Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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Pero no quería nada. Porque ella también era alguien, a su manera, a su manera femenina, y a ella también la habían herido quienes la amaban: uno porque huyó de la pasión, porque no quiso quemarse en sus fatales ataduras y el otro porque se enteró de la verdad, esperó y calló. Krisztina también tenía su carácter, en un sentido diferente de como lo interpretamos los hombres. También a ella le ocurrieron cosas en todos aquellos años, no solamente a ti y a mí. El destino nos había tocado y se había cumplido, y los tres lo tuvimos que afrontar. No la vi durante ocho años. No me llamó en ocho años. Hace unas horas, mientras te esperaba (para hablar de lo que tenemos que hablar, puesto que ya no nos queda mucho tiempo), me enteré de algo por la nodriza: me enteré de que en su agonía ella me llamaba a mí. No a ti... y esto no lo digo con agrado, pero tampoco con desagrado, tenlo bien en cuenta. Me llamaba a mí, y eso no es mucho, pero algo es... Sólo volví a verla tras su muerte. Estaba bellísima. Se había conservado joven, la soledad no la estropeó, la enfermedad no alteró su belleza peculiar, la armonía completa y seria del rostro de Krisztina. Aunque tú ya no tienes nada que ver con todo esto —dice con orgullo—. Tú estabas por ahí, por el mundo, y Krisztina murió. Y yo vivía en la soledad, en el resentimiento, y Krisztina murió. Ella nos respondió a los dos de la manera que pudo: ya ves, los muertos responden bien, de una manera definitiva; a veces pienso que sólo los muertos responden bien, de una manera inequívoca. Eso es lo que ha ocurrido. ¿Qué otra cosa habría podido decir, después de ocho años, aparte de morir?... Nadie puede decir más. Y así respondió a todas las preguntas que tú y yo le pudiéramos haber hecho, si ella hubiese querido hablar con cualquiera de los dos. Sí, los muertos responden bien. Sin embargo, fíjate, ella nunca quiso hablar con ninguno de los dos. A veces me da la sensación de que de los tres era ella la engañada, ella, Krisztina. No yo, a quien ella engañó contigo, ni tú, que me engañaste con ella... ¡Engaño! ¡Qué palabra! Hay palabras así, palabras determinadas, con las que definimos ciertas situaciones de una manera desalmada, mecánica. Sin embargo, cuando todo ha acabado ya, como ahora, pues para nosotros todo ha acabado ya, no podemos llegar muy lejos con palabras así. Engaño, infidelidad, traición: son simples palabras, sólo son palabras, mientras que la persona a quien nos referimos está muerta ya, mientras que la persona que tendría que responder sobre el verdadero significado de estas palabras ya ha respondido. Lo que no son palabras, sino la muda realidad, es que Krisztina ya está muerta y que nosotros dos estamos vivos. Cuando comprendí esto, ya era tarde. Ya no quedaba más que la espera y la venganza, y ahora que ha llegado el momento de la venganza y que la espera ha terminado, me doy cuenta con sorpresa de lo insignificante y vulgar que resulta todo lo que nos podemos contar, y confesar o mentir: uno no puede sino aceptar la realidad. Yo ya he aceptado la realidad. Y el fuego purificador del tiempo ha extraído de mis recuerdos toda la ira. Últimamente veo de nuevo a Krisztina, en sueños y despierto, la veo atravesar el jardín, delgada, con su sombrero florentino de ala ancha, con su vestido blanco, la veo llegar del invernadero, o murmurar a su caballo. Esta tarde la vi mientras te estaba esperando y me quedé dormido. La vi en el duermevela —dice avergonzado, como un viejo achacoso—. Vi imágenes de los viejos tiempos. Y comprendí también con la inteligencia lo que ya acepté hace mucho con el corazón: vuestra infidelidad, vuestro engaño, vuestra traición. Lo he aceptado todo, ¿qué más puedo decir?... Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido... Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso. Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga... Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado. Lo que el nuevo día te traiga, ya lo conoces de antemano: la primavera, el invierno, los paisajes, el clima, el orden de la vida. Ya no puede ocurrirte nada imprevisto: no te sorprende ni lo inesperado, ni lo inusual, ni siquiera lo horrendo, porque ya conoces todas las posibilidades, ya lo tienes todo visto y calculado, ya no esperas nada, ni lo bueno, ni lo malo... y esto precisamente es la vejez. Todavía hay algo vivo en tu corazón, un recuerdo, algún objetivo vital poco definido, te gustaría volver a ver a alguien, te gustaría decir algo, enterarte de algo, y sabes que llegará el día en que ya no tendrá tanta importancia para ti saber la verdad, ni responder a la verdad, como creíste durante las décadas de espera. Uno acepta el mundo, poco a poco, y muere. Comprende la maravilla y la razón de las acciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente... porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta? Como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de sí mismas. Sólo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconderse, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar observándolos, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren de verdad... Sí, un día llega la aceptación de la verdad, y eso significa la vejez y la muerte. Pero entonces tampoco esto duele ya. Krisztina me engañó, ¡qué frase más estúpida!... Y me engañó precisamente contigo, ¡qué rebeldía más miserable! Sí, es así, no me mires tan sorprendido: de verdad me da lástima. Más tarde, cuando me enteré de muchas cosas y lo comprendí y lo acepté todo (porque el tiempo trajo a la isla de mi soledad algunos restos, algunas señales significativas de aquel naufragio), empecé a sentir piedad al mirar al pasado, y al veros a vosotros dos, rebeldes miserables, mi esposa y mi amigo, dos personas que se rebelaban contra mí, atemorizadas y con remordimientos, consumidas por la pasión, que habían sellado un pacto de vida o muerte contra mí... ¡Pobres infelices!, pensé. Lo pensé muchas veces. Imaginaba los detalles de vuestros encuentros, en tu casa de las afueras, en esta pequeña ciudad, donde una cita secreta resulta casi imposible; os imaginaba encerrados, como si estuvierais en un barco; imaginaba vuestros encuentros en público, atormentados por un amor que no tenía ni un minuto de tranquilidad, un amor siempre vigilado sigilosamente por criados, ordenanzas y cuantos os rodeaban; vuestras maniobras temerosas para esconderos de mí, los cuartos de hora robados con el pretexto de montar a caballo, de ir a clase de música o de jugar al tenis, vuestros paseos por el bosque donde mis monteros vigilaban a los cazadores furtivos... imaginaba el odio que latía en vuestros corazones cuando pensabais en mí, cuando a cada paso, a cada instante, tropezabais con mi poder, con mi poder de esposo, de terrateniente, de gran señor, con mi poder social y económico, con mi ejército de criados, y con mi poder más implacable, casi absoluto: las limitaciones que os obligaban a saber, más allá de cualquier sentimiento de amor y de odio, que sin mí no podíais ni vivir ni morir completamente Erais unos amantes infelices, me pudisteis engañar, pero no me pudisteis evitar: por muy diferentes que fuerais vosotros dos, nosotros tres estábamos unidos de una manera determinante, como la estructura geométrica de los cristales. Y tus manos fallan la mañana en que me quieres matar, porque ya no puedes soportar más tantas carreras, tanto juego del escondite, tanta miseria... ¿qué puedes hacer? ¿Llevarte a Krisztina? Tienes que renunciar a tu posición, eres pobre y Krisztina también lo es, no podéis aceptar nada de mí, no puedes huir con ella, ni tampoco vivir con ella, no puedes casarte con ella, tenerla como amante significa un peligro de muerte, más todavía: debes tener siempre presente que en cualquier momento te puedes ver obligado a rendir cuentas del engaño y ser descubierto, temes rendirme cuentas a mí, precisamente a mí, tu amigo y hermano Esta situación de peligro no la puedes soportar durante mucho tiempo. Así que un día, cuando el instante está ya maduro, cuando se ha presentado ya ante nosotros de forma palpable, levantas el arma, y más tarde yo siento piedad por eso en varias ocasiones. Debe de ser una misión incómoda y pesada tener que matar a alguien con quien estamos vinculados —dice como de pasada—. No eres lo bastante fuerte para cumplir esa misión. O dejas pasar el instante y ya no puedes hacer nada. Porque también existe eso, el instante: el tiempo trae y se lleva las cosas, de manera arbitraria, y no somos sólo nosotros quienes ponemos nuestras acciones y sus circunstancias en el marco del tiempo. A veces ocurre que el instante trae una posibilidad, y esa posibilidad tiene su momento exacto, y si el instante pasa, ya no puedes hacer nada de nada. Tus manos se desploman con el arma. Y a la mañana siguiente te marchas al trópico.

