Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I






descargar 322.92 Kb.
títuloEdgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I
página6/10
fecha de publicación08.06.2016
tamaño322.92 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

UNA SITUACIÓN COMPROMETIDA


¿Qué mala fortuna, buena dama, la ha dejado así de desamparada?”

Comus.

Era una tarde quieta y tranquila cuando salí a las calles de la hermosa ciudad de Edina.1 La agitación y la confusión que reinaban en las calles eran terribles. Los hombres hablaban. Las mujeres, chillaban. Los niños se asfixiaban. Los cerdos gruñían. Los carros traqueteaban. Los toros bramaban. Los caballos relinchaban. Las vacas mugían. Los gatos maullaban a coro. Los perros bailaban. ¡Bailaban! ¿Sería posible? ¡Bailaban! Lástima, pensé yo, ¡mis días de bailarina acabaron ya! Así pasa siempre. Qué multitud de tristes recuerdos se agolpan de cuando en cuando en la mente del genio y de la imaginación contemplativa, especialmente en la del genio condenado a la incesante, y eterna, y continúa, y podríamos decir, la continuada, sí, la continua y continuada, amarga, molesta, preocupante, y si se me permite decirlo, la muy atormentadora presencia de la serena, y divina, y celestial, y exaltante, y elevada, y el purificador efecto de lo que podríamos llamar correctamente la más envidiable, la más verdaderamente envidiable, ¡qué digo!, la más benignamente hermosa, la más delicadamente etérea, y como aquel que dice la más bonita (si se me permite utilizar un término tan atrevido) cosa (pido excusas a mis comprensivos lectores) del mundo, pero siempre me dejo llevar por mis emociones. En tal estado de ánimo, repito, ¡qué multitud de recuerdos se agolpan en nuestra mente bajo la influencia de cualquier bagatela! ¡Los perros bailaban! Yo... ¡yo no podía! Ellos retozaban... yo lloraba. Ellos hacían cabriolas... yo gemía en voz alta. ¡Conmovedora circunstancia! Que no pueden dejar de traer a la memoria del lector de clásicos aquel exquisito pasaje en relación con la adecuación de las cosas, que aparece al comienzo del tercer volumen de aquella admirable y venerable novela china, el Jo-Go-Slow.1

En mi solitario caminar a través de la ciudad tuve dos humildes pero fíeles compañeros. Diana, mi perrita, ¡la más dulce de las criaturas! El pelo le caía sobre uno de los ojos, y llevaba una cinta azul elegantemente atada alrededor de su cuello. Diana no medía más de cinco pulgadas de altura, pero su cabeza era ligeramente mayor que su cuerpo, y como tenía la cola cortada muy al ras, daba un aspecto de inocencia ofendida que la hacía ser la favorita de todo el mundo.

Y Pompey, ¡mi negro! ¡El dulce Pompey! ¡Cómo podría olvidarle jamás! Yo me había cogido del brazo de Pompey. Medía tres pies de altura (me gusta ser distinta de los demás) y tenía setenta, o tal vez ochenta años de edad. Tenía las piernas arqueadas y era corpulento. Su boca no era lo que podríamos decir pequeña, ni tampoco sus orejas. No obstante, sus dientes eran como perlas, y sus enormes ojos claros eran deliciosamente blancos. La naturaleza había olvidado dotarle de cuello, y había dispuesto sus talones (lo que es corriente entre los de su raza) en la mitad de la parte superior de sus pies. Se vestía con llamativa simplicidad. Su única vestimenta consistía en un bastón de unas nueve pulgadas de altura y un abrigo raído casi nuevo que había pertenecido previamente al alto, elegante e ilustre doctor Moneypenny. Era un buen abrigo. Estaba bien cortado. Estaba bien hecho. El abrigo era casi nuevo. Pompey evitaba que tocara el suelo, sujetándolo con ambas manos.

