Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de






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No habían pasado diez minutos desde que se habían quedado solos los novios en la sala cuando se oyó de pronto un grito agudo, no alegre sino siniestro. Después del grito se sintió un estruendo, algo así como la caída de unas sillas, y al momento entró como una tromba en la habitación todavía oscura una multitud de mujeres, lanzando ayes de espanto y más o menos ligeras de ropa. Estas mujeres eran la madre de la novia, la hermana mayor de ésta, que para el caso había abandonado a sus hijos enfermos, y tres de sus tías, sin exceptuar a la que tenía la costilla rota. Hasta la cocinera estaba allí. También la alemana, lagorrona, la que contaba cuentos y a quien a la fuerza le habían quitado su jergón de plumas, que era el mejor de la casa y constituía la totalidad de su hacienda, se encontraba allí con las demás. Todas estas respetables y astutas mujeres venían ya desde las cuatro de la mañana deslizándose en puntillas desde la cocina, por el pasillo, hasta el recibimiento, donde se ponían a escuchar con inexplicable curiosidad. Mientras tanto alguien se apresuró a encender una palmatoria, con lo que se reveló un espectáculo inesperado. Las sillas, no pudiendo soportar la carga de dos personas y con el ancho jergón apoyado sólo por los bordes, se separaron y el jergón cayó entre ellas al suelo. La novia temblaba de rabia. Esta vez se sintió ofendida hasta el fondo mismo de su ser. Pseldonimov, apabullado moralmente, parecía un criminal cogido in fraganti. Ni siquiera trató de disculparse. Por todas partes se oían lamentos y chillidos. Al estrépito acudió también la señora Pseldonimova, pero esta vez la madre de la novia tenía la sartén por el mango. Empezó por cubrir a Pseldonimov de reproches en su mayoría injustificados: «Y después de esto, amigo, ¿qué clase de marido eres? ¡Adonde vas a ir, amjgo, tan capaz como eres, después de un bochorno como éste?» y así por el estilo. Y por último, cogiendo a su hija del brazo, la apartó de su marido y se la llevó a su propio cuarto, tomando sobre sí la responsabilidad de encararse al día siguiente con el tremebundo padre que pediría cuenta de todo. A ella se unieron todas las demás, suspirando y sacudiendo la cabeza. Con Pseldonimov permaneció sólo su madre, que trató de consolarlo. Pero él la despidió sin más.

No estaba él para consuelos. Llegó al diván y se sentó en él, sumido en sombrías reflexiones, descalzo y en paños menores. En la cabeza se le agolpaban y confundían los pensamientos. De vez en cuando, como maquinalmente, miraba ese cuarto donde poco antes alborotaban los bailarines y donde todavía flotaba en el aire el humo de los cigarrillos. Las coallas y los papeles de caramelos cubrían el suelo manchado y mugriento. El colapso del lecho matrimonial y las sillas derribadas atestiguaban la fragilidad de las mejores y más seguras esperanzas y ensueños. De este modo pasó casi una hora. Seguían cruzándole por la mente pensamientos agobiantes: ¿qué le esperaba en la oficina? Se daba penosa cuenta de que sería preciso cambiar su puesto por cualquier otro, pues era imposible permanecer en aquél, cabalmente a resultas de lo sucedido esa noche. Pensaba también en Mlekopitayev, quien quizá al día siguiente le haría bailar de nuevo la Kazachka para poner a prueba su mansedumbre. Caía también en la cuenta de que, si bien Mlekopitayev había dado cincuenta rublos para el día de la boda, de los que no quedaba un kopek, no había pensado todavía en dar los cuatrocientos de la dote, ni había hecho la menor alusión a ellos. Más aún, en lo tocante ala casa no había aún documento alguno de transferencia. Pensaba también en su mujer, que le había abandonado en el momento más crítico de su vida, y en el militar alto que había hincado una rodilla ante ella. Ya había tenido ocasión de notar todo eso. Pensaba en los siete demonios que llevaba su mujer en el cuerpo, según testimonio de su progenitor, y en el garrote que éste usaba para ponerlos en fuga... En fin, él se sentía con arrestos bastantes para sobrellevar muchas cosas, pero el destino le había reservado tantas sorpresas que cabía poner en duda su capacidad de aguante.

