Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de






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títuloEste episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de
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* * *
—¡Ya verás la que te espera, bribón! ¡Iré a pie de propósito para que te avergüences, para que te asustes! Cuando vuelvas te enterarás de que el señor ha ido a pie... ¡canalla!

Nunca antes había apostrofado Ivan Ilich a nadie de esa manera, pero ahora reventaba de rabia y, como si ello no bastara, le zumbaba la cabeza. No era bebedor, por lo que las cinco o seis copas de champaña le habían producido inmediato efecto. La noche era, sin embargo, espléndida. Estaba helando, pero la calma era insólita y no corría viento. El cielo estaba raso y estrellado. La luna llena bañaba la tierra en un pálido fulgor argénteo. Todo era tan bello que al cabo de cincuenta pasos Ivan Ilich casi olvidó su desazón. Todo empezó a parecerle agradable, amén de que las impresiones de los que han bebido demasiado cambian rápidamente. Empezaron incluso a gustarle las feas casuchas de madera de la desierta calle.

—Bien mirado, esto de ir a pie es muy agradable —iba pensando—. Es una lección para Trifon y una satisfacción para mí. De veras que hace falta ir a pie más a menudo. ¿Qué? En el Bolshoi Prospekt encontraré en seguida un coche de punto. ¡Soberbia noche! ¡Qué casucas tan raras hay por aquí! Es donde de seguro vive la gente menuda, oficiales de baja categoría..., tenderos quizá... ¡Este Stepan Nikiforovich! ¡Pero qué retrógrados son todos, viejos pazguatos! ¡Eso, pazguatos, c'est le mot! Pero visto de otro modo es hombre inteligente; tiene eso que se llama bon sens, una comprensión sobria y práctica de las cosas. ¡Pero, con todo, son viejos, viejos! Carecen de... ¿cómo llamarlo? Sí, les falta algo... ¡No estaremos a la altura de las circunstancias! ¿Qué habrá querido decir con eso? Estaba hasta pensativo cuando lo dijo. Pero nada, que no me entendió. ¿Y cómo es que no me entendió? Más difícil es no entender que entender. Lo que importa es que yo estoy convencido, convencido hasta el tuétano. Humanitarismo... amor al prójimo. Devolver al hombre su humanidad... fomentar su propia dignidad y entonces... cuando el material está a punto, manos a la obra. ¡La cosa parece clara, sí, señor! Permítame, Excelencia; considere este silogismo: tropezamos, pongamos por caso con un funcionario, un funcionario pobre y agobiado. «Vamos a ver... ¿quién eres?» Respuesta: «Un funcionario». Bien, funcionario; sigamos: «¿Qué clase de funcionario?» Respuesta: «De tal o tal clase». «¿Trabajas?» «Trabajo». «¿Quieres ser feliz?» «Quiero». «¿Qué necesitas para serlo?» Tal o cual cosa. «¿Por qué?». Porque... Y ese hombre me entiende en dos palabras: ese hombre es mío, le tengo cogido en mi red, por así decirlo, y hago con él lo que me viene en gana, por supuesto en provecho suyo. ¡Tipo insoportable ese Semion Ivanovich! y qué jeta tan fea que tiene!... ¡Que le sienten la mano en la comisaría...!, lo dijo adrede. No. Te equivocas. Siéntale tú mismo la mano, porque yo no se la siento a nadie. Yo a Trifon lo hago andar derecho con una palabra, con una reprimenda que le saque los colores. En lo de recurrir al látigo, hum... es cosa aún no resuelta, hum... ¿Y si fuera a ver a Emerance? ¡Malditas sean estas pasarelas! —exclamó al tropezar en algo. —¡Y ésta es la capital! ¡Y a esto llaman civilización! Se rompe uno una pierna. Hum. ¡Cómo aborrezco a ese Semion Ivanovich! ¡Qué jeta tan fea! Y se reía de mí con esa risilla suya cuando dije que se abrazarían moralmente. Bueno, y si se abrazan ¿a ti qué? Lo que es a ti yo no te abrazo: mejor abrazar a un campesino... Si tropiezo con un campesino hablaré con él. Pero yo estaba bebido y quizá no me expliqué bien. Quizá tampoco me explico bien ahora... Hum. Nunca más beberé. Habla uno por los codos una noche y se arrepiente al día siguiente. ¿Pero voy andando sin hacer eses?... ¡En fin, todos son unos bribones!»

De esta manera abrupta e inconexa iba reflexionando Ivan Ilich cuando caminaba por la acera. El aire fresco hizo efecto en él; le despabiló, por así decirlo. Cinco minutos después se hubiera tranquilizado y hubiera querido dormir; pero inesperadamente, casi a dos pasos del Bolshoi Prospekt, oyó música. Miró en torno suyo. En la acera opuesta, en una casa de un piso larga y destartalada se celebraba una fiesta; chirriaban los violines, zumbaba un contrabajo y silbaba una flauta ejecutando alegremente un aire de cuadrilla. Había gente al pie de las ventanas, en su mayoría mujeres arropadas en abrigos afelpados y con pañuelos a la cabeza, que se estiraban todo lo posible para atisbar algo por las rendijas de las contraventanas. Era evidente que allí dentro lo estaban pasando bien. El ruido de los taconazos de los bailarines llegaba hasta el lado opuesto de la calle. Ivan Ilich avistó no lejos de donde estaba a un guardia municipal y se acercó a él.

—¿De quién es esa casa, amigo? —preguntó, entreabriendo su costoso gabán lo bastante para que el guardia viera la importante condecoración que llevaba al cuello.

—De Pseldonimov, oficial de secretaría, escribiente —respondió el guardia enderezándose al vislumbrar la medalla.

—¿Pseldonimov? ¡No me digas! ¿Pseldonimov? ¿Pero es que se casa?

—Se casa con la hija de un consejero titular, Mlekopitayev; consejero titular... trabajaba en el municipio. Esta casa es parte de la dote de la novia.

