Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






descargar 398.76 Kb.
títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
página5/13
fecha de publicación06.06.2016
tamaño398.76 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13
college como la lepra corroe la piel. El trópico corroe los modales adquiridos en Cambridge y en Oxford. Has de saber que todos los ingleses que han pasado cierto tiempo en el trópico son sospechosos en su propio país. Son dignos de admiración y de reconocimiento, pero son también sospechosos. Seguramente en sus fichas secretas figura la palabra: «Trópico.» Como si dijera: «Sífilis.» O: «Servicio de espionaje.» Son sospechosos todos los que han pasado cierto tiempo en el trópico, aunque hayan conservado la costumbre de jugar al golf o al tenis, aunque hayan estado bebiendo whisky con la alta sociedad de Singapur, aunque hayan aparecido en las fiestas del gobernador, vestidos de esmoquin o con un uniforme lleno de condecoraciones: todos son sospechosos. Simplemente por haber vivido en el trópico. Simplemente por haber sobrevivido a esa infección terrible e imposible de asimilar que también tiene sus atractivos, como cualquier peligro mortal. El trópico es una enfermedad. Las enfermedades del trópico se curan con el tiempo, pero el trópico jamás.

—Entiendo —dijo el general—. ¿Tú también te contagiaste?

—Nos contagiamos todos —respondió el invitado, mientras saboreaba el Chablis, y echaba la cabeza atrás, bebiendo el vino a pequeños sorbos, como un verdadero conocedor—. Los que sólo beben, se salvan con más facilidad. Las pasiones ocultas se alimentan de la vida de las personas, se esconden dentro de ellas, como los tifones se esconden tras las ciénagas, los montes y los bosques. Todo tipo de pasiones. Por eso en Inglaterra son sospechosos todos los que regresan del trópico. No se sabe lo que esconden en su sangre, en su corazón y en sus nervios. Es obvio que ya no son unos simples europeos. No del todo. En vano se han suscrito a revistas europeas y han leído libros europeos en medio de aquellos cenagales; en vano se han empapado de las ideas y de los ideales europeos de los últimos años o de los últimos siglos. En vano han salvaguardado los modales educados y refinados que todos los que hemos vivido en el trópico tratamos de respetar cuando estamos con nuestros semejantes, los hombres blancos, de la misma manera que los alcohólicos intentan respetar las reglas de comportamiento en sociedad y se vuelven tensos, demasiado tensos, para que no se les note, y se ponen demasiado amables, demasiado correctos, demasiado educados... Sin embargo, en su fuero interno son muy distintos.

—Entonces —dijo el general, levantando su copa de vino blanco hacia la luz—, ¿qué hay en el interior? —Como el otro callara, añadió—: Me imagino que has venido esta noche para contármelo.

Se encuentran sentados a la mesa larga del comedor, donde no ha entrado ningún invitado desde la muerte de Krisztina. La estancia donde nadie ha comido desde hace décadas se parece a un museo, llena de muebles y de objetos, testigos de épocas pasadas. Las paredes revestidas con maderas traídas de Francia, los muebles son de Versalles. Ellos están sentados en los dos extremos de la larga mesa, cubierta con un mantel blanco, y en el centro hay un jarrón de cristal de roca, con orquídeas. El jarrón está flanqueado por cuatro obras maestras de la fábrica de porcelana de Sèvres, cuatro estatuillas llenas de gracia y de arte que representan los cuatro puntos cardinales, el Norte, el Sur, el Este y el Oeste. Delante del general está el símbolo del Oeste, delante de Konrád el del Este: la figurilla de un sarraceno sonriente, con su camello y su palmera.

En la mesa hay una serie de candelabros de porcelana, con velas gruesas y azules, como en las iglesias. Sólo las cuatro esquinas de la sala están iluminadas por luces indirectas. Las altas llamas de las velas oscilan, sin llegar a disipar las sombras del comedor. En la chimenea de mármol gris, las llamas de los troncos se tiñen de amarillo, de rojo y de negro. Las enormes ventanas siguen entornadas, con las cortinas grises medio echadas. La corriente de la noche estival irrumpe una y otra vez por las ventanas del comedor; a través de las cortinas de seda fina se ve el paisaje iluminado por la luna, con las luces centelleantes de la pequeña ciudad en la lejanía.

