Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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Polonesa-Fantasía... ¿la tocaste alguna vez en el trópico? —pregunta el general, con mucho tacto.

Están comiendo una carne poco hecha, con aplicación y apetito, absortos en la masticación y la engullición, con la actitud de las personas mayores para quienes comer ya no supone solamente alimentarse, sino que representa una acción solemne y ancestral. Mastican y comen con mucha atención, como para acumular fuerzas. Para obrar hace falta tener fuerzas, y las fuerzas se encuentran también en la comida, en la carne poco hecha, y en la bebida, en el vino casi negro. Comen haciendo un poco de ruido, con entrega, seriedad y devoción: ya no tienen tiempo para comer con educación, porque les importa más masticar la comida hasta la última fibra, extraer todo el jugo de la carne, conseguir toda la fuerza vital que necesitan. Comen con movimientos refinados, pero también a la manera de los viejos de la tribu en un banquete solemne: con un aire de seriedad y de fatalidad.

El mayordomo, en un rincón de la sala, observa con atención los movimientos del criado que llega con una gran fuente en equilibrio sobre sus manos enguantadas. En el centro de la fuente se encuentra el helado de chocolate flambeado, despidiendo llamas azules y amarillas.

Los criados vierten el champán en las copas del invitado y del anfitrión. Los dos viejos expertos aspiran el aroma del contenido amarillo pálido de la botella, que tiene el tamaño de un recién nacido.

El general saborea el champán y aparta la copa. Llama al criado, para que le sirva más vino tinto. El invitado observa la escena entre parpadeos. Han comido y bebido mucho, hasta ponerse colorados.

—En los tiempos de mi abuelo —dice el general, mirando su copa— se colocaba una pinta de vino de mesa delante de cada invitado. Era la ración de cada uno. Una pinta, litro y medio. De vino de mesa. Mi padre me contó que también el rey tenía la costumbre de poner vino de mesa en botellas de cristal delante de sus invitados. A cada invitado le correspondía una botella. Por eso se llamaba vino de mesa, porque estaba allí, en la mesa, para que cada uno tomara la cantidad que quisiera. Los vinos de calidad los servían aparte. Era la norma vigente en la corte.

—Sí —dice Konrád, colorado, ocupado con la digestión—. En aquellos tiempos todo encajaba en un perfecto orden —añade indiferente.

—Ahí se sentó él —dice el general, como quien cuenta una anécdota, señalando con la mirada el sitio que ocupó el rey, en el centro—. A su derecha estaba mi madre, a su izquierda el párroco. Estuvo aquí, sentado en esta misma mesa, en el lugar principal. Durmió en una habitación del primer piso, en la que está tapizada de amarillo. Después de cenar, bailó con mi madre —añade en voz baja, con voz de viejo, casi de niño, evocando los recuerdos—. Ya ves, de esto no puedo hablar con ninguna otra persona. Por eso también me alegro de que hayas venido —dice muy serio—. Tú tocaste una vez la Polonesa-Fantasía con mi madre. ¿No la tocabas allí en el trópico? —vuelve a preguntar, como si hubiera recordado lo más importante.

El invitado reflexiona.

—No —responde—. Nunca he tocado nada de Chopin en el trópico. Ya sabes que la música remueve muchas cosas dentro de mí. En el trópico uno se vuelve más sensible.

Como ya han comido y bebido, han olvidado los primeros momentos de su encuentro, tensos y solemnes. La sangre se torna más cálida y corre con mayor vigor por sus arterias escleróticas, hinchadas en la frente y en las sienes. Los criados sirven fruta del invernadero. Ellos comen uvas y nísperos. La sala se ha caldeado, la brisa nocturna del verano levanta las cortinas de seda gris de las ventanas entreabiertas.

—Podríamos tomar el café en el otro lado —propone el general.

En ese momento una ráfaga de viento abre las ventanas de par en par. Las pesadas cortinas grises comienzan a moverse, se mueve incluso la enorme araña del techo, como en los barcos cuando se desata una tormenta. El cielo se ilumina por un instante, un rayo amarillo como el azufre corta la oscuridad de la noche, como si fuera una espada flamígera que cortara el cuerpo de la víctima propiciatoria. La tormenta sacude el comedor, apagando algunas velas que parpadeaban temerosas, y de repente todo se oscurece. El mayordomo se acerca a las ventanas con dos criados, para cerrarlas, buscando y palpando en la oscuridad. Se dan cuenta de que toda la ciudad se ha quedado a oscuras.

El rayo ha dañado la central eléctrica de la ciudad. Ellos siguen sentados, sin decir palabra, en la oscuridad, sólo los ilumina el fuego de la chimenea y dos velas solitarias que han quedado encendidas. Los criados llevan más velas en grandes candelabros de varios brazos.

—En el otro lado —repite el general, sin hacer caso del rayo ni de la oscuridad.

