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A orillas del lago

Susan Wiggs

4º Crónicas del lago Willow

A orillas del lago (2010)

Título Original: Dockside (2007)

Serie: 4º Crónicas del lago Willow

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Mira 244

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Greg Bellamy y Nina Romano

Argumento:

Después de que su hija se marchara de casa, Nina Romano estaba finalmente preparada para iniciar una nueva etapa en su vida. La aguardaba el apasionante mundo de las citas, los viajes y los sueños por realizar. Pero apenas había empezado a disfrutar de la soledad cuando se sorprendió a sí misma enamorándose de Greg Bellamy, el nuevo propietario del hotel del lago Willow, divorciado y con dos hijos a su cargo. Greg había fracasado en su matrimonio por culpa de un trabajo exigente y agotador, pero creía haber aprendido la lección y estaba dispuesto a empezar de nuevo antes de que fuera demasiado tarde. Tenía que ocuparse del hotel, de su problemático hijo y del inesperado embarazo de su hija adolescente. Lo que menos tenía era tiempo para enamorarse. Y, sin embargo, empezaba a sentir que con Nina Romano todo podría ser diferente.

El lago es el rasgo más hermoso en el rostro de la naturaleza. Es el ojo de la tierra que refleja la profundidad de nuestro propio ser.

Henry David Thoreau

Walden

PRIMERA PARTE


En la actualidad

Si tienes madera de guía turístico, trabajador social, especialista en marketing, asistente, cocinero, contable, relaciones públicas, jardinero e historiador, si estás dispuesto a trabajar duro para ofrecer las mayores comodidades y si deseas compartir con los demás la belleza natural de tu región, entonces estás preparado para dirigir un hostal o un hotel rústico.

Asociación Hostelera de Alaska

Capítulo Uno

Nina Romano mantuvo los ojos cerrados después de que Shane Gilmore la besara. No se podía decir que fuera el mejor beso del mundo. Ningún hombre nacía sabiendo besar, y algunos necesitaban mucha práctica para aprender. Como Shane Gilmore.

Abrió los ojos y le sonrió. Sus labios hermosamente esculpidos y su recia mandíbula, anchos hombros y pelo negro hacían pensar que sabía besar muy bien. Tal vez sólo estuviera teniendo un mal día.

—Llevaba mucho tiempo esperando para hacer esto —dijo él—. Tu trabajo al frente del Ayuntamiento se me estaba haciendo eterno.

¿Sería una indirecta por el escándalo en que había acabado el mandato de Nina como alcaldesa de Avalon en el Estado de Nueva York?

—Hablas como uno de mis enemigos políticos —dijo en tono burlón. Tal vez sólo fueran imaginaciones suyas.

—Mis motivos son más románticos —replicó él—. Estaba esperando el momento adecuado. No habría sido muy apropiado que nos vieran juntos siendo tú alcaldesa y yo, presidente del único banco del pueblo.

Presidente o no, seguía estando buenísimo y no le pegaba comportarse como un imbécil. Y en cuanto al escándalo, estaba siendo excesivamente paranoica. A esas alturas de su vida debería estar acostumbrada a los escándalos, siendo madre soltera. A pesar de las habladurías, había mantenido la cabeza bien alta en todo momento y había acabado trabajando como ayudante del alcalde en el idílico pueblo de Avalon. El sueldo era casi inexistente y tampoco mejoró mucho cuando el alcalde McKittrick cayó enfermo y ella pasó a ocupar su puesto en funciones, convirtiéndose en la alcaldesa más joven y peor pagada de todo el Estado. No sólo eso, sino que además se encontró con un pueblo al borde de la bancarrota. La situación económica era tan grave que se había visto obligada a recortar gastos de todas partes, incluido su propio salario, hasta encontrar finalmente dónde estaba el agujero: un administrador corrupto.

Pero ya era suficiente. Acababa de iniciar un nuevo capítulo de su vida. Había regresado al pueblo después de pasar tres semanas fuera y aquélla era su primera cita con Shane. No era el momento para ponerse a discutir por tonterías. Y aunque aquel beso hubiera sido demasiado torpe y… baboso, todo iba bien. Habían ido de picnic a Blanchard Park y luego habían dado un paseo por la orilla del lago Willow. Fue allí donde Shane se detuvo bruscamente en mitad del sendero, miró furtivamente a izquierda y derecha y luego pegó su boca a la suya.

