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Comintern es una palabra que se puede pronunciar casi sin pensar, mientras que Internacional Comunista, es una frase en la que uno tiene que detenerse por lo menos unos mo­mentos. Del mismo modo. las asociaciones ideológicas que la palabra Miniver evoca son menores y más controlables que las sugeridas por Ministerio de la Verdad. Esta era la razón del hábito de abreviar siempre que fuera posible, así como tam­bién el casi exagerado cuidado que dedicaban a facilitar la pronunciación de las palabras. En neolengua, la obsesión de la eufonía pesaba más que cualquier otra consideración, sal­vo la exactitud del significado. Si era necesario, siempre se sacrificaba la regularidad de la gramática en aras de la eufo­nía. Y con razón, ya que lo que se requería, sobre todo por razones políticas, eran palabras cortas y de significado ine­quívoco que pudieran pronunciarse rápidamente y que desper­taran el mínimo de sugerencias en la mente del parlante. Las palabras del vocabulario B incluso ganaban en fuerza por el hecho de ser tan parecidas. Casi invariablemente estas pala­bras -bienpensar, Minipax, prolealimento, sexocrimen, gozocampo, Ingsoc, corazonsentir, pensarol y muchas otras- eran palabras de dos o tres sílabas con el acento tónico igualmente distri­buido entre la primera sílaba y la última. Su uso fomentaba una especie de conversación similar a un cotorreo, a la vez roto y monótono; era esto precisamente lo que pretendían. La intención era formar un lenguaje, sobre todo el que ver­saba sobre materias no neutrales ideológicamente, tan in­dependiente como fuera posible de la conciencia. En asun­tos, de la vida cotidiana, sin duda era necesario, o algunas veces necesario, reflexionar antes de hablar, pero un miem­bro del Partido, llamado a emitir un juicio político o ético, debía ser capaz de disparar las opiniones correctas tan auto­máticamente como una ametralladora las balas. Su entrena­miento lo preparaba para ello, el lenguaje le daba un instrumento casi infalible y la textura de las palabras, con su sonido duro y una especie de fealdad salvaje de acuerdo con el espíritu del Ingsoc, acababan de completar el proceso. Además contribuía el hecho de tener pocas palabras donde escoger. En relación con el nuestro, el vocabulario de la neolengua era mínimo, y continuamente inventaban nuevos modos de reducirlo. Desde luego, la neolengua difería de la mayoría de otros lenguajes en que su vocabulario se empequeñecía en vez de agrandarse. Cada reducción era una ganancia, ya que cuanto menor era el área para escoger, más pequeña era la tentación de pensar. En definitiva, -se esperaba construir un lenguaje articulado que surgiera de la laringe sin involucrar en absoluto a los centros del cerebro. Este objetivo se expli­cita francamente en la palabra de neolengua haNapato, que significa «cuacuar como un pato»; como otras palabras de neolengua, baWpato era de significado ambivalente. Si las opiniones cuacuadas eran ortodoxas, sólo implicaban alaban­za y cuando el Times se refería a uno de los oradores del Par­tido como a un dobleplusbum cuacuador estaba emitiendo un caluroso y valioso cumplido.

El vocabulario C. El vocabulario C era complementario de los otros dos y contenía totalmente términos científicos y técnicos. Éstos se parecían a los términos científicos en uso hoy en día y procedían de las mismas raíces, pero se tomó el cuidado habitual para definirlos rápidamente, y despojarlos de los significados indeseables. Se atenían a las mismas re­glas gramaticales que las palabras de los otros dos vocabula­rios. Muy pocas palabras C tenían uso en las conversaciones cotidianas o en el lenguaje político. Cualquier científico o técnico podía encontrar todas las palabras necesarias en la lista dedicada a su especialidad, pero sólo tenía una mínima idea de las palabras de las otras listas. Solamente unas cuan­tas palabras eran comunes a todas las listas y no existía un vocabulario que expresase la función de la ciencia como acti­tud mental o como método intelectual independiente de sus ramas particulares. No había, de hecho, palabra para desig­nar la «Ciencia», quedando cualquier significado que pudiera tener suficientemente cubierto por la palabra Ingsoc.

