Horacio Quiroga






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títuloHoracio Quiroga
fecha de publicación17.06.2016
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Horacio Quiroga


CORTO POEMA DE MARIA ANGELICA

I
Habiendo decidido cambiar de estado, uníme en matrimonio con Ma­ría Angélica, para cuya felicidad nuestras mutuas familias hicieron votos imperecederos. Blanca y exangüe, debilitada por una vaga enfermedad en la cual -como coincidiera con el anuncio de nuestro matrimonio- nunca creí sino sonriendo, María Angélica llevó al nuevo hogar cierta melan­colía sincera que en vez de deprimirnos hizo más apacibles nuestros atur­didos días de amor. Paseábamos del brazo, en esos primeros días, conten­tos de habernos conocido en una edad apropiada; mis palabras más graves la hacían reír como a una criatura, la salud ya en retorno comenzaba a apa­ciguar su demasiada esbeltez, y el señor cura, que vino a visitarnos, no pu­do menos de abrazarla con mi consentimiento.
II
Los diversos regalos que recibimos en aquella ocasión fueron tantos que no bastó la sala para contenerlos. Nos vimos obligados a despejar el escritorio, retiramos la mesa, dispusimos la biblioteca de modo que hu­biera mayor espacio; y allí, en la exigua comodidad, bien que muchas ve­ces tornó favorable una loca expansión, pasamos las horas leyendo las tar­jetas: diminutas cartulinas -sujetas con lazos de seda- de las amigas de María Angélica; sobres de algunas señoras a quienes mi esposa trató muy poco, dentro de los cuales a más de las tarjetas pusieron una flor; cartas enteras de mis antiguas relaciones que recordaron entonces una dudosa intimidad, flores, alhajas, objetos de arte. Cuando nuestra vista se fatiga­ba, nos deteníamos enternecidos, apoyadas una en otra nuestras cabezas, ante el sencillo obsequio de mis padres que me devolvieron -lleno por ellos y mis hermanos de afectuosas felicitaciones- el retrato de María Angélica.
III

Sentí un bienestar hasta entonces desconocido con aquel cambio de existencia: rápidas olas de alegría inundaban mi alma, llenaba la casa con mi bulliciosa actividad, golpeaba de tal modo las puertas, sobre todo de mañana, que mi esposa -cuyo despertar era delicado- hubo de rogarme dulcemente que no hiciera tanto ruido. Logré al fin comunicarle algo de mi turbulencia; y dejando todo dispuesto para la cena -por las últimas tardes plácidas de abril- abandonábamos nuestra casa como chiquillos que salen a jugar. Las hermanas de Angélica nos acompañaban: largos pa­seos fueron aquéllos, en que mi esposa procuraba hablarme a solas, pro­longados a veces hasta la salida de la luna, y de los cuales hablamos a me­nudo cuando el invierno nos impidió repetirlos. Las cuatro hermanas, cu­ya suerte estuvo desde entonces unida a la mía, se llamaban Estela, Juana, Doralisa y Perdigona.
IV
Ellas, con sus caracteres familiares y la confianza que en mí tenían, fueron como un terreno agraciado a que llegó el desborde de todas nuestras ternuras. Estela, sobre todo, bien amada del padre y que dormía con lám­para encendida, alcanzó en aquel apacible torneo ser la elegida de mi amis­tad. Mi inclinación a la hermosa criatura venía de muy lejos, cuando en las primeras visitas que hice a María Angélica salía a recibirme vestida de blan­co, el cuello envuelto siempre en negra cinta de terciopelo, desechando des­de el invierno pasado las pálidas muselinas que atrajeron con justo motivo la animadversión del doctor. Era en invierno, estaba delicada. A veces, du­rante las veladas de novios, la observaba obstinadamente, como si su alma serena y frágil hubiera menester de ser sostenida. Paseaba sin hacer ruido, iba a menudo a las piezas interiores; y si en alguna noche contuve más de lo preciso la hora de retirarme, Estela, cuyos ojos ya no veían, nos abando­nó vencida por el sueño.
V
En esa época -y sobre todo en las noches frías que hacían poco lle­vadera una larga inmovilidad- Perdigona servía el té. Las tazas y servi­lletas sentaban admirablemente a su figura un tanto desgarbada: la gra­vedad de que se revestía -bien que natural en ella- nos proporcionaba discreto placer. Era la mayor de todas, hacendosa, hábil en el manejo de la casa. Su inclinación a Juana era proverbial: de modo que cuando esta pequeña -a quien el piano era grato- repasaba sus lecciones, Perdigo­na abandonaba nuestra compañía por ir a su lado, seguía atentamente la música -aunque fuera dificultosa en descifrarla-, volvía las hojas a la menor indicación de Juana, se esforzaba, en fin, en que la pequeña diera justo cumplimiento a su tarea. Menos acentuado y aun diría displicente, era su cariño a Doralisa. El amor fraternal la había herido en la segunda de las hermanas, cuyas equívocas amistades atraían sobre sí la vigilancia materna. Doralisa vestía de colores oscuros, gustaba de todo aquello que desagradaba a Perdigona, enloquecía por los helados. Sus ojos admirables no cedieron nunca a la fatiga de una intensa contemplación; y cuando en una tarde de inquietud hube de internarme en la campaña para asistir a mi madre enferma, sus labios fueron los primeros en ofrecerme el beso de despedida.
VI
El recuerdo de las cuatro hermanas, sus deseos, su modo de ser, vie­nen a mi memoria acompañados de un olor de trébol, tal vez a causa de aquellos paseos con tanta frecuencia repetidos al principio de nuestro ma­trimonio. El feliz estado de salud de Angélica me animaba a la tarea de un completo restablecimiento, y la fortaleza de que hacía gala -en retorno de aquéllos- me consolaba plenamente de todos mis temores. Esas correrías llegaron a ser obligadas en la distribución del día: ya de mañana, ya de no­che, más a menudo de tarde, pues quedando nuestra casa en barrios extre­mos un brusco abandono de María Angélica podía ser corregido con el tramway que felizmente pasaba por nuestra calle. Juana tuvo necesidad de adelantar las horas de estudio, aunque no siempre venía con nosotros. Y así, en grupo -Perdigona con la pequeña, yo con Doralisa, María Angélica con Estela- dimos continuación a las excursiones que en el primer mes de matrimonio tan bien sentaron a mi esposa.
VII
En las tardes serenas que habían de permitirnos una aventura dis­tante, íbamos a la dársena, como si el amor de Juana a los grandes va­pores fuera también en nosotros. El olor de alquitrán sobre los muelles en compostura era entonces más intenso; llegaba de los diques un leja­no golpear de martillos; avanzaban lentamente los buques de ultramar; y bajo el sol de fuego a que los oficiales exponían sus blusas más claras, nuestros pasos se detenían aquí o allá, viéndolo todo como por primera vez: el agua barrosa, descolorida en el antepuerto; la bajamar que ten­día las amarras; los vapores fluviales -pequeños y amarillos de naran­jas- que encantaban a Juana y Perdigona observaba con atención. Caí­da la tarde emprendíamos la vuelta siguiendo los malecones en largo trayecto. Doralisa, suelta de mi brazo desde horas atrás, reía bajo la cla­ra luz de los arcos; Estela, fatigada y algo pálida, se acogía a mi solici­tud, y en la avenida a que llegábamos en aquel momento, sus ojos bus­caban los míos y me sonreían, solamente. Luego nos deteníamos en la vereda esperando una exacta separación de carruajes. Juana contaba co­mo en un sueño y con los dedos extendidos los focos sin fin, hasta que la arrancábamos de su abstracción cruzando apresuradamente el asfalto, sobre el que la sombra de Doralisa era más elegante que la de las cua­tro hermanas.