Puaj…

Nina se reprendió a sí misma por su involuntaria mueca de asco. Se suponía que era un nuevo comienzo para ella. Nunca había tenido el tiempo ni las energías para salir con nadie mientras se ocupaba de cuidar a su hija, y no iba a estropearlo todo ahora por un exceso de escrúpulos. Su intransigencia ya había echado a perder más citas que… En realidad, las había echado a perder todas. Nunca había tenido una segunda cita con nadie, salvo aquella vez con quince años, cuando se quedó embarazada. Después de aquello, había decidido que las segundas citas no eran para ella.

Pero ahora todo era distinto. Había llegado el momento, con bastante retraso, eso sí, para descubrir si una cita podía acabar en algo mejor que un desastre. Su hija, Sonnet, ya tenía dieciséis años y había acabado prematuramente el instituto. La habían aceptado en la American University y de ese modo había evitado todos los errores juveniles que había cometido su madre.

No, tampoco era el momento para pensar en Sonnet. Aún intentaba convencerse a sí misma de que le resultaba fácil separarse de su hija, quien había sido todo su mundo hasta que se graduó en el instituto, unas semanas atrás.

Aceleró el paso y sintió un pinchazo en la pierna. En sus prisas por volver al presente con Shane, se había acercado demasiado a un arbusto espinoso.

Dejó escapar un débil gemido de dolor, pero Shane no pareció darse cuenta y se puso a caminar junto a ella mientras le contaba su último partido de golf.

Nina apretó los dientes para intentar contener el escozor. Siempre había querido jugar al golf. Era una más de las muchas cosas que no había podido hacer por falta de tiempo y recursos. Pero ahora que Sonnet se había marchado ya no tenía excusa para seguir posponiendo sus deseos.

Se sintió repentinamente más animada, a pesar de las espinas. Era una hermosa tarde de domingo y la gente salía al campo como animales de sangre caliente después de una larga hibernación. A Nina le encantaba ver a las parejas paseando por la orilla, a las familias haciendo picnic en el parque, las barcas y canoas en las cristalinas aguas del lago. El pueblo natal de Nina era el lugar perfecto para iniciar la siguiente fase de su vida.

El puesto de alcaldesa tal vez no le hubiera reportado muchas ventajas económicas, pero sí le había granjeado más amigos y aliados que enemigos, incluso después del escándalo financiero. Aquellos contactos y el banco de Shane serían la clave para su nueva empresa. Ahora que Sonnet se había ido, Nina se disponía a resucitar un sueño largamente enterrado.

—Así que estabas esperando a que acabara en la oficina del alcalde —le recordó a Shane—. Es bueno saberlo. ¿Cómo van las cosas en el banco?

—Se han producido algunos cambios —respondió él—. De hecho, iba a hablarte de eso más tarde.

Nina frunció el ceño al ver cómo desviaba la mirada.

—¿Qué clase de cambios?

—Cambios en la plantilla mientras estabas fuera. ¿Podemos no hablar de trabajo ahora? —la tocó en el brazo y la miró fijamente—. Te he echado de menos. Tres semanas es mucho tiempo.

—No tanto —replicó ella—. Yo he tenido que esperar años para empezar mi nueva vida. Llevo soñando con ello desde que era pequeña.

—Eh… sí, eso es genial —parecía sentirse incómodo y Nina cambió de tema.

—Me alegra haber hecho ese viaje con Sonnet. No recuerdo la última vez que tuvimos unas vacaciones de verdad.

—Creía que nunca volverías, seducida por la vida en la gran ciudad.

Al parecer, Shane no la conocía tan bien.

—Mi corazón pertenece a este lugar, Shane. Siempre ha sido así. Crecí en este pueblo y aquí tengo a mi familia. Jamás podría marcharme de Avalon.

—Así que ¿la nostalgia te invadió mientras estabas fuera?

—No, porque sabía que volvería —el día después de la graduación, Nina y Sonnet habían viajado en tren hasta Washington y habían pasado tres semanas maravillosas visitando la capital de la nación y los monumentos coloniales de Virginia.

