Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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Chéri —dijo—, estoy mareada. Aquí todo parece infinito.» Se mareaba con lo que veía, con la simple vista de la llanura agonizante, cargada con el aire pesado del otoño que lo cubría todo, con aquella llanura vacía donde ya habían recolectado todo, con aquella llanura por donde avanzaban durante horas infinitas sin ver ni siquiera el camino, donde sólo se divisaban las bandadas de grullas en el cielo, donde los maizales ya se encontraban devastados, como después de una batalla, cuando incluso el paisaje cae herido tras el paso de las tropas. El guardia imperial no respondió, callaba en el fondo del carruaje, con los brazos cruzados. A veces subía a uno de los caballos y cabalgaba al lado del vehículo, durante horas. Miraba su patria como si la viera por primera vez. Miraba las casas blancas, con ventanas de persianas pintadas en verde, bajitas, con porche, las casas donde se alojaban por las noches, las casas de sus compatriotas, aquellas casas escondidas en el fondo de los jardines, con sus frescas habitaciones, donde todos los muebles le resultaban conocidos, incluso el olor de sus armarios. Miraba el paisaje, cuya soledad y tristeza le tocaban el corazón como nunca: miraba los pozos con cigüeñal a través de los ojos de su esposa, los páramos, los bosques de abedules, las nubes rosadas en el cielo crepuscular, encima de la llanura. La patria se abría delante de ellos, y el guardia imperial sintió, entre fuertes latidos de su corazón, que el paisaje que los recibía representaba también su destino. Su esposa permanecía sentada en el fondo del carruaje, en silencio. A veces cogía el pañuelo para secarse las lágrimas. Él se inclinaba entonces desde la silla de montar, para mirarla a los ojos, con aire interrogador. La mujer sólo respondía con un gesto, indicando que siguieran. Estaban destinados el uno para el otro.

En los primeros tiempos, la mansión consiguió apaciguar los ánimos de la mujer. Era enorme, los bosques y las montañas la protegían de la llanura; aquella casa llegó a ser para ella su propia patria dentro de un país extraño. En aquella época llegaron carros de carga, hasta uno por mes. Procedían de París y de Viena, cargados con muebles, sedas, retales, grabados y una espineta: la mujer pretendía domesticar a las fieras con la música. Ya habían caído las primeras nieves en las montañas cuando estuvieron instalados y pudieron empezar su vida en común en aquella mansión. La nieve dejó la casa aislada; la sitió por completo, como un ejército silencioso y sombrío, llegado del Norte, cerca un castillo. Por las noches llegaban del bosque los cervatillos y los ciervos, se detenían en medio de la nieve, a la luz de la luna, miraban las ventanas iluminadas de la mansión, ladeando la cabeza, con sus ojos azules, oscuros y serios, maravillosos y maravillados, y escuchaban la música que salía de allí. «¿Lo ves...?», preguntaba la mujer, sentada al lado del piano, y se reía. En febrero, las heladas hicieron bajar a los lobos de las montañas nevadas; los criados y los cazadores encendían hogueras en el parque, y las fieras aullaban y daban vueltas alrededor del fuego, hechizadas. El guardia imperial las ahuyentaba con cuchillos, su esposa lo observaba desde la ventana. Había algo entre ellos que no se podía reparar. No obstante, se amaban.

