Sándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia






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títuloSándor Márai nació el año 1900 en Kassa, una pequeña ciudad húngara que hoy pertenece a Eslovaquia. Pasó un periodo de exilio voluntario en Alemania y Francia
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Habla como un narrador amable y cordial; como si estuviera relatando los detalles más interesantes de una antigua historia repleta de anécdotas, para entretener al amigo llegado del extranjero, de un tiempo y un espacio lejanos.

Konrád lo escucha sin moverse. Deja el puro apagado en el borde de la bandeja de cristal, cruza los brazos y se queda así, inmóvil, en postura rígida y correcta, como un militar que tiene una conversación amistosa con un superior.

—Entró y se detuvo en la puerta —dice el general—. Venía de casa, sin sombrero, ella misma había conducido el calesín. «¿Se ha ido?», preguntó. Su voz parecía rara, como si estuviera ronca. Le dije por señas que sí, que te habías marchado. Krisztina se quedó allí, inmóvil en la puerta, y creo que nunca la había visto tan bella como en aquel momento. Su rostro estaba muy pálido, como el de los heridos que han perdido mucha sangre, sólo sus ojos brillaban febriles, como la noche anterior, cuando entré y ella estaba leyendo aquel libro sobre el trópico. «Ha huido», dijo después, sin esperar ninguna réplica, para sí, como afirmándolo y constatándolo. «Era un cobarde», añadió con indiferencia.

—¿Eso dijo? —pregunta el invitado, y se mueve: modifica su postura de estatua y carraspea.

—Sí —dice el general—. No dijo nada más. Yo tampoco le pregunté. Nos quedamos allí, de pie, sin decir palabra. Después, Krisztina miró a su alrededor, observó los muebles uno por uno, las pinturas, las obras de arte. Yo estaba pendiente de aquellas miradas. Miraba las cosas como si estuviera despidiéndose de ellas. Las miraba como quien las conoce y se despide de ellas. Ya sabes, se puede mirar una habitación llena de cosas de dos maneras: como cuando la ves por primera vez y la quieres conocer, y como cuando te despides de ella. La mirada de Krisztina no tenía nada de la curiosidad de la primera vez. Su mirada repasaba la habitación con tranquilidad, con conocimiento, como si contemplara su propia casa, donde sabía el sitio de cada cosa. Sus ojos brillaban febriles, como si estuviera enferma, y al mismo tiempo estaban extrañamente nublados. Hacía gala de un extraño dominio y no decía nada, pero a mí me daba la sensación de que había rebasado sus propios límites, los límites seguros de su vida, y que estaba próxima a perderse, a perderte y a perderme. Habría bastado la menor mirada, un gesto inesperado, para que Krisztina hiciera o dijese algo irremediable... Miraba los cuadros, con tranquilidad, sin ningún interés, como cuando se mira algo que se ha visto muchas veces, algo que se conoce, y lo miraba para despedirse. Miró el sofá cama con expresión miope, parpadeando con altivez, y durante un segundo entornó los ojos. Luego dio media vuelta y se fue como había llegado, sin decir palabra. No la seguí. Vi por la ventana abierta que cruzaba el jardín. Pasó al lado de los rosales, las rosas estaban en flor. Subió al calesín que la aguardaba junto a la verja, tomó las riendas y se fue. El coche desapareció en un instante por el fondo de la calle.

Se calla y mira a su invitado.

—¿No te estoy cansando? —pregunta con cortesía.

—No —responde Konrád, carraspeando—. En absoluto. Sigue contando.

