Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






descargar 398.76 Kb.
títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
página11/13
fecha de publicación06.06.2016
tamaño398.76 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   13

Mira el fuego.

—Así éramos, por temperamento —prosigue—. Poco a poco comprendí una parte de lo que había ocurrido. Por un lado estaba la música. Hay ciertos elementos fatales en la vida de las personas que vuelven una y otra vez, como la música. Entre mi madre, Krisztina y tú, estaba la música como aglutinante. Probablemente la música os decía algo, algo imposible de expresar con palabras o con acciones, y probablemente os decíais algo con la música, y ese algo que la música expresaba para vosotros de manera absoluta, nosotros, los diferentes, mi padre y yo, no lo comprendíamos. Por eso nos sentíamos unos solitarios entre vosotros. A ti te hablaba la música y a Krisztina también, y así hablabais entre vosotros dos, incluso cuando entre Krisztina y yo ya se había extinguido toda clase de conversación. Odio la música —dice con voz más elevada y ronca: la primera vez en toda la noche que sus palabras delatan una emoción—. Odio ese lenguaje armonioso, incomprensible para mí, que ciertas personas utilizan para charlar, para decirse cosas inefables que no responden a regla alguna, ni a ninguna ley: sí, a veces pienso que todo lo que se expresa a través de la música es maleducado e inmoral. Cómo se transforman los rostros cuando están escuchando música. Krisztina y tú no perseguíais la música, no recuerdo que tocarais juntos, a cuatro manos, y nunca tocaste nada para Krisztina al piano, por lo menos en mi presencia. Parece que el pudor y el tacto impidieron que Krisztina escuchara música junto a ti en mi presencia. Y como la música no tiene ningún significado que se pueda expresar con palabras, probablemente tenga algún otro significado, más peligroso, puesto que puede hacer que las personas se comprendan, las que se pertenecen no sólo por sus gustos musicales, sino también por su estirpe y su destino. ¿No crees?

—Sí que lo creo —responde el invitado.

—Eso me tranquiliza —dice en tono educado—. El padre de Krisztina también lo creía así, y él entendía de música. El fue la única persona con quien hablé una vez, una sola vez, de todo esto, de la música, de ti y de Krisztina. Era ya muy viejo por aquel entonces, murió poco tiempo después de nuestra conversación. Yo acababa de volver de la guerra. Krisztina había muerto diez años antes. Habían muerto o desaparecido todas las personas que de verdad me importaban: mi padre, mi madre, tú y Krisztina. Sólo vivían los dos viejos: la nodriza Nini y el padre de Krisztina, con esa indiferencia y esa fuerza que caracterizan a los viejos, con esa determinación incomprensible... con que nosotros estamos viviendo ahora. Habían muerto todos y yo no era ya joven, estaba cerca de los cincuenta, y era tan solitario como ese árbol, en medio del prado, ese que se quedó solo cuando la tormenta acabó con la mitad del bosque, el día antes de estallar la guerra. Sólo quedó en pie ese árbol, en medio del prado, cerca de la casa del bosque. De esto hace ya un cuarto de siglo y desde entonces ha crecido otro bosque en los alrededores. Pero ese árbol es de los de antes, y una pasión que se llama tormenta en la naturaleza acabó con todo a su alrededor, con todo lo que le pertenecía. Ya ves, pese a todo, el árbol sigue vivo, hasta hoy, con una fuerza inmensa, irracional. ¿Por qué, para qué?... Para nada. Quiere seguir viviendo. Se diría que la vida, todo lo vivo, no tiene más razón de ser que seguir viviendo mientras puede, e ir renovándose siempre, de manera continua. Así que al volver de la guerra tuve una conversación con el padre de Krisztina. ¿Qué sabía él de nosotros tres? Lo sabía todo. Y yo se lo conté todo, sólo a él, todo lo que valía la pena de contarse. Estábamos sentados en el salón, a oscuras, entre muebles viejos e instrumentos de música antiguos; los estantes, los armarios, todo estaba lleno de partituras; la música dulce, apresada en las notas, la música estridente y chillona, impresa en los cuadernos, toda una parte de la historia de la música se hallaba presente, escrita en las partituras, en aquella sala donde todo olía a viejo, como si la vida humana allí transcurrida careciera ya de contenido... El viejo me escuchó y sólo me hizo la siguiente reflexión: «¿Y qué quieres? Has sobrevivido.» Lo dijo como si se tratara de una sentencia. También como una acusación. Miraba delante de sí, con sus ojos miopes, hacia las sombras: era ya muy mayor, había pasado de los ochenta. Entonces comprendí que quien sobrevive a algo no tiene derecho a levantar ninguna acusación. Quien sobrevive ha ganado su propio juicio, no tiene ningún derecho ni ninguna razón para levantar acusación alguna: ha sido el más fuerte, el más astuto, el más agresivo. Como nosotros dos —dice sin más.

