Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






descargar 398.76 Kb.
títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
página8/13
fecha de publicación06.06.2016
tamaño398.76 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   13
Victoria regia, inmensos como cunas de ensueño; no sé si recuerdas que yo criaba en el invernadero una de estas plantas misteriosas que sólo florecen una vez al año; y nuestra relación se deterioró. Se acabó el tiempo mágico de la infancia y de la juventud, y quedaron dos adultos, atados por los lazos de una relación delicada y misteriosa, de una relación llamada comúnmente amistad. También conviene saber esto antes de hablar de la cacería. Porque a lo mejor el instante de levantar el arma para matar a alguien no es el momento de la máxima culpa. La culpa ya existe antes, la culpa reside en la intención. Y si yo digo que aquella amistad se deterioró, tengo que saber si se deterioró de verdad, y a causa de qué o de quién. Porque éramos diferentes pero estábamos unidos, yo era diferente de ti, pero nos complementábamos bien, formábamos una alianza, habíamos hecho un pacto entre caballeros, y eso es muy raro en esta vida. En la alianza de nuestra juventud, todo lo que te faltaba a ti, se completaba con lo que el mundo me regalaba a mí. Nosotros éramos amigos —dice en voz muy alta—. Entérate de una vez, por si todavía no lo sabes. Claro que lo sabes, lo habrás descubierto antes o después, en el trópico o en otra parte. Éramos amigos, y esta palabra tiene unos significados cuya responsabilidad sólo la conocen los hombres. Tienes que ser consciente de la absoluta responsabilidad que contiene esta palabra. Eramos amigos, no compañeros, compinches, ni camaradas. Eramos amigos, y no hay nada en el mundo que pueda compensar una amistad. Ni siquiera una pasión devoradora puede brindar tanta satisfacción como una amistad silenciosa y discreta, para los que tienen la suerte de haber sido tocados por su fuerza. Porque si tú y yo no hubiéramos sido amigos, no habrías levantado el arma contra mí aquella mañana, en el bosque, durante la cacería. Y si no hubiéramos sido amigos, yo no habría ido a tu casa al día siguiente, a aquella casa a la que nunca me habías invitado, donde guardabas tu secreto, un secreto malvado e incomprensible que envenenó nuestra amistad. Si no hubieras sido amigo mío, no habrías huido al día siguiente de esta ciudad, de mí, de la escena del crimen, como un asesino, como un delincuente, sino que te habrías quedado aquí, engañándome y traicionándome, y quizás todo esto me habría causado dolor, y herido mi vanidad y mi orgullo, pero no habría sido tan terrible como lo que hiciste por ser mi amigo. Si tú y yo no hubiéramos sido amigos, tú no habrías regresado cuarenta y un años después, como el asesino, el delincuente que vuelve al lugar del crimen. Porque has tenido que regresar, ya lo ves. Y ahora tengo que decirte algo de lo que he tardado en darme cuenta, porque no me lo creía y lo negaba ante mí mismo; tengo que darte una sorpresa terrible, tengo que hacerte una revelación: tú y yo seguimos siendo amigos. Parece que ninguna fuerza exterior puede modificar las relaciones humanas. Tú has matado algo en mí, has destruido mi vida, y yo sigo siendo amigo tuyo. Y yo ahora, esta noche, estoy matando algo en ti, y luego dejaré que te marches a Londres, al trópico o al infierno, y seguirás siendo amigo mío. Tenemos que ser conscientes de todo esto, antes de hablar de la cacería y de todo lo que siguió. Porque la amistad no es un estado de ánimo ideal. La amistad es una ley humana muy severa. En la antigüedad, era la ley más importante, y en ella se basaba todo el sistema jurídico de las grandes civilizaciones. Más allá de las pasiones, de los egoísmos, esta ley, la ley de la amistad, prevalecía en el corazón de los hombres. Era más poderosa que la pasión que une a hombres y a mujeres con fuerza desesperada; la amistad no podía conducir al desengaño, porque