Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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—Cuando te fuiste, Krisztina también se retiró —prosigue—. Yo me quedé solo en el salón. Se había olvidado el libro, el libro inglés sobre el trópico: lo había dejado encima de su silla. No tenía ganas de acostarme todavía, así que abrí el libro y lo hojeé. Miré las ilustraciones y las tablas estadísticas sobre cuestiones económicas, sanitarias y médicas. Me sorprendió que Krisztina leyera un libro así. Ella no tiene nada que ver con esto, pensé, no pueden interesarle las cifras sobre la producción de caucho ni la situación sanitaria de los aborígenes. Todo esto no tiene nada que ver con Krisztina, me dije. Sin embargo, el libro me decía cosas, y no solamente en inglés, y no solamente sobre las condiciones de vida en el trópico. Mientras estaba solo en el salón, con el libro en la mano, después de la medianoche, cuando ya me habían dejado las dos personas con quienes más tenía que ver, después de mi padre, comprendí de repente que el libro también era una señal. Comprendí también otro detalle, aunque de una manera un tanto confusa: las cosas empezaron a hablarme aquel día, ocurrió algo, la vida se dirigió a mí. Así que me dije que convenía prestar atención. Ya que el lenguaje simbólico y peculiar de la vida nos habla de mil maneras distintas en días así, y todo sucede para llamar nuestra atención, cada señal y cada imagen, lo único que falta es comprenderlas. Las cosas maduran y responden de repente. Esto pensé. Y comprendí además, instantáneamente, que incluso el libro era una señal y una respuesta. El libro decía: Krisztina no está contenta aquí, desea irse. Está pensando en mundos lejanos, o sea que desea conocer otros mundos, aparte de éste. Quizás esté deseando huir de aquí, huir de algo o de alguien, y puede que ese alguien sea yo, y puede que seas tú. Está claro como la luz del día, me dije, Krisztina siente algo, sabe algo, quiere irse de aquí, por eso está leyendo libros sobre el trópico. En aquel momento pensé y comprendí o creí comprender muchas cosas. Comprendí y pensé lo que había ocurrido aquel día; que mi vida se había partido en dos, como un paisaje fracturado por un terremoto: a un lado había quedado la infancia, la juventud, tú, con todo lo que la vida pasada significaba, y al otro lado empezaba el espacio poco definido, poco abarcable, que me tocaría recorrer el resto de mi vida. Y las dos partes de mi vida ya no estaban unidas. ¿Qué había ocurrido? No sabía qué responder. Durante todo el día procuré tranquilizarme, disciplinarme, aunque de manera artificial, y lo conseguí: Krisztina no había podido enterarse de nada, al mirarme, pálida, con aquellos ojos suyos, tan suyos e interrogantes. No podía saber, no había podido leer en mi rostro lo ocurrido durante la cacería... ¿Y qué había ocurrido? ¿No estaría imaginando cosas? ¿No habría sido todo fruto de mi imaginación? Si se lo contaba a alguien, seguro que se reía de mí. No tenía ningún dato, ni la menor prueba en la mano... ¿por qué entonces una voz, una voz más fuerte que cualquier prueba, gritaba dentro de mí, de manera inequívoca, irrevocable, indudable, que no me había equivocado, que conocía la verdad? Y la verdad era que mi amigo había intentado matarme de madrugada. Qué acusación más ridicula, más falsa y más vacía, ¿verdad? ¿Le contaría algún día a alguien esta convicción, más evidente que cualquier hecho? No, nunca. También me pregunté qué convivencia me aguardaba, al haberme enterado de todo con certeza y con tranquilidad, como cuando uno se entera de los hechos más simples y sencillos de la vida. ¿Podría mirarte a los ojos o ya todo sería una comedia entre los tres, entre tú, yo y Krisztina, la amistad transformada en teatro y en espionaje? ¿Se podía vivir así? Ya ves: