Marco histórico, social, cultural y filosófico






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San Agustín

Marco histórico, social, cultural y filosófico

Marco histórico-social: La filosofía medieval discurre por tres etapas muy marcadas: la Patrística, siendo San Agustín el máximo representante, la Alta Escolástico con Santo Tomás como máximo protagonista y el periodo de crisis coincidiendo con el criticismo de Guillermo de Ockham.

Agustín de Hipona se sitúa en la frontera entre dos mundos: el clásico grecorromano y la era cristiana. Se trata del último pensador antiguo y el primer gran filósofo cristiano. Su actividad intelectual se desarrolla durante el período histórico del Bajo Imperio Romano (siglos IV-V dC), caracterizado por un fuerte descenso demográfico, la progresiva ruralización de la población, producida por la decadencia de las ciudades, que provoca que la economía se ruralice y que vayan apareciendo grandes latifundios en el campo cuyos dueños irán convirtiéndose en señores feudales.

En muchas regiones fronterizas de Occidente se permitió que algunos pueblos germánicos –ostrogodos y visigodos- se instalaran dentro de un imperio romano cada vez más decadente, para defender sus fronteras de otros pueblos bárbaros a cambio de tierras y recursos.

La ruralización social y económica conllevará una decadencia de las artes, que abandonan el antropomorfismo clásico y se hacen teocéntricas, al tiempo que la música ser pone al servicio de la liturgia religiosa.

El cristianismo adquirió un gran desarrollo, especialmente en las provincias orientales del Imperio Romano. En el año 311 se firma el Edicto de Galerio con el que se pone fin a las persecuciones. En el año 313 Constantino promulga el Edicto de Milán por el que la religión cristiana adquiere los mismos derechos que el resto de las religiones y empieza su fortalecimiento dentro del imperio. En el año 380 el emperador Teodosio firma el Edicto de Tesalónica que permite que el cristianismo se convierta en religión oficial del imperio.

Teodosio dividió el imperio en dos partes que repartió entre sud dos hijos. El imperio romano de Oriente sería Arcadio y el de Occidente para Honorio. En el año 410 los visigodos al mando de Alarico asaltaron y saquearon Roma. El año 476 se considera que marca la caída del Imperio Romano de Occidente y que da comienzo la Edad Media. Por su parte, el Imperio Romano de Oriente se mantendrá durante casi mil años más, concretamente hasta el 1453, año en que Constantinopla cae en poder de los turcos.

Marco cultural: Surgió la poesía cristiana que se utilizará en las ceremonias del culto. Se hacían himnos para ser cantados en las ceremonias religiosas. Durante las persecuciones se inicia en las catacumbas el arte paleocristiano, que se caracterizará por una iconografía religiosa cristiana. A partir del Edicto de Milán la Iglesia empieza a construir basílicas, oratorios y baptisterios destacando San Juan de Letrán, San Pedro y San Pablo y Extramuros en Roma, Santa Sofía en Constantinopla y el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Destacan en escultura los trabajos artísticos desarrollados en los sarcófagos, destacando el de los Buenos Pastores, en Roma.

En pintura, y por influencia de Bizancio, se abandona el procedimiento del fresco para acogerse al mosaico. Las escenas representadas en ellos serán tomadas del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Marco filosófico: En esta época las corrientes filosóficas se entrecruzan con los movimientos religiosos dando lugar a un sincretismo, esto es, a la creación de un pensamiento en el que se reúnen elementos de diversos orígenes, pero sin un criterio claro de selección, y a un eclecticismo en el que se toma lo que se considera mejor de cada corriente de acuerdo con un criterio determinado.

