La mirada que transforma el mundo






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títuloLa mirada que transforma el mundo
fecha de publicación09.06.2016
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La mirada que transforma el mundo
Esa tarde lluviosa, después de salir del trabajo, me dirigí a la estación del metro como lo hacía todos los días. “Dirección Tacubaya” leían los señalamientos que inconscientemente seguía en mi transitar pasmado por los lúgubres pasillos, por los espacios mal alumbrados de la estación del metro, de mi estación del metro. Con la misma inercia del día anterior y del día anterior a aquél, me deslizaba por el laberíntico espacio subterráneo acercándome poco a poco a mi destino. Ya no era necesario que me fijara en las indicaciones: mis pies sabían el camino sin necesidad de guiarlos conscientemente. Podía cerrar los ojos y dejar que mis pies me llevaran: recorrer la estación, abordar el vagón apropiado, descender ocho estaciones después y recorrer la nueva estación, todo sin abrir los ojos, todo sin un tropiezo, ni un roce con los muros. Mis pies habían memorizado cada paso de mi diario trayecto nocturno y cada fragmento de esta parte de la ciudad oculta al sol que pisaban. La memoria de mis pies me daba la libertad de divagar, de pensar en otras cosas, de observar lo que no es necesario observar. Ellos me conducían infaliblemente hasta mi destino físico diario: mi casa, mientras mi mente podía trazarse cada día un destino diferente. Mis maravillosos pies me permitían fijarme en las cosas extraordinarias que acontecían a mi alrededor y, que de tener que utilizar mi atención para elegir el camino indicado, pasarían lastimosamente desapercibidas. Así, podía yo darme cuenta de lo singular de ese rayo de luz que gracias a coincidencias inexplicables en las grietas de la estructura de la estación, se filtraba por varios estratos de concreto hasta llegar a este pasillo y dibujar un diminuto círculo blanco sobre el piso. Podía contar los azulejos cafés de las paredes de alguna de las estaciones y sorprenderme por el simple hecho de que alguien pudiera completar una obra artística de tales dimensiones o por el grado de belleza que un espacio simétricamente infinito puede transmitir. Podía ver uno tras otro los pares de ojos de diversos colores que pasaban a mi lado para luego perderse en la inmensidad de la estación que yo dejaba atrás. Podía imaginar un sinnúmero de historias para cada uno de los portadores de esos pares de ojos: a dónde iban, de dónde venían, cuántos hijos tenían, por qué tenían ese semblante melancólico. También podía imaginar que ésta no era una estación de metro sino una estación espacial, y que yo no era un simple pasajero del transporte colectivo, sino un agente del servicio secreto alienígena a punto de iniciar una misión interespacial. En fin, podía dejar de lado lo cotidiano, lo necesario, lo obvio, lo evidente, y concentrarme en todo aquello que también está ahí, pero que permanece oculto a quien no quiere descubrirlo. Por los breves 35 minutos que duraba mi jornada, podía olvidarme de lo práctico para fijarme en lo inútil, podía dejar el mundo de las necesidades para adentrarme en el mundo de las posibilidades. Lo importante en ese tiempo no era ya llegar a casa, sino lo que encontrara en mi camino.

