Se oye en la sala la voz del narrador leyendo el texto de toda la obra mientras los personajes hacen su vida en Ocho Actos y un Epílogo






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LA VENTANA

Jesús Martínez y Albert Torras
A Antonio

A Adolfo
Personajes

Salvador Marco, Nene

Dolors Nadal, Nena

Joan, el vecino de arriba

Salvi, el nieto

Andreu, el hijo

Policía 1

Policía 2

Marta, esposa de Andreu

Padre de Marta

Antonio

Psicóloga

Dependienta

Montse

Susana

Sula
ACTO I

Escena Primera

(Se oye en la sala la voz del narrador leyendo el texto de toda la obra mientras los personajes hacen su vida en Ocho Actos y un Epílogo.)
(Interior día. Una casa decorada al estilo de los cincuenta. Papel pintado, televisor de tubo marrón, figuritas en la vitrina, una mecedora y un sofá. En el fondo, el recibidor, con un paragüero y un perchero. A la derecha, una puerta abierta que da a la cocina, en la que se ven los fogones y el horno. A la izquierda, una puerta cerrada que va a la habitación. En el lateral derecho una ventana por la que entra una luz blanca clara. Primero entra Dolors y luego Salvador, y desarrollan la escena que lee el narrador, a gusto del director de escena.)
Salvador Marco y su señora Dolors Nadal son bisabuelos y están preocupados. Su preocupación es honda y está cargada de pesadumbre. Son dos lagartos mayores, a la manera del poema de Federico García Lorca, que han perdido algo peor que el anillo. Han perdido el sol plomado, que ven cómo, poco a poco, ladrillo a ladrillo, se les está apagando. Una empresa constructora, un gigante desorbitado con palancas y chirriar de ruedas, ha decidido levantar un bloque de pisos enfrente de la ventana que da a su patio trasero. La construcción les tapará la luz y les dejará a les fosques. Y eso es un drama para dos ancianos que soportan su vejez con el estirón del despertar de los rayos. Eso es un drama. En La buena tierra, magistral estampa de Pearl S. Buck, el padre de familia no espera otra cosa que acabar sus días con serenidad, apostado en el muro de la casa que da al Este, tomando su dosis diaria de ese aguardiente que te da cosquillas y calienta los huesos. Por las mañanas, sentado, el labriego Wang Lung ve salir el sol.

Salvador Marco y su señora Dolors Nadal llevan tantas décadas en la misma casa que han perdido la cuenta de los años que se quieren. No se saben estar solos, ni se les pasa por la cabeza la pérdida del otro. Si así fuera, enmudecerían. Ya no tendría sentido hablar, discutir, poner interés. Poner interés, ¿en qué? Si el otro desaparece y acude antes de hora al hoyo de los muertos, la vida y su placer se esfumarían.

Salvador no anda del todo como quisiera. Una operación de tendones le ha marcado desde hace unos tres años. Ahora sus pasos son cortos, meditados, prolongados. Arrastra las zapatillas lo justo. Es una cuestión personal la de mantenerse derecho, de llegar a su edad con la dignidad de poder levantar aún la suela. Y eso es lo que hace. Su mujer es de material más consistente. Conserva la risa, que la despliega sin ahorros, incluso para atender al cartero que sube el comprobante del Banco con el ingreso de la pensión. Está fuerte, resuelta, y apenas las canas le han nevado el pelo, que está revoltoso y atolondrado como cuando tenía 15 añitos. Dolors, en un tiempo en que las parejas reparten tareas, asume lo que considera su labor de esposa, y jamás lo ha puesto en duda ni se ha planteado la cuestión de la feminidad trascendente: ella friega, barre, hace la comida y la cama y mima y complace a su marido. No lo hace porque alguien se lo mande —aunque su madre y su abuela siguieron la misma pauta—, ni por aquello de que “la sociedad es la culpable”, sino porque así es como siente que ha de ser lo que ella es: una mujer que quiere y se quiere, y se realiza haciendo lo que le gusta, estando con los suyos. Así es feliz. Bienvenida sea su felicidad. Salvador es bueno con ella, eso dice Dolors. Su esposa también dice que Salvador es como un crío, despistado hasta lo increíble (las gafas, al parecer, se mueven solas, porque nunca las encuentra) y muy filosófico. Siempre le busca los tres pies al gato. Por otra parte, ellos nunca han tenido gato. Una vez tuvieron un canario que se les coló por la ventana. La misma ventana que pretender tapiar. Por la iglesia, de blanco y con lirios y orquídeas, llevan mucha plata de años de casados: 55 años.