El cristianismo utilizó el saber filosófico para apoyar los dogmas de la fe y evitar las críticas que les ofrecían los filósofos paganos. Esta mezcla de religión cristiana y filosofía dio lugar a la Patrística, que representa el pensamiento de los primeros Padres de la Iglesia como Tertuliano, Orígenes, San Basilio, San Ambrosio, San Isidoro de Sevilla, San Gregorio, San Jerónimo y el propio San Agustín, todos ellos representantes de la llamada patrística latina, influenciados a su vez por Cicerón y Séneca. Estos pensadores utilizaron el neoplatonismo de Plotino y el estoicismo de Séneca para elaborar la primera filosofía cristiana que se desarrollo en lucha con los restos del pensamiento clásico y con las múltiples herejías surgidas en el propio seno del cristianismo, tales como el maniqueísmo, pelagianismo, gnosticismo, arrianismo, etc.

Se observa entre los autores cristianos el uso de la diatriba que consiste en polemizar sobre un tema concreto, pero en vez de recurrir a argumentos racionales se considera como autoridad suprema los contenidos de las Sagradas Escrituras. También se recurre al uso de las alegorías para encontrar en la interpretación de los textos el sentido oculto presente en los mismos. Ejemplos de pensamientos cristianos son el concepto de la creación a partir de la nada, la visión lineal de la historia frente a la perspectiva cíclica griega, los problemas entre la fe y la razón.

El pensamiento filosófico de San Agustín

Su obra Del libre albedrío está escrita en forma de diálogo por influencia del estilo de Platón y de Cicerón. En la obra San Agustín plantea el problema de la liberad, el mal moral y el pecado, las relaciones entre la fe y la razón o la existencia de Dios. El libro se centra especialmente en el tema de la libertad y se llega a plantear si no será la libertad –el libre albedrío- un mal en vez de un bien. Y, si no es Dios quien nos ha otorgado la libertad, porque Él es bueno, y nosotros hacemos muchas veces el mal con ella, ¿no nos la habrá dado algún otro ser, un principio maligno, como sostenían los maniqueos?

Razón y fe

Para San Agustín, el ser humano anhela alcanzar la felicidad y el goce del bien supremo que no es otro que Dios. Pero el disfrute de la felicidad requiere conocer la verdad y esta puede buscarse por dos caminos, uno filosófico que representa el camino de la razón, y otro religioso que encarnado en la fe. Razón y fe no son incompatibles. Ambas deben colaborar: la fe dirige nuestra inteligencia en la búsqueda de la verdad y la razón nos permite entender los contenidos de la fe, que así recibe el apoyo de nuestra inteligencia. Tras haber empleado varios años de su vida intentando tomar la razón como punto de partida, San Agustín debe concluir que para comprender y obtener la sabiduría, para alcanzar la verdad plena, siendo Dios mismo la Verdad, debe partirse de la fe. De ahí la máxima agustiniana: entiende para creer y cree para entender.

Teoría del conocimiento

San Agustín, aunque no piensa que todo conocimiento procedente de los sentidos es falso, considera, sin embargo, que éste no puede fundamentar la ciencia. Puesto que la naturaleza de la verdad es radicalmente distinta de la de los objetos sensibles, es necesaria la superación del conocimiento basado en éstos para llegar a aquélla. El conocimiento sensible es relativo e inestable, sometido a numerosas mutaciones y origen de abundantes confusiones y errores. Con todo, San Agustín afirma la utilidad del conocimiento que obtenemos por esta vía y valora la importancia que tienen los sentidos para la vida práctica.

La teoría agustiniana del conocimiento procede de lo exterior a lo interior, y de lo interior a lo superior. Parte del conocimiento sensible, que por su variabilidad no garantiza ninguna certeza, y desemboca en el escepticismo, a no ser que se encuentre alguna verdad indubitable. Anticipándose a Descartes, San Agustín considera que esa verdad incuestionable es la certeza que proporciona autoconciencia: si el sujeto se engaña al razonar, es evidente que piensa; y si piensa, sin duda existe. ^Por consiguiente, es en el interior del hombre donde habita la verdad.

