Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de






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A decir verdad, las circunstancias de Pseldonimov eran muchísimo peores de lo que pudiera imaginarse, aun habida cuenta de lo desagradable de su situación presente. Y mientras Ivan Ilich está tendido en el suelo y Pseldonimov está de pie junto a él arrancándose desesperadamente los cabellos, interrumpamos el hilo de la narración y digamos unas palabras aclaratorias acerca del propio Porfiri Petrovich Pseldonimov.

Apenas faltaba algo más de un mes para su boda y todavía se hallaba en un estado total e irremisible de desastre. Había venido de provincias, donde su padre había sido empleado del Estado y donde había muerto estando procesado. Cuando unos cinco meses antes de la boda Pseldonimov, que llevaba ya todo un año malviviendo en Petersburgo, recibió su puesto de diez rublos mensuales, se sintió resucitar en cuerpo y alma, pero pronto volvió a ser víctima de las circunstancias. En el mundo entero quedaban sólo dos personas de apellido Pseldonimov, él y su madre, quien había abandonado su hogar provinciano tras la muerte del marido. Madre e hijo padecieron juntos hambre y frío. Había días en que el propio Pseldonimov iba a la Fontanka con un jarro a beber agua. Una vez colocado, se instaló con su madre en un cuartucho de mala muerte. Ella se puso a trabajar como lavandera, en tanto que él estuvo ahorrando durante cuatro meses para poder comprarse botas y un miserable gabán. ¡Y cuántos agravios no hubo de soportar en su oficina! Sus jefes se le acercaban para preguntarle cuánto C tiempo hacía que no se había bañado. De él se rumoreaba que bajo el cuello del uniforme tenía verdaderos nidos de piojos. Pero Pseldonimov era de carácter firme. Por su aspecto parecía tranquilo y taciturno. Instrucción tenía muy poca y casi nunca se le oía conversar con nadie. No sé a punto fijo si pensaba, si trazaba planes o urdía proyectos, si soñaba con algo. Pero, en cambio, en él se fue desarrollando un empeño instintivo, decisivo, inconsciente, de salir de su mezquina condición. Su tenacidad era como la de la hormiga; si a las hormigas se les destruye su agujero, al punto se aprestan a hacerse otro; si se les destruye éste, empezarán de nuevo, y así sucesivamente, sin cansarse. Era un individuo ordenado y economizador. Bastaba verle la cara para comprender que se abriría camino, que se haría su nido y que quizá incluso pusiera a buen recaudo algunos ahorrillos. En el mundo entero sólo su madre le quería, y le quería con delirio. Era una mujer voluntariosa, incansable, trabajadora y, por añadidura buena. De ese modo, pues, los dos hubieran seguido viviendo en su cuchitril durante quizá cinco o seis años más hasta que las cosas tomaran otro cariz, si no hubiesen tropezado con el consejero titular jubilado Mlekopitayev, que había sido en tiempos pasados tesorero en la provincia de ellos y que recientemente había venido a instalarse en Petersburgo con su familia. Conocía a Pseldonimov, de cuyo padre había recibido además algún favor. Tenía algún dinerillo, por supuesto no mucho, pero lo tenía; cuánto, exactamente, no lo sabía nadie: ni su mujer, ni su hija mayor, ni sus parientes. Tenía dos hijas, y como era un déspota terrible, un borrachín, un ogro casero, y para colmo tenía mala salud, se le ocurrió inopinadamente casar a una de ellas con Pseldonimov. «Le conozco —decía—; su padre era una buena persona y el hijo lo será también». Lo que Mlekopitayev se proponía lo llevaba a cabo: dicho y hecho. Era un déspota de lo más raro. La mayor parte del tiempo la pasaba sentado en un sillón, por haber perdido el