Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación






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Universidad Nacional de La Plata

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Seminario de Posgrado:

Escrituras de guerra: retóricas de gloria, del silencio y del dolor”

Dra. Cristina Featherston Haugh, Dra. María Inés Saravia, Dr. Pablo Martínez Astorino.
Octubre de 2014

Unidad 2-

- Homero (¿s. VIII- VII a.C.?), Ilíada (cantos III, IV, VI, IX y XXII).

http://www.sparknotes.com/lit/iliad/

Unidad 3-

- Sófocles (496-406 a.C.), Áyax, Filoctetes y Electra.

http://www.sparknotes.com/drama/electra/

http://www.sparknotes.com/drama/electra/context.html

http://www.ancient-literature.com/greece_sophocles_ajax.html

http://www.cummingsstudyguides.net/Ajax.html

http://www.cummingsstudyguides.net/Plays.html

http://www.temple.edu/classics/philoctetes/index.html

Unidad 4-

- Virgilio (70-19 a.C.), Eneida (cantos II, VII, VIII y XII).

http://www.sparknotes.com/lit/aeneid/

Unidad 5-

- Ovidio (43 a.C- 17 d.C.), Metamorfosis (XII, 210-458)

La batalla de Lápitas y Centauros”

210“Había desposado a Hipódame el hijo del audaz Ixíon,

y a los feroces hijos de la nube, puestas por orden las mesas,

había ordenado recostarse, de árboles cubierta, en una gruta.

Los próceres hemonios asistían, asistíamos también nos,

y festivo con su confuso gentío resonaba el real.

215He aquí que cantan a Himeneo y de fuego los atrios humean,

y ceñida llega la doncella de las madres y las nueras por la caterva,

muy insigne de hermosura. Feliz llamamos de esa

esposa a Pirítoo, el cual presagio casi malogramos.

Pues a ti, de los salvajes el más salvaje, de los centauros,

220Éurito, cuanto por el vino tu pecho, tanto por la doncella vista

arde, y la ebriedad, geminada por la libido, en ti reina.

En seguida, volcándose, turban los convites las mesas,

y es raptada, de su pelo tomado por la fuerza la nueva casada.

Éurito a Hipódame, otros, la que cada uno aprobaban

225o podían, rapta, y, la de una tomada, era de la ciudad la imagen.

De gritos femeninos suena la casa: más rápido todos

nos levantamos y el primero: “¿Qué vesania”, Teseo,

Éurito, a ti te impulsa”, dice, “a que tú en vida mía provoques

a Pirítoo y violes a dos, ignorante, en uno?”

230Y no tal el magnánimo en vano había remembrado con su boca:

aparta a los que le acosan y la raptada de aquellos delirantes arrebata.

Él nada en contra –pues tampoco defender con palabras

tales acciones puede–, sino que del defensor la cara con protervas

manos persigue y su generoso pecho golpea.

235Era el caso que había junto, de sus figuras prominentes áspera,

una antigua cratera, que, vasta ella, más vasto él mismo,

la sostiene el Egida y la lanza contra su cara a él opuesta.

Borbotones de sangre él, a la vez que cerebro y vino,

por la herida y la boca vomitando, de espaldas en la húmeda arena

240convulsiona. Arden los hermanos bimembres

por el asesinato y a porfía todos con una sola boca: “Las armas, las armas”, dicen.

Los vinos les daban ánimos y a lo primero de la lucha copas

lanzadas vuelan y los frágiles jarros y las curvadas escudillas,

cosas para los festines un día, entonces para las guerras y los asesinatos aptas.

245El primero el Ofiónida Ámico los penetrales de sus dones

no temió expoliar, y él el primero del santuario

arrebató, de luces denso, coruscantes, un candelabro,

y, levantado éste alto, como el que los cándidos cuellos de un toro

por romper se esfuerza con la sacrificial segur,

250lo estrelló en la frente del Lápita Celadonte y sus huesos

derramados dejó, no reconocible, en su rostro.

Le saltaron los ojos y, dispersos los huesos de la cara,

echada fue atrás su nariz y fijada quedó en mitad del paladar.

A él, con un pie arrancado de una mesa de arce, el de Pela

255lo tendió en tierra, Pelates, hundido en su pecho su mentón,

y con negra sangre mezclados escupiendo él sus dientes,

de tal herida geminada lo envió del Tártaro a las sombras.