tenía la esperanza de que te hubieras vuelto loco. Quizás ha sido por la música, me dije. Siempre fuiste muy tuyo, diferente, distinto de nosotros, de los demás. Uno no puede ser músico y pariente de Chopin sin consecuencias. También sabía que mis esperanzas eran estúpidas y cobardes: tenía que enfrentarme a la realidad, no podía mentirme a mí mismo, porque tú no estabas loco, no había excusas, no había escapatoria. Tenías tus razones para odiarme, para matarme. Aunque yo no las comprendía. Una explicación natural y sencilla habría sido que te hubiera embargado un deseo repentino, una pasión, un sentimiento irresistible por Krisztina: pero esta suposición me parecía totalmente irreal, carecía de fundamento, no había habido ninguna premonición en la vida común de los tres, así que la rechacé por absurda. Conocía bien a Krisztina, te conocía bien a ti y me conocía bien a mí mismo, o por lo menos eso creía en aquellos momentos. La vida de nosotros tres, el noviazgo y el matrimonio con Krisztina, nuestra amistad, todo me parecía un libro abierto, un mundo limpio, transparente, con situaciones y caracteres inequívocos; estaría yo loco si creyera una cosa así, pensé. Las pasiones, por desatinadas que sean, no se pueden esconder, una pasión que obliga a alguien a levantar un arma contra su mejor amigo, no se puede esconder del mundo durante meses y meses; y yo, el tercero, ciego y sordo, habría vislumbrado algo del asunto: casi vivíamos juntos, cenabas en casa tres o cuatro veces a la semana, tú y yo pasábamos los días juntos, nos veíamos en la ciudad, en el cuartel, en el servicio, lo sabíamos todo el uno del otro. Conocía los días y las noches de Krisztina, conocía su cuerpo y su alma como los míos propios. Habría sido una locura suponer que tú y Krisztina... y al mismo tiempo encarar esta suposición significaba casi un alivio para mí. Tenía que tratarse de otra cosa. Lo que había ocurrido era algo más profundo, más secreto, más incomprensible. Tengo que hablar con él, me dije. Quizás tendría que ordenar que te siguieran. Como el marido celoso de las comedias baratas. No, yo no era un marido celoso. No permitía que la sospecha anidara en mis pensamientos, estaba tranquilo cuando pensaba en Krisztina, a quien había encontrado como un coleccionista encuentra la pieza más rara y más valiosa del mundo, la más perfecta de su colección, una verdadera obra de arte cuya localización y descubrimiento hubiera sido su única meta, el sentido de su vida. Krisztina no me miente, me dije, no me es infiel, conozco todos sus pensamientos, hasta los más secretos, incluso los que se le ocurren durante el sueño. El diario encuadernado en terciopelo amarillo que le regalé al poco de casarnos lo decía todo: acordamos que me contaría y se contaría a sí misma todos sus pensamientos, todos sus sentimientos, todos sus deseos, esos desechos del alma humana de los cuales nadie habla en voz alta, por vergüenza, o porque piensa que se trata de detalles irrelevantes; de todo ello dejaba huellas en aquel diario peculiar, me mandaba mensajes de pocas palabras, para que yo pudiera saber lo que ella había llegado a pensar o a sentir en ciertas situaciones, en presencia de ciertas personas... Nuestra relación tenía este aspecto de total confianza. El diario secreto siempre estaba allí, en el cajón de su escritorio, del que sólo ella y yo teníamos la llave. Aquel diario era lo más confidencial que podía existir entre marido y mujer. Si en la vida de Krisztina hubiera habido algún secreto, el diario me lo habría revelado. Pero claro, me dije, últimamente hemos descuidado ese juego secreto... así que me levanté, crucé la casa a oscuras y llegué al estudio de Krisztina, entré, me acerqué al escritorio, abrí el cajón y busqué el diario encuadernado en terciopelo amarillo. Pero el cajón estaba vacío.

