Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de






descargar 165.36 Kb.
títuloEste episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de
página3/5
fecha de publicación18.06.2016
tamaño165.36 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5

* * *
Empezó la cuadrilla.

—¿Permite, Excelencia? —preguntó Akim Petrovich con la botella reverentemente en la mano, dispuesto a llenar la copa de Su Excelencia.

—Yo... yo, a decir verdad, no sé si...

Pero Akim Petrovich, con cara rebosante de respeto, ya le vertía el champaña. Le llenó la copa hasta el borde y, a escondidas casi, hurtando el cuerpo, encogiéndose y agazapándose, echó vino en la suya propia, pero un dedo menos que en la del visitante, pensando que ello era muestra de respeto. Sentado junto a su superior inmediato, se sentía como mujer en trance de parto. ¿De que hablar? Porque era casi una obligación entretener a Su Excelencia, ya que tenía el honor de hacerle compañía. El champaña sirvió de pretexto. Su Excelencia incluso recibió con agrado el vino, no por el champaña mismo, que estaba tibio y era de pésima calidad, sino porque la oferta era moralmente agradable.

«El viejo también quiere beber—pensó Ivan Ilich— y no se atreve a hacerlo si yo no lo hago. No quiero impedírselo... Sería ridículo que la botella siguiera ahí intacta entre nosotros».

Tomó un sorbo, lo que le pareció preferible a seguir allí sentado mano sobre mano.

—Estoy aquí —dijo con pausas y acentuando las palabras—, estoy aquí, por así decirlo, por pura casualidad; y bien puede ser, por supuesto, que ciertas personas piensen... que, por así decirlo, es in—de—co—ro— so que me encuentre en semejante compañía...

Akim Petrovich callaba y escuchaba con tímida curiosidad.

—Sin embargo, espero que usted comprenda por qué estoy aquí... Porque a beber vino por supuesto que no he venido, ¡je, je, je!

Akim Petrovich hubiera querido secundar la risa de Su Excelencia, pero se quedó cortado, y una vez más no dijo nada para alentarle.

—Estoy aquí... para refrendar, por así decirlo... para demostrar, por así decirlo, un propósito, por así decirlo, moral... —prosiguió Ivan Ilich, irritado ante la estolidez de Akim Petrovich, pero él también acabó por callarse. Había visto que el pobre Akim Petrovich había bajado la vista como si tuviera la culpa de algo. Un tanto confuso, el general se apresuró a tomar otro sorbo, y Akim Petrovich, como si en ello estuviera su salvación, tomó la botella y le llenó de nuevo la copa.

«Pues lo que es luces, no tienes muchas», pensó Ivan Ilich mirando severamente al pobre Akim Petrovich. Este, sintiendo sobre él la rigurosa mirada del general, decidió no decir esta boca es mía y no levantar los ojos. Así, sentados uno frente a otro, pasaron un par de minutos, un par de penosos minutos para Akim Petrovich.

Dos palabras acerca de Akim Petrovich. Era hombre más espantadizo que una gallina, chapado a la antigua, criado en el servilismo, pero, con todo, bueno y decente. Era petersburgués hasta el tuétano, es decir, que su padre y el padre de su padre habían nacido en Petersburgo, se habían criado y habían trabajado en la capital, de donde no habían salido nunca Hombres como Akim Petrovich constituyen un tipo muy especial de ruso. De Rusia no tienen la menor idea, ni les importa el no tenerla. Todo su interés se reduce a Petersburgo, y sobre todo al lugar donde trabajan. Todas sus preocupaciones quedan circunscritas a jugar a la préférence a un kopek la puesta, a la faena diaria y el salario mensual. No conocen una sola costumbre rusa, ni una sola canción rusa, salvo la Luchinushka, y eso sólo porque la tocan los organillos. Hay, sin embargo, dos señales esenciales e infalibles por las cuales cabe distinguir en seguida al ruso auténtico del ruso petersburgués. La primera señal consiste en que todos los petersburgueses, todos sin excepción, dicen siempre La Gaceta Académica en lugar de La Gaceta de Petersburgo. La segunda señal, igualmente infalible, consiste en que el ruso petersburgués nunca empléala palabra «almuerzo» y en su lugar dice «Frühstück», acentuando especialmente la sílaba «Früh». Por estas dos señales arraigadas y precisas se les reconoce siempre. En suma, se trata de un tipo sumiso que ha surgido en estos últimos treinta y cinco años. Ahora bien, Akim Petrovich no era un imbécil, ni mucho menos. Si el general le preguntase algo que le afectara directamente, respondería y mantendría una conversación, pero hubiera sido descortés que un subalterno contestara al género de preguntas que se le hacían, aunque Akim Petrovich ardía de curiosidad por averiguar algo más concreto acerca de las verdaderas intenciones de Su Excelencia...

