La tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a sí mismo cuando ella se enfrenta a






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TIERRA DE HOMBRES

Antoine de Saint-Exupéry

La tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a sí mismo cuando ella se enfrenta a un obstáculo. Sin embargo, para superar ese obstáculo, necesita una herramienta. Necesita un cepillo de carpintero o un arado. Mientras trabaja, el labriego va arrancando poco a poco algunos secretos a la Naturaleza, y las verdades que extrae son universales. Del mismo modo el avión, la herramienta de las líneas aéreas, sumerge al hombre en todos los viejos problemas.
Tengo siempre ante mis ojos la imagen de mi primera noche de vuelo sobre Argentina, una noche sombría, en la que sólo brillaban titilantes como estrellas, las escasas luces esparcidas por el llano.
En aquel océano de tinieblas cada una de ellas señalaba el milagro de una conciencia. En aquel hogar se leía, se pensaba, se intercambiaban candencias. En aquel otro, quizá, se intentaba sondear el espacio. Alguien, acaso, se hallase enfrascado en cálculos sobre la nebulosa de Andrómeda. En el de más allá, de vez en cuando, aparecían aquellas luces reclamando su subsistencia. Incluso las más discretas, la del poeta, la del profesor, la del carpintero... Pero, entre aquellas estrellas vivas, ¡cuántas ventanas cerradas, cuántas estrellas apagadas, cuántos hombres dormidos...!
Debemos procurar encontrarnos. Es preciso que intentemos comunicarnos con algunas de aquellas luces que brillan separadas en el campo.


LA LÍNEA

Era en 1926. Yo acababa de ingresar como piloto de línea en la «Sociedad Latécoére», que estableció, antes que la «Aéropostale» —la actual «Air France»—, el enlace Toulouse-Dakar. Aprendía aún el oficio. Al igual que mis compañeros, pasaba el noviciado obligado a los jóvenes antes de alcanzar el honor de pilotar el correo. Pruebas de aviones, desplazamientos entre Toulouse y Perpignan, aburridas lecciones de meteorología en el fondo de un hangar helado. Vivíamos en el temor a las montañas españolas, desconocidas todavía, y en el respeto a los veteranos.
A estos veteranos los encontrábamos en el restaurante, hoscos, un poco distantes, concediéndonos de mala gana sus consejos. Y cuando alguno de ellos regresaba retrasado de Alicante o de Casablanca con la chaqueta de cuero chorreante de agua de lluvia, y uno de nosotros le interrogaba tímidamente sobre su viaje, sus respuestas lacónicas, en los días de tempestad, nos construían un mundo fabuloso, lleno de trampas, de escotillones, de acantilados surgidos bruscamente y de remolinos capaces de desgajar cedros. Dragones negros defendían las entradas de los valles y haces de relámpagos coronaban las cimas. Aquellos veteranos alimentaban sabiamente nuestro respeto. Mas, de tiempo en tiempo, apto ya para la eternidad, uno de ellos no regresaba.
Recuerdo también un retorno de Bury, un viejo piloto que más tarde se mató en Las Corbiéres. Acababa de sentarse entre nosotros y comía pesadamente, sin pronunciar palabra, con las espaldas hundidas por el esfuerzo. Era por la noche de uno de aquellos días malos en que, de un extremo a otro de la línea, el cielo aparecía podrido, en que las montañas daban la sensación al piloto de rodar entre suciedad, como aquellos cañones que, rotas las amarras, recorrían el puente de los veleros de antaño. Yo miré a Bury, tragué saliva y me arriesgué, al fin, a preguntarle si el vuelo habla sido duro. Bury, con la frente surcada de arrugas y la mirada fija en su plato, no me oía. A bordo de los aviones descubiertos, cuando hacia mal tiempo, era necesario inclinarse fuera del parabrisas para ver mejor y las bofetadas del viento silbaban después durante mucho tiempo en los oídos. Por último, Bury pareció oírme. Alzó la cabeza, corno si recordase de pronto, y estalló en una risa clara. Aquella risa me maravilló, aquella breve risa que iluminaba su cansancio, porque Bury reía poco. No dio ninguna explicación sobre su victoria. Bajó de nuevo la cabeza y reanudó la masticación en silencio. Pero entre la neblina gris del restaurante, entre los modestos funcionarios que reparaban allí las humildes fatigas de la jornada, aquel compañero de anchas espaldas nos pareció revestido de una nobleza extraña. Por debajo de su ruda corteza, se podía entrever el ángel que había vencido al dragón.
Llegó, por fin, la tarde en que, a mi vez, fui llamado al despacho del director. Se limitó a decirme.
—Saldrá usted mañana.
Permanecí allí de pie, en espera de que me despidiese. Sin embargo, después de una pausa, añadió:
— ¿Conoce usted bien las consignas?
En aquella época, los motores no ofrecían la seguridad de los actuales. Con frecuencia, se paraban de repente, sin previo aviso, entre una batahola de vajilla rota. Y uno volvía la vista hacia la corteza rocosa de España, que ofrecía pocos refugios. «Cuando el motor se estropea allí —solíamos decir—, al avión, ¡ay! no tarda en sucederle lo mismo.» Ahora bien, un avión puede ser remplazado. Lo importante, pues era no chocar ciegamente contra las rocas. Por lo tanto, nos estaba prohibido, so pena de las sanciones más severas, sobrevolar los mares de nubes por encima de las zonas montañosas. El piloto, al hundirse el averiado aparato en el algodón blanco, no veía los picos y chocaba contra ellos.
He aquí por qué, aquella tarde, la voz lenta del director insistía una vez más sobre la consigna:
-Resulta muy bonito navegar con brújula sobre España, por encima de los mares de nubes. De acuerdo en que es muy elegante, pero...
Y aún más despacio:
-Pero recuérdelo: debajo de los mares de nubes... se encuentra la eternidad.
Y, de pronto, aquel mundo tranquilo, tan unido, tan sencillo, que se descubre cuando se emerge de las nubes, adquirió para mí un valor desconocido. Aquella suavidad se había convertido en una emboscada. Me imaginaba aquella inmensa trampa blanca, extendida allí, a mis pies. Debajo no reinaba, como hubiera podido creerse, ni la agitación de los hombres, ni el tumulto, ni el vivo ajetreo de las ciudades, sino un silencio todavía más absoluto, una paz más definitiva. Aquella viscosidad blanca se convertiría para mí en la frontera entre lo real y lo irreal, entre lo conocido y lo desconocido. Y yo adivinaba ya que un espectáculo carece de sentido si no se mira a través de una cultura, de una civilización, de un oficio. Los montañeros conocen también los mares de nubes. Ellos, sin embargo, no pueden descorrer la fabulosa cortina.
Cuando abandoné aquel despacho, sentí un orgullo pueril. A partir del amanecer yo iba a ser, a mi vez, responsable de una carga de pasajeros, responsable del correo de África. No obstante, me embargaba también una gran humildad. Me creía poco preparado. España presentaba poco refugios. Temía, frente a un paro del motor, no saber dónde buscar la acogida de un campo de aterrizaje. Me había inclinado, sin descubrir las enseñanzas que necesitaba, sobre la aridez de los mapas. Por ello, y con el corazón invadido por una mezcla de timidez y de orgullo, resolví pasar la vela de armas al lado de mi compañero Guillaumet. Guillaumet me había precedido por aquellos caminos. Guillaumet conocía los trucos que permitían conseguir las llaves de España. Necesitaba ser iniciado por Guillaumet.