En el centro de la larga mesa decorada con flores e iluminada por velas se encuentra, de espaldas a la chimenea, otra silla tapizada. Era el sitio de Krisztina, la esposa del general. Delante de los platos y de los cubiertos ausentes se encuentra la figurilla de porcelana del Sur: un león, un elefante y un hombre con la tez oscura y con turbante custodian algo, tranquilos y sosegados, en un terreno minúsculo, como la palma de una mano. El mayordomo, vestido con esmoquin negro, está firme e inmóvil, al fondo, al lado de la mesa de servicio, dirigiendo con la mirada a los criados que sirven la mesa vestidos con calzones y librea negra. Esta costumbre la introdujo la madre del general, y cada vez que cenaban en este comedor —donde los muebles, los platos, los cubiertos de oro, las copas y los vasos de cristal, y hasta las maderas que cubren las paredes habían llegado de su país—, ella exigía que los criados se vistiesen así, que sirvieran así, según las costumbres de antaño. El silencio es tal en el comedor que incluso se oye el crepitar de la leña que arde en la chimenea. Los dos hablan en voz baja, pero se escuchan: en las paredes revestidas de madera antigua retumban las palabras pronunciadas a media voz, tal como en la madera de un instrumento musical retumban los sonidos de las cuerdas.

—No es así —dice Konrád, después de comer y de reflexionar durante un largo rato—. He venido porque he estado en Viena.

Come con cierta glotonería, con movimientos refinados, pero con la típica avidez de las personas mayores. Apoya el tenedor en el plato, se inclina ligeramente hacia delante, y le dice casi gritando al anfitrión, que se encuentra lejos de él:

—He venido porque quería volver a verte. ¿No te parece natural?

—No hay nada más natural —responde el general con delicadeza—. Así que has estado en Viena. Tiene que haber sido una experiencia importante para ti después de haber conocido el trópico y la pasión. ¿Hacía mucho que no habías estado en Viena?

La pregunta parece cortés, sin el menor asomo de ironía en la voz. El invitado lo mira con recelo desde el extremo opuesto de la mesa. Parecen un tanto desconcertados: dos personas mayores, la una tan lejos de la otra, en esta sala enorme.

—Hacía muchísimo —responde—. Hacía cuarenta años. Entonces... —dice en un tono inseguro, y se calla de manera instintiva, un tanto perplejo—. Entonces pasé por Viena, camino de Singapur.

—Entiendo —dice el general—. ¿Qué has visto esta vez en Viena?

—Los cambios —responde Konrád—. A mi edad y en mi situación ya sólo se ven los cambios. También es cierto que he pasado cuarenta años sin pisar el continente europeo. Sólo he pasado unas horas en algunos puertos franceses, viajando de Singapur a Londres. Quería volver a ver Viena. Y también esta casa.

—¿Has venido con esa idea? —pregunta el general—. ¿Para ver Viena y esta casa? ¿O también tenías algún negocio que resolver en el continente?

—Ya no tengo ningún negocio que resolver —responde—. Tengo setenta y tres años, como tú. Ya no tardaré mucho en morirme. Por eso he emprendido este viaje, por eso he venido aquí.

—Dicen que a esta edad uno vive hasta que se harta —le responde el general, en un tono cortés y alentador—. ¿Tú no lo ves así?

