Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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grand seigneur, un rústico y un soberano. Viena rebosaba alegría. En las céntricas cervecerías abovedadas y con olor a moho se servía la mejor cerveza del mundo, y con las campanadas del mediodía las calles se llenaban de olor a gulasch, y entonces todo desprendía un sentimiento afable y jovial que colmaba las calles, que colmaba las almas, como si la paz del mundo fuera a durar eternamente. Las señoras llevaban manguitos negros de piel, sombreros adornados con plumas, y bajo los copos de nieve, sus naricitas y sus ojitos brillaban escondidos detrás de sus velos. A las cuatro de la tarde se encendían las lámparas de gas en todos los cafés, y se comenzaba a servir el café con nata, ocupando los militares y los funcionarios sus mesas reservadas; las señoras se escondían en el fondo de los carruajes, con el rostro colorado por el frío, y tomaban la dirección del estudio de soltero correspondiente, donde ya ardía una estufa de leña: eran los días de carnaval, y el amor se rebelaba y echaba sus lazos en la ciudad como si los agentes de un grandioso complot que abarcara a todas las capas sociales estuvieran incitando y excitando a todas las almas. Una hora antes del comienzo de las funciones de los teatros, en las bodegas del palacio del príncipe Esterházy, en el centro de la ciudad, se reunían en secreto los amantes de los vinos fogosos; en los salones del hotel Sacher empezaban a prepararse las mesas de los representantes de la nobleza; y los caballeros polacos —amontonados en las tabernas llenas de humo y de aire viciado, recién abiertas al público en los alrededores de la catedral de San Esteban— bebían aguardientes de mucha graduación, agitados y tristes por la desventura de su patria. También había ciertas horas durante aquel invierno en Viena en que, por momentos, todo el mundo parecía feliz. El hijo del guardia imperial se acordó de ello, mientras silbaba bajo y sonreía. Al entrar en el piso, sintió el calor de la estufa, que era como un apretón de manos muy familiar. Todo era espacioso en aquella ciudad, y todo estaba en su sitio, todo y todos; hasta los nobles eran un tanto rústicos, y hasta los porteros de las casas mantenían y respetaban el orden social con placer, un orden que parecía infinito y al mismo tiempo humano. El criado que estaba sentado al lado de la estufa se puso de pie, cogió su abrigo, su gorro y sus guantes, y con la otra mano bajó de la repisa de la chimenea blanca —donde se mantenía caliente— la botella de vino tinto francés que el hijo del guardia imperial solía beber cada noche antes de acostarse, para despedir los recuerdos ligeros del día y de la noche con el sabor pesado y sabio del espeso caldo de Borgoña. El criado —como siempre— llevó el vino en una bandeja detrás de él, a la habitación de Konrád.

A veces charlaban hasta el alba en la sombra de aquella habitación, hasta que la estufa se quedaba fría y el hijo del guardia imperial terminaba la última gota de la botella de Borgoña. Konrád hablaba de sus lecturas y el hijo del guardia imperial de sus experiencias de la vida. Konrád no disponía de dinero suficiente para estas experiencias; su condición de militar era para él un oficio, con su uniforme, con su rango: un oficio cargado de obligaciones delicadas y complicadas. El hijo del guardia imperial pensaba que era preciso mantener su amistad y su alianza —complejas y frágiles como cualquier relación humana intensa y cargada de fatalidad— alejadas de los asuntos del dinero, alejadas incluso de la sombra de la envidia o de la falta de tacto. Esto no resultaba fácil. Hablaban de todo ello como si fueran hermanos. El hijo del guardia imperial suplicaba a Konrád, en un tono reservado, que aceptara parte de su fortuna, ya que él era incapaz de gastarla solo. Konrád le explicaba que no podía aceptar ni un céntimo de su dinero. Los dos sabían que era así: el hijo del guardia imperial no podía darle dinero a Konrád y se veía obligado a llevar aquella vida, como correspondía a su rango y a sus apellidos; mientras que Konrád cenaba en casa, también en soledad: solía cenar huevos revueltos cinco veces a la semana, y revisaba personalmente la ropa lavada en la tintorería. Todo esto carecía de importancia. Lo que sí importaba era salvaguardar su amistad, por encima del dinero, salvaguardarla para toda la vida. Konrád envejecía con rapidez. A los veinticinco años ya necesitaba gafas para leer. Cuando su amigo llegaba a casa, por las noches, tras sus andanzas por Viena y por el mundo, olía a tabaco y a perfume, y traía un aspecto un tanto descuidado, el aspecto de un adolescente embriagado por los aires mundanos; y era entonces cuando charlaban, en voz baja, durante horas, como dos cómplices, como si Konrád fuera un mago que permanece siempre en casa, reflexionando sobre el significado del destino de las personas y de los efímeros fenómenos humanos, mientras su criado anda por el mundo recogiendo las noticias secretas de la vida de los hombres. Konrád leía preferentemente libros ingleses sobre la historia de la convivencia humana, sobre el desarrollo social. El hijo del guardia imperial solamente leía libros sobre caballos y sobre viajes. Como se amaban, se perdonaban mutuamente su pecado original: Konrád perdonaba la fortuna de su amigo y el hijo del guardia imperial perdonaba la pobreza de Konrád.

