Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I






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EL HOMBRE CONSUMIDO


Pleurez, pleurez, mes yeux, et fondez vous en eau! La moitié de ma vie a mis 1’autre au tombeau.

Corneille

No consigo acordarme en este momento dónde o cuándo conocí por primera vez a aquel individuo de tan buen aspecto, el Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith. De hecho, alguien me presentó a este caballero, de eso estoy seguro, en alguna reunión pública, sin duda alguna. Por algo de gran importancia, qué duda cabe, en algún lugar u otro, estoy convencido, cuyo nombre inexplicablemente he olvidado. La verdad es que aquella presentación vino acompañada, por mi parte, de una ansiedad que evitó que consiguiera retener una impresión definida acerca del tiempo o del lugar. Constitucionalmente soy una persona nerviosa; esto es, en mi caso, un problema de familia y no lo puedo evitar. Cualquier cosa con aspecto misterioso, la aparición de algo que no sea capaz de comprender a la perfección, me ponen al instante en un estado de lamentable agitación.

Había algo, como aquel que dice, notable —sí, notable, aunque éste es un término excesivamente poco enfático para expresar lo que quiero decir— acerca del personaje en cuestión. Mediría tal vez unos seis pies de altura, y su presencia tenía un singular aire de autoridad. Toda su persona emanaba un air distingué que revelaba su alto grado de educación y hacía pensar que procedía de una alta cuna. En tomo a este tema —el aspecto personal de Smith— siento una especie de melancólica satisfacción en ser minucioso. Su pelo hubiera sido digno de Brutus; nada podría haber tenido mayor riqueza en su caída o poseer un mayor brillo. Era de un color negro oscuro; que era también el color, o dicho con mayor propiedad, la ausencia de color de sus inimaginables bigotes. Como ustedes percibirán, soy incapaz de hablar de estos últimos sin que se trasluzca mí entusiasmo; no creo que sea exagerado decir que era el más magnífico par de bigotes que había bajo el sol. En todas las circunstancias rodeaban y en ocasiones sombreaban parcialmente una boca sin parangón. En ella se alojaban los dientes más absolutamente regulares y más resplandecientemente blancos que se puedan concebir. Entre ellos, siempre en la ocasión propicia, surgía una voz de una claridad, riqueza y fuerza arrolladoras. En lo que a los ojos se refiere, también mi conocido estaba preeminentemente bien dotado. Cualquiera de aquellos dos ojos valía un par de los normales. Eran de un color castaño profundo y extraordinariamente grandes y lustrosos, y se podía percibir en ellos, de cuando en cuando, esa dosis justa de oblicuidad que da contenido a una expresión.

El busto del general era incuestionablemente el más magnífico busto que jamás haya yo visto. Y aunque en ello me fuera la vida, jamás hubiera podido encontrar un fallo en sus egregias proporciones. Esta rara peculiaridad hacía destacar muy ventajosamente un par de hombros que hubiera hecho enrojecer, consciente de su inferioridad, a la marmórea faz de un Apolo. Yo soy un apasionado de los hombros hermosos, y puedo decir que jamás había visto unos tan perfectos anteriormente. Los brazos estaban también admirablemente modelados. No eran menos soberbias las extremidades inferiores. De hecho eran, sin duda, el non plus ultra de las piernas.

Todos los conocedores de la materia se veían obligados a admitir que aquellas piernas eran unas buenas piernas. No había demasiada carne ni, por el contrario, demasiada poca, ni rudeza ni fragilidad. Sería incapaz de imaginarme una curva más exquisita que la de aquel os femoris, y tenía justo esa prominencia en la parte trasera de la fíbula, que es la confirmación de una pantorrilla adecuadamente proporcionada. Tan sólo desearía, que mi joven e ingenioso amigo, Chipon-chipino, el escultor, hubiera tenido ocasión de haber visto tan sólo las piernas del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith.