Cercano como apostado estaba contemplando los altares humosos

con su rostro terrible: “¿Por qué no”, dice, “hemos de hacer uso de ellos?”,

260y con sus fuegos Grineo levanta la ingente ara,

y del tropel de los Lápitas lo arroja en la mitad

y aplasta a dos, a Bróteas y a Orío. De Orío

su madre era Mícale, la cual, que había abajado encantándola

muchas veces, constaba, los cuernos de la reluctante luna.

265“No impune quedarás, no bien de un arma se me dé provisión”,

había dicho Exadio, y de un arma tiene a la traza, los que

en un alto pino estuvieran, los cuernos de un votivo ciervo.

Clavado queda de ahí Grineo con una doble rama en sus ojos,

y se le extraen los globos, de los cuales parte en los cuernos prendida queda,

270parte prendida fluye a su barba y con coagulada sangre cuelga.

He aquí que arrebata flameante Reto de la mitad de las aras

la brasa de un ciruelo, y desde la parte derecha de Caraxo

sus sienes quebranta, protegidas por su rubio cabello.

Arrebatados por la rapaz –como mies árida– llama

275ardieron sus pelos y en la herida la sangre quemada,

terrible su chirrido, un sonido dio, como dar el hierro

al fuego rojeciente frecuentemente suele, al que con su tenaza curvada

cuando su obrero lo saca, en las cubas lo hunde: mas él

rechina y en la agitada onda sumergido silba.

280Herido él de sus erizados cabellos el ávido fuego sacude,

y hacia sus hombros un umbral de la tierra arrancado

levanta, carga de un carro, el cual, que no llegue a lanzar contra el enemigo

su mismo peso hace. A un aliado también la mole de roca

aplastó, que en un espacio estaba más cercano, a Cometes.

285Sus goces no retiene Reto: “Así, yo lo suplico”, dice,

el resto de esta multitud, de los cuarteles tuyos, sea fuerte”,

y con el medio quemado tronco renueva repetidamente la herida,

y tres y cuatro veces con un grave golpe las junturas de su cabeza

rompe y se asentaron sus huesos, líquido, en su cerebro.

290Vencedor hacia Evagro y Córito y Drías pasa.

De los cuales, cuando cubierto en sus mejillas con su primer bozo

sucumbió Córito: “De un muchacho derribado qué gloria

nacido para ti ha”, Evagro dice, y decir más Reto

no consiente y, feroz, en la abierta boca del que hablaba

295sepultó de ese hombre, y a través de su boca en su pecho, rutilantes, esas llamas.

A ti también, salvaje Drías, alrededor de tu cabeza blandiendo el fuego

te persigue, pero no contra ti también consiguió el mismo

resultado: a él que de su asidua matanza por el éxito se congratulaba,

por donde unida está al hombro la cerviz, con una estaca le clavas, al fuego tostada.

300Gimió hondo, y de su duro hueso la estaca apenas se arrancó

Reto y él mismo de su sangre empapado huye.

Huye también Orneo y Licabante y herido en su hombro

derecho Medón y con Pisénor Taumante,

y el que poco antes en el certamen de los pies había vencido a todos,

305Mérmero –encajada entonces una herida más lento iba–,

y Folo y Melaneo y Abante, el azote de los jabalíes,

y el que a los suyos en vano de la guerra había disuadido, el augur

Ástilo. Él además, al que temía las heridas, a Neso:

No huyas. Para los hercúleos”, dice, “arcos reservado serás.”

310Mas no Eurínomo, y Lícidas, y Areo e Ímbreo

escaparon a la muerte, a los cuales todos la diestra de Drías

abatió, a él enfrentados. De frente tu también, aunque

tus espaldas a la huida habías dado, tu herida, Creneo, llevaste,

pues grave un hierro, al volver la mirada, entre los dos ojos

315por donde la nariz a lo más bajo se une, encajas.

En ese tan gran bramido por todas sin fin sus venas yacía

dormido y sin despabilarse Afidas,

y en su languideciente mano una copa mezclada sostenía,

derramado en las vellosas pieles de una osa del Osa.

320Al cual de lejos cuando lo vio sin levantar en vano ningunas armas,

mete en su correa los dedos y: “Para ser mezclados”, dijo

Forbas, “con Estige esos vinos beberás, y sin detenerse en más

contra el joven blandió una jabalina y el herrado

fresno en el cuello, como al acaso yacía boca arriba, le entró.