—Quizás lo estoy contando con demasiados detalles —dice para disculparse—. Pero no se puede hacer de otra manera: sólo a través de los detalles podemos comprender lo esencial, así lo he experimentado yo, en los libros y en la vida. Es preciso conocer todos los detalles, porque nunca sabemos cuál puede ser importante, ni cuándo una palabra puede esclarecer un hecho. Hay que mantener un orden en todo. Aunque ahora yo ya no tengo muchas cosas que contar. Tú habías huido, Krisztina se fue a casa en el calesín. Y yo... ¿qué podía hacer yo en aquel momento y en cualquier momento futuro?... Miré la habitación, miré el lugar por donde Krisztina se acababa de ir. Sabía que en la entrada, al otro lado de la puerta, se encontraba tu ordenanza, firme. Lo llamé por su nombre, entró enseguida y saludó al estilo militar. «¡A sus órdenes!», dijo. «¿Cuándo se ha ido el capitán?...» «En el expreso de la mañana. El que va a la capital.» «¿Se ha llevado mucho equipaje?...» «Sólo algunos trajes de paisano.» «¿Ha dejado alguna orden, algún mensaje?...» «Sí. Que hay que liquidar esta casa. Y vender los muebles. Se lo ha encargado a su abogado. Yo tengo que regresar al cuartel», dijo. Sólo dijo aquello. Nos miramos. Y entonces ocurrió algo que es difícil olvidar: el ordenanza, un muchacho de veinte años, llegado del campo (seguramente te acuerdas de su rostro bienintencionado, inteligente y humano), abandonó la postura de firme, la postura de servicio, ya no me miraba directamente a los ojos, ya no era el soldado que estaba delante de un superior, sólo un hombre que sabía algo delante de otro hombre que le inspiraba lástima. Había algo en su mirada, algo humano, una ligera expresión de lástima que me hizo palidecer y a continuación ponerme totalmente colorado... En aquel momento, por primera y última vez en toda aquella historia, perdí la cabeza yo también. Me acerqué a él, lo así por el uniforme, a la altura del pecho, con tanta brusquedad que casi lo levanté del suelo. Estábamos tan cerca que se confundían nuestros alientos. Nos miramos fijamente a los ojos, su mirada reflejaba miedo y lástima otra vez. Ya sabes que en aquella época no era en absoluto aconsejable que yo pusiera las manos encima de nada ni de nadie, ya sabes que rompía todo lo que no tocara con mucho cuidado... Como yo también lo sabía, en aquel momento intuí que los dos nos encontrábamos en peligro, el muchacho y yo. Así que lo solté, lo dejé caer al suelo, como si fuera un soldadito de plomo; sus botas hicieron un ruido seco al chocar con la madera del suelo, y se puso firme otra vez, como si estuviera en un desfile militar. Saqué el pañuelo del bolsillo, para secarme la frente. Bastaría con que el joven me respondiera a una sola pregunta. La pregunta era: «La señora que acaba de irse, ¿ha venido ya en otras ocasiones?...» Si no me respondía, pensaba matarlo. Quizás lo matara también, aunque respondiese, y a lo mejor no era el único... en momentos así no existe la amistad. También sabía que no sirve de nada preguntar. Sabía que Krisztina había estado allí antes, y no una vez, sino muchas.

Se recuesta, deja caer las manos en los brazos del sillón para descansar.

—En aquel momento ya no tenía sentido preguntar nada —añade, para concluir la historia—. Lo que faltaba por saber no me lo podía decir aquel joven, aquel extraño. Faltaba por saber por qué había ocurrido todo. Y dónde estaba el límite entre dos seres humanos. Dónde estaba el límite de la traición. Esto era lo que faltaba por saber. Y también qué culpa tenía yo en todo aquello...

Lo dice en voz muy baja, interrogativo e indeciso. Se aprecia por su tono que es la primera vez que pronuncia en voz alta la pregunta que late en su alma desde hace cuarenta y un años, y a la que todavía no ha encontrado respuesta.

