Fernando pessoa y la multitud contradictoria. Víctor Sosa






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fecha de publicación17.04.2016
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FERNANDO PESSOA Y LA MULTITUD CONTRADICTORIA.




Víctor Sosa


I



La modernidad instaura la entropía. El Uno –la realidad como indiscutible verdad aprehensible a través de la ciencia- ahora se disuelve en múltiples partículas. Fragmentación y diversificación de lo real. La física moderna nos revela un mundo complejo y contradictorio, irreductible a una lógica lineal, euclidiana, tranquilizadora. De forma paralela a las perplejidades de la física, tienen lugar las perplejidades del inconsciente reveladas por el psicoanálisis freudiano. Si el mundo ha dejado de existir como unidad para astillarse en múltiples partículas atómicas, el ser, el individuo –la persona- también sufrirá un proceso de descomposición, de multiplicidad, de esquizofrenia irreversible. Somos multitudes, y somos multitudes contradictorias, confrontadas consigo mismas. La multitud contradictoria que nos habita es producto de la secularización –la pérdida, sobre todo, de un dios rector- y de la atomización producida por el individualismo burgués a partir del siglo XV. La liberación de la fe –que mantenía al individuo dormido en la jaula de su creencia- produjo el despertar y la diáspora. La errancia en un mundo sin Dios y sin brújula; la búsqueda de una verdad que, a cada instante, se desvanece; la duda como única razón del ser; el exilio interior como último aposento estable en la existencia.

Fernando Pessoa encarna como pocos ese espíritu trágico del individuo moderno. Del individuo y del poeta. Ser poeta es ser un doble exiliado. Al exilio individual antes citado, sumémosle el exilio de la palabra, el apartamiento del lenguaje convencional, de la simple transacción lingüística, para construir un lenguaje otro: el lenguaje interior de la poesía. Es paradójico –o por lo menos sintomático- que Pessoa se haya ganado la vida escribiendo cartas comerciales en francés e inglés para una compañía naviera. La lengua de transacción le permitía sustentar a las múltiples lenguas interiores, poéticas. Y, también, le permitió ordenar la entropía de su ser, la diáspora sin brújula de las sensaciones, emociones y pensamientos. Pessoa crea personas –pessoas en portugués- que organizan las astillas de la multitud contradictoria pessoana. Así nacen los heterónimos.

Cito la multicitada carta de Pessoa a Adolfo Casais Monteiro, donde explica el “nacimiento” de los heterónimos:
“Un día (...) –fue el 8 de marzo de 1914- me acerqué a una cómoda alta y, tomando un papel, comencé a escribir de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas al hilo, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no podré definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro así. Abrí con un titulo El cuidador de rebaños. Y lo que siguió fue la aparición en mí de alguien a quien desde luego di el nombre de Alberto Caeiro. Discúlpeme lo absurdo de la frase: apareció en mí mi maestro. Ésta fue la sensación inmediata que tuve. Tanto así, que habiendo escrito de esa manera los treinta y tantos poemas, inmediatamente tomé otro papel y escribí, también al hilo, los seis poemas que constituyen Lluvia oblicua de Fernando Pessoa. Inmediata y totalmente... fue el regreso de Fernando Pessoa-Alberto Caeiro a Fernando Pessoa solo. O, mejor, fue la reacción de Fernando Pessoa contra su inexistencia como Alberto Caeiro.”

“Una vez que apareció Alberto Caeiro inmediatamente traté de descubrirle –instintiva y subconscientemente- unos discípulos. Arranqué al Ricardo Reis latente de su falso paganismo, le descubrí el nombre y lo ajusté a sí mismo, pues para entonces yo ya lo veía. Y, de pronto, y en sentido opuesto al de Ricardo Reis, me surgió impetuosamente un nuevo individuo. De un tirón y directo a la máquina de escribir, sin interrupción ni enmienda, surgió la Oda triunfal de Álvaro de Campos –la Oda con ese nombre y el hombre con el nombre que tiene”.