Por lo que se ha explicado, podrá verse que en neolen­gua la expresión de opiniones heterodoxas de bajo nivel era casi imposible. Era factible, claro está, emitir herejías de un tono muy crudo y elemental, como una especie de blasfemia. Hubiera sido posible, por ejemplo, decir el «Gran Hermano inbueno». Pero esta aseveración, que a un oído ortodoxo le sonaba como una manifiesta absurdidad, no podría haber sido sostenida con argumentos racionales, ya que faltaban las palabras necesarias. Sólo podían sostenerse ideas contrarias al Ingsoc de una manera vaga y sin palabras, y formularlas en unos términos muy genéricos que mezclaban y condena­ban todo tipo de herejías, sin definirlas particularmente. De hecho, sólo podía utilizarse la neolengua para fines heterodo­xos traduciendo de un modo ilegítimo algunas de las pala­bras a la Viejalengua. Por ejemplo, «Todos los hombres son iguales» era una afirmación posible en neolengua, pero en el mismo sentido en que «Todos los hombres tienen el pelo rojo» pudiera serlo en Viejalengua. No contiene ningún error gramatical, pero expresa una no-verdad palpable como que todos los hombres son de la misma estatura, peso o fuerza. El concepto de igualdad política ya no existía y por lo tanto esta significación secundaria había sido limpiada de la palabra igual. En 1984, cuando Viejalengua era todavía el medio normal de comunicación, teóricamente existía el peli­gro de que al usar palabras de neolengua uno recordara sus significados originales. En la práctica no era difícil, para al­guien bien versado en el doblepmar, evitar que esto ocurriera, pero dentro de dos generaciones se evitaría incluso la posibi­lidad de este peligro. Una persona creciendo con neolengua como único lenguaje, no sabría nunca que igual había te­nido antes la acepción de «igualdad política», o que «libre» había significado anteriormente «intelectualmente libre», del mismo modo que, por ejemplo, una persona que no hubiera oído hablar nunca de ajedrez, podría saber los segundos sig­nificados aplicables a la reina y a la torre. Por lo tanto, que­daría descartada la posibilidad de cometer muchos crímenes y errores simplemente porque no tenían nombre y, en con­secuencia, son inimaginables. Y era de esperar que con el paso del tiempo las características que distinguían a la neo­lengua, se volverían más y más acusadas: sus palabras irían disminuyendo, sus significados cada vez más restringidos y más remoto el peligro de utilizarlos impropiamente. Al desa­parecer la Viejalengua se habría roto el último lazo con el pasado. La historia ya se había reescrito, pero algunos frag­mentos de la vieja literatura sobrevivían aquí y allá, imper­fectamente censurados, y mientras persistiera el conocimien­to de la Viejalengua era posible leerlos. En el futuro tales fragmentos, incluso si sobrevivieran, serían inteligibles e in­traducibles. Era imposible traducir un pasaje de Viejalengua a Neolengua, salvo que se refiriera a algún proceso técnico, a hechos de la vida cotidiana o bien fuese ya de tendencia ortodoxa (bienpensante sería la expresión en neolengua). En la práctica, esto suponía que ningún libro escrito antes de 1960 podía traducirse por completo. La literatura anterior a la Revolución sólo podía estar sujeta a una traducción ideo­lógica, o sea, a una alteración tanto de las palabras como del sentido. Tomemos por ejemplo el tan conocido pasaje de la Declaración de la Independencia:
Entendemos que son verdades evidentes el que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido dotados por su Creador con ciertos derechos: inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y que, para asegurar estos derechos, se han instituido entre los hombres los gobiernos, cuyo poder depende del consen­timiento de los gobernados. Y que cuando cualquier forma de gobierno perjudica estos fines, el pueblo tiene derecho a alterarla o abolirla e instituir una nueva...
Hubiera sido imposible traducir este párrafo a neolengua conservando el sentido del original. La traducción más apro­ximada consistiría en tragarse todo el pasaje como crimental Una traducción completa sólo podía ser ideológica, con lo que las palabras de Jefferson se habrían convertido en un pa­negírico sobre el gobierno absoluto.

Buena parte de la literatura del pasado ya se había trans­formado en esto. Consideraciones de prestigio aconsejaban conservar el recuerdo de algunas figuras históricas, ponien­do al mismo tiempo algunas de sus grandes acciones en re­lación con la filosofía del Ingsoc. Varios escritores como Shakespeare, Milton, Swift, Byron, Dickens y otros estaban en proceso de traducción. Una vez terminado este trabajo, sus escritos originales, junto con el resto que hubiera sobre­vivido de la literatura del pasado, sería destruido. Estas tra­ducciones eran un proceso lento y difícil y no se esperaba que fueran terminadas antes de la primera o segunda década del siglo veintiuno. Había también gran cantidad de literatu­ra meramente utilitaria manuales técnicos indispensables y cosas por el estilo que debían ser tratados del mismo modo. Para dar tiempo a este trabajo preliminar, se fijó una fecha tan lejana como el año 2050 para la adopción defini­tiva de la neolengua.


1 La neoleugua era el idioma oficial de Oceanía.

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