Así estaba Pseldonimov de acongojado. Mientras tanto se extinguía el cabo de vela. Su luz mortecina, que caía directamente sobre el perfil de Pseldonimov, lo proyectaba en tamaño colosal sobre la pared, con el cuello estirado, la nariz corva y los dos mechones de pelo, erizado el uno en la frente y el otro en el cogote. Por último, cuando ya empezaba a notarse el frescor mañanero, Pseldonimov se levantó, tiritando de frío y entumecido de espíritu, se acercó al jergón que yacía entre las sillas y, sin arreglar nada ni apagar el cabo de vela, sin ponerse siquiera una almohada bajo la cabeza, se encaramó ágatas en el colchón y quedó dormido con ese sueño plúmbeo, semejante a la muerte, que es acaso el del reo en capilla que sube al patíbulo al día siguiente.
* * *
Por otra parte, ¿qué se puede comparar a esa noche de tormento que pasó Ivan Ilich Pralinski en el tálamo nupcial del malaventurado Pseldonimov? Durante algún tiempo el dolor de cabeza, los vómitos y otros ataques sumamente desagradables no le dejaron un momento de descanso. Fueron penas del infierno. Su conciencia, que apenas despuntaba, le alumbraba tales abismos de horror, escenas tan tenebrosas y repugnantes, que más valía que no la recobrara del todo. Sin embargo, seguía con la cabeza revuelta. Reconocía, por ejemplo, a la madre de Pseldonimov y oía sus dulces exhortaciones: «Trata de aguantar, precioso; trata de aguantar, bonito mío, y verás qué pronto se te pasa». La reconocía y, sin embargo, no hallaba explicación lógica de por qué estaba allí a su lado. Tenía visiones repulsivas, la más frecuente de las cuales era la de Semion Ivanovich; pero, al mirar con cuidado, resultó no ser Semion Ivanovich sino la nariz de Pseldonimov. Ante él desfilaban también el artista «libre», el militar y la vieja de la mejilla vendada. Lo que más le llamaba la atención era el anillo dorado suspendido sobre su cabeza, en el que estaban enganchadas las cortinas. Lo distinguía con claridad a la débil luz del cabo de vela que alumbraba el cuarto, y no hacía más que preguntarse: ¿para qué sirve ese anillo? ¿por qué está aquí? ¿qué significa? Varias veces se lo preguntó a la señora, pero por lo visto decía lo que no quería decir y ella evidentemente no le comprendía, por mucho que él se esforzaba por hacerse entender. Por fin, ya al filo de la mañana, cesaron los ataques y se quedó dormido profundamente, sin sueños. Despertó al cabo de una hora y cuando despertó había recobrado casi enteramente el conocimiento. Sentía un intolerable dolor de cabeza y un gusto nauseabundo en la boca y en la lengua, que se le antojaba un trozo de tela de algodón. Se incorporó en la cama, miró en torno suyo y quedó pensativo. La pálida luz del día naciente, colándose como estrecha cinta por las rendijas del postigo, temblaba en la pared. Eran alrededor de las siete de la mañana. Pero cuando Ivan Ilich cayó de pronto en la cuenta y recordó todo lo que le había pasado desde la noche anterior; cuando volvieron a su mente todas las desventuras de la cena, su malograda hazaña, su discurso cuando estaba a la mesa, cuando se le representó de golpe, con horrible nitidez, todo cuanto de ello podía resultar, todo lo que de él podían decir y pensar; cuando echó una ojeada a su alrededor y vio, por último, a qué deplorable e indecente estado había reducido el pacífico lecho matrimonial de su subalterno... ¡oh, se apoderó entonces de su corazón tan mortal vergüenza, sintió tormentos tales, que lanzó un grito, se tapó la cara con las manos y desesperado se arrojó sobre la almohada! Un instante después saltó de la cama, vio allí mismo, en una silla, sus vestidos ya dispuestos y limpios, los cogió y a toda prisa, mirando en torno suyo como si temiera algo, empezó a ponérselos. Allí en otra silla estaba también su gabán de pieles, su gorro, y, dentro de éste, sus guantes amarillos. Hubiera querido escapar sin ser visto. Pero de pronto se abrió la puerta y entró la señora Pseldonimova con una jofaina y una jarra de arcilla. Traía al hombro una toalla. Puso la jofaina en el suelo y sin gastar palabras declaró que era absolutamente preciso lavarse.