en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte, puesto que su recuerdo permanece en la conciencia de los hombres, como permanece el recuerdo de una hazaña discreta que no se puede expresar con palabras. Así es, la amistad es una hazaña, en el sentido fatal y silencioso de la palabra, donde no resuenan ni sables ni espadas: una hazaña, como cualquier otra actitud desinteresada. Nuestra amistad era así, y tú eras consciente de ello. Quizás en el momento en que levantaste el arma contra mí, para matarme, nuestra amistad llegaba a su cima y adquiría una intensidad no alcanzada durante los veintidós años de nuestra juventud. Seguramente te acuerdas del momento, porque ha sido desde entonces como el sentido y el contenido de tu vida. Yo también me acuerdo. Nos encontrábamos de pie, inmóviles, detenidos en medio del bosque, entre los pinos. En el punto en que empieza el sendero, se aleja del camino y conduce a lo más profundo, donde el bosque vive su vida propia, intacta y oscura. Iba delante de ti y me detuve, porque a lo lejos, a unos trescientos pasos de distancia, apareció un ciervo que salía de entre los pinos. Ya clareaba, muy lentamente, como si el sol estuviera tanteando con sus rayos a su presa, al mundo, y el ciervo se detuvo en el borde del sendero, levantó la cabeza y miró hacia lo más tupido del bosque, porque sentía el peligro. El instinto, ese milagro, ese sexto sentido que es más refinado y más preciso que el oído o la vista, empezó a funcionar en los nervios del animal. No podía vernos, la brisa matutina soplaba en sentido opuesto, así que no podía aguijonear su sensibilidad al peligro; nosotros estábamos detenidos e inmóviles, porque nos habíamos cansado en la subida: yo me encontraba delante, cerca del sendero, y tú estabas en su borde, entre los árboles, detrás de mí. El montero se había quedado atrás con los perros. Estábamos solos, en medio del bosque, en esa soledad nocturna de la madrugada, del bosque, de las fieras, donde uno siempre se encuentra perdido, perdido en su vida y en el mundo, aunque sólo sea durante un instante, y se siente atraído por un lugar que podría ser su casa, un lugar salvaje y peligroso, pero que sigue siendo su única y verdadera casa: el bosque, las aguas profundas, el escenario del mundo primitivo. Siempre sentía esta atracción cuando iba de caza, cuando caminaba por lo más intrincado del bosque. Aquella vez vi la presa, me detuve, tú también la viste y te quedaste diez pasos más atrás. En momentos así, animales y cazadores, aguzado hasta nuestro sexto sentido, somos totalmente conscientes de la situación, sentimos el peligro, incluso en la oscuridad, y sin tener que mirar hacia atrás. ¿Qué ondas, qué elementos, qué rayos nos traen ese aviso? No lo sé... El aire era puro y limpio. Los pinos no se movían con la brisa ligera. La presa permanecía atenta. No se movía en absoluto, estaba hechizada, porque en el peligro siempre hay algo de fascinación y de encantamiento. Cuando el destino se dirige a nosotros, con cualquier forma, y nos llama por nuestro nombre, en el fondo de nuestra angustia y de nuestro temor siempre brilla cierta atracción, porque uno no solamente quiere vivir a cualquier precio, sino que quiere conocer y aceptar la totalidad de su destino, también a cualquier precio, incluso a costa del peligro y de la destrucción. Esto sentía el ciervo en aquellos instantes, lo sé con total seguridad. Yo también sentía lo mismo, también lo sé con total seguridad. Y tú también lo sentías, unos pasos más atrás, cuando, con la misma fascinación que se había apoderado de mí y del ciervo, allí, delante de ti, a tu alcance, cargaste la escopeta," con el ruido silencioso y frío que producen los metales nobles cuando los utilizan para alguna misión fatal y humana... el ruido que hace un puñal al chocar con otro puñal, o una buena escopeta inglesa cuando la cargan para matar a alguien. Espero que te acuerdes de aquel instante... —Sí... —dice el invitado.