—¿Con que esta casa es ahora de Pseldonimov y no de Mlekopitayev?

—De Pseldonimov, Señoría. Antes era de Mlekopitayev, pero ahora es de Pseldonimov.

—Hum. Te lo pregunto, amigo, porque soy su jefe. Soy el general a cargo del negociado en que trabaja Pseldonimov.

—Comprendo, Excelencia—. El guardia se enderezó por fin cuanto pudo e Ivan Ilich pareció ensimismarse.

Sí, efectivamente, Pseldonimov era de su departamento, de su mismísimo negociado. Se acordó de él. Era un empleado de humilde categoría, con un sueldo de unos diez rublos al mes. Como hacía poco que el señor Pralinski se había encargado de su negociado, nada tenía de particular que no recordara en detalle a todos sus subalternos, pero sí recordaba a Pseldonimov, precisamente por su apellido. Le saltó a la vista desde el primer momento y sintió desde entonces curiosidad por examinar más de cerca al dueño de tan singular apellido. Ahora recordaba a un hombre todavía joven, de nariz larga y encorvada, mechones de pelo blanquecino, anémico y mal alimentado, con un uniforme imposible y ropa blanca imposible también, mejor dicho, indecente. Recordaba que había pensado entonces dar al pobre diablo una gratificación de diez rublos con motivo de las fiestas de Año Nuevo. Pero como el pobre diablo tenía una cara harto santurrona y un aspecto tan antipático que hasta causaba repugnancia, ese buen pensamiento se evaporó y Pseldonimov se quedó sin gratificación. Este mismo Pseldonimov le dejó aún más pasmado cuando una semana antes fue a pedirle permiso para casarse. Ivan Ilich recordaba que, por algún motivo, no había tenido tiempo de ocuparse detenidamente del asunto de la boda, que fue resuelto a la ligera, de prisa y corriendo. Pero en todo caso recordaba con exactitud que Pseldonimov recibía junto con la novia una casa de madera y 400 rublos limpios de polvo y paja, circunstancia que le produjo asombro cuando supo de ella. Recordaba que se había permitido algún chiste frivolo acerca de la conjunción de los apellidos Pseldonimov y Mlekopitayev. Todo ello lo recordaba punto por punto.

A medida que iba haciendo memoria se iba ensimismando más. Es notorio que a veces cruzan fugaces por nuestra mente rachas enteras de pensamientos en forma de sensaciones, intraducibies al lenguaje humano y mucho más al literario. Nosotros, sin embargo, intentaremos traducir estas sensaciones, mejor dicho, lo que tienen de esencial y verosímil. Porque al ser traducidas al lenguaje corriente, muchas de nuestras sensaciones resultan absolutamente inverosímiles. He aquí por qué nunca salen a la luz, aunque las tiene todo el mundo. No es menester subrayar que los pensamientos y sensaciones de Ivan Ilich eran un tanto inconexos. Pero ya saben ustedes el motivo. «Bueno. ¿Por qué se nos pasa a todos el tiempo hablando —pensaba— y cuando llega la hora de obrar todo queda en agua de borrajas? Aquí tenemos un ejemplo, el de este Pseldonimov. Acaba de volver de su boda todo agitado y rebosante de esperanza, contando con disfrutar de... Este es uno de los días más felices de su vida... modesta, humilde, pero alegre y sincera... Pues bien, ¡si supiera que en este mismo momento yo, yo, su jefe, su jefe principal, estoy aquí frente a su casa escuchando su música! Vamos a ver, ¿qué haría? Mejor aún, ¿qué haría si a mí de pronto me diera por entrar en su casa? Hum. Por supuesto, empezaría por asustarse, quedaría mudo de confusión. Yo sería un estorbo para él, lo echaría todo a perder... Sí, así sucedería si el que entrara fuera cualquier otro general, pero no yo... Ahí está la cosa, si fuera cualquier otro, pero no yo...

¡Sí, Stepan Nikiforovich! usted no me entendió hace un rato, pero aquí tiene un ejemplo capital. Sí, señor. Todos hablamos de magnanimidad, pero no somos capaces de un acto de heroísmo... ¿Qué clase de heroísmo? Pues el siguiente: dadas las relaciones que los miembros de la sociedad mantienen ahora entre sí, el meterme yo, yo, a la una de la madrugada en la fiesta de boda de un subalterno mío, un escribiente de diez rublos de sueldo mensuales, sería causa de confusión, produciría un torbellino de ideas, sería algo así como el último día de Pompeya ¡el caos! Nadie lo entendería. Stepan Nikiforovich llegaría al día de su muerte sin entenderlo. Porque así lo dijo: «no estaremos a la altura de las circunstancias»... Sí, pero esos son ustedes, los viejos, la gente anquilosada y rutinaria, porque yo sé que sí lo estoy. Yo transformaré el último día de Pompeya en el día más venturoso de mi subalterno, y una hazaña insólita en algo corriente, patriarcal, elevado y edificante. ¿Cómo? Pues vea usted. Escuche, por favor...

Bueno... pongamos que entro. Se quedan pasmados, dejan de bailar, se cohiben, se echan atrás. Sí, señor, pero en ese momento les muestro la clase de hombre que soy: me voy derecho a Pseldominov, que estará asustado, y con la sonrisa más cautivante y las palabras más sencillas le digo: «Pues nada, que he estado de visita en casa de Su Excelencia Stepan Nikiforovich. Supongo que le conoces, porque vive aquí cerca...» Luego, en tono festivo le cuento lo sucedido con Trifon. De Trifon paso a explicarle por qué voy a pie... «Pues que oigo música, pregunto a un guardia y me entero, amigo, de que te has casado, y digo: voy a entrar a saludar a mi subalterno y ver cómo se divierten y... se casan mis empleados. ¡Supongo que no me echarás a la calle!» ¡Echar a la calle! ¡Qué frasecita en boca de un subalterno! ¡Vamos, hombre, echarme a mí! ¡Lo más probable es que Pseldonimov pierda la chaveta, que corra a ofrecerme un sillón, que tiemble de gozo, sin dar pie con bola al principio...!

