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EL BUDISMO

KULANDA

Traducción

Marta Pascual


*
AGRADECIMIENTOS


En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y conferencias de mis amigos y mi maestro. En concreto me han resultado muy útiles los siguientes libros: Concise History of Buddhism, de Andrew Ski, Meeting the Buddhas, de Vessantara, y Meditation, the BuddhistWayto Tranquillityandínsight, de Kamalasila, así como The Awakening of the West, de Stephen Batchelor.
Sin las obras y trabajos de mi maestro, Sangharakshita, no hubiera tenido nada importante que decir.
Si este libro tiene algún mérito es gracias a él. Me he inspirado en todos sus libros, en particular en The Three Ieweis, Vision and Transformation, A Guide to the Buddhist Path y The Ten Pillars of Buddhism. Sangharakshita, Kamalasila y Nagabodhi leyeron el manuscrito y me ayudaron con sus valiosos comentarios. Vishvapani se hizo cargo de mi trabajo para que yo tuviera tiempo de escribir.
A todos ellos les doy las gracias.

INTRODUCCIÓN

Más de la mitad de la población mundial vive en países que han recibido una gran influencia de las ideas y prácticas budistas. Sin embargo, desde los tiempos de Buda -quinientos años antes de la aparición del cristianismo- hasta mitad del siglo XX en Occidente no se sabía apenas nada acerca del budismo. No obstante, a mediados de siglo esta situación empezó a cambiar, y se dice que hoy en día el budismo es la religión que con más rapidez se extiende en Occidente.

En una época en que el individuo se enfrenta por un lado con las crecientes exigencias del consumismo, y por otro con las religiones que reclaman su credulidad, cada vez más hombres y mujeres se convierten al budismo con el deseo de descubrir unos valores humanos y espirituales que tanto escasean en la sociedad actual.

Pero ¿qué es el budismo? Normalmente consideramos que la religión es creer en Dios, o mejor dicho, en cualquiera de sus diversas manifestaciones; sin embargo, en el budismo no existe Dios alguno, La cuestión es si se trata sencillamente de una filosofía -una visión particular del mundo, unas pautas de comportamiento ético-, o si es más bien una especie de psicoterapia, una manera de comprendernos a nosotros mismos y afrontar los dilemas que la vida nos plantea. En cierto modo el budismo es todo eso, pero también mucho más.

El budismo invita a reconsiderar las ideas preconcebidas sobre la religión. Se ocupa de las verdades que van más allá de lo puramente racional, revelando una visión trascendental de la realidad que en su conjunto sobrepasa todas las categorías usuales de pensamiento. El camino budista es una forma de entrenamiento espiritual que con el tiempo lleva a una comprensión directa y personal de dicha visión trascendental.

Todos tenemos la capacidad de ser más despiertos, más sabios, más felices y más libres de lo que normalmente somos. Tenemos la capacidad de penetrar directamente en la esencia de la realidad, de llenar a conocer las cosas tal como son. Las enseñanzas y métodos del budismo tienen un único objetivo final: posibilitar la comprensión plena de nuestro propio potencial.

A lo largo de su dilatada historia, el budismo se ha extendido a todos los países asiáticos. Allí donde aparecía, la interacción entre la cultura indígena local y las nuevas enseñanzas de Buda causaba profundos efectos recíprocos. En muchos casos el budismo dio lugar a un renacimiento cultural. En algunas situaciones, como ocurrió en el Tíbet, se convirtió incluso en heraldo de la cultura. A medida que el budismo se extendía, experimentaba a su vez algunos cambios y terminaba adaptándose a las circunstancias culturales específicas de cada zona. Así, actualmente distinguimos los budismos de Sri Lanka, Tailandia, Birmania, Vietnam, Camboya, Laos, Tíbet, China, Mongolia, Rusia y Japón, y dentro de ellos una desconcertante variedad de escuelas, sectas y sub sectas. La pregunta que surge es cuál de entre todo este abanico es el verdadero budismo y qué tienen en común todos estos enfoques diferentes.

Lo que la mayoría de ellos tienen en común es su origen ancestral. Todos ellos son ramas, hojas y flores que han crecido a partir del tronco del primer budismo indio. Todos ellos contemplan la figura de Buda y aceptan y presentan sus enseñanzas originales, aunque destacan puntos muy diferentes.