Y mientras tanto Ivan Ilich se iba sumiendo cada vez más en sus reflexiones, en algo así como un torbellino de ideas. Distraído como estaba, iba tomando, imperceptible pero continuamente, sorbos de champaña. Al momento, Akim Petrovich le llenaba sin falta la copa Ambos callaban. Ivan Ilich se puso a observar el baile, que pronto empezó efectivamente a cautivar su atención. De pronto vino a despabilarle un incidente...

Los bailes eran de veras alegres. Allí se bailaba por pura sencillez de espíritu, para divertirse y armar barullo. Entre los bailarines los había muy pocos buenos; pero los que no lo eran taconeaban con tanta energía que se les podía tomar por buenos. El que más se distinguía era el militar. Le gustaban particularmente las figuras que ejecutaba por su cuenta, en una especie de «solo». En ellas se encorvaba hasta más no poder; mejor dicho, empezaba tieso como un huso y de repente se torcía a un lado hasta que parecía que iba a caer; pero en el paso siguiente se inclinaba del lado opuesto hasta formar con el suelo en ángulo tan agudo como el anterior. La expresión de su rostro reflejaba la mayor gravedad; y bailaba plenamente convencido de que todo el mundo le admiraba. Otro bailarín que había levantado el codo de antemano, se había dormido junto a su pareja durante la segunda cuadrilla, con lo que ella se vio obligada a bailar sola. Un escribiente joven, que bailaba briosamente con la dama del chal azul, repetía la misma picardía en todas las figuras y en las cinco cuadrillas que se bailaron esa noche, a saber: se quedaba un poco a la zaga de su pareja, le levantaba la punta del chal y, antes de llegar al vis-à-vis, se las arreglaba para estampar a toda prisa unas docenas de besos en él. La dama, por su parte, que iba delante del joven, no se daba por enterada. El estudiante de medicina hizo, en efecto, el número de bailar patas arriba, un «solo» que produjo frenético entusiasmo, zapatazos de alegría y silbidos de satisfacción. En suma, todo el mundo se portaba con la mayor desenvoltura. Ivan Ilich, en quien el vino había hecho también efecto, empezó por sonreírse, pero poco a poco sintió que una sospecha amarga se enseñoreaba de su espíritu. Le agradaban, por supuesto, la desenvoltura y el desparpajo. Había deseado tal desenvoltura, mejor dicho, la había ansiado fervientemente cuando todos los presentes se habían mostrado cohibidos ante él, pero ahora la dichosa desenvoltura pasaba de castaño oscuro. Por ejemplo, una dama, la del vestido de terciopelo azul raído, comprado no de segunda sino de cuarta mano, se había alzado tanto el vestido, prendido con alfileres, en la sexta figura de la cuadrilla que parecía estar bailando en pantalones. Era la mismísima Kleopatra Semionovna, con la que uno podía atreverse cuanto le viniera engaña, según decía su pareja, el estudiante de medicina. De éste sólo cabe decir que como bailarín, era otro Fokine. ¿Cómo explicar esto? Al principio todos estaban cohibidos y ahora, de repente, ¡pues como si tal cosa! Por trivial que pareciera, ese cambio no dejaba de ser extraño: presagiaba algo. Era como si se hubieran olvidado de que existía Ivan Ilich. Este, por supuesto, era el primero en reír a carcajadas y hasta se atrevió a aplaudir. Akim Petrovich, respetuosamente, reía al compás de él, si bien con evidente regocijo, sin sospechar que Su Excelencia empezaba a sentir un nuevo gusano en su corazón.