Cierra los ojos, se queda así durante un rato, como un ciego, con el rostro sin expresión. Como si estuviera buscando una palabra.

—Era medianoche pasada, la casa dormía. Krisztina estaba cansada, no quería molestarla. Se habrá llevado el diario al dormitorio, pensé —prosigue con voz amable—. No quería molestarla, ya le preguntaría al día siguiente si tenía algún mensaje para mí en el diario, en aquel correo secreto nuestro. Has de saber que aquel cuaderno lleno de confianza (del que nunca hablábamos, puesto que sentíamos un poco de vergüenza ante tanta confianza mutua) era como una constante declaración de amor entre nosotros. Es difícil hablar de ello. La idea había sido de Krisztina, ella me pidió que se lo regalara, en París, durante nuestra luna de miel, y era ella quien quería confesarse constantemente; más tarde, mucho más tarde, cuando Krisztina ya no vivía, comprendí que quien se prepara con tanto escrúpulo para tales confesiones, para unos actos de total confianza, probablemente sabe ya que algún día habrá algo en su vida que tendrá que confesar. Yo tardé en comprender la importancia de aquel diario, pensaba que se trataba de una exageración típica de mujeres, de una forma de mandar mensajes secretos, escritos, caprichosos mensajes en clave sobre la vida de Krisztina. Me decía que no quería tener secretos, ni conmigo ni consigo, y que apuntaría todo lo que le costara expresar en voz alta. Ya te he dicho que más tarde comprendí que quien busca refugio en la sinceridad teme algo, teme que un día su vida se llene de cosas que no pueda revelar, de verdaderos secretos inconfesables. Krisztina quería entregármelo todo, su cuerpo y su alma, sus sentimientos y sus pensamientos más secretos, todos los mensajes de su sistema nervioso... estábamos en plena luna de miel, Krisztina estaba enamorada; ya sabes cuáles eran sus orígenes, lo que significaba para ella todo lo que yo le había dado: mis apellidos, esta casa, el palacete de París, la vida en sociedad... en fin, cosas que ella ni siquiera se había atrevido a soñar en esta pequeña ciudad, en la casa humilde donde vivía sola, con su padre, un anciano callado y enfermizo que ya sólo vivía de recuerdos, con su instrumento musical y con sus partituras... De repente, la vida se lo da todo, se lo pone todo en bandeja, el matrimonio, un viaje de novios de un año entero, París, Londres, Roma, Oriente, meses enteros en un oasis, en el mar. Krisztina, naturalmente, creía estar enamorada. Más tarde me di cuenta de que no era amor ni siquiera al principio, de que sólo era gratitud.

Enlaza las manos, apoya los codos en las rodillas, se inclina hacia delante, continúa:

—Sentía gratitud, una infinita gratitud, a su manera, a la manera de una recién casada que se ha ido de luna de miel con su esposo, un joven rico y apuesto. —Aprieta las manos enlazadas, mira los dibujos de la alfombra, con entrega y atención—. Quería expresarme su gratitud a toda costa, por eso inventó lo del diario, un regalo muy peculiar. Porque el diario siempre estaba lleno de cosas que me sorprendían, desde el primer día. Krisztina no me idolatraba en absoluto en su diario, y sus confesiones eran a veces tan sinceras que me inquietaban. Me describía según me veía, con pocas palabras, pero muy acertadas. Describía lo que no le gustaba de mí, mi manera de acercarme a la gente, a cualquier persona del mundo, mi excesiva seguridad: no hallaba en mí humildad, el máximo valor para su alma cristiana. Era verdad, durante aquellos años yo no tenía ni pizca de humildad. El mundo me pertenecía: acababa de conocer a mi mujer y acogía con perfecto eco sus palabras y los mensajes de su cuerpo y de su alma; era rico, poseía un elevado rango, la vida se me presentaba en todo su esplendor, tenía treinta años, amaba la vida, el servicio, mi carrera. Ahora que miro atrás, yo mismo me siento un tanto asqueado de una seguridad y una felicidad tan autocomplacientes y egoístas. Como todas las personas que viven mimadas por los dioses sin ninguna razón, también sentía una especie de angustia en el fondo de tanta felicidad. Todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad ordenada. Me habría gustado, entonces, en plena luna de miel, ofrecer algún sacrificio a la vida: no me habría importado si el correo de casa, que recogía en los diferentes puertos, me hubiera traído noticias desagradables, materiales o sociales, no me habría importado enterarme de que esta mansión se había quemado, de que había perdido dinero, no me habría importado si mi banquero, el administrador de mi fortuna, me hubiera enviado malas noticias, o algo parecido... Ya sabes, uno siempre quisiera devolver algo a los dioses, una parte de su felicidad. Porque los dioses son, como se sabe, envidiosos, y cuando dan un año de felicidad a un simple mortal, lo apuntan como una deuda, y al final de su vida se la reclaman, con intereses de usurero. A mi alrededor, todo transcurría sin fallo alguno, todo era perfecto. Krisztina escribía en su diario mensajes de pocas palabras, como si se dirigiera a él en sueños. Unas veces escribía una frase, otras una sola palabra. Cosas como por ejemplo: «No tienes solución porque eres vanidoso.» Luego estaba semanas sin escribir nada. O escribía que había visto a un hombre en Argel, que el hombre la había seguido por un callejón estrecho, que le había hablado y que ella había tenido la sensación de que se habría ido con él. Krisztina era una mujer curiosa y activa, pensaba yo. Pero me sentía feliz y aquellos peculiares destellos de sinceridad, un tanto inquietantes no alteraban mi dicha. Nunca se me ocurrió pensar que quien se propone contárselo todo al otro, a lo mejor habla con sinceridad incondicional para no tener que decir absolutamente nada sobre aquello que de verdad le importa. Nunca se me ocurrió pensarlo, ni durante la luna de miel, ni después, al leer los pasajes del diario. Pero llegaron aquel día y aquella noche, el día de la cacería, y pasé el día entero con la sensación de que tu arma se había disparado, de que un proyectil inesperado había pasado silbando junto a mi cabeza. Allí estaba yo, a las tantas de la noche; tú te habías ido después de repasar detalladamente con Krisztina todos los pormenores sobre el trópico; y yo me quedé a solas, con los recuerdos de aquel día, de aquella noche. Y no encontré el diario en su sitio habitual, en el cajón del escritorio de Krisztina. A la mañana siguiente decidí ir a la ciudad para verte y preguntarte unas cuantas cosas sobre...