Pero a pesar de que los hombres con un aspecto tan absolutamente magnífico no son tan abundantes como las pasas o las zarzamoras, aún era yo incapaz de creer que aquel algo notable a que he hecho alusión hace un momento, que ese extraño de je ne sais quos que emanaba de mi nuevo amigo, se centrara totalmente, ni siquiera absolutamente, en la suprema excelencia de sus dones físicos. Tal vez podría atribuírsele a su actitud, aunque una vez más me atrevo a afirmarlo categóricamente. Había una precisión, por no decir una rigidez, en sus movimientos, un grado de precisión mesurada y, si se me permite expresarlo así, rectangular en todos sus gestos, que, observados en una figura de menor tamaño, hubiera sido atribuido a la afectación, pomposidad o rigidez, pero que, observados en un caballero de sus indiscutibles dimensiones, era atribuida inmediatamente a una actitud reservada, hauteur... en pocas palabras y en sentido laudatorio a aquello que emana de la dignidad de unas proporciones colosales.

El amable amigo que me presentó al General Smith me susurró al oído unas cuantas palabras acerca de aquel hombre. Era un hombre notable —un hombre muy notable—; de hecho, uno de los hombres más notables de aquellos tiempos. Era también el favorito de las damas, fundamentalmente debido a la gran reputación que tenía de hombre valeroso.

—En ese aspecto no tiene parangón; es, de hecho, un perfecto desesperado, un verdadero comefuego, y que nadie lo dude —dijo mi amigo, bajando la voz muchísimo y excitándome con su tono misterioso.

—Un verdadero comefuegos, y que nadie lo dude. Eso lo demostró de sobra en la última y tremenda lucha en los pantanos de abajo, en el sur, con los indios Bogaboo y Kickapoo —aquí mi amigo abrió parcialmente los ojos—. ¡Que Dios me ampare! ¡Sangre y truenos y todo eso! ¡Prodigios de valor! ¿Habrá usted oído hablar de él, supongo? Él es el hombre...

—¡Mira quién está aquí! ¿Cómo está usted? ¡Válgame! ¿Cómo está? ¡Me alegro mucho de verle, ya lo creo que sí! —nos interrumpió el General en persona, agarrando de la mano a mi compañero mientras se acercaba e inclinándose rígida pero profundamente al serle yo presentado.

Pensé entonces (y lo pienso aún) que jamás había oído una voz más clara ni más poderosa, ni tampoco había visto una dentadura más perfecta; pero tengo que admitir que lamenté que nos interrumpiera en aquel preciso instante, ya que, a causa de los susurros y las insinuaciones anteriormente expuestas, mi interés hacia el héroe de la campaña de los Bogaboo y los Kickapoo se había visto tremendamente excitado.

No obstante, la deliciosamente brillante conversación del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith disipó rápidamente aquella mi pequeña frustración. Dado que mi amigo nos abandonó inmediatamente, tuvimos un tête-a-tête bastante largo, y no solamente disfruté mucho, sino que realmente aprendí cosas. Jamás había visto a un conversador más fluido, a un hombre mejor informado en general. Con entrañable modestia evitó, no obstante, tocar el tema que en aquel momento más me interesaba, quiero decir, las misteriosas circunstancias que rodeaban a la guerra con los Bogaboo, y con lo que yo por mi parte considero un adecuado sentido de la delicadeza, evité también abordar el tema; aunque, en honor a la verdad, estuve muy tentado de hacerlo. Percibí también que aquel apuesto soldado prefería hablar de temas de interés filosófico, y que le encantaba en particular charlar acerca del rápido desarrollo de los inventos mecánicos. De hecho, donde quiera que orientara yo la conversación, éste era un punto al que él volvía invariablemente.

—No hay nada semejante —diría él—; somos un pueblo maravilloso y vivimos en una era maravillosa. ¡Paracaídas y trenes, trampas para hombres y fusiles de resorte! Nuestros barcos de vapor recorren los siete mares, y el paquebote aéreo de Nassau está a punto de empezar un servicio regular de transporte (el precio del billete en cualquiera de las dos direcciones es de sólo veinte libras esterlinas) entre Londres y Timbuctu. ¿Y quién podría imaginar la inmensa influencia sobre la vida social, las artes, el comercio, la literatura, que ejercerán de inmediato los grandes principios del electromagnetismo? ¡Y eso no es todo, se lo puedo asegurar! Realmente no existe límite en el camino de los inventos. Día tras día surgen como hongos los más maravillosos, los más ingeniosos y, permítame añadir, señor... señor Thompson, creo que se llama usted..., permítame añadir, como decía, los más útiles, los más verdaderamente útiles inventos mecánicos, si me permite decirlo así, o de un modo más figurativo, como... ¡ah!..., saltamontes, como saltamontes, señor Thompson, a nuestro alrededor, y ¡ah!... ¡ah!... ¡ah!..., a nuestro alrededor.