Entré en su habitación.
—Ya sé la noticia —me sonrió—. ¿Estás contento? Sacó de un armario oporto y vasos y se acercó a mí, sin dejar de sonreír:
—Vamos a remojarlo. Ya verás, todo irá bien.
Aquel compañero, que después había de batir la plusmarca en las travesías postales de la Cordillera de los Andes y en las del Atlántico Sur, infundía confianza con la misma naturalidad que una lámpara da luz. Aquella noche, algunos años antes de su hazaña, en mangas de camisa, con los brazos cruzados bajo la lámpara, sonriendo con la más tranquilizadora de las sonrisas, me dijo con toda sencillez: «A veces, las tempestades, las nieblas o la nieve, te molestarán. Piensa entonces en todos aquellos que lo han conocido antes que tú y dite simplemente lo que otros han conseguido, también yo puedo hacerlo.» Pese a estas palabras, desplegué mis mapas y le pedí que accediera a revisar conmigo el viaje. Y apoyado en el hombro del veterano, debajo de la lámpara, volví a encontrar la antigua paz del colegio.
¡Mas qué extraña lección de geografía recibí! Guillaumet no me mostraba España. Por el contrario, la convertía en una amiga. No me hablaba ni de hidrografía, ni de poblaciones. No me hablaba de Guadix, pero sí de tres naranjos que, cerca de Guadix, bordean un campo: «No te fíes de ellos, señálalos en tu mapa...» Y los tres naranjos ocupaban ahora más lugar que Sierra Nevada. No me hablaba de Lorca, sino de una sencilla granja cerca de Lorca. De una granja viva. Y de su granjero. Y de su granjera. Y aquella pareja, perdida en el espacio a mil quinientos kilómetros de nosotros, adquiría de súbito una importancia desmesurada. Porque bien instalados en la pendiente de su montaña, semejantes a guardianes de faros, siempre se hallaban dispuestos, bajo sus estrellas, a socorrer a los hombres.
Extraíamos así de su olvido, de su increíble lejanía, detalles ignorados por todos los geógrafos del mundo. Porque, en efecto, el Ebro, que riega importantes ciudades, interesa a los geógrafos. Y en cambio no les importa ese riachuelo escondido bajo la hierba, al oeste de Motril, ese padre que alimenta a una treintena de flores. «Desconfía del riachuelo, estropea el campo... Señálalo también en tu mapa.» ¡Ah, no! ¡No me olvidaría de la serpiente de Motril! Parecía completamente inofensiva, como si, con su ligero susurro apenas si encantara alguna rana. Pero dormía con un ojo abierto. Desde aquel paraíso del campo de emergencia, tendido bajo la hierba, a dos mil kilómetros de aquí, no dejaba de observarme. A la primera ocasión intentaría convertirme en haz de llamas...
Esperaba también, a pie firme, a aquellos treinta corderos de combate, colocados allí, al pie de la colina, dispuestos a cargar: «Te imaginas que el prado está libre y de pronto... ¡zas! Ahí tienes a tus treinta corderos, que se te meten entre las ruedas...» Y yo respondía con una sonrisa maravillada a una amenaza tan pérfida.
Y, poco a poco, la España de mi mapa se transformaba, bajo la luz de la lámpara, en un país de cuento de hadas. Yo jalonaba con una cruz los refugios y las trampas. Señalaba aquel campesino, aquellos treinta corderos, aquel riachuelo. Colocaba en su lugar exacto a aquella granjera que los geógrafos habían elegido.
Al despedirme de Guillaumet, experimenté de pronto la necesidad de caminar un poco en aquella helada noche de invierno. Alcé el cuello de mi capote y, entre los transeúntes que nada sabían, paseé mi joven fervor. Me sentía orgulloso al cruzarme con aquellos desconocidos, llevando mi secreto en el corazón. Ellos, aquellos bárbaros, me ignoraban. Sin embargo, habrían de confiarme, con la carga de los sacos postales, sus preocupaciones y sus esfuerzos, al alzarse el día. Sería entre mis manos donde depositarían sus esperanzas. Así, arropado en mi capote, caminaba entre ellos con paso protector. Mas ellos nada sabían de mi solicitud.
Ellos tampoco recibían los mensajes que yo recibía de la noche. Porque aquella tempestad de nieve que acaso estuviera preparándose y que complicaría mi viaje interesaba a mi misma carne. Las estrellas se apagaban una a una. ¿Cómo iban a saberlo los paseantes? Yo era el único en quien había sido depositada la confidencia. Me comunicaban las posiciones del enemigo antes de la batalla...
Sin embargo, yo recibía aquellas contraseñas que me comprometían tan gravemente cerca de los escaparates iluminados, donde lucían los regalos de Navidad. Allí, aparecían expuestos, en la noche, todos los bienes de la tierra. Y yo saboreaba la orgullosa embriaguez del renunciamiento. Yo era un guerrero amenazado. ¡Qué me importaban aquellas vidrieras relucientes destinadas a las fiestas, aquellas pantallas de lámparas, aquellos libros! Yo me bañaba ya en la niebla espesa. Yo, piloto de línea, mordía anticipadamente la pulpa amarga de las noches de vuelo.
Eran las tres de la mañana cuando me despertaron. Subí con un golpe seco las persianas, comprobé que llovía sobre la ciudad y me vestí.
Media hora más tarde, sentado sobre mi pequeña maleta, esperaba, a mi vez, en la acera brillante de lluvia a que el autobús pasara a recogerme. Antes que yo, muchos compañeros habían sufrido aquella misma espera en el día de la consagración, con el corazón un poco oprimido. Al fin, por la esquina de la calle, surgió el vehículo pasado de moda, que difundía un ruido de chatarra. Y me fue concedido el derecho, como a mis compañeros antes que a mí, de estrecharme en la banqueta, entre el aduanero medio dormido aun y algunos burócratas. Aquel autobús olía a lugar cerrado, a administración polvorienta, a vieja oficina donde se va hundiendo la vida de un hombre. Cada quinientos metros se detenía para cargar un secretario más, un aduanero, un inspector. Los que se habían vuelto a dormir respondían con un vago gruñido al saludo del recién llegado, que se acomodaba como podía y, en seguida, se dormía a su vez. Era, sobre el pavimento desigual de Toulouse, una especie de triste acarreo. Y el piloto de línea, mezclado con los funcionarios, apenas si, de momento, se distinguía de ellos... Pero los faroles desfilaban, la pista de despegue se acercaba y el viejo autobús bamboleante no era ya sino una crisálida gris de la cual el hombre saldría transfigurado.