Un criado les indica el camino, llevando un candelabro delante de ellos. Atraviesan el comedor bajo esta luz espectral, tambaleándose ligeramente, al igual que sus sombras desequilibradas en las paredes; atraviesan el frío salón y llegan a la sala de estar, donde los únicos muebles son el piano de cola con la tapa levantada y tres sillones alrededor de la estufa de porcelana redonda y caliente. Se sientan y miran el paisaje oscurecido a través de una ventana cubierta por una cortina blanca que llega hasta el suelo. El criado les acerca una mesa pequeña y pone encima las tazas con el café, los puros y las copitas de aguardiente, poniendo después un candelabro de plata en la repisa de la estufa, con unas velas de iglesia encendidas, gruesas como brazos de bebé. Ambos prenden los puros. Están sentados sin decir palabra, esperando que sus cuerpos se calienten. De la estufa les llega el calor uniforme de los troncos y la luz de las velas ilumina el techo. La puerta se ha cerrado detrás de ellos. Se han quedado solos.
13
—No viviremos muchos años ya —dice el general, sin darle más vueltas, como si pronunciara la conclusión final de una discusión sin palabras—. Un par de años, quizás menos. No viviremos mucho, porque has vuelto. Y tú también lo sabes. Has tenido tiempo para pensar en ello, allí en el trópico, y luego en tu casa, en las afueras de Londres. Cuarenta y un años son muchos años. Has pensado en ello, ¿verdad?... Sin embargo, has vuelto, porque no has podido hacer otra cosa. Y yo te he estado esperando, porque no he podido hacer otra cosa. Los dos sabíamos que nos volveríamos a ver, y que con ello se acabaría todo. Se acabaría nuestra vida y todo lo que hasta ahora ha llenado nuestra vida de contenido y de tensión. Porque los secretos como el que se interpone entre nosotros tienen una fuerza peculiar. Queman los tejidos de la vida, como unos rayos maléficos, pero también confieren una tensión, cierto calor a la vida. Te obligan a seguir viviendo... Mientras uno tenga algo que hacer en esta tierra, se mantiene con vida. Voy a contarte lo que yo he experimentado en la soledad del bosque, durante los últimos cuarenta y un años, mientras tú estabas en el trópico y andabas por el mundo. La soledad también es un estado muy peculiar... a veces se presenta como una selva, llena de peligros y de sorpresas. Conozco todas sus variantes. El aburrimiento que en vano intentas hacer desaparecer con la ayuda de un orden de vida organizado de manera artificial. Las crisis repentinas, inesperadas. La soledad es un lugar lleno de secretos, como la selva —repite con insistencia—. Uno vive bajo un orden severo, y de repente, se vuelve loco, como tus malayos. Nos rodea un montón de habitaciones, de títulos y de rangos, un orden vital meticuloso y exacto. Y un día lo dejamos todo y echamos a correr, como en un ataque de amok, con un arma en la mano o sin ella... y sin arma es quizás más peligroso. Empieza una carrera por el mundo, con los ojos fijos en la nada; los compañeros, los amigos de antes se apartan de nuestro camino. Nos acercamos a la gran ciudad, pagamos a algunas mujeres, todo estalla a nuestro alrededor, buscamos y encontramos pelea en todas partes. Y como te digo, esto no es lo peor. Puede que nos quedemos tirados por el camino, como un perro sarnoso. Puede que nos estrellemos contra un muro, que choquemos con los miles de obstáculos que nos presenta la vida, puede que nos rompamos los huesos. Lo peor es cuando intentamos ahogar dentro de nosotros las emociones que la soledad ha generado en nuestra alma. Cuando no echamos a correr. Cuando no intentamos matar a nadie. ¿Qué hacemos entonces? Vivir, esperar, mantener el orden a nuestro alrededor. Vivir respetando un rito pagano y mundano... como un monje... aunque los monjes lo tienen más fácil, porque tienen fe. Las personas que entregan su alma y su destino a la soledad no tienen fe. Sólo esperan. Esperan el día o la hora en que puedan dilucidar todo lo que les ha conducido a la soledad con las personas que son responsables de ello. Un hombre así se prepara para ese momento durante diez años, durante cuarenta, cuarenta y uno, para ser exactos, como los héroes de un duelo se preparan para el desafío. Dejan todo ordenado en su vida, para no tener deudas con nadie, en caso de que los maten en el duelo. Se entrenan cada día, como si fueran profesionales. Pero ¿con qué se puede entrenar un hombre solitario? Con sus propios recuerdos, para que la soledad y el tiempo transcurrido no le permitan perdonar nada en su alma ni en su corazón. Porque hay un duelo en la vida, librado sin sable ni espada, para el cual merece la pena prepararse bien. El duelo más peligroso. Un día llegará sin que lo llamemos. ¿Tú también lo crees? —pregunta con cortesía.

—Totalmente —responde el invitado, mirando la ceniza de su puro.