Había tres personas en nuestro grupo, y dos de ellas han sido ya citadas. Había una tercera; esa tercera persona era yo. Yo soy la signora Psyche Zenobia. No soy Suky Snobbs. Mi aspecto es imponente. En la memorable ocasión a la que me refiero llevaba puesto un traje de satén carmesí, con un mantelet árabe azul cielo. Y el traje tenía adornos de agraffas, y siete elegantes faralaes de aurículas color naranja. Por lo tanto yo era la tercera persona del grupo. Estaba la perrita. Estaba Pompey. Estaba yo. Éramos tres. De la misma forma que se dice que había originalmente sólo tres Furias, Melty, Nimmy y Hetty,2 es decir, meditación, Memoria e interpretación del violín.

Apoyándome en el brazo del galante Pompey y seguida a respetable distancia por Diana, eché a andar por una de las populosas y muy agradables calles de la ahora desierta ciudad de Edina. De repente vimos ante nosotros una iglesia, una catedral gótica enorme, venerable, y con una gran torre que apuntaba hacia el cielo. ¿Qué locura fue la que entonces me poseyó? ¿Por qué fui a toda prisa a encontrarme con mi destino? Me vi inundada por el incontrolable deseo de subir a aquel altísimo pináculo para ver desde allí la inmensa extensión de la ciudad. La puerta de la catedral parecía invitarme a entrar. Prevaleció mi destino. Atravesé aquel ominoso umbral. ¿Dónde estaba entonces mi ángel guardián? Si es que de hecho existe esa clase de ángeles. ¡Sí! ¡Qué inquietante monosílabo! ¡Qué mundo de misterio, de significados y de duda, de incertidumbre, está escondido tras esas dos letras! ¡A través del ominoso umbral! Entré, y sin que mis aurículas naranjas sufrieran ningún daño, pasé por debajo del portal, emergiendo en el interior del vestíbulo. De igual forma que se dice que el inmenso río Alfred1 pasaba ileso y sin mojarse por debajo del mar.

Pensé que la escalera no acabaría nunca. ¡Vueltas! Sí, daba vueltas y vueltas, y vueltas y vueltas, y vueltas y vueltas, hasta que no pude por menos que suponer, junto con el sagaz Pompey, sobre cuyo brazo me apoyaba con toda la confianza que me daba mi antiguo afecto por él..., no pude por menos de suponer que la parte superior de aquella escalera espiral había sido accidentalmente, o tal vez voluntariamente, arrancada. Hice una pausa para recuperar el aliento; y en ese momento ocurrió un accidente de una naturaleza excesivamente trascendente desde un punto de vista moral, así como metafísico, como para ser pasado por alto sin más ni más. Me pareció —de hecho estaba casi totalmente segura de ello— que no podía haberme equivocado, ¡no! Llevaba un rato observando atentamente y con gran angustia los movimientos de Diana —insisto en que no podía haberme equivocado—. ¡Diana había olido una rata! Inmediatamente puse a Pompey al corriente del asunto, y él..., él estuvo de acuerdo conmigo. Entonces ya no había lugar a dudas. La rata había sido olida, y había sido Diana la que lo había hecho. ¡Cielos! ¿Podré olvidar alguna vez la tensa excitación de aquel momento? ¡La rata! —allí estaba—, es decir, estaba por allí en alguna parte. Diana la olía. Yo... ¡yo no podía! De la misma manera que se dice que la Isis prusiana2 tiene para algunas personas un olor dulce y penetrante, mientras que para otras resulta totalmente carente de olor.