Así, en una mañana parecida, cada uno de mis camaradas habrá sentido, bajo su cáscara de subalterno vulnerable, sometido a la aspereza del inspector, nacer en sí mismo al responsable del correo de España y de África, aquel que, tres horas después, afrontaría entre relámpagos al dragón del Hospitalet..., aquel que, cuatro horas después, tras haberlo vencido, decidiría con toda libertad, con plenos poderes, el rodeo por el mar o el asalto directo al macizo de Alcoy, aquel que trataría de tú a la tempestad, a la montaña y al océano.
Así, confundido entre el equipo anónimo bajo el oscuro cielo de invierno de Toulouse, cada uno de mis compañeros había sentido, en una mañana parecida, crecer en él al soberano que, cinco horas después, abandonando detrás de sí las lluvias y las nieves del Norte, repudiando el invierno, reduciría el régimen del motor y comenzaría el descenso en pleno verano, bañado por el sol esplendente de Alicante.
El viejo autobús ha desaparecido. Pero su austeridad, su incomodidad han permanecido presentes en mi recuerdo. Simbolizaba bien la preparación necesaria para las duras alegrías de nuestro oficio. Todo en él adquiría una sobriedad conmovedora. Y recuerdo que fue en él donde, tres años después, sin que se pronunciaran más allá de diez palabras, me entere de la muerte del piloto Lécrivain, uno de los cien compañeros de la línea que, cierto día o cierta noche de niebla, se retiraron para siempre.
Eran las tres de la mañana y reinaba el mismo silencio de siempre cuando oímos al director, invisible en la sombra, alzar la voz para hablar con el inspector:
—Lécrivain no ha aterrizado esta noche en Casablanca.
-¿Cómo? — respondió el inspector—. ¿Qué?
Arrancado de su sueño, hizo un esfuerzo por despertarse y demostrar su interés. Y añadió:
— ¡Ah! ¿Sí? ¿No consiguió pasar? ¿Dio media vuelta?
A lo cual, desde el fondo del autobús, le fue respondido sencillamente: «No.» Esperamos la continuación, pero no llegó ni una palabra más. Y a medida que los segundos transcurrían, se hacía más evidente que aquella negación no sería seguida por ninguna explicación, que aquél era un «no» inapelable, que Lécrivain no sólo no había aterrizado en Casablanca, sino que nunca más aterrizaría en ninguna parte.
Así, aquella mañana, en el amanecer de mi primer día como correo, me sometía a mi vez a los ritos sagrados del oficio y sentía que me faltaba la confianza al contemplar, a través de los cristales, el asfalto brillante en el que se reflejaban las farolas. Se veían, en los charcos de agua, correr oleadas de viento. Y yo pensaba: «Para tratarse de mi primer correo la verdad..., tengo poca suerte.» Alcé los ojos hacia el inspector.
— ¿Esto significa mal tiempo? - pregunté.
El inspector lanzó hacia la ventanilla una mirada distraída.
—Eso no significa nada —murmuró.
Y yo me preguntaba por qué síntomas se reconocería el mal tiempo. La víspera por la tarde, Guillaumet había barrido con una sola sonrisa todos los presagios funestos con que solían abrumarnos los veteranos, pero ahora volvían a mi memoria: « Compadezco al que no conozca la línea, piedra a piedra, si se encuentra con una tempestad de nieve. ¡Lo compadezco...!» Necesitaban salvaguardar su prestigio y movían la cabeza mirándonos con una compasión un poco molesta, como si la dirigieran a nuestro inocente candor.
Y, en efecto, ¿para cuántos de nosotros había servido ya de último refugio aquel autobús? ¿Sesenta, ochenta? Todos ellos conducidos por el mismo chofer taciturno cierta mañana lluviosa. Yo miraba a mi alrededor. En la sombra, brillaban puntos luminosos, cigarrillos que puntuaban meditaciones. Humildes meditaciones de funcionarios envejecidos. ¿Para cuántos de los nuestros habían actuado como último cortejo aquellos compañeros?
Sorprendían también las confidencias que se cambiaban en voz baja. Se referían a enfermedades, a dinero, a las tristes preocupaciones domésticas. Mostraban los muros de la prisión deslucida en la que aquellos hombres se habían encerrado... Y bruscamente, se me apareció el rostro del destino.
Viejo burócrata, compañero mío aquí presente, nadie te ha hecho evadir jamás y tú no eres responsable de ello. Tú has construido tu paz a fuerza de cegar con cemento, como lo hacen las hormigas blancas, todas las salidas hacia la luz. Te has enroscado en tu seguridad burguesa, entre tus rutinas, en los ritos sofocantes de tu vida provinciana. Has alzado tu humilde muro contra los vientos y las mareas y los astros. No quieres inquietarte por los grandes problemas. Ya tienes bastante trabajo con olvidar tu condición de hombre. No eres en modo alguno el habitante de un planeta errante, no te planteas preguntas sin respuesta. Tú eres tan sólo un pequeño burgués de Toulouse. Nadie se preocupó de sacudirte los hombros cuando aún era tiempo. Ahora, la arcilla de que estás formado se ha secado, se ha endurecido. Y nada, en adelante, será capaz de despertar al músico dormido, al poeta o al astrónomo que quizás habitaba en ti en un principio.
No me quejo de las ráfagas de lluvia. La magia del oficio me abre un mundo en el que habré de enfrentarme, antes de dos horas, a los dragones negros y a las cimas coronadas por su cabellera de relámpagos azules. Y allí, cuando llegue la noche, ya libre, leeré mi camino en las estrellas.
Así se desarrollaba nuestro bautismo profesional y así comenzábamos a viajar. Tales viajes, la mayoría de las veces carecían de historia. Descendíamos en paz, como nadadores de oficio, a las profundidades de nuestro dominio. Un dominio que hoy está bien explorado. El piloto, el mecánico y el radiotelegrafista no se embarcan ya en una aventura. Ahora se encierran en un laboratorio. Obedecen a un juego de agujas marcadoras y no al desarrollo de los paisajes. Fuera, las montañas continúan inmersas en las tinieblas. Pero ya no son montañas. Son potencias invisibles, cuya distancia es preciso calcular. El radiotelegrafista anota sabiamente las cifras balo la lámpara, el mecánico puntea el mapa y el piloto corrige la ruta si las montañas han derivado, si las cimas que él deseaba doblar a la izquierda se han desplazado frente a él con el silencio y el secreto de preparativos militares.
En cuanto a los radiotelegrafistas de guardia en tierra, van anotando en sus cuadernos, en el mismo segundo, el mismo dictado de su compañero: «Las veinticuatro cuarenta. Ruta en 230. Sin novedad a bordo.»
Hoy, las dotaciones viajan así. No tienen la sensación de estar en movimiento. Se encuentran muy lejos, como la noche en el mar, de todo punto de referencia. Sin embargo, los motores llenan esta cámara iluminada de un perpetuo temblar que trastrueca su sustancia. Y las horas se desgranan. Y en esos cuadrantes, en las lámparas de la radio, en las manecillas, se agita toda una alquimia invisible. De segundo en segundo, los gestos misteriosos, las palabras susurradas, la continua atención preparan el milagro. Y cuando la hora ha sonado, el piloto, con absoluta tranquilidad, puede pegar su frente al vidrio. De la Nada ha nacido el oro: allí está, brillando en las luces de un aeródromo.
