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FEDOR DOSTOIEVSKI
Un episodio vergonzoso
Este episodio vergonzoso ocurrió justamente en la época en que, con ímpetu tan conmovedor como ingenuo y con brío irresistible, comenzó la regeneración de nuestra amada patria y la marcha afanosa de todos sus heroicos hijos hacia nuevos destinos y esperanzas. Fue entonces, en una clara y gélida noche de invierno, al filo de las doce, cuando encontramos a tres hombres sumamente respetables sentados en una habitación confortable y elegantemente amueblada de una hermosa casa de dos pisos en la banda de Petersburgo y enzarzados en una importante y elevada conversación sobre un tema harto curioso. Los tres llevaban el uniforme correspondiente en la administración pública al grado de general en el ejército. Estaban sentados en torno de una mesita, cada uno de ellos en un excelente y blando sillón, y durante la conversación tomaban con sosegado deleite algún trago de champaña. La botella estaba allí mismo, en la mesita, en una vasija de plata llena de hielo. Lo que ocurría era que el anfitrión, el Consejero Privado Stepan Nikiforovich Nikiforov, viejo solterón de sesenta y cinco años, celebraba su mudanza a una casa recién comprada y, por cierto, también su cumpleaños, que caía precisamente en ese mismo día y que hasta entonces nunca había festejado. Pero el de esa noche no era un convite del otro jueves. Como ya hemos visto, no había más que dos invitados, ambos antiguos compañeros de servicio del señor Nikiforov y ambos antiguos subordinados suyos, a saber: el Consejero de Estado en activo Semion Ivanovich Shipulenko y el también Consejero de Estado en activo Ivan Ilich Pralinski. Habían llegado alrededor de las nueve, habían tomado el té y habían pasado después al vino, sabiendo que a las once y media en punto debían largarse a casa. El anfitrión había sido toda su vida un apasionado de la regularidad. Dos palabras acerca de él: había iniciado su carrera como pobre funcionario de baja categoría; había ido tirando durante cuarenta y cinco años y sabía muy bien hasta qué punto debía esforzarse. No podía aguantar la idea de arrancar estrellas al cielo, aunque ya ostentaba dos en su uniforme, y le desagradaba sobre todo expresar una opinión personal, cualquiera que fuese el motivo. Era honrado, es decir, que no se había visto en el trance de hacer nada concretamente deshonroso. Era soltero porque era egoísta. No tenía pelo de tonto, pero le fastidiaba poner de manifiesto su inteligencia. Sentía especial aversión al desorden y el entusiasmo, que consideraba como inmundicia moral, y en el ocaso de sus años se había sumido por completo en una existencia muelle y perezosa y en una soledad sistemática. Aunque a veces visitaba a sus superiores jerárquicos, no había consentido desde sus años mozos recibir visitantes en su propia casa, y últimamente, si no mataba el tiempo haciendo solitarios, se contentaba con la compañía de su reloj de comedor, escuchando impasible, medio dormido en un sillón, el tictac del instrumento colocado bajo una campana de cristal en la repisa de la chimenea. Era hombre de aspecto muy decoroso. Con su rostro rasurado parecía más joven de lo que era, se cuidaba con esmero, prometía vivir aún largo tiempo y se comportaba como el más cumplido caballero. Su cargo era bastante cómodo: formaba parte de cierta comisión y firmaba papeles; en suma, era considerado como excelente persona. No tenía más que una pasión o, mejor dicho, un ferviente anhelo: ser dueño de su propia casa, y de una casa edificada como residencia de un caballero y no como mera inversión de capital. Su deseo acabó por cumplirse. Anduvo buscando y adquirió una casa en la banda de Petersburgo, bastante alejada por cierto, pero casa con jardín y elegante por añadidura. El flamante propietario estimaba que la distancia era una ventaja. No gustaba de recibir visitas, y para hacer las suyas o ir a trabajar contaba con un lindo carruaje de dos plazas, color de chocolate, con un cochero, Mihei, y con dos caballos pequeños, pero vigorosos y de buena pinta. Todo ello había sido adquirido laboriosamente en cuarenta años de escrupulosa economía, por lo que su corazón rebosaba de gozo al contemplarlo. He ahí por qué, una vez comprada la casa y mudádose a ella, Stepan Nikiforovich sentía tal contento y calma espiritual que hasta tuvo invitados el día de su cumpleaños, aniversario que hasta entonces había ocultado celosamente de sus amigos más íntimos. Con respecto a uno de ellos abrigaba especial intención. En la casa recién adquirida se había reservado el piso superior, y para el inferior, idéntico al suyo, precisaba un inquilino. Stepan Nikiforovich pensaba en Semion Ivanovich Shipulenko y dos veces durante la reunión había hecho recaer la conversación sobre el asunto, pero Semion Ivanovich había dado la callada por respuesta. Era éste un individuo que también se había abierto camino penosa y lentamente. Tenía el pelo y las patillas negros y el rostro de matiz un tanto bilioso. Estaba casado, apegado desabridamente a la vida hogareña, en la que mandaba tiránicamente. Sabía también hasta dónde podía llegar en el escalafón, mejor dicho, hasta dónde no llegaría nunca; tenía un buen cargo y lo ocupaba con mucha firmeza. Miraba el nuevo orden de cosas con cierto rencor, pero sin mayor alarma: estaba muy seguro de sí mismo y escuchaba con una punta de desdén malicioso la perorata de Ivan Ilich Pralinski sobre cuestiones del día. A decir verdad, todos habían bebido algo más de la cuenta, hasta el punto de que el propio Stepan Nikiforovich se mostró condescendiente con el señor Pralinski y entabló con él una ligera discusión sobre las nuevas ideas. Pero digamos unas palabras acerca de Su Excelencia el señor Pralinski y con razón, puesto que él es el principal protagonista de este relato.