No nos deteníamos en el centro, pasábamos a lo largo de las joyerías incendiadas de luz, los grandes bazares que dejaron las vidrieras abiertas. Las fachadas, oscuras en lo alto, se aclaraban en bruscos efectos de color; los edificios parecían animarse como faros vibrantes, bajo la violencia de su reclamo. La multitud, entonces más aclarada, nos permitía avanzar con holgura, y Doralisa ya no recogía sus faldas. El centro brumoso de luz voltaica quedaba detrás nuestro; y en pos de una hora de marcha, al dejar a las cuatro hermanas en su casa, nos volvíamos para ver cruzar so­bre el fondo negro del silencioso arrabal, las ventanillas iluminadas de un tramway eléctrico.
VIII
Otras veces íbamos a las carreras; en el Velódromo tomábamos seis sillas juntas para poder comunicarnos sin levantar la voz. El portland te­nía a nuestra vista una blancura muerta, especie de serenidad aprendida, como una tierra que hubiera conocido el peligro -durante millares de años- de una inminente descomposición. La estrecha cinta negra, en el circuito interior, desenvolvía su curva irremediable; la pista rasa, sin un recuerdo de vitalidad, parecía haber asimilado en su locura la calva de los grandes corredores. Asombrados, seguíamos a éstos en su negligente pa­so de jóvenes atletas, sonriendo sobre los manubrios caídos, la marcha lenta al principio, los ojos soslayados y ya serios, la primera vuelta, las al­ternativas de posición, los labios contraídos de pronto, y el embalaje co­mo un rayo, la desbandada, la espantosa velocidad de las máquinas, el vértigo de los virajes, la recta devorada en cuatro segundos, ya estaban le­jos. Doralisa me hacía preguntas. Y yo le decía: ¿Ves?, aquel pequeño que oprime sus riñones se llama Singrossi; aquel otro que continúa marchan­do, trigueño y que parecería débil si no fuera tan esforzado, se llama Tommaselli; ese muchacho de sonrisa irónica cuya camiseta tricolor ha­bla de Francia, es Jacquelin; y más allá aún, aquel corredor galante que hace señas a su amiga, derrotado muchas veces por motives (sic) de amor, se llama Grogna.
IX
Con los primeros fríos abandonamos esos paseos que, si en verdad hi­giénicos, eran de larga duración, y comenzaron las veladas de invierno, en que me propuse que las cuatro hermanas nos acompañaran lo más a me­nudo posible. Como nuestra casa y la de los padres de María Angélica que­daban en la misma calle, y aun en la misma orientación, podíamos hacer el corto viaje sin exponernos a los vientos lluviosos del Sur: así es que mu­chas veces una bulliciosa carrera seguida de repetidos golpes en la puerta nos anunció la llegada de las cuatro hermanas a las cuales, en verdad, no esperábamos con la noche tan inclemente. Los progresos muy formales que Juana obtenía en la música hiciéronse visibles en casa, pues entre las muchas locuras que tuvieron por motivo la alegría de nuestro matrimo­nio, compramos un piano cuya adquisición me rogó mi esposa. Nosotros no conocíamos música, pero un deseo de María Angélica, en aquellos días,

