Edgar allan poe o la pasión de leer por Isabel Guillen Pardo. I






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Relatos cómicos





Edgar Allan Poe



Título: Relatos Cómicos

Diseño portada: Juan Manuel Domínguez

Prólogo: Isabel Guillen Pardo
Digitalizado y revisado por Pedro Manuel S. G.

EDGAR ALLAN POE O LA PASIÓN DE LEER


Por Isabel Guillen Pardo.

I


Se ha dicho que la vida de Poe parece extraída de uno de sus relatos. Nació en Boston el 19 de enero de 1809 —el mismo año que Abraham Lincoln—, en el seno de una familia de cómicos ambulantes. A los dos años pierde a su padre, tísico y alcoholizado, que deja a su esposa enferma del mismo mal la tarea de sacar adelante a sus tres hijos. Pronto morirá esta también, iniciando nuestro autor en su temprana niñez una sobrecogedora familiaridad con la muerte.

Poe fue adoptado por un rico comerciante escocés de Richmond (Virginia), John Allan, cuya esposa no tenía hijos. Esta y su hermana colman de afecto al huérfano, toldando todos sus caprichos. Los negocios del matrimonio se ven amenazados por la guerra independentista norteamericana y por el bloqueo naval ingles. Los Allan se trasladan, pues, a Inglaterra —a Liverpool—, y Edgar cursa sus estudios en Escocia, en Londres y en Stoke Newington, donde durante cinco años aprende francés, latín, historia y literatura. Con todo, su experiencia inglesa se ve marcada principalmente por la influencia mágica de los viejos barrios, las casas antiguas, los húmedos sótanos y los tétricos corredores, que llevan al espíritu medroso y excitable del futuro escritor una extrema afición por lo macabro y lo misterioso.

Vuelve con la familia Allan a Estados Unidos, donde Poe completa su formación humanística y empieza a vivir una larga cadena de amores imposibles, frustrados y platónicos, que constituirán una tónica a lo largo de toda su existencia. Nuestro joven autor siente en su interior, no sin cierta complacencia morbosa, un desconcierto de tenebrosas fuerzas. «Desciendo de una raza eminentemente hipersensible y tan rica de ingenio como de pasión.» He aquí la frase clave que encontramos constantemente en sus relatos autobiográficos. El norteño huérfano de unos cómicos de la legua no logra aclimatarse ni responder a las expectativas de la rica familia aburguesada del sur.

Matriculado en la Universidad de Virginia, es cx-pulsado por su afición a los juegos de azar, ante la repulsa de su padre adoptivo, de quien se sanara orgullosamente a los dieciocho años de edad, cambiando el ambiente afectuoso y acomodado de la familia que le había tenido como hijo por una existencia sometida a los avalares del azar, un azar presidido por una predisposición heredada al alcohol que pesará sobre él como una inexorable condena.

Poe se traslada a Boston e invierte el poco dinero que le resta en la publicación de unos primeros escritos —Tamerlán y otros poemas— que pasan desapercibidos. Sirve en el ejercito mientras redacta su poema Al Aaraaf, intentando acomodarse a la disciplina de la prestigiosa Academia Militar de West Point, de la que acaba siendo expulsado. Sediento de afecto familiar, se traslada a Washington a probar fortuna inútilmente, y luego a Baltimore, a casa de su tía paterna María Clemm —«el sol moral de la vida» de Edgar, según el decir de Baudelaire—, donde vivirá uno de los pocos períodos felices de su existencia, en relación con su hermano Henry, a la sazón oficial de Marina.

Su tía y su jovencísima primita colman el afán de cariño de nuestro autor, cuyas poesías comienzan a ver la luz pública y a recibir una buena acogida de la crítica. Su Manuscrito encontrado en una botella obtiene el premio de una revista, y, amparado por el crítico Kennedy, inicia una labor de redactor periodístico, truncada y fragmentada por su afición al juego y al alcohol.