—Era un momento característico de las cacerías —dice el general, casi con satisfacción, con la satisfacción del entendido—. Por supuesto que fui el único que oyó aquel ruido: era tan apagado que ni siquiera en la quietud del alba lo pudo oír el ciervo, a trescientos pasos de distancia. En ese instante ocurrió algo que nunca podría apoyar con pruebas en un juicio, pero a ti te lo voy a contar, porque tú sí que conoces la verdad. ¿Qué fue lo que ocurrió?... Sólo que yo sentí tus movimientos, sentí con exactitud lo que estabas haciendo, como si hubiese estado viéndote. Estabas detrás de mí, a un lado, a poca distancia. Y yo sentí que levantabas el arma, que la apoyabas en tu hombro y que me apuntabas. Sentí que cerrabas un ojo y que lentamente volvías el fusil hacia mí. Mi cabeza y la cabeza del ciervo estaban en la misma línea de tiro y a la misma altura, delante de ti, con una diferencia de diez centímetros a lo sumo. Sentí que tus manos temblaban. Y con la exactitud que sólo el cazador es capaz de tener para juzgar una situación en el bosque, me di cuenta de que desde donde estabas, no podías apuntar al ciervo: compréndelo, en aquel momento las cuestiones venatorias reflejadas en aquella situación me interesaban más íntimamente que sus componentes humanos. Yo entendía de caza, sabía qué ángulo había que adoptar para tirar al ciervo que trescientos pasos más adelante esperaba el disparo, sin sospechar nada. La situación me lo aclaraba todo, la posición geométrica del cazador y de sus blancos me avisaba de lo que estaba ocurriendo, unos pasos más atrás, en el corazón de un hombre. Estuviste apuntándome durante medio minuto, lo supe también con exactitud, sin reloj, sin equivocarme ni en un segundo. En momentos así, uno lo sabe todo. Sabía que no eras un buen tirador, que me bastaba mover ligeramente la cabeza para que la bala pasara silbando por mi lado, para que tuvieras la posibilidad de matar al ciervo. Sabía también que bastaba un solo movimiento para que el proyectil no saliera nunca de aquella escopeta. Pero también sabía que no podía moverme, porque mi destino en aquel momento ya no dependía de lo que yo decidiera: algo había madurado, algo tenía que ocurrir, según el orden y la manera que correspondiesen. Estaba detenido así, esperando el tiro, esperando que dispararas, y que una bala del arma de mi amigo me matase. La situación era perfecta, no había ningún testigo, el montero andaba lejos, por la linde del bosque, con los perros: era una situación exacta y segura para el «trágico accidente» del cual suelen hablar los periódicos año tras año. Pasó medio minuto y el disparo tardaba. En ese momento, el ciervo se enteró del peligro, y desapareció en el bosque con un salto parecido a una explosión. Nosotros seguimos sin movernos. Entonces bajaste el arma, muy lentamente. Aquel movimiento no se podía oír ni ver. Pero yo lo oía y lo veía como si hubieras estado delante de mí. Bajaste tu arma con mucho cuidado, como si el roce del aire pudiera delatar tus intenciones; el momento había pasado, el ciervo había desaparecido entre los pinos, y lo más interesante es que todavía habrías podido matarme, porque no había ningún testigo ocular para relatar la escena, y no habría habido ningún hombre, ningún juez capaz de condenarte; todo el mundo te habría acompañado en el sentimiento si lo hubieses hecho: éramos dos amigos legendarios, Castor y Pólux, compañeros durante veintidós años en lo bueno y en lo malo, éramos la encarnación de la idea de amistad, y si me hubieses matado, todos habrían tendido sus manos conmiserativas hacia ti para socorrerte; te habrían acompañado en tu duelo, puesto que para los ojos del mundo no existe ningún ser humano con un destino más trágico que quien mata a su amigo, por casualidad y por designio de su destino trágico, digno de una tragedia griega... ¿Dónde habría estado