—Yo ya me he hartado —dice el invitado, sin ninguna entonación especial, con voz indiferente—. Viena —prosigue—, Viena ha sido para mí como un diapasón del mundo. Pronunciar la palabra «Viena» ha sido siempre como hacer sonar el diapasón y observar después lo que mi interlocutor entendía por ella. Así examinaba yo a la gente. Los que no respondían bien, no significaban nada para mí. Porque Viena no era tan sólo una ciudad para mí, sino también un sonido: un sonido que resuena en el alma para siempre o que no resuena nunca. Viena ha sido lo más hermoso de mi vida. Yo era pobre, pero no estaba solo, tenía un amigo. También Viena era como un amigo. Siempre oía su voz y su sonido cuando llovía en el trópico. También en otros momentos. A veces, en medio de la selva, me acordaba del olor a moho del zaguán de la casa de Hietzing. En Viena, la música y todo lo que yo amaba, en sus piedras, en las miradas y en los modales de sus gentes, todo aquello se vivía como una pasión purificada por el corazón humano. Ya sabes, como cuando las pasiones ya no duelen. Viena durante el invierno y durante la primavera. Los paseos por el parque de Schönbrunn. La luz azulada del dormitorio de la Academia, su gran escalera blanca con aquella estatua barroca. Las cabalgadas por las mañanas en el Prater. Los caballos blancos de la escuela española. Todo esto lo recordaba perfectamente y quería volver a verlo —dice en voz muy baja, casi avergonzado.

—¿Y qué has encontrado, después de cuarenta y un años? —pregunta otra vez el general.

—Una ciudad —responde Konrád, encogiéndose de hombros—. Una ciudad llena de cambios.

—Aquí —observa el general— no quedarás desilusionado. Aquí ha habido muy pocos cambios.

—¿No has viajado en los últimos años?

—Muy poco —responde el general, mirando la llama de una vela—. Sólo por las obligaciones del servicio. Hubo una época en que llegué a considerar abandonar el servicio, como hiciste tú. Hubo un momento en que lo pensé en serio. Se me ocurrió que debería viajar por el mundo, conocer más cosas, buscar, encontrar algo o a alguien. —No se miran: el invitado observa fijamente su copa de cristal, llena de vino blanco, el general la llama de la vela—. Cambié de parecer y me quedé. Ya sabes, el servicio. Uno se vuelve rígido, testarudo. Había prometido a mi padre que acabaría el tiempo del servicio. Por eso me quedé. También es verdad que me jubilé muy pronto. A los cincuenta años me pusieron al mando de un cuerpo del ejército. Yo me consideraba demasiado joven para el puesto. Entonces presenté la dimisión. Lo comprendieron y la aceptaron. De todas formas —añade, llamando al criado, para que le sirva más vino tinto— eran tiempos en que el servicio no era ningún camino de rosas. Era el tiempo de la revolución. El tiempo de los cambios.

—Sí —responde el invitado—. Oí hablar de ello.

—¿Sólo lo oíste? Nosotros lo vivimos —dice en tono severo.

—Bueno, no sólo lo oí —dice el otro—. Fue en el diecisiete. Cuando volví al trópico por segunda vez. Estaba trabajando en los cenagales, con obreros chinos y malayos. Los chinos son los mejores. Todo lo que ganan se lo juegan a las cartas, pero son buenísimos. Vivíamos en el interior, en medio de las ciénagas, en medio de la selva. No había teléfono. No había radio. El mundo estaba en guerra. Por entonces yo tenía ya la nacionalidad británica, pero comprendieron que no podía luchar contra el país donde había nacido. Ellos comprenden estas cosas. Así que me dejaron regresar al trópico. No sabíamos nada de nada, los obreros menos todavía. Sin embargo, un día, allí, en medio de la selva, sin radio ni periódicos, sin noticias del mundo desde hacía semanas, interrumpieron el trabajo. A las doce del mediodía. Sin ninguna razón. Nada había cambiado a su alrededor, todo seguía igual, las condiciones de trabajo, la disciplina, todo seguía lo mismo, la comida también. No era ni bueno ni malo. Todo era como podía ser. Como debía ser. Entonces, un día, en el año diecisiete, al mediodía, dijeron que no trabajarían más. Salieron de la selva, cuatro mil obreros, embarrados hasta la cintura, con el torso desnudo; depositaron sus herramientas en el suelo, el hacha, la pala, y dijeron que ya estaba bien. Empezaron a exigir cosas. Exigían que a los hacendados se les quitara el derecho al castigo corporal. Querían que se les subiera el sueldo. Exigían descansos laborales más largos. Era incomprensible lo que les pasaba. Cuatro mil obreros se habían transformado en cuatro mil demonios amarillos y morenos delante de mis ojos. Por la tarde cogí el caballo y me acerqué a Singapur. Allí me enteré. Fui uno de los primeros en enterarse en toda la península.

