Calendario de otoñO






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Condenado




Condenado a la dura paradoja

de envejecer mientras estoy creciendo,

de revivir mientras estoy muriendo,

de que quien me enriquece me despoja.
Condenado a la hiriente paradoja

de apartarme del gozo que pretendo,

de dar lección de temas que no entiendo,

de andar seguro por la cuerda floja.
Condenado a vivir:

a ser alma de afanes infinita

y mancha de materia que se agita.
Condenado a morir:

a ser por siempre tierra de la tierra

y ángel de luz que por los cielos yerra.


35
La escritura

Nada de lo que digo vale nada,
mas todo lo que escribo vale algo.
Lo que escribo, ya digo; yo no valgo
sino lo que mi voz documentada.

Está perdida la palabra dada
a los aires, al viento: échale un galgo.
Por ello sólo con palabras salgo
de mí cuando aseguro la posada.

En papel o en pantalla: que si abierto
quedó para esta especie su futuro
cuando halló la escritura,


al hallar Internet, también es cierto
que derribó un gran muro
para iniciar una más vasta singladura.

36

Playa hasta las once




De la mañana, por supuesto.
”¡Abrimos, son las siete!”, dice Apolo,
o la Aurora, de azafranados bucles a juego con el peplo.
Y entran en la primera tanda de clientes
de la playa las personas mayores, los abuelos.
Pasean por la orilla,
se meten en el agua muy despacio

y, a medias remojados, conversan entre ellos apacibles.
Con su hatillo a la espalda

enganchado en la punta del bastón,

pasa un hombre bajito, camina decidido por la arena.
Estampas migratorias nos recuerda
de los años cuarenta.
¿Qué lleva en el hatillo? La camisa y las chanclas.
No son cuerpos ni bellos ni garbosos estos cuerpos
llenos de humanidad.
Muy humana igualmente la esbelta jovencita que se acerca;
se ha colado en un turno que no le corresponde
con el conque de pasear a sus caniches. Lleva
amarrado y sujeto al más pequeño
y suelto al otro: ella sabrá por qué.
El agua está tirando a fría. No hace viento.
Los olores del mar y los del monte se mezclan en el aire.
De naranja y azul,
bronceados, atléticos y jóvenes,

van llegando a las once

los bellos e indolentes socorristas.

Comienzan su servicio con el segundo turno de bañistas.

Seguramente piensa la autoridad municipal

que no los necesitan los mayores,

que no hay mejor socorro para ellos
que el del benigno sol, que el del agua marina
en esta mansedumbre de la orilla.

37
Los pasos del poeta

Tiene escrito un poema Marzal en el que alza

una hermosa experiencia, por demás impensable

en poeta español antes de los setenta

de nuestro siglo XX: practicante del footing,

avanza por caminos de sierra, allá en su pueblo,

un día de tormenta.

Sus huellas se borraban en la lluvia

al levantar el pie; pero sus versos

durarán algo más.

38
Indevoto

Por cada devoción

que no siento,

¡cuánto placer

me pierdo!
Llega el torneo final

del gran trofeo mundial

de fútbol.

¡Y a mí que tanto me da!
Por cada devoción

que no siento…
El Papa gana Valencia

y canta la Cristiandad

que este pacífico Cid

hasta el cielo nos guiará.

¡Y a mí que tanto me da!
Por cada devoción

que no siento,

¡cuánto aburri-

miento!

39
Quisque ad suum
A Borja Molina Dueñas
Es lunes y es verano. Terminado

el Mundial de Alemania dos mil seis.

El Papa ha vuelto a Roma. Y ya veis:

cada cual a su oficio ha regresado.
Yo vuelvo a lo que soy aficionado:

pasear y leer; loqui de meis

peccatis in his versibus que haréis

muy bien en ignorar: no soy Machado.
Mi pecado de hoy es la holganza

(aspírese la hache): hago el vago.

Suena la nobilísima romanza
de grúas, camiones, compresores,

mientras yo leo versos, o los cago

cual cigarra que imita a ruiseñores.


40
Otoño

Miserias y penurias de la vida,

cuánto os hacéis presentes

en la edad otoñal.

Mas tendremos paciencia; que la vida no es

sino larga dolencia (y eso cuando es larga).

Y además quién podría

ignorar la belleza del otoño,

renegar de sus frutos: los racimos dorados…

41
Helarte por el arte
A Juan Manuel de Prada
El arte nos distingue a los humanos,

dice en El Semanal esta semana

un Juan Manuel que era en la besana

de un Juan Manuel de tiempos ya lejanos.
Por el arte producen nuestras manos

en mármol, en metal, en prosa llana,

dones de la divina y soberana

gracia de eternidad: afanes vanos.
Afanes vanos son con que imitamos

al Todopoderoso, el Inmortal.