Esa tarde lluviosa estaba yo, como siempre a esa hora, inmerso en mis nocturnas reflexiones sobre lo posible, cuando, de pronto, una enorme cucaracha se desplazó sigilosamente delante de mí. Mi asco fue tal que en dos segundos me vi remontado al mundo convencional donde las paredes no son más que paredes y las personas que pasan no son sino desconocidos. La percepción amplificada de la que gozo normalmente durante mi cotidiano recorrido, se desactivó en un instante. Fue como si las paredes a mi alrededor se contractaran sorpresivamente regresando los pasillos a sus dimensiones habituales; como si la estación misma perdiera vida e intentara sofocarme con su inmovilidad. Ese simple e insignificante insecto me había regresado la conciencia de mis pasos: ya no estaba yo atento a mis mundos imaginarios, sino a cuál era la línea y la dirección que debía tomar para llegar a casa. Sin embargo, esta distracción, afortunadamente, no duró mucho. En cuanto estuve a unos metros de la maldita cucaracha, ésta se transformó es una terrible bestia de otro planeta de la que debía huir si es que quería salir a tiempo del laberinto mítico-espacial que estaba por auto-destruirse, y regresar a la Tierra con el informe que permitiría a los humanos escapar de una guerra intergaláctica. ¡Qué tranquilidad! No sólo la cucaracha había quedado atrás, sino también ese otro mundo donde se trata solamente de una asquerosa cucaracha. Me puse mi traje espacial y seguí caminando.
El protagonista de este pequeño relato es una persona común que todos los días va a su trabajo y que al final de la jornada regresa a casa a descansar. Es una persona que, como millones de personas, toma el metro y recorre diariamente la misma ruta a la misma hora. Su vida es una rutina, una rutina necesaria para sobrevivir. Pero sorpresivamente, esta misma rutina le da la posibilidad de romper con la inercia de su vida. Esos minutos en los que cada día toma el metro para regresar a casa se han vuelto tan exactamente iguales a los de los demás días que ya no es necesario siquiera ponerles atención. Sus pies se han programado, a fuerza de la repetición, para dar cada día los mismos pasos, para doblar siempre en las mismas esquinas, para detenerse siempre en el mismo lugar. El protagonista ya no necesita ser consciente de sus actos para llevarlos acabo y su mente ha aprovechado esta oportunidad para huir del mundo convencional y predeterminado. Su mirada se ha transformado, pues ya no necesita ver lo próximo, lo evidente, sino que puede ver mucho más allá. La mirada convencional en la que las paredes son sólo paredes y el metro es sólo el metro, se ha visto rebasada. Ahora las cosas son múltiples y cambiantes, su imaginación lo ha liberado del mundo práctico; él ha dejado de ser él, sin sin embargo dejar de serlo. La mirada con la que percibe al mundo es ahora una mirada artística, una mirada poética, una mirada creadora. Este nuevo mundo en el que se inmiscuye el protagonista es, no obstante, un mundo frágil, es un mundo que se encuentra amenazado por el mundo corriente donde las acciones tienen una relación causa-efecto, donde el metro es tan sólo un medio de transporte y no un mundo lleno de posibilidades.

En el mundo moderno en el que vivimos, la lucha por la supervivencia es cosa de todos los días y es la praxis la que guía nuestras acciones. No hay tiempo para nada más que para lo necesario, más que para lo útil. Levantarse por las mañanas, tomar un baño, desayunar, salir rumbo a la escuela o rumbo al trabajo, tomar el autobús indicado, sin perder tiempo, sin llegar tarde; comer a la hora en que las comidas corridas están abiertas, regresar a trabajar, pagar la luz, la renta, el agua, el teléfono; llamar a quien es necesario llamar; regresar a casa, cenar, lavarse los dientes, ver las noticias, dormir. No es posible detenerse ni un momento pues se pierde el tiempo, se pierde el camión, se pierde a un posible cliente, se pierde una hora de sueldo, se pierde una clase, se pierde una cita. No es posible distraerse; es necesario seguir, seguir, seguir, seguir caminando sin mirar a los lados, sin desviarse, sin cambiar de rumbo. Todo lo que no tiene un carácter necesario pasa entonces desapercibido, el mundo se reduce a una mínima parte y nuestra capacidad creadora se esfuma. Hay que hacer lo que se tiene que hacer y nada más. Tal vez relajarse el fin de semana, tomarse unas cervezas con los amigos, pero hasta eso parece ser lo que se debe de hacer. Ir al bar, sentarse, ordenar, tomar, tomar más, ir al baño, desechar lo recién bebido, pedir otra para reponerlo, pagar, regresar a casa. Todo en una secuencia lógica indestructible, todo en un orden preestablecido, todo como debe de ser. Incluso romper las reglas aparece como un acto convencional: beber más de la cuenta, llegar tarde a casa, pasarse un alto. Todos esos actos parecen trazados de antemano. Existe la posibilidad de que un día, cansados del diario ajetreo de la vida práctica, decidamos tomarnos un descanso, unas vacaciones, ir al bosque, ir a la playa. Tal vez ahí logremos relajarnos, tal vez ahí nuestra mirada cambie y nos fijemos en cosas que antes pasaban desapercibidas: una hormiga que camina por nuestra panza que se yergue desnuda ante el sol, el color verde de un pino que es mínimamente más claro que el del pino contiguo, una línea delgada de nubes que parece partir el cielo en dos. Pero después de unos días, regresaremos a nuestro esquema diario, a nuestra vida práctica, a nuestra mirada estrecha.