También se estaba asegurando, aunque no quisiera admitirlo, de que Sonnet estuviera bien con su padre y la familia de éste, con quienes pasaría el verano. Laurence Jeffries era un oficial de alto rango en el ejército y un agregado militar en Europa. Había invitado a Sonnet a que los acompañara a él, su mujer y sus dos hijas a Casteau, en Bélgica, donde estaba destinado al SHAPE, el cuartel supremo de la OTAN. Era una magnífica oportunidad para Sonnet, pues podría servir en la Alianza como interina y aprovechar, además, para conocer mejor a su padre y a su familia perfecta. Laurence era un afroamericano que se había graduado en la academia militar de West Point. Su esposa era nieta de un famoso defensor de los derechos humanos, y sus hijas eran estudiantes sobresalientes en el Sidwell Friends School. Pero todos querían que Sonnet se sintiera cómoda, o al menos eso le parecía a Nina. A final del verano, Sonnet se matricularía en la American University. Era algo lógico y natural. Al fin y al cabo, todos los hijos se acababan marchando de casa.

Tampoco era extraño que Sonnet estuviera viviendo con su padre, su madrastra y sus hermanastras. Las familias mezcladas eran frecuentes en los tiempos modernos.

Entonces, ¿por qué la invadía el pánico cada vez que se imaginaba a Sonnet en aquella bonita casa de Georgetown o en la pintoresca ciudad belga codeándose con el personal de la OTAN? Era como si, con cada día que pasara lejos de ella, su hija se estuviera transformando en una desconocida.

Ya basta, volvió a ordenarse a sí misma. Dejar que se marchara había sido una buena decisión. Era lo que Sonnet quería. Y también lo que la propia Nina había querido. Llevaba mucho tiempo anhelando aquella libertad e independencia. Despedirse de su hija había sido un golpe durísimo, sin duda, pero afortunadamente tenía algo más que una casa vacía a la que regresar. Tenía una nueva vida por delante. Nada podría ocupar el lugar de su hija, pero estaba decidida a seguir adelante en la nueva aventura que la aguardaba. Había renunciado a demasiadas cosas cuando se convirtió en madre a una edad excesivamente temprana. No, no había renunciado. Únicamente las había pospuesto, y ahora llegaba el momento de hacerlas.

Shane volvía a estar hablando, y Nina se dio cuenta de que no había escuchado una sola palabra.

—Lo siento. ¿Qué decías?

—Te estaba diciendo que me muero por remar en kayak. Es algo que nunca he hecho.

—El lago es un buen lugar para empezar. Las aguas son tranquilas.

—Aunque no lo fueran, estoy preparado —insistió él—. He traído el equipo necesario.

Llegaron al muelle del pueblo, donde las parejas y familias disfrutaban del mejor clima del año. La mirada de Nina se posó en una pareja que estaba sentada en un banco, junto al agua. Se miraban el uno al otro y se agarraban de las manos mientras mantenían una conversación íntima. Eran gente normal y corriente. Él tenía el pelo fino y ella lucía una estrecha cintura, y era obvio que estaban enamorados. Al verlos, Nina sintió una repentina melancolía. Nunca había vivido aquella clase de amor romántico, y esperaba poder sentirlo algún día.

Pero al mirar a Shane tuvo que aceptar que no iba a descubrir esa fantasía romántica aquel día.

—Después de remar podríamos ir a mi casa —dijo él, malinterpretando la mirada de Nina—. Te prepararé la cena.

—Gracias, Shane —respondió ella con una sonrisa, obligándose a disfrutar del momento. En cierto modo una cita era como explorar un territorio desconocido.

—¡Nina! —la llamó alguien—. ¡Nina Romano!

Era Bo Crutcher, el pitcher de los Avalon Hornets, un equipo que jugaba en la liga de béisbol independiente, y estaba tomando cerveza con sus amigos en la zona de picnic junto al embarcadero.

—Hola, cariño —la saludó con su dulce acento sureño.

—No me llames «cariño», Bo —replicó ella—. ¿No está prohibido beber antes de un partido?

—Así es, cariño… ¿Desde cuándo eres tan lista?

—Desde que nací.

—Parece que conoces a todo el mundo en el pueblo —comentó Shane.

—Eso era lo mejor de ser alcaldesa… La posibilidad de conocer a tanta gente.

Shane miró a Bo por encima del hombro.

—No entiendo cómo no lo han echado del equipo.

—Porque es muy bueno —respondió Nina. Sabía que a Bo Crutcher lo habían expulsado de otros equipos por culpa de su excesiva agresividad. La Liga Can-Am era su última oportunidad—. Cuando eres bueno en algo, la gente pasa por alto muchos de tus defectos. Al menos durante un tiempo. Hasta que se hartan de ti.