—Me alegro de que pienses igual —dice el general—. Esa espera lo mantiene a uno con vida. Claro que también tiene sus límites, como todo en la vida. Si no hubiera estado seguro de que volverías, habría partido yo mismo, ayer o hace veinte años, para encontrarte en las afueras de Londres, en tu casa, o en el trópico, entre los malayos, o en lo más profundo del infierno. Fuera como fuese, te habría encontrado, y tú lo sabes también. Parece que uno siempre está seguro de todo lo que le importa de verdad. Tienes razón: incluso sin teléfono, sin radio, sin nada. En mi casa no hay teléfono, sólo hay uno en la oficina del administrador de la hacienda, y tampoco tengo radio: he prohibido que dejen entrar los ruidos infectos y estúpidos del mundo en la casa donde yo vivo. El mundo ya no puede hacer nada contra mí. El nuevo orden del mundo puede acabar con la forma de vida bajo la que yo nací y bajo la que yo viví; las fuerzas nuevas, fogosas y agresoras me pueden aniquilar, pueden acabar con mi vida y con mi libertad. Todo eso me resulta indiferente. Lo que me importa es que yo no hago tratos con el mundo, que no intento regatear con el mundo que he conocido y que he excluido de mi vida. Sin embargo, no me ha hecho falta ninguno de estos aparatos modernos para saber que estabas vivo y que algún día volverías. No intentaba apresurar este momento. Quería esperarlo, de la misma manera que uno espera el orden y el tiempo de cada cosa, de todas las cosas. Ahora ha llegado.

—¿Qué quieres decir con todo eso? —dice Konrád—-. Me fui, y tenía derecho a hacerlo. Quizás haya tenido además mis razones. Es cierto que me fui muy de repente, sin despedirme. Seguramente pensaste y supusiste que no había podido hacer otra cosa, que me sentí obligado a obrar así.

—¿Que no pudiste hacer otra cosa? —pregunta el general y levanta la cabeza. Mira a su invitado, con ojos penetrantes, como si el otro fuera un objeto—. De eso se trata exactamente. Eso es lo que me ha dado que pensar, desde hace mucho tiempo. Desde hace cuarenta y un años, si no me equivoco. —El otro no responde y él continúa—: Ahora que soy viejo pienso a menudo en mi infancia. Dicen que es un proceso natural. Uno se acuerda del principio con más fuerza y precisión cuando se acerca el final. Veo rostros y oigo voces. Veo el momento en el que te presento a mi padre, en el jardín de la Academia. El te aceptó en aquel mismo momento como a un amigo, porque eras mi amigo. Le costaba aceptar a los demás como amigos. Pero se podía contar con su palabra hasta la muerte. ¿Te acuerdas de aquel momento?... Estábamos al pie de los castaños, delante de la entrada principal, y mi padre te dio la mano. «Tú eres el amigo de mi hijo», repuso. «Apreciad vuestra amistad en lo que vale», añadió muy serio. Creo que no había nada en el mundo que fuera más importante para él que esta palabra. ¿Me estás escuchando?... Te lo agradezco. Voy a contártelo todo. Intentaré seguir algún orden. No te inquietes, el coche está dispuesto, te puede llevar a la ciudad en cualquier momento, si así lo deseas. No te inquietes, no tienes por qué dormir en casa, si no quieres. Quiero decir que quizás no estarías cómodo si tuvieras que dormir aquí. Sin embargo, si te apetece, puedes pasar aquí la noche —dice en tono indiferente, como si hablara de un asunto sin importancia. Como el otro hace un gesto negativo, añade—: Como tú quieras. El coche está dispuesto. Te llevará a la ciudad y por la mañana podrás partir para tu casa de las afueras de Londres, para el trópico o para donde quieras. Pero primero escúchame.

—Te escucho —dice el invitado.

—Te lo agradezco —dice más animado el general—. Podríamos hablar también de otros asuntos. Dos viejos amigos al final de su vida se acuerdan de muchas cosas. Pero nosotros, ya que estás aquí, sólo hablaremos de la verdad. Partamos del hecho de que mi padre te aceptó como amigo. Sabes muy bien lo que esto significaba para él, supiste desde aquel mismo instante que cuando él le daba la mano a alguien, ese alguien podía contar con su apoyo, en cualquier momento de apuro o de infortunio, hasta la muerte. Raras veces daba la mano a alguien. Pero cuando lo hacía, lo hacía de verdad. Así te dio la mano a ti, en el jardín de la Academia, al pie de los castaños. Teníamos doce años. Vivíamos los últimos momentos de la infancia. A veces, por la noche, veo ese instante con absoluta nitidez, como veo también todos los demás momentos verdaderamente importantes. Para mi padre la palabra «amistad» era un sinónimo de honor. Tú lo sabías, puesto que conocías a mi padre. Déjame añadir que para mí significaba todavía más. Perdóname si es incómodo para ti todo lo que te estoy contando —añade en tono reservado, casi cálido.

—No lo es —responde Konrád en tono parecido—. Cuenta.