—¿De qué te enteraste? —pregunta el general, echándose hacia delante.

—Me enteré de que había estallado la revolución en Rusia. Un hombre, de quien en aquel momento sólo se sabía que se llamaba Lenin, había regresado a su país, en un vagón blindado, llevando las ideas bolcheviques en su equipaje. En Londres también se enteraron, el mismo día que mis obreros, sin teléfono ni radio, en medio de la selva, entre cenagales. Era incomprensible. Luego lo comprendí. Uno siempre se entera de lo que le importa, sin ningún aparato, sin teléfono, sin nada.

—¿Lo crees así? —pregunta el general.

—Lo sé —responde con calma—. ¿Cuándo murió Krisztina? —pregunta de repente.

—¿Cómo sabes que Krisztina ha muerto? —pregunta el general, en un tono neutro—. Vivías en el trópico, no has venido a Europa durante cuarenta y un años. ¿Lo has percibido de la misma manera que los obreros notaron la revolución?

—¿Que si lo he percibido? —pregunta el invitado—. Quizás. No está sentada aquí, con nosotros. ¿Dónde más puede estar? Sólo en la tumba.

—Sí —dice el general—. Está enterrada en el jardín, cerca del invernadero. Como ella había dispuesto.

—¿Hace mucho que murió?

—Ocho años después de que tú te fueras.

—Ocho años después... —repite el invitado; su boca pálida y los dientes blancos de su dentadura se mueven, como si estuviera masticando o contando algo—. Con veintiocho años. —Se pone a contar a media voz—. Si viviese tendría sesenta y uno.

—Sí. Sería una señora mayor, casi tan vieja como nosotros.

—¿Qué tenía?

—Dicen que murió de anemia perniciosa. Es una enfermedad bastante rara.

—No tan rara —aclara Konrád, como si fuera experto—. Es muy frecuente en el trópico. Cambian las condiciones de vida, y el organismo reacciona así.

—Es posible —responde el general—. Puede que sea una enfermedad frecuente también en Europa, en el caso de que cambien las condiciones de vida. No lo sé, no entiendo mucho de estas cosas.

—Yo tampoco. Lo que sí sé es que en el trópico siempre ocurre algo con el cuerpo. Uno se vuelve curandero. Los malayos son todos curanderos. Así que murió en mil novecientos ocho —dice a continuación, sin levantar la voz, como si hubiese hecho cuentas para saber el resultado de una operación—. ¿Estabas todavía en el servicio?

—Sí. Estuve en el servicio hasta después de la guerra.

—¿Cómo fue?

—¿La guerra? —pregunta el general mirando a su invitado, con ojos de miope, con la mirada muy fija—. Fue horrible, como el trópico. Sobre todo el último invierno, en el Norte. La vida también está llena de aventuras aquí en Europa —añade el general, sonriendo.

—¿Aventuras?... Quizás hayan sido aventuras —responde el invitado asintiendo con la cabeza—. Créeme, a veces sufría por no estar aquí, donde vosotros luchabais. Hasta pensé en volver para presentarme en el cuerpo.

—Eso —interrumpe el general sin levantar la voz, con delicadeza pero con decisión— lo pensaron también otras personas del regimiento. Pero no viniste. Tendrías otras cosas que hacer —observa con resolución.

—Era ciudadano británico —repite Konrád, un tanto molesto—. Uno no puede cambiar de patria cada década.