Estamos en 1836, y Edgar se ha casado con su prima, casi una niña, la hija de su tía María Clemm, en un matrimonio que probablemente nunca se vio consumado. Su crónica melancolía deshace lo que podía haber sido una vida familiar emocionalmente estable y la regularidad de un trabajo fijo y bien remunerado. Es el momento, empero, en que nuestro autor da a conocer su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym, y su primer volumen de narraciones —Relatos de lo grotesco y lo arabesco—, aparecidas en una revista de Filadelfia, donde el escritor da muestras de su acusada personalidad en cuentos como El hundimiento de la casa Usher, William Wilson y Morella.

Nuevos problemas creados por su conducta desordenada, que esta vez se ven acrecentados por la grave enfermedad de su esposa —la tuberculosis vuelve a hacer acto de presencia en la vida de Poe— y por muy serios apuros económicos. Edgar tiene el ambicioso y utópico proyecto de publicar una revista propia y original, pero se ha de contentar con colaborar en algunos periódicos neoyorkinos. En ellos aparecen relatos que, como El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle Morgue, constituirán el autentico embrión de la moderna novela policiaco-detectivesca. En 1845 el Evening Mirror publica su breve poema El cuervo, cuyo carácter tétrico, fatalista y morboso produce un indudable impacto en el público, abriéndole las puertas de la fama.

Poe inicia una caótica gira por Norteamérica recitando en todos los círculos cultos su exitoso poema, mientras su esposa languidece en el campo, víctima de la tuberculosis. Trata de dirigir el Broadway Journal, pero la miseria económica y su incapacidad congénita para llevar a cabo un trabajo sistemático y ordenado ponen fin a su empresa. Su siempre solícita tía acude en su ayuda y le convence para que se retire a Fordham con su esposa, donde la familia sobrevivirá prácticamente gracias a la caridad del vecindario. El poeta combate la monotonía y la frustración de su vida tratando de evadirse de la realidad mediante la relación con varias mujeres que le amaron y admiraron. Con todo, la muerte de su esposa fue para nuestro autor un golpe muy duro, que plasmó literariamente en Ulalume.

Aunque en los años siguientes continúa su labor de escritor, completando su poema filosófico Eureka y componiendo nuevas poesías, se entrega a una vida agitada de conferenciante bajo el impulso de una apasionada búsqueda de afecto femenino. Su heredada y enfermiza afición al alcohol, propia de un autentico dipsomaníaco, frustra todos los intentos de lograr una relación estable con una mujer y de dar forma a un relato largo. Poe es ya el reconocido especialista en relatos cortos que, pese a sus reducidas proporciones, darán al conjunto de su obra la apariencia magnifica de un espléndido mosaico.

Desde aquí, la existencia de Poe se precipita en declive: sufre una crisis de delirium tremens, intenta suicidarse en dos ocasiones, y su último período de estabilidad en el refugio campestre de su tía María se ve interrumpido una vez más por su temperamento inquieto. Años antes, defendiéndose de la acusación de ser un alcohólico, aficionado además al láudano, había escrito: «No encuentro precisamente ningún placer en los estimulantes a los que me entrego con frecuencia tan vehementemente. No es en verdad por amor al placer por lo que he expuesto a la ruina mi vida, mi reputación y mi razón.»

En un intento de encauzar definitivamente su situación afectiva y económica, proyecta contraer matrimonio con Elmira Royster, su primer gran amor, convertida ahora en una viuda tan acaudalada como crédula. Viaja hacia Nueva York para tratar de implicar a su tía en este nuevo proyecto, pero el alcohol y el láudano, que han dejado en él una huella de muerte, le obligan a detenerse en Baltimore.

A la luz pálida de la madrugada, su cuerpo moribundo es hallado en medio de una calle; no lleva documentación ni dinero. Conducido urgentemente al Washington Hospital, muere, víctima tal vez de un colapso circulatorio o de una complicación pulmonar, el siete de octubre de 1849. Contaba sólo treinta y siete años de edad, y, como señalara Baudelaire en su breve biografía, «su muerte fue casi un suicidio, un suicidio preparado desde hacía mucho tiempo.»