Habíamos remontado la escalera y ya no quedaban entre nosotros y la cumbre más de tres o cuatro escalones. Seguimos ascendiendo y pronto no nos quedó más que un escalón. ¡Un escalón! ¡Un pequeño, un diminuto escalón! ¡Hasta qué punto puede llegar a depender la totalidad de la felicidad o de la miseria humana de un pequeño escalón como ése en la gran escalera de la vida! Pensé en mí misma, después en Pompey,, y después en el misterioso e inexplicable destino que nos rodeaba. ¡Pensé en Pompey!... ¡Ay de mí, pensé en el amor! Pensé en los pasos3 que había dado en falso, y que podría volver a dar. Resolví ser más cautelosa, más reservada. Abandoné el brazo de Pompey, y aún sin su ayuda remonté el escalón que faltaba, llegando al campanario. Inmediatamente detrás de mí entró mi perrita. Tan sólo Pompey quedó atrás. Me quedé en la cumbre de la escalera, dándole ánimos para que se reuniera conmigo. Me alargó la mano, y desafortunadamente, al hacerlo se vio obligado a soltar su presa sobre el abrigo. ¿Acaso jamás abandonarán los dioses esta persecución? El abrigo cayó al suelo, y, con uno de sus pies, Pompey pisó los largos faldones de éste. Tropezó y cayó. Fue una consecuencia inevitable. Cayó hacia adelante y me golpeó con su maldita cabeza en medio del... en el pecho, precipitándome, junto con él, al duro, mugriento y detestable suelo del campanario. Pero mi venganza fue firme, repentina y completa. Agarrándole furiosamente por el pelo con ambas manos le arranqué una enorme cantidad de material negro, rígido y rizado, arrojándolo al suelo con el mayor desdén imaginable. Cayó entre las cuerdas que había en el campanario y allí se quedó. Pompey se levantó sin decir una palabra, pero me miró con pena con aquellos grandes ojos y... suspiró... ¡Oh, dioses!... ¡Qué suspiro! Se clavó en mi corazón. Y aquel pelo... ¡Aquella lana! Si hubiera podido la hubiera bañado con mis lágrimas, como testimonio de mi arrepentimiento. Pero, pobre de mí, estaba totalmente fuera de mi alcance el hacerlo. Al verlo colgar de las cuerdas de la campana me pareció como si estuviera vivo. Me pareció que se ponía erecto de indignación. Al igual que la happy-dandy Flos Aeris1 de Java, produce una hermosísima flor que vive aunque la planta haya sido arrancada. Los nativos, la cuelgan del techo y disfrutan de su fragancia durante años.

Nuestra disputa había llegado a su fin, y miramos a nuestro alrededor en busca de alguna abertura a través de la cual pudiéramos ver la ciudad de Edina. No había ninguna ventana. La única luz que conseguía penetrar en aquella cámara tenebrosa procedía de una abertura cuadrada, de aproximadamente un pie de diámetro, que estaba como a unos siete pies del suelo. Pero ¿qué hay que no pueda llevar a cabo la energía del genio verdadero? Decidí trepar hasta aquel agujero. Cerca del agujero, en el lado opuesto, había una gran cantidad de ruedas, piñones y demás maquinaria de aspecto cabalístico; y a través del agujero pasaba una barra de hierro procedente de ésta. Entre las ruedas y la pared donde estaba el agujero no quedaba prácticamente sitio para pasar, pero yo estaba desesperada y decidida a seguir adelante. Llamé a Pompey.

—Te habrás fijado en esa abertura, Pompey. Quiero ver lo que hay al otro lado. Ponte aquí, debajo del agujero..., así. Ahora pon una mano, Pompey, y permíteme que me suba encima..., así. Ahora, la otra mano, Pompey, y con su ayuda podré subirme sobre tus hombros.

Él hizo todo lo que yo deseaba, y descubrí, una vez arriba, que podía pasar fácilmente la cabeza y el cuello a través de la abertura. La vista era sublime. Nada podría haber sido más magnífico. Me entretuve un momento pidiéndole a Diana que se portara bien, y asegurando a Pompey que actuaría con consideración y procuraría no pesarle demasiado. Le dije que sería tierna con sus sentimientos, ossi tender que beef-steak.2 Habiendo cumplido este acto de justicia para con mi fiel amigo, me lancé con gran ímpetu y entusiasmo al disfrute de la escena que tan generosamente se extendía ante mis ojos.