—Estaría bien saber —prosigue el general, como si estuviera discutiendo consigo mismo— si de verdad existe la amistad. No me refiero al placer momentáneo que sienten dos personas que se encuentran por casualidad, a la alegría que les embarga porque en un momento dado de su vida comparten las mismas ideas acerca de ciertas cuestiones, o porque comparten sus gustos y sus aficiones. Eso todavía no es amistad. A veces pienso que la amistad es la relación más intensa de la vida... y que por eso se presenta en tan pocas ocasiones. ¿Qué se esconde detrás de la amistad? ¿Simpatía? Se trata de una palabra hueca, poco consistente, cuyo contenido no puede ser suficiente para que dos personas se mantengan unidas, incluso en las situaciones más adversas, ayudándose y apoyándose de por vida... ¿por pura simpatía? ¿O se trata quizás de otra cosa?... ¿Habrá tal vez cierto erotismo en el fondo de cada relación humana? Aquí, en mi soledad, en mis bosques, al tratar de comprender los múltiples aspectos de la vida, puesto que no tenía otra cosa que hacer, algunas veces lo he llegado a pensar. Naturalmente, la amistad es algo distinto, no tiene nada que ver con la atracción enfermiza de quienes buscan la satisfacción con personas de su propio sexo. Al erotismo de la amistad no le hace falta el cuerpo... no le es atractivo, resulta incluso inútil. Sin embargo, no deja de ser erotismo. En el fondo de todo amor, de todo cariño, de toda relación humana late el erotismo. ¿Sabes?, he estado leyendo mucho —apostilla, como para disculparse—. Hoy se escribe de todo esto con más libertad. También he releído muy a menudo a Platón, puesto que en la Academia no entendí nada de lo que quería decir. La amistad, así lo creo (aunque tú, que has recorrido medio mundo, sabrás de esto mucho más de lo que yo haya podido dilucidar aquí en mi soledad rural), la amistad es la relación más noble que pueda haber entre los seres humanos. Es curioso: los animales también la conocen. Existe la amistad entre los animales, el altruismo, la disposición para ayudar. Un conde ruso ha escrito sobre ello... no me acuerdo de su nombre. Existen leones y urogallos, y también otros animales de distinto género y procedencia, que intentan ayudar a los de su especie cuando se encuentran en apuros, incluso tratan de salvar a animales de otras especies: lo he visto con mis propios ojos. ¿Has visto algo parecido en el extranjero?... Allí seguramente la amistad significa otra cosa, más desarrollada, más moderna que aquí, en este mundo nuestro tan atrasado. Los seres humanos organizan su ayuda común... aunque a veces les cuesta vencer los obstáculos que se presentan; siempre, en cada comunidad de seres vivos, hay personas fuertes y abnegadas. He visto cientos de casos en el mundo animal. Entre los hombres he visto menos. Para ser exactos, no he visto ninguno. Las relaciones basadas en la simpatía que he visto nacer y desarrollarse entre los seres humanos han terminado ahogándose invariablemente en los cenagales de la egolatría y de la vanidad. El compañerismo y la camaradería adquieren en ocasiones el aspecto de la amistad. Los intereses en común pueden producir situaciones humanas que se parecen a la amistad. También la soledad hace que las personas se refugien en relaciones más íntimas: al final se arrepienten, aunque al principio crean que esa intimidad es ya una forma de amistad. Claro, todo esto no tiene nada que ver con la verdadera amistad. Uno está convencido, y mi padre todavía lo entendía así, de que la amistad es un servicio. Al igual que el enamorado, el amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena vivir, si vale la pena ser hombre sin un ideal así. Y si un amigo nuestro se equivoca, si resulta que no es un amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su carácter, por sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa? ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la misma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación la verdadera esencia de cada relación humana, una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio? Y si uno entrega a alguien toda la confianza de su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla, ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza? Y si se enfada y pide venganza, ¿ha sido un amigo él mismo, el engañado y abandonado? ¿Ves?, este tipo de cuestiones teóricas me han ocupado desde que me quedé solo. Por supuesto que la soledad no me ha dado la menor respuesta. Los libros tampoco me han dado la respuesta acertada. Ni los antiguos, los tratados de los pensadores chinos, hebreos o latinos, ni los modernos, que utilizan expresiones sin eufemismos, pero se quedan sólo en el nivel de las palabras y tampoco llegan a la verdad. Pero además... ¿alguien ha dicho o escrito alguna vez la verdad?... También he pensado en esto muchas veces desde que empecé a buscar en mi alma y en los libros. El tiempo iba pasando y la vida se volvía cada vez más confusa a mi alrededor. Los libros y los recuerdos se acumulaban y se volvían cada vez más coherentes. Cada libro contenía una pizca de la verdad, y cada recuerdo me confirmaba que uno reconoce en vano la verdadera naturaleza de las relaciones humanas, y que tampoco se hace más sabio a fuerza de conocimientos. Por eso no tenemos ningún derecho a exigir ni la verdad ni la fidelidad de aquel a quien un día aceptamos como amigo, ni siquiera aunque los acontecimientos hayan demostrado que ese amigo ha sido infiel.

—¿Estás absolutamente seguro —pregunta el invitado— de que aquel amigo fue infiel?

Los dos permanecen callados durante un tiempo. Parecen diminutos en las sombras, a la luz inquieta de las velas: dos ancianos enjutos que se miran y que casi se desvanecen en la oscuridad.

—No estoy seguro del todo —responde el general—. Por eso estás aquí. De eso mismo estamos hablando.