¿Cabe pensar en algo más sencillo y correcto que un proceder como ése? ¿Por qué entré? Ah, esa es ya otra cuestión. Ese es el lado moral del caso, por así decirlo. ¡Ahí está el quid del asunto!

Hum... ¿A ver? ¿En qué estaba pensando? ¡Ah, sí!

Por supuesto que me sentarán junto al invitado más importante, que será un consejero titular o algún pariente, un capitán de reserva con la nariz colorada... ¡De qué mano maestra pintó Gogol a semejantes tipos! Me presentarán, naturalmente, a la novia, le haré un cumplido, animaré a los invitados. Les rogaré que no se azaren, que se diviertan, que sigan bailando, diré alguna agudeza, me reiré; en suma, estaré amable y simpático. Yo soy siempre amable y simpático cuando estoy satisfecho de mi mismo... Hum... la verdad es que todavía, al parecer, estoy algo... no precisamente bebido, pero...

Ni que decir tiene que, como caballero que soy, les trataré de igual a igual, de ningún modo exigiré atención especial... Pero desde el punto de vista moral hay otra cuestión: comprenderán y me apreciarán como es debido... Mi proceder despertará en ellos el sentido de la dignidad... Me quedaré media hora... quizá una hora entera. Me marcharé por supuesto antes de la cena y ellos se desvivirán, trajinarán en la cocina, me pedirán encarecidamente que me quede, pero yo me limitaré a beber una copa a su salud y declinaré la invitación a cenar. Pretextaré que tengo asuntos a que atender. Y apenas pronuncie la palabra «asuntos» se les pondrá a todos, respetuosamente, la cara larga. De este modo les recordaré con tacto quiénes son ellos y quién soy yo, cuál es la diferencia. Como del cielo a la tierra. No es que yo quiera llamarles la atención sobre ello, pero es necesario... hasta indispensable desde el punto de vista moral, dígase lo que se diga. Pero sonreiré seguidamente, me reiré incluso, con lo cual se animarán... Bromearé una vez más con la novia, hum... más aún, le diré que a los nueve meses justos volveré como padrino, ¡je, je! Y ella probablemente dará a luz por entonces, porque esas gentes se multiplican como conejos. Todos soltarán el trapo a reír y la novia se pondrá como la grana. Le daré un beso afectuoso en la frente, incluso le echaré la bendición... y al día siguiente vuelvo a ser severo, al día siguiente vuelvo a ser exigente, incluso insensible, pero ya todos sabrán qué clase de hombre soy. Conocerán mi espíritu, mi verdadera índole: «Como jefe es severo, pero como hombre es un ángel». Y ganaré la partida: los habré atrapado con sólo un pequeño gesto que a ustedes, señores, no se les ocurriría siquiera. Son míos; yo soy su padre y ellos son mis hijos... Bueno, Stepan Nikiforovich, Excelencia, a ver si puede usted hacer lo mismo...

¿Sabe usted, comprende usted, que Pseldonimov contará a sus hijos cómo el general mismo estuvo comiendo y hasta bebiendo en su boda? Y esos hijos se lo contarán a los suyos, y éstos contarán a sus nietos como recuerdo sagrado que un alto funcionario, un estadista (pues para entonces ya lo seré), les hizo el honor de... etc., etc. Porque levantaré moralmente al humillado, le devolveré a sí mismo... ¡Pensar que tiene diez rublos mensuales de sueldo! Si repitiera esto cinco veces, o diez, o hiciera algo por el estilo, llegaría a ser universalmente popular... Quedaría impreso en el corazón de todos, y ¡quién sabe lo que de ello podría resultar, a lo que podría llevar la popularidad...!»

Así, poco más o menos, iba pensando Ivan Ilich (¿y qué no se dirá a veces un hombre a sí mismo, señores, sobre todo cuando se halla en estado algo insólito?). Todas estas reflexiones le cruzaron por la mente en cosa de un minuto. Cierto es que hubiera podido contentarse con tales reflexiones, sacarle mentalmente los colores a Stepan Nikiforovich, irse tranquilamente a casa y acostarse. ¡Y cuánto mejor hubiera sido! Pero, por desgracia, ese minuto también fue insólito.

De repente, y como de propósito, se dibujaron en su exaltada fantasía los rostros satisfechos de Stepan Nikiforovich y Semion Ivanovich.

—¡No estaremos a la altura de las circunstancias!— repitió Stepan Nikiforovich sonriendo con altivez.

—¡Je, je, je! —hizo coro Semion Ivanovich con su sonrisa más repelente.