Thompson, por supuesto, no es mi nombre; pero supongo que será innecesario decir que me separé del General Smith más interesado que nunca en su persona, con una exaltada opinión acerca de sus habilidades conversacionales y un profundo sentido de los valiosos privilegios de que disfrutamos al vivir en esta era de los inventos mecánicos. No obstante, mi curiosidad no había quedado totalmente satisfecha y decidí preguntar inmediatamente entre mis conocidos acerca del propio Brevet Brigadier-General, y en partitular acerca de los tremendos acontecimientos quorum pars magna fuit ocurridos durante la campaña de los Bogaboo y los Kickapoo.

La primera oportunidad que surgió y que yo (horresco referens) aproveché sin el más mínimo escrúpulo, sucedió en la Iglesia del Reverendo Doctor Drummummupp, donde me encontré un domingo a la hora del sermón no ya sólo en el banquillo, sino sentado al lado de esa valiosa y comunicativa amiga mía, la señorita Tabitha T. Así colocado, me felicité a mí mismo y con muy buenas razones por el muy adulador estado de las cosas. Si había alguna persona que pudiera saber algo acerca del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith, esa persona, me parecía evidente, era la señorita Tabitha T. Nos hicimos unas cuantas señas y después empezamos sotto voce un animado tête-a-tête.

—¡Smith! —dijo ella en respuesta a mi ardorosa pregunta—. ¡Smith! ¿No se referirá usted al General A. B. C.? ¡Que Dios me bendiga; creía que ya lo sabía usted todo acerca de él! ¡Esta es una era maravillosa y llena de inventos! ¡Qué horrible asunto aquél! ¡Maldito montón de desgraciados, eso es lo que son esos Kickapoos!... Luchó como un héroe... prodigioso valor... prestigio inmortal. ¡Smith!... ¡Brevet Brigadier-General John A. B. C.! ¡Válgame! Como usted sabe, ése es el hombre...

—El hombre —nos interrumpió el Doctor Drummummupp a voz en grito, y dando un golpe que estuvo a punto de hacer caer el pulpito sobre nuestras cabezas—. ¡El hombre nacido de una mujer tiene poco tiempo de vida por delante; surge y ve su vida segada como la de una flor!

Di un respingo al extremo de mi banco y percibí, por el aspecto excitado del ministro, que la ira que había casi resultado fatal para la integridad del pulpito había sido provocada por los susurros de la dama y míos. Aquello ya no tenía arreglo, de modo que me sometí elegantemente y escuché, un verdadero mártir del silencio digno, el resto de aquel magnífico discurso.

La tarde siguiente estaba yo visitando, un tanto tarde, el Rantipole Theatre, donde tenía la seguridad de poder satisfacer mi curiosidad inmediatamente por el simple expediente de entrar al palco de esas dos exquisitas pruebas de afabilidad y omnisciencia que son las señoritas Arabella y Miranda Cognoscenti. Aquel espléndido trágico, Climax, interpretaba Iago ante un público muy nutrido, y experimenté algunas ligeras dificultades para hacer comprender lo que deseaba; especialmente así, considerando que nuestro palco estaba junto a las bambalinas y dominaba por completo el escenario.

—¡Smith! —dijo la señorita Arabella cuando finalmente comprendió lo que yo le preguntaba—. ¡Smith!... ¿no se referirá usted al General John A. B. C.?

—¿Smith? —dijo Miranda meditativamente—. Dios me ampare, ¿han visto alguna vez una figura más espléndida?

—Jamás, Madame; pero dígame...

—¿O de una gracia inimitable?

—¡Jamás, se lo juro! Pero, por favor, dígame...

—¿O con tal apreciación de los efectos teatrales?