era una orden para mí; y aunque en nada la hubiera contrariado, preciso es decir que su timidez fue mucha cuando me propuso una noche y luego de apagada la luz un gasto que nos era bien difícil. Esas veladas desarrol­lábanse en la sala, por costumbre de mis visitas a María Angélica. Hubi­mos de variar la colocación del piano, para que la luz en los ojos débiles de Juana fuera más eficaz, y Doralisa hizo transportar desde el escritorio las últimas revistas. Mi inclinación a Estela, acentuada ya, llevábame a su lado, en el sillón donde reclinaba la cabeza. Hablábale, escuchábamos el piano, la hacía reír a veces, me apresuraba a servirle el té que Perdigona no quería cederme. Y allí, pensativo ante su vestido blanco de bienama­da, mi alma comenzó por primera vez a vivir una vida ficticia. Cuando da­ban las once María Angélica se levantaba. Aunque no era la mayor, su nue­vo estado proporcionóle sobre sus hermanas una influencia natural a que ellas asentían; en la serena rectitud de su alma no se cansaba de dar sensa­tos consejos a Doralisa -llevándola a su cuarto- de los cuales mi espo­sa salía disgustada y Doralisa llorando. Las acompañábamos. A la vuelta el frío era más áspero, el barro rojizo de los arrabales subía hasta las vere­das. Caminábamos con precaución, evitándolo. Era a veces tan espeso que, cansado de aquella larga exposición al aire libre, la subía en mis brazos. Y así marchábamos, la cara recortada en sus cabellos, deteniéndome debajo de los faroles para besarla en los ojos.
X
En otras noches, el ánimo dispuesto para mayor familiaridad, nos reu­níamos en estrecho círculo, María Angélica y sus hermanas sentadas, yo por lo común de pie. Las obras que leía Perdigona hablaban seguramente de viajes, pues el recuerdo de aquéllas parecía animar sus ojos cuando la con­versación -a veces estudiosa- me obligaba a rectificar el nombre de al­gunos países poco conocidos. Observaba entonces a Perdigona y le propo­nía visitar !as capitales o bien los desiertos. Su rostro encendido y la risa de sus hermanas me animaba a inquirir ese rubor, pero María Angélica, com­padecida, me pedía por señas que no la avergonzara más. Juana, aturdida, decía el autor de aquellos libros; y de este modo iniciada la alegría, oía la confesión de las viajeras:

-Yo -comenzaba Doralisa- iría a Montevideo. Después a Italia y subiría al Vesubio.

-¿Nada más? -le preguntaba.

-¡Ah, sí! -respondía vagamente, mientras jugaba con sus anillos, la vista perdida en la lámpara-: ¡a tantas partes!...

Juana quería hablar y se apresuraba:

-Yo quiero ir a Asia y a África y a Montevideo y al Paraguay. Y des-

pues al desierto y a las montañas y al Paraguay y a Europa... -Se detenía ha­ciendo memoria. Perdigona, aún no repuesta, murmuraba:

-Viajar lejos... ¿no?... quién sabe... -Notando nuestra tentación, callaba.