Y, sin embargo, todos nosotros hemos conocido esos viajes en que, de repente, a la luz de un punto de vista particular, dos horas antes de la llegada, hemos sentido nuestra lejanía como no la hubiéramos sentido en la India, una lejanía de la cual ya no esperábamos regresar.
Tal le ocurrió a Mermoz al atravesar por primera vez el Atlántico Sur en hidroavión. Al caer la tarde se encontró en la región del Pot-au-Noir. Frente a él vio hacinarse de minuto en minuto las colas de los tornados, como se ve construir una muralla, y, en seguida, la noche que se iba estableciendo sobre aquellos preparativos y los disimulaba. Y cuando, una hora después, se escurrió por debajo de las nubes, desembocó en un reino fantástico.
Trombas marinas se alzaban allí acumuladas y, en apariencia, inmóviles, como los pilares negros de un templo. Ellos soportaban, hinchados en sus extremos, la bóveda oscura y baja de la tempestad. Pero, a través de los desgarrones de la bóveda, descendían haces de luz y la luna llena brillaba, entre las columnas, sobre las losas frías del mar. Mermoz prosiguió su ruta a través de aquellas ruinas deshabitadas, oblicuando de un canal de luz a otro, contorneando aquellas columnas gigantescas donde, sin duda, rugía la ascensión del mar, avanzando durante cuatro horas a lo largo de aquellas franjas de luna, hacia la salida del templo. Y el espectáculo era tan abrumador que Mermoz, una vez hubo franqueado el Pot-au-Noir, se dio cuenta de que ni por un instante había sentido miedo.
Recuerdo, también, una de aquellas horas en las que se atraviesan los lindes del mundo real. Los datos radiogoniométricos comunicados por las escalas saharianas habían resultado falsos durante toda la noche y nos habían engañado seriamente, a Neri, el radiotelegrafista, y a mí. De pronto, vi brillar el agua en el fondo de un claro practicado en la niebla. Viré bruscamente en dirección a la costa. No podíamos saber cuánto tiempo hacía que nos precipitábamos hacia alta mar.
Ya no estábamos seguros de poder alcanzar la costa. Quizá no tuviéramos gasolina suficiente. Además, una vez alcanzada la costa, todavía necesitábamos encontrar la escala. Ahora bien, era la hora en que ni la luna llegaba a su ocaso. Sin datos angulares, además de sordos, nos íbamos volviendo poco a poco ciegos. La luna acababa de apagarse como una brasa pálida, entre una bruma parecida a un banco de nieve. El cielo, por encima de nosotros, se cubría a su vez de nubes. En adelante, navegamos entre aquellas nubes y aquella bruma, en un mundo vaciado de toda luz y de toda sustancia.
Las escalas que nos respondían renunciaban a proporcionarnos datos sobre nosotros mismos: «Sin posición... Sin posición...», va que nuestra voz les llegaba de todas partes y de ninguna.
Al fin, bruscamente, cuando ya desesperábamos, frente a nosotros y algo a la izquierda, se desenmascaró en el horizonte un punto brillante. Sentí una alegría tumultuosa. Neri se inclinó hacia mí.. ¡y le oí cantar! Aquello no podía ser más que el aeródromo, no podía ser más que un faro, puesto que el Sahara, por las noches, se apaga por entero para formar un gran territorio muerto. La luz, sin embargo, titiló un poco y después se apagó. ¡Habíamos puesto proa hacia una estrella! Había permanecido visible tan sólo por unos minutos en el horizonte, entre la capa de bruma y las nubes, en el momento de ponerse.
Después vimos alzarse otras luces. Impulsados por una muda esperanza, dirigimos la proa hacia cada una de ellas, una tras otra. Y si la luz se mantenía, intentábamos la experiencia vital: «Luz a la vista —ordenaba Neri a la escala de Villa Cisneros—. Apagad vuestro faro y encendedlo tres veces.» Villa Cisneros apagaba y encendía su faro, pero la dura luz, la estrella incorruptible que vigilábamos no guiñaba su ojo.
A pesar de que la gasolina se agotaba, mordíamos cada vez los anzuelos de oro. Era cada vez la verdadera luz de un faro. Era cada vez la escala y la vida. Y un momento más tarde teníamos que cambiar de estrella.
A partir de ese instante, nos vimos perdidos en el espacio interplanetario, en busca del Único planeta verdadero, del nuestro, aquel que contenía nuestros paisajes familiares nuestras casas amigas, nuestras ternuras.
Del Único que contenía... Os revelaré la escena que me representó mi imaginación aunque quizás os parezca pueril. Pero, en el corazón de! peligro, uno conserva las preocupaciones propias del hombre y yo sentía sed. Y también hambre. Si dábamos con Villa Cisneros proseguiríamos el viaje, después de llenar los depósitos de gasolina, y aterrizaríamos en Casablanca a la hora fresca del amanecer. ¡Terminado el trabajo! Neri y yo bajaríamos entonces a la ciudad. Al amanecer, ya se encuentra algún cafetín abierto... Nos sentaríamos ante una mesa, alejados de todo peligro, y podríamos reírnos de la noche pasada, ante unos croissants calientes y el café con leche. Neri y yo recibiríamos aquel regalo matinal de la vida. También la anciana campesina logra comunicarse con su Dios a través de una Imagen pintada de una medalla ingenua, de un rosario. Necesitamos que nos hablen un lenguaje sencillo para que logremos entenderlo. En aquel momento, la alegría de vivir se resumía para mí en el primer sorbo perfumado y caliente, en la mezcla de leche, de café y de trigo, por medio de la cual nos comunicamos con los pastos tranquilos las plantaciones exóticas y las cosechas, a través de la cual nos ponemos en contacto con toda la tierra. Entre tantas estrellas, no existía ni siquiera una que poseyera, para colocarse a nuestro alcance, el tazón oloroso de la comida del amanecer.
Distancias infranqueables se acumulaban entre nuestro navío y aquella tierra habitada. Todas las riquezas del mundo se alojaban en un grano de polvo perdido entre las constelaciones. Y el astrólogo Neri, que procuraba descubrirlo, seguía suplicando a las estrellas.
De repente, su puño golpeó sobre mi hombro. En el papel que aquel empellón me anunciaba, leí: « Todo va bien, he recibido un mensaje magnífico..» Y esperé, con el corazón alterado, que terminara de transcribir las cinco o seis palabras que podían salvarnos. Por fin, recibí aquel regalo del cielo.
Estaba fechado en Casablanca, de donde habíamos partido la víspera al atardecer. Retrasado en las transmisiones, nos llegaba de pronto, a dos mil kilómetros de distancia, perdidos en el mar, entre las nubes y la niebla. El mensaje procedía del representante del Estado, en el aeropuerto de Casablanca. Y leí: «Señor de Saint-Exupéry, me veo en la obligación de proponer a París que sea sancionado por haber virado demasiado cerca de los hangares al partir de Casablanca.» Cierto que aquel hombre desempeñaba su oficio al enfadarse y yo hubiera acogido aquel reproche con humildad en un despacho del aeropuerto. Pero lo recibíamos allí donde no debíamos recibirlo. Desentonaba entre las demasiado escasas estrellas, el lecho de bruma, el sabor amenazador del mar. Sosteníamos en la mano nuestros propios destinos, el del correo y el de nuestro navío. Nos costaba un enorme esfuerzo gobernar este último para poder sobrevivir. Y aquel hombre purgaba contra nosotros su pequeño rencor. No obstante, en lugar de enfadarnos, Neri y yo sentimos un imperioso y repentino deseo de reír. Aquí éramos los amos. Él nos lo había hecho descubrir. ¿Es que aquel cabo no había visto en nuestras mangas que habíamos ascendido a capitanes? Se permitía molestarnos en nuestro sueño, mientras nos paseábamos muy dignos entre la Osa Mayor y Sagitario, cuando el único problema lo bastante importante para preocuparnos era aquella traición de la luna...