Aquella «diferencia» que el padre había observado Mientras Konrád y la condesa tocaban la Polonesa-Fantasía otorgaba a Konrád un dominio sobre el alma de su amigo.

¿Qué significaba este dominio? El poder humano siempre conlleva un ligero desprecio, apenas perceptible, hacia aquellos a quienes dominamos. Solamente somos capaces de ejercer el poder sobre las almas humanas si conocemos a quienes se ven obligados a someterse a nosotros, si los comprendemos y si los despreciamos con muchísimo tacto. Aquellas charlas nocturnas en la casa de Hietzing se convirtieron con el tiempo en conversaciones entre maestro y discípulo, llegando a adquirir este aspecto. Konrád —como todos los seres humanos que se ven obligados por su predisposición y por las circunstancias a una soledad prematura— hablaba del mundo con burla, con un leve desprecio mezclado con un interés inútil, como si lo que ocurría y se podía observar en el otro lado, en la otra orilla, sólo pudiera importar a los niños o a seres menos avisados si cabe. Sin embargo, su voz denotaba también cierta nostalgia: los jóvenes siempre sienten deseo y nostalgia por algo, por una patria sospechosa, indiferente, temible, por esa patria llamada mundo. Cuando Konrád —en un tono amistoso, pero superior, divertido, y sin darle importancia al asunto— se burlaba del hijo del guardia imperial por todo lo que éste había experimentado en el mundo, se notaba en su voz todo ese sofoco, esa sed insaciable, ese deseo.