Se calla. Cabecea en sentido negativo, como una persona mayor que se sorprende por algo que hace un niño.

—Preguntarte... ¿qué? —dice en voz baja, con desprecio, como si se estuviera burlando de sí mismo—. ¿Qué se puede preguntar con palabras? ¿Qué valor tienen las respuestas que se dan con palabras y no con la veracidad de la vida humana?... Muy poco —dice, totalmente convencido—. Son muy pocas las personas cuyas palabras concuerdan con su existencia. Cuando eso sucede, se produce una de las maravillas más raras de la vida. Yo, en aquella época, todavía no sabía esto. No me estoy refiriendo a los embusteros. Quiero decir que la gente acaba aprendiendo la verdad, adquiere experiencias, pero todo ello no sirve de nada, puesto que nadie puede cambiar de carácter. Quizás no se pueda hacer nada más que esto en la vida: adaptar a la realidad, con inteligencia y con atención, esa otra realidad irrevocable, el carácter personal. Esto es lo único que podemos hacer. Y sin embargo, así tampoco seremos más sabios, ni estaremos más resguardados frente a las adversidades... Decidí pues buscarte, para hablar contigo, sin caer en la cuenta de que te preguntara lo que te preguntase y me respondieras lo que me respondieses, los hechos no cambiarían. Sin embargo, se pueden conocer los hechos a través de las palabras, acercarse a la realidad mediante preguntas y respuestas, y decidí hablar contigo por eso. Dormí profundamente; estaba muy cansado. Como si hubiera pasado una prueba física especialmente dura, como si hubiera montado a caballo o caminado durante muchas horas... Una vez bajé a cuestas un oso desde las cumbres nevadas, pesaba por lo menos doscientos cincuenta kilos: sé que mi fuerza era excepcional por aquellos años, pero todavía sigo sin entender cómo pude cargar con aquel peso, caminando por senderos estrechos y empinados y bordeando precipicios. Era como si el hombre fuera capaz de todo, mientras su vida tuviera un sentido. Aquella vez, después de haber bajado el oso, caí agotado en la nieve del valle y me quedé dormido: me encontraron mis monteros, medio congelado, al lado del oso muerto. Y resulta que aquella otra noche dormí de la misma manera. Profundamente, sin soñar; al despertar mandé preparar el coche y fui a la ciudad, a tu casa. Allí me enteré de que te habías ido. La carta que mandaste al regimiento la recibimos al día siguiente, una carta en que comunicabas que ponías tu destino a disposición de tus superiores y que te marchabas al extranjero. Al principio sólo fui consciente del hecho de que huías y así se me confirmó que habías querido matarme, que había ocurrido algo, que estaba ocurriendo algo que yo no entendía en aquel momento; pero sabía con certeza que aquel algo tenía que ver conmigo, íntima y fatalmente, y que todo lo que ocurría no solamente te ocurría a ti, sino también a mí. Allí estaba, en tu casa, en aquella habitación llena de objetos secretos, embriagadores, extravagantes, y de repente se abrió la puerta y entró Krisztina.
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«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






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