Seguidamente, ha de emprenderse un camino de ascensión espiritual. San Agustín perfila lo que constituye el conocimiento intelectual. El hombre se diferencia de los animales por poseer la razón y cuya función consiste en la captación de las verdades universales, eternas y necesarias. En su teoría del conocimiento, San Agustín distingue entre ciencia, que se encarga de ordenar los datos sensibles, y sabiduría, a la que se llega gracias al entendimiento y a su facultad de percibir lo que está más allá de los sentidos, es decir, lo inteligible. Ciencia y sabiduría no están separadas, ya que en último término, el criterio de verdad de lo corpóreo no es sino la Verdad eterna. Ahora bien, ¿cómo consigue el alma obtener las verdades necesarias? Puesto que no las puede extraer de los sentidos, ya que estos no son inmutables, San Agustín recurre a la doctrina de la iluminación que viene a explicarla de la siguiente manera: de igual manera que la luz despliega sus rayos sobre los objetos para hacer posible su visión, una luz divina, que procede de Dios se extiende sobre las cosas y las verdades eternas que, en virtud de esta acción, se hacen luminosas para el intelecto. Conocer la verdad significa comprender cómo Dios, en último término, crea de la nada a partir de ideas eternas existentes en su mente. Mediante la iluminación podemos llegar al conocimiento de nuestro origen y a reconocer mediante la autoconciencia la dependencia ontológica del hombre respecto de Dios.

El tema de Dios y la Creación en San Agustín

Para llegar al conocimiento de Dios el hombre debe partir del conocimiento del alma, es decir, de la autoconciencia. La introspección agustiniana consiste en un proceso mediante el cual el alma humana, consciente de la naturaleza incierta de las impresiones sensibles y a través de la penetración en sí misma (el alma), puede reconocer en ella misma verdades que, en un proceso dialéctico, la llevan a buscar su fundamento fuera de sí: no vayas fuera, vuélvete hacia ti mismo, pues en el interior del hombre es donde habita la verdad. Así pues, el principio de interioridad es el punto de partida para llegar hasta Dios.

La vía del autoconocimiento desemboca en la aprehensión de las verdades inmutables y necesarias. La presencia de dichas verdades en el interior del hombre exige la existencia de un ser necesario, inmutable y eterno, que pueda dar una explicación de su origen. Así pues, el conocimiento de las verdades universales es la prueba más clara de la existencia de Dios. En ningún caso intenta proporcionar una demostración sistemática de la existencia divina, ya que estaba más interesado en el conocimiento interior de Dios que en la especulación filosófica de su existencia. La prueba de la existencia de Dios supone una ascensión de la conciencia a través de las capacidades cognitivas humanas. Se trata de mostrar que hay algo más digno y perfecto que la razón humana, lo cual se encuentra en la percepción de la unidad última por encima de la realidad sensible. Por otro lado, también demuestra la existencia de Dios por el orden del universo, que requiere un supremo ordenador del mismo, y por la teoría del consenso universal, que defiende que Dios existe porque la mayoría de los seres humanos afirman que existe una divinidad creadora del mundo.

Con la demostración de la existencia de Dios queda perfilada su esencia y sus principales características: la inmutabilidad, la perfección, la infinitud y la estabilidad, en contraposición con el resto de los seres.

Sobre la Creación, San Agustín defiende el ejemplarismo, esto es, Dios, que es trascendente al mundo, lo ha creado de la nada tomando como prototipos las ideas que están en su Mente y que actúan como ejemplares a los que se conforman los seres creados, los cuales, al incluir en su composición la materia, son más o menos perfectos, según su género. Por otro lado, no todos los seres existen desde el principio, sino que Dios implanta en la materia las razones seminales de todos ellos, y luego van desarrollándose en el tiempo preciso que la Providencia ha dispuesto para su aparición. La creación no es eterna, sino creada en el tiempo y, además, es divina, instantánea y total. Para San Agustín el relato bíblico de los seis días es una alegoría y todo es creado por Dios de modo directo. El tiempo lo considera criatura, nace como parte de la creación y, por eso, dado que la eternidad de Dios es ajena al tiempo (no es un tiempo infinito), carece de sentido la pregunta ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo?

