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doblepensar implicaba el uso del doblepensar.

La instructora había vuelto a llamarles la atención:

-Y ahora, a ver cuáles de vosotros pueden tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas --gritó la mujer con gran entusiasmo- ¡Por favor, camaradas! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos...!

A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicio que le hacía doler todo el cuerpo y a veces le causaba golpes de tos. Ya no disfrutaba con sus meditaciones. El pasado, pensó Winston, no sólo había sido alterado, sino que estaba siendo destruido. Pues, ¿cómo iba usted a establecer el he­cho más evidente si no existía más prueba que el recuerdo de su propia memoria? Trató de recordar en qué año había oído hablar por primera vez del Gran Hermano.- Creía que debió de ser hacia el sesenta y tantos, pero era imposible estar se­guro. Por supuesto, en los libros de historia editados por el Partido, el Gran Hermano figuraba como jefe y guardián de la Revolución desde los primeros días de ésta. Sus hazañas habían ido retrocediendo en el tiempo cada vez más y ya se extendían hasta el mundo fabuloso de los años cuarenta y treinta cuando los capitalistas, con sus extraños sombreros cilíndricos, cruzaban todavía por las calles de Londres en re­lucientes automóviles o en coches de caballos pues aún quedaban vehículos de éstos-, con lados de cristal. Desde luego, se ignoraba cuánto había de cierto en esta leyenda y cuánto de inventado. Winston no podía recordar ni siquiera en qué fecha había empezado el Partido a existir. No creía haber oído la palabra «Ingsoc» antes de 1960. Pero era posi­ble que en su forma viejolingüística -es decir, «socialismo inglés»- hubiera existido antes. Todo se había desvanecido en la niebla. Sin embargo, a veces era posible poner el dedo sobre una mentira concreta. Por ejemplo, no era verdad, como pretendían los libros de historia lanzados por el Parti­do, que éste hubiera inventado los aeroplanos. Winston re­cordaba los aeroplanos desde su más temprana infancia. Pero tampoco podría probarlo. Nunca se podía probar nada. Sólo una vez en su vida había tenido en sus manos la innega­ble prueba documental de la falsificación de un hecho histó­rico. Y en aquella ocasión...

-¡Smith! -chilló la voz de la telepantalla-; ¡6079 Smith W! ¡Sí, tú! ¡Inclínate más, por favor! Puedes hacerlo mejor; es que no te esfuerzas; más doblado, haz el favor.

Ahora está mucho mejor, camarada. Descansad todos y fijaos en mí.

Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara perma­necía completamente inescrutable. ¡Nunca os manifestéis de­sanimados! ¡Nunca os mostréis resentidos! Un leve pestañeo podría traicionaros. Por eso, Winston miraba impávido -a la instructora mientras ésta levantaba los brazos por encima de la cabeza y, si no con gracia, sí con notable precisión y efi­cacia, se dobló y se tocó los dedos de los pies sin doblar las rodillas.

-¡Ya habéis visto, camaradas; así es como quiero que lo hagáis! Miradme otra vez. Tengo treinta y nueve años y cua­tro hijos. Mirad -volvió a doblarse-. Ya veis que mis ro­dillas no se han doblado. Todos vosotros podéis hacerlo si queréis -añadió mientras se ponía derecha-. Cualquier persona de menos de cuarenta y cinco años es perfectamente capaz de tocarse así los dedos de los pies. No todos nosotros tenemos el privilegio de luchar en el frente, pero por lo me­nos podemos mantenernos en forma. ¡Recordad a nuestros muchachos en el frente malabar! !Y a los marineros de las fortalezas flotantes! Pensad en las penalidades que han de so­portar. Ahora, probad otra vez. Eso está mejor, camaradas, mucho mejor -añadió en tono estimulante dirigiéndose a Winston, el cual, con un violento esfuerzo, había logrado tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas. Desde varios años atrás, no lo conseguía.
IV
Con el hondo e inconsciente suspiro que ni siquiera la proximidad de la telepantalla podía ahogarle cuando empeza­ba el trabajo del día, Winston se acercó al hablescribe, sopló para sacudir el polvo del micrófono y se puso las gafas. Lue­go desenrolló y juntó con un clip cuatro pequeños cilindros de papel que acababan de caer del tubo neumático sobre el lado derecho de su mesa de despacho.

