Esther Vilar El varón domado Este libro está dedicado






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EL VARÓN DOMADO

ESTHER VILAR


ESTHER VILAR ha dado media vuelta a la marcha emancipatoria el Señor es la mujer. Ella doma al hombre con traidores trucos para hacer de él un esclavo sumiso, y lue­go lo lanza afuera, a la vida hostil, para que gane dinero. «Como contra­prestación» le pone «la vagina a su disposición a intervalos regulares»...

Así de impetuosa e hirientemente, pero con algún encanto,resuelve Esther Vilar el arcaico enigma teji­do en torno al mundo de la Mujer, y desenmascara a sus compañeras de sexo como a unas empedernidas ex­plotadoras que obtienen su buen capital de la mera anatomía (Der Spiegel, Hamburgo).
Un libro brillantemente escrito, divertido, provo­cador (Neue Ruhr Zeitung, Essen).
Esther Vilar mueve a contradecirla en muchas de sus heterodoxas ideas. Pero, sinceramente hablando, no es posible contradecirla (Abendzeitung, Munich).
La llaman «el Karl Marx de los hombres (Kõlner Stadtanzei­ger, Colonia).
Sea dicho en voz baja a los varones: no hay que dejar de leer lo que dice la Vilar sobre la relación de las mujeres entre ellas (Der Tagesspiegel, Berlín).
La pri­mera defensora de los derechos del varón que aparece en la escena lite­raria (la Televisión Alemana en el programa Titel, Thesen, Tempera­mente).
La Vilar tiene una cosa en común con la música de Wagner le es muy difícil al que la escucha mantenerse neutral. Está a favor o está en contra. Contagiado por la cólera de la autora, el lector no pue­de sino convertirse en vilarista o antivilarista (Deutsches Allgemeines Sonntagsblatt, Hamburgo).
Si toda­vía hubiera gente que leyera por divertirse, este libro tendría que ser un bestseller (Sebastián Haffner).

ESTHER VILAR nació en Buenos Aires en 1935, de padres emigrados de Alema­nia. Ha vagabundeado por media Amé­rica, Africa y Europa, de secretaria, obrera industrial, vendedora, intérprete y representante. Obtuvo un grado en medicina y llegó a Alemania con una beca; allí estudió sociología y trabajó de médico ayudante en un hospital. Además de El varón domado, ha publi­cado El verano que siguió a la muerte de Picasso (teatro), Hombre y muñeca (novela-comic) y Sobre la fuerza de la estupidez (ensayo).

Esther Vilar


El varón domado

Este libro está dedicado


a las personas que no aparecen en él:

a los pocos hombres que no se dejan amaestrar

y a las pocas mujeres que no son venales.

Y a los seres afortunados que no tienen valor mercantil,

por ser demasiado viejos, demasiado feos o demasiado enfermos.
E. V.


Dos advertencias del traductor:

1ª: El alemán dispone de un término simple (‘Mensch’) para el concepto de “ser humano”, y de otro (‘.Mann’) para el concepto de “ser humano varón”. Las lenguas latinas tienen que contentarse con el derivado de ‘homo’, que, trá­tese de ‘uomo’, ‘homme’, ‘home’, ‘hombre’, etc., dice él solo, según los casos, “Mensch” o “Mann”. Avergoncémonos. Y resolvamos el problema usando oscilantemente -pero sin posibilidad de confu­sión- ‘hombre’, ‘varón’, ‘ser humano’ e incluso (creo que sólo una vez) ‘Homo sapiens’. ‘Mujer’ no tiene problema. Porque, aun cuando los alemanes disponen, también en este caso, de un matiz para nosotros desconocido -‘Weib’, neutro, la mujer en cuanto hembra de la especie Homo sapiens, y ‘Frau’, femenino, la mujer en cuanto compañera del (hoy degradado) ‘Herr’, señor-, en este caso el matiz es feudalizante y son ellos los que se tienen que avergonzar.