uso de las piernas a resultas de una enfermedad que no le impedía, sin embargo, empinar el codo. Se pasaba días enteros bebiendo vodka y echando maldiciones. Como bellaco que era, necesitaba a alguien a quien atormentar de continuo. Para ello tenía junto a sí a unas cuantas parientes lejanas: a su hermana, mujer enferma y huraña, a dos hermanas de su mujer, también ruines y viperinas de lengua, y a una tía anciana, que por algún motivo tenía una costilla rota. Tenía, además, auna alemana rusificada y gorrona, a la que apreciaba por su talento para contarle cuentos de Las mil y una noches. Toda su satisfacción consistía en hostigar a esas infelices parásitas, en blasfemar de ellas a cada momento como un carretero, aunque ellas, sin exceptuar a su mujer, que tenía un dolor de muelas crónico, no osaban decir palabra en su presencia. El las indisponía entre sí, inventaba y fomentaba entre ellas chismes y desavenencias, y luego se regocijaba y reía a carcajadas al ver cómo casi llegaban a las manos. Se alegró mucho cuando su hija mayor, que durante diez años había estado viviendo en la miseria con su marido, oficial del ejército, enviudó y fue a instalarse con él en compañía de tres hijos pequeños y enfermos. A esos niños no podía aguantarlos, pero como con su venida aumentaba el «material» en que podía llevar a cabo experimentos diarios, el viejo estaba la mar de contento. Toda esta muchedumbre de hembras aviesas y niños canijos, junto con su verdugo, vivían apretujados en una casa de madera en la banda de Petersburgo. Tenían hambre atrasada, porque el viejo era tacaño como él solo y soltaba el dinero con cuentagotas, aunque no lo escatimaba para el vodka que bebía; no dormían lo bastante, pues el viejo padecía de insomnio y exigía que lo divirtieran. En suma, que todos vivían malamente y renegaban de su suerte. Fue por entonces cuando Mlekopitayev se fijó en Pseldonimov. Le impresionaron su larga nariz y su aspecto pacífico. La hija menor, flaca y fea, cumplía a la sazón diecisiete años. Si bien había asistido alguna vez a una escuela alemana, de ella no había sacado más provecho que aprender el abecedario. Fue creciendo anémica y escrofulosa, bajo los golpes de la muleta del padre, cojo y alcohólico, en una orgía de chismes, soplonerías y calumnias caseras. Carecía de amigas y de sentido común. Hacía tiempo que quería casarse. En presencia de extraños no abría el pico, pero en casa, con su madre y la pandilla de gorrones, era malévola y su lengua taladraba como una barrena. Se desvivía sobre todo por dar pellizcos y coscorrones a los hijos de su hermana y por ir con el cuento de que robaban azúcar y pan, con lo que entre ella y su hermana mayor había riña continua e incesante. Fue el propio viejo quien se la ofreció a Pseldonimov. No obstante la miseria en que éste vivía, pidió plazo para meditarlo. El y su madre pensaron largo tiempo el asunto. Pero a nombre de la novia se iba a poner una casa que, aunque de madera, mezquina y de un solo piso, era al fin y al cabo algo de valor. Y para colmo le daban cuatrocientos rublos —¿cuándo podría él ahorrar tanto? «Que por qué traigo a casa a un hombre? —gritaba, ebrio, el tirano—. Pues, en primer lugar, porque todas vosotras sois hembras y ya estoy hasta la coronilla de hembras. Quiero que también Pseldonimov baile al son que yo le toque, porque voy a ser su bienhechor. En segundo lugar, le traigo porque vosotras no queréis que lo haga y estáis furiosas. Así, pues, lo haré para que rabiéis. Lo dije y lo haré. Y tú, Porfiri, atízale a ella cuando sea tu mujer. Desde que nació lleva siete demonios en el cuerpo. Échaselos de ahí, que yo te preparo el garrote...»