-Di, Perdigona, di. -Y aunque nuestras instancias eran grandes, Perdigona no proseguía. ¿Qué mundo extraño, qué país más allá de los ma­res deseaba visitar Perdigona? Estela, entretanto, con los ojos cerrados, no oía mis preguntas. Y María Angélica, que la miraba con ternura, le pasaba la mano por la frente.
XI
Los fríos húmedos a que nos expusimos en aquellas salidas al exte­rior -al final de las veladas- tuvieron desagradables consecuencias. Perdigona, Juana y Doralisa cayeron en cama; y la inquietud de los pri­meros días fue bastante poderosa para que María Angélica pasara tardes enteras en casa de sus padres. Por desgracia su constitución delicada no le permitió con impunidad ese desarreglo, y a mi vez tuve que cuidarla, permaneciendo a su lado dos largos días, al cabo de los cuales tornó el bienestar y su amor, de que me había privado una desconsoladora fiebre. Como Juana, Doralisa y Perdigona entraban ya en franco restablecimien­to, Estela pudo, una noche, venir a acompañarnos; y su pura presencia evitó en algún modo las caricias demasiado sensibles aún. Reclinada so­bre los almohadones, su vestido blanco traía nueva y obstinadamente a mi memoria la noche en que le serví el té. Fui con ella, era tarde. La ca­lle estaba desierta, las faldas de Estela rozaban mis rodillas, y al lado de la hermosa criatura, entregada así a mí, el recuerdo de María Angélica se adormeció. Para evitarle el agua de las pequeñas lagunas -a lo largo de los terrenos baldíos- la levantaba ligeramente de la cintura. Al despe­dirme me extendió la mano. La recogí con un movimiento breve y la apreté con los dientes apretados. Ella gimió.
XII
Al otro día Estela fue a casa, pero sus ojos, antes tan plácidos para mirarme, perdieron la confianza que en mí tenían. La estúpida insistencia con que hablé a María Angélica de Estela me hizo conocer el estado de mi espíritu, y procuré por medio de un recrudecimiento de pasión buscar a su lado una calma que sólo su sereno amor podía devolverme. Ocupámo­nos entonces en resucitar los primeros días de matrimonio. Cerramos nuestra puerta a todo el mundo, y comenzaron las risas mientras nos le­vantábamos; los cortos encierros en su cuarto, en castigo de no sé qué ingratitud imaginaria; las romanzas interminables que cantábamos a dúo, pero con tan moderada voz que teníamos que acercar mucho nuestras bo­cas para oírnos; los cansancios nocturnos, cuando concluida la cena -de­masiado inmetódica- me pedía, fingiéndose rendida de sueño, que la hi­ciera dormir en mis rodillas. El mes de agosto concluía: unímonos en con­cilio y salimos una tarde, cerciorándonos de que las puertas quedaban bien cerradas, en busca de una aventura -como decíale riendo- cuyo único objeto era ciertamente evitar que hiciéramos locuras en casa. El día, claro, favorecía nuestra excursión. Un suave calor de primavera hinchaba las ye­mas de los jóvenes árboles, desquiciados en los meses atrás por el intermi­nable mal tiempo. Los rieles lucían, los hilos telefónicos suspendían aquí o allá, como míseras banderas, los despojos de la última tormenta. Ani­mada por la alegre marcha, en el día de luz, María Angélica se quitaba la capa. Con su abrigo al brazo -cuyo calor me era tan fiel- caminaba a su lado, un poco detrás; no podía menos de mirar pensativo su débil cintura que tanta inquietud dio al doctor cuando le consulté por un probable em­barazo. Volvíamos por la avenida Alvear, oscura ya, retemblando a lo lar­go por la carga de carruajes que se precipitaba en ella. Un ligero escalo­frío de María Angélica me advertía la impropiedad de exponerla por más tiempo al crepúsculo; colocándole su abrigo, seguíamos nuestro peregri­naje. Los carruajes concluían por fin de pasar, llevando la batalla al cen­tro. Sobre los árboles oscuros aparecía la luna, el paisaje adquiría ese as­pecto melancólico de los jardines claustrales, la placidez de la noche abría nuestras esperanzas a mejor porvenir, y mi alma, abierta de par en par, se dejaba llevar soñando por la ternura de su brazo.
XIII
Poco tiempo duraron los buenos días. El viento del Sur, de nuevo im­placable, azotó los retoños y trajo en torbellinos hasta nuestro patio el hu­mo de las próximas usinas. Las fugas no pudieron repetirse, estábamos bloqueados; y a la pregunta un poco irónica que las cuatro hermanas nos hicieron por carta, contestamos que nuestra casa estaba siempre abierta para ellas, y que tanto yo como mi esposa tendríamos especial placer en verlas de nuevo. La larga semana transcurrida me había dado motivos pa­ra creer en una completa curación; de modo que cuando vinieron a salu­darnos con equívoca seriedad, le dije a Estela estrechándole francamente las manos:

-¿Me perdonas? -María Angélica, que había oído, nos preguntó si teníamos algún disgusto pasado.

-No -le respondí-; era una locura, ¿verdad Estela? -Estela asintió; y sus ojos en que busqué inútilmente la verdad ocultada, sonrieron a María Angélica. La única preocupación de Juana, en aquella ocasión, fue tocar y tocar aturdidamente el piano, como si la prueba de sus adelan­tos no pudiera ser retardada por más tiempo. En verdad poco lo hubiéra­mos advertido -en el desahogo de tantos días- si Perdigona, cuya vigi­lancia estaba en todo, no nos hubiera llevado a la sala donde la pequeña continuaba desprendiendo el orgullo de su vertiginosa ejecución. Perdi­gona trajo la lámpara desde el escritorio, pues la sala había sido desprovis­ta de ella cuando ya no fue necesaria; el polvo de los espejos, muebles y piano, desapareció en un momento bajo el delantal de María Angélica, empuñado a guisa de plumero por aquellas manos hacendosas. La fresca tez de Doralisa detenida atentamente frente al espejo me llevó a su la­do: - Doralisa, armoniosa Doralisa, temo decírtelo, pero mi cariño hacia ti es tan grande que no dudo en arrostrar tu enfado. Doralisa: esa falda que llevas no se usa ya.

-¿Cómo? -me respondió bajando vivamente la cabeza como si hu­biera recibido una herida en la garganta-: ¿Qué sabes tú?

-¡Ah incrédula! verás: esos volados no deben estar superpuestos, si­no aplicados sencillamente a la extremidad del anterior; el paño delantero tiene necesidad de ser más angosto, mucho más angosto... -Me interrum­pió burlándose:

-¿Quiere Vd. decirme cómo sabe tantas cosas de nosotras?