—No, no puede —repite el general, convencido—. Creo que uno no puede cambiar de patria ni una sola vez. Sólo se puede cambiar de papeles. ¿Tú no lo crees así?

—Mi patria —aclara el invitado— dejó de existir. Se descompuso. Mi patria era Polonia, Viena, esta casa y el cuartel militar de la ciudad, Galitzia y Chopin. ¿Qué queda de todo aquello? Lo que lo mantenía todo unido, esa argamasa secreta, ya no existe. Todo se ha deshecho, se cayó a pedazos. Mi patria era un sentimiento. Ese sentimiento resultó herido. En momentos así, hay que partir. Al trópico o más lejos aún.

—¿Más lejos? ¿Adónde? —pregunta el general con frialdad.

—Más lejos en el tiempo.

—Este vino —dice el general, levantando su copa de vino tinto, casi negro— lo conoces bien. Es del año ochenta y seis, el año de nuestra jura de bandera. Mi padre abarrotó una de las cuevas de la bodega con este vino, para mantener vivo el recuerdo de aquel día. Hace muchos años de esto, casi una vida. Ahora el vino ya es añejo.

—Lo que juramos ya no existe —dice el invitado, muy serio, levantando su copa—. Todos han muerto, todos han partido, todos han traicionado lo que juramos. Hubo un mundo por el cual valió la pena vivir y morir. Aquel mundo murió. Yo no tengo nada que ver con el nuevo. Eso es todo lo que puedo decir.

—Para mí, aquel mundo sigue vivo, aunque en realidad haya dejado de existir. Sigue vivo por el juramento que hice. Eso es todo lo que puedo decir yo.

—Sí, tú sigues siendo un soldado —observa el invitado.

Alzan las copas para brindar, el uno lejos del otro, y apuran el vino tinto sin decir palabra.


12

—Cuando te fuiste —continúa el general en tono amistoso, como si lo más importante, lo más desagradable ya se hubiese dicho y no quedara por delante más que una charla placentera— creímos durante un tiempo que volverías. Todos te estuvimos esperando. Todos éramos tus amigos. Perdóname, pero tú eras una persona bastante peculiar. Te disculpábamos, porque sabíamos que la música era más importante para ti que cualquier otra cosa. No comprendíamos por qué te habías ido, pero lo aceptamos, porque sabíamos que tendrías tus razones. Sabíamos que soportabas todo con mayor dificultad que nosotros, los soldados de verdad. Lo que para ti era un estado, para nosotros era una vocación. Lo que para ti era una máscara, para nosotros era un destino. No nos extrañamos cuando te quitaste la máscara. Pero pensamos que un día regresarías. O que escribirías. Muchos lo pensábamos así, yo también, te lo confieso. Krisztina también. Y otros del regimiento, si te acuerdas de ellos.

—Ya no me acuerdo muy bien —observa el invitado, con indiferencia.

—Claro, habrás tenido muchas experiencias interesantes. Vivías en el mundo entero. En esos casos, uno olvida pronto.

—No —dice el otro—. El mundo no es nada. Lo que de verdad es importante no lo olvidas nunca. De esto me di cuenta más tarde, cuando empecé a envejecer. Claro, todo lo secundario, todo lo accesorio desaparece, porque lo echas por la borda, como los malos sueños. No me acuerdo del regimiento —repite con terquedad—. Desde hace algún tiempo solamente me acuerdo de lo esencial.

—¿Por ejemplo de Viena y de esta casa? ¿Eso quieres decir?

—De Viena y de esta casa —repite el invitado, mecánicamente. Está mirando al frente por entre los párpados, con los ojos entornados—. La memoria lo pasa todo por su tamiz mágico. Resulta que después de diez o veinte años te das cuenta de que algunos acontecimientos, por más importantes que hayan parecido, no te han cambiado absolutamente en nada. Un día, sin embargo, te acuerdas de una cacería, del detalle de un libro o de esta sala. Cuando cenamos aquí la última vez, éramos tres. Todavía vivía Krisztina. Estaba sentada ahí, en el centro. La mesa estaba puesta igual que hoy.