Las risas infantiles que venían del lago atrajeron la atención de Nina. Enseguida reconoció a Greg Bellamy y a su hijo, Max, que estaban echando una canoa al agua. Todas las mujeres solteras del pueblo conocían a Greg Bellamy, el divorciado más reciente. Era arrebatadoramente guapo, con el pelo rubio rojizo, unos dientes blancos y relucientes, ojos azules y un metro ochenta de fibra y músculo. Nina había estado secretamente enamorada de él durante mucho tiempo, pero Greg no era para ella… ni tampoco sus dos hijos. Nina conocía y apreciaba a Max y a Daisy, pero prefería mantener las distancias. Finalmente había alcanzado su anhelada independencia en la vida, y no estaba en sus planes hacerse cargo de los hijos de otra mujer.

Además, Greg no estaba interesado en ella. Cuando se mudó al pueblo el invierno pasado había rechazado su invitación para tomar café. Nina volvió a acordarse del desplante cuando vio a una mujer uniéndose a Greg y a Max. Llevaba unos pantalones pirata blancos y un suéter verde lima. Era muy alta y tenía el pelo rubio, y aunque Nina no podía distinguir bien sus rasgos a lo lejos, pudo ver que era muy bonita. El tipo de mujeres que le gustaban a Greg Bellamy. Todo lo contrario a las italoamericanas bajitas de pelo corto, temperamentales y sin el menor sentido de la moda.

Se obligó a apartar la atención de Greg Bellamy y se dirigió hacia el cobertizo donde guardaba su kayak. Lo conservaba desde hacía años, porque siempre le había gustado navegar por las tranquilas aguas del lago Willow. La Joya de Avalon, como era conocido en los folletos turísticos, medía más de quince kilómetros de largo, en él desembocaban las aguas del río Schuyler y estaba rodeado por las elevaciones boscosas de las Catskills. El pueblo de Avalon se levantaba en un extremo del lago, bordeado por el parque municipal que Nina se había preocupado en financiar cuando estaba a cargo de los presupuestos. A lo largo de la orilla había alguna que otra residencia de verano y un hotel. La propiedad privada era muy escasa en la costa, ya que el terreno pertenecía a la reserva natural de las montañas Catskills. Las pocas construcciones que se habían realizado antes de que se creara el entorno protegido permanecían como monumentos históricos y escenarios de otro tiempo. El lago tenía la forma de un dedo alargado que se doblaba ligeramente como si estuviera hurgando en las profundidades del bosque. Al norte bañaba las instalaciones del campamento Kioga, que había sido propiedad de la familia Bellamy durante generaciones. A Nina no la sorprendía, ya que los Bellamy parecían poseer la mitad del condado. El campamento había vuelto a abrir sus puertas como un lugar de veraneo para las familias, y al final del verano acogería una boda muy esperada.

Nina sintió una punzada de nostalgia mientras ella y Shane sacaban el kayak del varadero. Había comprado la embarcación años antes, en la subasta anual de Rotary. Era perfecta para ella y Sonnet. El recuerdo de aquellos días de verano en los que se escapaba del trabajo para ir a remar con su hija fue tan fuerte e inesperado que se le escapó un gemido ahogado.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Shane.

—Nada —respondió ella—. Estoy emocionada por volver al lago, eso es todo.

Shane volvió al coche a por su equipo y Nina echó el kayak al agua mientras observaba la canoa de Greg Bellamy. Él y Max remaban a la vez mientras la rubia iba sentada en el medio como una princesa nórdica, con los pantalones arrugados e intentando no despeinarse. No parecía que se estuviera divirtiendo mucho.

¿Quién sería aquella mujer? La inminente boda en la familia Bellamy había atraído muchas visitas al pueblo y al campamento Kioga, así como una legión de organizadores de festejos, floristas, decoradores y proveedores. La novia era la sobrina de Greg, Olivia. Tal vez aquella princesa nórdica fuera la acompañante de Greg en la boda.

Nina procedía de una familia muy numerosa y había estado en muchas bodas, pero nunca siendo la novia. Tal vez ahora que se había quedado sola acabara casándose.

Se giró y miró a Shane Gilmore, quien regresaba del aparcamiento. O tal vez no, pensó. Tal vez no se casara.