No importa tanto la verosimilitud de estas palabras. Más importante es la orgánica conjunción de este “drama en gente” –como le llamó su autor- que irá articulando su personal –y despersonalizada- poética. Y lo orgánico se da en la integración de las diferencias: Alberto Caeiro es el maestro de todos. Es, en el fondo, la anulación de todas las contradicciones deseada por Pessoa. Es el niño sabio que está más allá del bien y del mal, de los condicionamientos culturales, de las insolubles abstracciones filosóficas. Caeiro es un poeta panteísta –la naturaleza es su dios- y es el poeta de la inocencia: “Hay metafísica bastante en no pensar en nada// ¿Qué idea tengo de las cosas?/ ¿Qué opinión tengo de las causas y los efectos?/ ¿Qué es lo que he meditado sobre Dios y el alma/ y sobre la creación del mundo?/ No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos/ y no pensar. Es correr las cortinas/ de mi ventana (pero no tiene cortinas).// ¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es el misterio!/ El único misterio es ver quien piense en el misterio./ Quien está al sol y cierra los ojos,/ empieza a no saber qué es el sol/ y a pensar muchas cosas llenas de calor./ Pero abre los ojos y ve el sol,/ y ya no puede pensar en nada,/ porque la luz del sol vale más que los pensamientos/ de todos los filósofos y de todos los poetas./ La luz del sol no sabe lo que hace/ y por eso no yerra y es común y es buena”. Caeiro es el poeta de la inocencia, es decir, es el ideal del poeta: el que nombra por primera vez el mundo, el que aún está unido al mundo y expresa esa unidad; el poeta anterior a la debacle del individualismo burgués y la concomitante diáspora del sentido. Por eso es el maestro. Caeiro es un presocrático; no es un intelectual: es un sabio. Es todo lo contrario a Pessoa. Por lo mismo, precede a todos los heterónimos y muere joven y antes que todos. Pessoa mata a su maestro porque ya no hay lugar para la inocencia, lo mata antes que se envilezca porque la inocencia es temprana, es atributo de la niñez y de un tiempo fuera de la historia: el tiempo del mito. Pero el tiempo del mito hace mucho que quedó fuera, desterrado del tiempo sucesivo e histórico de los hombres modernos. Es, a lo sumo, una referencia vaga a la cual recurrimos con un anhelo no desprovisto de escepticismo. Necesitamos el mito como necesitamos la ilusión de una esperanza. El poeta moderno –el poeta posterior a la debacle- escribe desde el exilio del mito y desde el exilio del mundo; escribe para testimoniar dicha condición exílica. Fernando Pessoa y –sobre todo- Álvaro de Campos asumirán el involuntario compromiso de ser –como quería Rimbaud- absolutamente modernos.
II


El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que de veras siente
Fernando Pessoa

Ser absolutamente moderno es estar dividido, fragmentado, atomizado, es, en suma, ser multitud contradictoria. “¿Me contradigo? –decía el moderno demócrata Walt Whitman, y él mismo se contestaba- Contengo multitudes”. Esa autoconciencia de la multiplicidad es común en los poetas modernos. Recordemos otra vez a Rimbaud: “Yo es otro”. Multiplicidad y otredad; conciencia de lo inconsciente que se manifiesta en uno, en la unidad dividida en que devenimos y creemos ser. Pero ese astillarse del ser en devenir contiene, también, su riqueza, su innegable lado positivo, su ensanchamiento de la percepción del mundo y de uno mismo como parte de aquel.

Fernando Pessoa inventa el sensacionismo. Un ismo –en la era de los ismos- único, personal, más íntimo que el futurismo y que otros movimientos que se proyectaban como paradigmas a seguir en aquella época. No estamos ante una doctrina metódicamente establecida, sino ante esbozos de un sistema poético fundamentado en una noción filosófica un tanto vaga de la realidad. Es comprensible. El mismo Pessoa declara ser “...un poeta animado por la filosofía , no un filósofo con facultades poéticas”. Pero no olvidemos que, antes de Sócrates, difícilmente se podía separar la filosofía de la poesía, el canto de la reflexión, lo connotativo de lo denotativo en el lenguaje. Sin embargo, Pessoa no es un pre-socrático: es un poeta moderno. La diferencia, si no sustancial –el portugués descreía de las sustancias- es al menos sustantiva. Salvo Caeiro, nadie cree demasiado –en esas primeras décadas del siglo XX- en la unión entre palabra y mundo. El doble exilio ya citado –el del mito y el del mundo- obliga al poeta a inventar un mundo mítico, ¿y en dónde más puede encarnar ese mundo sino es en el lenguaje? El lenguaje es el único asilo posible, la única morada, el único recinto del hallazgo después de la desaparición de los dioses (Hölderlin fue el último en dialogar con ellos) y de la desaparición del mundo acometida por Mallarmé.