El único que en este mundo moderno parece tener el derecho de distraerse y centrar su atención en los destellos inútiles del mundo que le rodea, es el artista. Su condición de ser sensible, de vidente, de creador, le permite fijar su mirada por largos minutos en ese oscuro y recóndito pasillo estrecho de la colonia Obrera, en esa pequeña ave que recoge una a una las ramas de un arbusto seco para formar su nido en las alturas de una jacaranda del parque España, en el asimétrico posicionamiento de los ladrillos de esa vieja casa de la calle Providencia que se encuentra en vías de demolición. El artista parece tener una licencia poética otorgada por el resto de la sociedad que le permite salirse de las convenciones; que le permite caminar pausadamente entre la demás gente que corre apurada; que le permite perder el camión, llegar tarde a una cita, comer a deshoras. El artista parece tener derecho de volverse loco y de luego comunicar lo que ha visto. El artista puede imaginar lo más fantástico, lo más terrible, lo más triste a partir de elementos que toma del mundo cotidiano y al mismo tiempo olvidarse completamente de dicho mundo. Al artista se le envidia, se le admira y se le tiene lástima. No tiene un horario fijo, ni una oficina, ni un jefe; ve cosas que los demás no podrían ver; vive una vida de excesos, de locura, de inutilidad. El artista moderno es un ser conflictivo, extraño, sensible. Pero su sensibilidad excesiva, aunque le revela mundos que la mirada convencional nunca podría percibir, también le hiere, le duele. Así, tenemos a un James Joyce y a un Marcel Proust que nos relatan lo terrible de su infancia, que nos dicen cómo su sensibilidad excesiva les impedía por momentos llevar una existencia normal. Tenemos a un Walt Whitman que sufre durante toda su vida. Tenemos también a un Arthur Rimbaud que confiesa, no sólo ser un vidente, sino querer más al hombre mismo que a Dios, que a su obra, que a sí mismo. Esta sensibilidad hace que el artista sea, muchas veces, ridiculizado por quienes no lo entienden, por quienes prefieren una vida práctica donde las acciones se dirigen a objetivos claros. La sensibilidad se categoriza como sensiblería, como obstáculo para una vida digna, para una vida práctica, para una vida convencional. Así, los padres de Stephen Dédalus lo mandan a un internado intentando que el joven se haga fuerte, y la madre del protagonista de En busca del tiempo perdido, no quiere mimarlo pues será malo para su débil espíritu que debe rectificarse.

Pero es la sensibilidad lo que le permite al artista reconocer la belleza oculta del mundo, lo que hace que ante sus ojos salten virutas doradas del sol que muere, que broten burbujas cristalinas de los ojos de una dama triste, que una pared blanca sea una página abierta a los corceles del alba, a los espíritus de dioses de panzas azules, a los cantos de cocodrilos diminutos. Porque el artista camina sin caminar, reposa sin reposar, mira sin mirar; o mejor dicho, camina, reposa y mira de una manera distinta, o mejor aún, mientras camina no sólo camina, mientras reposa no sólo reposa, mientras mira no sólo mira. El artista va por el mundo intentando llevar una vida más plena; sobrevive sin sólo sobrevivir. Abre los ojos más que los demás, abre los poros más que los demás. El artista imagina, crea posibilidades, ve más allá de las cosas. Sí, el artista, como decía Rimbaud, es un vidente: es un ser que a fuerza de trastornar sus sentidos, de cultivar su alma, de abrir su mismo ser al mundo, descubre lo desconocido. El artista transforma la mirada convencional en una mirada estética, en una mirada amplificada, en un análisis minucioso de la realidad, en una lectura de las posibilidades infinitas del mundo que nos rodea, en ficción. El artista se libera del mundo convencional donde las cosas sólo son lo que son en relación a un mundo práctico, y crea mundos nuevos, alternativos, simultáneos. La mirada artística es una mirada que multiplica, es una mirada que crea, es una mirada que encuentra posibilidades ocultas en las cosas más simples. Y después de transformar el mundo que habita, después de que en su mente las cosas ya no son sólo lo que nos han enseñado que son, después de que el artista crea nuevos mundos en su interior, exterioriza estas creaciones. Es entonces cuando surge la obra artística.

