Para el arte de las relaciones






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Cómo ser sexualmente egoísta. La intención es buena, pero ¿dónde está el amor? Estos libros no abordan la cuestión de aprender a amar; no hay nada que aprender sobre el amor. Todo está ya en nuestros genes, en nuestra naturaleza. No tenemos que aprender nada, salvo lo que inventamos en este mundo de ilusión. Buscamos el amor fuera de nosotros cuando el amor nos rodea por todas partes. El amor está en todas partes, pero no tenemos ojos para verlo. Nuestro cuerpo emocional ya no está sintonizado con el amor.

Y nos asusta tanto amar porque nos parece que no es seguro hacerlo. El miedo al rechazo nos asusta. Tenemos que fingir que somos lo que no somos; intentamos ser aceptados por nuestra pareja cuando nosotros mismos no nos aceptamos. Pero el problema no estriba en que nuestra pareja nos rechace. El problema estriba en que nosotros mismos nos rechazamos porque no somos lo bastante buenos, porque eso es lo que creemos.

El rechazo de uno mismo es el principal problema. Nunca serás lo suficientemente bueno para ti mismo mientras tengas una idea de la perfección completamente equivocada. Se trata de un concepto falso, ni siquiera es real. Pero tú te lo crees. Como no eres perfecto, te rechazas a ti mismo. El nivel de rechazo de uno mismo depende de la dureza que demostraron los adultos cuando rompieron tu integridad.

Después de la domesticación ya no se trata de ser bueno para nadie más. Has dejado de ser lo bastante bueno para ti mismo, porque el gran Juez siempre está ahí recordándote que no eres perfecto. Como ya he dicho antes, eres incapaz de perdonarte a ti mismo por no ser lo que deseas ser y ese es el verdadero problema. Ahora bien, si eres capaz de cambiar esto, te ocuparás de tu mitad de la relación. La otra mitad no es tu problema.

Cuando le dices a una persona que la amas y ella te responde: «Bueno, yo no te amo a ti», ¿es esa una razón para sufrir? Que alguien te rechace no significa que tú tengas que rechazarte a ti mismo. Si una persona no te ama, otra te amará. Siempre hay alguien más. Y es mejor estar con alguien que quiere estar contigo que con alguien que siente que tiene que estar contigo.

Tienes que concentrarte en la relación más maravillosa que es posible tener: la relación contigo mismo. No es una cuestión de egoísmo; se trata de amarse a uno mismo. No es lo mismo. Eres egoísta contigo mismo porque no sientes amor. Necesitas amarte a ti mismo, y cuando lo hagas, entonces el amor crecerá más y más. Después, el día que inicies una relación, no lo harás porque necesites sentirte amado. Lo habrás elegido. Y cuando lo hagas, escogerás a alguien y verás quién es realmente. Si no necesitas su amor, no tienes por qué mentirte a ti mismo.

Estás completo. Cuando el amor sale de ti ya no lo buscas por miedo a la soledad. Y cuando sientes todo ese amor hacia ti mismo, puedes estar solo sin el menor problema. Te sientes feliz estando solo y también te resulta divertido compartir.

Si me gustas y salimos juntos, ¿es porque queremos sentirnos celosos, porque tengo necesidad de controlarte o tú tienes necesidad de controlarme a mí? Si se trata de eso, no resultará divertido. Si voy a ser criticado o juzgado, si me voy a sentir mal, entonces quizá mejor que me quede solo. ¿Se une la gente para sentirse desdichada, para poseerse mutuamente, para castigarse, para ser salvada? ¿Es esa la verdadera razón por la que lo hacen? Evidentemente, todas esas posibilidades están ahí. Pero ¿qué es lo que buscamos en realidad?

De pequeños -a los cinco, seis o siete años- nos sentimos atraídos hacia otros niños porque queremos jugar, divertirnos. No nos juntamos con ellos para pelearnos o ser desdichados. Puede ocurrir, claro está, pero durará poco. Sencillamente seguimos jugando y jugando, y cuando nos aburrimos cambiamos de juego, cambiamos las reglas, pero no dejamos de explorar.

Si inicias una relación para experimentar un drama porque quieres sentir celos, porque quieres ser posesivo, porque quieres controlar la vida de tu pareja, no estás buscando la diversión, sino el dolor y eso es lo que encontrarás. Si inicias una relación con egoísmo esperando que tu pareja te haga feliz, no lo conseguirás. Y no será por su culpa, sino por la tuya.