Por lo tanto, para entender los fundamentos del budismo es necesario aproximarse a Buda lo máximo posible. Una forma de hacerlo consiste en estudiar los primeros textos y ver qué aspectos resultan todavía actuales. No se trata de rechazar interpretaciones posteriores. Hoy en día, los budistas occidentales se consideran herederos de toda la tradición budista. Podemos admirar, respetar y hacer uso práctico tanto de los elementos del soto zen japonés como de los del Vajrayana tibetano o el Theravada tailandés, pero para comprender la tradición en su conjunto hemos de volver a sus raíces.

La mayor parte de las doctrinas básicas que aparecen en este libro parten del primer budismo indio. Por lo tanto, espero que los budistas seguidores de una tradición diferente disientan en muy pocos aspectos. Por la misma razón, en los pocos casos en que describo términos técnicos budistas me he limitado normalmente a las lenguas religiosas indias originales, empleando el pali o el sánscrito, ya que parece lo más apropiado. Dado que no se trata de un trabajo especializado, he omitido los signos diacríticos

El objetivo principal de este libro es dar a conocer al público general la amplia diversidad de tradiciones budistas, subrayando algunos de sus elementos más particular del mundo, unas pautas de comportamiento ético-, o si es más bien una especie de psicoterapia, una manera de comprendernos a nosotros mismos y afrontar los dilemas que la vida nos plantea. En cierto modo el budismo es todo eso, pero también mucho más.

El budismo invita a reconsiderar las ideas preconcebidas sobre la religión. Se ocupa de las verdades que van más allá de lo puramente racional, revelando una visión trascendental de la realidad que en su conjunto sobrepasa todas las categorías usuales de pensamiento. El camino budista es una forma de entrenamiento espiritual que con el tiempo lleva a una comprensión directa y personal de dicha visión trascendental.

Todos tenemos la capacidad de ser más despiertos, más sabios, más felices y más libres de lo que normalmente somos.

Tenemos la capacidad de penetrar directamente en la esencia de la realidad, de llenar a conocerlas cosas tal como son las enseñanzas y los métodos del budismo tienen un único objetivo final: posibilitar la comprensión plena de nuestro propio potencial.

A lo largo de su dilatada historia, el budismo se ha extendido a todos los países asiáticos. Allí donde aparecía, la interacción entre la cultura indígena local y las nuevas enseñanzas de Buda causaba profundos efectos recíprocos. En muchos casos el budismo dio lugar a un renacimiento cultural. En algunas situaciones, como ocurrió en el Tíbet, se convirtió incluso en heraldo de la cultura. A medida que el budismo se extendía, experimentaba a su vez algunos cambios y terminaba adaptándose a las circunstancias culturales específicas de cada zona. Así, actualmente distinguimos los budismos de Sri Lanka, Tailandia, Birmania, Vietnam, Camboya, Laos, Tíbet, China, Mongolia, Rusia y Japón, y dentro de ellos una desconcertante variedad de escuelas, sectas y sub-esenciales (y por lo tanto más comunes), así como d mostrar que la importancia de las doctrinas budistas fundamentales sobrepasa sus orígenes históricos. Y sobre todo espero que anime a algunos lectores a poner e práctica dichas enseñanzas. Los libros son muy útiles pero para conocer realmente el budismo es preciso partir de la práctica. Del mismo modo que ni el escritor d más talento es capaz de describir el sabor de una naranja, ningún libro podrá capturar la esencia de la práctica budista.

Buda dijo: «Igual que el gran océano tiene un solo gusto, gusto de sal, también mis enseñanzas tienen sólo un sabor, el sabor de la liberación.»


I
BUDA

Buda no es un nombre, sino un título que significa «el que está despierto»; despierto a la realidad superior, a las cosas tal y como son en realidad. Uno se convierte en Buda cuando alcanza la iluminación, un estado de penetración trascendental en la verdadera naturaleza de la realidad. A lo largo de la historia budista han existido muchos iluminados, pero el término «Buda» suele utilizarse para aludir a un iluminado en concreto, Siddharta Gautama, fundador de la religión budista y la primera persona de nuestra era que anduvo la senda de la iluminación.