—¡Pues vamos a ver si no estamos a la altura de las circunstancias!— exclamó Ivan Ilich con tal decisión que se le encendió el rostro. Bajó de la acera, cruzó la calle con paso firme, y se dirigió a la casa de su subalterno, el escribiente Pseldonimov.
* * *
Su mala estrella le guiaba. Atravesó con paso firme el portillo de la valla, que estaba abierto, y de un puntapié apartó con asco a un perro de lanas que apenas tenía voz y que, más por deber que por ferocidad, le rondaba los pies con ronco ladrido. Por un entarimado llegó aun pequeño porche techado que sobresalía sobre el patio, y por tres escalones de madera desvencijados subió a un exiguo zaguán. En un rincón de éste ardía un cabo de vela de sebo o una especie de farol, lo que no impidió que Ivan Ilich, que calzaba chanclos, metiera el pie izquierdo en un plato de cerdo en gelatina que habían puesto allí para que se enfriara. Ivan Ilich se agachó y vio con curiosidad que había además dos platos con algo que parecía aspic y dos moldes que, por lo visto, contenían manjar blanco. La; carne de cerdo pisoteada le desconcertó bastante, y hubo un brevísimo momento en que tuvo la idea de largarse cuanto antes, pero la idea le pareció indigna. Considerando que nadie le había visto y que nadie pensaría ni remotamente en él, se limpió el chanclo a toda prisa para borrar las huellas, encontró a tientas una puerta tapizada de fieltro, la abrió y entró en un vestíbulo diminuto. La mitad de éste se hallaba literalmente abarrotada de abrigos, chaquetas de piel, capotas, capuchones, bufandas y chanclos. En la otra mitad estaban los músicos: dos violines, una flauta y un contrabajo, cuatro hombres en total, contratados, por supuesto, en la calle. Estaban sentados tras una mesilla de madera sin pintar y a la luz de una vela de sebo atacaban con brío la última figura de la cuadrilla. Por la puerta abierta de la sala se vislumbraba a los que bailaban, entre el polvo, el humo de tabaco y los vapores de cocina. Era un alborozo un tanto frenético. Se oían risotadas, gritos y chillidos de señoras. Los varones pateaban como un escuadrón de caballería. Por encima de la algarabía se oían las instrucciones del maestro de baile, que tenía la levita y el cuello desabrochados. «Los caballeros delante, chaîne des dames, balancé!» etc., etc. Ivan Ilich, bastante agitado, se quitó el gabán y los chanclos, y con su gorro de piel en la mano entró en la habitación. Ya para entonces no iba razonando consigo mismo.

Al principio nadie reparó en él: todos estaban absortos en el baile que terminaba. Ivan Ilich se detuvo como aturdido, sin poder distinguir nada con claridad entre aquella barahúnda. Iban y venían vestidos de señora, desfilaban caballeros con cigarrillos en los labios... Pasó el echarpe azul claro de una dama y le rozó la nariz. Tras ella, con frenético brío, vino volando un estudiante de medicina, con el pelo desgreñado como por un torbellino, quien le dio un fuerte empellón al pasar. Cruzó raudo ante él un oficial larguirucho de cierto regimiento. Alguien con voz sobremanera chillona gritó al pasar dando saltos con los demás: «¡Eh, eh, eh, Pseldonimushka!» Ivan Ilich notó algo pegadizo bajo los pies: por lo visto habían encerado el suelo. En la habitación, no muy pequeña por cierto, habría hasta treinta invitados.

Pero al cabo de un minuto terminó la cuadrilla y un instante después ocurrió precisamente lo que Ivan Ilich se había figurado cuando se detuvo a cavilar en la acera. Cierto rumor, cierto cuchicheo insólito cundió entre los invitados y los bailarines que aún no habían tenido tiempo de recobrar el aliento y secarse el sudor del rostro. Todos los ojos, todas las caras se volvieron rápidamente hacia el recién llegado. En seguida comenzaron todos a retroceder y hurtar el cuerpo. Los que le habían visto tiraban de la ropa a los que aún no habían notado su presencia, quienes a su vez, al verle, retrocedían con los demás. Ivan Ilich seguía plantado en la puerta, sin dar un paso adelante. Entre él y los invitados se fue abriendo un espacio cada vez más amplio, un suelo cubierto de innumerables papeles de caramelos, boletos y colillas. De pronto apareció tímidamente en ese espacio un joven en uniforme de funcionario con una cresta de cabellos claros y una nariz corva. Se adelantó todo encogido y miró al inesperado visitante igual que un perro mira al amo que lo llama para darle un puntapié.

—¡Hola, Pseldonimov! ¿Me reconoces? —preguntó Ivan Ilich, sintiendo al momento que había dicho esas palabras con torpeza y que quizá también estaba metiendo la pata horriblemente.

—¡Ex... Ex... Excelencia! —tartamudeó Pseldonimov.

—Pues nada, amigo, que he venido por la más pura casualidad como bien puedes figurarte...

Pero a las claras se veía que Pseldonimov no podía figurarse nada. Permanecía de pie, con los ojos desorbitados, presa de terrible perplejidad.

—Bueno, supongo que no me echarás... ¡Quiérase o no, hay que recibir a los visitantes! —prosiguió Ivan Ilich consciente de que se azoraba hasta el punto de sentirse débil, queriendo sonreir pero ya sin poder hacerlo y comprendiendo que el comentario humorístico acerca de Stepan Nikiforovich y Trifon resultaba, por momentos, menos posible. Pero Pseldonimov, como de propósito, no salía de su pasmo y seguía mirándole con semblante estúpido. Ivan Ilich se estremeció pensando que si la situación se prolongaba un instante más, acabaría en caos.

—Quizá soy un estorbo..., ¡me voy! —apenas articuló estas palabras cuando empezó a temblarle un nervio en la comisura derecha del labio... Pero Pseldonimov volvía ya en su acuerdo...

—Excelencia, por favor... Un honor... —murmuró inclinándose apresuradamente—, dígnese tomar asiento... —Y despabilándose aún más, le indicó con ambas manos el diván del que había apartado la mesa para dejar sitio a los que bailaban...

Ivan Ilich se sintió aliviado y se dejó caer en el diván; al momento alguien se abalanzó a acercarle la mesa. Echó una rápida ojeada en torno y notó que era el único sentado; todos los demás, sin exceptuar a las damas, seguían de pie. Mala señal. Pero aún no había llegado el momento de tranquilizarlos y animarlos. Los invitados seguían retrocediendo, y sólo Pseldonimov permanecía ante él encogido, sin entender nada todavía y sin asomo de sonreír. En suma, aquello era bochornoso. En ese momento nuestro héroe sintió tal congoja que su invasión, al estilo de Harun-al-Rashid, de la casa de su subalterno, hecha por fidelidad a ciertos principios, pudiera en efecto reputarse hazaña heroica. De pronto, sin embargo, apareció junto a Pseldonimov una pequeña figura haciendo reverencias. Con gozo inexpresable y aun con alivio, Ivan Ilich reconoció al instante al oficial mayor de su departamento, Akim Petrovich Zubikov, a quien por supuesto no trataba personalmente, pero de quien sabía que era funcionario competente y hombre de pocas palabras. Se levantó inmediatamente y alargó la mano a Akim Petrovich, la mano entera y no dos dedos solamente. Este la cogió entre las dos suyas con el más profundo respeto. El general había triunfado; quedaba zanjado el peligro.