Cuando iniciamos una relación de cualquier clase es porque queremos compartir, disfrutar, divertirnos, no queremos aburrirnos. Si buscamos una pareja es porque queremos jugar, ser felices y disfrutar lo que somos. No lo hacemos para entregarle toda nuestra basura a la persona que afirmamos amar, para descargar todos nuestros celos, todo nuestro enfado, todo nuestro egoísmo sobre ella. ¿Cómo puede alguien decirte «te amo» y después maltratarte, abusar de ti, humillarte y faltarte al respeto? Quizás asegure que te ama, pero ¿se trata realmente de amor? Quien ama quiere lo mejor para las personas que ama. ¿Por qué arrojar toda nuestra basura sobre nuestros hijos? ¿Que estemos llenos de miedo y de veneno emocional es razón suficiente para que los maltratemos? ¿Por qué culpar a nuestros padres de nuestra propia basura?

La gente aprende a volverse egoísta y a cerrar herméticamente su corazón. Está hambrienta de amor y no sabe que el corazón es una cocina mágica. Tu corazón es una cocina mágica.

Ábrelo. Abre tu cocina mágica y niégate a andar dando tumbos por el mundo suplicando que te den amor. En tu corazón se encuentra todo el amor que necesitas. Tu corazón es capaz de crear amor, no sólo para ti mismo, sino para el mundo entero. Puedes entregar tu amor sin condiciones; ser generoso con él, porque tienes una cocina mágica en tu corazón. De esta manera, toda esa gente hambrienta que cree que el corazón está cerrado, querrá estar siempre cerca de ti por tu amor.

Lo que te hace feliz es el amor que proviene de ti. Y si eres generoso con tu amor, todas las personas te amarán. Si eres generoso nunca estarás solo. Si eres egoísta siempre estarás solo y no podrás culpar a nadie por ello, salvo a ti mismo. La generosidad te abrirá todas las puertas, pero no el egoísmo.

El egoísmo proviene de la pobreza de corazón y de la creencia de que el amor no es abundante. Nos volvemos egoístas cuando pensamos que quizá mañana no obtendremos ni un solo trozo de pizza. Sin embargo, cuando sabemos que nuestro corazón es una cocina mágica nos mostramos siempre generosos y nuestro amor se vuelve completo e incondicional.

 

VII

El maestro del sueño

Toda relación en tu vida es susceptible de ser sanada, toda relación puede ser maravillosa, pero siempre empezará por ti. Es necesario que tengas valentía para utilizar la verdad, para hablarte a ti mismo con la verdad, para ser completamente sincero contigo mismo. Quizá no es necesario que te muestres sincero con todo el mundo, pero puedes serlo contigo mismo. Quizá no seas capaz de controlar lo que ocurrirá a tu alrededor, pero puedes controlar tus propias reacciones. Esas reacciones guiarán el sueño de tu vida, tu sueño personal. Son tus reacciones las que te hacen sentir muy desdichado o muy feliz.

Tus reacciones son la clave para tener una vida maravillosa. Si eres capaz de aprender a controlar tus propias reacciones, entonces podrás cambiar tus costumbres y cambiarás tu vida.

Eres responsable de las consecuencias de todo lo que haces, piensas, dices y sientes. Tal vez te resulte difícil comprender qué acciones provocaron una consecuencia determinada -qué emociones, qué pensamientos-, pero lo que sí ves es la consecuencia porque, bien la estás sufriendo, o estás disfrutando de ella. Controlas tu sueño personal mediante las elecciones. Comprueba si la consecuencia de tu elección te resulta satisfactoria o no. Si es una consecuencia que te permite disfrutar, entonces sigue adelante. Perfecto. Pero si no te gusta lo que está ocurriendo en tu vida, si no estás disfrutando de tu sueño, intenta averiguar qué está originando las consecuencias que tanto te disgustan. Así es como se transforma el sueño.

Tu vida es la manifestación de tu sueño personal. Si eres capaz de transformar el programa de tu sueño personal te convertirás en un maestro del sueño. Un maestro del sueño crea una vida que es una obra maestra. Pero llegar a ser un maestro del sueño representa un gran reto, ya que normalmente los seres humanos se convierten en esclavos de sus propios sueños. El modo en que aprendemos a soñar es una trampa. Con todas las creencias que tenemos de que nada es posible, resulta difícil escapar del sueño del miedo. A fin de despertar del sueño, necesitas dominarlo.