—¡Hala, señor, a lavarse! ¡No puede salir sin lavarse...!

Y fue en ese instante cuando Ivan Ilich tuvo el convencimiento de que si había en el orbe entero una sola persona ante la que no tenía por qué avergonzarse ni sentir recelo era precisamente esa mujer. Se lavó. Y largo tiempo después, en penosos momentos de su vida, había de recordar, entre otros remordimientos de conciencia, la circunstancia entera de aquel despertar, y aquella jarra de arcilla con su jofaina de loza llenas de agua fría en la que aún flotaban trozos de hielo, y el jabón de forma oval envuelto en papel color de rosa con unas letras borradas, de quince kopeks la pastilla, comprado evidentemente para los recién casados, pero que Ivan Ilich hubo de empezar, y aquella mujer con la toalla al hombro. El agua fría le refrescó; se secó y, sin decir palabra ni dar las gracias a su hermana de la caridad, cogió el gorro, se echó por los hombros el gabán que le había alargado la señora Pseldonimova, y por el pasillo, por la cocina en la que ya maullaba el gato y en que la cocinera, levantándose de su jergón, le miraba con ardiente curiosidad, salió corriendo al patio, a la calle, y saltó en un coche de punto que pasaba. La mañana era muy fría. Una neblina helada y amarillenta cubría aún las casas y todos los objetos. Ivan Ilich se levantó el cuello delgabán. Pensaba que todo el mundo se fijaba en él, que todos le conocían, que todos se enterarían...
* * *
Durante ocho días no salió de su casa ni se presentó en la oficina. Estuvo enfermo, dolorosamente enfermo, pero más moral que físicamente. Durante esos ocho días vivió en un verdadero infierno y cabe suponer que se los descontarían en el otro mundo. Hubo momentos en que llegó a pensar en meterse a monje. De veras que los hubo. Hasta su imaginación empezó a orientarse en ese sentido. Soñaba con salmodias tranquilas en un claustro, con un ataúd abierto, con la vida en una celda solitaria, con bosques y grutas; pero cuando volvía en su acuerdo comprendía al punto que todo ello era soberana tontería y exageración y se avergonzaba de la tontería. Luego le acicateaban los arrechuchos morales que tenían que ver con su existence manquee. Más tarde la vergüenza volvía a prender en su espíritu, se adueñaba de él y enconaba la herida. Se estremecía al imaginarse varias escenas. ¿Qué dirían de él, qué pensarían, cómo iría a su despacho, qué cuchicheos le perseguirían durante todo un año, o durante diez, o durante su vida entera? Ese episodio suyo pasaría a la posteridad. A veces se acobardaba tanto que estaba dispuesto a presentarse sin más ante Semion Ivanovich y pedirle perdón y amistad. Ni siquiera se justificaba ya; se echaba a sí mismo toda la culpa. No hallaba excusas y se avergonzaba de no hallarlas.

Pensó también en pedir inmediatamente el retiro y de ese modo, sencillamente, consagrarse en la soledad al bienestar de la humanidad. En todo caso, urgía cambiar rápidamente de amistades para arrancar así de raíz todo recuerdo de sí. Más tarde comprendió que eso también era una tontería y que todo podría arreglarse redoblando la severidad con los subalternos. Entonces recobró sus esperanzas y bríos. Por último, durante esos ocho días de incertidumbre y tormento concluyó que ya no podía aguantar la falta de noticias y un beau matin decidió ir a la oficina.