el hombre, el juez, el osado que se habría atrevido a acusar, a proclamar ante el mundo lo increíble, que me habías matado intencionadamente?... No podía haber ninguna prueba para afirmar que habías alimentado una pasión mortal contra mí en tu corazón. La noche anterior habíamos cenado juntos, en familia, con mi esposa, mis parientes y mis compañeros de caza, en la mansión donde tú habías sido un invitado diario desde hacía décadas; nos veían como antes en todas las situaciones de la vida, en el ejército, en sociedad, siempre cordiales y simpáticos el uno con el otro. No me debías dinero, eras como uno más de la familia en mi casa, así que ¿quién hubiese podido pensar que me habías matado?... Nadie. ¿Por qué razón ibas a matarme? Qué suposición más inhumana, imposible, que tú, el amigo más amante, me hubiera matado a mí, al amigo más amado y de quien habría podido recibir todo lo que necesitara en la vida, cualquier ayuda humana y material; alguien que podía considerar mi casa como la suya propia, mi fortuna como la de su hermano, y a mi familia como la que lo había adoptado en su seno. No, la acusación habría recaído sobre quien la hubiese levantado, no podía haber nadie que la formulara, la consternación de los demás habría borrado de la faz de la tierra al desgraciado que se hubiese atrevido a afirmar tal cosa, y la sensibilidad de los demás habría estrechado tu mano, porque aquella terrible desgracia inhumana te habría ocurrido realmente a ti, porque la trágica casualidad había matado a tu mejor amigo con tus propias manos... Ésa era la situación. Y tú no disparaste. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió en aquel instante? Quizás simplemente que el ciervo sintió el peligro y escapó: la naturaleza humana siempre necesita algún pretexto material en el momento de cometer un acto excepcional. Lo que habías planeado era algo exacto, concreto y perfecto, pero quizás necesitaba al ciervo; la escena se había estropeado y tú bajaste el arma. Era una cuestión de segundos, así que ¿quién sería capaz de dividir, separar y juzgar?... No tiene importancia. Lo que importa es el hecho, aunque no sirva para decidir en un juicio. El hecho es que me querías matar, y luego, cuando uno de los fenómenos inesperados del mundo desbarató el momento, empezaron a temblarte las manos y no me mataste. El ciervo había desaparecido enseguida entre los árboles, y nosotros no nos movimos. No miré hacia atrás. Nos mantuvimos así durante otro rato. Quizás, si te hubiese mirado a la cara en aquel instante, me habría enterado de todo. Pero no me atrevía a mirarte a la cara. Existe una forma de vergüenza, la más penosa que un ser humano pueda experimentar: la vergüenza de la víctima al tener que mirar a la cara a su asesino. En momentos así, la criatura siente vergüenza ante el Creador. Por eso no te miré a la cara, y cuando se acabó el hechizo que nos mantenía atados y paralizados a los dos, me dirigí hacia la cima del monte, por el sendero. Tú venías detrás, siguiéndome de manera mecánica. A mitad del camino te dije, volviendo la cabeza a medias, sin mirar atrás: «Has fallado.» No respondiste. Aquel silencio fue como una confesión. Porque cualquiera, en situaciones así, habría empezado a hablar, a intentar explicarse con vergüenza o entusiasmo, haciendo bromas o defendiéndose; cualquier cazador habría intentado argumentar a su favor, despreciar a la presa, exagerar la distancia, disminuir las posibilidades de un disparo acertado... Pero tú callabas. Como si dijeses con tu silencio: «Sí, he fallado. No te he matado.» Llegamos a la cima sin decir palabra. Allí nos esperaba el montero con los perros, ya se oían las escopetas en el valle: había empezado la cacería. Nuestros caminos se separaron. Durante la comida, una comida de cazadores, en medio del bosque, tu ojeador me dijo que habías regresado a la ciudad.