Se miran, se escrutan.

—Después murió él también, el padre de Krisztina —prosigue—. Solamente quedabais la nodriza y tú, en algún lugar del mundo, esta mansión y este bosque. Y yo, que he sobrevivido incluso a la guerra —repite con satisfacción—. No buscaba la muerte, no iba a su encuentro: ésa es la verdad, no tiene sentido que te diga otra cosa. Parece que todavía me quedaba algo por hacer —añade abstraído—. La gente moría a mi alrededor, he visto todas las facetas de la muerte, a veces observaba admirado las muchas formas que adopta la destrucción, porque la muerte también tiene mucha imaginación, al igual que la vida. Diez millones de personas murieron en la guerra, según los cálculos. Se había incendiado el mundo, y ardía con tantas llamas y tanto humo que uno pensaba a veces que allí arderían todas las dudas personales, todos los problemas, todas las pasiones... Pero no fue así. Yo sabía, incluso en medio de las mayores miserias humanas, que todavía tenía algo personal que hacer, y por eso no fui ni cobarde ni valiente, en el sentido más banal de estas dos palabras, sino que me mantuve sereno, en medio de los ataques y de las batallas, porque sabía que no me podía ocurrir nada. Y un día regresé de la guerra y me dispuse a esperar. El tiempo pasó, el mundo volvió a incendiarse... Pero sé que se trata del mismo fuego, que ahora arde con más frenesí que antes... Y en mi alma sigue ardiendo la misma pregunta, una pregunta que no han podido apagar ni el tiempo transcurrido ni las cenizas de dos guerras. Ahora el mundo está ardiendo otra vez, mueren millones de personas, y tú has encontrado el camino, en medio de este mundo enloquecido, para regresar desde la otra orilla, para dar fin a los asuntos que desde hace cuarenta y un años estaban sin terminar. Así de poderosa es la naturaleza humana: uno no puede vivir de otra manera, tiene que hallar dentro de sí y obtener de los demás la respuesta a la pregunta que reconoce como la auténtica y verdadera pregunta de su vida. Por eso has regresado y por eso te he esperado. Quizás el mundo se acabe —dice en voz baja, señalando a su alrededor—. Quizás las luces del mundo se apaguen, como esta noche se han apagado en la ciudad; quizás ocurra una catástrofe natural, mayor aún que una guerra, quizás haya madurado algo en el alma de los seres humanos, en el mundo entero, y se esté ya discutiendo y arreglando, a sangre y fuego, todo lo que hay que discutir y que arreglar. Hay muchas señales que así lo indican. Es posible que sea así... —dice, como constatándolo—. Es posible que la forma de vida que nosotros hemos conocido, en la cual hemos nacido, es posible que esta casa, esta cena, sí, incluso estas palabras son las que esta noche estamos esclareciendo la pregunta de nuestra vida, es posible que todo esto sea ya cosa del pasado. Existe demasiada tensión en los corazones humanos, demasiada pasión, demasiado deseo de venganza. Miremos dentro de nuestros corazones: ¿qué es lo que encontramos? Pasiones que el tiempo sólo ha conseguido atenuar, pero no apagar. ¿Con qué derecho esperamos algo distinto del mundo, de los demás? Nosotros dos, sabios y viejos, ya al final de nuestra vida, también deseamos la venganza... ¿la venganza contra quién? Del uno contra el otro, o de los dos contra el recuerdo de alguien que ya no existe. Qué pasiones más estúpidas. Y sin embargo, están vivas en nuestros corazones. ¿Con qué derecho esperamos, pues, otra cosa que un mundo lleno de inconsciencia, de deseos, de pasiones y de agresividad, donde unos jóvenes afilan sus cuchillos contra jóvenes de otras naciones, donde unos desconocidos despellejan a otros desconocidos, donde ya no es válido nada de lo que antes importaba, donde solamente arden las pasiones, y sus llamas se elevan hasta el cielo?... Sí, la venganza. Yo regresé de la guerra, donde habría tenido ocasión de perecer, y no perecí porque anhelaba la venganza. ¿Cómo?, preguntarás. ¿Qué venganza?... Veo en tu expresión que no entiendes este afán mío de venganza. ¿Qué venganza puede haber entre dos viejos a quienes ya sólo les espera la muerte?... Han muerto todos, ¿qué sentido tiene entonces la venganza?... Esto es lo que pregunta tu mirada. Y yo te respondo y te respondo así: sí, la venganza, contra todo y contra todos. Esto es lo que me ha mantenido con vida, en la paz y en la guerra, durante los últimos cuarenta y un años, y por eso no me he matado, y por eso no me han matado, y por eso no he matado a nadie, gracias a la vida. Y ahora la venganza ha llegado, como yo quería. La venganza se resume en esto: en que hayas venido a mi casa; a través de un mundo que está en guerra, a través de unos mares llenos de minas has venido hasta aquí, al escenario del crimen, para que me respondas, para que los dos conozcamos la verdad. Esta es la venganza. Y ahora me vas a responder.