Por esa razón los toltecas crearon la Maestría de la Transformación, para liberarse del viejo sueño y crear un nuevo sueño donde todo es posible, incluso escapar del sueño. En la Maestría de la Transformación, los toltecas dividen a la gente en soñadores y en cazadores al acecho. Los soñadores saben que el sueño es una ilusión y juegan en ese mundo de ilusión sabiendo que se trata sólo de eso. Los cazadores al acecho son como un tigre o un jaguar, y están al acecho de toda acción y reacción.

Tienes que acechar tus propias reacciones; trabajar en ti mismo a cada instante. Requiere mucho tiempo y valor porque resulta más fácil tomarse las cosas como algo personal y reaccionar de la misma manera que acostumbras a hacer. Y eso te conduce a cometer muchos errores y a padecer mucho dolor, porque tus reacciones sólo generan más veneno emocional e incrementan la desdicha.

Ahora bien, cuando seas capaz de controlar tus reacciones, descubrirás que no tardas nada en ver, es decir, en percibir las cosas como realmente son. Por lo general, la mente percibe las cosas como son, pero debido a toda la programación y a todas las creencias que tenemos, hacemos interpretaciones de lo que percibimos, de lo que oímos, y sobre todo, de lo que vemos.

Existe una gran diferencia entre ver de la manera en que la gente ve en el sueño y ver sin establecer juicios, tal como es. La diferencia reside en el modo en que reacciona tu cuerpo emocional frente a lo que percibes. Por ejemplo, si vas andando por la calle y un desconocido te dice: «Eres un estúpido» y se aleja, puedes percibir la situación y reaccionar de muchas maneras diferentes. Aceptar lo que esa persona te ha dicho y pensar: «Sí, debo de ser un estúpido». Enfurecerte o sentirte humillado, o sencillamente ignorarlo.

Lo cierto es que esa persona te está enfrentando a su propio veneno emocional y te ha hecho ese comentario porque has sido el primero que se ha cruzado en su camino. No tiene nada que ver contigo. No hay nada personal en ello. Y si eres capaz de ver esa verdad, tal como es, no reaccionarás.

Dirás: «Cómo sufre esa persona», pero no te lo tomarás como algo personal. Es sólo un ejemplo, pero se puede aplicar a la mayoría de las cosas que suceden continuamente. Tenemos un pequeño ego que se toma todas las cosas de manera personal, que nos hace reaccionar exageradamente. No vemos lo que está ocurriendo realmente porque reaccionamos al instante y lo convertimos en parte de nuestro sueño.

Tu reacción proviene de una creencia interior muy profunda. Has repetido esa manera de reaccionar miles de veces y al final se ha convertido en un hábito para ti. Estás condicionado a ser de una determinada manera. Y ahí reside el reto: cambiar tus reacciones normales, cambiar tus hábitos, arriesgarte y hacer elecciones diferentes. Si no consigues la consecuencia que querías, cámbiala una y otra vez hasta obtener finalmente el resultado que deseas.

He dicho que nunca hicimos la elección de tener en nuestro interior al Parásito, que es el Juez, la Víctima y el Sistema de Creencias. Si sabemos que no teníamos otra opción y adquirimos conciencia de que no es nada más que un sueño, recobraremos algo que perdimos y que es muy importante: algo que las religiones llaman «libre albedrío», y que es lo que Dios les concedió a los seres humanos cuando los creo. Es cierto, pero el sueño nos lo arrebató y se lo quedó, porque el sueño es quien controla la voluntad de la mayoría de los seres humanos.

Algunos dicen: «Quiero cambiar, realmente quiero cambiar. No hay ninguna razón para que sea tan pobre. Soy inteligente. Merezco vivir una vida mejor, ganar mucho más dinero del que gano actualmente». Lo saben, pero sólo es lo que su mente les dice. ¿Y qué hacen? Encender el televisor y pasarse horas y horas mirándolo. Entonces, ¿dónde está la fortaleza de su voluntad?

Una vez que tenemos conciencia, podemos hacer una elección. Si fuésemos capaces de tener esa conciencia de manera permanente, cambiaríamos nuestras costumbres, nuestras reacciones y nuestra vida entera. Cuando cobramos esa conciencia, volvemos a tener el libre albedrío. Cuando recobramos el libre albedrío, entonces somos capaces de recordar quienes somos en cualquier momento. Y si lo olvidamos, podemos escoger otra vez, pero sólo si tenemos esa conciencia. De lo contrario, no tenemos elección.

Cobrar conciencia significa ser responsable de la propia vida. No eres responsable de lo que está sucediendo en el mundo. Eres responsable de ti mismo. No fuiste tú quien hizo el mundo tal como es; el mundo ya estaba como es ahora antes de que tú nacieses. No viniste aquí con la gran misión de salvar al mundo y de cambiar la sociedad, pero, indudablemente, viniste con una gran misión; una misión importante. La verdadera misión que tienes en la vida es hacerte feliz, y a fin de ser feliz, debes examinar tus creencias, la manera que tienes de juzgarte a ti mismo, tu victimismo.