El deber inmediato, el único deber del planeta en el que este hombre se manifestaba, consistía en proporcionarnos cifras exactas para nuestros cálculos entre los astros. Y resulta que nos las daban falsas. Por consiguiente, al menos provisionalmente, lo que el planeta tenía que hacer era callar. Y Neri me escribía: «En vez de divertirse con esas tonterías, harían mejor conduciéndonos a alguna parte.. - » « Ellos» resumía para él todos los pueblos del Globo, con sus parlamentos, sus senados, sus marinas, sus ejércitos y sus Emperadores. Y, tras haber releído el mensaje de aquel insensato que pretendía meterse con nosotros, cambiamos de rumbo y pusimos proa hacia Mercurio.

Nos salvamos gracias a una extrañísima casualidad: llegó el momento en que, abandonando la esperanza de llegar a Villa Cisneros, viré perpendicularmente a la dirección de la costa y decidí mantener el rumbo hasta que se terminara el combustible. Me reservaba así alguna posibilidad de no caer en el mar. Por desgracia, mis engañosos faros me habían conducido Dios sabía adónde. Por desgracia, también, aun en el mejor de los casos, la espesa niebla entre la cual nos veríamos obligados a aterrizar, nos dejaba pocas probabilidades de hacerlo sin provocar una catástrofe. Sin embargo, me resultaba imposible escoger.
La situación era tan clara que alcé melancólicamente los hombros cuando Neri me pasó un mensaje que, una hora antes, nos hubiera salvado: Villa Cisneros se decide, por fin, a pasarnos la posición. Villa Cisneros indica: mil doscientos dieciséis. Dudoso... Villa Cisneros ya no se hallaba hundida en las tinieblas. Villa Cisneros se revelaba allí, tangible, a nuestra izquierda. Sí, pero, ¿a qué distancia? Neri y yo sostuvimos una breve conversación. Si nos dedicábamos a buscar Villa Cisneros, se acrecentaría el peligro de no alcanzar la costa. Neri respondió al mensaje:
Nos queda combustible para una hora. Obligados a mantener proa al noventa y tres.
Las escalas, no obstante, se iban despertando una por una. A nuestro diálogo, se mezclaban las voces de Agadir, de Casablanca, de Dakar. Las estaciones de radio de cada una de las ciudades habían pasado el aviso a los aeropuertos. Los jefes de los aeropuertos habían avisado a los compañeros. Y poco a poco, se reunían a nuestro alrededor, como alrededor del lecho de un enfermo. Calor inútil, mas, a pesar de todo, calor. ¡Consejos estériles, pero tan cariñosos!
Y bruscamente surgió Toulouse. Toulouse, cabeza de línea, perdida allá abajo, a cuatro mil kilómetros. Toulouse se introdujo de rondón entre nosotros y, sin preámbulos, dijo:
—El aparato que pilotan, ¿no es un F...? — (he olvidado la matrícula).
—Sí.
—En tal caso, disponen todavía de dos horas de combustible. El depósito de ese aparato no es standard. Pongan proa a Villa Cisneros.
De este modo, las necesidades que impone un oficio transforman y enriquecen el mundo. Ni siquiera es necesaria una noche semejante para que el piloto de línea descubra un sentido nuevo a los viejos espectáculos. El paisaje monótono que aburre al pasajero es ya otro para la tripulación. Esa masa neblinosa que cierra el horizonte ha dejado de ser un decorado para él. Por el contrario, interesarán sus músculos y le planteará problemas. La tiene en cuenta ya, la mide y un verdadero lenguaje la liga a él. He ahí un pico, lejano aún. ¿Qué aspecto tendrá? A la luz de la luna, constituirá un cómodo punto de referencia. Pero si el piloto vuela a ciegas, si corrige con dificultad su deriva y duda en su posición, el pico se tornará peligroso, llenará con su amenaza la noche entera, lo mismo que una sola mina sumergida, que vaya al azar de las corrientes, destruye la seguridad del mar.
Así varían también los océanos. A los ojos de los simples viajeros, la tempestad se mantiene invisible. Observadas desde lo alto, las olas no ofrecen ningún relieve. Parecen inmóviles. Solamente grandes palmas blancas se extienden a sus pies, estriadas por nerviaciones y rebabas y como aprisionadas en una especie de pámpano. Sin embargo, la tripulación sabe que cualquier clase de amerizaje resulta allí prohibitivo. Aquellas palmas blancas son para él como grandes flores venenosas. E incluso cuando es un viaje feliz, el piloto que navega por el tramo de línea correspondiente, no asiste sólo a un sencillo espectáculo. No admira aquellos colores de la tierra y del cielo, aquellas huellas del viento en el mar, aquellas nubes doradas del crepúsculo, sino que los medita. Semejante al campesino que da un paseo por su dominio y que prevé, a consecuencia de cien signos, la marcha de la primavera, la amenaza de la helada, el anuncio de las lluvias, el piloto profesional descifra también las señales de la nieve, las señales de las nieblas y las señales de la noche tranquila. La máquina que, al principio, parecía apartarle de los grandes problemas naturales, ahora le somete a ellos con mayor rigor aún. Sólo en medio del vasto tribunal que un cielo tempestuoso le presenta, el piloto disputa su correo a tres divinidades elementales: la montaña, el mar y la tormenta.


LOS COMPAÑEROS

Fueron algunos de mis compañeros, Mermoz entre ellos, quienes fundaron la línea francesa de Casablanca a Dakar, a través del Sahara insumiso. Los motores de entonces resistían poco y una avería entregó a Mermoz en manos de los árabes. No se resolvieron a matarlo. Permaneció prisionero quince días y, después, fue libertado a cambio de un rescate. Y Mermoz siguió conduciendo su correo por encima de los mismos territorios.
Cuando se inauguró la línea de América, Mermoz siempre en vanguardia, fue encargado de estudiar el trayecto de Buenos Aires a Santiago. Y, lo mismo que había trazado un puente sobre el Sahara, hubo de señalar la ruta por encima de los Andes. Se le confió un avión cuya máxima elevación era de cinco mil doscientos metros. Los picos de la Cordillera se elevan a siete mil. Y Mermoz despegó en busca de brechas. Después de la arena, Mermoz afrontó la montaña, aquellos picos que, con el viento, hacen flamear su velo de nieve, aquella palidez de las cosas antes de la tormenta, aquellos remolinos tan violentos que, cuando se presentan entre dos murallas de rocas, obligan al piloto a una especie de lucha a cuchillo. Mermoz se dispuso a combatir sin conocer en absoluto al adversario, sin saber si podía salirse con vida de aquellos abrazos. Mermoz «ensayaba» para los otros.
