Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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ölés y ölelés, son parecidas y tienen la misma raíz... Así es. Claro, nosotros somos occidentales —prosigue con otra entonación, un tanto modificada, como si estuviera dictando una conferencia—. Somos occidentales, o por lo menos llegados hasta aquí e instalados. Para nosotros, matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral. Nosotros también matamos, pero lo hacemos de una forma más complicada: matamos según prescribe y permite la ley. Matamos en nombre de elevados ideales y en defensa de preciados bienes, matamos para salvaguardar el orden de la convivencia humana. No se puede matar de otra manera. Somos cristianos, poseemos sentimiento de culpa, hemos sido educados en la cultura occidental. Nuestra historia, antigua y reciente, está llena de matanzas colectivas, pero bajamos la voz y la cabeza, y hablamos de ello con sermones y con reprimendas, no podemos evitarlo, éste es el papel que nos toca desempeñar. Además está la caza y sólo la caza —añade con otra entonación, casi alegre—. En las cacerías también respetamos ciertas leyes caballerescas y prácticas, respetamos a los animales salvajes, hasta donde lo exijan las costumbres del lugar, pero la caza sigue siendo un sacrificio, o sea, el vestigio deformado y ritual de un acto religioso ancestral, de un acto primigenio de la era del nacimiento de los humanos. Porque no es verdad que el cazador mate para obtener su presa. Nunca se ha matado solamente por eso, ni siquiera en los tiempos del hombre primitivo, aunque éste se alimentara casi exclusivamente de lo que cazaba. A la caza la acompañaba siempre un ritual tribal y religioso. El buen cazador era siempre el primer hombre de la tribu, una especie de sacerdote. Claro, todo esto perdió fuerza con el paso del tiempo. Sin embargo, quedaron los rituales, aunque debilitados. Por mi parte, puedo decir que yo quizás no haya disfrutado tanto de nada como de aquellas madrugadas, de aquellas mañanas de cacería. Uno se despierta cuando todavía es de noche, se viste de una manera especial, de manera distinta de las demás mañanas, se pone ropas sencillas, cuidadosamente escogidas, desayuna de otra forma, se fortalece el corazón con una copita de aguardiente, come un poco de carne fría en el comedor iluminado con un farol. Me gustaba hasta el olor de la ropa de caza, su paño olía a bosque, a follaje, a aire fresco y a sangre, a la sangre derramada de las aves que llevabas colgadas de la cintura: su sangre siempre ensuciaba la cazadora. Pero ¿ensucia realmente la sangre? ¿Es sucia?... No lo creo. Es la sustancia más noble que existe en este mundo, y el hombre, cuando quería decir a su dios algo importante, algo inexpresable, siempre lo decía con sangre y con sacrificios. También me gustaba el olor a metal y a grasa de las escopetas. El olor a rancio de los artículos de piel. Todo esto me encantaba —dice, casi con vergüenza, como un anciano que reconoce una debilidad—. Más tarde, sales al patio de la casa, los compañeros ya te están esperando, el sol no ha salido todavía, el montero tiene atados los perros y te hace el resumen de la noche pasada. Entonces subes al coche y partes. El paisaje ya está despertándose, los bosques se desperezan, como para despejarse el sueño, con movimientos lentos y vagos. Todo huele tan limpio como si estuvieras regresando a otro país, a un país que fue tu patria en el principio de los tiempos. El coche se detiene al borde del bosque, te bajas, tu montero y tu perro te acompañan en silencio. El follaje húmedo apenas hace ruido debajo de tus botas. Los senderos están llenos huellas de animales. Todo recobra la vida a tu alrededor. La luz descorre la bóveda del bosque, como si un artilugio secreto, el mecanismo oculto del teatro del mundo, empezara a funcionar. Los pájaros se ponen a cantar, un cervatillo corre por el sendero, lejos, a unos trescientos pasos de distancia, y tú te escondes entre los arbustos y pones toda tu atención. Has traído el perro, no puedes perseguir al venado... El animal se detiene, no ve, no huele nada, porque el viento viene de frente, pero sabe que su final está cerca; levanta la cabeza, vuelve el cuello tierno, su cuerpo se tensa, se mantiene así durante algunos segundos, en una postura magnífica, delante de ti, como paralizado, como el hombre que se queda inmóvil ante su destino, impasible, sabiendo que el destino no es casualidad ni accidente, sino el resultado natural de unos acontecimientos encadenados, imprevisibles y difícilmente inteligibles. En ese instante lamentas no haber traído tu mejor arma de fuego. Tú también te detienes en medio de los arbustos, te paralizas, tú también, el cazador. Sientes en tus manos un temblor ancestral, tan antiguo como el hombre mismo, la disposición para matar, la atracción cargada de prohibiciones, la pasión más fuerte, un impulso que no es ni bueno ni malo, el impulso secreto, el más poderoso de todos: mas fuerte que el otro, más hábil, ser un maestro, no fallar. Es lo que siente el leopardo cuando se prepara para saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa. Esto mismo sentiste tú, quizás por primera vez en tu vida, cuando en aquel bosque, en aquel punto de acecho, levantaste el arma y apuntaste para matarme.