—¡Madame!

—¿O con un sentido más delicado de las verdaderas bellezas de Shakespeare? ¡Tenga usted la bondad de mirar esa pierna!

—¡Demonio! —y me volví de nuevo hacia su hermana.

—¡Smith! —dijo ella—, ¿no se referirá usted al General A. B. C.? Horrible asunto aquél, ¿no le parece? Unos desgraciados, eso es lo que son esos Bogaboos... unos salvajes y todo eso... ¡Pero vivimos en una maravillosa época de inventos!... ¡Smith!... ¡Oh, sí! Un gran hombre... ¡El perfecto desesperado!... ¡Prestigio inmortal!... ¡Prodigioso valor! ¡Lo nunca visto! —esto último lo dijo gritando—. ¡Que Dios me bendiga!... ¡Válgame, él es el hombre!...

... Mandragora

ni tampoco todos los ensoñadores jarabes del mundo podrán jamás devolverle ese dulce sueño que tuvo usted ayer!”

aulló en ese momento Climax, justo junto a mi oído, y agitando al mismo tiempo su puño ante mi cara, de una forma que yo no podía y no pensaba tolerar. Abandoné inmediatamente a las señoritas Cognoscenti, pasé inmediatamente entre bastidores y pegué a aquel miserable desgraciado tal paliza que no dudo que la recordará hasta el día de su muerte.

Tenía la seguridad de que en la soirée de la deliciosa viuda señora Kathleen O’Trump no sufriría una desilusión semejante. En consecuencia, tan pronto como me senté a la mesa de juego, al lado de mí hermosa anfitriona para hacer un vis-à-vis, planteé aquellas cuestiones cuya solución había llegado a ser esencial para mi tranquilidad.

—¡Smith! —dijo mi compañera—. ¡Válgame! ¿No se referirá usted al General John A. B. C.? Un horrible asunto aquél, ¿no le parece? ¿Diamantes, ha dicho usted?... ¡Unos desgraciados, eso es lo que son los Kickapoos!... Estamos jugando al whist, si no le importa, señor Tattle... No obstante, ésta es la era de los inventos, sin duda alguna la era, podríamos decir, la era par excellence... ¿Habla usted francés?... ¡Oh, sí, un verdadero héroe!... ¡El perfecto desesperado!... ¿No tiene corazones, señor Tattle? No puedo creerlo... ¡prestigio inmortal y todo eso!... ¡Prodigioso valor! ¡Lo nunca visto!... Válgame, él es el hombre...1

—¡Mann! ¡El capitán Mann! —gritó en ese momento alguna pequeña intrusa desde el otro extremo de la habitación—. ¿Están ustedes hablando (acerca del capitán Mann y su duelo?... ¡Oh!, tengo que oírlo... cuéntenmelo... ¡Prosiga, señora O’Trump!... ¡Siga, por favor!

Y así lo hizo la señora O’Trump, contándolo todo acerca de un tal capitán Mann, que había sido muerto de un tiro o ahorcado o, en cualquier caso, debería haber sido muerto de un tiro o ahorcado. ¡Sí! La señora O’Trump siguió pablando y yo... yo me fui. Ya no me quedaba ni la más mínima oportunidad de enterarme de nada más acerca del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith.

No obstante, me consolé con la reflexión de que aquella racha de mala suerte no podría durar siempre, y decidí, en consecuencia, lanzarme audazmente a conseguir la información de aquel ángel encantador que era la graciosa señora Pirouette.

—¡Smith! —dijo la señora P. mientras dábamos vueltas enlazados en un pas de zaphyr—. ¡Smith! ¡Válgame! ¿No se referirá usted al General John A. B. C.? Terrible asunto el de los Bugaboos, ¿no le parece? ¡Unas criaturas horribles, eso es lo que son esos indios!... ¡Haga el favor de sacar las puntas de los pies hacia afuera! De verdad que me avergüenzo de usted... ¡Un hombre de gran valor, pobre individuo!... Pero ésta es una maravillosa era de inventos... ¡Oh, pobre de mí, estoy agotada!... Es prácticamente un desesperado... Prodigioso valor... ¡
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