325Su muerte careció de dolor y de su garganta plena fluyó

a los divanes y a las mismas copas, negra, la sangre.

Vi yo a Petreo intentando levantar de la tierra,

llena de bellotas, una encina, a la cual, mientras con sus abrazos la rodea

y sacude aquí y allá y su vacilante robustez agita,

330la láncea de Pirítoo, introducida en las costillas de Petreo,

su pecho reluctante junto con las dura robustez dejó fijado.

De Pirítoo por la virtud que Lico había caído contaban,

de Pirítoo por la virtud Cromis, pero ambos menor

título a su vencedor que Dictis y Hélope dieron,

335clavado Hélope en una jabalina que transitables sus sienes hizo,

y lanzada desde la derecha hasta la oreja izquierda penetró,

Dictis, resbalándose desde la bicéfala cima de un monte,

mientras huye temblando del que le acosa, de Ixíon al hijo,

cae de cabeza, y con el peso de su cuerpo un olmo

340ingente rompió y de sus ijares lo vistió roto.

Vengador llega Alfareo, y una roca del monte arrancada

lanzar intenta. Al que lo intentaba con un tronco de encina

asalta el Egida y de su codo los ingentes huesos

rompe y no más allá de entregar ese cuerpo inútil a la muerte

345u ocasión tiene o se preocupa, y a la espalda del alto Biénor

salta, no acostumbrada a portar a nadie sino a sí mismo,

y le opuso la rodilla a sus costillas y reteniéndole

con la izquierda la cabellera, su rostro y su amenazante boca

con un tronco nudoso, y sus muy duras sienes, le rompió.

350Con ese tronco a Nedimno y al alanceador Licopes

tumba, y protegido en su pecho por su abundante barba

a Hípaso y de lo más alto de los bosques prominente a Rifeo,

y a Tereo, quien en los hemonios montes los osos que cogía

llevar a su casa vivos e indignados solía.

355No soportó que disfrutara Teseo de los éxitos

de la batalla más allá Demoleonte: con su sólido matorral

arrancar un añoso pino con gran esfuerzo intenta,

lo cual, puesto que no pudo, previamente roto lo arroja a su enemigo;

pero lejos del arma que le venía Teseo se retiró,

360por la admonición de Palas: que se le creyera así él mismo quería.

No, aun así, el árbol inerte cayó, pues del alto Crántor

separó del cuello el pecho y el hombro izquierdo:

armero aquel de tu padre había sido, Aquiles,

a quien de los dólopes el soberano, en la guerra superado, Amíntor,

365al Eácida había dado, de la paz, prenda y garantía.

A él, desde lejos cuando por una horrible herida desmembrado Peleo

lo vio: “mas tus ofrendas fúnebres, de los jóvenes el más grato, Crántor,

recibe”, dice y con vigoroso brazo contra Demoleonte

de fresno lanzó, de su mente también con las fuerzas, un asta,

370que de su costado el armazón antes rompió, y luego en sus huesos prendida quedó

temblando: saca él con su mano sin su cúspide el leño

éste también apenas le obedece–: la cúspide en el pulmón retenida queda.

El mismo dolor fuerzas a su ánimo daba: enfermo contra el enemigo

se levanta y con sus pies de caballo al hombre cocea.

375Recibe él los golpes resonantes en la gálea y el escudo

y defiende sus hombros y ante sí tendidas sostiene sus armas,

y a través de las axilas con un solo golpe sus dos pechos perfora.

Antes, aun así, a la muerte había entregado a Flegreo e Hiles,

desde lejos, a Ifínoo con cercano Marte, y a Clanis.

380Se añade a ellos Dórilas, que las sienes cubiertas llevaba

de la piel de un lobo, y a guisa de salvaje arma los prestantes

cuernos zambos de unos bueyes, enrojecidos del mucho crúor.

A éste yo, pues fuerzas mi ánimo me daba: “Contempla”, dije,

cuánto ceden a nuestro hierro tus cuernos”,

385y una jabalina blandí, la cual, como evitar no pudiera,

opuso su diestra a la que había de sufrir esas heridas, su frente.

Fijada quedó con su frente su mano. Se produce un griterío, mas a aquél,

prendido, y por su acerba herida vencido Peleo

pues apostado estaba el más cercano– bajo su mitad le hiere a espada el vientre.

390Se abalanzó, y por la tierra, feroz, sus vísceras arrastró,

y arrastradas las pisó, y pisadas las rompió, y en ellas

sus patas también impidió, y sobre su vientre inane cayó.