Siddharta nació hacia el año 485 a. C. en Lumbini, cerca de la ciudad de Kapilavastu, en la zona que se extiende al sur de las estribaciones del Himalaya y que recorre la actual frontera nepalesa con la India. Era una época de grandes cambios políticos. En la cuenca central del Ganges, no muy lejos del sur, aparecieron nuevas y poderosas monarquías que gradualmente engulleron a las antiguas repúblicas formadas por clanes. Sin embargo, un par de repúblicas siguieron extendiéndose, y en una de ellas, la de los Shakyan, nació Siddharta Gautama. La familia de Siddharta pertenecía a la clase guerrera, y su padre era miembro de la oligarquía gobernante. La tradición Posterior, que conocía las monarquías que pronto sustituyeron a las antiguas repúblicas/ atribuyó a Siddharta el título de
Cuando nació, un vidente predijo que la criatura estaba destinada al dominio político o espiritual (su nombre, Siddharta, significa «aquel cuyo objetivo se cumplirá»). Las biografías legendarias cuentan que, durante su infancia, su padre, deseoso de que su hábil y agraciado hijo se decantara por una vida de triunfo político más que espiritual, intentó ligarle a las ventajas cae la riqueza y el poder proporcionándole todos los lujos posibles y protegiéndole de la crueldad del mundo'. Concertó su matrimonio con una bella y refinada joven, Yashodhara, que le dio un hijo llamado Rahula.
Sin embargo, Siddharta empezó a experimentar una profunda sensación de insatisfacción. Percibía la vacuidad que se escondía tras su vida cómoda y superficial, lo que le provocaba una gran desazón. Su integridad innata no le permitía fingir que todo era como debía ser. Se vio impelido a la exploración intelectual y espiritual en busca de las respuestas que su privilegiado entorno no podía proporcionarle. Este período de indagación queda plasmado con intensidad en la historia de las cuatro visiones, cuatro experiencias formativas que tuvo el joven aprendiz de guerrero cuando viajaba lejos de su casa con su carro.

La historia explica que un día vio por primera vez en su vida a un hombre anciano en el margen de un camino y así tomó conciencia del inevitable hecho de la vejez. Igualmente conoció la enfermedad y la muerte. Tales experiencias le angustiaron enormemente. Se preguntaba qué sentido tenía llevar una vida de lujo y comodidades si la vejez, la enfermedad y la muerte estaban al acecho, esperando silenciosamente el momento adecuado para abalanzarse sobre él, su familia y sus amigos. Finalmente vio a un mendigo vagabundo, visión que sembró en su mente la semilla de la posibilidad de una alternativa a la aceptación pasiva de la vejez, la enfermedad y la muerte. Al mismo tiempo comprendió que embarcarse en tal búsqueda requería una acción radical e incluso dolorosa.

Así pues, Siddharta pasó su juventud inquieto y preocupado por cuestiones de profundo interés existencial, además de dividido entre la vida para la cual su progenitor le había preparado y la búsqueda religiosa hacia la cual su espíritu agitado le empujaba. Su conocimiento de la inexorabilidad de la vejez, la enfermedad y la muerte le proporcionó un sentido profundo e inextirpable de la dolorosa vacuidad de los placeres e intrigas de la clase alta de la sociedad de los Shakyan. Los deberes familiares le exigían que se uniera a ellos, olvidara esa sensación de insustancialidad de las cosas y se dedicara a las tareas bélicas y de gobierno. A pesar de todo, sabía que una vida que negaba los fundamentos de la realidad no era para él y comprendió que tenía dos opciones: renunciar a la realidad, o renunciar a la familia, el lujo y el poder. Escogió el conocimiento de la realidad y, a la edad de veintinueve años, sin comunicar siquiera sus intenciones a su mujer y a su padre, abandonó su hogar, dejando atrás esposa, hijo, familia y una posición social. Se cortó el pelo y se afeitó la barba, cambió sus ropas de guerrero por los harapos de un mendigo religioso e inició su búsqueda de la verdad y la liberación.
Corrían tiempos inestables. Los monarcas rivales, que luchaban por establecer reinados cada vez mayores, absorbían gradualmente y centralizaban las antiguas estructuras sociales basadas en la familia o la tribu. La antigua religión de los Vedas y sus sacerdotes brahmanes estaban cada vez más ligados a dichos gobiernos centralizados, y surgió una nueva clase de practicante religioso. Éstos eran vagabundos ascetas que, insatisfechos con las convenciones sociales y el ritualismo vacío de la religión establecida, renunciaban a sus hogares y su posición social para errar por el mundo, viviendo de limosnas, en busca de la liberación espiritual. Siddharta se convirtió en un «vagabundo».
Entró en contacto con los maestros espirituales más famosos de su época, a quienes pronto superó en talento, y al percatarse de que incluso las elevadas cumbres a que aquéllos le habían conducido no le proporcionaban las respuestas que buscaba, fue abandonándolos para continuar la búsqueda en solitario.
Una creencia muy extendida en aquella época era que el individuo liberaba el espíritu debilitando la prisión de la carne. Así pues, durante los seis años siguientes, Siddharta se dedicó a la práctica de una austeridad religiosa extrema. No llevaba ropa alguna, no se lavaba y ayunaba, y velaba durante períodos cada vez más largos.
Todos mis miembros se asemejaban a los nudos de una enredadera marchita, las nalgas parecían las patas de un novillo. El espinazo me sobresalía como una hilera de ovillos, las delgadas costillas, como vigas estrafalarias de un cobertizo destartalado, los ojos se hundían en las cuencas, y las pupilas me brillaban como el agua de un pozo profundo. El cuero cabelludo se me volvió como una calabaza verde que se arruga y encoge con el aire tórrido. Cuando quería cogerme la piel de la barriga, también me cogía la del espinazo, pues la una y el otro se tocaban. El vello se pudría de raíz y se me desprendía del cuerpo cuando me pasaba la mano por las extremidades.
Célebre por la rigidez de su ascetismo, su fama se extendió rápidamente por todo el norte de la India y empea atraer a muchos seguidores. A pesar de el lo, todavía no se sentía satisfecho. Seis años después de dejar su hogar, se hallaba tan lejos de resolver las cuestiones fundamentales de la existencia como al principio de su búsqueda. Al constatar que la austeridad no le había llevado a ninguna parte, y a pesar del gran renombre y reputación de santo asceta que se había ganado, Siddharta tuvo el valor moral de abandonar su trayectoria anterior. Empezó a comer con moderación, y sus discípulos, escandalizados, le repudiaron.