—Baila usted admirablemente, joven —se creyó obligado Ivan Ilich a decir al estudiante que pasó junto a él cuando terminó la cuadrilla.

El estudiante, doblando agudamente la espina, hizo una mueca grotesca y, acercando el rostro a Su Excelencia en proximidad indecorosa, prorrumpió a voz en cuello en un canto de gallo. Eso ya era demasiado. Ivan Ilich se levantó detrás de la mesa. Ello no obstante, estalló una salva de carcajadas incontenibles, porque el canto del gallo había sido de maravillosa naturalidad y la mueca enteramente inesperada. Ivan Ilich seguía de pie, confuso, cuando de repente se presentó ante él el propio Pseldonimov y haciendo una reverncia anunció que la cena estaba servida. Tras él apareció también su madre.

—Señor, Excelencia —dijo ésta inclinándose—, háganos el honor, no desdeñe nuestra pobre mesa...

—Yo... yo, la verdad, no sé si... —empezó Ivan Ilich— porque no era para eso... yo... ya estaba para irme...

Y era cierto que tenía el gorro en la mano. Más aún, ahí mismo, en ese mismísimo instante, se había dado palabra de honor de que en seguida, al momento, pasase lo que pasase, se iría y de que por nada del mundo se quedaría y... y se quedó. Un minuto después abría la marcha hacia la mesa. Pseldonimov y su madre iban delante de él abriéndole camino. Le colocaron en el sitio de honor, y una vez más apareció ante él una botella de champaña sin abrir. Para empezar había arenques y vodka. Alargó la mano, llenó hasta el borde un vaso enorme de vodka y se lo bebió. Hasta entonces no había bebido nunca vodka. Tenía la sensación de deslizarse desde la cima de una montaña, de bajar volando, volando, y de tener que detenerse, que agarrarse a algo, pero sin ninguna posibilidad de hacerlo.
* * *
Lo cierto era que su situación se iba haciendo cada vez más grotesca. Por añadidura, aquello parecía una ironía del destino. Dios sabe lo que sintió durante esa hora. Cuando entró había tendido, por así decirlo, los brazos a la humanidad entera y a todos sus subordinados, y he aquí que en una hora apenas, con gran dolor de su corazón, sabía que aborrecía a Pseldonimov, que le maldecía, y no sólo a él sino también a su mujer y su boda. Y, como si ello no bastara, veía en el rostro y los ojos de Pseldonimov que éste a su vez le destestaba, que le miraba como diciéndole: «¿A qué demonios has venido aquí? ¡Mal rayo te parta! ¿A colgarte de mi cuello...?» Hacía ya rato que leía eso en sus ojos.

Pero ni que decir tiene que incluso en ese momento, sentado a la mesa, Ivan Ilich se hubiera dejado cortar un brazo antes de reconocer candidamente —no en voz alta, sino en su fuero interno— que las cosas estaban pasando de esa manera. No había llegado el momento todavía, aún conservaba cierto equilibrio moral. Pero el corazón, el corazón... ¡cómo le dolía! Pedía a voces libertad, aire, descanso. Porque, en fin de cuentas, Ivan Ilich era una buena persona.

Porque sabía, y sabía muy bien, que hubiera debido irse hacía largo rato, y no sólo irse, sino salvarse, que todo aquello había resultado de pronto muy distinto de lo que él había soñado tiempo antes cuando caminaba por la acera.

«¿Pero a qué he venido? ¿Acaso a comer y beber?» —se preguntaba a sí mismo mientras engullía un arenque. Llegó incluso a cortejar el nihilismo. En su espíritu le hurgaba a veces la sospecha irónica de sus propios actos. ¿Es que él mismo comenzaba ya a no comprender por qué, en efecto, había venido?