Al fin, cierto día, a fuerza de « ensayar», se descubrió prisionero de los Andes.
Varados a cuatro mil metros de altura, sobre una meseta de paredes verticales, su mecánico y él intentaron durante dos días evadirse de su cárcel. Estaban cazados. Entonces jugaron su último naipe: lanzaron su avión al vacío y rebotaron duramente en el suelo desigual, en dirección a un precipicio. Mas el avión, al caer, tomó por fin la suficiente velocidad como para obedecer de nuevo a los mandos. Mermoz alcanzó a enderezarlo frente a un pico, que rozó, y, con el agua saliéndose por todos los tubos, reventados durante la noche a causa de la helada, con el motor parado desde hacía siete minutos, descubrió por último la llanura chilena debajo de él, como una tierra prometida.
Al día siguiente, volaba de nuevo.
Cuando los Andes quedaron bien explorados y una vez que la técnica de las travesías estuvo perfectamente a punto, Mermoz confió aquel trayecto a su compañero Guillaumet y se dispuso a explorar la noche.
El alumbrado de nuestras escalas no se hallaba aún organizado. En los campos de aterrizaje, completamente de noche, Mermoz aterrizaba con la débil iluminación de tres fogatas de gasolina.
Mas él se las compuso a su modo y abrió la ruta. Y así que la noche estuvo bien amaestrada, Mermoz ensayó el océano. En 1931, el correo fue transportado por primera vez en cuatro días desde Toulouse a Buenos Aires. Al regreso, Mermoz sufrió una avería en el depósito del aceite. La cosa ocurrió en el centro del Atlántico Sur, con una marejada muy fuerte. Un barco le salvó a él, a su correo y a su tripulación.
Así Mermoz desbrozó las arenas, la montaña, la noche y el mar. Cayó más de una vez en las arenas, en la montaña, en la noche y en el mar. Sin embargo, cuando regresaba, era siempre para volver a partir.
Finalmente, después de doce años de trabajos, mientras sobrevolaba una vez más el Atlántico Sur, señaló, por medio de un breve mensaje, que fallaba el motor derecho de su aparato. Después, se hizo el silencio.
La cosa no parecía demasiado inquietante. Sin embargo, después de diez minutos sin recibir nuevas noticias, todos los puestos de radio de la línea, desde Paris hasta Buenos Aires, comenzaron a mostrarse angustiados. Porque, si diez minutos de retraso apenas significan nada en la vida corriente, en la aviación postal adquieren un tremendo significado. En el corazón de aquel tiempo muerto, se halla encerrado un acontecimiento aún desconocido. Insignificante o desgraciado, ya ha sucedido. El destino ha pronunciado su sentencia y esa sentencia es irrevocable. Una mano de hierro ha conducido ya a un aparato hacia el amerizaje o hacia la catástrofe. Pero el veredicto no ha sido comunicado aún a los que esperan.
¿Quién de entre nosotros desconoce esas esperanzas que se tornan cada vez más frágiles, ese silencio que empeora de minuto en minuto como una enfermedad fatal? Esperamos. Pero van pasando las horas y, poco a poco se hace tarde. Al fin tuvimos que convencernos de que nuestros compañeros ya no regresarían, que descansaban para siempre en aquel Atlántico Sur, cuyo cielo habían arado tantas veces. Mermoz, decididamente, se había atrincherado detrás de su obra, semejante al segador que, después de haber atado bien su gavilla, se acuesta a reposar en su campo.
Cuando un compañero muere así, su muerte se parece a un acto más de servicio y, al principio, causa quizá menos dolor que otra clase de muerte. Cierto que se ha alejado, que ha sufrido su última mutación de escala, pero su presencia no nos falta aún con tanta intensidad como podía faltarnos el pan.
Estamos, en efecto, acostumbrados a esperar durante mucho tiempo los encuentros. Porque los compañeros de línea se encuentran dispersos por el mundo, desde París a Santiago de Chile, aislados como los centinelas que casi no se hablan. Es necesario el azar de los viajes para que, en algún lugar, se reúnan los miembros de la gran familia profesional. Alguna noche, alrededor de una mesa, en Casablanca, en Dakar o en Buenos Aires, después de años de silencio, se reanudan aquellas conversaciones interrumpidas y se renuevan los viejos recuerdos. Después, se vuelve a partir. De esta forma, la tierra, es, a la vez desierta y rica. Rica en esos jardines secretos, escondidos, difíciles de alcanzar, mas a los cuales nuestro oficio nos conduce siempre, un día u otro. Acaso la vida nos aparta de los compañeros, nos impide pensar mucho en ellos. Sin embargo, sabemos que se encuentran en algún lugar, un lugar ignorado, más o menos silenciosos y olvidados, ¡pero tan fieles! Y si nos cruzamos en su camino, nos sacuden por los hombros con demostraciones cálidas de alegría. Nos hemos acostumbrado a esperar, claro...
No obstante, poco a poco, descubrimos que no volveremos a oír nunca la risa clara de aquél, comprendemos que este jardín se nos ha cerrado para siempre. Entonces, comienza nuestro verdadero dolor, que no llega a la desesperación, pero sí a la amargura.
En efecto, nada ni nadie podrá remplazar jamás al compañero perdido. Los viejos camaradas no se crean. Nada vale tanto como el tesoro de los recuerdos comunes, de tantas horas vividas juntos, de tantos enfados, de tantas reconciliaciones, de los movimientos del corazón. Esas amistades no se reconstruyen. Si se planta un roble, es inútil esperar cobijarse pronto bajo sus ramas.
Así transcurre la vida. Primero nos enriquecemos, después plantamos durante años. Pero vienen los años en que el tiempo deshace aquel trabajo y el bosque se aclara. Los compañeros, uno a uno, nos retiran su sombra. Y a nuestra tristeza se mezcla, en adelante, el íntimo pesar de envejecer.
Tal es la moral que Mermoz y otros como él nos enseñaron. Quizá la grandeza de un oficio consista, más que nada, en unir a los hombres. Sólo existe un lujo verdadero, y es el de las relaciones humanas.
Trabajando únicamente por conseguir bienes materiales, no hacemos sino construirnos nuestra propia prisión. Nos encerramos solitarios, con nuestra provisión de ceniza que no nos proporciona nada que merezca ser vivido.
Si busco entre mis recuerdos los que me han dejado un sabor duradero, si hago balance de las horas que han valido la pena, siempre me encuentro con aquellas que no me procuraron ninguna fortuna. No se puede comprar la amistad de un Mermoz, un compañero a quien las pruebas superadas juntos han ligado a nosotros para siempre.
No se puede comprar aquella noche de vuelo con sus cien mil estrellas, aquella serenidad, aquel poder absoluto sentido durante unas cuantas horas.
No se puede comprar ese aspecto nuevo del mundo después de una etapa difícil, esos árboles, esas flores, esas mujeres, esas sonrisas recién coloreadas por la vida que acaba de conducimos al amanecer, ese conjunto de pequeñas cosas que nos recompensan.