Se encontraba completamente solo. La familia, el clan, la reputación, los seguidores, todos le habían abandonado. Todos sus intentos por romper el velo de la ignorancia habían fracasado. Estaba desolado y no sabía qué camino debía tomar. Sólo estaba seguro de una cosa: jamás desistiría de su búsqueda.

Llegado a este punto, un recuerdo acudió a su mente. Una vez, siendo bastante joven, cuando se hallaba sentado a la sombra de un manzano, observando cómo araba su padre, relajado por el ritmo lento y continuo de los bueyes y solazado al fresco de la sombra, se sumió espontáneamente en un estado de meditación profunda que quizá era el camino hacia la iluminación.

En este estado de aguda soledad existencias, y con una determinación inamovible, cuenta la leyenda que Siddharta se sentó bajo un árbol y declaró lo siguiente:
La carne puede marchitarse, la sangre puede secarse, pero yo no me levantaré hasta que alcance la iluminación.
Permaneció sentado allí cuatro días y cuatro noches, meditando. La leyenda presenta un relato muy vivo de la lucha existencial que Siddharta libró. Era el momento de su confrontación con Mara, el malvado, la personificación arquetípica de todo cuanto se interpone entre el hombre y la verdad. Al ver a Siddharta sentado y meditando con determinación, Mara se estremeció de miedo:
Con él se hallaban sus tres hijos, el desasosiego, el regocijo y el orgullo resentido, y sus tres hijas, la furia, la concupiscencia y la sed. Éstos le preguntaron por qué estaba tan desconcertado, y él contestó con estas palabras: «Mirad aquel sabio vestido con la armadura de la determinación. ¡La verdad y la virtud espiritual son sus armas, y tiene las flechas de su inteligencia a punto! Se ha sentado con la firme intención de conquistar mi reino. ¡No es extraño que mi mente esté sumida en un profundo abatimiento! Si consiguiera vencerme y proclamara al mundo el camino hacia la dicha final, entonces mi reino quedaría vacío. Pero aún no ha alcanzado la sabiduría completa. Todavía está dentro de mi esfera de influencia. ¡Mientras pueda, frustraré su solemne propósito y me lanzaré contra él como la corriente de un río crecido rompe contra el terraplén!

Sin embargo, Mara no pudo hacer nada contra el que había de convertirse en Buda, y él y su ejército fueron vencidos y huyeron en todas las direcciones. Su regocijo se desvaneció, su esfuerzo resultó infructuoso, y sus rocas, troncos y árboles quedaron esparcidos por doquier. Se comportaron como un ejército hostil cuyo comandante ha sido asesinado en el campo de batalla. Y así, Mara, vencido, huyó junto con sus seguidores. El gran profeta, libre del polvo de la pasión, victorioso sobre la negra oscuridad, le había derrotado.
Siddharta, tranquilamente sentado bajo un árbol, intentaba que su mente quedara en blanco. Poco a poco, todas las corrientes de su psique empezaron a confluir. La concentración aumentaba continuamente y a medida que ésta se incrementaba, la mente de Siddharta cobraba mayor claridad. Dejó que el proceso continuara y se reforzara, procurando que ningún elemento lo obstaculizara.