El general se acercó al retrato de su madre. El cuadro era obra de un pintor vienes, el mismo que había hecho un retrato de la emperatriz con el cabello ondulado: el guardia imperial conocía la pintura, pues la había visto en el despacho del emperador, en el palacio imperial. En su retrato, la condesa llevaba un sombrero de paja adornado con flores rosadas, parecido a los que se ponen las florentinas en verano. El cuadro tenía un marco dorado y estaba colgado en la pared blanca, encima de un mueble de cerezo, lleno de cajones. Este mueble había pertenecido a su madre. El general se apoyó en él con las dos manos, para contemplar el cuadro colgado en lo alto. La joven del retrato del pintor vienes ladeaba ligeramente la cabeza, y su mirada tierna y seria se perdía en la nada, como si se estuviera preguntando «¿Por qué?». Tal era el mensaje del retrato. El rostro era dey rasgos nobles, el cuello sensual, las manos también, cubiertas con guantes cortos de punto, y también eran sensuales los hombros y el escote blancos, rodeados por un vestido verde claro. Aquella mujer siempre había sido una extraña. El guardia imperial y ella habían librado una batalla sin decir palabra: habían combatido a través de la música y de la caza, a través de los viajes y de las fiestas; unas fiestas en las que la mansión se iluminaba, casi ardía, como si se hubiera declarado un incendio en sus enormes salones; cuando los establos se llenaban con los caballos, carrozas y cocheros de los invitados; cuando cada cuatro peldaños de la escalera de entrada se apostaba un húsar, manteniéndose durante toda la noche en posición de firme —sin el menor movimiento, como una figura de cera—, empuñando un candelabro de plata de doce brazos; todo aquello —las luces, la música, las palabras de los invitados, el perfume de sus cuerpos flotando en los salones— causaba la sensación de que la vida era una fiesta desesperada, una fiesta trágica y majestuosa, cuyo final se proclamaría con el sonido de las trompetas y con el anuncio de alguna orden nefasta. El general recordaba aquellas fiestas. A veces, los caballos y las carrozas tenían que quedarse en medio del parque nevado, al lado de enormes fogatas, puesto que no cabían en las cuadras. A una de aquellas fiestas acudió incluso el emperador de Austria, que era el rey de Hungría. Llegó en su carroza, acompañado de caballeros ataviados con plumas de cisne en los cascos. Pasó dos días cazando en los bosques, se alojó en la otra ala del edificio, durmió en una cama de hierro e incluso bailó con la señora de la casa. Charlaron durante el baile y los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. El rey dejó de bailar. Se inclinó, besó la mano de la dama, la acompañó al salón contiguo, donde los hombres de su séquito se mantenían en pie, en semicírculo. Condujo a la dama junto a su esposo y volvió a besarle la mano.

—¿De qué hablásteis ? —preguntó más tarde, mucho más tarde, el guardia imperial a su esposa.

La mujer no se lo quiso decir. Nadie supo nunca lo que el rey le había dicho a aquella mujer llegada del extranjero que se había echado a llorar en medio del baile. La gente de los alrededores habló largamente de aquello.
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La mansión lo comprendía todo, como una enorme tumba de piedra tallada donde se desmoronan los restos de varias generaciones y se deshacen las vestimentas de seda gris y paño negro de las mujeres y de los hombres de antaño. Comprendía también el silencio, como si éste fuera un preso fervoroso y creyente que se va muriendo poco a poco en el fondo del calabozo, dejándose crecer una larga barba sobre sus trapos y harapos, recostado en un montón de paja podrida. Comprendía también los recuerdos, la memoria de los muertos que se ocultaban en los recovecos de las habitaciones, unos recuerdos que crecían como hongos, como el moho, que se multiplicaban como los murciélagos, como las ratas o como los insectos en los sótanos húmedos de las casa demasiado antiguas. En los picaportes se sentía el temblor de unas manos de antaño, el fulgor de momentos pasados, llenos de duda, cuando aquellas manos no se atrevían a abrir una puerta. Todas las casas donde vive gente tocada por la pasión con toda su fuerza se llenan de este contenido impreciso.