El sensacionismo pessoano es profundamente moderno. Toma datos sensibles de la realidad –datos que pasan por los cinco sentidos del poeta- y con ellos construye un objeto estético. Veamos cómo lo explica el propio Pessoa: “1) Todo objeto es una sensación nuestra. 2) Todo arte es la conversión de una sensación en objeto. 3) Por lo tanto, todo arte es la conversión de una sensación en otra sensación”. La obra de arte, digamos, el poema, es una construcción de los sentidos –y de las emociones- basada en la realidad –que a su vez es otra construcción subjetiva y variable de acuerdo al receptor. En suma, la realidad no existe más que en la percepción –la sensación- del observador. De ahí la importancia de incrementar nuestra conciencia, nuestro registro de sensaciones y nuestra posibilidad de ampliar ese registro lo más que podamos. Porque: “El fin del arte es simplemente incrementar la autoconciencia humana... Cuanto más descompongamos y analicemos los elementos psíquicos de nuestras sensaciones, más incrementaremos nuestra autoconciencia. El arte, pues, tiene la obligación de hacerse más y más consciente”. El arte como una epistemología, como una ciencia del conocimiento. De ahí, de lo que he dado en llamar multitud contradictoria del yo moderno y del sensacionismo, nacen los heterónimos. Hay una instintiva coherencia en Pessoa: la despersonalización heterónima es la puesta en práctica de la teoría sensacionista. Ser otro y ser muchos es aprehender diferentes instancias de la realidad ya que la realidad no es más que un cúmulo de sensaciones. Sentir lo que sentimos y sentir lo que otros sienten. Hipertensiones de las sensaciones; caleidoscopio inagotable, prisma contradictorio que, a su vez, anula en su anhelo de unidad toda oposición y toda contradicción. La heteronimia es una estrategia de la inocencia, un imposible intento de retorno a la unidad inocente, pero por el laberíntico camino de la racionalización.

Por otra parte, la despersonalización heterónima –ese “drama en gente” que acaece en toda la obra de Pessoa- se alimenta de variadas fuentes esotéricas. No olvidemos los estudios que el poeta hace de la simbología rosacruz, de la astrología (en cierto momento pensó dedicarse a la confección de cartas astrales en Lisboa), de la teosofía de Madame Blavatsky, así como los probables vínculos con el brujo inglés Aleister Crowley –quien se supone que visitó a Pessoa en la capital portuguesa antes de desaparecer misteriosamente. La puesta en duda de la realidad y la multiplicidad de máscaras –de pessoas- que disuelven el yo, pueden ser entendidas, entonces, como una iniciación, como un rito de pasaje, ¿hacia dónde? Tal vez, hacia el insondable misterio de sí mismo.

III




Sin duda, el heterónimo más cercano a Fernando Pessoa es Ricardo Reis. Los une el uso de la rima, cierto tradicionalismo estilístico, cierta contención en el decir. Pessoa escribe sonetos, Reis escribe odas, elegías, epigramas, a la manera de los poetas latinos. Reis encarna el equilibrio, la mesura; tal vez –a través de su acendrado latinismo- se exprese la victoriana educación que el poeta recibió en sus años de infancia y adolescencia en Durban, Sudáfrica. Ese parecido entre ambos también postula un rechazo, un no sentirse totalmente cómodo con el estoico rigor y la lúcida pero fría perfección de su engendro. Pessoa hace público ese reparo: “Caeiro escribe mal el portugués; Campos lo hace razonablemente, aunque incurre en cosas como decir ‘yo propio’ por ‘yo mismo’; Reis mejor que yo pero con un purismo que considero exagerado”. En estas líneas se define también una actitud ante la poesía: la perfección formal queda, si no excluida, por lo menos devaluada; el formalismo, para Pessoa, es una exageración, es decir, un exceso de artificio en el natural artificio del poema. No es casual que Caeiro, el maestro de todos los heterónimos y del mismo Pessoa, sea “quien escribe mal el portugués”. La inocencia es imperfecta, como el dibujo de un niño; la perfección es sinónimo de civilización, de culterano artificio. Ambos –Caeiro y Reis-, sin embargo tienen en común el estar fuera del sucesivo tiempo histórico, ambos son ideales: el ideal de la inocencia –enclavado en el mito anterior a la cultura- y el ideal de la perfección –enclavado en la cultura olímpica y apolínea de la civilización greco-latina.