Estas últimas palabras las ha dicho en voz baja y el invitado se inclina hacia delante, para escucharlas bien.

—Puede ser —dice—. Puede que tengas razón. Pregúntame. Quizás sepa responderte.

La luz de las velas tiembla sin fuerza; en el jardín, entre los árboles, corre la brisa del alba. El salón está casi a oscuras.
17
—Me vas a responder a dos preguntas —dice el general, inclinándose también hacia delante: habla casi entre susurros, de una manera confidencial—. A dos preguntas que tengo planteadas desde hace décadas, desde que te espero. A dos preguntas a las que solamente tú puedes responder. Ya veo que crees que quiero preguntarte si aquella mañana, en la cacería, tuviste de verdad intención de matarme, o si sólo fue imaginación mía. Al fin y al cabo, no ocurrió nada. Incluso el instinto del mejor de los cazadores puede fallar. Veo que también crees que la otra pregunta sonaría así: ¿fuiste amante de Krisztina? ¿Me has engañado tú y me ha engañado ella, en el sentido más real, vulgar y miserable de la palabra? Pues no, amigo mío, estas dos preguntas ya no me interesan. A estas dos preguntas ya has respondido, ha respondido el tiempo y ha respondido Krisztina también, a su manera. Todo el mundo ha respondido ya a estas preguntas; tú al huir de la ciudad al día siguiente de la cacería, al huir de nosotros, del ejército, traicionando la bandera, como se decía antes, cuando la gente todavía creía en el verdadero significado de las palabras. No te formulo esta pregunta, porque sé con absoluta seguridad que aquella mañana tu intención fue matarme. No te lo digo como una acusación, más bien me das pena. Debe de ser terrible el momento en que, en la vida de un hombre, se presenta la tentación, en que este hombre levanta su arma para matar al otro, a alguien con quien tiene que ver, a alguien a quien está atado íntimamente, y a quien por alguna razón tiene que matar. Porque eso fue lo que te ocurrió en aquel instante. ¿No lo niegas?... ¿Callas?... No distingo tu rostro entre las sombras... pero ya no tiene sentido pedir más velas: ahora que ya ha llegado el momento, el momento de la venganza, nos conocemos y nos comprendemos hasta en las sombras. Terminemos, pues, cuanto antes. Nunca, ni por un segundo, dudé, durante las pasadas décadas, de que tu intención fuera matarme, y nunca dejé de compadecerte por ello. Sé exactamente lo que sentiste, como si yo hubiera vivido y sentido por ti aquella situación, aquel instante de terrible tentación. Fue un momento de delirio, el momento del alba, cuando las fuerzas del reino inferior son todavía poderosas en el mundo y en los corazones humanos, cuando la noche todavía suspira con toda su maldad. Es un momento lleno de peligros. Lo conozco bien. Pero ya ves, todo esto suena ahora como un informe policial... ¿qué quieres que haga con esta verdad judicial, qué con unos datos que ya conozco en mi corazón y en mi cerebro?... ¿Qué puedo hacer con los secretos corrompidos de una casa de soltero, con la podredumbre de un adulterio, con los viejos secretos de alcobas de aire viciado, con los recuerdos de unos ancianos muertos o a punto de morirse? ¿Qué juicio falso y vergonzoso se incoaría si te pidiera cuentas ahora, al final de nuestra vida, sobre lo que pueda conocerse como dato probable de un adulterio, de un intento de asesinato, si tratara de sonsacarte una confesión ahora, cuando ya incluso las leyes dictaminan que ha prescrito lo que ocurrió o lo que habría podido ocurrir?... Sería vergonzoso, indigno de ti y de mí, indigno del recuerdo de nuestra infancia y juventud, de nuestra amistad. Quizás para ti sería un alivio contar lo que se pueda contar. No quiero que sientas alivio —dice con calma—. Quiero la verdad, y la verdad ya no son para mí los hechos polvorientos, ni los secretos de las pasiones y equivocaciones de un cuerpo de mujer, ya muerto y convertido en polvo... ¿qué importancia tiene ya todo esto para nosotros, para el marido y para el amante, ahora que ya no existe ese cuerpo, ahora que ya somos unos ancianos, ahora que intentamos aclarar algunas cuestiones, saber la verdad, para, a continuación, encaminarnos hacia la muerte, yo aquí, mezclando mis huesos con los de mis antepasados, y tú allá, en algún remoto lugar del mundo, en las afueras de Londres o en el trópico? ¿Qué importan, al final de la vida, la verdad y