Se inclina por encima de la pequeña mesa que hay entre los dos, delante de la estufa, se sirve una copita de licor, y saborea el líquido color púrpura con la punta de la lengua. Satisfecho, vuelve a poner la copita sobre la mesa.

14

—Todavía era de noche —continúa, al ver que el otro no reacciona, no protesta, no da indicios de haber oído la acusación, ni moviendo la mano ni parpadeando—. Era el momento exacto en que la noche se separa del día, el mundo inferior del mundo superior. Quizás haya otras cosas que también se separan en esos momentos. Se trata de ese último segundo en que todavía están unidos lo bajo con lo alto, la luz y las tinieblas, tanto en lo humano como en lo universal; cuando los dormidos despiertan de sus pesadillas, cuando los enfermos suspiran de alivio, porque sienten que se ha acabado el infierno de la noche y que desde ese mismo momento sus sufrimientos serán más ordenados, más comprensibles; es el instante en que la regularidad y transparencia del día revelan y separan lo que en la oscuridad de la noche era sólo un deseo fervoroso, un anhelo secreto, una pasión enfermiza y espantosa. A los cazadores y a los animales salvajes les gusta ese instante. Ya no es de noche, pero tampoco es de día. Los olores del bosque son intensos y salvajes en esos momentos; como si todos los seres vivos empezaran a despertar a la vez en el dormitorio del mundo, como si todos exhalaran sus secretos y sus maldades: las plantas, los animales y también los seres humanos. Se levanta un viento suave, como cuando alguien despierta, aspira y suspira al acordarse del mundo en que ha nacido. El follaje húmedo, los helechos, los musgosos fragmentos de corteza desprendidos de los árboles, el sendero del bosque cubierto de pinas descompuestas, hojarasca y agujas que forman un tapiz blando, resbaladizo y uniforme, lleno de gotas de rocío, desprenden un olor a tierra tan embriagador como el perfume de la pasión que desprende el sudor de los enamorados. Es un instante misterioso: los antiguos paganos lo celebraban en medio de los bosques, con devoción, con los brazos alzados, con el rostro vuelto hacia Oriente, en una espera mágica, la misma que renace una y otra vez en el corazón de los humanos, atados a la materia, que anhelan el momento de la llegada de la luz, o sea, de la razón y del conocimiento. Los animales salvajes se acercan a la fuente para beber. La noche no ha terminado todavía, en el bosque siguen ocurriendo cosas, la fase vigilante de la caza que ocupa las noches de los animales salvajes no ha acabado aún: el gato montes sigue al acecho, el oso devora el último bocado de su presa, el ciervo en celo se acuerda de los momentos de pasión en la noche de luna, se detiene en medio del prado, donde se batió por amor, levanta con orgullo la testa pegajosa y herida, y mira a su alrededor, con sus ojos rojos, excitados, serios y tristes, como quien se acuerda para siempre de una pasión. La noche todavía está viva en medio del bosque, la noche con todo lo que esta palabra esconde: la presa, el amor, el ir y venir, la conciencia de la alegría gratuita de vivir y de la lucha por la vida. Es el momento en que ocurren cosas no solamente en las profundidades del bosque, sino también en el fondo oscuro de los corazones humanos. Porque los corazones humanos también tienen sus noches, colmadas de una pasión tan salvaje como la pasión de conquista y de caza que anida en el corazón del ciervo o del lobo. El sueño, el deseo, la vanidad, la egolatría, la ira del macho sediento de placer, la envidia, la venganza, todas las pasiones anidan en la noche del alma humana, siempre al acecho, como el zorro, el buitre o el chacal en la noche de los desiertos de Oriente. También existen instantes en que no es de