El invitado enciende un puro, las manos no le tiemblan, corta la punta del cigarro con un movimiento pausado, el general se inclina hacia él y le alarga una vela para ofrecerle fuego.

—Gracias —dice el invitado.

—Sin embargo, aquella noche viniste a cenar —dice el general—. Como antes, como todas las noches. Viniste a la hora de siempre, a las siete y media, en el cabriolé. Cenamos los tres juntos; como la noche anterior, como muchas otras noches, con Krisztina. Habían puesto la mesa en el comedor principal, como hoy, con los mismos platos, con los mismos adornos, y Krisztina estaba sentada entre los dos. En el centro de la mesa ardían unas velas azules. A ella le gustaba la luz de las velas, le agradaba todo lo que le recordara el pasado, las formas de vida más nobles, los tiempos antiguos. Yo, al regresar de la cacería, había ido directamente a mi habitación, para cambiarme, así que por la tarde no había visto a Krisztina. El criado me dijo que ella había salido de paseo, en el coche, a la ciudad. Nos vimos en el momento de la cena, mientras ponían la mesa; Krisztina ya me estaba esperando, sentada delante de la chimenea, con un pañuelo hindú sobre los hombros, porque hacía una noche húmeda, llena de bruma. Había fuego en la chimenea. Leía y no me oyó cuando entré. Quizás la alfombra había ahogado el ruido de mis pasos, quizás ella estaba demasiado absorta en su lectura, leía un libro en inglés, un libro de viajes por el trópico, así que solamente se dio cuenta de mi presencia en el último instante, cuando ya me encontraba delante de ella. Entonces levantó los ojos; ¿te acuerdas de su mirada? Cuando te miraba, era como si saliera el sol con todo su esplendor; y quizás fuera por la luz de las velas, pero yo me asusté al ver la palidez de su rostro. «¿Se encuentra mal?», le pregunté. No me respondió. Me estuvo mirando un rato, sin decir palabra, con los ojos muy abiertos, y aquel instante fue por lo menos tan largo y tan tenso como el otro, el transcurrido por la mañana, cuando yo esperaba inmóvil que pasara algo, que dijeras algo o que dispararas. Me miraba a los ojos, con tanta atención y detenimiento como si fuera para ella más importante que su propia vida el saber lo que yo estaba pensando, el saber si estaba pensando algo, si sabía algo... Aquello, probablemente, le importaba más que su vida. Siempre es esto lo que importa, incluso más que la presa o que el resultado: saber lo que piensa de nosotros la víctima, o la persona que hemos escogido como víctima... Me miraba a los ojos, como si me estuviera interrogando. Yo le sostenía la mirada, creo. Estuve tranquilo en aquel instante y también más tarde; mi rostro no pudo delatarme ante Krisztina. Por la mañana y por la tarde, en el curso de aquella cacería peculiar, en la que yo mismo también había sido una presa, decidí mantenerme en silencio sobre aquel instante del alba, pasara lo que pasase; decidí callar para siempre ante las dos personas que gozaban de mi confianza: Krisztina y la nodriza; decidí no contarles nada de lo que había acabado por saber aquella madrugada en el bosque. Decidí que te haría observar en secreto por un médico, porque los demonios de la locura se habían apoderado de tu alma, por lo menos entonces así lo creí. No encontraba ninguna otra explicación posible para aquel instante. Una persona que forma parte de mi vida ha enloquecido, me repetía con terquedad, casi con desesperación, durante toda la mañana y durante toda la tarde, y con esta idea te recibí por la noche, cuando llegaste para cenar. Quería salvar la dignidad humana con esta suposición, la dignidad humana en general y en particular, porque si hubieras estado cuerdo, y hubieras tenido alguna razón, no importaba qué clase de razón, para levantar un arma contra mí, entonces todos habríamos perdido nuestra dignidad de seres humanos, todos los que vivíamos en esta casa, Krisztina también y yo también. Así explicaba yo la mirada asustada y sorprendida de Krisztina, cuando estuve delante de ella, después de la cacería. Como si ella hubiera intuido parte del secreto que nos unía a ti y a mí desde aquella madrugada. Las mujeres se dan cuenta de esas cosas, pensé. Entonces llegaste tú, vestido de gala, y nos sentamos a cenar. Charlamos, como todas las noches. También hablamos de la cacería, del papel de los batidores, del fallo que había cometido uno de nuestros invitados, matando a un cervatillo demasiado joven, algo que no sólo era un fallo, sino que también está prohibido... Aquel instante no