El equipo de Shane constaba de un casco, un chaleco salvavidas, un faldón que rodeaba su cintura como un tutú, una radio y unas zapatillas acuáticas.

—Vaya, qué… completo —dijo Nina. Por suerte, el puesto de alcaldesa en funciones le había enseñado a ser diplomática.

—Gracias —respondió él, alardeando de su material—. Lo compré todo en las rebajas de Sport Haus.

—No creo que vayas a necesitar el casco y el faldón —observó Nina—. Sólo se utilizan en las aguas bravas.

Él ignoró su consejo y se deslizó en el asiento mientras ella sujetaba el kayak.

—¿Preparada? —preguntó mientras golpeaba el casco de fibra de vidrio contra el muelle.

—Aún no —respondió ella, y le mostró los remos—. No iríamos muy lejos sin esto.

—Rápido —la acució él—. Esto parece que va a volcar de un momento a otro.

—Tranquilo. Montaba aquí a Sonnet cuando tenía cinco años. Si hace buen tiempo no hay un modo más seguro de desplazarse por el agua.

Shane se aferró al borde del muelle mientras Nina se introducía en el kayak y se obligaba a no ser muy dura con él. Era el presidente del banco. Educado y bien parecido. Y decía cosas como: «¿sabes cuánto tiempo he esperado para pedirte que salieras conmigo?».

Le enseñó cómo introducir la pala en el agua e hizo una demostración de las técnicas elementales de remo. ¿Qué importaba que fuese un necio con casco y faldón? Al fin y al cabo era un hombre precavido que no escatimaba en medidas de seguridad. Además, era evidente que Shane estaba disfrutando mucho de aquella cita. Se relajó en cuanto se alejaron de la orilla y se deslizaron suavemente por la serena superficie del lago, cautivado por la belleza mágica del lugar. Por algo los lagos del Estado de Nueva York eran tan legendarios entre los habitantes de la ciudad. El agua estaba salpicada de botes, veleros, kayaks y embarcaciones de todo tipo, y en ella se reflejaban las ondulantes colinas con sus manantiales y cascadas. Remar en el lago bajo el sol era como sumergirse en los vivos colores de un cuadro impresionista.

—Vamos hacia allí —sugirió Nina, señalando la dirección con el remo—. Quiero echar un vistazo a mi nuevo proyecto… El hotel del lago Willow.

—Está muy lejos —dijo él en tono vacilante—. Al otro lado del lago.

—Podemos llegar en cuestión de minutos —insistió ella, intentando no irritarse por las dudas de Shane. El hotel del lago Willow iba a ser su nueva vida, y Shane, como presidente del banco, era uno de los pocos que tenía constancia del proyecto. El hotel había pasado a manos del banco por la ejecución de la hipoteca. Gracias al señor Bailey, el administrador de fondos, Nina había conseguido el contrato de gestión del hotel y estaba dispuesta a supervisar la reapertura del mismo. Si todo salía según sus planes, pediría un pequeño préstamo y compraría el hotel ella misma. Era el sueño que había tenido toda su vida.

Sin darse cuenta, aumentó la velocidad de las paladas y su remo chocó con el de Shane.

—Lo siento —mintió.

A medida que se acercaba al viejo edificio con su largo muelle adentrándose en el lago, se iba sintiendo más y más animada. Era el único hotel del lago, debido a las restricciones impuestas después de su construcción, y constaba de una serie de viejas residencias alrededor del imponente edificio principal, que se erguía en la loma esmeralda como si se hubiera detenido en el tiempo. La arquitectura italiana era un magnífico ejemplo de la exuberancia de la Edad Dorada. Una terraza rodeada la planta superior, cuyo tejado estaba rematado en un bonito gablete, y había un cenador que se elevaba como una tarta nupcial, con su torrecilla coronada por una cúpula ornamentada. Todas las ventanas tenían parteluces y ofrecían una incomparable vista del lago Willow. Contemplándolo desde el agua, Nina se imaginó su aspecto en los viejos tiempos, cuando los huéspedes tomaban el sol o jugaban al croquet en los jardines y las parejas paseaban de la mano por los senderos a la sombra. Nina tenía una parte irremediablemente romántica, y el hotel no hacía sino alimentarla. Su edificio favorito era el cobertizo para las barcas, construido al estilo clásico de los lagos del norte de Nueva York: embarcaciones cubiertas al nivel del agua y dormitorios en el piso superior. Tan lujoso y extravagante como el edificio principal.