¿Pero cómo irse? Porque irse sin cumplir su propósito era imposible. «¿Qué dirán? Dirán que me meto en sitios indignos de mi categoría. Bien mirado, así parecerá si no doy remate a mi plan. ¿Qué dirán, por ejemplo, mañana (porque esto cundirá rápidamente) Stepan Nikiforovich y Semion Ivanovich? ¿Qué dirán en la oficina, en casa de los Shembel, en la de los Shubin? No. Será cosa de irse cuando todos comprendan por qué he venido; habrá que revelar la intención moral de mi visita...» Pero ese momento dramático no se presentaba. «Ni siquiera me respetan —prosiguió—. ¿De qué se ríen? Se portan con tal desahogo que uno diría que carecen de sentimientos... ¡Sí, ya vengo sospechando desde hace tiempo que la nueva generación carece de sensibilidad! ¡Debo quedarme, pase lo que pase! Ya han dejado de bailar y ahora estarán todos a la mesa. Les hablaré de los problemas del día, de las reformas, de lagrandeza de Rusia... ¡Los dejaré turulatos! ¡sí! Puede que en realidad no se haya perdido nada todavía... Puede que así ocurra siempre en la vida real. ¡Si supiera cómo empezar para atraérmelos! ¿Cómo encontrar una apertura conveniente? Nada, que no doy una en el clavo... ¿Y qué es lo que necesitan? ¿Qué es lo que piden? Veo que entre ellos se cruzan risitas. Dios mío, ¿se estarán riendo de mí? ¿Pero qué es lo que busco? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué no me voy? ¿Qué espero conseguir?» Así pensaba, mientras que la vergüenza, una vergüenza honda e intolerable, le roía el corazón.
* * *
Pero los acontecimientos siguieron irrevocablemente su curso.

A los dos minutos de sentarse a la mesa se apoderó de su espíritu un extraño pensamiento. Sintió de pronto que estaba terriblemente ebrio, es decir, no como antes, sino definitivamente ebrio. La causa de ello había sido el vaso de vodka que se había bebido después del champaña y que había producido efecto inmediato. Sentía, se percataba con todo su ser de que se desmadejaba por completo. Por supuesto, hizo cuanto pudo por sacar fuerzas de flaqueza, pero la conciencia no soltaba presa y le gritaba: «Esto es feo, muy feo; más aún, bochornoso». Por supuesto, las confusas cavilaciones motivadas por la borrachera no podían concentrarse en un punto. De pronto surgieron en su mente, hasta casi poder tocarlas con la mano, dos fuerzas contendientes. Una era el ánimo brioso, el afán de triunfo, el allanamiento de obstáculos, la convicción desesperada de que aún lograría su propósito. La otra se revelaba en forma de torturante angustia espiritual, una especie de dolor de corazón. «¿Qué dirán? ¿En qué acabará esto? ¿Qué pasará mañana, mañana, mañana...?»

Antes había tenido el presentimiento de que ya tenía enemigos entre los invitados. «Eso se debe probablemente a que hace un rato estaba borracho» —se decía con duda acongojada. ¡Cuál no sería su terror cuando por señales inequívocas comprobó que, en efecto, estaban sentados a la mesa enemigos suyos y que de ello no cabía la menor duda!

«¿Y por qué? ¿Por qué?» —pensaba.