Y, en efecto, Pseldonimov había pasado por así decirlo de segunda a tercera persona. Para el relato de lo ocurrido esa noche el general podía dirigirse al oficial mayor, tomándole, si era necesario, por amigo y aun por amigo íntimo, en tanto que Pseldonimov se limitaría a callar y temblar de respeto. De este modo quedarían cubiertas las apariencias. El relato era indispensable; así lo pensaba Ivan Ilich. Se percataba de que todos los invitados estaban a la espera de algo, de que incluso la gente de casa se agolpaba a las dos puertas, casi trepando unos sobre otros para ver y oír lo mejor posible. Lo lamentable era que el imbécil del oficial mayor seguía sin sentarse.

—¡Vamos, hombre! —exclamó Ivan Ilich señalándole desmañadamente un sitio junto a él en el diván.

—Perdone, señor... estoy bien aquí... —y Akim Petrovich se apresuró a sentarse en una silla que le trajo en volandas Pseldonimov, quien permanecía obstinadamente de pie.

—Figúrese el caso —empezó diciendo Ivan Ilich y dirigiéndose exclusivamente a Akim Petrovich con voz algo trémula, pero ya desenvuelta. Incluso arrastraba las palabras, silabeando y pronunciando la vocal a como si fuera e, en suma, dándose plena cuenta de que hablaba con afectación, pero ya sin lograr dominarse; estaba en poder de una fuerza extraña. En esos momentos se dio cuenta de muchas cosas, y muchas de ellas penosas.

—Figúrese usted que vengo ahora de casa de Stepan Nikiforovich Nikiforov... habrá oído hablar de él... el consejero privado. El que está en esa comisión...

Respetuosamente, Akim Petrovich inclinó adelante su cuerpo entero como diciendo: ¿Quién no ha oído hablar de él?

—Ahora es vecino tuyo—prosiguió Ivan Ilich dirigiéndose momentáneamente a Pseldonimov por decoro y para mostrar desembarazo, pero volviéndose en seguida al notar por los ojos de Pseldonimov que a éste le era indiferente lo que había oído.

—El viejo, como sabe usted, soñó toda su vida con comprarse una casa... Pues bien, la ha comprado. Y una casa preciosa. Sí... Y da la casualidad de que hoy es el día de su cumpleaños. Nunca antes lo ha celebrado; más aún, nos lo ocultaba a todos yguardaba el secreto por tacañería, ¡je, je! Y ahora está tan contento con la casa nueva que nos invitó a mí y a Semion Ivanovich. Ya sabe usted: Shipulenko.

Akim Petrovich volvió a inclinarse. ¡Se inclinó con verdadero afán! Ivan Ilich sintió un poco más de alivio. Con todo, se le ocurrió la idea de que el oficial mayor quizá sospechaba que en esos instantes servía de indispensable punto de apoyo a Su Excelencia. Esto sería aún más bochornoso.

—Pues bien, allí pasamos el rato los tres. Nos sirvió champaña y charlamos de cosas del oficio... de esto, de aquello y de lo de más allá... de varios asuntos... Llegamos incluso a discutir... ¡je, je!

Akim Petrovich levantó las cejas respetuosamente.

—Pero no se trata de eso. Me despedí por fin de él, porque el viejo es muy puntual; se acuesta temprano, por la edad, ¿sabe usted? Salgo a la calle... y no veo a Trifon, mi cochero. Pregunto, intrigado, dónde habrá dejado Trifon el coche y me entero de que, creyendo que yo pasaría más tiempo en la visita, había ido a una boda de una madrina suya o de una hermana... quién sabe adonde... Por aquí, por la banda de Petersburgo. Y, como si eso no bastara, se había llevado el coche también.

Una vez más, y por cortesía, el general se volvió a Pseldonimov, quien al instante se agachó, pero no tanto como hubiera sido necesario ante un general. «Es antipático y duro de corazón », fue la idea que cruzó por la mente de éste.

—¡No me diga! —exclamó Akim Petrovich profundamente asombrado. Un ligero murmullo de sorpresa se hizo oír entre los circunstantes.

—Figúrense ustedes mi situación... (Ivan Ilich los miró a todos). No he tenido más remedio que ir a pie. Pensé que si llegaba hasta el Bolshoi Prospekt encontraría un coche de punto... ¡je, je!

—¡Ji, ji, ji! —contestó respetuosamente Akim Petrovich. Volvió a oírse un murmullo entre los presentes, pero esta vez de regocijo. En ese momento se quebró con estrépito el cristal de una lámpara adosada a la pared. Alguien corrió a remediar el percance. Pseldominov se despabiló y miró severamente la lámpara, pero el general ni siquiera hizo caso y todo volvió a calmarse.

—Pues, nada, que eché a andar... Hace una noche tan hermosa, tan apacible. De pronto oigo música, taconeo, ruido de baile. Pregunto qué ocurre a un guardia municipal: pues que se casa Pseldonimov. Oye, amigo, estás dando una fiesta de aúpa ¡ja, ja! —dijo encarándose una vez más con Pseldonimov.

—¡Ji, ji, ji! Sí señor... —respondió Akim Petrovich. Los invitados volvieron a agitarse, pero lo más absurdo fue que Pseldonimov, si bien hizo otra reverencia, seguía sin sonreír, como si tuviera la cara de madera. «¡Será un mentecato!» pensó Ivan Ilich. «Si este asno sonriera, todo iría sobre ruedas». La impaciencia se enseñoreó de su espíritu.