El tema del alma en San Agustín

La noción del alma adopta en San Agustín un doble sentido: por una parte, es el principio vital, que sería común también a los animales y que conforma lo que denomina hombre exterior; por otra, el alma es, en sentido estricto, el alma racional, que consciente de su naturaleza dependiente de Dios, busca trascenderse a sí misma mediante el autoconocimiento. Gracias a este ejercicio, el alma toma conciencia de las limitaciones humanas y de la necesidad de la intervención divina en el ascenso hacia Dios.

El alma aparece como una sustancia dotada de razón que se encarga de regir el cuerpo. Su postura, por tanto, es abiertamente dualista, en tanto que concibe al hombre como compuesto por dos realidades, el cuerpo y el alma, que conforman una unidad, aunque es posible distinguir lo que es característico de cada uno de ellos. El alma se diferencia rotundamente del cuerpo y lo material por su espiritualidad, así como por su inmortalidad.

San Agustín rechaza la doctrina platónica de la reencarnación y sostiene el traducianismo, según el cual el alma pasa de padres a hijos, transmitiendo el pecado original que cometió Adán al desobedecer a Dios. Desde entonces el alma no puede salvarse por sí sola y necesita de la gracia, una ayuda especial de Dios, que la impulsa evitar el amor a lo sensible y la tendencia a amar la virtud, único camino que garantiza la salvación

La ética en San Agustín

La finalidad ética es la unión beatífica con Dios, por tanto, será el amor el sentimiento básico que animará tanto el ideal que guie el modo de actuación con los demás, como la misma búsqueda de Dios. Pero el hombre por sí solo no puede alcanzar esa deseada participación en el bien inmutable que se requiere para lograr la felicidad, y es ahí donde interviene la gracia divina. Para San Agustín, la voluntad, a pesar de ser libre, está sujeta a una obligación moral que hunde sus raíces en los presupuestos metafísicos cristianos. La voluntad, al carecer de una visión adecuada de Dios, está en disposición de apartarse del Bien inmutable, es decir, de Dios, para seguir los bienes mudables, alejando su atención de la verdad para reparar en los placeres corporales y perecederos, y en esa capacidad, precisamente, estriba su libertad. Existe, sin embargo, una cierta conciencia de la existencia de normas y leyes morales y de que éstas se hallan impresas en el corazón del hombre.

El hombre, tras su caída debida al pecado original y gracias a la libertad que dominan sus acciones, se enfrenta al peligro del mal, situado en el polo opuesto a la perfección moral, y que consiste, precisamente, en alejarse de la voluntad de Dios. La causa del mal moral no es Dios, en tanto que creador de todas las cosas, sino la voluntad del hombre ayudada por su libertad. El mal no se entiende como cosa pues, como tal, tendría que haber sido creada de modo que la responsabilidad recaería sobre Dios. San Agustín, abandonado el maniqueísmo que postulaba la existencia de dos principios, el bien y el mal, concibe el mal no como una realidad positiva, sino como privación. El mal moral es, por consiguiente, una privación del recto orden en el comportamiento del hombre, que pasa a ser una voluntad creada que se aparta del camino adecuado. La libertad es el estado en el que el hombre puede elegir pero sin estar eligiendo en acto, Sin embargo, el libre albedrío es la elección en acto ante una alternativa, es decir, es la manifestación de nuestra libertad. La libertad es la condición con la que nace el hombre, mientras que el libre albedrío es el uso personal de la condición de muestra libertad. De esta manera el orden moral tiene sentido.