Se echa hacia atrás en el sillón, cruza los brazos, con un movimiento tranquilo y disciplinado. Sigue hablando así:

—Desde luego, existe la verdad de los hechos. Ocurrió esto y lo otro. De tal y cual manera. En tal y cual momento. Esto no es difícil de descubrir. Los hechos hablan por sí solos, como suele decirse, y al final de una vida acaban delatándose y gritando más fuerte que los acusados en el potro del suplicio. Al fin y al cabo, todo ha ocurrido como ha ocurrido, y esto no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, a veces los hechos son solamente consecuencias lamentables de otros hechos. Uno no peca por lo que hace, sino por la intención con que lo hace. Todo se resume en la intención. Los más importantes sistemas jurídicos de la antigüedad, basados en la religión (que yo he estudiado), lo conocen y lo proclaman. Una persona puede cometer una infidelidad, una infamia, sí, y hasta puede matar, y al mismo tiempo mantenerse puro y limpio por dentro. Una acción en sí no representa la verdad. Sólo es una consecuencia, y si un día uno se ve obligado a ejercer de juez, si pretende juzgar a alguien, tiene que llegar más allá de los hechos del informe policial, y tiene que conocer lo que los doctores en derecho llaman los motivos. Es fácil comprender el hecho de tu huida. Pero no los motivos. Puedes creerme si te digo que en los últimos cuarenta y un años he buscado y examinado cada posibilidad que pudiera explicar ese paso incomprensible. Ninguna de mis hipótesis me ha dado la respuesta. Solamente la verdad puede darme la respuesta —dice.

—Hablas de huida —dice Konrád—. Es una palabra dura. Al fin y al cabo, yo no debía nada a nadie. Puse mi grado al servicio de mis superiores, como es debido. No dejé detrás la menor deuda, ni había prometido a nadie nada que no hubiese cumplido. Huida es una palabra demasiado dura —dice con seriedad, y se yergue en el sillón.

Sin embargo, el temblor de su voz delata que la emoción que le embarga y que le confiere un matiz de gravedad no es del todo sincera.

—Es posible que sea una palabra dura —dice el general, y asiente con la cabeza—. Sin embargo, si ves todo lo ocurrido desde la lejanía, tienes que reconocer que es difícil encontrar una palabra menos dura, más suave. Dices que no debías nada a nadie. Eso es cierto y no lo es. Claro que no debías nada a tu sastre, ni a ningún usurero de la ciudad. Tampoco me debías dinero a mí, ni dejaste a nadie ninguna promesa incumplida. Sin embargo, aquel día de julio (ya ves, me acuerdo perfectamente de que era miércoles), cuando dejaste la ciudad, sabías que dejabas atrás una deuda. Por la noche fui a tu casa, porque me dijeron que te habías marchado. Me había enterado al atardecer, en unas circunstancias particulares. Podemos hablar de ello en otro momento, si lo deseas. Fui a tu casa y me recibió tu ordenanza. Le pedí que me dejara solo, en tu habitación, en aquella casa donde habías vivido durante los últimos años, cumpliendo tu servicio en esta ciudad, cerca de nosotros. —Se calla. Se echa hacia atrás en el sillón, se cubre los ojos, como contemplando algo del pasado. Continúa hablando tranquilamente, como si dictara una conferencia—. El ordenanza, claro está, me obedeció, no podía hacer otra cosa. Me quedé solo en la habitación donde habías vivido. Observé todo con detenimiento... sabrás perdonarme esa curiosidad indiscreta. Es que de alguna manera no podía creer en la realidad, no podía creer que la persona con quien había pasado la mayor parte de mi vida, veintidós años en concreto, los mejores años de mi adolescencia, de mi juventud y de mi madurez, hubiese huido. Intenté encontrar una excusa, pensé que a lo mejor te habías puesto muy enfermo, deseé que te hubieras vuelto loco o que alguien te estuviera persiguiendo, pensé que habías tenido problemas de juego, que habías traicionado al ejército, a la bandera, a tu palabra y a tu honor. Tales cosas deseaba. No te sorprendas: para mí, todo eso habría sido un pecado menor del que habías cometido en realidad. Hubiese aceptado cualquier cosa como excusa, como explicación, incluso la infidelidad hacia los ideales más nobles del mundo. Había una sola y única cosa que no me podía explicar: que hubieses pecado contra mí. Eso no lo comprendía. Para eso no existía ninguna excusa. Te fuiste como un malversador, como un ladrón, te fuiste después de haber estado con nosotros, con Krisztina y conmigo, aquí, en esta misma casa, donde solíamos pasar horas y horas todos los días y algunas noches, durante años, en medio de una confianza y de una íntima hermandad como la que une a los gemelos, esos seres peculiares que la naturaleza caprichosa une para siempre, en la vida y en la muerte. Los gemelos, como sabes, incluso en la edad adulta, y hasta separados por grandes distancias, lo saben todo el uno del otro. Obedeciendo las órdenes ocultas de su metabolismo, enferman al mismo tiempo, de la misma dolencia, aunque uno viva en Londres y el otro lejos, en otro país. No se escriben, no se hablan, viven en circunstancias muy distintas, comen alimentos diferentes, los separan miles y miles de kilómetros. Sin embargo, a la edad de treinta o de cuarenta años, sufren al mismo tiempo la misma enfermedad, un cólico hepático o una apendicitis, y les quedan las mismas posibilidades de vivir y de morir. Los dos cuerpos viven en simbiosis, como en el útero materno... Los dos aman y odian a las mismas personas. Es así, es una ley de la naturaleza. No ocurre muchas veces... pero tampoco es tan raro como algunos creen. Yo he llegado a pensar que la amistad es un lazo parecido a la unión fatal de los gemelos. Esa peculiar correspondencia de las vocaciones, de las simpatías, de los gustos, de los aprendizajes, de las emociones ata a dos personas y les asigna un mismo destino. Hagan lo que hicieren contra el otro, sus destinos seguirán siendo comunes. Huyan donde huyeren, seguirán sabiendo el uno del otro todo lo que resulte importante. Ya elijan un nuevo amigo o una nueva amante, no se librarán de sus vínculos sin el permiso secreto y tácito del otro. El destino de estas personas transcurre así, de manera paralela, aunque el uno se aparte del otro y se vaya muy lejos, al trópico, por ejemplo. Todo eso pensé, distraídamente, allí, en tu habitación, el día de tu huida. Veo aquel instante con absoluta nitidez, puedo ver perfectamente las luces de la casa, puedo sentir el olor denso a tabaco inglés, puedo ver los muebles, el sofá cama cubierto de tapices orientales, las escenas ecuestres que decoraban las paredes. Hasta me acuerdo de un sillón de cuero color burdeos, habitual en los salones de fumador. Aquel sofá cama era grande, se veía que estaba hecho a medida, por esta región no se fabrican muebles así. Era un sofá que al abrirse se transformaba en cama de matrimonio.