—Me dije: pues voy a visitar a mi subalterno. De seguro que no me mandará a paseo... Quiérase o no, hay que recibir a los visitantes. Por favor, amigo, perdóname. Si molesto en algo me voy... He venido sólo a echar un vistazo...

Pero poco a poco se había iniciado una conmoción general. Akim Petrovich puso cara afable: «¿Cómopodría usted molestar, Excelencia?» Todos los invitados se agitaban y empezaban a dar señales de desembarazo. Casi todas las señoras estaban ya sentadas, lo que era un síntoma bueno y positivo. Las más atrevidas se daban aire con los pañuelos. Una de ellas, con un vestido de terciopelo raído, hablaba en voz deliberadamente alta. El militar con quien conversaba hubiera querido contestarle en voz más alta aún, pero se contuvo al ver que ellos dos eran los únicos que levantaban la voz. Los varones, en su mayoría funcionarios de baja categoría, salvo dos o tres estudiantes, se miraban unos a otros como invitándose a desahogarse, carraspeaban y hasta comenzaban a moverse en varias direcciones. En realidad, nadie se dejaba intimidar; sólo que todos eran de índole basta y miraban con hostilidad reprimida al individuo que había entrado de rondón a aguarles la fiesta. El militar, avergonzado de su pusilanimidad, empezó a acercarse poco a poco a la mesa.

—Oye, amigo, permíteme que te pregunte tu nombre y patronímico —dijo Ivan Ilich a Pseldonimov.

—Porfiri Petrovich, Excelencia —respondió éste, mirando fijamente delante de sí como si estuviera pasando revista.

—Preséntame a tu joven esposa, Profiri Petrovich... Llévame a ella.... yo...

E hizo por levantarse, pero Pseldonimov salió disparado hacia la sala. De todos modos, la novia estaba allí mismo, a la puerta, pero se escondió no bien oyó que de ella hablaban. Un minuto después la trajo Pseldonimov de la mano. Los invitados se apartaron para dejarles pasar. Ivan Ilich se levantó solemnemente y la recibió con una sonrisa amable.

—Me alegro mucho, pero mucho, de conocerla —dijo inclinándose a medias con ademán aristocrático—, y más aún en un día como éste...

Se sonrió con picardía. Las damas se agitaron de gusto.

Charmée —dijo en voz baja la señora del vestido de terciopelo.

La novia y el novio eran tal para cual. Ella era una muchachita delgada que apenas tendría diecisiete años, pálida, de cara diminuta y nariz puntiaguda. Sus ojos, pequeños y traviesos, no mostraban azoramiento alguno; al contrario, miraban con fijeza y hasta con una punta de malicia. Era evidente que Pseldonimov la había elegido por creerla guapa. Llevaba un vestido de muselina blanca sobre una enagua color de rosa. Era flaca de cuello y tenía un cuerpo de gallina joven, con huesos prominentes. A la acogida que le hizo el general no supo qué contestar.

—Es muy bonita tu novia —prosiguió éste a media voz como si hablara sólo con Pseldonimov, pero de modo que lo oyese ella. Pero Pseldonimov tampoco respondió esta vez y ni siquiera se inclinó. A Ivan Ilich le pareció que los ojos de su subalterno delataban algo frío, recóndito, velado con astucia, algo extraño, siniestro. Sin embargo, había que hacerle expresar alguna emoción a toda costa. Al fin y al cabo, para eso había venido.

«No es mala pareja» —pensó—. «Sin embargo...»

Una vez más se volvió a la novia, que se había sentado junto a él en el diván, pero a las dos o tres preguntas que le hizo, la joven no contestó más que «sí» o «no», y con voz apenas perceptible.

«Si por lo menos no se azorase —prosiguió para sus adentros—, me pondría a bromear con ella. Porque esto no conduce a nada». Como de propósito, Akim Petrovich tampoco despegaba los labios, por pura necedad, pero de todos modos ello era imperdonable.

—¡Señoras y señores! ¿De veras que no les estorbo en sus diversiones? —preguntó a todos los congregados. Sentía que le sudaban hasta las palmas de las manos.

—No se preocupe, Excelencia. En seguida empezamos; ahora... estamos tomando aliento —respondió el militar. La novia miró a éste complacida. El militar era todavía joven y llevaba el uniforme de un oscuro regimiento. Pseldonimov seguía en el mismo sitio, inclinado hacia delante, y parecía adelantar más que nunca su corva nariz. Escuchaba y observaba como lacayo que estuviese esperando, gabán en mano, a que terminaran de despedirse sus amos. Esta fue la comparación que hizo el propio Ivan Ilich, Estaba avergonzado, se sentía violento, horriblemente violento, se le antojaba que la tierra se abría bajo sus plantas, que se había metido en un sitio del que no podía salir, como si anduviera tanteando en las tinieblas.
* * *
De pronto todos se apartaron y apareció una mujer de cierta edad, rolliza y de corta estatura, vestida sencillamente pero con un sí es no es de pretendida elegancia, amplio chal sobre los hombros prendido al cuello y una cofia a la que bien se veía que no estaba habituada. Traía una bandejita redonda con una botella de champaña descorchada, pero aún sin empezar, y dos copas; ni más ni menos. La botella, por lo visto, sólo estaba destinada a dos invitados.

La señora se acercó directamente al general.

—No se ofenda, Excelencia —dijo inclinándose—M Puesto que no nos desdeña y nos honra con su presencia en la boda de mi hijo, le ruego que por favor brinde por los recién casados. No nos niegue ese honor.

Ivan Ilich se aferró a ella como a una tabla de salvación. La señora no era todavía vieja; no pasaría de los cuarenta y cinco o cuarenta y seis años. Y tenía un rostro tan bondadoso, tan sonrosado, tan candoroso, un rostro tan ruso en su redondez, sonreía tan afablemente, se inclinaba con tal sencillez, que Ivan Ilich casi se sintió mejor y empezó de nuevo a concebir esperanzas.