noche ni de día en los corazones humanos, instantes en que los animales salvajes salen de su escondite, de las madrigueras del alma, y en que tiembla en nuestro corazón y se transforma en movimiento de nuestra mano una pasión que hemos tratado en vano de domesticar durante años, durante muchísimos años... Todo ha sido en vano: hemos negado, sin la menor esperanza, el sentido de esta pasión, incluso a nosotros mismos, pero el contenido real de la pasión era más fuerte que nuestros propósitos, y la pasión no se ha disipado, sino que ha cristalizado. En el fondo de cada relación humana existe una materia palpable, y esa realidad no cambia, por muchos argumentos o astucias que se utilicen. La realidad era que tú me odiabas, que me habías odiado durante veintidós años, con una pasión cuyo fervor caracteriza sólo las relaciones más intensas, como... sí, como el amor. Me odiabas, y cuando un sentimiento, una pasión, se apodera por completo del alma humana, al lado del entusiasmo arde el deseo de venganza también... Porque la pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos. Para una pasión, es completamente indiferente lo que reciba de la otra persona: quiere mostrarse por completo, quiere hacer valer su voluntad, incluso aunque no reciba a cambio más que sentimientos tiernos, buenos modales, amistad y paciencia. Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias. Me odiabas y tu odio era un lazo tan fuerte como si me hubieses amado. ¿Por qué me odiabas?... He tenido tiempo suficiente para analizar ese sentimiento. Nunca aceptaste dinero de mí, ni regalos, ni permitiste que nuestra amistad se transformara en una auténtica hermandad, y si yo no hubiese sido tan joven en aquella época, me podría haber dado cuenta de que era una señal sospechosa y peligrosa. Quien no acepta los detalles, probablemente es que lo quiere todo, absolutamente todo. Me odiabas ya desde niño, desde el primer instante en que nos conocimos en aquella Academia tan peculiar donde mejoraban y domesticaban a los ejemplares escogidos del mundo que nosotros conocíamos; me odiabas porque yo tenía algo que a ti te faltaba. ¿Qué era? ¿Qué habilidad, qué rasgo de carácter?... Tú siempre has sido el más culto, el artista, el más aplicado, el más virtuoso, el que tenía talento, el que tenía un instrumento de música, el que tenía un secreto y además literalmente: tu secreto era la música. Tú eras el pariente de Chopin, el misterioso, el orgulloso. Pero en el fondo de tu alma habitaba una emoción convulsa, un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano, porque la vida no se puede soportar de otra manera que sabiendo que nos conformamos con lo que significamos para nosotros mismos y para el mundo. Tenemos que conformarnos con lo que somos, y ser conscientes de que a cambio de esta sabiduría no recibiremos ningún galardón de la vida: no nos pondrán ninguna condecoración por saber y aceptar que somos vanidosos, egoístas, calvos y tripudos; no, hemos de saber que por nada de eso recibiremos galardones ni condecoraciones. Tenemos que soportarlo, éste es el único secreto. Tenemos que soportar nuestro carácter y nuestro temperamento, ya que sus fallos, egoísmos y ansias no los podrán cambiar ni nuestras experiencias ni nuestra comprensión. Tenemos que soportar que nuestros deseos no siempre tengan repercusión en el mundo. Tenemos que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como nos gustaría. Tenemos que soportar las traiciones y las infidelidades, y lo más difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros, por sus cualidades morales o intelectuales. Esto es lo que he y aprendido en setenta y cinco años de vida, aquí, en medio de este bosque. Pero tú no has podido soportarlo —dice en voz baja.