A la mesa se habían sentado unas treinta personas en total, de las que varias estaban ya como cubas. Otras se conducían con bastante descaro, con un desparpajo malsonante: gritaban, conversaban a voz en cuello, brindaban prematuramente, se tiroteaban con las damas usando bolitas de pan como proyectiles. Uno de los varones, sujeto desagradable que vestía una levita mugrienta, se cayó de la silla no bien se hubo sentado a la mesa y permaneció en el suelo hasta el final mismo de la cena. Otro quería, sin más, encaramarse a la mesa y proponer un brindis, pero el militar, agarrándole de los faldones de la levita, contuvo su entusiasmo inoportuno. La cena era común y corriente, aunque para ella se había traído a un cocinero que era siervo de un general: había cerdo en gelatina, lengua con patatas, croquetas de carne con guisantes; más tarde, ganso, y al final de todo, manjar blanco. Para beber había cerveza, vodka y jerez. La botella de champaña estaba sólo delante del general, lo que le obligó a servirse a sí mismo y a Akim Petrovich, quien durante la cena no se atrevía a tomar la iniciativa. Para los brindis los demás invitados tenían que recurrir a lo que tenían más a mano. La mesa misma estaba compuesta de varias mesas juntas, entre ellas una de jugar a las cartas. La cubrían varios manteles, uno de los cuales era de colores, estilo de Yaroslav. Cada comensal tenía a ambos lados a otro del sexo opuesto. La madre de Pseldonimov no quiso sentarse a la mesa; andaba ajetreada, disponiéndolo todo. Apareció entonces una figura femenina de aspecto avieso que no se había asomado antes, vestida de seda encarnada, con la cara vendada como si tuviera dolor de muelas y una cofia empingorotada. Al parecer, era la madre de la novia, quien había consentido por fin salir del cuarto trasero y asistir a la cena. No se había asomado hasta entonces a causa de la inquina implacable que profesaba a la madre de Pseldonimov; pero sobre esto volveremos más tarde. Esta señora miró al general de través, con un si es no es de mofa, y era evidente que no quería serle presentada. A Ivan Ilich esta figura le pareció sobremanera sospechosa. Pero, amén de ella, había allí otras personas sospechosas que inspiraban recelo e inquietud. Parecía incluso que entre ellas se tramaba una conspiración, y cabalmente contra Ivan Ilich; al menos a él así le parecía, y de ello fue convenciéndose conforme avanzaba la cena. Maligno, por ejemplo, era un señor con perilla, que se decía artista, el cual, después de mirar varias veces a Ivan Ilich se volvió a cuchichear con su vecino de mesa. Otro de los circunstantes, sí, cierto, estaba completamente ebrio, pero, con todo, era sospechoso por varios conceptos. Tampoco inspiraba confianza el estudiante de medicina, ni cabía fiarse por completo de la lealtad del militar. Pero quien manifestaba un odio singular y evidente era el redactor de El Tizón: ¡estaba tan despatarrado en su silla, miraba a todo el mundo con tanto orgullo y arrogancia, se reía con tanta frescura! Y aunque los otros comensales no hacían maldito caso del periodista—quien por haber publicado cuatro versecillos en El Tizón se consideraba liberal— y le miraban con desagrado evidente, cuando junto a Ivan Ilich cayó de pronto una bolita de pan, claramente destinada a él, éste estuvo dispuesto a apostarse la cabeza de que el culpable del proyectil no era otro que el redactor de El Tizón.

Todo esto acabó por afectarle más todavía.

Muy desagradable, en particular, fue otra observación, a saber, darse cuenta de que empezaba a articular las palabras imprecisa y trabajosamente, deque quería hablar mucho pero la lengua se lo impedía. Más tarde notó que empezaba a faltarle la memoria, y que sin motivo aparente soltaba el trapo a reír cuando en realidad no había nada de que reírse. Ese estado de ánimo se esfumó con la copa de champaña que el propio Ivan Ilich se había servido antes y no había querido beber, pero que ahora se bebió con verdadera desesperación. Estuvo casi a punto de romper a llorar después de esacopa. Sentía que le iba dominando el sentimentalismo más extravagante. Una vez más amaba a todo el mundo, incluso a Pseldonimov, incluso al redactor de El Tizón. De pronto le entraron ganas de abrazarlos a todos, de olvidar lo pasado y hacer las paces; más aún, de decirles todo con sinceridad, todo, todo, a saber: lo buena y espléndida persona que era y las notables cualidades de que estaba dotado; cuan útil sería a la patria, lo bien que sabía divertir a las señoras y, más que nada, lo progresista que era, lo dispuesto que estaba a rebajarse humanitariamente al nivel de todos, aun al de los más humildes, y por último, a manera de epílogo, explicarles sin ambages los motivos que le habían empujado a presentarse sin invitación en casa de Pseldonimov, beberse sus dos botellas de champaña y hacerle feliz con su visita.