- No es difícil, Doralisa -concluí gravemente-; si tú fueras más estudiosa y leyeras las hermosas revistas que llegan de Europa, que tantas veces te he querido enseñar en el escritorio... Doralisa huyó de mi lado, y el ruido en el cuarto contiguo me advirtió la eficacia de mis lecciones. Mi atención, esta vez, era llamada por Estela. El vestido blanco le abrazaba más estrechamente la cintura, la parte superior de los brazos. Su cuello se había dilatado. Como lo hubiera hecho notar a María Angélica, quedámo­nos largo rato en contemplación de su cuerpo; y después de un suave cu­chicheo (no quería creer que Estela se hubiera ofendido sin razón) ordenó que nos abrazáramos en prueba de eterna reconciliación. Estela sonrió y yo me reí. La estreché en medio de la sala, mientras la pequeña, distraída en aquel instante, levantaba sus ojos del piano y nos miraba. Cercana la hora de cenar, rogamos a las cuatro hermanas que se quedaran con nosotros, aun­que poco podíamos ofrecerles no habiendo sido advertidos de tan numero­sa visita. Perdigona rehusó, y Doralisa, que salía del escritorio, fue del mis­mo consejo. A la hora de la despedida mi mano pasó a lo largo de la de Es­tela: todo el recuerdo de María Angélica, toda la serenidad de los últimos días, habíalos visto desaparecer por completo desde el momento fatal en que la abracé de nuevo.
XIV
Propuse a María Angélica un viaje de corta duración que fue acogido por ella con divina sonrisa de gratitud. El afán que demostré en los prepa­rativos de viaje fueron como un rocío para su alma, y sus largas miradas - cuando mi preocupación llegaba hasta obstinarme en que no olvidara los vestidos sencillos, bien que de gran abrigo- se humedecían de ternura, a las cuales respondía embargado con un silencioso apretón de manos. La so­licitud de las cuatro hermanas estuvo siempre al lado nuestro en los últi­mos días. Juana, tan pequeña como era, ayudábanos mucho, disponía la ro­pa blanca en la valija como una madre. Y como en casa no teníamos esca­lera, fue ella quien, sostenida en mis brazos, desprendió las cortinas de la sala, costoso regalo de un antiguo amigo de mi familia, a quien poco cono­cí. Perdigona fue el alma de toda aquella tarea, vigilando, ordenando, de­sobedeciendo a veces a mi impericia de hombre que vivió largo tiempo sin familia. Doralisa, con las faldas recogidas, huía de las cajas polvorientas. Su negligencia dañaba nuestro afán de jóvenes hormigas, y las reconvenciones de mi esposa, faltas en esta ocasión de eficacia, sólo hacían reír a Doralisa. Cuando el sol empezaba a descender recorrí por última vez todos los cuar­tos. En la sala hallé a Estela; y aunque en toda la tarde había evitado diri­girle la palabra, sentí la necesidad de hablarle, como si el peligro de su voz, de sus ojos dirigidos a mí, hubieran podido calmarme. Y le pregunté, aun­que bien lo sabía:

-Ya nos vamos, Estela. Vds. nos acompañarán, ¿verdad? -Sin ba­jar los ojos, me respondió afirmativamente, pasó a mi lado, fuése. Tras su vestido blanco que debía olvidar, me quedé tan lleno de tristeza que abrí el balcón y recostándome en el mármol cerré los ojos lentamente. Ya en viaje a la dársena permanecí mudo, agradeciendo en el alma el ruido del carruaje que no me hubiera permitido hablar, María Angélica, triste, sen­tía abandonar Buenos Aires. En un momento, un prolongado obstáculo acercó nuestros carruajes; cambiamos algunas palabras ya emocionadas por la próxima separación. En esa tarde de precoz tibieza que el invierno abandonaba desconsoladamente, el agua de la dársena refluía desde las tres de la tarde. Esperamos largo rato, procurando hablar de cosas ligeras. To­dos, con la cabeza baja fingíamos distracción, deseábamos en cierto que la hora de salida fuera inminente. Juana, pequeña, no sintiendo como noso­tros la tristeza de estar separada quién sabe por qué tiempo, lo veía todo y hablaba. Y a sus observaciones, indiferentes entonces aun para Perdigo­na, asentíamos con una sonrisa mortecina que no tenía ningún valor. La hora triste llegó. Mudos, nos mirábamos. María Angélica se echó en bra­zos de Estela, y llorando se despidió de todas, una después de otra. Dora­lisa, encendida y trémula, vino hacia mí con las manos extendidas; pero yo la estreché entre mis brazos. Lloraban todas las hermanas con nosotros.

La pequeña, herida de pronto por un dolor que tenía mucho de espanto, no se desprendía del cuello de su hermana.

-Volveremos -decíale ésta enternecida y consolándola-, volvere­mos, Juana, y pronto, verás, no llores, volveremos. -Yo di un paso hacia el vapor. Las amarras sueltas, caían al agua.