Se calla, mira al vacío con sus ojos de miope. Y prosigue, como buscando una excusa:

—Claro que cuando todavía éramos muchachos, no sabías nada de esto. Era un tiempo maravilloso, una época mágica. La memoria de la vejez lo magnifica todo y muestra cada detalle con absoluta nitidez. Eramos unos niños y éramos amigos, y eso es un gran regalo de la vida, agradezcamos al destino el haberlo disfrutado. Sin embargo, más adelante, cuando se formó tu carácter, ya no pudiste soportar que te faltara algo que yo tenía: mis orígenes, mi educación, algún don divino... ¿Cuál era esta aptitud? ¿Se trataba de una aptitud? Simplemente se trataba de que a ti el mundo te miraba con indiferencia, a veces hasta con hostilidad, y a mí la gente sólo me regalaba sonrisas y confianza. Tú despreciabas esa confianza y esa amistad que el mundo me ofrecía, las despreciabas y al mismo tiempo estabas mortalmente celoso de ellas. Seguramente imaginabas (no de una manera manifiesta, naturalmente, sino a través de sentimientos confusos) que una persona mimada y amada por el mundo tiene algo de prostituta. Hay personas a quienes todo el mundo quiere, a quienes todo el mundo regala con una sonrisa, a quienes todos miman y perdonan, y esas personas generalmente tienen algo de coquetas, algo de prostitutas. Ya ves, yo ya no tengo miedo de las palabras —dice con una sonrisa alentadora, como queriendo convencer al otro de que tampoco tenga miedo—. Viviendo en soledad, uno lo conoce todo, y ya no le tiene miedo a nada. Las personas en cuya frente brilla una señal divina que muestra que son protegidas de los dioses, se saben seres elegidos, y por eso hay algo de vanidad y de seguridad exagerada en su manera de presentarse ante los demás. Si tú me veías así, te equivocaste. Solamente tus celos pudieron imaginarme de esa manera distorsionada. No estoy tratando de defenderme, porque quiero saber la verdad, y el que busca la verdad tiene que empezar buscando dentro de sí. Lo que tú interpretabas como una gracia, como un don divino en mí, no era otra cosa que benevolencia. Yo fui benévolo hasta el día en que... sí, hasta el día en que estuve en tu casa, de donde tú acababas de huir. Quizás esta benevolencia animaba a la gente a revelarme sus sentimientos, a prodigarme su buena voluntad, sus sonrisas, su confianza. Sí, yo tenía algo (hablo en pasado, porque todo lo que menciono aquí y ahora está ya tan lejos como si estuviera hablando de alguien que ha muerto o a quien nunca conocí), tenía espontaneidad, una franqueza que desarmaba a la gente. Hubo una época en mi vida, la década de la juventud, en que el mundo toleraba con docilidad mi presencia y mis pretensiones. Se trata de la época de la clemencia. Todos vienen a tu encuentro, como si fueras un conquistador, todos acuden a homenajearte con vino, muchachas y guirnaldas de flores. Durante la década en que, tras terminar la Academia, servimos en el ejército, a mí nunca me abandonó aquel sentimiento de seguridad, la convicción de que los dioses me habían regalado un anillo de la suerte, secreto e invisible; de que no me podía pasar nada malo, de que estaba rodeado por sentimientos de amor y de confianza. Esto es lo máximo que un ser humano puede obtener en la vida —añade con seriedad—. Es la mayor gracia. Pero quien se confía, quien se vuelve arrogante o altivo, quien no puede soportar con humildad los agasajos del destino, quien no percibe que ese estado de gracia solamente dura mientras no se malgaste el regalo de los dioses, ése sucumbirá. El mundo sólo perdona, y sólo momentáneamente, a los puros y humildes de corazón... Es decir, que tú me odiabas —afirma muy decidido—. Al acabarse la juventud, conforme iba desapareciendo la magia de la infancia, nuestra relación empezó a enfriarse. No hay un proceso anímico más triste, más desesperado que cuando se enfría una amistad entre dos hombres. Porque entre un hombre y una mujer todo tiene condiciones, como el regateo en el mercado. Pero el sentido profundo de la amistad entre hombres es justamente el altruismo: que no queremos un sacrificio del otro, que no queremos su ternura, que no queremos nada en absoluto, solamente mantener el acuerdo de una alianza sin palabras. Quizás yo mismo fuera el responsable, puesto que no te conocía lo suficiente. Me conformaba conque no me enseñaras todo lo tuyo, admiraba tu inteligencia, esa superioridad amarga y peculiar que emanaba de tu ser, creía que tú también me perdonabas, como los demás, por tener yo ese don de acercarme a la gente con facilidad y con serenidad, ese don de ser amado allí donde tú sólo eras tolerado; creía que me perdonabas que yo me permitiera tratar de tú al mundo. Creía que te alegrabas de ello. Nuestra amistad era como la amistad entre los hombres de las leyendas antiguas. Mientras yo iba por los caminos soleados del mundo, tú te quedabas en la sombra, a propósito. No sé si opinas lo mismo...

—¿No estabas hablando de la cacería?... —pregunta el invitado, para evitar responderle.

—Sí, de la cacería —dice el general—. Pero todo esto tiene también que ver con la cacería. Cuando una persona quiere matar a otra, es porque han ocurrido antes muchas cosas y no sólo que esa persona cargue el arma y la levante. Antes ocurrió todo lo que te he estado contando: que no me pudieras perdonar y que nuestra relación se hubiese deteriorado; una relación que se había engendrado en las aguas profundas de la infancia, de una manera tan compleja y tenaz como si a aquellos dos muchachos los hubiesen acunado los pétalos de las rosas gigantes de los cuentos de hadas, pétalos de
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Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconHacia una poética del exilio/ Angelina Muñiz-Huberman. Biblioteca Virtual Cervantes. En línea
«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






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