A lo largo de la modernidad, distintos filósofos (entre ellos Kant y Heidegger) han argumentado que el hombre es un ser creador, en el sentido que recibe estímulos del mundo que le rodea y debe completarlos para figurar su propia imagen del mundo. “El hombre recibe del exterior sensaciones desconectadas que él ensambla configurando una sola imagen.”1 Los elementos se encuentran ahí, en el mundo, pero la imagen que el hombre se crea finalmente de éste, depende de cómo interprete y agrupe dichos elementos, cosa que cada ser humano, debido a su carácter singular, hará de manera distinta,. ¿Cuál es entonces la diferencia entre el acto de creación cotidiana llevada a cabo por todos los seres humanos en su estar en el mundo, en su percibir el mundo, y el acto creador del artista? La primera diferencia que podría marcarse es que, mientras la creación implícita en la percepción del hombre es un acto inconsciente que responde a un instinto de supervivencia, la creación artística es un acto consciente de transformación del mundo que busca elevar la vida mucho más allá del mero nivel de supervivencia. Es decir, el hombre configura el mundo que le rodea con la finalidad de poder habitarlo, de poder comunicarse con él y con quienes también lo habitan; y, aunque la configuración de cada persona es distinta pues cada hombre es distinto, es difícil escapar de los esquemas ya trazados por el hombre mismo y su tradición. Cada hombre es un ser creador sin embargo limitado por las convenciones que el mismo hombre se ha fijado y desarrollado a lo largo de su historia. El artista, en cambio, configura mundos alternos a los mundos convencionales, busca acabar con la sistematización del mundo o al menos evidenciarla. El discurso artístico es un discurso revolucionario, no sólo en un sentido estético donde un movimiento artístico rompe con el movimiento artístico anterior, sino en un sentido filosófico más amplio, donde se intenta mostrar que nuestra concepción del mundo no es algo inmutable y eterno, sino algo fabricado y naturalizado por el hombre mismo. Es el hombre quien ha limitado su capacidad creadora a partir de las generalizaciones y convenciones que ha creado. En su intento de facilitar la vida, ha empequeñecido su mundo: la vida práctica lo ha orillado a percibir sólo lo necesario y a configurar su mundo con base en un espíritu normalizador. Sin embargo, como lo demuestra el arte, la facultad creadora del hombre de ninguna manera se encuentra perdida.

¿Qué es lo que pasaría si comenzáramos a cambiar nuestra manera de ver las cosas, nuestra manera de percibir el mundo, nuestra manera de transitarlo? Si al caminar por las calles no sólo moviéramos los pies sino el espíritu; si pusiéramos atención en el efímero aleteo de un colibrí enfermo, en el pesado y triste movimiento de una nube de lluvia, en el tenue vapor que escapa por la ventana después de tomar un baño caliente… Si cambiáramos nuestra mirada convencional por una mirada artística, ¿no aparecería el mundo diferente, transformado ante nuestros ojos? ¿No estaríamos también transformándonos de fondo a nosotros mismos? La mirada artística convierte al hombre en un ser más libre, pues lo libera de las convenciones y le abre un mundo de opciones, de posibilidades. Porque la libertad no es algo tan burdo como tener la opción de elegir entre 25 marcas de detergente, entre 17 tipos de shampoos, entre 10 colores de coches, entre 5 candidatos a la presidencia. La libertad es la posibilidad de crear un mundo propio a partir de los elementos que nos proporciona el mundo, es imaginar lo inimaginable, es sentir más allá de las sensaciones nombradas, es ver cosas que nadie más ha visto. La libertad es un acto de creación y no un simple acto de elección; es un acto que se desplaza hacia el infinito y no hacia un número cerrado de posibilidades. El hombre sólo logrará convertirse en un ser libre si se transforma en un ser creador de su propio mundo, en un ser abierto a lo posible y a lo que parece imposible, en un ser que utiliza sus facultades al máximo y no sólo en el nivel necesario para sobrevivir.

