Como a todos, desde Adán y Eva en adelante, a Ezequiel González le tocó emigrar del paraíso, expulsado al comer del árbol del conocimiento. Su primer encuentro






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LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO

Como a todos, desde Adán y Eva en adelante, a Ezequiel González le tocó emigrar del paraíso, expulsado al comer del árbol del conocimiento. Su primer encuentro con la serpiente ocurrió a los once años. Llegó vestida de poema, de canción de la vida profunda, de Balada de la loca alegría, de Barco ebrio. Corazón iluminado que inicia una temporada en el infierno en la errancia por los caminos del sueño, en la azarosa búsqueda de la luz recién perdida. Candil apagado en las comisuras del tiempo desde la tarde en que a orillas del río Saban desnudó su alma para fundar la intemperie interior, abrazo cósmico del silencio. Vida pagana que lo lleva a recorrer caminos cubiertos de abrojo y maleza, a beber de la fuente azul, a vagar por los países de la nada, del desencanto presente en cada huella, en todo paso. Exilio del que sabe porque es consciente. Antes era feliz pero lo ignoraba en su condición de entrega, de obediencia. Ahora, despierto del letargo animal por arte de la luz, conoce las orillas del abismo que extiende sus labios ávidos en la alta noche, dispuestos a besar, a devorar toda ausencia. Dispuestos a atrapar en sus brazos de vacío la certeza, cualquier convencimiento infundado.
Por los senderos del exilio, Ezequiel González tiene su segundo encuentro con la serpiente ciega, en la plaza principal de San Felipe, a unos pocos metros de la avenida central, en esa bella aldea vestida siempre de milagro. Esta vez llega tocada de cabello ebrio, desenvuelta, espigada y soberbia en su belleza, alucinada y perfecta. Es La dama de los cabellos ardientes que, como prolongación exótica o revelación mística, sale del poema de Porfirio, para entrar al corazón del lector, del poeta adolescente que ahora le canta a su misterio desde los sentidos exaltados:
Sabes a hechizo, a sabor de gloria. Olor de selva ebria y desnuda, / sabor de dichas.
O desde la comunión perfecta que ofrece este amor insondable:
Comulgaré todos los días / porque en ti reposo, descubro como soy, y en tu efímero lapso / que prolongo al infinito, vuelvo a ser.

Y como si estos versos fueran en realidad un pacto de amor eterno, desde esa tarde alucinada Ezequiel González inicia un largo y doloroso peregrinaje por los senderos de la vida y la poesía, de la mano de su amante, quien lo acompañará por siempre y para siempre. Ella es una presencia recurrente en cada paso, en cada verso. Es la puerta abierta a la noche del mundo, brebaje iniciático en la danza de los sentidos, cuando el ritmo de la vida se desquicia; la amiga fiel en la soledad existencial, la misma que lo acompaña siete años antes de su hermano, en orgías de humo, por los caminos del poema Cuarenta y cuatro. Novia y cómplice, es a la vez su condena, la que tiernamente lo guía por territorios de exceso, por predios de sombra, por las orillas del abismo. A veces el poeta, en profundos estados de lucidez, casi de revelación, es consciente de su hechizo, de la atadura iluminada de que es objeto, y entonces canta su tragedia:
Estoy preso en una ciudad de encantos y pecados / y soy un pecador. Habla el que sabe de un ruido en la conciencia. / No quiero ser más lo que he venido siendo. / Puedo borrar poco a poco mi pasado, / con el mismo pulso que un día lo pintó ./ Libre y lúcido, distinto será el cielo que me cubra. / No habrá más fiestas. Hablaré para todos con la frente alta, / despierta como una luz.
Pero ello es sólo la manifestación de uno de esos instantes de sobriedad, de reflexión, que constituyen la dicotomía en los estados de conciencia, en los altibajos de la vida que viaja o se arrastra por la existencia. Que a veces se exalta, como en Pagana, donde eleva una plegaria de amor al pecado, al abandono total de los sentidos:
No te detengas vida, llévame por los caminos del pecado, hazme héroe del mundanal, único en el acto de la farsa.
Como en el poema Noches mundanas:
Noches de plenitud en que saciados el corazón y el cuerpo / se abandonan extenuados.
En Danza: El tufo de las horas cargadas de alcohol. / La densa nube de humos olorosos, / conquistan el cerebro, encienden los sentidos.
Pero que otras veces baja, desciende en el ánimo, y entonces, como nos pasa a la mayoría de los desarraigados, el poeta inquiere a la existencia en el poema Hedor, para reafirmarse en el derrumbe, en la destrucción:
Más allá del fondo, después de caer, ¿qué me espera?/ ¿Podré al menos disponer de un trozo de sol, / de un pedazo de luna, / o el derecho inalienable de morir?

Quiero que mueran todas las vidas. / Que desaparezca el mundo, / su pestilente olor.
El descenso existencial del autor es notorio por las páginas del libro. Es un itinerario de dolor, de desgarramiento y denuncia. Antes de mí no soy. No soy nada, dice en su poema Nada. En el texto titulado Sinrazón describe un estado oscuro de pensamientos abismales que son depósito de extravagancias desesperadas. Es normal entonces compartir con Ezequiel una noche de abandono por burdeles y bares en compañía de prostitutas que, como Teodora, son las mejores consejeras. En Callado silencio, el autor expresa el hastío que le corroe y su deseo de marcharse, de diluirse, de perderse en el bosque, en su vientre de hojas. Este deseo de regresar al paraíso se manifiesta en versos de intensidad lírica, de avidez metafísica.
Cómo envidio al árbol en su actitud tranquila de milenarios años.

Cómo envidio al río que serpentea los valles en acción de entrega.
La vida del poeta es un lento suicidio, y la conciencia de este hecho hace que pida perdón a quienes de alguna manera ejercen autoridad o le merecen respeto:
Perdón Dios por este suicidio lento. Perdóname madre. Perdóname padre. Perdón os pido a todos esta noche, en que el dolor de mi pecho se derrama.
La angustia, el caer y el levantarse, el arribo de la esperanza vestida de estrella que acallará por fin sus gritos desquiciados, para luego, casi inmediatamente cantarle al vino y al placer, es la razón de ser de Los pecados... Ezequiel González realiza en su libro un recorrido por la herida, por la llaga iluminada. Y lo hace con amor, con humor y llanto. Con la desesperación y el espanto de quien es consciente del abismo. Del que observa desde el fondo de la caída una luz que titila débil, casi a punto de extinguirse, pero que insiste, a veces incluso crece y se estabiliza bellamente erguida y entonces asistimos a un erotismo vital y convocante, que anuncia frutos y manjares.
La dualidad, el “avanzar” en círculo lo impulsa a vivir una doble vida –de día trabaja en una oficina de abogados, de noche visita bares y prostíbulos, frecuenta ladrones y viciosos -, exacerba su poesía y lo hermana, al igual que lo aleja de la realidad de Barba Jacob, Rimbaud, de Verlaine o Genet. Es el mundo oscuro de Nerval, la sombra azul de los exiliados. Como el poeta francés, Ezequiel encontró en la noche y en la soga solución a su delirio.

Los pecados de Ezequiel son también nuestros pecados. Como a él nos corresponde abrevar en la poesía la antigua sed del condenado. Ah la poesía! dulce y bella expiación.
HERNANDO GUERRA

Bogotá, marzo de 2005

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