San Agustín distingue entre mal físico y mal moral. Una creación en la que la criatura lo que es propio de Dios, el ser, es una creación buena, tanto más cuanto reproduce en la materia los modelos presentes en el intelecto divino. La deficiencia patente en la participación del ser divino, proviene de la materia misma, inherente a todo ser natural, finito. De este modo, el mal no proviene de Dios, no siendo otra cosa que el no-ser, el límite de la criatura. El mal no es sino privación de ser, no ser y, en propiedad no existe. San Agustín se desembaraza así del mal físico o natural sin conceder mayor valor a enfermedades, epidemias o catástrofes naturales. Por lo que se refiere al mal moral, es decir, el causado por el hombre por su comportamiento injusto y depravado con sus semejantes, no es sino una consecuencia de la falta de Adán por la cual entró el pecado en el mundo y la naturaleza humana cayó de su estado originario. El mal se remonta así, en última instancia, a la libertad de la elección humana (libre arbitrio), a la voluntad libre, en el sentido de elegir entre pecar o no pecar, con que Dios creó al hombre. No cabe, por tanto, hacer responsable a Dios de ese mal moral, aunque Él haya creado libre al hombre, puesto que esa capacidad de pecar y de no pecar es un bien. El mal uso por el primer hombre de su libertad al haber elegido pecar y apartarse de Dios es la causa de la entrada del mal moral en el mundo. Es cierto que Dios sabía de antemano, dado su atributo de omniconsciencia, que el hombre iba a caer y conocía todo el mal moral que la descendencia humana iba a producir, pero estimó que de ese mal se podía extraer un gran bien, como es el castigar a los pecadores y premiar merecidamente a aquellos que al obrar de acuerdo con la leyes de Dios han actuado de forma virtuosa siguiendo sus designios.

La ciudad de Dios y el sentido de la historia. Y su obra: La ciudad de Dios

San Agustín será el primero que intente analizar sistemáticamente el sentido del desarrollo de la historia desde una perspectiva filosófica, aunque siempre en conexión con sus principios cristianos y teológicos. Propone un desarrollo lineal de la historia arropado por la esperanza de salvación, frente a la visión cíclica de la cultura griega. Nos encontramos ante una noción de la historia basada en la Providencia, pues su desarrollo está controlado por los designios de Dios, encaminados a la concesión del bien universal. Se trata del desarrollo de una historia de la redención, es decir, de una teología de la historia, porque su verdadero sujeto es Dios, que lleva a cabo la salvación de los santos por medio del ejercicio de su providencia, desplegada en sucesivos acontecimientos históricos que marcan el progreso hacia la meta final. Acontecimientos tales como el pacto con su pueblo, la entrega de la ley, el envío de los profetas, la encarnación del Verbo como momento central y el sacrificio redentor en la cruz. De esto modo, la sucesión del tiempo es lineal, progresiva y escatológica (tendente a un fin último) y quedan rotos los círculos, esto es, queda abandonada la concepción cíclica del tiempo y de la historia propia del pensamiento griego.

San Agustín expuso esta concepción en su obra La ciudad de Dios, donde distingue dos categorías de seres humanos, que constituyen dos ciudades diferentes: la ciudad de Dios, fundada por individuos que en el amor a Dios llegan hasta el desprecio de sí mismos, y la ciudad terrenal, compuesta por aquellos que parten del amor propio llegando hasta el desprecio de Dios y que constituyen el llamado linaje de Caín. La historia de la humanidad aparece como una dialéctica entre los caracteres que definen una y otra ciudad.

Se atribuye un papel preponderante a la Iglesia en tanto que encargada de custodiar los principios del cristianismo. Esta doctrina tiene más bien, sentido místico pues el término ciudad designa a una congregación de hombres con creencias comunes. Así, la ciudad de Dios es la de los elegidos y la terrenal, la de los condenados.

La teoría política

San Agustín considera que para que el Estado cumpla con su verdadero papel, la justicia, debe estar informado por los valores espirituales del amor a Dios. Esta tarea compete a la Iglesia, que es la única sociedad perfecta y supera al Estado. De esta manera, Estado o Iglesia se regirán por los valores espirituales y establecerán una influencia mutuamente beneficiosa porque buscarán en sus actuaciones los intereses divinos, no los terrenales, construyendo una ciudad perfecta y justa.