«¡La verdad, la santa verdad antes que nada, y la franqueza! Con la franqueza llegaré hasta ellos. Pondrán su confianza en mí; lo veo como dos y dos son cuatro. Tienen cara de pocos amigos, pero cuando les revele todo, los conquisto irremisiblemente. Llenarán los vasos y clamorosamente beberán a mi salud. El militar romperá el suyo contra la espuela; estoy seguro. Quizá hasta lance un ¡hurra! Incluso cabe que si deciden lanzarme al aire según costumbre de los húsares yo no me oponga, y la cosa resulte bien. A la recién casada le daré un beso en la frente; es simpática. También Akim Petrovich es buena persona. Y, por supuesto, Pseldonimov acabará por enmendarse. Lo que le falta, por así decirlo, es cierto barniz mundano... Y aunque bien claro está que la nueva generación carece de verdadera delicadeza... les hablaré, sin embargo, de lo que representa la Rusia de hoy entre las demás potencias europeas. Aludiré a la cuestión de los siervos y... todos me estimarán y saldré de aquí lleno de gloria...!»

Estas fantasías, ni que decir tiene, eran muy agradables, pero algo hubo que no lo fue, a saber: que en medio de esas esperanzas color de rosa Ivan Ilich descubrió de improviso que tenía una facultad inesperada: la de escupir. Al menos, comenzó de pronto a brotar saliva de su boca, con entera independencia de su voluntad. Sobre ello llamó la atención a Akim Petrovich, a quien le había rociado la mejilla, pero quien seguía impertérrito, sin atreverse, por respeto, a limpiársela. Ivan Ilich tomó la servilleta y él mismo se la limpió con un movimiento súbito. Pero eso le pareció tan absurdo, tan sin sentido, que guardó silencio y quedó pensativo. Akim Petrovich, aunque seguía bebiendo, parecía como si le hubieran escaldado. Ivan Ilich calculaba que hacía casi un cuarto de hora que le estaba hablando de un tema sumamente interesante, pero que Akim Petrovich no sólo parecía confuso al escucharle sino temeroso de algo. Pseldonimov, que estaba a dos sillas de distancia, también alargaba el cuello hacia él y le escuchaba con la cabeza torcida a un lado y un gesto de lo más desagradable. Parecía, en efecto, que le estaba vigilando. Echando una mirada en torno, Ivan Ilich vio que muchos de los invitados le miraban fijamente y lanzaban risotadas. Pero lo más raro de todo fue que ello no le desconcertó en absoluto; antes al contrario, tomó otro sorbo de champaña y empezó a hablar de modo que todos pudieran oírle.

—Acabo de decir... —anunció lo más fuerte posible—, acabo de decir, señoras y caballeros, a Akim Petrovich que Rusia... sí, es decir, Rusia... en fin, ustedes comprenden lo que quiero decir... Rusia, en mi más firme opinión, siente un acceso de hu-humanitarismo...

—¡Hu-humanitarismo! —se oyó como eco al extremo opuesto de la mesa.

—¡Hu-hu!

—¡Chu-chu!

Ivan Ilich tuvo que hacer alto. Pseldonimov se levantó de su silla para ver quién había gritado. Akim Petrovich sacudía la cabeza a hurtadillas como amonestando a los invitados. Ivan Ilich, aunque se dio clara cuenta de ello, guardó silencio, mortificado.

—¡El humanitarismo! —prosiguió con firmeza—. y hace un rato.... hace justamente un rato decía yo a Stepan Nikikiforovich... sí... que... que la renovación, por así decirlo, de las cosas...

—¡Excelencia! —gritó alguien al otro extremo de la mesa.

—¿Qué desea? —respondió el interrumpido Ivan Ilich tratando de distinguir al que había gritado.

—Nada en absoluto, Excelencia; me he dejado arrastrar por el entusiasmo. ¡Continúe, con-ti-núe! —volvió a retumbar la voz.

Ivan Ilich se estremeció.

—La renovación por así decirlo, de estas mismas cosas...

—¡Excelencia! —volvió a gritar la misma voz.

—¿Qué se le ofrece?

—¡Hola! ¿Qué tal?

Esta vez Ivan Ilich no pudo contenerse. Interrumpió su discurso y se encaró con el ofensor y alterador del orden. Era éste un estudiante aún muy joven, que estaba borracho perdido y despertaba las más vivas sospechas. Llevaba ya un rato vociferando y había hecho añicos un vaso y dos platos, persuadido de que en una boda había que proceder de ese modo. En el instante mismo en que Ivan Ilich se encaraba con él, el militar empezó a reprender severamente al gamberro.

—¿Qué es eso de berrear así? ¡Echarte de aquí es lo que debiéramos hacer!