Se mira con atención las yemas de los dedos y las uñas.

—Sin embargo, nosotros nos quedamos aquí —dice mientras continúa inspeccionándose, como si fuera lo más importante—, Krisztina y yo nos quedamos. Nos quedamos aquí, y todo se revela entre nosotros, de una manera regular e incomprensible, tal como un mensaje se transmite entre dos personas, mediante ondas, incluso aunque no haya entre nosotros ningún delator de secretos, ningún intermediario. Todo se revela, porque tú te has marchado, y porque nosotros nos hemos quedado aquí, vivos, yo también, porque tú has perdido el instante o porque el instante te ha perdido a ti, lo cual es lo mismo, y Krisztina porque de momento no puede hacer otra cosa, tiene que esperar, quizás sólo quiere comprobar si los dos guardamos correctamente silencio, tú y yo, los dos hombres con quienes ella tiene que ver, y que se han apartado de su camino; espera para conocer y comprender el verdadero significado de tales silencios. Y entonces muere. Pero yo me quedo aquí, y lo sé todo, aunque hay algo que no sé. Por eso tengo que vivir, por eso tengo que esperar la respuesta. Y ahora ha llegado el instante de saber la respuesta a mi pregunta. Respóndeme, por favor: ¿sabía Krisztina que tú ibas a matarme aquella mañana, en la cacería?

Lo pregunta con objetividad y comedimiento, pero con tanto interés y tanta tensión en la voz como los que manifestaría un niño al pedir a los adultos una explicación sobre los secretos del mundo intangible de los astros.
18

El invitado no se inmuta al oír la pregunta. Permanece sentado, con la cabeza apoyada en las manos, los codos en los brazos del sillón. Suspira profundamente, se inclina hacia delante, se pasa una mano por la frente. Se dispone a responder, pero el general le interrumpe.

—Lo siento —dice—. Ya ves que te lo he preguntado —continúa, como disculpándose—. Tenía que preguntártelo, y ahora que lo he hecho, tengo la sensación de haberlo hecho mal, de haberte creado una situación incómoda, porque quieres responder, quieres decir la verdad y yo no te he formulado correctamente la pregunta. Mi pregunta suena como si fuera una acusación. No niego que he tenido la sospecha, en las pasadas décadas, de que aquel instante en el bosque, durante la cacería, no fue solamente un instante casual, debido a una idea repentina, una simple ocasión, un instante inspirado por el mundo inferior: me atormenta la sospecha de que a aquel instante lo precedieron otros momentos, llenos de cordura, momentos totalmente diurnos. Porque Krisztina, al enterarse de que habías huido, dijo: «Era un cobarde», eso es lo único que dijo, fue lo último que yo oí de su boca, su último juicio verbal sobre ti. Y yo me quedo solo, con estas palabras. Cobarde, ¿para qué?, me pregunto mucho más tarde. Cobarde ¿en qué sentido? ¿Para vivir? ¿Para vivir los tres juntos, para vivir vosotros dos por separado? ¿Cobarde para morir? ¿Cobarde porque no se ha atrevido ni ha querido vivir ni morir con Krisztina?... Se me ocurren todas estas preguntas. O bien cobarde para otra cosa, no para vivir ni para morir, no para huir ni para traicionar, no para quitarme a Krisztina ni para renunciar a Krisztina, sino simplemente cobarde para cometer un acto muy sencillo, punible desde el punto de vista de la ley, algo que han planificado ellos dos, mi esposa y mi mejor amigo. ¿Cobarde porque aquel plan no se ha cumplido?... Eso es todo lo que yo querría saber en la vida, ésa es mi pregunta. Sin embargo, hace un momento no la he formulado bien, por eso te he interrumpido al ver que te disponías a responder. Porque esa respuesta no tiene la menor importancia para la humanidad ni para el universo, pero es muy importante para mí, la única persona en el mundo que quiere saber (ahora que la mujer que te acusó de cobardía ya es polvo y ceniza), que quiere saber en qué fuiste cobarde. Porque si la respuesta a esta pregunta pone fin a mis especulaciones, conoceré por fin la verdad. Vivo entre el todo y la nada desde hace cuarenta y un años, y no hay ninguna otra persona que