Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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Sin embargo, el amigo no coge el cuaderno.

Sigue sentado, inmóvil, con la cabeza apoyada en las manos, mirando el pequeño diario atado con el lazo azul, con el sello estampado en el lacre igualmente azul. No se mueve, ni siquiera pestañea.

—¿Quieres que leamos el mensaje de Krisztina juntos?... —pregunta el general.

—No —responde Konrád.

—¿No quieres —pregunta el general, con frialdad y altivez, hablando como un superior— o no te atreves?

Se miran fijamente durante largos minutos, por encima del diario que el general ofrece a Konrád, sin que sus manos tiemblen.

—A esa pregunta —dice por fin el invitado— no voy a responder.

—Entiendo —dice el general. Su voz suena especialmente satisfecha.

Con un movimiento lento, arroja el libro a las brasas. Las brasas empiezan a arder, acogen a su víctima, absorben lentamente la materia del cuaderno, y unas pequeñas llamas se alzan entre las cenizas oscuras. Los dos observan inmóviles cómo empiezan a arder las llamas, cómo revive el fuego, cómo baila con alegría alrededor de su presa inesperada, cómo respira y cómo brilla; las llamas son cada vez más altas, el lacre sellado ya se ha derretido, el terciopelo amarillo arde con un humo acre, y como si una mano invisible tornara las páginas color marfil, aparece de improviso la caligrafía de Krisztina, con su letra alta y fina, escrita por una mano que ya no existe; las letras, el papel, el cuaderno entero se queman, se convierten en polvo y en ceniza, como la mano que escribió las páginas. Sobre las brasas sólo quedan ya las cenizas negras y sedosas, como raso de luto.

Contemplan las cenizas con atención, sin decir palabra.

—Ahora —dice el general— ya puedes responder a mi pregunta. No existe ya ningún testigo que te pueda contradecir. ¿Sabía Krisztina que ibas a matarme aquella mañana en el bosque? ¿Vas a responderme?...

—A estas alturas ya no voy a responder tampoco a esa pregunta —dice Konrád.

—Bien —dice el general, en tono apagado, casi indiferente.


19

El salón se ha quedado frío a su alrededor. Todavía no empieza a clarear; sienten el aire fresco de la madrugada que trae un perfume a tomillo por las ventanas medio abiertas. El general se frota las manos: tiene frío.

Ahora, en la penumbra de esta media hora que precede al alba, los dos parecen muy viejos. Amarillentos y huesudos, parecen unos esqueletos.

El invitado mueve la mano de repente, de manera mecánica, y mira su reloj de pulsera con ojos de miope.

—Creo —dice en voz muy baja— que ya hemos aclarado todo. Es hora de que me vaya.

—Si quieres irte —dice el general, muy cortés—, el coche te está esperando.

Se levantan los dos, con un movimiento reflejo se acercan a la estufa, se agachan, extienden sus manos huesudas y friolentas hacia los rescoldos. Sólo ahora se dan cuenta de que les ha entrado frío, de que están tiritando; la noche se ha puesto fría de repente, la tormenta que ha apagado las luces de la central eléctrica de la ciudad ha pasado sobre la mansión.

—Regresarás a Londres... —dice el general, como si estuviera hablando para sí.

—Sí —responde el invitado.

—¿Quieres vivir allí?

—Vivir y morir —responde Konrád.

—Claro —dice el general—. Naturalmente. ¿No quieres quedarte un día más? ¿Ver algo? ¿Encontrarte con alguien? No has visto la tumba. No has visto a Nini tampoco —dice, servicial.

Su voz suena insegura, como si estuviera buscando las palabras exactas para despedirse, sin encontrarlas. El invitado está tranquilo y responde también servicial.

—No —dice—. No quiero ver nada, ni a nadie. Dale recuerdos a Nini de mi parte —añade con educación.

—Gracias —responde el general. Se acercan a la puerta. El general pone la mano sobre el picaporte. Se quedan así, el uno frente al otro, con una pose social, ligeramente inclinados, listos para la despedida. Los dos miran a su alrededor, el salón donde —por lo menos así lo creen ahora— no volverán a entrar nunca más. El general mira otra vez a su alrededor con ojos de miope, parpadeando, como si estuviera buscando algo.

—Las velas —dice absorto, al ver los restos humeantes de las velas en los candelabros puestos en la repisa de la estufa—. Mira, las velas se han consumido.

—Dos preguntas —dice de repente Konrád, con voz apagada—, dijiste dos preguntas. ¿Cuál era la otra?...