Hacía sólo cuatro meses que el Consejero de Estado en activo Ivan Ilich Pralinski era llamado Excelencia, lo que quiere decir que, joven aún, había alcanzado el grado civil correspondiente al generalato. Aunque joven por los años —sólo cuarenta y tres de ellos—, parecía, y le gustaba parecer, aún más joven por su aspecto. Era guapo, de elevada estatura, presumía de vestir bien y de la sobria elegancia de su atuendo, hacía ver habilidosamente la importante condecoración que llevaba al cuello, supo adquirir desde la niñez algunos hábitos del gran mundo y, siendo soltero, soñaba con una esposa rica e incluso de la alta sociedad. Soñaba también con otras muchas cosas, aunque no tenía nada de lerdo. De vez en cuando hablaba por los codos y adoptaba de buen grado posturas parlamentarias. Procedía de una familia de campanillas, era hijo de general y niño mimado; en su tierna infancia andaba vestido de terciopelo y batista. Había asistido a un colegio aristocrático y, aunque no salió de él con muchos conocimientos, había cumplido bien los menesteres de su cargo y ascendido al generalato. Sus jefes le tenían por listo y hasta cifraban esperanzas en él. Stepan Nikiforovich, bajo quien había comenzado y continuado su carrera casi hasta el mismo generalato, nunca le consideró hombre práctico y jamás cifró en él esperanza alguna; pero le agradaba que fuera de buena familia, que contara con medios económicos, a saber, una casa grande que le producía buenos ingresos y para la que tenía un administrador; que estuviera emparentado con gente importante y, sobre todo, que tuviera «presencia». En su fuero interno, Stepan Nikiforovich le acusaba de exceso de imaginación y frivolidad. El propio Ivan Ilich a veces se consideraba a sí mismo vanidoso y hasta quisquilloso en demasía. Cosa rara: de vez en cuando sufría ataques de escrupulosidad morbosa y de algo así como arrepentimiento. Con amargura y secreta congoja se decía que, bien mirado, no había subido tanto como pensaba. En tales momentos llegaba hasta el desaliento —sobre todo cuando se le recrudecían los hemorroides de que padecía—, decía de su vida que era une existence manquée, perdía la fe, por supuesto sólo para sus adentros, perdía incluso sus aptitudes parlamentarias, se tildaba a sí mismo de palabrero y fraseólogo y aunque todo esto, ni que decir tiene, redundaba en honor suyo, no le impedía levantar de nuevo la cabeza media hora después, y envalentonarse y persuadirse con mayor energía y arrogancia de que todavía lograría descollar y llegaría a ser no sólo alto funcionario sino estadista, a quien Rusia recordaría largo tiempo. Llegaba hasta pensar aveces en los monumentos que se alzarían en honor suyo. De esto se puede colegir que Ivan Ilich apuntaba alto, aunque encerraba sus vagos sueños y esperanzas en el fondo de su alma y no sin algún temor. Total, que era buena persona y hasta poeta de espíritu. En los últimos años las rachas morbosas de desilusión le invadían más a menudo. Se había vuelto atrabiliario, receloso, dispuesto a considerar vejatoria cualquier objeción que se le hiciese. La regeneración de Rusia, sin embargo, despertó en él nuevas esperanzas. El generalato les dio cima. Cobró ánimos, levantó cabeza. De pronto empezó a hablar mucho y bien, a hablar de los temas más de moda, que hizo apasionadamente suyos con rapidez inesperada. Buscaba coyunturas para hablar, iba y venía por la ciudad y en muchos sitios llegó a cobrar fama de liberal impenitente, lo que halagaba su amor propio. En la velada a que nos venimos refiriendo, después de apurar la cuarta copa se despachó a sus anchas. Quería hacer cambiar radicalmente de opinión a Stepan Nikiforovich, a quien no había visto en bastante tiempo y a quien hasta entonces había estimado siempre y aun prestado atención. Por algún motivo le consideraba reaccionario y esa noche cayó sobre él con ardor insólito. Stepan Nikiforovich apenas le contradijo y se limitó a escucharle con cautela, aunque el tema le interesaba. Ivan Ilich se fue enardeciendo, y en el calor de la disputa imaginaria levantó el codo más de lo conveniente. Stepan Nikiforovich tomaba la botella y al momento le llenaba la copa, lo que por alguna razón Ivan Ilich empezó a considerar como un insulto, tanto más cuanto que Semion Ivanovich Shipulenko, a quien despreciaba a la vez que temía por su cinismo y malicia, mantenía un astuto silencio, allí junto a él, y sonreía más de lo conveniente. «Se diría que me toman por un chaval» —fue el pensamiento que cruzó por el cerebro de Ivan Ilich.