Ni tampoco aquella noche vivida entre rebeldes y cuyo recuerdo vuelve hasta mi.

Al caer la tarde, tres tripulaciones de la «Aeropostal» nos encontramos en la Costa de Río de Oro. Mi compañero Riquelle había sido el primero en aterrizar a consecuencia de una rotura de biela. Otro, Bourgat, había bajado a su vez para recoger su equipaje, pero una avería sin importancia le había dejado en tierra. Por fin llegué yo, cuando ya casi había caído la noche. Decidimos esperar a que se hiciera de día y a que el avión de Botirgat quedara reparado.
Un año antes, nuestros compañeros Gourp y Erable, detenidos aquí mismo a causa de averías, habían sido asesinados por un grupo de insurrectos. Sabíamos que, en aquel momento, una partida de trescientos fusiles acampaba en algún lugar cerca de Bojador. Era posible que nuestros tres aterrizajes, visibles desde lejos, los hubieran puesto sobre aviso. Por lo tanto, comenzábamos una velada que podía ser la última.
Nos instalamos, pues, para pasar la noche. Desembarcamos de los pañoles de equipajes cinco o seis cajas de mercancías, que, después de vaciadas, colocamos en círculo. En el fondo de cada una de ellas, como en el hueco de una garita, encendimos una miserable vela, mal protegida contra el viento. Así, en pleno desierto, en un aislamiento como el de los primeros años del mundo, construimos un pueblo de hombres.
Agrupados para pasar la noche en aquella gran plaza de nuestro pueblo, en aquel retazo de arena donde nuestras cajas vertían una luz temblorosa, esperábamos. Esperábamos el alba que nos salvaría, o, bien, a los árabes. Y no sé por qué había algo en aquella noche que le daba sabor de Nochebuena.
Cambiábamos recuerdos, nos chanceábamos y cantábamos. Saboreábamos un ligero fervor idéntico al que se experimenta en el corazón de una fiesta bien preparada. Y, sin embargo, éramos infinitamente pobres. Viento, arena y estrellas. Un estilo duro para monjes trapenses. No obstante, encima de aquel mantel mal iluminado, seis o siete hombres que no poseían ya nada en el mundo, si no eran sus recuerdos, compartían invisibles riquezas.
Por fin nos habíamos encontrado. Los hombres caminan durante mucho tiempo juntos, encerrados en su propio silencio, o intercambian palabras que no conducen a nada. Mas, cuando llega la hora del peligro, entonces nos ayudamos unos a otros. Comprendemos que formamos parte de la misma comunidad. Nos ensanchamos al descubrir otras conciencias. Nos miramos y sonreímos. Algo semejante a ese prisionero liberado que se extasía ante la inmensidad del mar.


Guillaumet, voy a decir ahora unas cuantas palabras sobre ti, aunque procuraré, para no molestarte, no insistir demasiado hablando de tu arrojo o de tu espíritu profesional. Lo que yo desearía describir al relatar la más bella de tus aventuras es otra cosa.
Existe una cualidad que no tiene nombre. Quizá podría llamársele «seriedad», mas la palabra no me satisface, ya que la cualidad a que me refiero se acompaña a veces de la más sonriente jovialidad. Se trata de la misma cualidad del carpintero que se instala frente a su pedazo de madera, lo palpa, lo mide y, en lugar de tratarlo a la ligera, aúna para trabajarlo toda su sabiduría.
En cierta ocasión, Guillaumet, leí una reseña en la que se elogiaba tu aventura. Tengo una vieja cuenta que ajustar con aquella descripción infiel. Se te presentaba allí lanzando exabruptos de «golfillo», como si el valor consistiera en rebajarse a gastar bromas de colegial en medio de los más arriesgados peligros y a la hora de la muerte. No te conocían, Guillaumet. Tú no sientes la necesidad de burlarte de tus adversarios antes de encararte con ellos. Frente a una tempestad, te dices simplemente: « He ahí una tempestad.» Y la aceptas y la sopesas.
Yo traigo aquí, Guillaumet, el testimonio de mis recuerdos.
Hacía cincuenta horas que habías desaparecido, en pleno invierno, durante una travesía de los Andes. Yo acababa de regresar desde el fondo de la Patagonia. Me reuní con el piloto Deley en Mendoza. Uno y otro, por espacio de cinco días, escudriñamos desde nuestros aviones aquel amontonamiento de montañas, sin lograr descubrir nada. Nuestros dos aparatos no bastaban. Nos parecía que ni cien escuadrillas, volando durante cien años, acabarían jamás de explorar aquel enorme macizo, cuyos picos se elevaban hasta siete mil metros. Habíamos perdido ya toda esperanza. Ni siquiera los contrabandistas, esos bandidos que, allá abajo, cometen un crimen por cinco francos, no se aventuraban a guiar expediciones de socorro por los contrafuertes de la cordillera: «Sería tanto como jugarse la vida —decían—. Los Andes, en invierno, no devuelven a los hombres.» Cuando Deley y yo aterrizamos en Santiago, también los oficiales chilenos nos aconsejaron suspender nuestra busca. «Estamos en invierno. Aunque su compañero haya logrado salir ileso de la caída, no habrá sobrevivido a la noche. Allá arriba, la noche convierte en hielo al hombre.» Y mientras me deslizaba de nuevo entre las murallas y los gigantescos pilares de los Andes, me parecía no estar buscándote, sino velando silenciosamente tu cuerpo en una catedral de nieve.
Por fin, al séptimo día, en tanto almorzaba yo entre dos travesías en un restaurante de Mendoza, un hombre empujó la puerta y gritó... ¡Oh!, fue poca cosa:
— ¡Guillaumet... vivo!
Y todos los desconocidos que se encontraban presentes se abrazaron.
Diez minutos después, yo había despegado, tras haber cargado a bordo a dos mecánicos, Lefevbre y Abri. Transcurridos cuarenta minutos, aterricé a lo largo de una carretera. Había reconocido, no sé cómo, el automóvil que te llevaba no sé adónde, por el lado de San Rafael. Fue un hermoso encuentro. Todos llorábamos y te estrujábamos entre nuestros brazos, vivo, resucitado, autor de tu propio milagro. Fue entonces cuando tú manifestaste, y aquélla fue tu primera frase inteligible, el admirable orgullo de un hombre: «Lo que yo he hecho, te lo juro, ninguna bestia sería capaz de hacerlo.»


Más tarde, nos contaste el accidente.
Se debió a una tempestad que cubrió con cinco metros de nieve, en cuarenta y ocho horas, la vertiente chilena de los Andes, taponando todo el espacio. Los americanos de la «Pan-Air» habían dado media vuelta. Tú, sin embargo, despegaste en busca de una rendija en el cielo. Descubriste aquella trampa, un poco más al Sur, y, a seis mil quinientos metros de altitud, sobre las nubes que se cernían a seis mil y entre las cuales emergían únicamente los altos picachos de la cordillera andina, pusiste rumbo a Argentina.