Pseldonimov callaba, pero había aceptado. A él y a su madre les habían recogido ya en la casa antes de la boda, les habían lavado, vestido, calzado y dado dinero para el casamiento. El viejo los protegía, acaso porque, efectivamente, toda la familia estaba furiosa. La señora Pseldonimova le gustaba tanto que se contenía para no atosigarla. Por otra parte, ocho días antes de la boda obligó a Pseldonimov a bailar la Kazachka. «Bueno, basta, sólo quería recordarte que no se te suban los humos ante mí» —dijo cuando terminó la danza. Dio el dinero justo para la boda e invitó a todos sus parientes y conocidos. De parte de Pseldonimov sólo estaban el redactor de El Tizón y Akim Petrovich, el invitado de honor. Pseldonimov sabía muy bien que su novia le tenía inquina y que hubiera preferido casarse con el militar; pero todo lo aguantó, pues así lo habían acordado él y su madre. Durante todo el día de la boda y toda la velada el viejo estuvo echando pestes y bebiendo. A causa de la boda, toda la familia se refugió en los cuartos traseros y allí estuvo amontonada hasta no poder apenas respirar. Las habitaciones delanteras se habían destinado al baile y la cena. Por fin, cuando hacia las once de la noche el viejo se durmió, borracho perdido, la madre de la novia, más que nunca furiosa ese día con la madre de Pseldonimov, decidió pasar de la ira a la benevolencia y salir al baile y la cena. La aparición de Ivan Ilich lo trastornó todo. La señora Mlekopitayeva quedó confusa, se sintió ofendida y se puso a reñir con todos porque no se le había dicho que el general estaba invitado. Le aseguraron que éste había venido por su cuenta, sin invitación, pero la muy necia no se lo quería creer. Hacía falta champaña. A la madre de Pseldonimov le quedaba sólo un rublo y el propio Pseldonimov no tenía un kopek. Fue preciso humillarse ante la vieja y maligna Mlekopitayeva, pedirle dinero para una botella y después para otra. Le pintaron futuras relaciones del funcionario, la carrera de éste, trataron de persuadirla. Por fin apoquinó el dineroj pero no sin antes obligar a Pseldonimov a tragar tanta bilis que éste entró corriendo varias veces en el cuarto donde estaba el tálamo nupcial, tirándose en silencio de los pelos, echándose de cabeza en el lecho destinado a los deleites paradisíacos y temblando de furia impotente. Ivan Ilich no supo cuánto costaron las dos botellas de í champaña que se bebió esa noche. ¡Cuáles no serían el terror, la angustia y hasta la desesperación de Pseldonimov cuando el asunto de Ivan Ilich terminó de manera tan inesperada! Una vez más preveía quebraderos de cabeza, acaso una noche entera de gritos y lágrimas de la caprichosa recién casada y los reproches estúpidos de los parientes de ésta. Por añadidura le dolía la cabeza y, como si ello no bastara, el tufo y la oscuridad le nublaban los ojos. Y ahora que había que ayudar a Ivan Ilich era menester encontrar a las tres de la madrugada un médico y un carruaje para llevarle a su domicilio; y tenía que ser un carruaje, porque era imposible mandar a casa a tal personaje, y en tal estado, en un coche de punto o un trineo cualquiera. ¿Y dónde agenciarse el dinero para tal carruaje? La señora Mlekopitayeva, rabiosa porque el general no le había dicho dos palabras ni la había mirado durante la cena, declaró que no le quedaba un kopek. ¿Dónde obtener el dinero? ¿Qué hacer? Sí, había razón bastante para tirarse de los pelos.
* * *
Mientras tanto habían llevado a Ivan Ilich a un pequeño diván de cuero que estaba allí en el comedor. Mientras levantaban los manteles y separaban las mesas, Pseldonimov se puso a buscar dinero por todas partes; hasta intentó que se lo prestaran los criados, pero nadie lo tenía. Incluso se arriesgó a importunar a Akim Petrovich, que se había quedado más tiempo que los demás; pero a éste, aunque buena persona, al oír que de dinero se trataba, le entró tal confusión, mejor dicho, tal espanto, que no pudo decir más que estupideces nada comunes en él:

—En otra ocasión, yo con gusto... —murmuró—, pero ahora, la verdad, perdone usted...