2ª: “Der dressierte Mann” significa literalmente “el varón amaes­trado”.

Con el galicismo “dressieren” los alemanes designan la actividad de amaestrar animales, salvajes o domésticos, principalmente para el circo; pero también el corriente amaestramiento de los perros, por ejemplo, para que realicen actividades o adopten postu­ras más o menos caricaturescamente humanas. Por lo tanto, “el va­rón amaestrado” habría sido traducción más literal del título alemán.

Pero el sustantivo correspondiente al verbo ‘dressieren’ - ‘Dres­sur’ - significa, en general, el arte del domador y su efecto. En castellano decimos domador, no amaestrador. Consiguientemente, ‘Dressur’ se debe traducir por ‘doma’. Ocurre, además, que el arte del domador incluye, junto con el primario y básico dominar, tam­bién el amaestrar. Por donde “amaestramiento” se puede conside­rar incluido en la comprehensión de “doma”. Por último—en enunciación y en importancia-: siendo el de traducir un oficio hecho principalmente de represión, y siendo particularmente represiva la traducción de este libro, me ha pare­cido peligroso para mí imponerme la represión ulterior de renunciar a retorcer -por lo demás, con completa fidelidad a la autora- la habitual traducción castellana del título de la comedia de Shakes­peare (La fierecilla domada). Eso sin olvidar el viejo y cruel roman­ce castellano del mismo tema luego dramatizado por Shakespeare. Etcétera. El varón domado quiere decir, pues, “el varón domado con amaestramiento”. Y en la traducción se usa ‘doma’ connotando conscientemente también “amaestramiento”.MÁXIMO ESTRELLA

De la felicidad de los esclavos

El MG amarillo limón se inclina y da bandazos. La mujer -joven- que lo conduce lo frena sin demasia­da prudencia, baja de él y descubre que la llanta delan­tera izquierda está en el suelo. No pierde un instante en tomar medidas para la reparación de la rueda: inmediatamente lanza miradas a los coches que pasan, como si esperara a alguien. No tarda en detenerse una furgoneta, al percibir su conductor esa señal de desam­paro femenino recogida por todos los códigos («débil mujer abandonada por la técnica masculina»). El con­ductor nota al instante lo que hay que hacer. «Ense­guida estará», dice consoladoramente, y, como prueba de su resolución, pide a la accidentada que le dé el gato. No le pregunta siquiera si ella misma sería capaz de cambiar la rueda: ya sabe que no lo es (la mujer tendrá unos treinta años, va vestida a la moda y bien maquillada). Ella no encuentra gato alguno en su MG, razón por la cual el de la camioneta va a por el suyo; de paso se trae más herramientas, por si acaso. Le bas­tan cinco minutos para solventar el asunto y colocar la rueda pinchada en el lugar previsto en el MG. Tiene las manos manchadas de grasa. La mujer le ofrece un pañuelito bordado que él rechaza cortésmente. Siempre tiene a mano en la caja de herramientas un trapo y gasolina, precisamente para casos así. Ella da las gra­cias exuberantemente y pide perdón por su torpeza «tí­picamente femenina». Si él no hubiera pasado por allí -declara- se habría tenido que quedar probablemen­te hasta la noche. Él no contesta, sino que, una vez que ella se ha sentado de nuevo ante el volante, le cie­rra con delicadeza la puerta y aún le aconseja por la ventanilla, que ella ha bajado, que cambie pronto el neumático pinchado. Ella contesta que lo hará aquel mismo día en la estación de servicio a la que suele ir. Y arranca.

El hombre ordena las herramientas en la caja y se vuelve hacia la camioneta, lamentando no poder lavarse las manos. Tampoco lleva tan limpios los zapatos, pues para cambiar la rueda ha tenido que chapotear en una zona de barro; y su trabajo -es representan­te- requiere calzado limpio. Tendrá que darse prisa si quiere alcanzar al cliente que sigue en su lista. Pone el motor en marcha. «Estas mujeres» -va pensando­ «no se sabe nunca cuál es la más tonta”; y se pregunta en serio qué habría hecho aquélla si él no hubiera pasado por allí. Acelera imprudentemente -muy con­tra su costumbre- con objeto de recuperar el retra­so que lleva. Al cabo de un rato empieza a tararear algo en voz baja. Se siente feliz de alguna manera.