Progresivamente entró en un estado de meditación cada vez más profundo que le proporcionaba una gran claridad mental. La mente semejaba un diamante que poco a poco brillaba con mayor intensidad. Aunque se trataba de un estado muy placentero, Siddharta no permitió que el placer le distrajera e, ignorándolo, alcanzó un estado de ecuanimidad creciente.

Paulatinamente los brillantes rayos que despedía su mente comenzaron a iluminar el pasado. Evocó todos los detalles de su pasado, hasta su más tierna infancia, y luego, de repente, se remontó aún más en el tiempo, tanto que incluso recordó su vida anterior. A medida que su concentración aumentaba, veía más y más atrás. Un río de vidas infinito surgía y discurría en incesante sucesión. Allí había nacido, con ese o aquel nombre, había vivido de tal manera, muerto a aquella edad y vuelto a nace, en ese o aquel lugar a una y otra vez, más y más. Contempló cada una de sus vidas con todo detalle. El ciclo se repetía sin fin. Nacer, crecer, enfermar y morir; nacer, crecer, enfermar y morir; era un círculo cerrado.

A continuación, las barreras que le habían separado de los demás se derrumbaron Y contempló las vidas de un número incontable de individuos, las luchas, éxitos y fracasos, y sintió el ritmo inagotable de sus existencias: nacimiento y Muerte, nacimiento y muerte, nacimiento y muerte; el eterno latido de la humanidad que sufre.

Siddharta empezó a vislumbrar una pauta en este incesante flujo de cambio. Los seres cuyas vidas se habían basado en la bondad y la generosidad habían renacido en circunstancias felices, mientras que aquellos que habían vivido en el odio y la codicia volvían a nacer de forma inevitable en estados de sufrimiento. Mediante la observación de tantas vidas descubrió que podía predecir el resultado de los actos humanos. Quienes proporcionaban felicidad generaban a su vez estados de dicha para sí mismos; quienes causaban dolor Y separación se encontraban solos en un mundo hostil. Sé trataba de un hecho evidente, que, sin embargo, la gente ignoraba, pues estaba demasiado preocupada por nimiedades.
Siddharta identificó a paso del proceso en que se producía la corriente infinita de nacimiento y muerte. Ambas eran consecuencia de la ambición. Lo que conducía a los hombres de una vida a otra en un círculo de sufrimiento infinito era su intenso afán de ser. Al cesar este anhelo, también cesaban el nacimiento, la muerte y el sufrimiento. Después de tal constatación, Siddharta ya no podía seguir creyendo que la ambición reportaba felicidad, pues había comprendido la existencia del vínculo entre el anhelo y el sufrimiento. Semejante descubrimiento provocó un cambio espectacular en él. Sus ambiciones desaparecieron. El nacimiento y la muerte se disolvieron. La personalidad humana y 1 imitada, «Siddharta», se evaporó. Sólo quedaron una claridad luminosa y total, una perfecta comprensión, una libertad infinita y una creatividad sin límites.

Tras aquella noche de mayo de luna llena, la madrugada trajo consigo la iluminación. Siddharta Gautama se había convertido en Buda.
Y la luna, como la sonrisa virginal de una doncella, iluminó el cielo,

mientras sobre la tierra caía una lluvia de rocío y flores de dulce aroma.
Siddharta pasó varias semanas asimilando esta profunda experiencia. Durante algún tiempo reflexionó sobre la posibilidad de dar a conocer su descubrimiento de la iluminación a los demás, pues había sido muy sutil. Penetrar en dicho secreto requería tranquilidad y una gran concentración, y la gente estaba demasiado inmersa en sus fútiles deseos, en poseer y gastar; excesivamente atada a la familia, los amigos, la riqueza y la reputación.