Hoy, Dolors se ha levantado y ha ido a la ventana. Es la que está al lado del fregadero. Hace una década le pusieron el marco de aluminio. Ha visto cómo van los trabajos de los paletas. Un metro más. Cuando levanten la pared entera y lleguen hasta su altura (unos cuatro metros) y sigan más alto y más alto, como torres gemelas del diablo, ya no podrá asomarse. Ahora lo que la deslumbra es la luz del día nuevo, uno más para su calendario de cuesta abajo. Los viejecitos, cuando llegan a cuchichear con la Parca, cuentan los montones de años con agradecimiento, y si los cuentan. Dolors se ha puesto a llorar como una tonta. A moco tendido. Tiene el 20 minutos en las manos (se lo va a buscar su esposo todas las mañanas a la parada de autobús de la plaza de España), y con las gafas de cerca ha leído en los ojos de los padres de Charlotte, una niña británica de 11 meses. El diario lo pone así: “El Tribunal Superior de Londres autorizó ayer a los médicos para que dejen morir a un bebé desahuciado —a quien sus padres querían salvar a toda costa— si su estado empeora y deja de respirar”. Los padres aguantarán la decisión de esas pelucas con bucles que nunca podrán mitigar su inmenso dolor. La niña, gravemente enferma, no debe sufrir más. La han reanimado tres veces de un paro cardiorrespiratorio. La niña no debe sufrir. Los padres lo entienden y no quieren verla morir. Luchan porque luchan. Dolors se ha sonado los mocos con el clínex de la bocamanga y tiene los dedos de las manos pringados de lágrimas. Comparte el dolor de la madre. Sí, lo hace suyo y le revientan los nervios del estómago cuando piensa en lo pobrecita, en lo mal que lo debe estar pasando, y que no hay derecho que Dios lo permita. La niña Charlotte no debe sufrir más.

Dolors se enjuaga el rostro templado de meandros y líneas arrugadas. Deja el diario encima de la lavadora. Hay poca ropa para poner. Va hacia la cocina, a preparar el desayuno, consistente en café bien cargado de leche. A veces, su marido baja a por unos cruasanes chiquitos, de esos diminutos que gustan tanto. Pero tarda horrores en subir; con lo lento que se desplaza, alcanza la panadería de la esquina de Premià con la carretera de Sants tras 15 minutos de reloj. Se emperra en ir a por las pastitas. Dolors, mientras, prepara el café. Sus movimientos son de compás, mueve los brazos como Barenboim agita su batuta, sin estridencias, con la suavidad del color tostado posado en sus pómulos. Desde que echa el agua en la cafetera hasta que enciende la cerilla con sumo cuidado, no ha parado de sonreír, y se le notan las rayas en la comisura de los labios cuando ejercita su sonrisa. Su marido se enamoró de esa sonrisa y, aún hoy, le sigue volviendo loco. La encuentra bellísima. Dolors apoya en el borde de la pica las manos, pastosas de carne flácida y duras de tareas manuales. Con un revés se echa la melena traicionera para atrás, alisando los pelos que le han declarado la guerra. Luego se peinará. Lo primero es lo primero. Mientras sale el café, apoyadas las palmas en el borde de la pica, que almacena dos vasos, dos platos, dos cuchillos y dos tenedores, oye los gritos de la vecina de arriba, una georgiana, al parecer, que hace unas semanas se instaló con su novio, su pareja o su compañero o como quiera que se llame a la persona que pretende jubilarse al lado tuyo. Grita en un idioma que no entiende. Desde luego, no es catalán, ni castellano. Debe ser polaco o ruso o lo que se hable en Georgia. Conoce que es de allí porque se lo chivó Francisco, el senyor Francesc, que vive encima de ella, en el tercero, y un día se la encontró en el portal y le preguntó que si era de aquí y que si tenía algún problema o algo que, bueno, para eso estaban los vecinos, para lo que pudieran ayudar. Ella, que se llama Sacha o algo así —o eso pilló el senyor Frances— le dio las gracias con una voz decaída y ojerosa, como salida del presidio, como pidiendo disculpas cuando tan sólo era un gracias. “Nada, muchacha, ya sabes donde estamos”, se despidió de ella el senyor Francesc. Se ve que tienen una hija pequeña que no vive con ellos; él no se sabe si su hombre la maltrata, pero las broncas que se escuchan por las noches les hacen temer lo peor. Ella es muy mona, muy guapita de cara. Tienes unos ojazos como platos de cerámica de Delf. No deben trabajar ninguno de los dos, porque a las ocho y media están en casa discutiendo en arameo o chino o lo que se hable en Georgia, que no hay diablos que les coja nada. “Pobrecita”, piensa Dolors, “con lo dulce que parece”. La ha visto desde la ventana, esa que les quieren tapiar, pasar muchas veces por la calle, y luce, porque su talle de pasarela se lo permite. Con cualquier trapo estaría mona. No se merece que le pegue, si es que le pega, que no lo sabe si le pega... pero no lo merecería. Nadie lo merece. El pitido de la cafetera la devuelve a su estado. Reacciona y seca las gotas de agua de las manos en el delantal, que de buena mañana se ha enfundado nada más poner el pie derecho y el izquierdo en las zapatillas con la silueta de Moby Dick. Echa poquito café en los dos vasos. Calienta la leche en el cazo. Hay que bajar a por un cartón. Nunca suben más de un cartón de leche porque se les ha metido en la cabeza que la leche, en casa, se estropea rápido. Echa la leche caliente en los vasos. Lleva los vasos a la mesa. Se sienta a la mesa y espera a su maridito a que traiga los cruasanes.