El general miraba el retrato de su madre. Conocía todos los rastros de aquel rostro delgado. Aquellos ojos contemplaban el pasar del tiempo con una expresión de desprecio soñolienta y triste, con la mirada de las mujeres de antaño que subían al cadalso con el mismo desprecio por quienes morían que por quienes las mataban. La familia de su madre tenía un castillo en Bretaña, al lado del mar. El general tenía unos ocho años cuando lo llevaron allí, para pasar el verano. En aquella época ya viajaban en tren, muy despacio. En la redecilla del portaequipajes se encontraban los bultos envueltos en tela, bordados con las iniciales de su madre. En París llovió aquel verano. El niño se sentaba en el fondo de un coche cuyo interior estaba forrado con seda azul celeste, y desde allí contemplaba la ciudad, a través de las ventanillas opacas: una ciudad reluciente y húmeda como la panza de un pez gordo. Miraba los tejados empinados, las chimeneas altas que se elevaban grises e inclinadas entre los cortinajes raídos del cielo lleno de humedad, como si estuvieran anunciando al mundo algo sobre unos destinos diferentes, incomprensibles. Las mujeres avanzaban bajo la lluvia y se reían, se levantaban un poco la falda con la mano, sus dientes brillaban relucientes como la lluvia: la ciudad extraña, las palabras en francés, todo habría podido ser algo alegre, algo fantástico, pero el niño no era capaz todavía de entenderlo así. Tenía ocho años, estaba sentado dentro del coche, muy serio, al lado de su madre, enfrente de su doncella y de su institutriz, y sentía que le aguardaba alguna tarea. Todo el mundo lo observaba, a él, al pequeño salvaje que había llegado de lejos, del bosque lleno de osos. El niño pronunciaba las palabras francesas con cuidado, con atención y con preocupación. Sabía que también hablaba por su padre, la mansión, los perros, el bosque y su hogar abandonado. Se abrió el portón, el carruaje entró en el gran patio, los criados con librea se inclinaron delante de la inmensa escalera. Todo le parecía un tanto adverso. Lo conducían a través de amplios salones, donde todo estaba en su sitio y donde todo parecía estirado y amenazador. En el salón más amplio del primer piso lo esperaba su abuela francesa. Tenía los ojos grises y un fino bigote negro, llevaba el cabello recogido en un moño alto, de color rojizo desteñido, como si el tiempo se hubiese olvidado de lavarlo. Besó al niño, con sus manos blancas y huesudas echó atrás la cabeza del recién llegado, y la miró así, desde lo alto. «Toute de même», dijo a la madre, que se encontraba a su lado, un tanto preocupada, como si su hijo estuviera pasando un examen del cual pudiera desprenderse cualquier cosa. Más tarde les sirvieron una infusión de tila. Todo tenía un olor insoportable, el niño se mareaba. Alrededor de medianoche rompió a llorar y empezó a devolver. «¡Traedme a Nini», pidió, ahogándose casi entre tanto llanto. Estaba acostado en la cama, pálido como un muerto.

Al día siguiente le subió la fiebre, deliraba. Llegaron unos médicos ceremoniosos —vestidos con esmoquin negro y chaleco blanco con reloj de oro de bolsillo—, se inclinaron sobre el niño, sus barbas y sus ropas tenían el mismo olor que los objetos del palacete y que la cabellera y la boca de la abuela. El niño pensó que moriría si aquel olor no se disipaba. La fiebre no bajó ni siquiera durante el fin de semana, el pulso del muchacho latía de una manera irregular. Entonces le enviaron un telegrama a Nini. Pasaron cuatro días hasta que la nodriza llegó a París. El mayordomo con patillas no la identificó en la estación, y Nini llegó andando al palacete, con la bolsa de punto en la mano. Llegó como llegan las aves migratorias: no hablaba ni una palabra de francés, no conocía las calles, nunca pudo explicar cómo había encontrado aquella casa desconocida que escondía al niño enfermo en aquella ciudad extraña. Entró en la habitación, sacó de la cama al niño moribundo -—que estaba ya totalmente callado, y sólo le brillaban los ojos—, se lo puso en el regazo, lo abrazó con fuerza, se quedó sentada, callada, acunándolo. Al tercer día llamaron al cura, para que le diera la extremaunción. Aquella noche, Nini salió de la habitación del enfermo y le dijo a la condesa, en húngaro:

—Creo que se salvará.