Así vivían entre las quimeras de la juventud, desempeñando unos papeles —que eran también un oficio— que proporcionaban a su vida la seriedad, la tensión y el porte necesarios. A la puerta de aquella casa de Hietzing también llamaban manos femeninas, con ternura, con emoción y con alegría. Un día llamó Veronika, la bailarina: el general se acordó de aquel nombre y se frotó los ojos, como si despertara de un sueño profundo, evocador de un recuerdo olvidado. Sí, se llamaba Veronika. Había otra, una tal Angela, joven viuda de un médico del ejército, que disfrutaba sobre todo con las carreras de caballos. Él prefería a Veronika, a la bailarina. Vivía en un ático, en una casa muy vieja de la calle donde se encontraba la posada de Las Tres Herraduras, en una especie de taller de pintor que era imposible caldear bien. Era incapaz de vivir en otro sitio que no fuera aquel ático que le brindaba espacio suficiente para sus ejercicios, para sus pasos y sus volteretas. La enorme sala estaba decorada con ramos de flores de papel polvorientas y con grabados de animales que el inquilino anterior, un pintor de Estiria, había dejado para el dueño en compensación por el impago del alquiler. Su motivo favorito eran las ovejas: unas ovejas melancólicas miraban a los visitantes desde las paredes del ático, con expresión interrogante, con ojos vacíos y acuosos. Allí vivía Veronika, la bailarina, entre cortinas polvorientas y muebles viejos y destartalados. Ya desde el pasillo se sentía un olor fuerte a perfume, a aceite de rosas y a colonia francesa. Una noche de verano fueron a cenar los tres juntos. El general se acordaba con absoluta nitidez, como si estuviera mirando una imagen con lupa. Fueron a cenar a un restaurante del bosque, en las afueras de Viena. Llegaron en carroza, a través del bosque oloroso. La bailarina llevaba un sombrero de ala ancha, de estilo florentino, guantes blancos de punto que le llegaban hasta los codos, un vestido ceñido de seda rosa y zapatos de raso negro. Era perfecta hasta en su falta de gusto. Caminaba insegura por los senderos pedregosos del bosque, entre los árboles, como si cualquier paso mundano —los que la conducían a un destino material, a un restaurante, por ejemplo— fuese indigno de sus pies. Cuidaba sus pies y sus piernas de la misma forma que un violinista nunca tocaría en un Stradivarius una cancioncilla en alabanza del vino; mimaba aquellas obras de arte cuyo único objeto era el baile, el desafío de las leyes de la gravedad, la desaparición de las penosas ataduras del cuerpo. Cenaron en un restaurante al aire libre cuyos muros estaban cubiertos con pámpanos de parra silvestre: en las mesas habían colocado unas velas protegidas con globos de cristal. Bebieron un vino tinto muy ligero, y la bailarina no dejaba de reírse. De regreso a casa, tras atravesar el bosque iluminado por la luna llena, al subir la carroza por una colina, divisaron de repente la ciudad que resplandecía con una luz blanca; y entonces Veronika abrazó a los dos, con espontaneidad. Fue un momento de felicidad, de inconsciencia, un momento rebosante de vida. Acompañaron a su casa a la bailarína sin decir palabra, la despidieron en el patio ruinoso con un beso en la mano. Veronika. Y Angela, con los caballos. Y todas las demás, con flores en los cabellos, bailando en círculo, dejando tras de sí tan sólo sus cintas, sus cartas, sus flores, sus guantes. Aquellas mujeres llevaron el éxtasis del primer amor a la vida de ambos, con todo lo que el amor significa: deseos, recelos y una soledad desgarradora. Al mismo tiempo, más allá de las mujeres, de los distintos papeles, más allá del mundo, se vislumbraba un sentimiento más fuerte que ningún otro. Un sentimiento que tan sólo los hombres conocen. Se llama amistad.
8
El general se vistió. Se vistió solo: primero sacó su uniforme de gala del armario, y lo estuvo observando durante un tiempo. Hacía una década que no se había puesto aquel uniforme. Abrió un cajón, buscó sus condecoraciones, estuvo contemplando las medallas guardadas en estuches forrados en seda roja, blanca y verde. Al tener en la mano aquellas medallas de bronce, de plata y de oro, aparecieron ante sus ojos las imágenes de un puente sobre el río Dniéper, de un desfile militar en Viena, de una recepción en el castillo de Buda. Se encogió de hombros. ¿Qué le había dado la vida? Obligaciones y vanidad. Volvió a guardar en el cajón las condecoraciones, sin darle importancia al gesto, como el jugador de cartas que al final de la partida devuelve las fichas de colores que ya no le son útiles.

Finalmente se vistió de negro, escogió una corbata de rayas blancas, se peinó el cabello corto y cano con un cepillo húmedo. Cada noche, durante los últimos años, se vestía con aquel traje negro, severo como un hábito. Se acercó al escritorio: con un ademán incierto, con manos temblorosas, sacó una pequeña llave del monedero y abrió un cajón largo y hondo. De un compartimiento secreto del cajón sacó distintos objetos: una pistola belga, un fajo de cartas atadas con un lazo azul y un cuaderno delgado de tapa de terciopelo amarillo que llevaba impresa con letras doradas la palabra Souvenir. Durante un rato tuvo entre las manos el cuaderno, cuya cubierta estaba atada por un lazo azul y sellada por un cuño del mismo color. Luego examinó la pistola, minuciosamente, con movimientos dignos de un experto. Era una pistola antigua, de seis cartuchos. Todos estaban en su sitio. Con un gesto mecánico guardó la pistola en su lugar y se encogió otra vez de hombros. Se guardó el cuaderno forrado de terciopelo amarillo en uno de los hondos bolsillos de la chaqueta.

Se acercó a la ventana y subió la persiana. Había llovido mientras él dormía. El jardín estaba mojado, una brisa fresca corría entre los árboles, las hojas de los plátanos relucían grasientas. Atardecía. Se quedó de pie al lado de la ventana, sin moverse, con los brazos cruzados. Observaba el paisaje: el valle, el bosque, el camino amarillento al fondo, el perfil de la ciudad. Sus ojos acostumbrados a las distancias reconocieron el carruaje que avanzaba lentamente por el camino. El invitado no tardaría en llegar a la mansión.