Da las nueve campanadas el reloj de pared, un vetusto y religioso armazón con pinta de radio de época y del que cuelga un péndulo que más bien es el ancla de una goleta o el gong de un mandarín. Los números romanos sobresalen de su protección de cristal de lo grandes que son. Así los pueden ver mejor. Siempre ha estado el reloj en la misma pared, y el tic-tac da al hogar un aire de tranquilidad plena y de evangelio. Mientras espera que te espera, y para no desesperar, la Nena —como llama él a su mujer— se acerca de nuevo a la cocina, pequeñita, modestita, compuesta por los cuatro fogones, el horno, una minipímer, la nevera —que ya pide la defunción—, el fregadero y unas alacenas para poner los cacharros. No tienen ni fregaplatos, ni campana para los humos, ni los electrodomésticos que anuncian las grandes marcas. ¿Para qué? Las manos están acostumbradas al agua del calentador y ya no notan el contacto con el estropajo. Y la campana, según el Nene —ella le llama así— es una auténtica chorrada. El calendario es lo único que varía en este repertorio, y la fruta siempre es fresca y en abundancia. De las naranjas, los nísperos, las manzanas, los plátanos, las peras, las mandarinas y los melones —los aclamados melones—se encarga el Nene. El calendario es del mes de julio sin los días tachados. La fotografía muestra un lienzo de Vermeer, frío y plateado, con la dimensión puesta en la claridad de sus detalles minuciosos. Dolors se queda contemplando el cuadro sin llegar al éxtasis de Santa Teresa, pero con finura y devoción: hay una muchacha al lado de una ventana. El arte de la pintura, lee en el pie. Esa ventana es como la que le quieren tapiar, pero la Nena ya no es una doncella adolescente, le pesa la cirrosis, la quisquillosis y otras cosas que por pudor y saber estar nunca menciona. En uno de los dos mármoles amplios hay una especie de recuerdos culinarios de arcilla: recuerdo de Mallorca, una especie de asiento para dejar las cerillas; recuerdo de Valencia, con la típica y singular casita rural, y recuerdo del valle de Benasque, que es un monigote con esquís que no vale para poner nada, pero queda bonito. El techo de la cocina es alto, y hay dos vigas de madera que lo atraviesan. La gruesa pared es de azulejos blancos, de color blanco desgastado. Detrás de la puerta hay un colgante para dejar la bolsa del pan. Ahora no hay bolsa, ni hay pan. La Nena está en la cocina, y entre la niña al óleo del holandés y que se ha parado para encontrar el día exacto de hoy (2 de julio; distracción, se supone), pues que ya no se acuerda para qué se ha levantando y para qué está en la cocina. Y como no se acuerda, se da media vuelta y se vuelve a su sitio “primigénito”, que es una palabra que bien bien no sale en el diccionario, porque si hubiese querido decir primogénito, del hijo primero que nace, pues habría dicho eso: primogénito.