No lloraba, tan sólo estaba muy cansada porque llevaba seis días sin dormir. Volvió a la habitación del enfermo, de su bolsa de punto sacó algo de comida que traía de casa y se puso a comer. Durante seis días había mantenido vivo al niño con su aliento. La condesa rezaba y lloraba de rodillas delante de la puerta. Allí estaban todos: la abuela francesa, los criados, un cura joven con las cejas levantadas que podía entrar y salir a cualquier hora. Los médicos ya no volvieron. Partieron a Bretaña, con Nini; la abuela francesa se quedó en París, sorprendida y enfadada. Naturalmente, nadie se atrevió a decir con palabras el porqué de la enfermedad del niño. Nadie dijo nada, aunque todos sabían las razones. El general anhelaba el cariño, y cuando todos aquellos extraños se inclinaron sobre él, y cuando sintió aquel olor insoportable que emanaba de todo, decidió que prefería morirse. En Bretaña soplaba el viento y la marea bañaba los viejos guijarros. El mar rompía en las rocas rojizas. Nini estaba muy tranquila, miraba sonriendo el mar y el cielo como si ya los hubiese visto antes. En las cuatro esquinas del castillo se elevaban cuatro torres circulares, muy antiguas, construidas en piedra: los antepasados de la condesa vigilaban desde ellas a Surcouf el pirata. El niño cogió color, se reía mucho. Ya no temía nada, ya sabía que él y Nini juntos eran más fuertes que nadie. Se sentaban a orillas del mar, el viento ondulaba el borde del vestido azul marino de Nini, todo sabía a salado, hasta el aire, hasta las flores. Por las mañanas, cuando la marea se retiraba, los huecos de las rocas estaban llenos de arañas de mar con patas peludas, de cangrejos de panza roja, de pegajosas estrellas de mar de color malva. En el patio del castillo había una higuera centenaria que parecía un sabio oriental que sólo contara ya historias muy sencillas. Debajo del tupido follaje se escondía un frescor dulce de perfumes embriagadores. El niño se sentaba con su nodriza al pie de aquella higuera a mediodía, cuando el mar murmuraba con desmayo; callaban.

—Yo seré poeta —dijo él un día, levantando la vista y ladeando la cabeza.

Contemplaba el mar, su cabello rubio ondeaba en el viento cálido, tras las pestañas medio cerradas miraba la lejanía. La nodriza lo abrazó, atrayendo la cabeza hacia sus senos, y le respondió:

—¡Qué va! ¡Tú serás soldado!

¿Como mi padre? —preguntó el niño, meneando la cabeza—. Mi padre también es poeta, ¿no lo sabías? Siempre está pensando en otra cosa.

—Es verdad —observó la nodriza, suspirando—. No salgas al sol, cielo mío. Te dolerá la cabeza.

Estuvieron largo rato sentados así al pie de la higuera. Escuchaban el mar: su rumor les era conocido. Murmuraba como murmuran los bosques en su patria. El niño y la nodriza pensaron que todo está conectado en el mundo.
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Las cosas así no se suelen recordar hasta que han pasado muchos años. Transcurren varias décadas hasta que pasamos por una habitación a oscuras donde alguien murió, y entonces oímos el sonido del mar, las palabras de antaño. Como si aquellas pocas palabras hubiesen expresado el sentido de la vida. Sin embargo, más adelante habría siempre otras cosas de que hablar.

Aquel otoño, cuando regresaron de Bretaña, el guardia imperial los esperaba en Viena. Al muchacho lo inscribieron en el internado de la Academia Militar. Le entregaron un sable pequeño, pantalones largos y un chacó, y le pusieron un puñal al cinto. Los domingos sacaban a pasear por el Graben a todos los estudiantes vestidos con el uniforme azul marino. Parecían niños que juegan a soldados y para ello se visten de uniforme. Llevaban también guantes blancos, y saludaban con gracia al estilo militar.