Observaba aquel punto movedizo, sin moverse, con una mirada sin expresión, cerrando un ojo, como los cazadores cuando tienen a su presa en el punto de mira.

9
Eran las siete pasadas cuando el general salió de su habitación. Apoyado en el bastón de cabeza de marfil, anduvo con pasos lentos, iguales, a lo largo del pasillo que unía esta ala de la mansión y sus habitaciones con las salas grandes, el salón, la sala de música y otras salas de estar. Las paredes estaban cubiertas con retratos antiguos: retratos con marco dorado de sus antepasados, tatarabuelos y tatarabuelas, conocidos, viejos empleados, compañeros del ejército, antiguos invitados famosos de la mansión. En la familia del general era costumbre invitar a quedarse durante un tiempo a pintores ambulantes, pero también a otros de más renombre, como por ejemplo uno que firmaba con la letra S y que era de Praga y pasó ocho años en la mansión en tiempos del abuelo del general, pintando a todo el mundo que se le cruzara, incluso al mayordomo y a los caballos más destacados. Los tatarabuelos habían sido víctimas de estos artistas itinerantes: vestidos con sus mejores galas, miraban desde arriba con los ojos vidriosos. Había también algunos retratos de hombres tranquilos y serenos, de la edad del general, hombres con grandes bigotes a la húngara, con un mechón nzado caído sobre la frente, ataviados con traje negro de domingo o uniforme de gala. Fueron una excelente generación, pensó el general, mirando los retratos de los parientes, amigos y compañeros de su padre. Fueron una excelente generación, pensó el general: hombres un tanto solitarios que no lograban fundirse con el mundo; eran orgullosos, creían en cosas, en el honor, en las cualidades de los hombres, en la discreción, en la soledad y en la palabra dada, y también en las mujeres. Cuando sufrían un desengaño, guardaban silencio. Casi todos callaban toda la vida, entregándose a sus obligaciones y al silencio, como si hubiesen hecho un voto en este sentido. Al final del pasillo estaban los retratos de los miembros franceses de la familia, viejas damas con diadema, con el cabello blanqueado con polvos, caballeros desconocidos, gordos, con peluca y de labios lujuriosos, miembros de la familia lejana de su madre, retratos con fondos azules, rosados y grises. Personas desconocidas. El padre, vestido con su uniforme de gala de guardia imperial. La madre, con un sombrero de plumas y una fusta, como una caballista de circo. Al lado de este retrato había en la pared un hueco de un metro cuadrado: unas líneas grisáceas en la blancura del fondo indicaban que, tiempo atrás, allí también había colgado un cuadro. El general, con expresión inmutable, pasó por el lado del hueco. Más allá, sólo había paisajes.

Al final del pasillo, vestida de negro y con una cofia blanca nueva y recién planchada en la cabeza, se encontraba la nodriza.

—¿Mirabas los cuadros? —preguntó.

—Sí.

—¿No quieres que volvamos a ponerlo? —preguntó, señalando directamente al hueco del retrato que faltaba, con la decisión de las personas mayores que ya no se andan con rodeos.

—¿Lo conservas todavía? —preguntó el general. La nodriza afirmó con la cabeza—. No —añadió el general, después de una breve pausa, y luego, en voz más baja—: No sabía que lo conservaras. Creí que lo habías quemado.

—No tiene ningún sentido —respondió la nodriza, con voz quebrada— quemar cuadros.

—No, ninguno —subrayó el general, en tono confidencial, en el tono que sólo se utiliza para hablar con las nodrizas—. Tampoco cambiaría nada.

Se volvieron hacia la escalera, mirando hacia abajo, donde un criado y varias criadas ponían flores en los jarrones de cristal de roca.