Antes, cuando lleno de congoja estaba todavía encerrado en casa, se había imaginado mil veces cómo entraría en su oficina. Se había persuadido con terror de que oiría tras sí murmullos equívocos, de que vería rostros sospechosos, de que recogería sonrisas maliciosas. Cuál no sería su asombro cuando, de hecho, nada de esto ocurrió. Le recibieron con respeto, le saludaron; todos estaban serios, todos ocupados. Su corazón rebosaba de gozo cuando llegó a su despacho.

Al momento y con la mayorgravedad se puso a tramitar varios asuntos; escuchó informes y explicaciones y emitió dictámenes. Tenía la impresión de no haber pronunciado nunca juicios y formulado decisiones con tanta pericia como esa mañana. Veía que todos estaban contentos de él, que le estimaban, que le trataban con respeto. El recelo más quisquilloso no hubiera podido percatarse de nada. La cosa iba como una seda.

Por último se presentó también Akim Petrovich con unos papeles. A su llegada, Ivan Ilich sintió como una punzada en el corazón, pero fue sólo un momento. Despachó con Akim Petrovich, le habló con afectación, le explicó cómo había que proceder en ciertos asuntos y aclaró algunos detalles. Notó únicamente que evitaba mirar demasiado a Akim Petrovich o, mejor dicho, que éste temía mirarle a él. Pero Akim Petrovich terminó su consulta y empezó a recoger los papeles.

—Hay una solicitud más —apuntó Akim Petrovich con voz lo más neutra posible—, la del funcionario Pseldonimov para su traslado al departamento de... Su Excelencia Semion Ivanovich Shipulenko le ha prometido un puesto. Solicita que tenga Vuestra Excelencia a bien conceder el traslado.

—¡Ah, con que quiere un traslado! —dijo Ivan Ilich, sintiendo que se le quitaba un peso enorme de encima. Levantó los ojos a Akim Petrovich y en ese momento se cruzaron sus miradas.

—Bueno, pues yo por mi parte... emplearé... —respondió Ivan Ilich—. Estoy de acuerdo.

Se veía que Akim Petrovich quería escurrir el bulto cuanto antes. Pero de pronto Ivan Ilich en un arranque de magnanimidad, quiso sincerarse de una vez para siempre. Por lo visto se sentía inspirado una vez más.

—Dígale usted —y dirigió una mirada penetrante y significativa a Akim Petrovich—, diga a Pseldonimov que no le deseo mal alguno, ¡sí, que no se lo deseo! Al contrario, que estoy dispuesto a olvidar todo lo ocurrido, a olvidarlo todo, todo...

Pero, de repente, Ivan Ilich se quedó cortado al ver con asombro la extraña conducta de Akim Petrovich, quien, no se sabe por qué, de hombre juicioso se volvió de pronto tonto redomado. En vez de escuchar, y escuchar hasta el fin, a Ivan Ilich, enrojeció hasta la raíz de los cabellos, y a toda prisa e incluso indecorosamente, comenzó a recular hacia la puerta haciendo ligeras inclinaciones con el cuerpo. Su aspecto entero revelaba el deseo de que al momento se lo tragara la tierra, o, mejor dicho, de llegar cuanto antes a su escritorio. Ivan Ilich, al quedarse solo, se levantó de su asiento presa de turbación. Se miró en el espejo sin ver en él el reflejo de su cara.

—¡No, severidad y nada más que severidad! —se decía casi inconscientemente para sus adentros, y de pronto notó que se le encendía el rostro. Ni en los momentos más intolerables de sus ocho días de enfermedad había conocido tal vergüenza, tal pesadumbre. «¡No he estado a la altura de las circunstancias!» murmuró para sí, y se dejó caer sin fuerzas en el sillón.
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