En las paredes de la cabina había tres orificios. A la derecha del hablescribe, un pequeño tubo neumático para mensajes escritos, a la izquierda, un tubo más ancho para los periódicos; y en la otra pared, de manera que Winston lo te­nía a mano, una hendidura grande y oblonga protegida por una rejilla de alambre. Esta última servía para tirar el papel inservible. Había hendiduras semejantes a miles o a docenas de miles por todo el edificio, no sólo en cada habitación, sino a lo largo de todos los pasillos, a pequeños intervalos. Les llamaban «agujeros de la memoria». Cuando un empleado sabía que un documento había de ser destruido, o incluso cuando alguien veía un pedazo de papel por el suelo y por al­guna mesa, constituía ya un acto automático levantar la tapa del más cercano «agujero de la memoria» y tirar el papel en él. Una corriente de aire caliente se llevaba el papel en segui­da hasta los enormes hornos ocultos en algun lugar descono­cido de los sótanos del edificio.

Winston examinó las cuatro franjas de papel que había desenrollado. Cada una de ellas contenía una o dos líneas es­critas en el argot abreviado (no era exactamente neolengua, pero consistía principalmente en palabras neolingüísticas) que se usaba en el Ministerio para fines internos. Decían así:
times 17.3.84. discurso gh malregistrado áfrica rectificar
times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto trimestre 83 erratas comprobar número corriente
times 14.2.84. Minibundancia malcitado chocolate recti­ficar
times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobueno refs nopersonas reescribir completo someter antesarclúvar
Con cierta satisfacción apartó Winston el cuarto mensa­je. Era un asunto intrincado y de responsabilidad y prefería ocuparse de él al final. Los otros tres eran tarea rutinaria, aunque el segundo le iba a costar probablemente buscar una serie de datos fastidiosos.

Winston pidió por la telepantalla los números necesarios del Times, que le llegaron por el tubo neumático pocos minu­tos después. Los mensajes que había recibido se referían a artículos o noticias que por una u otra razón era necesario cambiar, o, como se decía oficialmente, rectificar. Por ejem­plo, en el número del Times correspondiente al 17 de marzo se decía que el Gran Hermano, en su discurso del día ante­rior, había predicho que el frente de la India Meridional se­guiría en calma, pero que, en cambio, se desencadenaría una ofensiva eurasiática muy pronto en África del Norte. Como quiera que el alto mando de Eurasia había iniciado su ofensi­va en la India del Sur y había dejado tranquila al Africa del Norte, era por tanto necesario escribir un nuevo párrafo del discurso del Gran Hermano, con objeto de hacerle predecir lo que había ocurrido efectivamente. Y en el Times del 19 de diciembre del año anterior se habían publicado los pronósti­cos oficiales sobre el consumo de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983, que era también el sexto grupo del noveno plan trienal. Pues bien, el número de hoy contenía una referencia al consumo efectivo y resultaba que los pro­nósticos se habían equivocado muchísimo. El trabajo de Winston consistía en cambiar las cifras originales haciéndo­las coincidir con las posteriores. En cuanto al tercer mensaje, se refería a un error muy sencillo que se podía arreglar en un par de minutos. Muy poco tiempo antes, en febrero, el Mi­nisterio de la Abundancia había lanzado la promesa (oficial­mente se le llamaba «compromiso categórico») de que no ha­bría reducción de la ración de chocolate durante el año 1984. Pero la verdad era, como Winston sabía muy bien, que la ración de chocolate sería reducida, de los treinta gra­mos que daban, a veinte al final de aquella semana. Como se verá, el error era insignificante y el único cambio necesario era sustituir la promesa original por la advertencia de que probablemente habría que reducir la ración hacia el mes de abril.