II


Suele interpretarse la producción literaria de Poe desde la clave de su propia vida. Si sus ansias de amor y de autodestrucción penetran en sus movimientos y configuran su existencia, no es de extrañar que se consideren sus escritos como el fruto de una fantasía alucinada, traumatizada por sus experiencias infantiles. La vida y la obra de Poe, en suma, aparecen como una presa fácil para que sobre ellas caigan la interpretación «científica» del psicoanalista de turno. ¿Acaso su búsqueda compulsiva de una madre tan tempranamente perdida y sus amores incestuosos con su prima hermana, adolescente aún, no eran una confirmación arquetípica de los impulsos básicos del hombre desvelados por Freud? ¿Hemos de sorprendernos de que María Bonaparte, discípula predilecta del fundador del movimiento psicoanalítico, viera la vida de Poe enteramente condicionada por impulsos sádicos, necrofílicos, por un complejo de Edipo nunca liquidado, ya que en todas las mujeres amadas el escritor había buscado las imágenes de su madre inmovilizada por su temprana muerte?

Lo cierto es que en cualquier caso, tales interpretaciones no hacen justicia a un importante aspecto de la obra de Poe: su lucidez casi académica, una lucidez que le lleva, pese a las singularidades de su estilo y de sus temas, a buscar el máximo efecto sobre el lector, dosificando la narración con tal maestría que consigue mantener la atención constantemente viva. ¿Dónde dejar la pulida y arquitectónica construcción de sus relatos, ese esmero suyo que en ocasiones le hace parecer excesivamente literario e incluso erudito?

No quiero decir con ello que el encanto de Poe sea solo aparente, y que tras él se esconda un alma cuadriculada, en abierta oposición a las usuales interpretaciones que se hacen de su vida y de su obra. Mi interés, por el contrario, es llevar al animo del lector una visión más totalizadora y realista de Poe, reducido muchas veces al estereotipo fácil de un autor alcoholizado que plasma genialmente en sus fantásticos relatos los fantasmas de su cerebro dañado. Bien es cierto que Poe presta su voz a los monstruos de una fantasía alucinada, pero una visión completa de su obra nos hace ver el cuadro de un hombre de carne y hueso, desgarrado entre el deseo de supervivencia y el instinto inconfesable de autodestruirse, entre inteligencia y sentimiento, entre el ansia de vivir plenamente y la sed de conocerlo lodo.

Rescatar a Poe de su usual presentación como un autor «maldito» constituye una labor de crítica literaria requerida pero que escapa a los reducidos limites de este prólogo. Sólo desde esta perspectiva no sesgada es comprensible la pasión generalizada de leer a Poe que se despierta en cualquier persona con aficiones literarias que se acerque a uno solo de sus breves relatos. Verlaine y Baudelaire (quien por cierto señaló que Poe le había enseñado a razonar) tienen sus incondicionales y sus adeptos, pero su talento no se ve acompañado por esa magia irresistible y universalmente captada que Edgar sabe transmitir a cuanto escribe. Y es que, como ha hecho ver Savater, «quien no haya leído El gato negro, El pozo y el péndulo, El extraño caso del señor Valdemar, Las aventuras de Arthur Gordon Pym o El escarabajo de oro, aún no sabe hasta que punto leer puede ser una operación arriesgada y gozosa.»

Charles Baudelaire, auténtico autor «maldito», supo ver como nadie el aspecto sombrío y excepcional de Poe, cuyas obras tradujo a un perfecto francés. He aquí su confesión: «Ningún hombre, lo repito, ha narrado con más magia que Poe las excepciones de la vida humana y de la naturaleza; la alucinación, dejando al principio lugar a la duda, bien pronto convencida y razonadora como un libro; el absurdo instalándose en la inteligencia y gobernándola con una espantable lógica; la historia, usurpando el sitio de la voluntad; la contradicción establecida entre los nervios y el espíritu, y el hombre desacordado hasta el punto de expresar el dolor por la risa.»