La mayoría de los hombres se habría portado de ese modo en la misma situación; y también la mayoría de las mujeres: sobre la sencilla base de que el hom­bre es un hombre y ella es algo enteramente distinto, a saber, una mujer, la mujer hace sin el menor escrú­pulo que el varón trabaje para ella siempre que se presenta la ocasión. La mujer de nuestro incidente no habría podido hacer más de lo que hizo, esperar la ayuda de un hombre; porque lo único que ha aprendido a propósito de averías automovilísticas es que hay que cargar la reparación a un hombre. En cambio, el hom­bre de nuestra historieta, que soluciona velozmente, con conocimiento y gratis el problema de una persona desconocida, se ensucia el traje, pone en peligro la conclusión de su trabajo del día y, al final, se pone en peligro incluso él mismo por la necesidad de correr exageradamente, habría podido arreglar una docena más de averías del coche, aparte de la de la rueda, y lo habría hecho si ello hubiera sido necesario: para algo ha aprendido a hacerlo. ¿Y por qué se va la mujer a ocupar de reparaciones si la mitad del género humano -los varones- lo sabe hacer tan bien y está tan dis­puesta a poner sus capacidades a disposición de la otra mitad?

Las mujeres hacen que los varones trabajen para ellas, piensen por ellas, carguen en su lugar con todas las responsabilidades. Las mujeres explotan a los hom­bres. Y, sin embargo, los varones son robustos, inteligentes, imaginativos, mientras que las mujeres son dé­biles, tontas y carecen de fantasía. ¿Cómo es que, a pesar de ello, son las mujeres las que explotan a los hombres, y no a la inversa?

¿Será, tal vez, que la fuerza, la inteligencia y la imaginación no son en absoluto condiciones del poder, sino de la sumisión? ¿Que el mundo esté gobernado no por la capacidad, sino por los seres que no sirven más que para dominar, o sea, por las mujeres? Mas, de ser así ¿cómo consiguen las mujeres que sus víctimas no se sientan humilladas y engañadas, sino como lo que en modo alguno son, como dueños, como «señores»? ¿Cómo consiguen las mujeres inspirar a los varones ese sentimiento de felicidad que experimentan cuando trabajan para ellas, esa consciencia orgullosa de su su­perioridad que les espolea a rendir cada vez más?

¿Cómo no se desenmascara nunca a las mujeres?

¿Qué es el varón?

¿Qué es el varón? El varón es un hombre o ser hu­mano que trabaja. Con ese trabajo se alimenta a sí mismo, alimenta a su mujer y a los hijos de su mujer. Una mujer es, por el contrario, un hombre (un ser hu­mano) que no trabaja, o que sólo trabaja transitoria­mente. La mayor parte de su vida se la pasa sin ganar­se su alimentación ni la de sus hijos, por no hablar ya de la de su varón.

La mujer llama masculinas o viriles a todas las cua­lidades del hombre que son útiles para ella, y femeni­nas a todas las que no le sirven para nada ni sirven para nada a nadie. Por eso el aspecto externo de un varón no tendrá éxito entre las mujeres más que si es viril, o sea, más que si armoniza plenamente con el único objetivo de la existencia del varón, que es el tra­bajo, y si tiene tal complexión que puede enfrentarse siempre con cualquier tarea que se le eche.

Salvo durante la noche—en la cual la mayoría de los varones viste pijama a rayas de colores con un máximo de dos o tres bolsillos-, los hombres mascu­linos llevan siempre una especie de uniforme gris o marrón, hecho de material duradero y sufrido contra la suciedad. Estos uniformes o «trajes», como se les llama, tienen por lo menos diez bolsillos, en los cuales el varón lleva siempre consigo, al alcance de la mano, los medios imprescindibles de su trabajo. (En cambio, el atuendo de la mujer no tiene bolsillos, ni de día ni de noche, porque la mujer no trabaja.)