Cuando Winston tuvo preparadas las correcciones las unió con un clip al ejemplar del Times que le habían enviado y los mandó por el tubo neumático. Entonces, con un movimiento casi inconsciente, arrugó los mensajes originales y todas las notas que él había hecho sobre el asunto y los tiró por el «agujero de la memoria» para que los devoraran las llamas.

Él no sabía con exactitud lo que sucedía en el invisible laberinto adonde iban a parar los tubos neumáticos, pero te­nía una idea general. En cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del Times, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar corre­gido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de con­tinua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías, es de­cir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. De este modo, todas las predicciones hechas por el Partido resulta­ban acertadas según prueba documental. Toda la historia se convertía así en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria. En ningún caso habría sido posible demostrar la existencia de una falsificación. La sec­ción más nutrida del Departamento de Registro, mucho mayor que aquella donde trabajaba Winston, se componía sencillamente de personas cuyo deber era recoger todos los ejemplares de libros, diarios y otros documentos que se hu­bieran quedado atrasados y tuvieran que ser destruidos. Un número del Times que -a causa de cambios en la política exterior o de profecías equivocadas hechas por el Gran Her­mano- hubiera tenido que ser escrito de nuevo una docena de veces, seguía estando en los archivos con su fecha origi­nal y no existía ningún otro ejemplar para contradecirlo. También los libros eran recogidos y reescritos muchas veces y cuando se volvían a editar no se confesaba que se hubiera introducido modificación alguna. Incluso las instrucciones escritas que recibía Winston y que él hacía desaparecer inva­riablemente en cuanto se enteraba de su contenido, nunca daban a entender ni remotamente que se estuviera cometien­do una falsificación. Sólo se referían a erratas de imprenta o a citas equivocadas que era necesario poner bien en interés de la verdad.

Lo más curioso era -pensó Winston mientras arreglaba las cifras del Ministerio de la Abundancia- que ni siquiera se trataba de una falsificación. Era, sencillamente, la sustitución de un tipo de tonterías por otro. La mayor parte del material que allí manejaban no tenía relación alguna con el mundo real, ni siquiera en esa conexión que implica una mentira directa. Las estadísticas eran tan fantásticas en su versión original como en la rectificada. En la mayor parte de los casos, tenía que sacárselas el funcionario de su cabeza. Por ejemplo, las predicciones del Ministerio de la Abundan­cia calculaban la producción de botas para el trimestre veni­dero en ciento cuarenta y cinco millones de pares. Pues bien, la cantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de pares. Es decir, la cantidad declarada oficialmente. Sin em­bargo, Winston, al modificar ahora la «predicción», rebajó la cantidad a cincuenta y siete millones, para que resultara po­sible la habitual declaración de que se había superado la pro­ducción. En todo caso, sesenta y dos_ millones no se acerca­ban a la verdad más que los cincuenta y siete millones o los ciento cuarenta y cinco. Lo más probable es que no se hubie­ran producido botas en absoluto. Nadie sabía en definitiva cuánto se había producido ni le importaba. Lo único de que se estaba seguro era de que cada trimestre se producían sobre el papel cantidades astronómicas de botas mientras que media población de Oceanía iba descalza. Y lo mismo ocurría con los demás datos, importantes o minúsculos, que se registra­ban. Todo se disolvía en un mundo de sombras en el cual incluso la fecha del año era insegura.

Winston miró hacia el vestíbulo. En la cabina de enfren­te trabajaba un hombre pequeñito, de aire eficaz, llamado Ti­llotson, con un periódico doblado sobre sus rodillas y la boca muy cerca de la bocina del hablescribe. Daba la impre­sión de que lo que decía era un secreto entre él y la telepan­talla. Levantó la vista y los cristales de sus gafas le lanzaron a Winston unos reflejos hostiles.