Creemos que creamos mientras vamos
rasgando la tiniebla: ese fanal

que a veces por el arte vislumbramos

es tan sólo el helarte del final.

42
Mi vecina con su cana

Tiene mi bella vecina

una perraza de raza,

raza, está claro, canina,

que nunca se determina

a parir o a ir de caza:

es una perra muy fina.

Cuando pasea, camina

con un aire que fulmina

al perruno vecindario.

Pero ningún can atina

para hacerse un relicario

con un pelo de su cola

o la colilla que pisa.

Y si con fin fornicario

algún can le hace la bola,

ella muy digna le avisa

de que prefiere estar sola

y no con un can canalla,

que con el conque de olella,

cortejalla y admiralla,

lo que persigue es jodella;

como yo a su ama bella.


43
Fuera

Veo que de la diosa ya no tengo la gracia;

mas no pienso alejarme de las puertas

de su mansión dorada

por más que sus criados me amenacen.
44
¡Oh Toño!

Otoño de las moras y los higos,

otoño de las uvas y las nueces,

otoño buen amigo aunque apareces

seguido de una tropa de enemigos.
Otoño de los trojes de los trigos,

otoño servicial que compadeces

al pobre labrador y le abasteces

de frutos y de sombras y de abrigos.
Otoño, oye mis preces

humildes y fervientes:
A los profes de los adolescentes

nos traes de los cursos la apertura,

la fiesta inaugural de la amargura.
Santo Otoño de Oro, que pacientes

nos hagan ser los dones de tu mano

hasta que nos dé tregua otro verano.

45
Mi bici

Porque estaba cansado de andar,

me pesaban las piernas,

la cabeza y los años

que cumplí recorriendo caminos,

me acordé de mi amiga, mi bici.

Desde siempre mi amiga admirada…

Desde aquel mediodía radiante,

hace ya medio siglo,

en que vi asomar a mi padre,

ingrávido, señero, magnífico, sereno,

por la entrada del pueblo, en flamante BH.

La bici de mi padre fue bici de familiar:

a mi padre llevaba al trabajo;

mis hermanos y yo no le dábamos tregua;

era bestia de carga y bici de carreras

e hizo de nosotros ciclistas y mecánicos.

Pasaron muchos años, tuve mis propias bicis.

Ahora soy mayor, y más voluminoso.

Me olvidé de mi bici.

Pero he vuelto a montar en mi máquina;

la tenía arrumbada, medio oculta entre trastos del sótano,

silenciosa y cubierta de polvo.

Le he devuelto sus brillos

y ella ha vuelto a volar en la ruta

con pedales que ya son pedalas, cual los pies de Mercurio;

y yo vuelo con ella, y me siento feliz.

Ya no soy un anciano que arrastra

por pedregosa senda unos pies estragados,

arrostrando un destino de muerte;

ya cabalgo en mi alado corcel,

ya cabalgo de nuevo.

46
Se avizora…

“Creced, multiplicaos en la tierra”.

Y cumpliendo el mandato ya llevamos

unos cuantos milenios. Ni la guerra

ni otro mal ha impedido que crezcamos.
Pero ahora se avizora…
Atisbamos señales de que vamos

llegando ya al final; y nos aterra

oír avisos de que ya cavamos

la huesa que el humano ciclo cierra.
Al humano rebaño las praderas,

los ríos caudalosos y las fuentes

se le están agostando. Las calveras,
calcinadas de soles inclementes,

pronto se llenarán de calaveras

de gentes y más gentes y más gentes.

47
La paz de la oración

De aquel tiempo en que fui seminarista

pocas cosas añoro. Algunas las recuerdo con pavor:

el frío de los cuartos en invierno,

el potaje impotable de habichuelas,

los sermones sin fin del legionario

reconvertido en padre espiritual.

Alguna evocación hay, sin embargo,

que mantiene vigente su atractivo

o que tal vez lo aumenta según pasan los años:

los ratos que pasaba en la capilla

recluso y en silencio; cuando el ruido del mundo se apagaba,

incluidas las voces de los curas.

Entonces yo charlaba muy amigablemente

Con el dios que en mí mismo se alojaba

y se sigue alojando.

¡Qué paz me deparaba su palabra! La paz de la oración…

Todavía después de tantos años,

recluido en mi estudio algunas madrugadas,

me quedo quieto, ajeno a cuanto me rodea;

y ese dios ermitaño que en mí tiene su gruta

se asoma al exterior;

y aunque está cada vez más taciturno,

me saluda y me habla. Si me ve decaído

afirma que no soy tan miserable

como a veces me siento;

e insiste en que este mundo es muy hermoso

a pesar de la mugre.