Maestro, como se ha dicho, de la narración, Poe es, ante todo y por voluntad propia, un poeta. Las necesidades económicas que le llevaron a lo largo de su vida a tener que escribir relatos publicables por revistas y diarios de larga tirada frustraron tal vez una creación poética más dilatada. No obstante, sería un error separar las tres actividades artísticas de Poe: la poesía, la narración y la crítica. Alguien ha señalado acertadamente que su obra es «un continuo y recíproco trasvase de temas, situaciones y apuntes de la poesía a la narrativa, y de la narrativa a la crítica y una vez más a la poesía, lo que convierte a su producción, aparentemente fragmentaria y discontinua, en un solo “monumento” artístico.»

III


El conjunto de escritos que hoy presentamos responde a la división de la producción literaria de Poe, establecida en la edición póstuma publicada por la Buckner Library, donde se distinguía entre «poemas» y «narraciones», y dentro de éstas últimas, entre «relatos fantásticos» —tal vez los más conocidos—, «relatos cómicos» y «relatos varios».

Estos Relatos cómicos constituyen una faceta totalmente desconocida de Edgar Allan Poe, y su lectura resulta imprescindible para lograr esa visión unitaria y no sesgada de la personalidad y de la producción literaria de nuestro autor. En ellos, aún haciendo uso de su general perfección estilística, logia con los mismos medios de comicidad en vez del terror. Su carácter grotesco y satírico no puede, empero, hacernos olvidar que representan un gran retrato de diversos estamentos de la sociedad norteamericana del pasado siglo.

Poe escribió estos Relatos cómicos entre 1837 y 1845, publicándolos periódicamente con notable éxito en distintos diarios» y revistan norteamericanos. Es de decir que los ocho relatos que incluimos en esta edición constituyen una selección de los que pueden ser encuadrados en este rótulo bajo el signo de una singular comicidad. Otros títulos no incluidos aquí serían: Mixtificación, Arquitectura de un articulo, Mellonta Tauta, Von Kempelen y su descubrimiento, Los mil y dos cuentos de Scherezade, Vida literia de Thingum Bob, Cuatro diálogos con una momia, Los ojos o el amor a primera vista, La estafa considerada como una de las ciencias exactas, La semana de los tres domingos, Por qué el francés lleva el brazo al cuello, Una historia de Jerusalén, El duque del Omelette, El diablo en el campanario, etc. En todos estos relatos breves Poe hace alarde de un agudo ingenio crítico para con la sociedad en que vive, y principalmente para con la forma de vida del hombre de negocios americano, dando muestras de un humor, eso sí, un tanto macabro. Los nuevos inventos técnicos y las recientes terapias psicológicas son puestas en solfa por un espíritu radicalmente conservador. No apostar la cabeza con el diablo, por ejemplo, es una crítica de la manía de sus compatriotas por las apuestas, cuyo desenlace revela el gusto de Poe por lo macabro.

Los relatos cómicos de Poe que presentamos en esta edición se inician con El sistema del doctor Brea y el profesor Pluma; en el se describe un manicomio en el que se han invertido los papeles: los enfermos hacen de médicos y éstos de pacientes, con la consiguiente confusión y sorpresa de un visitante del centro a quien su antiguo director —y ahora internado— explica las técnicas psicoterapéuticas más singulares.

Como un león es una rápida crítica a una sociedad de especialistas y constituye una excelente muestra de lo que décadas después será el teatro del absurdo no sólo por el predominio de los diálogos sobre la narración sino por el tipo de humor que rezuma. El resto de los relatos incluye un variopinto desfile de personajes estrambóticos y singulares, colocados en situaciones paradójicas que harán las delicias del lector en castellano, pese a su indudable carácter genuinamente anglosajón.
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