—No, señor, ya era hora, hace tiempo que ya era hora —prosiguió exaltado—. Se han retrasado mucho y, en mi opinión, el humanitarismo es lo primero, el humanitarismo para con los subordinados, el recordar que también son seres humanos. El humanitarismo lo salvará todo y sacará todo adelante...

—Je, je, je —se oyó del lado donde estaba Semion Ivanovich.

—¿Pero por qué nos está usted reconviniendo? —objetó por fin Stepan Nikiforovich con amable sonrisa. —Confieso, Ivan Ilich, que todavía no acierto a comprender lo que nos está usted explicando. Usted encomia el humanitarismo. Eso significa amor al prójimo, ¿verdad?

—Sí, quizá, si quiere llamarlo amor al prójimo. Yo...

—Permítame. Por lo que colijo, no se trata sólo de eso. El amor al prójimo ha sido necesario siempre. La reforma no se limita a eso. Han surgido problemas con respecto al campesinado, a la magistratura, a la propiedad agrícola, a los arrendamientos, a la moral, a.. a... en fin, un sinfín de problemas, y todo eso junto y planteado a la vez puede dar lugar a grandes, por así decirlo, trastornos. He aquí en lo que andamos retrasados, y no sólo en el humanitarismo...

—Sí, señor, el asunto tiene más miga de lo que parece —observó Semion Ivanovich.

—Bien lo entiendo; y permítame advertirle, Semion Ivanovich, que de ningún modo me resigno a ir a la zaga de usted en lo de comprender la profundidad del asunto —dijo Ivan Ilich con excesiva mordacidad—. Y en cuanto a usted, Stepan Nikiforovich, me permito decirle que tampoco me ha entendido...

—En efecto, no le he entendido.

—No obstante, sostengo y sostendré siempre laidea de que el humanitarismo, y más precisamente el humanitarismo para con los subordinados, desde el oficial de negociado hasta el escribiente, desde el escribiente hasta el criado, desde el criado hasta el campesino—, el humanitarismo, digo, puede servir, por así decirlo, de piedra angular para las reformas y, en general, para la renovación de las cosas. ¿Por qué? Pues verá por qué. Tome el silogismo: soy humanitario, por consiguiente me estiman; me estiman, por consiguiente confían en mí; confían en mí, por consiguiente creen en mí, creen en mí; por consiguiente me estiman... mejor dicho, no, quiero decir que si creen en mí creerán en la reforma, comprenderán, por así decirlo, el meollo mismo del asunto, se abrazarán moralmente, por así decirlo, y lo resolverán todo fundamental y amigablemente. ¿Por qué se ríe, Semion Ivanovich? ¿Es que no lo entiende?