Vicente Huidobro argumenta que su poesía creacionista muestra hechos nuevos, independientes del mundo externo, desligados de cualquier otra realidad que no sea la propia, que hace realidad lo que no existe y que un poeta debe decir cosas que nunca se dirían sin él. Transportemos esta idea al mundo cotidiano, a la existencia de todos los hombres y no sólo a la de los poetas: si cada persona creara hechos nuevos -tal vez no independientes del mundo externo, como dice Huidobro, sino basados en éste-, si hiciera realidad lo que no existe, si imaginara más allá de lo evidente, si viera más allá de lo observable, si creara lo que de otra manera nunca sería creado, ¿no cambiaría su propia existencia y al mismo tiempo la existencia del mundo? ¿No sería el hombre más libre, más pleno, más feliz si ejercitara la habilidad creadora que posee por el simple hecho de ser humano? No es necesario que cada hombre se convierta en artista, sino, simplemente, que cada hombre se convierta en poeta de su propio mundo, en creador de su propio universo. No es necesario escribir un poema cada vez que salimos a la calle, sino simplemente salir a ella con una mirada renovada que nos permita ver ese edificio, ese parque, ese autobús, ese semáforo de manera distinta a como lo hemos visto todos los días, e incluso, verlo de manera distinta cada día. Percibir al mundo de manera diferente a como nos hemos acostumbrado a hacerlo; verlo más brillante, más triste, más feliz, más. Ver que cada objeto es un sinnúmero de objetos, que cada momento es un sinnúmero de momentos, que el mundo es múltiple si estamos dispuestos a adentrarnos en su multiplicidad, que las posibilidades son tantas como queramos que sean. Lo único que es necesario hacer es cambiar nuestra manera de ver las cosas, ejercitar nuestra alma, como diría Rimbaud, hasta convertirnos en videntes, hasta saber cómo descubrir lo desconocido, hasta transformarnos para transformar el mundo.

El artista transita por el mundo en una constante búsqueda. Se encuentra siempre en un estado de alerta para poder captar lo que el mundo tiene que ofrecerle. Recolecta de su mundo los elementos con los que posteriormente creará una obra artística. Si ahora nosotros tomáramos esta forma de transitar el mundo como ejemplo, si transformáramos nuestra mirada convencional en una mirada artística donde hasta lo más nimio puede llegar a sorprendernos, donde lo más burdo puede tomar dimensiones celestiales, donde lo más cotidiano puede transformarse en extraordinario, ¿no pasaríamos de ser los habitantes de un mundo convencional a ser los habitantes de un mundo fantástico y maravilloso? ¿No estaríamos viviendo y ya no sólo sobreviviendo? Si la próxima vez que crucemos un eje vial imaginamos que somos elefantes de tres patas en busca del agua sagrada que nos permita crecer una extremidad más; si la siguiente ocasión que utilicemos un elevador cerramos los ojos para sentir el leve impulso que nos separa poco a poco del suelo; si mañana nos abrimos paso entre la gente de un autobús atestado para poder ver por la ventana ese árbol gigante que nunca fue tan verde; si la próxima vez que tomemos el metro ponemos atención en ese fortuito haz de luz, en ese inexplicablemente simétrico acomodo de los azulejos, en los ojos de la gente que pasa, en nuestra misión secreta, y acabamos con cualquier cucaracha que amenace regresarnos al mundo convencional del que hemos logrado escapar, que quiera destruir nuestro mundo recién creado, que quiera quitarnos la libertad adquirida, habremos cambiado nuestra mirada convencional por una mirada artística, por una mirada que transforma el mundo.

Adela Goldbard

Julio 2004
Hacer que la mirada artística sea cosa de todos los días y no sólo un espacio de descanso

1 Tatarkiewicz, Wladyslaw. Historia de seis ideas. 296p.




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