me pueda ayudar, solamente tú. Y no me gustaría morir así. Habría sido mejor, más digno de un hombre, si no hubieras sido un cobarde, en aquel instante, hace cuarenta y un años, como constató Krisztina; habría sido más humano si una bala hubiera acabado lo que el tiempo no ha podido arreglar: la duda de saber si habíais tramado un plan contra mí, para matarme, y si tú, al final, fuiste demasiado cobarde para ejecutarlo. Eso es lo que quiero saber. Todo lo demás son palabras, mentiras e imaginaciones: traición, amor, conspiración, amistad, todo carece de importancia en comparación con esta pregunta, todo lo demás se difumina bajo la intensa luz de esta pregunta, todo palidece, como los muertos o los retratos pintados, cuando los envuelven las sombras del tiempo. Ya no me interesa ni quiero saber nada sobre la verdadera naturaleza de vuestra relación, no quiero conocer los detalles, no quiero saber el porqué ni el cómo. Entre dos personas, un hombre y una mujer, las cuestiones relativas al porqué y al cómo resultan siempre miserablemente idénticas. Son ecuaciones demasiado sencillas. Todo ocurre siempre porque sí, y de la manera que tiene que ocurrir, de la manera que puede ocurrir, ésa es la verdad. No vale la pena indagar los detalles, cuando ya todo ha terminado. Pero en lo esencial, en lo verdadero, sí que vale la pena indagar, porque si no, ¿para qué he vivido? ¿Para qué he estado soportando estos cuarenta y un años? ¿Para qué te he estado esperando? Porque no te he estado esperando como el hermano espera al hermano infiel, como el amigo espera al amigo fugitivo, no; te he esperado como el juez y como la víctima, reunidos en una sola persona, esperan al acusado. Y ahora que tengo delante de mí al acusado, le pregunto y él se dispone a responder. Pero... ¿acaso he formulado bien la pregunta? ¿Acaso he dicho todo lo que tiene que saber él, el delincuente y acusado, si quiere responder diciendo la verdad? Vas a ver que Krisztina ha respondido, y no sólo con su muerte. Un día, varios años después de su muerte, encontré aquel diario encuadernado en terciopelo amarillo que yo había buscado en vano en el cajón de su escritorio la noche siguiente a la cacería, una noche muy memorable para mí. Esa noche, el diario no apareció, tú te marchaste al día siguiente, y yo no volví a hablar con Krisztina. Más tarde Krisztina murió, y tú vivías lejos, y yo vivía aquí, en la mansión, adonde regresé después de la muerte de Krisztina, porque quería vivir y morir en la casa donde había nacido, donde habían nacido, vivido y muerto mis antepasados. Todo esto es así porque las cosas responden a un orden, y este orden es ajeno a nuestra voluntad. Al mismo tiempo, el diario de terciopelo amarillo también vivía su propia vida misteriosa, a nuestro lado y por encima de nosotros, aquel diario peculiar, «El libro de la sinceridad», aquel cuaderno de confesiones, de confesiones incondicionadas sobre los amores, las dudas, los miedos de Krisztina, sobre su ser oculto. Ese diario vivía su propia vida y yo lo encontré, más tarde, mucho más tarde, entre las pertenencias de Krisztina, en una caja donde guardaba el retrato de su madre, pintado en una placa de marfil, el anillo de sello de su padre, un tallo seco de orquídeas que yo le había regalado y el diario amarillo, atado con un lazo azul. El lacre del lazo estaba sellado con el anillo. He aquí el diario —dice el general, lo saca del bolsillo, y se lo ofrece al amigo—. He aquí lo que queda de Krisztina. Yo no lo he abierto, porque no encontré ninguna autorización escrita: ella no había dejado ningún manual de instrucciones adjunto a este objeto de su herencia; ni siquiera pude averiguar si este diario, este mensaje, esta confesión desde el más allá estaba destinado a mí o a ti. Es probable que este diario contenga la verdad, puesto que Krisztina nunca mentía —añade con seriedad y respeto.
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«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






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