la mentira, el engaño, la traición, el intento de asesinato o el asesinato mismo, qué importa dónde, cuándo y cuántas veces me engañó contigo, con mi mejor amigo, mi esposa, el único y verdadero amor de mi vida, mi única y gran esperanza, Krisztina?... Me confesarías la verdad, la triste y deleznable verdad, me lo confesarías todo, me contarías cómo empezó, qué mezcla de celos, envidias, miedos y tristezas os espoleó hasta que acabasteis abrazados, me contarías lo que sentías cuando la tenías entre tus brazos, me contarías lo que Krisztina sentía en su cuerpo y en su alma en aquellos años, una mezcla de venganza y de culpa... ¿y qué importaría? Al final es todo tan sencillo... todo lo que fue y lo que pudo haber sido. Todo se convierte en polvo y en ceniza, incluso los hechos. Todo lo que nos quemaba el corazón, de tal manera que creíamos que no podríamos soportarlo y que moriríamos por ello, o que mataríamos a alguien; yo también conozco esos sentimientos, yo también conocí los momentos de la tentación, poco después de que te marcharas y yo me quedara a solas con Krisztina; y luego todo esto se convierte en polvo y en ceniza, se vuelve tan ligero como el polvo que alfombra los caminos de los cementerios. Sería una vergüenza, una tontería hablar de ello. Además, lo sé todo, con todos los detalles, y con la exactitud de un informe policial. Te podría recitar todo el sumario, como el ministerio fiscal en el juicio: ¿y entonces qué?... ¿Qué hago con la verdad escueta, con los secretos de un cuerpo que ya no existe? ¿Qué significa la fidelidad, qué esperamos de la persona a quien amamos? Yo ya soy viejo, y he reflexionado mucho sobre esto. ¿Exigir fidelidad no sería acaso un grado extremo de la egolatría, del egoísmo y de la vanidad, como la mayoría de las cosas y de los deseos de los seres humanos? Cuando exigimos a alguien fidelidad, ¿es acaso nuestro propósito que la otra persona sea feliz? Y si la otra persona no es feliz en la sutil esclavitud de la fidelidad, ¿amamos a la persona a quien se la exigimos? Y si no amamos a esa persona ni la hacemos feliz, ¿tenemos derecho a exigirle fidelidad y sacrificio? Ahora, al final de mi vida, ya no me atrevería a responder a estas preguntas, si alguien me las formulase, de la misma forma inequívoca que hace cuarenta y un años, cuando Krisztina me abandonó en aquella casa, la tuya, donde había estado antes en muchas ocasiones, y donde tú habías acumulado todo para recibirla, donde las dos personas con quienes estaba yo más vinculado me engañaban y me traicionaban de una manera vergonzosa, vulgar, de una manera... aburrida, sí, así lo llamaría ahora... Así fue —dice como de pasada, en un tono neutral, casi aburrido—. Todo eso que la gente llama «engaño», esa rebelión triste y aburrida de los cuerpos hacia una situación y hacia una tercera persona, resulta terriblemente insignificante, casi penoso, si lo miramos desde la distancia del tiempo, al final de nuestra vida; algo parecido a un accidente o a un malentendido. Claro que entonces yo no lo veía así. Me encontraba allí, en aquella casa clandestina, observando los indicios y las pruebas del delito, mirando los muebles, el sofá cama... cuando uno es joven y se entera de que su esposa le engaña con su único amigo, un amigo más íntimo que un hermano, naturalmente imagina que el mundo se derrumba a su alrededor. Cree que ha de ser así, porque los celos, el desengaño, la vanidad pueden hacer mucho daño, causar un inmenso dolor. Más tarde, todo pasa... pasa de una manera incomprensible; no de un día para otro, no, la ira no disminuye con los años, pero al final pasa, de la misma manera que la vida. Yo regresé a casa, fui a mi habitación, y allí me quedé, esperando a Krisztina para matarla, o para que me dijera la verdad y así perdonarla... bueno, esperaba algo. Esperé hasta la noche, y entonces me fui a la casa del bosque, porque ella no llegaba. Quizás fuera infantil... ahora que miro hacia atrás, ahora que intento juzgarme a mí y a los demás, me doy cuenta de que aquella vanidad, aquella espera y aquel aislamiento eran infantiles. Pero, en fin, así es el hombre, que incluso siendo inteligente y experimentado puede hacer muy poco en contra de su naturaleza y de sus obsesiones. Así que ya lo sabes tú también. Me fui a la casa del bosque que tú tan bien conoces y no volví a ver a