Con ocasión de reuniones sociales se permite al varón vestirse de un color menos sufrido: el negro. Pero es que en esas ocasiones el peligro de ensuciarse no es grande y, además, el negro contribuye a realzar la gloria cromática del vestido de la mujer. De todos modos, se acepta gustosamente en esas fiestas la pre­sencia -escasa- de hombres vestidos de verde o hasta de rojo, porque contribuyen a que resalte la negra virilidad de los varones verdaderos que asisten a la fiesta.

El varón se ha adaptado a su situación en todo el resto de su aspecto. Lleva el cabello cortado de tal modo que baste con un cuarto de hora cada dos o tres semanas para tenerlo suficientemente cuidado. Mecho­nes, ondas y tintes son de rechazar: le estorbarían en el trabajo, que muchas veces realiza al aire libre o que a menudo le obliga a pasar buenos ratos en él. Y aun­que llevara ondas, mechones o tinte y aunque le sen­taran muy bien, no aumentarían su éxito entre las mu­jeres, pues éstas -a diferencia de lo que hacen los varones con las mujeres- no estiman nunca a los hom­bres desde puntos de vista estéticos. Los varones que por algún tiempo se cortan el pelo según el individua­lismo de su gusto suelen notar esa circunstancia, gene­ralmente al cabo de poco tiempo, y vuelven más o menos precipitadamente a alguna de las dos o tres va­riantes de los cortes de pelo standard masculinos, en la versión corta o en la versión larga. Lo mismo se pue­de decir de los barbudos. Barba de verdad, barba lo que se dice completa, cerrada, no la llevan durante mu­cho tiempo más que hombres hipersensibles, general­mente individuos más o menos intelectuales que in­tentan fingir robustez del intelecto mediante una barba indomeñada. Las mujeres toleran esas barbas, porque constituyen una alusión nada despreciable a la consti­tución y al temperamento de sus portadores y, por lo tanto, un indicador de su utilización posible, una señal útil para la mujer (ese indicador manifiesta, en efecto, cuál es el terreno en que resultará más fácil explotar a sus portadores: es el terreno del trabajo neurótico de los intelectuales).

Pero, por regla general, el varón utiliza todas las mañanas durante tres minutos una máquina de afeitar eléctrica para poner coto al crecimiento de la barba; y para el cuidado de la piel le basta con agua y jabón, pues lo único que se exige a su rostro es que esté lim­pio y sin maquillar, o sea, que todo el mundo lo pueda controlar. Aún habría que hacer mención de las uñas del hombre: han de estar todo lo recortadas que lo requiera el trabajo.

Un varón viril no lleva joyas (aparte del anillo de bodas, indicador de que ya hay una mujer determi­nada que lo utiliza de un modo determinado). El reloj de pulsera, grande y grosero (impermeable, antichoque y con ventanilla para la fecha) no es un objeto de lujo, verdaderamente. A menudo se lo ha regalado la mujer para la que trabaja.

La ropa interior, las camisas y los calcetines del varón viril obedecen a reglas tales que a lo sumo se diferencian de los de otro varón viril por la talla. Se pueden comprar en cualquier tienda sin perder tiempo alguno. El varón podría disponer de cierta libertad en la elección de corbata, pero como no está acostumbra­do a ninguna forma de libertad, suele confiar esta elec­ción -como la de todas las demás piezas de su vestua­rio en general- a la mujer.

Pese a lo mucho que se parecen en cuanto a su ex­terior -un observador de algún astro lejano tendría que sospechar que ponen el mayor celo en parecerse como las gotas de agua-, el modo como los varones ponen a prueba su virilidad -o sea, su utilizabilidad para los fines de las mujeres- suele diferir grande­mente. Y tiene que hacerlo, por fuerza tiene que pre­sentarse en muchas formas, porque, como las mujeres no trabajan apenas, los hombres son necesarios para todas las diversísimas cosas.