Y cogiendo su sombrero salió disparado de la casa. Sólo el joven bondadoso, el que había hablado del «Libro de los sueños», trataba todavía de ayudar, aunque sin gran provecho. También se había quedado más tiempo que los demás, en cordial simpatía con los infortunios de Pseldonimov. Por último, éste, su madre y el joven decidieron de común acuerdo no llamar a un médico, sino ir por un carruaje y llevar al enfermo a su casa. En tanto que llegaba el vehículo se le aplicarían algunos remedios caseros, tales como agua fría en la cabeza y las sienes, compresas de hielo, etc. De ello se encargó la madre de Pseldonimov. El joven fue volando a buscar el carruaje. Como a esa hora ya no se encontraba siquiera un coche de punto en la banda de Petersburgo, tuvo que ir lejos, a una cochera, y despertar a los cocheros. Empezaron a regatear; los cocheros decían que cobrar a esa hora cinco rublos por un carruaje no era mucho, pero quedaron ajustados en tres. Ahora bien, cuando al filo de las cuatro de la mañana llegó el joven con el vehículo alquilado a casa de los Pseldonimov, éstos habían mudado ya de parecer. Por lo visto Ivan Ilich, que seguía desmayado, había empeorado tanto, gemía y se agitaba de tal modo que era de todo punto imposible, y aun peligroso, conducirle a su domicilio en tal estado. «¿En qué parará todo esto?» decía Pseldonimov, desalentado en extremo. ¿Qué hacer? Surgió otra cuestión. Si había que dejar al enfermo allí en la casa, ¿dónde ponerlo y acomodarlo? En la casa no había sino dos camas: una enorme, de matrimonio, en la que dormían el viejo Mlekopitayev y su esposa, y otra de nogal comprada hacía poco y destinada a los recién casados. Los demás moradores, mejor dicho, las moradoras, de la casa dormían en el suelo, en fila, la mayoría en jergones de plumas, casi todos estropeados y malolientes, en suma, indecentes, y además no había ni uno de sobra. ¿Dónde poner al enfermo? Quizá pudiera hallarse un jergón, quitárselo a alguien en último caso, pero ¿dónde y sobre qué colocarlo? Resultó que habría que ponerlo en la sala, puesto que era la habitación más alejada del núcleo de la familia y tenía su propia puerta de salida. ¿Pero sobre qué? ¿Sencillamente sobre unas sillas? Sabido es que sobre las sillas se pone sólo a los muchachos que vienen del colegio a pasar en casa el fin de semana; y en el caso de una persona como Ivan Ilich ello sería improcedente. ¿Qué diría al día siguiente al verse sobre unas sillas? Pseldonimov no quería oír hablar de tal cosa. Quedaba sólo un recurso: llevarle al lecho nupcial. Este lecho nupcial, como ya hemos dicho, estaba en un cuarto pequeño contiguo al comedor. La cama tenía un colchón doble, nuevo y todavía sin estrenar, sábanas limpias y cuatro alhomadas de calicó color de rosa con fundas de muselina adornadas de volantes. El edredón era acolchado, de raso también color de rosa. De un anillo dorado situado sobre la cama pendían cortinas de muselina. Total, que todo estaba como Dios manda, y los invitados, casi todos los cuales habían visitado la alcoba, alababan esas galas. La novia, aunque no podía aguantar a Pseldonimov, fue corriendo varias veces durante la velada, y por lo común a hurtadillas, a contemplar aquello. ¡Cuál no sería su indignación, su furia, cuando supo que en su lecho de boda querían instalar al paciente, enfermo de algo que parecía cólera! La madre de la novia se puso de parte de ésta, juraba y perjuraba, amenazando con que al día siguiente se quejaría a su marido, pero Pseldonimov insistió y se salió con la suya: llevaron a Ivan Ilich a la cama nupcial y acomodaron a los recién casados sobre unas sillas en la sala. La novia gimoteaba, pronta a repartir pellizcos, pero no se atrevió a rechistar; su padre tenía una muleta que ella conocía muy bien, y sabía que su progenitor pediría al día siguiente cuenta estrecha de todo. Para consolarla le trajeron a la sala el edredón color de rosa y las almohadas con fundas de muselina. En ese preciso momento llegó el joven con el carruaje, y cuando se enteró de que ya no hacía falta quedó espantado, porque a él le tocaba pagarlo y en su vida había tenido una moneda de veinte kopeks. Pseldonimov dio a conocer su completa bancarrota. Trataron de persuadir al cochero, pero éste empezó a meter bulla e incluso a aporrear las maderas de las ventanas. No sé a punto fijo cómo acabó aquello. Parece que el joven, en ese mismo carruaje, fue conducido en calidad de rehén a Peski, a la cuarta calle de Rozhdestvenskaya, donde esperaba despertar a un estudiante que estaba pasando la noche en casa de unos conocidos y ver si tenía algún dinero. Eran ya las cinco de la mañana cuando dejaron a los novios encerrados en la sala. A la cabecera del paciente permaneció toda la noche la madre de Pseldonimov. Se arrebujó en el suelo, encima de una alfombrilla, y se cubrió con una pelliza ligera, pero no pudo dormir porque se vio obligada a levantarse a cada momento a causa del terrible trastorno digestivo que tenía Ivan Ilich. La señora Pseldonimova, mujer briosa y de buen corazón, lo desnudó ella misma, le quitó toda la ropa, le estuvo cuidando como a hijo propio y se pasó la noche entera yendo y viniendo del comerdor a la alcoba con las vasijas necesarias. Sin embargo, las desventuras de esa noche estaban todavía lejos de acabar.
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