El Estado y la Iglesia poseen dos modos distintos de legislar. El Estado sigue la ley positiva, establecida por la autoridad, y la Iglesia, la ley natural. Para San Agustín, la ley natural, que Dios ha puesto en el corazón humano y cuya manifestación exterior es la doctrina cristiana, debe ser también la inspiradora de la ley positiva establecida por el Estado. De aquí la preeminencia legislativa de la Iglesia.

El origen de la autoridad está en Dios, de quien se deriva todo poder, sea cual sea la forma que adopte. De aquí que las formas de gobierno le parezcan a San Agustín indiferentes; pero, dada la Providencia divina, cada pueblo se gobierna de la forma concreta que en cada momento entra en los planes de Dios. Es Dios, por lo tanto, quien legitima el poder y por ello la Iglesia puede investir a los gobernantes como representantes del poder divino en la tierra.

Aun manteniendo la separación entre ambos poderes, sin embargo, considera que a Iglesia debe inspirar al poder temporal para que Cristo reine en la tierra y, además, porque el apoyo del poder del Estado es conveniente para reforzar la implantación de los valores cristianos, pues la Iglesia sólo tiene poder moral.

Como consecuencia de plantear que el Estado debe regirse por los intereses espirituales, se ponen las bases para dos teorías políticas de gran transcendencia en la historia: el Cesaropapismo y el Agustinismo político. Según el cesaropapismo, dado que la Iglesia es la comunidad de los fieles cristianos que buscan a Dios y la justicia, el Estado debería estar sometido o, al menos, dejarse guiar por la Iglesia, por sus criterios de organización social, ya que es una sociedad más perfecta. El agustinismo político nace a partir del año 490 dC. como una reinterpretación del pensamiento de San Agustín, según la cual el poder político debe estar sometido al religioso. La preponderancia económica, religiosa y política que irá adquiriendo la Iglesia a lo largo de la Edad Media reforzará esta tendencia dando lugar a la denominada teoría de las dos espadas: la espada espiritual y la espada material pertenecen a la Iglesia; pero ésta debe empuñarse para la Iglesia, y aquélla por la Iglesia; una está en manos del sacerdote; la otra, en manos del soldado, pero a las órdenes del sacerdote y bajo el mando del Emperador o rey.

Apuntes complementarios

  • Gnosticismo: pretendía tener el conocimiento de verdades últimas frente a los agnósticos. Considera que la salvación viene por la vía del conocimiento. Fue fundado por Marción.

  • Maniqueísmo: Este movimiento fue iniciado por Maní. Mantiene que existen dos sustancias: la luz, llamada Bien o Dios, y la oscuridad, denominada mal o materia. En un principio estas dos sustancias estaban separadas, pero ambas tendían a la expansión y acabaron colisionando. El choque dio lugar al tiempo y al mundo. Los hombres han de luchar por el triunfo del Bien lo cual no implica la aniquilación del mal, sino la separación de los dos principios.

  • Arrianismo: Fundado por Arrió. Mantiene que Jesús no es Dios, sino un ser creado como los demás. Como consecuencia tampoco es eterno.

  • Pelagianismo: Fundado por Pelagio. Niega la predestinación. El hombre nace sin pecado. El pecado de Adán sólo es suyo y no se transmite a sus descendientes. Se llega al pecado exclusivamente a través de la libertad. Defiende: 1) la muerte y la concupiscencia son naturales, 2) el bautismo no es necesario, 3) no es necesaria la gracia natural para salvarse, ésta está difuminada en la creación, 4) no se necesita a la Iglesia para la salvación, 5) para salvarse se necesita la ley y los evangelios.

  • Cesaropapismo: Conflicto político-religioso que empieza con Constantino tras la firma del Edicto de Milán y que consiste en una lucha entre el emperador y el Papa para determinar quien debe obediencia a quien, y el derecho que desea tener el emperador para elegir los cargos más representativos de la Iglesia.


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