-Vamos -exclamé. Y besando a Juana de nuevo me despedí por úl­tima vez y conduje de la cintura a María Angélica, pues su pañuelo, opri­mido contra los ojos, recogía un raudal de lágrimas. Estábamos ya en mo­vimiento. En tierra las cuatro hermanas nos miraban. En la luz crepuscu­lar el vestido blanco de Estela parecía más amplio. La distancia creció; en­tonces, sobre los muelles grises, los pañuelos de las cuatro hermanas nos sa­ludaron de lejos. María Angélica cogió presurosa el suyo, pero desfallecida de emoción no tuvo fuerzas y se dejó caer en mi hombro. Y con el brazo que me quedaba libre levanté el pañuelo y lo agité largamente, hasta que el último saludo de las hermanas fue apenas un pequeño temblor blanco, cuando salvábamos la rada interior y la noche se hacía completa. Reclina­dos en la borda, las cabezas caídas, soñábamos. Sólo de rato en rato veíamos cruzar debajo nuestro, sobre las gruesas olas oscuras que huían tras el va­por, el oscilante reflejo de las boyas luminosas.
XV
El carácter de María Angélica, tan lleno de cordura, comenzó a sufrir en aquella nueva existencia, y mis afanes por distraerla nos llevaron a ex­tensos paseos, noches de sofocante calor pasadas en los teatros, cuya bon­dad -aun fatigándola en exceso- fue visible en el retorno de sus hermo­sas cualidades. Sus conversaciones insistían siempre en la pena de que Do­ralisa -enamorada de Montevideo- no estuviera con nosotros; las rien­tes mañanas de octubre recordaban sus grandes sombreros; las cartas reci­bidas semanalmente -aunque graves- traslucían en sus invitaciones a que visitáramos esto o aquello, su alegre solicitud. Mi pena oculta no cu­raba. En vano mis propósitos de olvidar a Estela obstinábanse día a día en mi espíritu. El error vivía ya por sí solo, y si en una noche rogué a mi es­posa que vistiera un peinador blanco, de sus repetidos besos por ese capri­cho de recién casados surgieron más obstinadamente mis deseos de Este­la. No quise sin embargo rendirme. Nuestras ternuras, como en la lucha anterior tan tristemente infructuosa, velaron en exceso. Mis caricias, asaz aturdidoras, llevaban consigo su salud, y frágil, cansada, vivía entre mis brazos como una flor de consuelo, ella que debía ser el vaso divino de to­da mi consideración amorosa. Salíamos a veces del brazo como dos palo­mas a quienes se abandonó unidas por la misma cinta. Por las plazas, blan­cas de luz, las ropas primaverales eran más ligeras; la ciudad se tendía hacia las playas. El disgusto que me ocasionó un capricho suyo en una de es­tas salidas hízome conocer la vuelta de sus trastornos, cuya causa decidí hallar a todo precio. Observé detenidamente y por varios días su modo de ser, el lecho muy agitado de que su delgadez era el encanto. Llegó a evi­tar, acogiéndose a las almohadas con una terquedad verdaderamente de ni­ño, mis besos matinales; el desahogo que sentí fue inmenso cuando el mé­dico -a cuya consulta sólo condescendió en pos de infinitos ruegos- ha­bló ligeramente de la enfermedad, sonriendo y estrechándome las manos. La fausta nueva, como un cántico de buenaventuranza, adormeció desde ese instante el recuerdo insensato que conservaba de Estela. El aconteci­miento imprevisto salvó nuestra felicidad, y en el abrazo de dicha con que envolvía a María Angélica, el vestido blanco de aquella deseada criatura se purificó.
XVI
El recuerdo de esa época que más tenazmente se ha fijado en mi memoria evoca las manos pálidas de Estela el día en que las detuvo en las mías, después de cuatro meses. Apenas detenido el vapor, las cuatro her­manas estaban con nosotros. María Angélica tuvo necesidad de sustraerse a sus abrazos, pues la pequeña -la primera- colgándose de su cuello la había hecho sufrir un poco. Volvimos. Buenos Aires, lleno de luz que ya no recordaba, se abría al sol como una flor nueva; el cielo purísimo brilla­ba sobre las puntas de fuego de los pararrayos; el ruido colmaba amplia­mente el estridente pulmón de las calles. Nuestra conversación, pasados los primeros momentos, se hacía apacible, y contaba a Perdigona cómo en una noche de serio malestar para María Angélica la serenidad estuvo a punto de faltarme cuando corrí a buscar al médico. Y a Juana, cogiéndo­la de la barba, hacía preguntas sobre sus estudios, el piano, aquellas pie­zas sencillas de la época en que visitaba a María Angélica, que tan difíci­les parecían para su temprana edad. Y Doralisa -inmóvil en el fondo del carruaje, con los ojos perdidos- inquiriéndome con voz melancólica pe­día mis recuerdos de las playas, las quintas de los alrededores, la luz de los teatros, las horas populosas de Montevideo que quién sabe cuando ella po­dría ver. Y mi alma tan fuertemente agitada por aquellas caídas y renaci­mientos se sostenía apenas como un vaporoso vestido blanco; y la criatu­ra que dentro se abrigaba se apoderaba de mí por instantes, ponía sus ma­nos sobre mi corazón, para dejarme caer rendido al lado de María Angéli­ca, en cuyo seno -entonces fecundado- latía nuestro pequeño descen­diente. Mi detracamiento azuzaba ese doble juego espiritual: mi amor vo­laba como una pluma. Los cuidados, no obstante, de su cercano alumbra­miento despertaron mi antigua adoración, y apagaron para siempre (¡qué