—¡No lo dice por usted, Excelencia, no lo dice por usted! —gritó regocijado el escolar, repantigándose en su silla—. Continúe, que le estoy escuchando y estoy muy satisfecho, pero que muy, muy satisfecho de usted. ¡Digno de alabanza, muy digno de alabanza!

—El chico está borracho —dijo Pseldonimov en voz baja.

—Ya veo que lo está, pero...

—Eso, Excelencia, tiene que ver con una anécdota divertida que yo estaba contando —apuntó el militar— acerca de un teniente de nuestro regimiento que hablaba precisamente así a sus jefes; y por eso ese chico le imita ahora. A cada palabra de su jefe respondía diciendo: «¡Digno de alabanza, digno de alabanza!» Hace ya diez años que por tal motivo le expulsaron del servicio,

—¿Qué... qué teniente fue ése?

—Uno de nuestro regimiento, Excelencia, a quien le gustaba con locura alabar a lagente. Al principio quisieron corregirle con buenas palabras, pero después lo metieron en el calabozo... Su jefe le exhortaba con buenos modos, y él, dale con lo mismo, «¡digno de alabanza, digno de alabanza!» Y lo curioso era que se trataba de un oficial de pelo en pecho y de más de seis pies de altura. Quisieron procesarle, pero se dieron cuenta de que estaba loco.

—Ya se ve, un estudiante. Con las travesuras de un estudiante bien se puede ser menos severo... Yo, por mi parte, estoy dispuesto a perdonar...

—Le hicieron un reconocimiento médico, Excelencia.

—¿Cómo? ¿Qué lo ana-to-mizaron?

—Perdone, señor. Estaba todavía completamente vivo.

Una carcajada estrepitosa y casi general fue la respuesta de los invitados, que al principio habían tratado de portarse con circunspección. Ivan Ilich montó en cólera.

—¡Señores! ¡Señores! —exclamó, casi sin tartamudear por primera vez—. Estoy en mi cabal juicio para comprender que a los vivos no se les somete a disección. Yo había supuesto que, a causa de la locura, ya no estaba vivo... es decir, que estaba muerto... en fin, lo que quiero decir es... que ustedes no me estiman... Y, sin embargo, yo les estimo a todos ustedes... sí, y estimo a Por... Porfiri... Me estoy humillando al hablar así...

En ese instante un salivazo descomunal salió volando de la boca de Ivan Ilich y salpicó el mantel en un lugar muy a la vista. Pseldonimov se lanzó a enjugarlo con la servilleta. Esta última desventura le anonadó por completo.

—¡Señores, esto es ya demasiado! —gritó desesperado.

—Ese individuo está borracho, Excelencia —Pseldonimov estuvo a punto de indicar de nuevo.

—¡Porfiri, veo que ustedes... todos... sí! Digo que confío... sí, invito a todos a que me digan en qué me he humillado.

Ivan Ilich estaba a pique de llorar.

—Porfiri, acudo a ti... Dime, si he venido... sí... sí, a la boda, he tenido un propósito... Quería elevar moralmente... quería despertar sentimientos. Acudo a todos: ¿me he humillado mucho o no, en opinión de todos ustedes?

Silencio sepulcral. De eso se trataba, de que reinaba un silencio sepulcral aun después de que por la mente de Ivan Ilich hubo cruzado la pregunta categórica: «¿Qué trabajo les costaría... gritar algo en ese momento?» Pero los invitados se limitaron a cruzar miradas. Akim Petrovich seguía sentado en su sitio, más muerto que vivo, y Pseldonimov, mudo de espanto, se repetía para sus adentros una pregunta terrible que desde hacía rato le acuciaba: «¿Y qué será de mí mañana como consecuencia de esto?»

De pronto, el redactor de El Tizón, ya completamente ebrio y que hasta entonces había guardado un silencio adusto, se encaró con Ivan Ilich y con ojos relampagueantes empezó a responder a sus preguntas en nombre de todos los presentes.

—¡Sí, señor! —gritó con voz de trueno—. ¡Sí, señor! Se ha humillado usted, sí, señor, es usted un reac-cio-nario... ¡ Reac-cio-nario!