—¿La otra?... —repite el general. Se inclinan el uno hacia el otro, como dos viejos cómplices que temen las sombras de la noche y también que las paredes oigan—. ¿La otra pregunta?... —repite en un susurro—. Si no has respondido a la primera... Mira —dice en voz muy baja—, el padre de Krisztina me acusó de haber sobrevivido. Se refería a haber sobrevivido a todo. Porque uno no solamente responde con su muerte, aun siendo ésta una buena respuesta. También es posible responder sobreviviendo a algo. Nosotros dos hemos sobrevivido a una mujer. Tú al marcharte lejos y yo al quedarme aquí. La sobrevivimos, con cobardía o con ceguera, con resentimiento o con inteligencia: el hecho es que la sobrevivimos. ¿No crees que tuvimos nuestras razones?... ¿No crees que al fin y al cabo le debemos algo, alguna responsabilidad de ultratumba, a ella, que fue más que nosotros, más humana, porque murió, respondiéndonos así a los dos, mientras que nosotros nos hemos quedado aquí, en la vida?... Y a esto no hay que darle más vueltas. Tales son los hechos. Quien sobrevive al otro es siempre el traidor. Nosotros sentíamos que teníamos que vivir, y a esto tampoco se le puede dar más vueltas, porque ella sí que murió. Murió porque tú te marchaste, murió porque yo me quedé pero no me acerqué a ella, murió porque nosotros dos, los hombres a quienes ella pertenecía, fuimos más viles, más orgullosos y cobardes, más ruidosos y silenciosos de lo que una mujer puede soportar, porque huimos de ella, porque la traicionamos, porque la sobrevivimos. Es la pura verdad. Y tienes que saberlo cuando estés allí, solo, en Londres, cuando todo se acabe y llegue tu última hora. Yo también lo tengo que saber, aquí, en esta mansión, y lo sé ya. Sobrevivir a alguien a quien se quiere tanto como para llegar al homicidio, sobrevivir a alguien por quien nos habríamos dejado matar por amor es uno de los crímenes más misteriosos e incalificables de la vida. Los códigos penales no reconocen este delito. Pero nosotros dos sí que lo hacemos —dice en voz muy baja, con sequedad—. También sabemos que pese a nuestra gran inteligencia, nuestro resentimiento, nuestra cobardía y nuestra vanidad no hemos sido capaces de salvaguardar nada para nosotros mismos, puesto que ella murió y nosotros estamos vivos, aunque los tres hayamos estado unidos, en nuestra vida y hasta en nuestra muerte. Esto es muy difícil de comprender, y si lo comprendes, inquieta todavía más. ¿Qué has pretendido al sobrevivir, qué has ganado con ello?... ¿Te has librado de situaciones penosas? ¿Qué importan las situaciones cuando se trata de la verdad de la vida, de que existe una mujer en el mundo con quien te unen unos lazos, y de que esta mujer es la esposa del amigo con quien estás unido igualmente?... ¿Qué importa lo que la gente piense de todo ello? Nada. Al fin y al cabo, el mundo no importa nada. Sólo importa lo que queda en nuestros corazones.

—¿Qué queda en nuestros corazones? —pregunta el invitado.

—La otra pregunta —responde el general, sin soltar el picaporte—. Y la otra pregunta se reduce a saber qué ganamos nosotros con toda nuestra inteligencia, con toda nuestra vanidad y con toda nuestra superioridad. La otra pregunta es si esa penosa atracción por una mujer que ha muerto no habrá sido el verdadero contenido de nuestras vidas. Ya sé que es una pregunta difícil. Yo no sé responder a ella. Lo he vivido todo, lo he visto todo, pero no sé responder a esa pregunta. He visto la paz y la guerra, he visto la miseria y la grandeza, te he visto cobarde y me he visto a mí mismo vanidoso, he visto la confrontación y el acuerdo. Pero en el fondo, quizás el último significado de nuestra vida haya sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien, el lazo o la pasión, llámalo como quieras. ¿Es ésta la pregunta? Sí, ésta es. Quisiera que me dijeras —continúa, tan bajo como si temiera que alguien estuviera a sus espaldas, escuchando sus palabras— qué piensas de esto. ¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es una pasión?... ¿Y que quizás no se concentre en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?... Tal es la pregunta. O puede ser que se concentre en una persona en concreto, la misma siempre, desde siempre y para siempre, en una misma persona misteriosa que puede ser buena o mala, pero que no por ello, ni por sus acciones ni por su manera de ser, influye en la intensidad de la pasión que nos ata a ella. Respóndeme, si sabes responder —dice elevando la voz, casi exigiendo.

—¿Por qué me lo preguntas? —dice el otro con calma—. Sabes que es así.

Se miran de hito en hito.

El general respira con dificultad. Abre la puerta. Las luces y las sombras bailan por la escalera. Bajan sin decir palabra, los criados salen a su encuentro, con velas, con el abrigo y el sombrero del invitado. Delante de la puerta de doble hoja se oye el ruido de las ruedas del coche sobre la gravilla blanca. Se despiden sin decirse nada, con un apretón de manos y haciéndose una profunda reverencia.


20
El general regresa a su habitación. Al final del pasillo lo espera la nodriza.

—¿Estás ya más tranquilo? —pregunta ella.

—Sí —responde el general.

Caminan juntos hacia el dormitorio. La nodriza anda con ligereza, con pasos cortos, como si se acabara de levantar, para empezar los quehaceres del alba. El general camina despacio, apoyándose en el bastón. Avanzan por el pasillo lleno de retratos. El hueco que indica el sitio del retrato de Krisztina hace que el general se detenga.

—El retrato —dice—, ya puedes volver a ponerlo en su sitio.

—Sí —dice la nodriza.

—No tiene ninguna importancia —le responde el general.

—Lo sé.

—Buenas noches, Nini.

—Buenas noches.

La nodriza se alza de puntillas, y con la mano pequeña, huesuda y de piel amarillenta, dibuja sobre la frente del anciano la señal de la cruz. Se dan un beso. Es un beso extraño, breve y peculiar: si alguien lo observara, seguramente sonreiría. Pero como cada beso humano, es también una respuesta —a su manera distorsionada y tierna— a una pregunta que no se puede formular con palabras.
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