Observa el humo.

—La ventana daba al jardín. Me acuerdo bien, ¿verdad?... Era la primera vez que estaba allí y fue la última. Nunca habías querido que fuera a verte. Me habías contado de pasada que habías encontrado una casa en alquiler en las afueras de la ciudad: una casa con jardín en un barrio despoblado. La habías encontrado tres años antes de tu huida: disculpa la palabra, ya veo que no te agrada.

—Sigue hablando —dice el invitado—. Las palabras no tienen importancia. Sigue hablando, ya que has empezado.

—¿Lo crees así? —pregunta el general, con afectada ingenuidad—. ¿Que las palabras no tienen importancia? Yo no me atrevería a afirmarlo con tanta seguridad. A veces creo que muchas cosas, que todo depende de las palabras, de las palabras que uno dice a su debido tiempo, o de las que se calla, o de las que escribe... Sí, lo creo así —dice con decisión—. Nunca me habías invitado a tu casa y en consecuencia yo nunca me había presentado allí. Sinceramente, dado que yo era persona rica, creía que te daba vergüenza aquella casa, cuyos muebles habías comprado tú mismo... Quizás pensaras que los muebles eran demasiado sencillos, demasiado pobres... Siempre has sido una persona muy orgullosa —añade con rotundidad—. Lo único que nos separaba en nuestra juventud era el dinero. Tú tenías demasiado orgullo y no podías perdonarme que yo fuera rico. Más tarde, conforme pasaba la vida, llegué a pensar que quizás la riqueza no se puede perdonar. La riqueza que se te ofrecía en calidad de invitado permanente era tan... Yo había nacido con esa riqueza y sin embargo pensaba a veces que era algo que no se podía perdonar. Tú siempre te empeñabas en hacerme sentir la diferencia que había entre los dos en materia de dinero. Los pobres, sobre todo los pobres que se convierten en señores, no perdonan —dice, con una extraña satisfacción en la voz—. Por eso pensé que a lo mejor tratabas de esconder de mí aquella casa, y que sentías vergüenza por unos muebles demasiado sencillos. Ahora me doy cuenta de que esta suposición era una idiotez, aunque tu orgullo no tenía límites. Pues bien, aquel día estaba yo allí, en esa casa que habías alquilado y amueblado, y que nunca me habías enseñado, allí, en tu habitación. Estaba sorprendido, no quería dar crédito a mis ojos. Tu casa, bien lo sabes, era una obra maestra. No era grande, un salón comedor en la planta baja y dos habitaciones en el primer piso, pero todo, absolutamente todo, el jardín, las estancias, los muebles, todo era como la casa que se organiza un artista. En aquel momento comprendí que de verdad eras un artista. También comprendí lo extraño que debías de sentirte entre nosotros, entre la gente normal. Y que quienes te habían obligado a seguir la carrera militar, simplemente por amor y por deseo de que estuvieras por encima de ellos, habían cometido un crimen. No, tú nunca fuiste un soldado; y también entonces comprendí la enorme soledad que sentías viviendo entre nosotros. Aquella casa era un escondite para ti, un refugio, como el castillo o el claustro para los solitarios de la Edad Media. Como los piratas que acumulan todo lo robado, reuniste allí todo lo bello y noble: cortinas y tapices, objetos antiguos de bronce, plata y cristal, muebles, telas delicadas... Sé que en aquellos años murió tu madre y que recibiste también alguna herencia de la parte polaca de tu familia. Una vez me contaste que te esperaban una hacienda y una casa solariega en algún lugar, cerca de la frontera con Rusia. Tu casa era tu verdadera hacienda; aquellos cuadros y muebles rurales malvendidos, tus tres habitaciones. Y también el piano de cola, en el centro del salón de la planta baja, con un paño antiguo encima y un jarrón con tres orquídeas. Por estos lugares solamente se crían orquídeas en mi propio invernadero. Pasé por las habitaciones, observándolo todo con detenimiento. Comprendí que habías vivido entre nosotros pero que no nos pertenecías. Comprendí que habías creado aquella casa como se crea una obra de arte, en secreto, con todas tus fuerzas y con toda tu obstinación, escondiendo del mundo exterior aquel hogar, aquella casa peculiar, donde podías dedicarte a ti mismo y a tu arte. Porque eres un artista, y quizás hubieras podido crear algo —dice como quien no tolera contradicciones—. Todo esto lo comprendí allí, entre los muebles singulares de tu hogar abandonado. Y en aquel instante entró Krisztina.