La leyenda cuenta que en ese momento se le apareció un ser celestial que le rogó que divulgara sus enseñanzas, pues existían personas en el mundo «con los ojos abiertos», ansiosas de saber. Con el ojo de la imaginación, Buda contempló a todos los seres humanos y los vio como un gran lecho de flores de loto, algunas de las cuales aparecían hundidas en el fango, otras sacaban la cabeza a la superficie y el resto sobresalía del agua. Estas últimas, aunque tenían las raíces en el lodo, emergían en busca de la luz. Representaban a los seres que comprenderían su mensaje. Por tanto, Buda decidió enseñar.
Y así abandonó el lugar que hoy conocemos con el nombre de Bodh Gaya y caminó más de ciento sesenta kilómetros hasta Sarnath, cerca de la antigua ciudad de Benarés, donde algunos de sus antiguos discípulos habían acampado en un parque de ciervos. Al ver que se aproximaba, sus antiguos seguidores intercambiaron miradas recelosas. Ahí estaba el reincidente Gautama, el que un día fue un solitario. Se preguntaban qué quería. Desde luego, no estaban dispuestos a recibirle con respeto. Sin embargo, a medida que Buda se acercaba, quedaron tan sobrecogidos por su calma y porte radiante que no pudieron evitar mostrarle su admiración.

Eran hombres tenaces, curtidos por años de ascetismo, que dedicaban todo su tiempo a la búsqueda espiritual y creían conocer todo al respecto. Sin embargo, observaron que Buda enfocaba la vida desde una dimensión totalmente nueva. Tenía algo diferente que no sabían explicar. Comenzaron a debatir de una forma dura y directa, abordando el fondo de las cuestiones. Las discusiones duraron días enteros. De vez en cuando, alguno iba a pedir limosna para los demás y luego se reincorporaba a la conversación. La confianza y convicción de Buda eran absolutas. Había descubierto la senda hacia la iluminación, un camino que se extendía entre los extremos del hedonismo y el ascetismo, el nihilismo y lo eterno.
Finalmente el asceta Kaundinya tuvo una revelación sensacional. Entendió qué pretendía Buda, no sólo de forma intelectual, sino que experimentó algo similar a lo que Buda había sentido bajo el árbol en Bodh Gaya. Las ataduras que le unían a su limitada personalidad se rompieron, de modo que también él se liberó del yugo del afán.
Buda, encantado, exclamaba: « ¡Kaundinya ha comprendido! ¡Kaundinya ha comprendido!» El descubrimiento de Buda podía darse a conocer; si Kaundinya podía comprenderlo, también otras personas lo harían. La humanidad se beneficiaría de tales enseñanzas. Durante los días siguientes, el resto de ascetas alcanzó la iluminación. Un día, un joven llamado Yasa pasó por allí. Cuando empezó a conversar con Buda, quedó tan convencido de la verdad que encerraban sus palabras que llevó allí a su familia y sus amigos para que le escucharan. De este modo se creó una nueva comunidad espiritual, un sangha. Pronto el número de iluminados ascendió a sesenta, y Buda los mandó por el mundo a predicar «para el bienestar y la felicidad de muchos, para ofrecer vuestra compasión a los demás».

Durante los cuarenta y cinco años siguientes, Buda recorrió todo el norte de la India, unas veces solo, otras acompañado de algunos miembros de la comunidad que se ampliaba alrededor de él. Se dedicaba a difundir sus doctrinas entre reyes, cortesanos, barrenderos, cabezas de familia; toda clase de personas acudía a escuchar cómo enseñaba el Dharma.

«Dharma» es un difícil término sánscrito (en pali, la otra lengua principal de los antiguos textos budistas indios, es «Dhamma») que puede significar ley, camino o verdad. En este caso denomina el conjunto de enseñanzas y prácticas que conducen a la iluminación. El Dharma que Buda predicaba se sistematizó con el tiempo. Durante cientos de años fue repetido y transmitido mediante tradición oral (probablemente Buda, al igual que la mayoría de sus parientes, era analfabeto) y a la larga constituyó la base de una extensa tradición literaria. Todo empezó cuando Buda, deambulando por los caminos, intentaba que la gente viera las cosas con mayor claridad, compartía libremente su sabiduría en atención a todos los seres vivos y ayudaba a los demás a emprender el camino hacia la penetración trascendental que él mismo había alcanzado.

A lo largo de su vida la fama de Buda como maestro se extendió por todo el norte de la India, una zona de ciento veintinueve mil kilómetros cuadrados que abarcaba siete países diferentes. Comenzó a ser conocido como el Shakyamuni, «el sabio del clan de los Shakya», y sus palabras despertaban un gran interés. Los cuarenta y cinco años transcurridos desde que alcanzó la iluminación, a los treinta y cinco años de edad, hasta su muerte, a los ochenta, los dedicó a predicar sus enseñanzas. Excepto en la estación de las lluvias, período en que él y sus seguidores se recluían, anduvo por los caminos secos y polvorientos, recorrió pueblos y ciudades, viviendo de limosnas, aceptando sólo lo que se le ofrecía espontáneamente y hablando con todo aquel dispuesto a escuchar su mensaje, independientemente de su sexo, casta, vocación o religión. Entre sus discípulos se contaban dos de los principales reyes de la región, así como miembros de las familias republicanas más poderosas y algunos de los comerciantes más ricos. En sus viajes estableció estrecho contacto personal con vagabundos ascetas, campesinos, artesanos, tenderos y ladrones. Gentes de todas las castas se unieron a su Sangha, donde perdían sus rasgos de casta y clase social para convertirse en simples «seguidores de Buda».