fugaz fue sin embargo este tiempo!) mi deseo de Estela. Me recogí en ca­sa, cerré la puerta a las visitas, cumplía mil pequeñas obligaciones. Co­menzó a sufrir mucho con su nuevo estado. Su delgada belleza era una dé­bil luz en el dormitorio, como si entrara en él furtivamente; sus graves do­lores hallaban en mi alma un eco de desolación, y en las repetidas noches que pasé a su lado velándola, sus manos fuera de las sábanas y apretadas contra mi frente fue lo único que me consoló. Débil y dolorida aún des­pués de un día de reposo en cama, llamé al médico, insistiendo -antes de ver a María Angélica- en la discreción de que no aparentara inquietud alguna, por más que era innecesario casi decirlo. La consulta fue larga. María Angélica, sobre el hombro del doctor inclinado, me sonreía. Yo me paseaba nervioso, deteniéndome a ratos para ver. De pronto una seña me advirtió la necesidad de que no hiciera ruido; y suspenso, llegó de la ca­ma confusa a mis oídos el golpe breve de la percusión.

-No es nada -me decía luego el médico mientras caminábamos-, su señora debe ser muy nerviosa ¿verdad?

-Sí, no mucho -le respondí.

-Efectivamente necesita calma, evitar todo desarreglo y sobre todo --concluyó mirándome con inteligencia- mucho reposo. Le apreté la ma­no sonriendo y volví apresuradamente para disipar la inquietud de María Angélica. La hallé sentada en la cama. Abracéla con intenso amor, llenos ambos de consuelo; y jugando con sus cabellos, reímonos un momento cuando le conté cómo el médico -temeroso al principio por mis datos-, me miraba luego con asombro al ver mi ignorancia tan completa de esa su­puesta enfermedad.
XVII
Las cuatro hermanas, algo alejadas de nuestra casa por el frecuente malestar de María Angélica, nos visitaban de tarde en tarde. En vano de­cía a ésta que la distracción le era tan eficaz como el reposo, y que fácil­mente podríamos conciliar esto trayendo aquéllas a nosotros, recomend­ándoles el menor ruido posible. Recordaba también la pena real que las acongojaría viéndose rechazadas en una ocasión que volvía tan necesario el animoso consuelo de la familia, y aunque diligente, no podía yo de nin­guna manera rodearla de esos preciosos cuidados. Los dolores más sosega­dos y sobre todo la inmensa bondad de su alma condescendieron, y escri­bí en la misma tarde a Doralisa: "Mi querida Doralisa: María Angélica si­gue mejor. Me dice que desearía mucho ver a Vds.". Esa noche abrazamos a Juana, Doralisa y Estela. A Perdigona, demasiado atareada, le había si­do imposible venir. Como María Angélica permanecía aún en cama reuní­monos en el dormitorio. La luz de la lámpara alejada en un rincón llegaba vagamente hasta el lecho, sobre los brazos volubles de Juana -reclina­dos sobre él- cuya peligrosa irreflexión mi esposa detenía con cordura. La noche cálida de verano desechaba los abrigos, y los sombreros de las tres hermanas, en el recuerdo invernal que de ellas tenía, daban a las tres cabezas un aire de completa novedad. Hablábamos, entre tanto: las carre­ras internacionales, desarrolladas con escaso interés ese año; nuestro viaje a Montevideo que aún despertaba en Doralisa largas melancolías; la des­graciada muerte de una pequeña amiga de Juana, a quien un carruaje arro­lló cuando iba a dar sus primeros exámenes; la procura del mes en que na­cería el primogénito, el probable color de sus ojos y el nombre que le pon­dríamos. Juana, orgullosilla, quería tocar el piano, pues eran incalculables las ventajas que había obtenido de tan armonioso instrumento. Discutía­le la impropiedad de la hora como a una persona mayor, y al fin lograba rendirla a mis promesas de que -la noche en que naciera el pequeño so­brino- daríamos una gran fiesta donde no sería ella la menos atareada. La conversación enmudecía cuando sonaron las once.

-Vengan mañana -se despedía María Angélica- creo que seguiré mejor. ' -¿Será pronto la fiesta? -preguntó la pequeña. Todos nos miramos: -Loca, loca -murmuró atrayéndola hacia sí y besándola. Fuímonos. Cuando volví María Angélica dormitaba. Crucé de puntillas el cuarto y bajé la luz a la lámpara. Cerrado la puerta, levanté un momento las cortinas para ver la luna que alumbraba el patio y me volví.
XVIII
Después de esa noche el estado de María Angélica fue agravándose rá­pidamente. Sus dolores disminuyeron, pero la fiebre iniciada días antes tu­vo una persistente intensidad. El médico, ya inquieto, desechó toda idea de trastorno superficial y después de un detenido examen me llamó un día aparte.

-Francamente -me dijo- no me gusta el estado de su señora.

Yo lo miré atontado, como si de golpe me hubieran sujetado un pa­ñuelo mojado a la frente.

-¿Qué tiene? -murmuré al fin.

-No sé, algo que se me escapa. No veo claro. ¿Tiene Vd. predilec­ción por algún médico?