Cruza los brazos y sigue hablando con la misma monotonía e indiferencia que si estuviese en una comisaría, relatando las circunstancias de un accidente.

—Me encontraba delante del piano, mirando las orquídeas —continúa—. Aquella casa era como un disfraz. ¿O el disfraz era el uniforme? A esta pregunta sólo tú puedes responder; y de alguna manera, ahora, cuando ya todo ha terminado, has respondido con tu vida entera. Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?... ¿Qué has querido de verdad?... ¿Qué has sabido de verdad?... ¿A qué has sido fiel o infiel?... ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?... Estas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera. Tú te quitaste el uniforme, porque lo considerabas un disfraz, eso ya lo sabemos. Yo lo conservé hasta el último momento, mientras el servicio y el mundo me lo exigieron: ésa fue mi respuesta. Esta era una de las preguntas. La otra es: ¿qué has tenido tú en común conmigo? ¿Has sido amigo mío? Al fin y al cabo, huiste. Te fuiste sin despedirte, aunque no del todo, puesto que el día anterior, durante la cacería, había ocurrido algo cuyo significado sólo comprendí más adelante, y aquello ya había sido una despedida. Uno nunca sabe qué palabras o acciones suyas anuncian algo definitivo, un cambio fatal e irrevocable en sus relaciones. ¿Por qué fui a tu casa aquel día? No me habías llamado, no te habías despedido, no me habías mandado ningún recado. ¿Qué buscaba yo en aquella casa a la que nunca me habías invitado, precisamente el día que acababas de irte de ella para siempre? ¿Qué noticia me incitó a coger el coche, ir a la ciudad y presentarme en tu casa, que en aquel momento ya estaba vacía?... ¿De qué me había enterado el día anterior, durante la cacería? ¿No hubo alguna señal que te delatara?... ¿No hubo alguna noticia confidencial, un aviso, un informe diciéndome que te preparabas para huir?... No, todos callaban, incluso Nini: ¿te acuerdas de la vieja nodriza? Ella lo sabía todo de nosotros. ¿Vive todavía? Sí, vive, a su manera. Vive como ese árbol que hay delante de la ventana, plantado por mi bisabuelo. Tiene su tiempo, el tiempo designado para ella, como cada ser vivo, el tiempo que le corresponde vivir. Ella lo sabía. Pero no dijo nada. Yo estuve completamente solo durante aquellos días. Sin embargo, supe que era el instante en que todo acababa de madurar, de revelarse; el instante en que todo y todos encontramos nuestro lugar, tú, yo y todos. Sí, me enteré de todo esto durante la cacería —dice, evocando los recuerdos, como si estuviera respondiendo a una pregunta muchas veces formulada por él mismo. Y se calla.

—¿De qué te enteraste en la cacería? —pregunta Konrád.