La Academia Militar se encontraba cerca de Viena, en la cima de una colina. Era un edificio amarillo: desde las ventanas del segundo piso se veía la parte antigua de la ciudad, sus calles rectas y ordenadas, y también el palacio de verano del emperador, los tejados de Schönbrunn y los paseos construidos en medio del enorme jardín de la Academia, lleno de árboles frondosos. En los pasillos blancos y abovedados, en las aulas, en el comedor, en los dormitorios, en todas partes estaba todo tan minuciosamente organizado que aquel lugar parecía el único del mundo donde todo estuviera en orden y en su sitio, todo lo que en la vida ordinaria es desordenado e inútil. Los profesores eran oficiales retirados. Todo olía a salitre. En cada dormitorio dormían treinta muchachos, treinta muchachos de la misma edad, en estrechas camas de hierro, al igual que el emperador. Encima de la puerta de entrada había un crucifijo con candelillas de sauce bendecidas. Por las noches, los dormitorios quedaban iluminados por una ligera luz azulada. Por las mañanas los despertaban con el sonido de los clarines; durante los meses de invierno el agua se helaba a veces en las palanganas. Entonces los ordenanzas llevaban agua caliente de las cocinas, en unas jarras enormes.

Estudiaban griego, balística, conducta ante el enemigo e historia. El muchacho estaba siempre pálido y tosía con frecuencia. El páter lo sacaba a pasear por Schönbrunn todas las tardes de otoño. Avanzaban despacio por los paseos y las avenidas. Había en el camino una fuente de piedra, cubierta de musgo verde y moho, de la que manaba un agua dorada por los rayos del sol. Paseaban por los caminos rectos, construidos entre los árboles podados, y el muchacho caminaba con la espalda recta, levantando la mano derecha, enguantada en blanco, para saludar a los viejos oficiales al estilo militar, reglamentario, de una manera un tanto rígida; ellos daban sus paseos todas las tardes, vestidos de gala, como si cada día estuvieran celebrando el cumpleaños del emperador. A veces, pasaba por su lado una señora con la cabeza descubierta que llevaba una sombrilla blanca de encaje, pasaba rápido y el páter se inclinaba ante ella. —La emperatriz —susurraba al muchacho.

El rostro de la señora era muy blanco, sus cabellos espesos y negros se recogían en una trenza triple que le rodeaba la cabeza. A tres pasos de distancia la seguía su dama de compañía, una señora vestida de negro que caminaba un tanto encorvada, como si estuviera cansada de andar con tanta prisa.

—La emperatriz —repetía el páter, en un tono muy devoto.

El muchacho miraba a la señora solitaria que iba casi corriendo por el camino del parque, como si huyera de algo.

—Se parece a mamá —dijo una vez el muchacho, porque se acordó del retrato que colgaba encima del escritorio, en el despacho de su padre.

—No digas eso: eso no se puede decir —respondió el cura castrense, muy serio.

Estudiaban desde la mañana hasta la noche, para saber lo que se podía decir y lo que no. En la Academia, donde estudiaban cuatrocientos muchachos, había un silencio parecido a la quietud de una bomba momentos antes de estallar. Había muchachos de todas partes, llegados de mansiones checas, de haciendas de Moravia, de castillos del Tirol, de casas solariegas de Estiria, de palacetes con postigos cerrados de las cercanías del Graben, de casas rurales húngaras: todos eran rubios, de nariz respingona y de manos blancas y lánguidas, todos tenían apellidos larguísimos, llenos de consonantes y con varias partículas, todos tenían título y rango, pero en la Academia todos tenían que dejar su identidad en el guardarropa, con su elegante indumentaria civil, confeccionada en Viena y en Londres, con su ropa interior hecha en Holanda. Solamente conservaban el primer apellido que distinguía a cada uno, a cada muchacho que aprendía lo que se podía decir y hacer y lo que no. Había entre ellos eslavos de frente estrecha, en cuya sangre se mezclaban todos los rasgos y características del Imperio; había aristócratas de diez años, lánguidos y con ojos azules, que miraban al vacío como si sus antepasados lo hubiesen visto todo, como si ya lo hubiesen mirado todo por ellos también; y hubo un conde del Tirol que se mató allí a los doce años, porque estaba enamorado de una prima hermana.

Konrád dormía en la cama contigua a la suya. Tenían diez años cuando se conocieron.