La mansión había empezado a revivir en las últimas horas, como un mecanismo al que hubiesen dado cuerda. Revivían los muebles, los sillones y los sofás a los que habían quitado las telas protectoras, y también los retratos de las paredes, los enormes candelabros de hierro, los objetos decorativos de las vitrinas y de la repisa de la chimenea. Al lado de la chimenea había troncos para el fuego, porque a finales del verano eran frescas y húmedas las noches; de madrugada, el aire se llenaba de frío y todo se impregnaba de vaho. Los objetos parecían recobrar el sentido de su ser, parecían tratar de demostrar que todo adquiere un significado al estar en contacto con los seres humanos, al participar en la vida y en el destino de los hombres. El general miraba la enorme entrada, las flores puestas en la mesa, delante de la chimenea, la posición de las sillas y de los sillones.

—Ese sillón de cuero estaba a la derecha —observó.

—¿Hasta de eso te acuerdas? —preguntó la nodriza.

—Sí —respondió él—. Ahí se sentaba Konrád, debajo del reloj, al lado del fuego. En el centro, enfrente de la chimenea, me sentaba yo, en el sillón florentino. Krisztina se ponía enfrente de mí, en la silla que trajo mi madre.

Te acuerdas de todo con exactitud —observó la nodriza.

—Sí —afirmó el general, apoyado en la barandilla de la escalera, mirando hacia abajo—. En el jarrón de cristal azul había dalias. Hace cuarenta y un años.

—Te acuerdas de todo, no cabe ninguna duda —repitió la nodriza, entre suspiros.

—Claro que me acuerdo —dijo él con calma—. ¿Has puesto la mesa con los platos de porcelana francesa?

—Sí, los de flores —respondió Nini.

—Bien —dijo él, asintiendo con la cabeza con tranquilidad. Se quedaron mirando la imagen del comedor, con la sala de estar al fondo; los muebles enormes guardaban todavía el recuerdo de aquellas horas, de aquellos momentos: como si antes de aquella noche de hacía cuarenta y un años solamente hubiesen existido como simples objetos, obedeciendo a las leyes de la madera, del metal, de la tela, y aquella noche se hubieran llenado de contenido, de vida, adquiriendo sentido su existencia. Y en aquellos momentos empezaban otra vez a recobrar la vida, como un mecanismo al que hubiesen dado cuerda, y así empezaban a acordarse ellos también de aquella noche—. ¿Qué servirás a tu invitado?

—Trucha —respondió Nini—. Sopa y trucha. Carne poco hecha y ensalada. Gallina de Guinea. Helado flambeado. Hace diez años que no lo hace el cocinero. Me imagino que le saldrá bien —dijo, un tanto preocupada.

—Vigílalo tú, así saldrá bien. Aquella vez también serviste cangrejos— dijo muy bajo, como si hablara sólo para sí. —Sí —respondió con calma la nodriza—. A Krisztina le gustaban los cangrejos. Preparados de cualquier manera. Entonces todavía había cangrejos en el río. Ya no los hay. No me dio tiempo de mandar a buscarlos a la ciudad.

—Cuida los vinos —dijo el general, en un tono muy bajo, muy confidencial. Este tono hizo que la nodriza se acercara, inclinando la cabeza con la confianza propia de las criadas que son casi miembros de la familia, para escuchar mejor aquellas palabras—. Da orden de que suban el Pommard del año noventa y ocho. Y el Chablis, para el pescado. Y una botella del Mumm, del viejo, una de las botellas grandes. ¿Recuerdas dónde está?

—Sí —respondió la nodriza, pensativa—. Ya sólo queda del seco. Krisztina prefería el semiseco.

—Siempre tomaba una copa —añadió el general—. Para acompañar la carne. No le gustaba el champán.

—¿Qué quieres de ese hombre? —preguntó de repente la nodriza.

—La verdad —respondió el general.

—Conoces muy bien la verdad.

—No la conozco —dijo él, en voz alta, sin preocuparse por el servicio, que había interrumpido abajo la colocación de las flores y miraba hacia arriba. Volvieron a bajar la mirada inmediatamente, con un gesto mecánico, y continuaron con sus quehaceres—. La verdad es precisamente lo que no conozco.

—Pero conoces la realidad —observó la nodriza, con un tono agudo, casi agresivo.

—La realidad no es lo mismo que la verdad —respondió el general—. La realidad son sólo detalles. Ni siquiera Krisztina conocía la verdad. Quizás la sepa Konrád. Ahora se la quitaré —dijo con mucha calma.

—¿El qué? —preguntó la nodriza.

—La verdad —respondió él con brevedad. A continuación calló.