Siempre que podía, Buda intentaba ayudar a las personas a ver las cosas tal como son en realidad, respondiendo a cada situación a partir de las profundidades de su sabiduría y compasión. Un día, por ejemplo, una mujer llamada Kisa Gotami lo visitó trastornada por la muerte de su hijo. Estrechando al niñito muerto contra su pecho salió apresuradamente en busca de la medicina que pudiera devolver la vida al pequeño. Mostrando la criatura a Buda, gimió:

-¡Por favor, por favor! ¡Dame una medicina para mi hijo!

-Muy bien -dijo Buda-, pero primero debes traerme una semilla de mostaza.

-¡Una semilla de mostaza! ¡Qué fácil! -replicó la mujer.

-Pero -añadió Buda- debes cogerla de una casa en que nadie haya muerto.

Kisa Gotami se alejó corriendo para pedir una semilla de mostaza, llamando a una casa tras otra. La gente quería ayudarla, pero, cuando ella preguntaba si alguien había fallecido en la casa, la respuesta era siempre la misma: «Desgraciadamente sí. Los muertos son muchos, y los vivos, pocos.»

Kisa Gotami estaba totalmente desesperada. ¿Dónde iba a encontrar la semilla de mostaza que tanto necesitaba? A medida que pasaba de casa en casa comenzó a comprender el mensaje. La muerte llega a todo el mundo; no existe escapatoria posible. Así pues, se reunió con Buda y dejó a su hijo muerto en el suelo. «Ahora sé que no estoy sola en este inmenso duelo. La muerte llega a todos.»

Kisa Gotami se unió al Sangha y a su debido tiempo se convirtió en una iluminada.

En otra ocasión, Buda se encontraba en una zona del país que estaba siendo aterrorizada por un bandido llamado Angulimala el collar de dedos, quien, después de asesinar a sus víctimas, tenía la horrible costumbre de cortarles un dedo para colgarlo en la cuerda que llevaba alrededor de¡ cuello. Su objetivo era llegar a los cien dedos. En la época de nuestro relato, Angulimala tenía no venta y ocho y estaba tan desesperado por alcanzar su meta que se planteaba la posibilidad de matar a su anciana madre, que vivía con él y le preparaba la comida.

Cuando Buda pasó por la zona donde vivía Anguimala, los asustados aldeanos le rogaron que no continuara, pues corría un gran peligro. Ignorando sus súplicas, Buda siguió su camino, tranquilo y vigilante como siempre.
Angulimala vio aproximarse a alguien y exclamó: -¿Quién se atreve a entrar en mi territorio con tal tranquilidad? -Estaba acostumbrado a que la gente se apresurara a esconderse-. Muy bien. ¡Ahí viene mi dedo número noventa y nueve!

Blandiendo su espada, empezó a perseguir a Buda. Sin embargo, por muy rápido que corría, no lograba alcanzar a Buda, que seguía caminando a su ritmo. Esto intrigó tanto a Angulimala que no pudo evitar exclamar: -¡Eh, tú, monje, detente!

Buda se dio la vuelta.

-Yo me he parado, Angulimala; párate tú también.

-¿Como puedes mentir de esta manera? ¡Tú, un hombre santo! -exclamó indignado el rufián-. Aunque corro lo más rápido posible, no consigo alcanzarte. ¿Cómo puedes decir que estás quieto?

-Estoy quieto porque estoy en el nirvana -replicó Buda-. Tú te mueves porque estás pasando una y otra vez por la Rueda de la Reencarnación.

Angulimala quedó tan impresionado por la conducta reposada de Buda y su actitud compasiva que abandonó la violencia y solicitó ser aceptado como su seguidor. Se unió al Sangha y realizó un rápido progreso espiritual.