Era fornido pero delgado, como los muchachos de las razas muy antiguas, en cuyo cuerpo los huesos prevalecen sobre la carne. Era lento sin ser perezoso, como si calculara su propio ritmo a conciencia. Su padre era funcionario del Estado en Galitzia y había recibido por ello el rango de barón; su madre era polaca. Cuando el muchacho reía, le aparecía en las comisuras de la boca un rasgo típico, infantil, característico de los eslavos. Reía poco. Era callado y siempre estaba atento.

Convivieron con naturalidad desde el primer momento, como gemelos en el útero de su madre. Para ello no tuvieron que hacer ningún «pacto de amistad», como suelen los muchachos de su edad, cuando organizan solemnes ritos ridículos, llenos de pasión exagerada, al aparecer la primera pasión en ellos —de una forma inconsciente y desfigurada—, al pretender por primera vez apropiarse del cuerpo y del alma del otro, sacándole del mundo para poseerlo en exclusiva. Esto y sólo esto es el sentido del amor y de la amistad. La amistad entre los dos muchachos era tan seria y tan callada como cualquier sentimiento importante que dura toda una vida. Y como todos los sentimientos grandiosos, también contenía elementos de pudor y de culpa. Uno no puede apropiarse de una persona y alejarla de todos los demás sin tener remordimientos.

Ellos supieron, desde el primer momento, que su encuentro prevalecería durante toda su vida. El húngaro era alto, delgado y frágil: en aquella época lo examinaba el médico cada semana, puesto que sus educadores se preocupaban por sus pulmones. A petición del director de la Academia —un coronel moravo—, el guardia imperial viajó hasta Viena para consultar personalmente con los médicos. De todo lo que le dijeron los médicos, él solamente entendió una palabra, la palabra «peligro». El muchacho no está mal, no tiene ninguna enfermedad, decían, pero está predispuesto para la enfermedad. Peligro, repetían, así, en general. El guardia imperial se alojaba en una fonda llamada El Rey de Hungría, al lado de la catedral de San Esteban, en una calle contigua, oscura, donde ya su abuelo tenía la costumbre de hospedarse. Los pasillos estaban decorados con cornamentas de ciervos. Los criados saludaban al guardia imperial diciéndole: «Le beso la mano.» Alquiló dos habitaciones, dos habitaciones oscuras, abovedadas, llenas de muebles tapizados en seda amarilla. El muchacho se alojó con él durante aquellos días, convivieron en la fonda en la que estaban grabados los nombres de los huéspedes habituales encima de cada puerta, como si el edificio fuera un claustro mundano, para señores de la monarquía que viajaban solos. Por las mañanas paseaban en carroza por el Prater. Las mañanas eran ya frescas, pues estaban a primeros de noviembre. Por las noches iban al teatro, donde los actores exageraban sus papeles heroicos, gesticulaban, chillaban y se mataban, echándose sobre sus espadas. Después iban a cenar a un restaurante donde ocupaban una sala sólo para ellos, con varios camareros a su servicio. El muchacho convivía con su padre sin decir palabra, con la cortesía de un señor mayor, como si estuviera conteniendo algo, como si le estuviera perdonando algo.

—Dicen que es un peligro —observó el padre, más bien para sí, después de cenar, mientras prendía un puro gordo y negro—. Si quieres, puedes regresar a casa. Sin embargo, yo preferiría que no tuvieras miedo de ningún peligro.

—No tengo miedo de nada, padre —respondió el muchacho—. Lo único que quiero es que Konrád se quede siempre con nosotros. Su familia es pobre. Me gustaría que viniera a casa y que pasase el verano con nosotros.

—¿Es amigo tuyo? —preguntó el padre.

—Sí.

—Entonces es amigo mío también —dijo con seriedad.

Vestía frac y camisa de encaje: últimamente ya no se ponía el uniforme. El muchacho no decía nada, se sentía aliviado. Sabía que podía confiar en la palabra de su padre. Lo conocían por todos los sitios por donde pasaban en Viena, en todas las tiendas: en la guantería, en la camisería, en la sastrería, en todos los restaurantes donde los solemnes
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