Cuando el criado y las criadas se fueron del vestíbulo y ellos dos se quedaron solos en lo alto, la nodriza se puso al lado del general, apoyándose en la barandilla, como si estuvieran contemplando un paisaje de montaña. Volviéndose hacia el comedor donde antaño habían estado los tres sentados delante de la chimenea, le dijo:

Tengo que decirte algo. Cuando Krisztina entró en agonía, te llamó a ti.

—Sí —dijo el general—. Y yo estaba aquí.

—Estabas aquí, pero no estabas. Estabas tan lejos como si te hubieras ido de viaje. Estabas en tu habitación, mientras ella se moría. Al amanecer, sólo yo estaba a su lado. Te llamaba a ti. Te lo digo para que lo sepas, para que no se te olvide esta noche.

El general callaba.

Creo que ya llega —dijo, enderezándose—. Cuida los vinos, Nini, cuídalo todo.

Se oía crujir la gravilla del camino de la entrada bajo las ruedas del landó. El general dejó el bastón apoyado en la barandilla de la escalera y empezó a bajar sin ayuda, para recibir al invitado. Se detuvo un momento.

—Las velas—dijo—. ¿Te acuerdas de las velas?... Aquellas velas azules. Ponlas en la mesa, si todavía quedan. Enciéndelas, para que ardan durante la cena.

—Ya no me acordaba —confesó la nodriza.

—Yo sí —insistió él con terquedad. Bajó la escalera, con la espalda recta, vestido de negro, con pasos de viejo, un tanto rígidos, como en una ceremonia. En ese momento se abrió la puerta y apareció en el umbral, detrás del criado, un hombre muy mayor.

—Ya ves, he vuelto —dijo el invitado, en voz baja.

—Nunca lo he dudado —respondió el general, también en voz baja, sonriendo.

Se dieron la mano con gran cortesía.
10
Se acercaron a la chimenea y se observaron con atención, con mirada de expertos, entornando los ojos como cegatos a la luz fría y centelleante de una lámpara de pared.

Konrád tenía unos meses más que el general: había cumplido los setenta y cinco años la primavera anterior. Los dos viejos se contemplaron con ojos de experto, adoptando la actitud que suelen tomar las personas mayores al examinar los fenómenos corporales: con mucha atención, fijándose en lo esencial, en los últimos indicios de vida, en los rescoldos de las ganas de vivir que todavía se reflejaban en sus rostros y en sus posturas.

—No —dijo Konrád con seriedad—, no nos hemos vuelto más jóvenes.

Los dos pensaban igualmente, con sorpresa, con celos y alegría, que también el otro había pasado la prueba: los últimos cuarenta y un años, el tiempo y la distancia —el tiempo transcurrido sin que se hubiesen visto, aunque hubiesen pensado el uno en el otro cada día, a cada hora— no habían podido con ninguno de los dos. Hemos resistido, pensó el general. El invitado pensó (con una satisfacción, debida al resultado del examen físico, que se Mezclaba con cierta decepción y cierta malicia: con decepción porque el otro parecía sano como un roble, con malicia porque él había regresado en plena posesión de su vitalidad y fortaleza): «Ha estado esperándome, por eso ha conservado casi todo su vigor.»

Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida.

Konrád estaba pálido, como durante su infancia y su juventud, y era obvio que seguía viviendo encerrado en su casa, sin salir al aire libre. También él llevaba un traje oscuro, muy severo, fino y elegante. Parece que se ha enriquecido, pensó el general. Se estuvieron examinando durante largos minutos sin decir palabra. Después llegó el criado con vermut y aguardiente.

—¿De dónde vienes? —preguntó el general.

—De Londres.

—¿Vives allí?

—Cerca de la ciudad. Tengo una casita de campo en las afueras. Cuando regresé del trópico, me quedé allí.

—¿En qué lugar del trópico has estado?

—En Singapur —dijo, y levantó la mano, trazando un punto indefinido en el aire, como para señalar en el universo el sitio donde había estado viviendo—. Por lo menos durante los últimos años. Antes viví en el interior de la península, entre los malayos.

—Dicen —observó el general, alzando la copita de vermut hacia la luz, para darle la bienvenida al otro— que el trópico desgasta y envejece.

—Es horroroso —respondió Konrád—. Te quita diez años de vida.