—¿Con qué es usted... la madre... de su hijo? —preguntó levantándose del diván.

—Mi madre, Excelencia —masculló Pseldonimov estirando aún más su largo cuello y avanzando de nuevo la nariz.

—¡Ah! Me alegro mucho de conocerla, pero que mucho.

—No nos desaire, Excelencia.

—Con grandísimo gusto.

Pusieron la bandeja en la mesa y Pseldonimov se apresuró a llenar las copas. Ivan Ilich, que seguía de pie, tomó una.

—Siento en esta ocasión un placer singular —empezó— en poder... en poder... ser testigo de... En una palabra, como jefe de negociado... deseo a usted, señora (y se volvió a la recién casada), y a ti, amigo Porfiri... también te deseo una larga y completa felicidad.

Y no sin cierta emoción apuró la copa que, según la cuenta, era la séptima esa noche. Pseldonimov se puso serio y hasta tétrico. El general empezó a aborrecerle de todo corazón.

«Y, además, ese ganso sigue ahí de plantón —se dijo mirando al militar—. ¿Es que no puede dar un ¡viva! siquiera? La cosa iría como una seda...»

—Usted también, Akim Petrovich, brinde y beba —agregó la señora dirigiéndose al oficical mayor—. Usted es su jefe y él es subordinado suyo. Mire usted por mi hijo; se lo pido como madre. Y en adelante no se olvide de nosotros, amigo Akim Petrovich, como hombre bueno que es usted.

«¡Hay que ver lo espléndidas que son estas rusas viejas!— pensó Ivan Ilich—. Ha logrado animar a todos. Siempre he tenido aprecio por la gente del pueblo...»

En ese momento llegó otra bandeja a la mesa. La portadora era una criada, vestida de percal nuevo y crujiente y crinolina. Tan grande era la bandeja que apenas podía abarcarla con los brazos. En ella venían numerosos platillos con manzanas, bombones, frutas escarchadas, mermeladas, nueces y otras cosas. La bandeja había estado hasta entonces en la sala a disposición de todos los invitados y, en especial, de las damas. Ahora, sin embargo, la traían sólo para el general.

—No desprecie nuestras golosinas. Excelencia. Sírvase lo que guste —repitió la señora inclinándose.

—¡Pues no faltaba más! —respondió Ivan Ilich; y hasta con satisfacción tomó una nuez y la cascó entre los dedos. Había determinado ser popular hasta el fin.

Mientras tanto la novia empezó de pronto a reír.

—¿Qué pasa? —preguntó Ivan Ilich sonriente, gozoso de tales señales de vida.

—Pues nada, que Ivan Kostenkinych me está haciendo reir— respondió ella bajando los ojos.

El general distinguió en efecto a un joven rubio, de aspecto bastante agradable, que trataba de esconderse en una silla que estaba al otro lado del diván y que decía algo en voz baja a madame Pseldonimova. El joven se levantó. Era por lo visto muy tímido y de muy pocos años.

—Le hablaba de «El libro de los sueños», Excelencia —murmuró como disculpándose.

—¿De qué «Libro de los sueños?» —preguntó, indulgente Ivan Ilich.

—Un nuevo «libro de los sueños», señor; muy de fiar, por cierto. Le decía que si ve en sueños al señor Panayev, eso significa que se ha manchado de café la pechera.

«¡Qué inocencia!» pensó Ivan Ilich, y no sin irritación. El mozo, aunque se había puesto colorado al hablar, estaba contentísimo de haber dicho eso del señor Panayev.

—¡Ah, sí, sí! Ya he oído... —repuso Su Excelencia.

—¡No, pero si aún hay algo mejor! —exclamó otra voz junto al propio Ivan Ilich. Se va a publicar una nueva enciclopedia para la que, según dicen, el señor Krayevski escribirá unos artículos. También Alferaki... en fin, literatura difumatoria.

El que había hablado era un joven, pero éste nada apocado, sino harto desenvuelto. Llevaba guantes y chaleco blanco y tenía el sombrero en la mano. No bailaba y se mantenía muy erguido porque era uno de los redactores del periódico satírico El Tizón, presumía de personaje y estaba allí por casualidad, invitado para dar tono por Pseldonimov, con quien se tuteaba y con quien el año anterior había compartido un miserable cuartucho en cierto callejón de la ciudad. Bebía, no obstante, vodka, menester para el que había visitado más de una vez una recóndita habitación trasera de la que todos conocían el camino. Al general no le gustó ni pizca.

—Y eso tiene gracia, Excelencia—de pronto interrumpió con regocijo el joven rubio que había hablado de la pechera y a quien por ello el redactor del chaleco blanco miraba con inquina —tiene gracia, Excelencia, porque el autor supone que el señor Krayevski no sabe ortografía y cree que por literatura «difamatoria» hay que escribir «difumatoria»...

Pero el pobre muchacho apenas pudo terminar. Por los ojos del general entendió que éste ya lo sabía hacía tiempo y que parecía confuso precisamente porque lo sabía. El joven quedó sumamente avergonzado. Logró escurrir el bulto lo antes posible y el resto de la velada lo pasó sumido en melancolía. Como para compensar su ausencia, el desenfadado redactor de El Tizón se acercó más al general con la intención, por lo visto, de sentarse junto a él. Semejante atrevimiento le pareció a Ivan Ilich un tanto presuntuoso.

—¡Oye, Porfiri, explícame por favor —empezó para decir algo—. Hace ya tiempo que quería preguntártelo personalmente. ¿Por qué te llaman Pseldonimov y no Pseudonimov? Porque seguramente te llamas Pseldonimov...

—No puedo contestarle con seguridad, Excelencia —respondió Pseldonimov.