Sobre este tema, no obstante, no voy a extenderme. No voy a describir Edimburgo. Todo el mundo ha estado en Edimburgo, la Edina clásica. Me limitaré a describir los angustiosos detalles de mi propia y lamentable aventura. Habiendo satisfecho en cierta medida mi curiosidad acerca de la extensión, situación y el aspecto general de la ciudad, tuve tiempo suficiente para examinar la iglesia en la que estaba, y la delicada arquitectura de la torre. Observé que la abertura a través de la cual había sacado la cabeza era la abertura de la esfera de un reloj gigante, que desde la calle debía parecer un enorme agujero para meter una llave, como los que vemos en las esferas de los relojes franceses. Sin duda, su función verdadera era la de permitir el paso del brazo del encargado cuando hiciera falta ajustar las agujas del reloj desde dentro. Observé también con gran sorpresa las inmensas dimensiones de las citadas agujas, la más larga de las cuales debía medir no menos de diez pies de largo y ocho o nueve pulgadas de ancho en la parte más gruesa. Parecían ser de acero macizo, y sus bordes, afilados. Habiendo observado estos detalles, y algunos otros, volví de nuevo la vista hacia la gloriosa perspectiva que se extendía ante mí, quedándome absorta en su contemplación.

Al cabo de algunos minutos me vi arrancada de mi arrobamiento por la voz de Pompey, que declaraba que no podía aguantar más, y que me pedía que hiciera el favor de bajarme. Aquello me pareció poco razonable, y así se lo dije con un discurso relativamente extenso. El me replicó, demostrando una clara falta de comprensión de mis ideas acerca del tema. En consecuencia, me irrité y le dije en pocas palabras que era un idiota, que acababa de cometer un ignoramus e-clench-eye,3 que sus ideas no eran más que insommary Bovis,4 y que sus palabras eran poco más que an ennemywerrybor’em.1 Con esto pareció quedar satisfecho, y yo continué con mis contemplaciones.

Debió ser como media hora después de este altercado, estando yo profundamente absorta en el celestial paisaje que se extendía a mis pies, cuando fui sorprendida por la suave presión en mi cogote de algo muy frío. No hace falta decir que me sentí extraordinariamente alarmada. Yo sabía que Pompey estaba bajo mis pies, y que Diana, siguiendo mis muy explícitas instrucciones, estaba sentada sobre sus patas traseras, en el rincón más alejado de la habitación. ¿Qué podría ser? ¡Ay de mí! Rápidamente descubrí lo que era. Volviendo cuidadosamente la cabeza hacia un lado percibí, horrorizada, que la inmensa, brillante y acerada aguja del minutero del reloj había, al cabo de su vuelta, descendido sobre cuello. Yo sabía que no había un instante que perder. Intenté retirar la cabeza, pero era demasiado tarde. No había posibilidad de pasar la cabeza a través de la boca de aquella terrible trampa en la que había caído, que se hacía progresivamente más estrecha con una más horrible rapidez de lo que concebirse pueda. La agonía de aquel momento es inimaginable. Eché mis brazos hacia arriba e intenté con todas mis fuerzas empujar hacia arriba aquella pesada barra de hierro. Igual hubiera sido intentar levantar la catedral. Y bajaba, y bajaba, y seguía bajando, cerca, más cerca y cada vez más cerca. Le grité a Pompey que me ayudara, pero él dijo que yo había herido sus sentimientos llamándole “tocino ignorante”. Le grité a Diana, pero ella se limitó a decir: “¡Guau, guau, guau!”, ya que yo le había dicho: “Bajo ningún concepto se te ocurra moverte de ese rincón”. Así, pues, no podía esperar ayuda alguna de mis compañeros.