—No se te nota. ¡Sé bienvenido!

Apuraron las copas y se sentaron.

—¿No se me nota? —preguntó el invitado al sentarse en el sillón, al lado de la chimenea, debajo del reloj de pared. El general observaba los gestos del otro con mucha atención. En el momento en que su antiguo amigo tomó asiento (el mismo sillón donde se había sentado cuarenta y un años antes, como si obedeciera, sin querer, a la atracción del lugar), él parpadeó con satisfacción. Se sentía como el cazador que por fin divisa a su presa, caída en la trampa, en la trampa que había evitado hasta entonces. En ese momento, todo y todos se encontraron en su sitio—. El trópico es horroroso —repitió Konrád—. La gente como nosotros no es capaz de aguantar aquello. Se desgastan los órganos, se queman las células. El trópico mata algo dentro de nosotros.

—¿Te fuiste al trópico para matar algo dentro de ti? —preguntó el general con voz neutral, sin dar importancia a la frase.

Pronunció la pregunta en un tono de amable conversación. También él se sentó, enfrente de la chimenea, en el sillón antiguo que los miembros de su familia llamaban «el sillón florentino». Había sido su sitio hacía cuarenta y un años, cuando antes y después de cenar se sentaba con Krisztina y con Konrád a conversar en el salón. Una vez sentados, los dos miraron el tercer asiento, vacío, tapizado con seda francesa.

—Sí —respondió Konrád, muy tranquilo.

—¿Lo conseguiste?

—Ya estoy viejo —respondió, mirando al fuego.

No respondió a la pregunta. Estuvieron sentados así, sin decir palabra, mirando el fuego, hasta que entró el criado para avisarles de que la cena estaba ya servida en la mesa.

11

—Es así —dijo Konrád, después de dar cuenta de la trucha—. Al principio crees que te acostumbrarás. —Se refería al trópico—. Yo era joven todavía cuando llegué, tú te acuerdas también. Tenía treinta y dos años. Me fui enseguida a las ciénagas. Allí la gente vive en casas con tejado de hojalata. Yo no tenía dinero. La sociedad colonizadora me lo pagaba todo. Por las noches, cuando intentas dormir, sientes como si estuvieras acostado en una neblina húmeda. Por las mañanas, aquella neblina se vuelve más espesa, más cálida. Con el paso del tiempo, todo te da igual. Allí todo el mundo bebe, todo el mundo tiene los ojos enrojecidos. Durante el primer año, crees que te vas a morir pronto. Durante el tercero, te das cuenta de que ya no eres el mismo, como si tu ritmo de vida hubiese cambiado. Vives con más intensidad, con más rapidez, algo te quema por dentro, tu corazón late de otra forma, y al mismo tiempo todo te da igual. Todo te da exactamente lo mismo, y eso dura meses y meses. Luego llega un momento en que empiezas a no comprender lo que ocurre a tu alrededor. Ese momento puede llegar tras haber pasado cinco años o durante los primeros meses. Es el momento de los ataques de furia. Mucha gente mata en esos momentos, o se mata.

—¿Incluso los ingleses? —preguntó el general.

—Menos. Sin embargo, ellos también quedan afectados por esa fiebre, por esa ira, esa enfermedad que no se propaga por ningún microbio en concreto. Yo estoy convencido de que se trata de una enfermedad cuyo origen no se conoce todavía. Quizás la causa se encuentre en el agua. O en las plantas. O en los amores con las mujeres malayas. Uno nunca llega a acostumbrarse a las mujeres malayas. Algunas son bellísimas. Sonríen sin cesar, y hay una especie de dulzura en su piel, en sus movimientos, en su sonrisa, en sus costumbres, en su manera de servirte en la mesa, en la cama... sin que nunca llegues a acostumbrarte a ello. Los ingleses se protegen de todo esto. Llevan consigo su país metido en la maleta. Su orgullo refinado, su aislamiento, su educación, sus campos de golf y de tenis, su whisky, el esmoquin que se ponen por las noches en sus casas de tejado de hojalata, en medio del cenagal donde viven. Claro, no todos se comportan así. Todo eso es pura leyenda. La mayoría se convierten en animales al cabo de cuatro o cinco años, como los demás, como los belgas, los franceses, los holandeses. El trópico les corroe los modales del
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