Y concluye aceptando que él tampoco es joven,

que ya le va pesando lo vivido;

mas no por eso añora la mocedad lejana

de aquel tiempo en que fue seminarista.

48
Dominio del espacio

Y de pronto se forma

en lo hondo del vientre de una esposa

un nódulo de células que crece

y crece y crece y crece sin parar.

Ya no cabe en la madre.

Ya sale de la madre

un cachorrillo diminuto, feo,

mamoncete llorón y desvalido

que crece sin parar.

Ya va al colegio.

Ya va de marcha a un parque de atracciones.

Ya va de campamento a un parque natural.

Ya abre los brazos

y une con sus manos las antípodas.

Ya no cabe en el mundo,

otea los espacios, busca mundos mayores.

Ve una estrella que brilla con resplandores mágicos

y se lanza a atraparla;

pero no lo consigue.

Se queda pensativo; no comprende

qué ha fallado en su salto.

Otra estrella lo atrae:

se lanza con más brío a conquistarla

y fracasa otra vez.

Otra vez queda quieto, pensativo;

sigue sin entender y se enfurece.

Mas luego poco a poco va cesando la furia

del cazador de estrellas fracasado.

Su mirada se torna

menos altiva, un punto melancólica.

Su enormidad comienza a reducirse;

su voz no es tan vibrante, es más grave y serena.

Sus manos, sus miradas

se orientan a otros seres más cercanos

que por doquier pululan.

Una mujer lo llama; él se siente transido

de su cálida luz: es la estrella que busca.

Se abrazan y la dicha los inunda.

No quieren ni podrían separarse.

Juntos gozan y sufren, trabajan y descansan,

andan por los espacios de la tierra.

Ya sostienen en brazos

un cachorrillo diminuto, feo,

un imonao niño

que crece incontenible.

Querrán tener más hijos, los tendrán.

Y crecerán los hijos

y un día partirán quién sabe adónde.

Ellos se mirarán, aún enamorados,

y estarán invadidos de tristeza,

desolados en su pequeña casa.

Y otro día al ocaso se mirarán de nuevo

y se verán ancianos, consumidos.

Definitivamente descordados

dejarán de latir sus corazones.

Quizá sus hijos guarden

sus restos en dos urnas funerarias.

49
Luna llena

Ver la luna emerger sobre la nube

que cubre Gibraltar;

ver su cara redonda sin pararme a mirar

esa calma divina con que sube.
Oh luna, casta diosa, los anhelos que tuve

hace tiempo que echaron a volar;

hoy son polvo lunar,

afeites de tu cara de querube.
Oh luna, casta diosa, caminando te miro

alumbrar la bahía,

sonreír en el cielo.
Caminando y mirándote suspiro

pensando que en el Hades estaría

si no alumbrara en mí un último anhelo.


50
Otra ronda

Han sonado las doce campanadas:

otro día de octubre ha terminado

sin daños de importancia. Perdonado

nos ha la de las tristes humoradas
un día más. Sirvamos, camaradas,

otra ronda. Otro rato le sea hurtado

a ese Morfeo que nos ha robado

las delicias de innúmeras veladas.
Y llegue cuando quiera la Señora

de la gélida risa e ígnea saña.

Brindemos y bebamos por ahora.
Que llegue cuando quiera. Prevenidos

nos ha de hallar el golpe de guadaña:

no oirá nuestros gemidos.

51
Oficio de difuntos

Es una colección de obituarios

este diario en verso en el que escribo

sólo por constatar que sigo vivo

aunque me den por muerto los diarios.
Pompa de calaveras, red de osarios,

atado de ataúdes en archivo:

esto son casi siempre mis poemarios;

y torrente de lágrimas cautivo.
Mas quién sabe… Tal vez cuando en su criba

el insaciable Cronos los aheche

resulte alguno digno del indulto.
En tanto, si mi abeja vuela y liba,

prohíbole que alguna flor deseche

aunque crezca en cadáver insepulto.
52
Cuatro estaciones
I

Aunque amenaza

ese sol tan severo,

ríe la fuente.
II

El vendaval

azotando las frondas:

es sólo un juego.
III

Una semilla

en la tierra dormida:

una esperanza.

IV

La primavera.

Ya engalana los prados

la margarita.

53
Territual
Porque habría que haber instituido

ese rito en que todos al regazo

de la tierra volvemos, y un abrazo

con ella entretejemos bien tejido.
La tierra que tenemos en olvido

mientras luchamos por echar el lazo

al ancho cielo, en el que sólo un trazo

pintamos de un anhelo desmedido.
Vamos a establecer el rito de

abrazarla y sembrar nuestra semilla

en sus sinuosidades maternales.
Plantemos en la tierra nuestra fe,

nuestra esperanza y caridad sencilla;

no teologales, no, no celestiales:

virtudes terrenales.
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