16
—Porque en la vida de un hombre no solamente ocurren las cosas —dice ahora con mayor decisión, levantando la cabeza. Las velas arden con llamas largas, el humo se eleva, las mechas se han ennegrecido. El paisaje y la ciudad siguen a oscuras al otro lado de las ventanas; no se ve ninguna luz, ni el menor destello en la noche—. Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos hemos abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y carácter. ¿Es completamente cierto que yo no supiera nada de lo tuyo con Krisztina?... Quiero decir, mientras ocurrían las cosas, incluso antes, al principio de la historia de nosotros tres... Al fin y al cabo, me la habías presentado tú. Ella te conocía de la infancia, pues tú encargabas a su padre que te pusiera en limpio tus partituras; a aquel anciano cuyas manos medio paralíticas todavía le servían para copiar partituras, pero ya no para empuñar el violín y el arco, ni para tocar música y arrancarle notas limpias y nobles; así que tuvo que abandonar su carrera muy pronto, dejar las salas de concierto, y contentarse con la enseñanza de niños con callos en los oídos o falsos prodigios en el conservatorio de esta pequeña ciudad, y con los humildes complementos que le proporcionaba corregir y copiar piezas musicales de aficionados con algún talento... Así conociste al padre de Krisztina y a Krisztina, que tenía dieciséis años entonces. La madre había muerto en el sur del Tirol, de donde era y donde se había refugiado, en los últimos años, para reponerse en un sanatorio de sus afecciones coronarias. Más tarde, al final de nuestra luna de miel, fui con Krisztina a aquel balneario, buscamos el sanatorio y Krisztina quiso ver la habitación donde había muerto su madre. Pasamos por las orillas del lago Garda, perfumadas por las flores y los naranjos, nos alojamos en Riva, y llegamos a Arco por la tarde, en automóvil. El paisaje es allí gris y plateado, del color de los olivos, y en lo alto se ve un palacete, escondido entre las rocas, en un ambiente vaporoso y cálido: el sanatorio de los enfermos del corazón. El jardín está lleno de palmeras de todo tipo, y las luces son tenues, suaves, todo es húmedo, perfumado y cálido, como en un invernadero. En el silencio infinito, el edificio amarillo claro donde la madre de Krisztina vivió sus últimos años y donde murió, parecía tan misterioso como si encerrara toda la tristeza que enferma a los corazones humanos, como si el dolor de los corazones fuera en Arco una actividad silenciosa, una consecuencia de los desengaños y de los accidentes incomprensibles de la vida. Krisztina dio una vuelta alrededor de la casa. El silencio, el perfume de las plantas mediterráneas, llenas de espinas, el vapor cálido y oloroso que lo envuelve todo, como las vendas envuelven los corazones de los enfermos, todo esto me toca muy de cerca a mí también. Por primera vez siento que Krisztina no está del todo conmigo, y oigo una voz desde lejos, desde muy lejos, desde el principio de los tiempos, la voz triste e inteligente de mi padre. Mi padre habla de ti, Konrád —el general pronuncia el nombre del invitado por primera vez, sin ira, sin pasión, en un tono neutral, cortés—, y me dice que tú no eres un soldado de verdad, que eres una persona diferente. Yo no comprendo, todavía no sé lo que significa ser diferente... Mucho tiempo y muchas horas solitarias me enseñan, más tarde, que se trata de esto, exactamente de esto, siempre, que todo depende de esto, las relaciones entre hombre y mujer, las amistades, las relaciones sociales y mundanas, todo depende de esto, de las diferencias que dividen a la humanidad en dos. A veces pienso que sólo existen dos grupos en el mundo, con todas las variantes de su peculiaridad: las diferencias de clase social, de ideología, de grados de poder, todo se resume en esta peculiaridad. Y de la misma forma que sólo las personas del mismo grupo sanguíneo pueden ayudarse en los momentos de peligro, al donar su sangre a alguien que pertenece al mismo grupo, el alma humana sólo puede ayudar a otra alma humana si no es distinta, si sus puntos de vista, sus convicciones y su realidad secreta son parecidos... Allí, en Arco, yo sentí que la fiesta se terminaba, que Krisztina también era «diferente». Me acordé de las palabras de mi padre, que nunca había sido aficionado a la lectura, pero que había aprendido a conocer la verdad en la soledad y las experiencias vitales: él también conocía esta peculiaridad, sí, él también había encontrado a una mujer a quien amaba, y a cuyo lado se sentía completamente solo, porque eran dos personas distintas, de distinto temperamento, de distinto ritmo vital, porque mi madre también era «diferente», como tú, como Krisztina... En Arco me di cuenta de otra cosa más. El sentimiento que me unía a mi madre, a ti y a Krisztina, era el mismo: la misma nostalgia, la misma esperanza, la misma voluntad impotente y triste. Porque siempre amamos y buscamos a la persona diferente, en todas las situaciones y en todas las variantes de la vida... ¿lo sabes? El secreto y el regalo mayores de la vida es cuando se encuentran dos personas «semejantes». Esto ocurre raras veces, como si la naturaleza impidiese tal armonía mediante todas sus fuerzas y tretas, quizás porque para la creación del mundo y la renovación de la vida es necesaria la tensión que se forma entre las personas que no cesan de buscarse, pero que tienen intenciones contrarias y distintos ritmos vitales. Ya sabes, como la corriente alterna... lo mires por donde lo mires, el intercambio de fuerzas positivas y negativas. ¡Cuánta desesperanza, cuánta esperanza ciega se esconde detrás de tales diferencias! Sí, yo escuchaba la voz de mi padre en Arco, y comprendí que su destino continúa en mí, que yo represento el mismo carácter y los mismos gustos que él tenía; comprendí que mi madre, tú y Krisztina estáis en la otra orilla, y que aunque todos tengáis vuestros papeles respectivos, la madre, el amigo, la amante esposa, todos desempeñáis un mismo papel en mi vida. Estáis en la otra orilla, sí, en la orilla donde no me es posible llegar... Puedes tenerlo todo en la vida, puedes vencerlo todo a tu alrededor y en el mundo, todo te lo puede dar la vida y todo se lo puedes arrebatar, pero nunca podrás cambiar los gustos, las inclinaciones, los ritmos vitales de una persona en concreto, esa peculiaridad, esa cualidad de ser propia y distinta que caracteriza a la persona que te importa, a la persona con quien tienes que ver. Esto sentí yo en Arco, por primera vez en mi vida, mientras Krisztina daba una vuelta por la casa donde había muerto su madre.

Se echa hacia atrás en el sillón, apoya la cabeza en la mano, con un movimiento impotente y resignado, como quien acaba de comprender algo, como quien acaba de comprender que no se puede hacer nada contra las leyes del carácter humano, nunca.