—¡Joven, recuerde con quien está hablando, por así decirlo! —gritó Ivan Ilich encolerizado, volviendo asaltar de su sitio.

—Con usted, y además, no soy un joven... Usted ha venido a lucirse y a buscar popularidad...

—Pseldonimov, ¿qué es esto? —chilló Ivan Ilich.

Pero Pseldonimov se había puesto de pie con un respingo de espanto y ahora estaba tieso como un poste, sin saber a qué atender. Los invitados, por su parte, permanecían mudos en sus sitios, el artista y el estudiante aplaudían y coreaban: «¡bravo, bravo!»

El periodista siguió vociferando con encono irreprimible:

—¡Sí, usted ha venido a pavonearse con su humanitarismo! Le ha aguado usted la fiesta a todo el mundo. Ha bebido usted champaña sin pensar en que es demasiado caro para un empleado con diez rublos mensuales de sueldo. ¡Y sospecho que es usted uno de esos jefes que se encalabrinan con las mujeres jóvenes de sus empleados! Y no sólo eso, sino que además estoy seguro de que usted apoya el pago de gratificaciones... ¡Sí, sí, sí!

—¡Pseldonimov, Pseldonimov! —clamó Ivan Ilich extendiendo hacia él los brazos. Sentía como una nueva puñalada en el corazón cada palabra del periodista.

—¡En seguida, Excelencia, por favor no se preocupe! —exclamó Pseldonimov enérgicamente. Se abalanzó sobre el periodista, le agarró del cuello de la levita y le arrancó de la mesa. Nadie hubiera podido esperar tamaña fuerza física del canijo Pseldonimov. Pero el periodista estaba ebrio perdido y Pseldonimov completamente sereno. Después le propinó unos cuantos puñetazos en la espalda y lo arrojó por la puerta

—¡Son todos ustedes unos canallas! —gritó el periodista—. ¡Mañana les pongo a todos en ridículo en El Tizón...!

Todo el mundo se puso de pie.

—¡Excelencia, Excelencia! —gritaron Pseldonimov, su madre y algunos de los invitados, agolpándose en torno del general—. ¡Excelencia, cálmese!

—¡No! ¡No! —respondió el general—. Estoy anonadado... yo había venido... quería, por así decirlo, echar la bendición. ¡Y ahora esto, para esto...!

Se dejó caer en una silla, como inconsciente, puso ambos brazos en la mesa y apoyó en ellos la cabeza, en el plato mismo de manjar blanco. Imposible describir la consternación general. Al cabo de un minuto se levantó, con evidente deseo de irse, se tambaleó, tropezó en la pata de una silla, cayó pesadamente al suelo y empezó a roncar.

Tal sucede a los no bebedores las raras veces que se embriagan. Hasta el último detalle, hasta el postrer momento conservan la lucidez, y luego se desploman de repente como yerba segada. Ivan Ilich yacía postrado en el suelo, perdido el conocimiento. Pseldonimov se agarró del pelo y quedó petrificado en esa postura. Los invitados comenzaron a tomar soleta, comentando cada uno lo ocurrido a su manera. Eran ya cerca de las tres de la madrugada.
1   2   3   4   5

similar:

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de icon¿Cómo pudimos llegar a esto? ¿Cómo pudo ser que un país tan rico...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconTraducción de Mónica Faerna
«Una fantástica novela… Con un engranaje tan perfecto como el de un reloj, pero que se lee con una suavidad como la de la seda o...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconReflexionar sobre el lenguaje y sus límites es una oferta tan irresistible...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconCelebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío,...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconCelebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío,...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconComo siempre, el gran Sabina y sus recitales. Todo un lujo para los...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconEste largo camino comenzó hace ya 12 años cuando aparecisteis en...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconEs el conmovedor relato de una mujer francesa, de buena familia,...
«muy aficionado» a la Coca-Cola, con un policía sin escrúpulos, con desconocidos en lugares imprevistos Multitud de vivencias que...

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconCon este nombre se designa desde hace más de mil años a una comarca....

Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de iconEl régimen político que en España se llamó Restauración comenzó con...






© 2015
contactos
l.exam-10.com