Nene.—(Unas llaves acarician la cerradura de entrada. La Nena lo oye y se acerca a la puerta, con cuidado y sin estriarse. Conoce ese ruido, que dura cinco segundos antes de que la llave penetre y haga clic.) Soy yo.

Nena.—Ya lo sé que eres tú, ¿quién si no?

Nene.—Traigo los cruasanes.

Nena.—¿Y la barra de cuarto?

Nene.—Aquí está. De cuarto, ¿no?

Nena.—Sí, de cuarto.

Nene.—Y los cruasanes.

Nena.—Sí, los cruasanes. ¿Y los cruasanes?

Nene.—Los cruasanes... ¡Ay, Nena, que se me han olvidado los cruasanes! Mira que estaba en la cola y algo se me olvidaba.

Nena.—Anda que eres despistado. Y ahora, el café solo.

Nene.—Ya estará frío.

Nena.—Claro que está frío. Trae que te lo voy a recalentar.

Dolors se levanta con fervor, como si la cuestión del café templado o caliente fuera lo más importante desde la derrota de Napoleón. Salvador, mientras, mete la mano en la otra bolsa que trae.

Nene.—He traído unos plátanos.

Nena.—Pero si ya hay plátanos.

Nene.—Pues habrá que comerlos, que pronto se ponen malos.

Nena.—Si no los compraras, no habría que comerlos.

Nene.—Están muy ricos y son buenos para la úlcera.

Mama.—Pero si tú no tienes úlcera, nunca la has tenido.

Nene.—Porque como plátanos.

Nena.—¡Plátanas, no plátanos, plátanas!

Con palpante cabreo calienta el vasito pequeño de café. Del mueble del comedor, de uno de los estantes de sus pies, extrae sus galletas preferidas. De una en una, con paciencia y pulcritud, las desharía en el vaso, pero no lo hace porque no es su café con leche, es sólo su café, y primero espera a tomárselo para luego saborear las galletas.

Salvador no piensa en nada. Mecánicamente hace los mismos movimientos que decenios antes hiciera. En la Edad de Bronce ya se debían beber el café ardiendo, sorbito a sorbo, soplando para no quemarse.

Nena.—Sopla, no te vayas a quemar.

Nene.—Sí, mujer.

Salvador piensa en que su espalda le duele ligeramente; no es un dolor grave, sino agudo, y es más bien un pinchazo más que un dolor. Un pinchazo no lo suficientemente intenso como para preocuparle pero que ya le tiene mosqueado. Pues eso, que Salvador piensa, por pensar en algo, que se debe cuidar un poquito más, y que a lo mejor las pastillas que se tomó hace unos meses para el lumbago le valdrían para la espalda. Se lo preguntará a la doctora.

Nene.—Acuérdate mañana de pedir hora en el ambulatorio, Nena.

Se oyen los gritos de los de arriba. Desde el amanecer, en alguna ocasión, que les han oído discutir. Nena y Nene se aguantan la respiración como si la cosa fuera con ellos, como si cualquier movimiento suyo demasiado exagerado entorpeciera la pelea. Hablan bajito, cabizbajos, tan apagados los sonidos que se ponen la mano en la oreja para enterarse de lo que se dicen. Les da miedo cuando se imaginan los amagos de bofetadas y los ahogos de ella y los suspiros que hacen temblar el edificio, y el impactante llanto de la criatura, que no hay dios en la tierra que la proteja. Más de una vez ha tenido la osadía Dolors de querer salir al rellano y subir y echar la puerta abajo con sus escasas fuerzas. Más de una vez. Pero su marido se lo impide siempre, con la precaución que le corresponde: “No te metas, Nena, no te metas”. Ni siquiera han llamado a la policía. Tienen miedo. Creen que tendrán que ir a declarar a un juicio con juez, en la Audiencia de Madrid en el peor de los casos si telefonan a la policía.

Llaman a la puerta con los nudillos. Tres golpes secos. Los han identificado. De hecho, Nene y Nena se habían dado cuenta unos segundos antes que Joan, el presidente de la escalera, el vecino de arriba, bajaba las escaleras. Abre el Nene. Siguen susurrándose casi al oído, en minidécimas de fonemas, vibrando con cada palabra.
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