—Después, desde Arco, regresamos a casa, y empezamos nuestra vida aquí —dice—. El resto ya lo sabes. A Krisztina me la presentaste tú. Nunca me dijiste, ni con una palabra, que Krisztina te interesase. Yo interpretaba ese encuentro, el encuentro entre ella y yo, como algo inequívoco, como ningún otro encuentro anterior. Era una mezcla de distintas razas: un poco alemana, un poco italiana y el resto húngara. Quizás haya tenido también alguna gota de sangre polaca, por el lado de la familia de su padre... Era tan indefinible, tan inclasificable... como si ninguna raza ni ninguna clase la pudiera contener del todo, como si la naturaleza hubiese tratado por una vez de crear algo único, un ser independiente y libre, alguien que no tiene que ver con clases ni con orígenes. Era como las fieras salvajes: una educación estricta con las monjas, la cultura y la ternura de su padre habían contribuido tan sólo a suavizar sus modales. Krisztina era salvaje por dentro, indomable: todo lo que yo podía darle, la riqueza, el rango social, el mundo adonde la conducía no tenían ningún valor para ella en el fondo; y ella no quería entregar a cambio ni una mínima parte de su afán de independencia y de libertad, puesto que ése era el verdadero contenido de su ser y de su carácter... Su orgullo también era distinto del de las personas orgullosas de su rango, de su origen, de su riqueza, de su posición social o de algún talento personal y particular. Krisztina estaba orgullosa de la calidad noble y salvaje de su corazón y de su alma, de esa herencia que era como un veneno. Era una persona soberana, totalmente independiente y emancipada en su fuero íntimo, y tú lo sabes muy bien; y éstas son cualidades muy raras hoy en día, tanto en mujeres como en hombres. Parece que no se trata de una cuestión de origen o de situación. No se dejaba ofender, ni se dejaba atemorizar por ningún desafío; no toleraba las limitaciones, en ningún sentido. Sabía otra cosa más que pocas mujeres saben: era consciente de la responsabilidad que conllevaban sus propios valores humanos. Te acordarás... sí, seguramente te acuerdas de la primera vez que nos encontramos ella y yo: en el salón de su casa, junto a aquella mesa grande, desbordada por las partituras y los cuadernos de su padre; entró Krisztina y aquel salón oscuro se inundó de luz. No solamente irradiaba juventud, no. Irradiaba pasión y orgullo, la conciencia soberana de unos sentimientos incondicionales. No he conocido a ninguna otra persona que fuera capaz de responder así, de una manera tan plena, a todo lo que el mundo y la vida le daban: a la música, a un paseo matutino por el bosque, al color y al perfume de una flor, a la palabra justa y sabia de otra persona. Nadie sabía tocar como ella una tela exquisita o un animal, de esa manera suya que lo abarcaba todo. No he conocido a nadie que fuera capaz de alegrarse como ella de las cosas sencillas de la vida: personas y animales, estrellas y libros, todo le interesaba, y su interés no se basaba en la altivez, en la pretensión de convertirse en experta, sino que se aproximaba a todo lo que la vida le daba con la alegría incondicional de una criatura que ha nacido al mundo para disfrutarlo todo. Como si estuviera en conexión íntima con cada criatura, con cada fenómeno del universo, ¿comprendes lo que quiero decir?... Claro, seguramente lo comprendes. Era directa, espontánea y ecuánime, y también había en ella humildad, como si sintiera constantemente que la vida es un regalo lleno de gracia. Todavía veo su rostro a veces —dice con emoción—, aunque en esta casa ya no hay retratos de ella, ni siquiera una fotografía, y aquel cuadro grande que pintó un artista austríaco, y que estaba colgado entre los retratos de mi padre y de mi madre, hace mucho que lo quitaron de su sitio. No hay en esta casa ningún retrato de Krisztina, no —dice con firmeza, casi satisfecho, como si estuviera relatando una pequeña hazaña—. Pero a veces veo su rostro, en sueños, o al entrar en una habitación. Y ahora que estamos hablando de ella, nosotros dos que la conocimos tan bien, veo su rostro con absoluta nitidez, como hace cuarenta y un años, la última noche que estuvo sentada entre nosotros. Porque ésa fue la última noche que cenamos juntos, Krisztina y yo: y eso tienes que saberlo. No solamente tú cenaste con ella por última vez, sino que yo también. Porque todo había ocurrido ya entre nosotros tres aquel día, de la manera que tenía que ocurrir. Como los dos conocíamos bien a Krisztina, fue inevitable tomar ciertas decisiones: tú te marchaste al trópico, y Krisztina y yo no volvimos a dirigirnos la palabra. Vivió ocho años más, sí. Vivíamos aquí, en la misma casa, pero nunca jamás nos volvimos a hablar —añade tranquilamente.
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«exilio» abarca, si acaso, el momento preciso de la salida, de la expulsión. Lo que sigue es, a la vez, demasiado cómodo y demasiado...






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