Hay varones que alrededor de las ocho de la ma­ñana sacan cuidadosamente del garaje, con sesudas maniobras, un enorme modelo limousine. Otros salen una hora antes hacia su lugar de trabajo en un coche de precio medio; otros se ponen en marcha, cuando todavía es noche cerrada, con una vieja cartera en la mano (cartera que contiene un guardapolvo o un mono y algún bocadillo envuelto en papel grasiento o, en el mejor de los casos, metalizado), camino del autobús, del tren o del metro, y llegan así hasta la obra o la fábrica en la que trabajan. Un destino despiadado ha dispuesto que los del último grupo, los varones más pobres de la tierra, sean encima explotados por las mujeres menos atractivas del planeta. Pues, como lo único que en el hombre importa a las mujeres es el di­nero y lo único que de las mujeres importa a los varones es el aspecto externo, las mujeres más deseables del ambiente de los hombres de mono y bocadillo les son siempre arrebatadas por varones de mayor renta personal.
Independientemente de lo que un varón haga duran­te el día, tendrá siempre en común con todos los demás una cosa: pasa el día humillado. Y acepta la humilla­ción no por sí mismo, para la manutención de su sola vida -pues para eso le bastaría con un esfuerzo muy inferior (ya que los varones no dan ningún valor al lujo)-, sino por otros, y además se enorgullece des­medidamente de humillarse por otros. Encima de su escritorio tiene siempre las fotos de su mujer y de sus hijos, y en cuanto que se presenta la ocasión se las enseña con orgullo a todos los colegas que se le pongan a tiro.

Haga lo que haga, ya ponga cifras en columnas, ya trate enfermos, ya conduzca un autobús, ya dirija una empresa, el varón es constantemente parte de un gi­gantesco sistema despiadado dispuesto única y exclusivamente para su explotación máxima; y hasta su muerte queda entregado a ese sistema.

Eso de tabular cifras y comparar sumas con sumas puede ser interesante. Pero ¿por cuánto tiempo? ¿Por toda la vida? Seguro que no. También puede ser una experiencia estupenda eso de conducir un autobús por toda una gran ciudad. Pero ¿lo sigue siendo si ocurre todos los días, en la misma ciudad, en la misma línea y acaso hasta con el mismo autobús? Y sin duda es muy atractivo tener poder sobre los muchos seres hu­manos de una gran empresa. Pero ¿qué pasa cuando se llega a descubrir que uno es más prisionero de la empresa que dominador de ella?

¿Seguimos practicando los juegos que nos divertían de niños? Claro que no. Ni siquiera de niños jugamos siempre al mismo juego, sino sólo mientras nos divir­tió. Mas el varón es como un niño que tuviera que jugar eternamente al mismo juego. Y la causa está a la vista en la medida en que se le elogia más cuando juega a uno determinado de sus juegos que cuando juega a los demás, se va especializando en aquél, y como entonces resulta que está «dotado» para ese juego -o sea, que es el juego en el que más dinero puede ga­nar-, se ve condenado a jugarlo toda su vida. Si en la escuela resultó buen alumno de aritmética, se pasará la vida haciendo cuentas -según los casos, en condición de contable, de matemático o de programador-, pues por ahí anda su rendimiento máximo. Calcula­rá, pues, tabulará cifras, alimentará máquinas que tabulen cifras, pero nunca podrá decir: «Bueno, ahora basta, me voy a buscar otra cosa.» La mujer que le ex­plota no permitirá que se busque realmente otra cosa. Lo más probable es que, aguijoneado por esa mujer, as­cienda a través de pugnas asesinas en la jerarquía de los tabuladores y llegue a apoderado o incluso a direc­tor de banco. Pero ¿no será un poco elevado el precio que paga por sus ingresos?