Mientras tanto, la pesada y terrorífica Guadaña del Tiempo (y sólo entonces pude comprender literalmente el contenido de aquella frase clásica) no se había t detenido, ni parecía probable que lo hiciera, en su recorrido. Bajaba y seguía bajando. Ya se había enterrado su afilado borde una pulgada en mi carne, y mis sensaciones empezaron a ser confusas e indistintas. Por un momento me parecía estar en Filadelfia, con el arrogante doctor Moneypenny, e inmediatamente después me parecía estar en el salón trasero del señor Blackwood, recibiendo sus inapreciables consejos. Y de nuevo se presentaba ante mí el dulce recuerdo de antiguos y mejores tiempos, y pensaba en aquella feliz época en la que el mundo no era un desierto y Pompey no era totalmente cruel.

El tic tac de la maquinaria me divertía. Me divertía, digo, dado que mis sensaciones bordeaban ya la perfecta felicidad e incluso las más mínimas bagatelas me procuraban placer. El eterno click-clack, click-clack, click-clack, resultaba una dulce música para mis oídos, e incluso ocasionalmente me recordaba los elegantes sermones-arenga del doctor Ollapod. Después estaban los enormes números de la esfera, ¡qué inteligentes, qué intelectuales parecían todos! Y finalmente todos se pusieron a bailar la mazurca, y me parece recordar que era el número 5 el que lo hizo más a mi gusto. Era, evidentemente, una dama de alta cuna. Nada de vacilaciones y nada que no fuera delicadeza había en sus movimientos. Hacía la pirueta admirablemente, girando alrededor de su vértice. Intenté acercarle una silla, ya que parecía fatigada por sus esfuerzos, y tan sólo en aquel momento percibí totalmente lo lamentable de mi situación. ¡A fe mía que era lamentable! La barra se había enterrado ya dos pulgadas en mi cuello. Me sentí invadida por una sensación de exquisito dolor.

Recé pidiendo la muerte, y, sumida en la agonía del momento, no pude evitar el repetir aquellos exquisitos versos del poeta Miguel de Cervantes:

Vanny Buren, tan escondida

Quey no te senty venny

Pork and pleasure, delly morry

Nommy, torny, darry, widdy!2

Pero entonces se presentó ante mí un nuevo horror, y en verdad que era un horror como para destrozar los nervios al más templado. Mis ojos/ debido a la cruel presión ejercida por la máquina, estaban empezando a salírseme de las órbitas. Mientras estaba pensando cómo me las iba a poder apañar sin ellos, uno se me salió de hecho y, rodando por el lado inclinado de la torre, fue a alojarse en el canalón que recorría los aleros del edificio principal. La pérdida de un ojo no me afectó tanto como el aire de insolencia, independencia y desprecio con el que me miraba una vez que estuvo fuera. Yacía ahí en el canalón, justo debajo de mis narices, y los aires que se daba hubieran sido ridículos de no haber sido tan repugnantes. Jamás se había visto tanto guiño y tanto parpadeo. Aquel comportamiento por parte de mi ojo en el canalón no resultaba irritante tan sólo debido a su manifiesta insolencia y su vergonzosa ingratitud, sino que resultaba también extraordinariamente inconveniente debido a la simpatía que siempre existe entre dos ojos de una misma cabeza, por separados que estén. Me vi obligada, en cierto modo, a guiñar y parpadear con el otro ojo en exacta correspondencia con aquella cosa descarada que yacía justo bajo mi nariz. No obstante, finalmente me vi libre de esta situación, al caérseme el otro ojo. En su caída siguió el mismo recorrido (posiblemente lo habrían concertado de antemano) que su compañero. Los dos salieron rodando del canalón juntos y, la verdad sea dicha, me alegré mucho de perderlos de vista.

La barra había penetrado ya en mi cuello cuatro pulgadas y media, y no quedaba más que un hilillo de piel por cortar. Mi reacción fue de total alegría, ya que sentía que como mucho, en unos pocos minutos, me vería libre de aquella desagradable situación. Y mi esperanza no se vio defraudada. Precisamente a las cinco y veinticinco de la tarde, el inmenso minutero había avanzado lo suficiente como para cortar el escaso remanente que quedaba de mi cuello. No sentí ninguna tristeza al ver separarse de mí definitivamente aquella cabeza que tanta vergüenza me había producido. Primero rodó por el costado del campanario, después se alojó durante algunos segundos en el canalón, y después cayó violentamente en medio de la calle.