Y no a ti al luchar, Cílaro, tu hermosura te redimió,

si es que a la naturaleza esa hermosura le concedemos.

395Su barba era incipiente, de esa barba el color áureo, áureo

desde los hombros su pelo pendía hasta la mitad de sus espaldillas.

Agradable en su cara el vigor; su cuello y hombros y manos

y pecho a las alabadas esculturas de los artistas próximos,

y por doquiera que hombre es; ni tampoco la del caballo imperfecta y peor

400bajo aquel hombre la hermosura: dale cuello y cabeza

y de Cástor digno será: así su espalda montable, así son

sus pechos excelsos de sus toros. Todo que la pez negra más negro,

cándida la cola, en cambio. Su color es también, de las piernas, blanco.

Muchas a él lo pretendieron de su raza, pero una sola

405se lo llevó, Hilónome, que la cual ninguna más hermosa mujer entre

los mediofieras habitó en los altos bosques.

Ella con sus ternuras y amándole, y que le amaba confesando,

a Cílaro sola tiene, de su ornato también, cuanto en esos

miembros existir puede, que sea su pelo por el peine liso,

410que ora de rosmarino, ora de viola o rosa

se rodee, alguna vez que canecientes lirios lleve,

y dos veces al día, bajados del vértice del pagáseo bosque,

en sus manantiales su rostro lave, dos veces en su caudal su cuerpo moje,

y que no, salvo las que le honren, de selectas fieras,

415o a su hombro o a su costado izquierdo tienda pieles.

Parejo amor hay en ellos: vagan en los montes a una,

grutas a la vez alcanzan. Y también entonces de los Lápitas a los techos

habían entrado a la par, a la vez esas fieras guerras hacían.

El autor en duda está: una jabalina de la parte izquierda

420llega, y más abajo que al cuello el pecho sostiene,

Cílare, te clavó. Su corazón, de esa pequeña herida alcanzado,

junto con su cuerpo entero después que el arma fue sacada se enfrió.

En seguida Hilónome recibe murientes sus miembros

e imponiéndole la mano la herida le calienta y su boca a la boca

425le acerca y su aliento que escapa impedir intenta.

Cuando lo ve extinguido, tras decirle cosas que el griterío a mis oídos

vedó llegar, sobre el arma que dentro de él prendida estaba

se echó, y muriendo se abrazó a su marido.

Ante mis ojos está también aquel que, de a seis, ató

430entre sí con entrelazados nudos de leones unas pieles,

Feócomes, protegiéndose a la vez al hombre y al caballo,

el cual, un tronco lanzando que apenas un par de yuntas moverían,

a Téctalo el Olénida desde el extremo de su cabeza lo rompió.

[Roto quedó el contorno más ancho de su cabeza, y a través de su boca

435y a través de sus huecas narices, por los ojos y las orejas, el cerebro

blando le fluye, como cuajada por un mimbre de encina

la leche suele, o como el líquido en un ralo cedazo por su peso

mana, y se exprime espesa por los densos agujeros.]

Mas yo, mientras se dispone él de sus armas a desnudar al yacente,

440–sabe esto tu padre–, mi espada en las profundas ijadas

del que le expoliaba hundí. Ctonio también y Teléboas

por la espada nuestra yacen: una rama el primero ahorquillada

llevaba, éste una jabalina. Con esa jabalina a mí heridas me hizo.

Sus señales ves. Se distingue todavía vieja la cicatriz de ahí.

445En ese entonces debió a mí enviárseme a tomar Pérgamo;

entonces podía del gran Héctor, si no superar,

detener sus armas con las mías. Pero en aquel tiempo ninguno,

o un niño, Héctor era. Ahora a mí me traiciona mi edad.

Para qué de Périfas, el vencedor del geminado Pireto,

450de Ámpix para qué contarte, quien del cuadrupedante Equeclo

clavó de frente en su cara un cornejo sin cúspide.

Una tranca hundiéndole el Peletronio Macareo en el pecho

tumbó a Erigdupo. Recuerdo también que unos venablos se escondieron

en la ingle de Cimelo por las manos de Neso lanzados.

455Y no has de creer que sólo cantaba el porvenir

el Ampicida Mopso. Con Mopso de lanzador el biforme

Hodites sucumbió y en vano intentó hablar:

a su mentón la lengua y el mentón a su garganta clavado.
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