Krisztina durante ocho años. Sólo volví a verla cuando ya había muerto, la mañana que Nini mandó que me dijesen que ya podía regresar a casa, porque ella había muerto. Yo sabía que estaba enferma y que la trataban los mejores médicos: se alojaron aquí, en la mansión, durante meses, e hicieron de todo por salvarla; decían: «Hemos hecho todo lo posible, todo lo que los avances de la medicina nos han permitido». Pura palabrería. Seguramente hicieron lo que sus conocimientos defectuosos les permitían, lo que su desfachatez y su vanidad les permitían. A mí me informaban de lo que ocurría en la mansión, cada noche, durante aquellos ocho años; al comienzo, cuando Krisztina todavía estaba bien, y también al final, cuando decidió caer enferma y morir. Estoy convencido de que estas cosas se pueden decidir, ahora ya lo sé con absoluta certeza. Sin embargo, no pude ayudar a Krisztina, porque se interponía un secreto entre los dos, el único secreto que no se puede perdonar, un secreto que no conviene desvelar antes de tiempo, porque no se sabe lo que puede esconder. Hay algo peor que la muerte, peor que el sufrimiento... y es cuando uno pierde el amor propio. Por eso temía ese secreto, ese secreto que era de Krisztina, tuyo y mío. Hay algo que duele, hiere y quema de tal manera que ni siquiera la muerte puede extinguirlo: y es cuando una persona, o dos, hieren ese amor propio sin el cual ya no podemos vivir una vida digna. Simple vanidad, dirás. Sí, simple vanidad... y sin embargo, esa dignidad es el contenido más profundo de la vida humana. Por eso temía ese secreto. Por eso somos todos capaces de conformarnos con cualquier cosa, con cualquier arreglo, incluso con el más vil y cobarde; mira a tu alrededor, y encontrarás las mismas soluciones a medias entre los seres humanos: uno se marcha, se aleja de la persona o de las personas que ama, atemorizado por un secreto, y otro se queda, calla y espera una respuesta durante una eternidad... Eso lo he visto y lo he vivido yo. No es cobardía, no... es una defensa, la última defensa del instinto humano por sobrevivir. Volví a casa, esperé hasta la noche, luego me fui a la casa del bosque, y estuve esperando una señal, una palabra, un mensaje, durante ocho años. Pero Krisztina no vino. De la casa del bosque hasta esta mansión hay dos horas de viaje en coche. Sin embargo, estas dos horas, estos veinte kilómetros, significaban para mí una lejanía mayor, tanto en el tiempo como en el espacio, de lo que pudo ser para ti el trópico. Así soy yo por naturaleza, así me educaron, así ocurrió todo. Si Krisztina me hubiese mandado un mensaje, cualquier mensaje, se habría cumplido su voluntad. Si ella hubiese deseado que te trajera otra vez, yo te habría buscado por todo el mundo para traerte. Si ella hubiese deseado que te matara, te habría buscado por todo el mundo para matarte. Si me hubiese pedido el divorcio, se lo habría concedido.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   13

similar:

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconLa mujer justa, adaptación teatral de la novela homónima de Sándor Márai

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconGustavo Adolfo Domínguez Bastida nació en Sevilla (Andalucía), el...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconSusana Lozano nació en Madrid en el año 63. Aficionada a la ópera...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconFriedrich W. Nietzsche (1844-1900) nació en Röcken, cerca de Leipzig,...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconTodo Comenzó en el verano del 2010 cuando una chica llamada Camila...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconViaje a polonia, visitando francia, alemania, austria e italia

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconViaje a polonia, visitando francia, alemania, autria e italia

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconEn Bélgica, Francia, España, Alemania, Estados Unidos, Brasil y Perú

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconAlex Dorfsman 1977, Ciudad de México. Vive y trabaja en la Ciudad...

Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia iconHacia una poética del exilio/ Angelina Muñiz-Huberman. Biblioteca Virtual Cervantes. En línea
«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






© 2015
contactos
l.exam-10.com