y así, después del pecado de nuestro primer padre, todos los hombres nacen privados de la justicia original y con los defectos producidos por esta falta60*.

      No es contrario al orden de la justicia que Dios castigue en los hijos la falta del primer padre, porque esa pena no fue otra cosa que la sustracción de los bienes sobrenaturales concedidos al hombre para que fuera transmitidos a su posterioridad61*. Por esta razón, tales bienes sólo eran debidos a los demás, en cuanto que debían transmitirse a ellos por nuestro primer padre. Cuando un rey concede a un soldado un título feudal transmisible a sus herederos, este título no pasa a los herederos si el soldado comete una falta que merezca la pérdida de su título; así, también, los hijos son justamente privados de un bien por la falta de su padre.

CAPÍTULO 196

¿La falta de la justicia original tiene razón de culpa en los descendientes?

      373. Aún hay que resolver una cuestión muy importante, a saber, si la falta de justicia original puede tener razón de culpa en los descendientes del primer hombre. En efecto, pertenece a la razón de culpa (cap. 120) el que el mal culpable dependa de aquel a quien se imputa la culpa, porque a nadie se le culpa de una acción que no está en sus facultades hacer o no hacer. Y, puesto que no depende del que nace tener o no tener la justicia original, parece que esta falta no tiene razón de culpa.

      374. Pero esta cuestión se resuelve fácilmente distinguiendo entre la persona y la naturaleza62*. Así como en una persona hay muchos miembros, así también en la naturaleza humana hay muchas personas; de suerte que por la participación en la especie muchos hombres son considerados como un solo hombre, según dijo Porfirio86. Los diferentes pecados de un hombre son cometidos por los diferentes miembros, y no es necesario, para que haya culpa, que cada pecado sea un acto voluntario ejecutado con la voluntad de los miembros por los que se realiza el pecado, sino un acto realizado con la voluntad de aquella parte que es más principal en el hombre, a saber: la parte intelectual, pues la mano no puede dejar de herir, ni el pie de marchar, cuando se lo impera la voluntad.

      Por consiguiente, la falta de justicia original es un pecado de la naturaleza, porque proviene de la voluntad desordenada del primer principio en la naturaleza humana, es decir, del primer padre; y de este modo, es pecado voluntario según la naturaleza, esto es, por la voluntad del primer principio de la naturaleza; y así pasa a todos los que reciben la naturaleza del primer padre como a miembros suyos: por esto se llama pecado original, porque por el origen se transmite del padre a los descendientes. Este pecado afecta directamente a la naturaleza, mientras que los demás pecados, es decir, los actuales, afectan inmediatamente a la persona. El primer padre, en efecto, corrompió la naturaleza con su pecado, y la naturaleza corrompida, a su vez, comunica el mal a la persona de los hijos, que reciben la naturaleza del primer padre.
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