lo mencionaste en toda la noche. No dijiste nada sobre tu papel en la cacería, sobre aquel extraordinario ciervo que se te había escapado. De esas cosas siempre se habla, aunque uno no sea un cazador muy entusiasta. No dijiste nada de la presa que fallaste, ni de por qué habías abandonado la cacería antes de tiempo, ni de por qué habías regresado a la ciudad sin decir palabra, ni de por qué no habías aparecido hasta la noche. Todo eso era ciertamente muy inusual, contrario a las costumbres y a las convenciones sociales. Podías haber dicho algo sobre aquella mañana... pero no dijiste nada, como si no hubiéramos estado cazando juntos. Hablaste de otra cosa. Preguntaste a Krisztina qué estaba leyendo cuando llegaste y entraste en el salón. Krisztina estaba leyendo algo sobre el trópico. Hablasteis largamente de su lectura, le preguntaste el título del libro, la interrogaste sobre los efectos que aquella lectura ejercía sobre ella, quisiste saber cómo era la vida en el trópico, te comportaste como si te interesara muchísimo aquel tema del cual no sabías nada, y yo me enteré más adelante, por el librero de la ciudad, que tú mismo habías encargado aquel libro y otros parecidos, sobre el mismo tema, y que tú mismo se lo habías prestado a Krisztina unos días antes. No lo supe aquella noche. Me excluisteis de la conversación, puesto que yo no sabía absolutamente nada sobre el trópico. Más tarde, cuando me enteré de que me habíais traicionado aquella noche, me acordé de la escena, volví a oír las palabras que os habíais dicho, y me di cuenta con verdadera admiración de lo bien que actuasteis. Yo no podía saber, no podía sospechar nada de vuestras palabras: hablabais del trópico, de un libro, de otras lecturas, más generales. Te interesaba la opinión de Krisztina, sobre todo querías saber si creía que una persona nacida en otro clima podía soportar las condiciones de vida del trópico... ¿Qué pensaba Krisztina? A mí no me preguntaste. ¿Y ella? ¿Podría soportar la lluvia, el vapor cálido, la bruma ardiente que ahoga, la soledad en medio de los cenagales y de la selva?... ¿Lo ves?, las palabras siempre se repiten. Cuando estuviste aquí por última vez, en el mismo sitio, en el mismo sillón, hace ahora cuarenta y un años, también hablabas de lo mismo: del trópico, de los cenagales, de la bruma cálida y de la lluvia. Y hace un rato, cuando entraste en esta casa, tus primeras palabras fueron sobre los cenagales, el trópico, la lluvia y la bruma ardiente. Sí, las palabras vuelven. Todo vuelve, las cosas y las palabras avanzan en círculo, a veces atraviesan el mundo entero, siempre en círculo, y luego se vuelven a encontrar, se tocan y cierran algo —dice, impasible e indiferente—. De eso hablaste con Krisztina aquella última noche. Alrededor de la medianoche llamaste a tu coche para regresar a la ciudad. Esto es lo que ocurrió el día de la cacería —dice, y en su voz resuena la satisfacción propia de las personas mayores que han contado algo con exactitud, que han sabido agrupar sus ideas y pensamientos de una manera clara y concisa.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   13

similar:

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconLa mujer justa, adaptación teatral de la novela homónima de Sándor Márai

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconGustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla (Andalucía), el...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconSusana Lozano nació en Madrid en el año 63. Aficionada a la ópera...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconFriedrich W. Nietzsche (1844-1900) nació en Röcken, cerca de Leipzig,...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconTodo Comenzó en el verano del 2010 cuando una chica llamada Camila...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconViaje a polonia, visitando francia, alemania, austria e italia

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconViaje a polonia, visitando francia, alemania, autria e italia

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconEn Bélgica, Francia, España, Alemania, Estados Unidos, Brasil y Perú

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconAlex Dorfsman 1977, Ciudad de México. Vive y trabaja en la Ciudad...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconHacia una poética del exilio/ Angelina Muñiz-Huberman. Biblioteca Virtual Cervantes. En línea
«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






© 2015
contactos
l.exam-10.com