Un hombre que cambia de modo de vida -o sea, de oficio, puesto que vivir es para el varón trabajar­- se considera poco de fiar. Y si cambia varias veces de vida-oficio, la sociedad le excluye y le deja solo. Por­que la sociedad son las mujeres.

El miedo a esa consecuencia tiene que ser conside­rable: ¿Iba en otro caso un médico (aquel chiquillo que se divertía manipulando renacuajos con los fras­cos de conserva de su madre) a pasarse la vida entera cortando tumores repulsivos, dictaminando sobre ex­creciones humanas de todas clases y contemplando día y noche seres humanos ante cuyo aspecto cualquier otro varón (de otro oficio) saldría corriendo? ¿O sopor­taría un pianista (aquel chiquillo que se divertía ha­ciendo música) la obligación de tocar por milésima vez en su vida ese determinado Nocturno de Chopin? Y un político -aquel chiquillo que descubrió uña vez, casualmente, en el patio del instituto, el manojo de trucos que bastan para dirigir seres humanos y los practicó divertido- ¿iba a aguantar de adulto durante décadas ese trabajo suyo de ir soltando frases vacías en papel de funcionario subalterno, gesticulando según lo convenido, y la charlatanería no menos temible de sus no menos subalternos competidores? En otro tiem­po había soñado con otra vida. Pero aunque por ese camino llegara a Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, ¿no habría pagado demasiado caramen­te el empleo?

No, no se puede creer que los varones hagan todo eso que hacen por su gusto y sin sentir nunca ganas de cambiar de oficio. Lo hacen porque fueron domados, domesticados, amaestrados para ello: toda su vida es una desconsoladora sucesión de gracias de animal amaestrado. El varón que deja de dominar esas gra­cias, que empieza a ganar menos dinero, ha «fracasa­do» y lo pierde todo: mujer, familia, casa, hasta el sentido de la vida. Y, desde luego, todo cobijo del alma en el mundo.

También se podría decir, ciertamente, que un hom­bre que deja de ganar el dinero suficiente queda auto­máticamente libre y podría alegrarse de ése su happy­-end personal. Pero el varón no quiere ser libre. Como veremos más adelante, el varón funciona según el mo­delo del placer de la

ilibertad. La pena de libertad per­petua le sería más terrible que su normal, perpetua es­clavitud.

Dicho de otro modo: el varón busca siempre alguien o algo a que poder esclavizarse, pues sólo se siente cobijado si es esclavo. Y su elección suele recaer en la mujer. Pero ¿quién o qué es la mujer para que el va­rón, que le debe precisamente esa vida deshonrosa y la explotación en regla a que está sometido, se esclavice a ella y se sienta cobijado precisamente junto a ella?

¿Qué es la mujer?


Hemos dicho que, a diferencia del varón, la mujer es un hombre que no trabaja. Bastaría con eso para de­finir a la mujer -porque no hay, realmente, mucho más que decir sobre ella-, si no fuera porque el con­cepto de hombre, en el sentido de homo, ser humano, es demasiado amplio e impreciso para utilizarlo como gé­nero próximo tanto en la definición del varón como en la de la mujer.

La existencia humana ofrece la elección entre un ser más animalesco -bajo, pues: parecido al de los demás animales- y un ser espiritual. La mujer escoge sin dis­cusión la existencia animalesca. Para ella los bienes supremos son el bienestar físico, un nido y la posibi­lidad de practicar en él, sin molestias, sus reglas de incubación y crianza.

Se considera probado que los varones y las muje­res nacen con las mismas predisposiciones intelectua­les, esto es, que no hay ninguna diferencia primaria en­tre las inteligencias de los dos sexos. Pero no menos probado está que las predisposiciones que no se ejer­citan y desarrollan se atrofian: las mujeres no ejerci­tan sus disposiciones intelectuales, arruinan caprichosamente su aparato pensante y, tras unos pocos años de irregular training del cerebro, llegan finalmente a un estadio de estupidez secundaria irreversible.
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