—Fue una cacería preciosa —dice, con voz casi cálida, como quien revive un hermoso recuerdo con todos sus detalles—. La última gran cacería que hubo por estos bosques. En aquella época aún había grandes cazadores de verdad... quizás los haya todavía, no lo sé. Para mí fue la última cacería en mis bosques. Desde entonces solamente vienen hombres con escopetas propias, invitados a los que recibe el montero y que disparan sus armas en los bosques. La cacería, la verdadera cacería, era otra cosa. Tú no lo puedes comprender, puesto que nunca has sido un cazador. Para ti se trataba sólo de una obligación, de una obligación militar y noble, como montar a caballo o participar en la vida social. Ibas de caza, pero sólo como quien se resigna ante un formalismo social. Cazabas con una expresión de desprecio. Llevabas el arma de una manera descuidada, como si fuera un bastón o una caña. No conocías esa extraña pasión, la más secreta de todas las pasiones de la vida de un hombre, la que se esconde más allá de los papeles, disfraces y enseñanzas, en los nervios de cada hombre, en lo más recóndito, como se esconde el fuego eterno en las profundidades de la tierra. Es la pasión por matar. Somos humanos, para nosotros es ley de vida el matar. No podemos evitarlo... Matamos para defender, matamos para conseguir, matamos para vengarnos. ¿Te ríes?... ¿Te ríes con desprecio? ¿Te has convertido en un artista y se han refinado en tu alma todos estos instintos bajos y brutales?... ¿Crees que nunca has matado a ningún ser vivo? No estés tan seguro —sentencia con severidad y ecuanimidad—. Ha llegado la noche en que no tiene sentido hablar de otra cosa que no sea la verdad, lo esencial, puesto que esta noche no tiene continuación, quizás ya no haya muchas noches ni muchos días que la continúen... quiero decir que en ningún caso habrá ni un día ni una noche verdaderamente importantes después de ésta. Quizás recuerdes que yo también viajé por Oriente: durante mi luna de miel con Krisztina. Viajábamos entre árabes, en Bagdad fuimos invitados de una familia árabe. Son gente nobilísima y tú, que has viajado por el mundo, lo sabes bien. Su vanidad, su orgullo, su comportamiento, su carácter apasionado, su tranquilidad, la disciplina de sus cuerpos, la conciencia de sus propios movimientos, sus juegos y sus ojos que nunca dejan de brillar, todo refleja en ellos una nobleza a la antigua usanza, parecida a la nobleza ancestral, de cuando el hombre se dio cuenta de su rango en el caos de la creación. Según algunas teorías, la raza humana surgió por esos lugares, en las profundidades del mundo árabe, en el principio de los tiempos, antes de que surgieran los pueblos, las tribus y las civilizaciones. Quizás por eso son tan orgullosos. No lo sé. No entiendo de estas cosas... Pero sí entiendo del orgullo, y de la misma manera que la gente siente, sin necesidad de signos externos, cuándo son de la misma sangre y de la misma raza, yo sentí en las semanas pasadas en Oriente que todos ellos eran miembros de la nobleza, incluso hasta los últimos mugrientos pastores de camellos. Como te decía, vivíamos en una casa árabe, en una casa que parecía un palacio: éramos los invitados de una familia árabe por recomendación de nuestro embajador. Aquellas casas tan frescas, tan blancas... ¿las conoces? El patio interior, donde transcurre la vida de la familia y de la tribu, es a la vez mercado, parlamento y templo... Sus movimientos reflejan la pereza, sus ganas constantes y apremiantes de juguetear. Detrás de su holgazanería elegante y agresiva se esconden las ganas de vivir y las pasiones, como se esconden las serpientes detrás de las piedras inmóviles, bañadas por el sol. Una noche recibieron invitados, en nuestro honor, invitados árabes. Hasta aquella noche, se habían comportado con nosotros más bien a la europea, pues nuestro anfitrión era juez y contrabandista, uno de los hombres más ricos de su ciudad. Las habitaciones de los huéspedes estaban amuebladas con mobiliario inglés y la bañera era de plata. Sin embargo, aquella noche vimos algo muy diferente. Los huéspedes llegaron después del atardecer: eran todos hombres, señores con sus criados. El fuego ya ardía en medio del patio y se elevaba un humo maloliente, el humo penetrante de la hoguera, alimentada con excrementos de camello. Todos nos sentamos alrededor del fuego sin decir palabra. Krisztina era la única mujer entre nosotros. A continuación, trajeron un cordero, un cordero blanco; el anfitrión sacó su cuchillo y lo mató con un movimiento imposible de olvidar... Ese movimiento no se puede aprender; ese movimiento oriental todavía conserva algo del sentido simbólico y religioso del acto de matar, del tiempo en que ese acto significaba una unión con algo esencial, con la víctima. Con ese movimiento levantó su cuchillo Abraham contra Isaac en el momento del sacrificio; con ese movimiento se sacrificaba a los animales en los altares de los templos antiguos, delante de la imagen de los ídolos y deidades; con ese movimiento se cortó también la cabeza a san Juan Bautista... Es un movimiento ancestral. Todos los hombres de Oriente lo llevan en la mano. Quizás el hombre haya nacido con ese movimiento al separarse de aquel ser intermedio que fue, de aquel ser entre animal y hombre... según algunos antropólogos, el hombre nació con la capacidad de doblar el pulgar y así pudo empuñar un arma o una herramienta. Bueno, quizás empezara por el alma, y no por el dedo pulgar, yo no lo puedo saber... El hecho es que aquel árabe mató el cordero, y de anciano de capa blanca e inmaculada se convirtió en sacerdote oriental que hace un sacrificio. Sus ojos brillaron, rejuveneció de repente, y se hizo un silencio mortal a su alrededor. Estábamos sentados en torno del fuego, mirando aquel movimiento de matar, el brillo del cuchillo, el cuerpo agonizante del cordero, la sangre que manaba a chorros, y todos teníamos el mismo resplandor en los ojos. Entonces comprendí que aquellos hombres viven todavía cercanos al acto de matar: la sangre es una cosa conocida para ellos, el brillo del cuchillo es un fenómeno tan natural como la sonrisa de una mujer o la lluvia. Aquella noche comprendimos (creo que Krisztina también lo comprendió, porque estaba muy callada en aquellos momentos, se había puesto colorada y luego pálida, respiraba con dificultad y volvió la cabeza hacia un lado, como si estuviera contemplando sin querer una escena apasionada y sensual), comprendimos que en Oriente todavía se conoce el sentido sagrado y simbólico de matar, y también su significado oculto y sensual. Porque todos sonreían, todos aquellos hombres con rostro de piel oscura, de rasgos nobles, todos entreabrían los labios y miraban con una expresión de éxtasis y arrobamiento, como si matar fuera algo cálido, algo bueno, algo parecido a besar. Es extraño, pero, en húngaro, estas dos palabras, matanza y beso,
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