Winston no conocía apenas a Tillotson ni tenía idea de la clase de trabajo que le habían encomendado. Los funcio­narios del Departamento del Registro no hablaban de sus ta reas. En el largo vestíbulo, sin ventanas, con su doble fila de cabinas y su interminable ruido de periódicos y el murmullo de las voces junto a los hablescribe, había por lo menos una docena de personas a las que Winston no conocía ni siquiera de nombre, aunque los veía diariamente apresurándose por los pasillos o gesticulando en los Dos Minutos de Odio. Sa­bía que en la cabina vecina a la suya la mujercilla del cabello arenoso trabajaba en descubrir y borrar en los números atra­sados de la Prensa los nombres de las personas vaporizadas, las cuales se consideraba que nunca habían existido. Ella es­taba especialmente capacitada para este trabajo, ya que su propio marido había sido vaporizado dos años antes. Y pocas cabinas más allá, un individuo suave, soñador e ineficaz, lla­mado Ampleforth, con orejas muy peludas y un talento sor­prendente para rimar y medir los versos, estaba encargado de producir los textos definitivos de poemas que se habían hecho ideológicamente ofensivos, pero que, por una u otra razón, continuaban en las antologías. Este vestíbulo, con sus cincuenta funcionarios, era sólo una subsección, una peque­ñísima célula de la enorme complejidad del Departamento de Registro. Más allá, arriba, abajo, trabajaban otros enjambres de funcionarios en multitud de tareas increíbles. Allí estaban las grandes imprentas con sus expertos en tipografía y sus bien dotados estudios para la falsificación de fotografías. Había la sección de teleprogramas con sus ingenieros, sus di­rectores y equipos de actores escogidos especialmente por su habilidad para imitar voces. Había también un gran número de empleados cuya labor sólo consistía en redactar listas de libros y periódicos que debían ser «repasados». Los docu­mentos corregidos se guardaban y los ejemplares originales eran destruidos en hornos ocultos. Por último, en un lugar desconocido estaban los cerebros directores que coordinaban todos estos esfuerzos y establecían las líneas políticas según las cuales un fragmento del pasado había de ser conservado, falsificado otro, y otro borrado de la existencia.

El Departamento de Registro, después de todo, no era más que una simple rama del Ministerio de la Verdad, cuya principal tarea no era reconstruir el pasado, sino proporcionarles a los ciudadanos de Oceanía periódicos, películas, libros de texto, programas de telepantalla, comedias, nove­las, con toda clase de información, instrucción o entreteni­miento. Fabricaban desde una estatua a un slogan, de un poema lírico a un tratado de biología y desde la cartilla de los párvulos hasta el diccionario de neolengua..Y el Ministe­rio no sólo tenía que atender a las múltiples necesidades del Partido, sino repetir toda la operación en un nivel más bajo a beneficio del proletariado. Había toda una cadena de sec­ciones separadas que se ocupaban de la literatura, la música, el teatro y, en general, de todos los entretenimientos para los proletarios. Allí se producían periódicos que no conte­nían más que informaciones deportivas, sucesos y astrología, noveluchas sensacionalistas, películas que rezumaban sexo y canciones sentimentales compuestas por medios exclusiva­mente mecánicos en una especie de calidoscopio llamado versificador. Había incluso una sección conocida en neolengua con el nombre de Pornosec, encargada de producir pornogra­fía de clase ínfima y que era enviada en paquetes sellados que ningún miembro del Partido, aparte de los que trabaja­ban en la sección, podía abrir.

Habían salido tres mensajes por el tubo neumático mien­tras Winston. trabajaba, pero se trataba de asuntos corrientes y los había despachado antes de ser interrumpido por los Dos Minutos de Odio. Cuando el odio terminó, volvió Winston a su cabina, sacó del estante el diccionario de neo­lengua, apartó a un lado el hablescribe, se limpió las gafas y se dedicó a su principal cometido de la mañana.

El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayor parte de éste consistía en una aburrida rutina, pero también incluía labores tan difíciles e intrincadas que se perdía uno en ellas como en las profundidades de un problema de mate­máticas: delicadas labores de falsificación en que sólo se po­día guiar uno por su conocimiento de los principios del
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