Confesaré con toda candidez que en aquel momento mis sensaciones eran de lo más singular, es más, de lo más misteriosas, de un carácter de lo más desconcertante e incomprensible. Mis sentidos estaban simultáneamente aquí y allá. Con mi cabeza imaginaba un momento que yo, la cabeza, era la verdadera Signora Psyche Zenobia; al momento siguiente estaba plenamente convencida de que yo, mi cuerpo, era la verdadera identidad. Para aclarar mis ideas busqué en mi bolsillo la capita de rapé, pero al encontrarla, intentando llevarme un pellizco de su delicioso contenido a la nariz, como es habitual, me di rápidamente cuenta de mi particular deficiencia, lanzando inmediatamente la caja a mi cabeza. Esta cogió un pellizco con gran satisfacción, y me dirigió a cambio una sonrisa de agradecimiento. Poco después me lanzó un discurso que pude oír tan sólo indistintamente al carecer de orejas. No obstante, capté lo suficiente como para saber que estaba asombrada de que yo deseara seguir viviendo en semejantes circunstancias. En sus frases finales citó las nobles palabras de Ariosto:

Il pover hommy che non sera corty

And have a combat tenty erry morty.1

comparándome así a aquel que en el calor del combate, no dándose cuenta de que estaba muerto, siguió adelante luchando con inextinguible valor. Ya no había nada que me impidiera bajarme de donde estaba, y así lo hice. Todavía no he sido capaz de averiguar qué fue lo que vio de raro Pompey en mi aspecto. El pobre individuo abrió la boca de oreja a oreja y cerró los ojos como si estuviera intentando cascar nueces con los párpados. Finalmente, lanzando lejos de sí el abrigo, echó a correr hacía la escalera y desapareció. Lancé tras él estas vehementes palabras de Demóstenes:

Andrew O’Phlegethon, you really make haste to fly.2

y después me volví hacia el amor de mi vida, ¡a mi tuertecita! A mi lanuda Diana. ¡Ay de mí! ¿Qué horrible visión se presentó ante mis ojos? ¿Acaso fue una rata lo que vi arrastrarse hasta su agujero? ¿Son éstos acaso los roídos huesos de mi pequeño ángel, cruelmente devorado por el monstruo? ¡Oh, dioses! ¿Y qué es lo que veo?... ¿£5 eso acaso el espíritu, la sombra, el fantasma de mi adorada perrita, que tan melancólicamente está sentado en aquel rincón? ¡Escuchad! ¡Habla! Y, ¡cielos!, habla en el alemán de Schiller:

Unt stubby duk, so stubby dun

Duck she! duck she!

¡Ay de mí! Demasiada verdad son sus palabras:

Y si morí al menos fue

¡por ti!... ¡por ti!

¡Dulce criatura! También ella se ha sacrificado por mí. Sin perra, sin negro, sin cabeza, ¿qué queda ya para la infeliz Signora Psyche Zenobia? ¡Ay de mí! ¡Nada! He terminado.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

similar:

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconUn niño. Edgar Allan Poe fue educado por John Allan, un acaudalado...

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconEdgar allan poe y sus obras por Julio Verne

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I icon1 Biografía de Edgar Allan Poe [Fuente: Wikipedia, la enciclopedia libre]
«El misterio de Marie Rogêt» no está disponible en la web sobre las obras de Poe

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconEdgar Allan Poe Ilustrado por Gustave Doré Con un estudio de Ramón Gómez de la Serna

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconPor Edgar Allan Poe Versión de Julio Cortázar Cuentos / 1 • Alianza...

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconEdgar allan poe

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconEdgar Allan Poe

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconEdgar allan poe

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconAutor: Edgar Allan Poe

Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I iconAutor: Edgar Allan Poe






© 2015
contactos
l.exam-10.com