—Eso se debe quizá a que cuando su padre entró en el servicio le cambiaron el nombre en los papeles y se quedó con Pseldonimov —dijo Akim Petrovich—. Eso pasa a veces.

—Sin duda —confirmó el general con vehemencia—, sin duda, porque, juzgue por sí mismo: Pseudonimov viene de la palabra erudita «seudónimo», pero Pseldonimov no significa nada.

—Por ignorancia, señor —agregó Akim Petrovich.

—¿Qué quiere decir con lo de ignorancia?

—La del pueblo ruso, señor; por ignorancia cambia a veces las letras y a menudo pronuncia a su manera. Por ejemplo, hay quien dice paralís en vez de parálisis, como se debe decir.

—Pues sí... paralís, ¡je, je, je!

—También hay quienes dicen cocreta, Excelencia —dijo el militar alto que sentía desde hacía rato la comezón de meter baza.

—¿Qué es eso de cocreta?

Cocreta en vez de croqueta, Excelencia.

—¡ Ah, sí! Cocreta... en vez de croqueta... Pues sí, sí... ¡je, je, je...! —Ivan Ilich se vio obligado a reír también a beneficio del militar.

El militar se arregló la corbata.

—Y hasta hay quienes dicen de vaso —inyectó el redactor de El Tizón. Pero Su Excelencia se esforzó por no oír eso. No era cosa de reírse a beneficio de todo el mundo.

De vaso en lugar de de paso —insistió el redactor con irritación evidente.

Ivan Ilich le miró con severidad.

—¿A qué viene importunarle? —murmuró Pseldonimov al redactor.

—¿Qué es eso de importunarle? Estoy haciendo conversación. ¿Es que ni siquiera puede uno hablar? —A punto estuvo de proseguir la disputa en voz baja, pero guardó silencio y con rabia contenida abandonó la habitación.

Fue derecho al cuarto de atrás, tan acogedor, donde desde el comienzo de la fiesta había estado preparada, para los caballeros que participaban en el baile, una mesita, cubierta con un mantel de Yaroslav, con vodka de dos clases, arenques, caviar en rebanadas de pan y una botella de jerez fortísimo de elaboración nacional. Con el corazón rebosante de furia estaba a punto de servirse un vaso de vodka cuando entró a la carrera el estudiante de medicina del pelo desgreñado, primer danseur y cancanista en el baile de Pseldonimov, quien se lanzó sobre la garrafa con ansia irreprimible.

—¡Empiezan en seguida! —anunció anhelante. Y en tono de mando: —Anda, ven a verlo. Voy a hacer un solo poniéndome cabeza abajo y después de la cena voy a atreverme con un cancán. No es poco para una boda. Será, por así decirlo, un gesto amistoso hacia Pseldonimov... Pero qué estupenda es esa Kleopatra Semionovna. Con ella puede uno atreverse a hacer lo que le venga en gana.

—Es un reaccionario —respondió sombríamente el redactor apurando el vaso.

—¿Quién es un reaccionario?

—Ese individuo al que le han ofrecido la fruta escarchada. ¡Un reaccionario, así como suena!

—¡Anda, que no es para tanto! —masculló el estudiante y salió corriendo del cuarto al oír el ritornello de la cuadrilla.

Al quedarse solo, el redactor se llenó el vaso una vez más para envalentonarse y mostrar su independencia, lo apuró, tomó un bocado y... el consejero de Estado en activo Ivan Ilich nunca tuvo hasta entonces un enemigo tan furibundo y tan tenazmente vengativo como el desdeñado redactor de El Tizón, sobre todo después de dos vasos de vodka. ¡ Ay! Ivan Ilich no tenía la menor sospecha de ello. Tampoco sospechaba otra circunstancia muy significativa que influyó en las ulteriores relaciones de los invitados con Su Excelencia. Se trataba de que, aunque había dado una explicación discreta y detallada de su presencia en la boda de su subalterno, esa explicación no había, en realidad, satisfecho a nadie y los invitados seguían tan cohibidos como antes. Pero inopinadamente todo cambió como por arte de magia, todo el mundo se sintió aliviado y se dispuso a divertirse, areir a mandíbula batiente, a bailar y chillar, como si no estuviera presente el inesperado huésped. Ello se debió a que, sin que se supiera por qué, empezó de pronto a correr el rumor, runrún o noticia de que, por lo visto, el visitante... «estaba un poco... bajo los efectos de...» Y aunque a primera vístase diría que el tal rumor era una vil calumnia, fue tomando poco a poco visos de verdad, con lo que todo quedaba explicado. Todo el mundo respiró libremente. Y he aquí que en ese mismo momento empezó la cuadrilla, la última antes de la cena, aquella en la que el estudiante de medicina tenía tantas ganas de participar.

Y cabalmente cuando Ivan Ilich se volvía de nuevo a la recién casada, intentando ahora quebrantar su timidez con algún chiste, el militar alto se acercó a ella de un brinco y clavó una rodilla en tierra con gesto estrambótico. Al instante ella se puso de pie de un salto y fue corriendo con él a formar fila parala cuadrilla. El militar ni siquiera se disculpó y ella, al irse, ni siquiera lanzó una ojeada al general, como si estuviera contenta de darle esquinazo.

«Al fin y al cabo, está en su derecho» —pensó Ivan Ilich—, «y además no saben lo que es la buena educación».

—Humm, tú, amigo Porfiri, no te andes con cumplidos —dijo volviéndose a Pseldonimov—. Quizá tengas algo que hacer por ahí... con los preparativos... o alguna otra cosa allá dentro... por favor, no te ocupes de mí.

«¿Pero es que está montando la guardia a mi lado?» —se preguntó para sus adentros.

Pseldonimov le resultaba ya inaguantable con su cuello largo y aquellos ojos clavados fijamente en los suyos. Total, que nada de aquello iba como debiera ir, nada en absoluto, pero Ivan Ilich estaba todavía lejos de confesárselo a sí mismo.
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