Stepan Nikiforovich alzó las cejas sin decir palabra; estaba atónito.

—Me parece que he trincado algo más de lo debido —dijo Semion Ivanovich con malicia—, y por eso no veo muy claras las cosas. Algo de ofuscación en la cabeza.

Ivan Ilich dio un respingo.

—No estaremos a la altura de las circunstancias —agregó de pronto Stepan Nikiforovich después de una breve reflexión.

—¿Qué es eso de que no estaremos a la altura? —preguntó Ivan Ilich, asombrado de la repentina y brusca observación de Stepan Nikiforovich.

—Pues eso, que no estaremos—. Bien se veía que Stepan Nikiforovich no quería ser más explícito.

—¿Está usted pensando quizá en eso de «vino nuevo en odres viejos»? —inquirió Ivan Ilich con cierta ironía. —Pues no, señor. Yo respondo de mí mismo.

En ese instante dieron las once y media en el reloj.

—Y aquí seguimos sentados como viejos al sol —dijo Semion Ivanovich apresurándose a levantarse de su asiento. Pero Ivan Ilich le tomó la delantera, se incorporó y tomó sugorro de piel de marta que estaba en la repisa de la chimenea. Parecía ofendido.

—¿De modo que pensará usted en ello, Semion Ivanovich? —preguntó Stepan Nikiforovich acompañando a sus invitados.

—¿En lo del piso? Lo pensaré, lo pensaré.

—Y dígame lo que decida cuanto antes.

—¿Todavía hablando de negocios? —comentó el señor Pralinski con cierto tono de adulación y jugando con el gorro. Le parecía que se olvidaban de él.

Stepan Nikiforovich arqueó las cejas y guardó silencio en señal de que no detendría a sus visitantes. Semion Ivanovich se despidió con prisa.

«Bueno... allá vosotros... si no sabéis lo que es la simple cortesía» —dijo para sí el señor Pralinski; y con estudiada soltura alargó la mano a Stepan Nikiforovich.

En el vestíbulo Ivan Ilich se arropó en su ligero y costoso gabán de pieles, tratando de no fijarse en el de castor raído de Semion Ivanovich, y ambos bajaron juntos la escalera.

—Se diría que nuestro viejo estaba ofendido —insinuó Ivan Ilich al silencioso Semion Ivanovich.

—No. ¿Por qué habría de estarlo? —respondió éste con tranquila frialdad.

—¡Servilón! —pensó Ivan Ilich para sus adentros.

Cuando bajaron del porche se acercó el trineo de Semion Ivanovich con su jamelgo gris.

—¡Demonio! ¿Dónde habrá dejado Trifon mi coche? —gritó Ivan Ilich al no ver su vehículo.

Buscó por todos lados; el coche no aparecía. El criado de Stepan Nikiforovich no tenía idea de dónde podría estar. Preguntaron a Varlam, el cochero de Semion Ivanovich, y la respuesta fue que Trifon había estado allí todo ese tiempo, juntamente con el coche, pero que ahora no estaban ni el uno ni el otro.

—¡Vergonzoso! —exclamó el señor Shipulenko— ¿Quiere que le lleve?

—¡Qué sinvergüenza! —gritó rabioso el señor Pralinski—. El canalla me pidió permiso para ir a una boda, aquí en la banda de Petersburgo; una madrina suya, a lo que parece, que se iba a casar ¡mal rayo la parta! Le prohibí rotundamente que se largara. ¡Apuesto a que ha ido allá!

—En efecto, señor, ha ido allá; pero prometió estar de vuelta en un tris, es decir, estar de vuelta a tiempo.

—¡Con que sí! ¡Ya me lo suponía! ¡Cuando le eche mano...!

—Lo mejor será que le sienten la mano un par de veces en la comisaría del distrito; así aprenderá a obedecer órdenes —dijo Semion Ivanovich envolviéndose en la manta del trineo.

—¡Por favor, no se preocupe, Semion Ivanovich!

—¿Con que no quiere que le lleve?

—No, merci, buen viaje.

Semion Ivanovich partió e Ivan Ilich, en estado de aguda irritación, tomó a pie por la acera de madera.
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