Álvaro de Campos será el nexo con el tiempo histórico. Cosmopolita, dandy, ingeniero naval educado en Inglaterra, activista político, introductor de las ideas futuristas en Portugal, incansable viajero –estuvo en India y China-, Álvaro de Campos es el costado extrovertido que compensa la insuperable timidez e introversión de Pessoa. Por lo mismo, será el poeta sensacionista por antonomasia: “Sentirlo todo de todas maneras,/ vivirlo todo por todos los lados,/ ser una misma cosa de todos los modos posibles y al tiempo,/ realizar en mí toda la humanidad de todos los momentos/ en un solo momento difuso, profuso, completo y lejano”. Simultaneidad, ubicuidad, omnipresencia. Negación del yo por el camino contrario al del místico; De Campos se expande, se propala: “no pueden evitar que yo esté en todas partes” –y agrega: “Mi privilegio es todo”. Nos legó un manojo de poemas que son joyas de lucidez y, sobre todo, una obra maestra insuperable: Oda marítima. En ese extenso poema De Campos-Pessoa pone en juego todos los recursos del sensacionismo, incrementa la autoconciencia al encarnar sensaciones, emociones y tiempos otros; otredad que deviene mismidad. El otro es el mismo. El civilizado ingeniero naval sentado en el muelle frente al Tajo, viendo, desde su modernidad, como entra un trasatlántico al puerto, de pronto, comienza a delirar. Pensamientos que son sensaciones que son emociones giran en el timón de la imaginación. De Campos vive, en su sedente quietud frente al río que fluye, la hiperestesia de un teatro de la crueldad, de un sucesivo derrame de acontecimientos terribles: piratas, violaciones, asesinatos, furor en lo perverso, tensión vital en el impulso destructor sadomasoquista: “¡Ah, los piratas! ¡Los piratas!/ ¡Anhelo de lo ilegal unido a lo feroz,/ anhelo de las cosas absolutamente crueles y abominables (...) ¡Derrumbaos sobre mí cual grandes muros pesados,/ oh bárbaros de la mar antigua!/ ¡Hendidme y herirme!/ ¡Del este al oeste de mi cuerpo/ rayad con sangre mi carne!/ ¡Besad con hachas de abordaje y azotes y rabia/ mi alegre terror carnal a perteneceros,/ mi anhelo masoquista de darme a vuestra furia,/ de ser objeto inerte y sintiente de vuestra omnívora crueldad,/ dominadores, señores, emperadores, corceles!/ ¡Ah, torturadme,/ desgarradme y abridme!/ Desecho en pedazos conscientes,/ ¡derramadme sobre los combeses,/ esparcidme en la mar, abandonadme/ en las ávidas playas de las islas!!”. Crueldad vivida en carne propia, placer en el dolor autoinfringido; sentir, pero sentirlo todo, como sucedáneo de un “vacío mirar”. Álvaro de Campos, el cosmopolita, el hombre de su tiempo, también huye de su tiempo, inventa su era imaginaria, busca, porque no le basta lo que existe: “Bien quisiera que hubiese/ un tercer estado para el alma, si solo tiene dos.../ Un cuarto estado para el alma, si son tres los que tiene...”. Búsqueda inútil. De Campos sabe, como su maestro Caeiro, que no hay nada qué buscar, pero su condición moderna, es decir, exílica, lo impele a esa búsqueda. De Campos piensa, mientras Caeiro vive. Por eso el ingeniero se lamenta: “Hazme humano, oh, noche, hazme fraterno y solícito./ Sólo humanitariamente es posible vivir./ Sólo amando a los hombres, a la acción, a la trivialidad del trabajo,/ sólo así -¡ay de mí!-, sólo así es posible vivir./ Sólo así, oh, noche, ¡y yo nunca podré ser así!”

El 30 de noviembre de 1935, finalmente abatido por el alcohol, muere Fernando Pessoa. Además de su múltiple obra poética, nos legó un libro excepcional: El libro del desasosiego –atribuido a Bernardo Soares, de quien Pessoa dijo: “soy yo menos el raciocinio y la afectividad”-, suerte de diario íntimo, reflexión filosófica, ensayo y poesía en prosa. Este híbrido fascinante formado por fragmentos es, o debe ser visto, como una dispersa unidad, como astillas de un mismo tronco que palpita, como el algoritmo de una vida –que fueron muchas-, o de un “drama en gente”. La singularidad de Pessoa en la literatura de todos los tiempos es haber sido muchos –haber sido nadie- para ser, de esta manera, único, irrepetible, inimitable.

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