—Sí —dice el general—. Delante de ti estaba el Este, delante de Krisztina el Sur. Y delante de mí el Oeste.

—Te acuerdas hasta de los menores detalles —comenta el invitado con sorpresa.

—Me acuerdo de todo.

—Claro, los detalles son a veces muy importantes. Dejan todo bien atado, aglutinan la materia prima de los recuerdos. En eso pensaba yo en el trópico, en ocasiones, cuando llovía. Aquello sí que es llover —dice, como si quisiera hablar de otra cosa—. Llueve durante meses. Golpea los tejados de hojalata, como si fuera una ametralladora. Los cenagales despiden un olor hediondo, la lluvia da calor. Todo está húmedo, la ropa de la cama, la ropa interior, los libros, el tabaco en la tabaquera, el pan. Todo está pegajoso, pringoso. Estás sentado en tu casa y los malayos cantan. La mujer que has acogido está sentada, inmóvil, en un rincón, mirándote. Son capaces de permanecer sentadas así, inmóviles, mirándote, durante horas. Al principio no prestas atención. Luego te pones nervioso y le ordenas que salga. Pero tampoco sirve: sabes que continúa sentada en otra parte de la casa, en otra habitación, y que te sigue mirando incluso a través de las paredes. Tienen los ojos castaños, muy grandes, como los perros tibetanos, esas bestias taciturnas que son las más insidiosas de la tierra. Te miran con sus ojos brillantes, tranquilos, y vayas por donde vayas, sientes su mirada encima, como si alguien te estuviese persiguiendo con unos rayos maléficos. Si les chillas, te sonríen. Si les pegas, te miran y te sonríen. Si las echas, se sientan en el umbral de tu casa y continúan mirándote. Entonces te sientes obligado a dejarlas volver. Están dando a luz sin parar, pero nadie habla nunca de ello, ni siquiera las mismas mujeres. Es como si tuvieras en tu casa un animal, una asesina, una sacerdotisa, una curandera y una loca en la misma persona. Acabas cansándote, porque su mirada es tan poderosa que agota incluso al más fuerte. Es tan poderosa como si te tocase. Como si te estuviera acariciando sin parar. Es para volverse loco. Llega un momento en que ya ni te importa. Sigue lloviendo. Y tú sigues allí, sentado en tu habitación, bebiendo aguardiente, mucho aguardiente, fumando un tabaco dulzón. A veces llega alguien a tu casa, no habla mucho, bebe el aguardiente y fuma el tabaco dulzón. Quieres leer, pero no puedes, la lluvia penetra de alguna manera en el libro, no de una manera literal, pero sí real, no eres capaz de seguir los renglones, sólo de escuchar el ruido de la lluvia. Quieres tocar el piano, pero la lluvia se sienta a tu lado y también toca. Más tarde llega la temporada seca, con su brillo lleno de vapores. Uno envejece muy pronto.

—La
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13

similar:

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconLa mujer justa, adaptación teatral de la novela homónima de Sándor Márai

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconGustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla (Andalucía), el...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconSusana Lozano nació en Madrid en el año 63. Aficionada a la ópera...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconFriedrich W. Nietzsche (1844-1900) nació en Röcken, cerca de Leipzig,...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconTodo Comenzó en el verano del 2010 cuando una chica llamada Camila...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconViaje a polonia, visitando francia, alemania, austria e italia

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconViaje a polonia, visitando francia, alemania, autria e italia

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconEn Bélgica, Francia, España, Alemania, Estados Unidos, Brasil y Perú

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconAlex Dorfsman 1977, Ciudad de México. Vive y trabaja en la Ciudad...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconHacia una poética del exilio/ Angelina Muñiz-Huberman. Biblioteca Virtual Cervantes. En línea
«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






© 2015
contactos
l.exam-10.com