-¿Para qué? -me quejé de nuevo, como si me estuviera atormen­tando inútilmente.

-No sé -repitió-, pero creo que una consulta sería necesaria. -Bueno -me apresuré entonces-, el que Vd. quiera, me es indife­rente. ¿Mañana?

El se detuvo un momento, temiendo sin duda desesperarme, con una necesidad más apremiante.

-Bien, mañana a las ocho -dijo al fin. Pasé la noche haciendo ho­rribles conjeturas. Fui dos veces a su cuarto, con fútiles pretextos, mirando de soslayo el movimiento de su pecho. En el exceso de observación que me rendía, el ritmo de mi respiración acompañaba a la suya, como si mi vida estuviese sometida -como una pluma- al soplo de su aliento. A las sie­te de la mañana mandé buscar a Perdigona y Estela, que vinieron ensegui­da. Ambas habíanse vestido apresuradamente, y tan alarmadas que tuve ne­cesidad de acallar mis propias angustias.

-Creo que no sea nada -les dije en voz baja- el médico tiene te­mores y hoy habrá consulta.

-¿Sufre mucho? -preguntó Perdigona.

-No, ha pasado buena noche. Demasiado buena -agregué pensa­tivo. Nos dirigimos a su cuarto y en la puerta las detuve un momento.­¿Cómo te encuentras? -le dije besándola. Sus labios estaban tan ardien­tes que sentí una sensación dolorosa.- Perdigona y Estela desean verte, ¿quieres?

-Más que todo -su voz apenas sensible me causó infinita compa­sión. Volví a la puerta:

-Entren. -Y les recomendé de prisa-: Hablen poco: vuelvo en se­guida. -Así mi felicidad, todo el porvenir hilvanado con nuestras manos se iba con María Angélica. ¡Pobre María Angélica! No me quedaba una so­la esperanza, tenía la seguridad plena de que iba a morir, como si esta idea de desventura hubiera estado oculta en el fondo de mis apasionamientos anteriores, cuando la adoraba demasiado vivamente por huir de Estela... A las ocho llegaron los médicos. Rogué a las hermanas que se retiraran. Ani­mándola constantemente, sentado a la cabecera de la cama, ahogaba sus ge­midos sobre mi cuello, y no sé de dónde sacaba fuerzas para no llorar por las dolorosísimas palpaciones. Concluida la consulta quedéme a su lado, es­cuchando como un eco el susurro que llegaba desde el patio. Se adormeció felizmente y salí.- ¿Y bien? -les pregunté. Hablaron aún un rato entre sí, y volviéndose:

-¿Su señora ha sufrido algún fuerte disgusto en el transcurso de es­te mes?

-No -respondí angustiado de nuevo por la forma de la pregunta. -¿Alguna caída?

-Tampoco.

-Es extraño -murmuraron-. Seguramente su esposa está muy grave.

Me recosté en una planta, y sólo alcancé a decir: -¿Morirá pronto?

-¡Oh, no!... la criatura ha muerto... Sin embargo... -Prometieron volver a la hora.- Sobre todo -me indicaron-, no deje un momento el termómetro. Habían llegado Juana y Doralisa:

-Hicimos telegrama a papá. ¿Sigue mal? -me preguntó Doralisa. No quise desesperarla tan pronto, y respondí vagamente, rogándole al mismo tiempo hiciera callar a Juana que lloraba sin consuelo. Entré de nuevo al cuarto y le cogí simuladamente la muñeca-: ¿Cómo te sientes? -Bien, mucho calor... -Perdigona, que había notado la fiebre, me insinuó no sé qué al oído.

-Es inútil -le contesté del mismo modo. María Angélica abrió los ojos e intentó una sonrisa al verme. Me incliné a ella y la besé largamente con un beso en que iba toda mi alma, mientras dos lágrimas que no pude contener cayeron sobre sus mejillas. Tal vez esto, más que nada, le reveló su próximo fin, y pidiéndome que me inclinara más me tuvo un rato entre sus brazos. Yo la cubrí de besos y hasta aparenté alegría-: ¿Ves? ya tienes más fuerzas. Mañana, estoy seguro, no querrás estar en cama. -Y callé porque no me respondía, e iba a llorar de nuevo.

-Tan pronto -murmuró- tan pronto que ha pasado el tempo... las primeras tardes... salíamos. Juana quería oír lo que hablábamos... -Yo lloraba de nuevo, recostada más aún la cabeza para que no me sintiera. Es­tela entró en aquel momento y María Angélica la llamó a su lado.

-¡Pobre Estela! -Y sonrió-: ¡Qué crecida estás! -Luego se vol­vió a mí, tristemente-: ¡Cómo se me parece! Me levanté de pronto, como si me hubieran sacudido el corazón con dos manos, y aparté a Estela, por­que le fatigaba hablar. A las diez la operaron. A las doce, cuando retiraba el termómetro, Estela cruzó de puntillas el cuarto y me preguntó la tem­peratura.

-Igual -le contesté con la garganta seca guardando el termóme­tro-. Pronto -dije a Perdigona, llamándola afuera-, el médico, ense­guida. -Perdigona se quedó atónita.- ¡Pronto! -grité empujándola-. ¡María Angélica se muere!
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