Sé completamente sincero con respecto a tu felicidad. No proyectes una falsa impresión de felicidad diciéndole a todo el mundo: «Mírame. He triunfado en la vida, tengo todo lo que quiero, soy muy feliz», cuando no te gustas.

Todo está ahí para nosotros, pero lo primero que necesitamos es tener la valentía de abrir los ojos, de utilizar la verdad y de ver las cosas como son en realidad. Los seres humanos están muy ciegos y la razón de tanta ceguera es que no quieren ver. Por ejemplo: Una mujer joven conoce a un hombre y de inmediato siente una fuerte atracción hacia él.

Tiene una subida de hormonas y lo único que quiere es a ese hombre. Todas sus amigas ven qué tipo de hombre es. Consume drogas, no trabaja, tiene todas las características que hacen sufrir tanto a las mujeres. Pero cuando ella lo mira, ¿qué es lo que ve? Sólo ve lo que quiere ver. Ve que es alto, guapo, fuerte, encantador. Se crea una imagen de él e intenta negar lo que no quiere ver. Se miente a sí misma. Realmente quiere creer que la relación funcionará. Las amigas le dicen: «Pero toma drogas, es un alcohólico, no trabaja». Y ella les contesta: «Sí, pero mi amor hará que cambie».

Su madre no soporta a ese hombre, claro, y lo mismo le sucede a su padre. Los dos están preocupados por ella porque ven adonde la va a llevar el camino que ha tomado. Le dicen: «No es un buen hombre». Pero ella les responde: «Me estáis diciendo lo que tengo que hacer». Se enfrenta a su madre y a su padre, hace caso de sus hormonas y se miente a sí misma en un intento de justificar su elección: «Es mi vida y voy a hacer con ella lo que quiera».

Meses más tarde, la relación la devuelve a la realidad. La verdad empieza a aflorar y ella le culpa a él por las cosas que no quiso ver anteriormente. No hay respeto, la maltrata, pero, ahora, lo que más le importa es su orgullo. ¿Cómo va a volver a su casa y reconocer que su madre y su padre tenían razón? Con eso sólo conseguiría que se sintiesen satisfechos. ¿Cuánto le va a costar a esta mujer aprender la lección? ¿Cuánto se ama a sí misma? ¿Hasta qué punto se va a maltratar?

Todo ese sufrimiento se deriva de no querer ver, aun cuando las cosas se nos muestran claramente ante nuestros ojos. Por eso, cuando conocemos a alguien que intenta fingir que es mejor de lo que es, y que a pesar de haberse puesto esa falsa máscara, no puede ocultar su falta de amor, su falta de respeto, no queremos verlo ni oírlo. A eso se debe que un anciano profeta dijera una vez: «No hay hombre más ciego que el que no quiere ver. Y tampoco hombre más sordo que el que no quiere oír. Y no hay hombre más loco que el que no quiere comprender».

Estamos muy ciegos, lo estamos de verdad y lo acabamos pagando. Ahora bien, si llegamos a abrir los ojos y ver la vida tal y como es, seremos capaces de evitar mucho dolor emocional. Esto no significa que no nos arriesguemos. Estamos vivos y necesitamos arriesgarnos, y si fallamos, bueno, ¿qué pasa?, ¿a quién le importa? Da lo mismo. Aprendemos y seguimos adelante sin hacer juicios.

No necesitamos juzgar; no necesitamos culpar ni sentirnos culpables. Sólo necesitamos aceptar nuestra verdad y proponernos un nuevo principio. Si somos capaces de vernos a nosotros mismos tal y como somos, habremos dado el primer paso hacia nuestra propia aceptación, hasta anular el rechazo de uno mismo. Desde el mismo momento en que somos capaces de aceptarnos como somos, todos los cambios son posibles.

Todas las personas tienen un valor, y la vida respeta ese valor. Pero ese valor no se mide en dólares ni en oro; se mide en amor. Más que eso, se mide en el amor hacia uno mismo. Tu valor viene dado por la cantidad de amor que te tienes a ti mismo: y la vida respeta ese valor. Cuando te amas a ti mismo, tu valor es muy alto, lo cual significa que tu tolerancia frente a los maltratos que tú mismo te infliges es muy baja. Es muy baja porque te respetas. Te gustas tal y
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