En una ocasión un rey visitó a Buda. Empezaron a hablar, y durante la conversación surgió la cuestión de quién era más feliz, el soberano o Buda.
-Desde luego yo soy más feliz, -afirmó el rey-; tengo palacios, esposas, cortesanos, riqueza, ejércitos, caballos y elefantes. Poseo fama y poder, todo cuanto deseo. ¿Y qué tienes tú? Un vestido, una jofaina para la oración, algunos discípulos sucios...

-Dime -interrumpió Buda-, ¿podrías permanecer una hora aquí sentado, sin hacer nada, totalmente despierto y gozando de una felicidad completa?

-Humm... supongo que sí -contestó el monarca.

-¿Y podrías estar aquí sentado durante un día y una noche sin moverte, y ser completamente feliz todo el tiempo?
El rey admitió que aquello excedía a sus posibilidades.
-En cambio yo puedo permanecer aquí sentado siete días y siete noches sin inmutarme, experimentando todo el tiempo una felicidad completa y perfecta -declaró Buda-. Por lo tanto, creo que soy más feliz que tú.

De este modo el Sangha fue creciendo, y el Dharma se extendió por todo lo largo y ancho del territorio. Sin embargo, a Buda no le interesaba el número de sus discípulos, y tampoco quería que la gente le siguiera con fe ciega, sino que deseaba que comprobara sus enseñanzas a través de la práctica, es decir, que las llevara a cabo y constatara su validez.

En cierta ocasión un grupo de jóvenes del clan Kalama lo visitó. Se sentían confusos por las doctrinas opuestas de los diferentes maestros espirituales de la época. Todos parecían predicar enseñanzas contradictorias. ¿Cómo podían escoger entre ellos? Buda contestó:

« No os guiéis por los rumores ni por lo que otros os digan. No hagáis caso de lo que habla la gente ni de lo que establece la autoridad de las enseñanzas tradicionizadas», sugirió que aquellos que se sentían demasiado violentos para preguntar directamente lo hicieran a través de un amigo. La respuesta fue un silencio apabullante. El Dharma había quedado perfectamente claro. A continuación Buda hizo la siguiente exhortación a sus seguidores: « ¡Las cosas condicionadas no perduran! ¡Luchad con toda vuestra conciencia!» Después de pronunciar estas palabras se sumió en un estado de meditación profunda y murió.

Durante la mayor parte de su actividad como maestro, Buda estuvo acompañado de su primo y gran amigo Ananda, de quien se dice poseía una memoria prodigiosa. A él se atribuyen todas las historias doctrinales de las escrituras budistas, ya que aparentemente recordaba todos y cada uno de los sermones de Buda y los reprodujo fielmente en la reunión del consejo del Sangha celebrado tras la muerte de Buda, estableciendo así las bases de una tradición oral que preservó las enseñanzas hasta que empezaron a plasmarse por escrito varios siglos después.

Durante los últimos dos mil quinientos años, la doctrina de Buda ha permitido a un incontable número de hombres y mujeres alcanzar la liberación, lo que llamamos la «salvación del corazón». En el parque de ciervos de Sarnarth, Buda, en compañía de sus primeros discípulos ascetas, puso en movimiento la rueda del Dharma.

Desde entonces ha rodado durante siglos a través de la India, Sri Lanka, Birmania, Tailandia, Camboya, Laos, Nepal, Tíbet, China, Vietnam, Corea y Japón. Millones de personas han quedado profundamente impresionadas por las enseñanzas, las cuales han originado cambios personales, sociales y culturales profundos.

Pero ¿qué es exactamente el Dharma y qué utilidad puede tener una doctrina que apareció hace dos mil quinientos años en la India?

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En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y iconEste ejemplar es dedicado a todos los docentes y estudiantes lectores...

En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y icon2. Existe en todo el cosmos la escala sonora de los siete tonos;...
«Este era en el principio con Dios». «Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho». «En...

En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y iconLa pulsión de muerte y la creación de la nada
«Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contiene y verás que Dios lo creó todo de la nada, y el...

En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y iconNo soy un criminal. No he hecho nada malo
«No soy un criminal, no he hecho nada malo», me repito una y otra vez a modo de mantra protector

En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y iconLos tanteos exploratorios buscando algún conocimiento cierto respecto...
«soy humano y nada de lo humano me es ajeno». De acuerdo -provisionalmente, claro- pero entonces ¿qué significa ser humano? ¿En qué...

En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y iconLos niños índigo los nuevos chicos han llegado padres: si tienen...

En la elaboración de este libro han confluido muchas corrientes diferentes y, de hecho, no contiene nada original. He adaptado libremente los escritos y iconLos niños índigo los nuevos chicos han llegado padres: si tienen...






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