Según el acuerdo al que había llegado con el banco, el piso superior del cobertizo estaría destinado a ser su residencia privada, y allí tenía planes para mudarse a lo largo de la semana. El cobertizo había servido originariamente como cuarto de juegos para los hijos del propietario, además de ser la residencia de la niñera. Pero últimamente sólo había sido usado como almacén. Desde que era niña se había imaginado allí, recibiendo a los huéspedes en verano o tomando chocolate caliente y leyendo junto a la chimenea de la biblioteca en invierno. Siempre había sabido qué aspecto tendría cada habitación, qué música ambiental estaría sonando en el comedor y cómo olerían las magdalenas del desayuno. Todos sus planes se habían visto desbaratados por su temprano embarazo y por la enorme responsabilidad que le supuso educar sola a su hija. No, no habían sido desbaratados. Únicamente habían sido pospuestos. Y ahora se presentaba su oportunidad. Estaba preparada para algo nuevo en su vida. Y lo necesitaba más que nunca, ahora que Sonnet se había marchado. Para mucha gente tal vez no significara gran cosa ser hotelera, pero para Nina era el comienzo de un sueño largamente reprimido. Al acercarse al muelle sintió una oleada de entusiasmo, similar a la emoción que supuestamente debía sentir en su cita con Shane.

—Ahí está… —dijo—. Me muero de impaciencia por ponerme manos a la obra.

Shane guardó silencio y Nina se giró en el asiento hacia él.

—¿Shane?

—Sí, sobre eso quería hablarte —dijo él, apuntando con la cabeza hacia el hotel—. Ha habido algunos cambios en el banco.

Nina frunció el ceño.

—Eso no suena muy bien.

—Mientras estabas fuera, Bailey se jubiló y se marchó a Florida.

—Ya lo sé —dijo ella, relajándose—. Le envié una tarjeta.

—Hemos traído a una nueva administradora de fondos de la central. Brooke Harlow. Ha hecho algunos cambios en el departamento, siguiendo las órdenes de la dirección.

—Pero… seguirá respetando mi contrato, ¿verdad? —preguntó Nina, sintiéndose invadida por el pánico.

—Quédate tranquila. Tu reputación es inmejorable y nadie duda de que eres la persona adecuada para llevar a cabo este proyecto.

—¿Y por qué no me parece que sean buenas noticias, Shane?

—Bueno, la verdad es que podrían ser muy buenas noticias. Hemos vendido el hotel y tu contrato.

Nina volvió a girarse y lo miró con el ceño fruncido.

—No tiene gracia.

—No estoy bromeando. Es la verdad.

—No puede ser… —murmuró, pero las náuseas que le revolvieron el estómago le confirmaban que era cierto—. Creía que el banco me daría la opción de comprar el hotel en cuanto pudiera pedir un préstamo.

—Seguro que sabías que el banco se desprendería de la propiedad si aparecía un comprador.

—Pero el señor Bailey dijo que…

—Lo siento, Nina, pero eso es lo que ha ocurrido.

Nina había sido consciente del riesgo que corría al firmar el contrato, pero el señor Bailey le había asegurado que era muy improbable que algo así sucediera. Nina conseguiría un préstamo y podría comprar el hotel.

Pero el hotel se había vendido. A otra persona. Por unos momentos fue incapaz de asimilar la realidad. Le parecía imposible que el hotel no fuera a ser para ella. Que su plan se hubiera esfumado ante sus narices…

—De modo que el hotel pertenece ahora a otra persona —siguió Shane, sin saber que sus palabras la traspasaban como afilados cuchillos—. Y no vas a creerte quién es…

Nina Romano sintió que algo se rompía en su interior. Aquel imbécil con faldón que no sabía besar le estaba diciendo que le habían arrebatado su futuro, lo único con lo que había contado para llenar su vida ahora que Sonnet no estaba. Era demasiado.

—Eh, ¿estás bien? —le preguntó él.

No era la pregunta más apropiada para formularle a una mujer italoamericana a quien le hervía la sangre en las venas.

El cuerpo de Nina actuó como si tuviera voluntad propia. Poseída por sus demonios más internos, se levantó en el kayak y se lanzó al cuello de Shane.
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