Las corrientes descendentes producen a veces en los pilotos una rara sensación de malestar. El motor va perfectamente, pero uno se hunde. Se intenta ascender para mantener la altura, mas el avión pierde velocidad y se torna blando. El hundimiento continúa. Se retira la mano temiendo haber insistido demasiado en la subida, se deja derivar el avión hacia la derecha o hacia la izquierda para adosarse a la cima favorable, la que recibe los vientos como un trampolín, pero el aparato sigue hundiéndose. Es como si todo el cielo descendiera. Entonces te sientes cazado ea una especie de accidente cósmico. No hay ningún refugio. Intentas en vano dar media vuelta, con objeto de encontrar, detrás, zonas donde el aire pueda sostenerte, sólido y lleno como una columna. Pero ya no existe ninguna columna. Todo se descompone y te deslizas por un desquiciamiento universal hacia la nube que va subiendo lentamente, llega hasta ti y te absorbe.
—Había estado ya a punto de chocar —nos decías tú—. Sin embargo, aún no quería convencerme. A veces, se encuentran corrientes descendentes por encima de nubes que parecen estables, por la sencilla razón de que, a la misma altitud, se recomponen indefinidamente. Todo es tan raro en la alta montaña...
¡Y qué nubes!
—En cuanto comprendí que me hallaba atrapado, solté los mandos y me agarré al asiento para no ser proyectado fuera. Las sacudidas eran tan fuertes que las correas me lastimaban los hombros y hubieran saltado. Además, la escarcha me había privado por completo de todo horizonte instrumental y me hizo rodar como un sombrero de los seis mil a los tres mil quinientos metros.
»A tres mil quinientos, entreví una masa negra, horizontal, que me permitió enderezar el avión. Se trataba de un estanque que reconocí: la laguna Diamante. Sabía que estaba situada en una especie de embudo, en uno de cuyos flancos se eleva el volcán Maipú a seis mil novecientos metros. Aunque me había desembarazado de la nube, continuaba todavía cegado por espesos torbellinos de nieve y no podía alejarme de mi lago sin estrellarme contra una de las paredes del embudo. Fui dando vueltas alrededor de la laguna, a treinta metros de altura, hasta que se terminó el combustible. Después de dos horas de aquel tiovivo, descendí y capoté. Cuando logré salir del avión, la tempestad me lanzó contra el suelo. Me levanté y volvió a derribarme. No me quedó más solución que arrastrarme debajo de la carlinga y cavar un hoyo en la nieve. Me envolví allí en sacos postales y, durante cuarenta y ocho horas, esperé.
»Después de lo cual, una vez que la tempestad se apaciguó, me puse en marcha.
¿Qué quedaba de ti, Guillaumet? ¡Te encontramos, sí, pero quemado y reseco, encogido como una vieja! Aquella misma noche, en avión, te conduje a Mendoza, donde las sábanas blancas se deslizaron sobre ti como un bálsamo. Sin embargo, no te curaban. Te embarazaba aquel cuerpo derrengado, que tú movías y removías, sin conseguir alojarlo en el sueño. Tu cuerpo no olvidaba ni las rocas ni las nieves. Ellas te marcaban. Yo observaba tu rostro negro, tumefacto, parecido a un fruto maduro que ha sido golpeado. Aparecías feo y miserable y habías perdido el uso de tus hermosos útiles de trabajo. Tus manos seguían entumecidas y cuando, para respirar, te sentabas en el borde de la cama, tus pies helados colgaban como dos pesos muertos. Ni siquiera habías terminado tu viaje. Todavía jadeabas y, cuando te volvías contra la almohada en busca de descanso, una procesión de imágenes que no eras capaz de detener, una comparsa que se impacientaba entre bastidores, comenzaba en seguida a danzar en tu cráneo. Y la procesión desfilaba. Y tú volvías a empezar veinte veces el combate contra los enemigos que resucitaban de entre sus cenizas.
Yo te atiborraba de tisanas:
—¡Bebe, hombre!
—Lo que más me asombré... ¿sabes...?
Boxeador que había vencido, pero que había quedado señalado por los terribles golpes recibidos, revivías tu extraña aventura. Y te ibas liberando de ella a retazos. Y yo te veía, durante tu relato nocturno, andando, sin pico, sin cuerdas, sin víveres, escalando puertos de cuatro mil quinientos metros, o progresando a lo largo de paredes verticales, con los pies, las rodillas y las manos sangrantes, a cuarenta grados bajo cero. Vaciado, poco a poco, de tu sangre, de tus fuerzas y de tu razón, seguías avanzando con una terquedad de hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obstáculo, alzándote después de tus caídas o remontando por pendientes que sólo conducían al abismo, sin concederte el menor instante de respiro, porque sabías que no hubieras conseguido levantarte después de tu lecho de nieve.
En efecto, cuando resbalabas, tenías que ponerte de pie inmediatamente, para no quedarte transformado en piedra. El frío te petrificaba de segundo en segundo y, por haberte permitido, después del aterrizaje, un minuto de descanso de más, te veías obligado, para levantarte, a poner en juego músculos muertos.
Resistías a las tentaciones.
—Entre la nieve —me decías—, se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, lo único que se desea es dormir. También yo lo deseaba. Pero me decía: Si mi mujer cree que estoy vivo, me ve caminando. Los compañeros piensan asimismo que ando. Todos ellos tienen confianza en mí. Y seré un cerdo si no ando.
Y tú andabas y andabas y, con la punta de tu navaja, abrías cada día un poco más el desgarrón de tus zapatos, para que tus pies, que se helaban y se hinchaban, pudieran resistir.
Me hiciste esta extraña confidencia:
—A partir del segundo día, ¿sabes?, mi mayor trabajo consistió en procurar no pensar. Sufría demasiado y mi situación era excesivamente desesperada. Para conservar el valor de seguir andando, era preciso no pensar en ello. Por desgracia, controlaba mal mi cerebro, que trabajaba como una turbina. No obstante, todavía conservaba la capacidad de escoger mis imágenes. Procuraba recordar una película, un libro. Y la película o el libro desfilaban en mi imaginación a toda velocidad. Lo malo era que aquello me conducía de nuevo a mi situación actual. De manera irremisible. Entonces me lanzaba hacia otros recuerdos...
Sin embargo, en una ocasión en que tropezaste y te quedaste tendido boca abajo en la nieve, renunciaste a levantarte. Eras como el boxeador que, vaciado de repente de toda pasión, oye cómo los segundos van cayendo de uno en uno en un universo irreal, hasta el décimo, que es inapelable.
—He hecho todo cuanto he podido y ya no me queda ninguna esperanza, ¿para qué obstinarme en este martirio?
Te bastaba con cerrar los ojos para que el mundo te dejara en paz. Para borrar del universo las rocas, los hielos y las nieves. Apenas cerradas, aquellas pupilas milagrosas no percibirían ya ni golpes, ni caídas, ni músculos rotos, ni hielo que quemara, ni aquel peso de la vida que se hace menester arrastrar cuando uno camina como un buey y esa vida pesa más que una carreta. Tu saboreabas ya aquel frío que se había convertido en un veneno y que, parecido a la morfina, te llenaba ahora de bienestar. Tu vida se refugiaba alrededor de tu corazón. Algo dulce y precioso se acurrucaba en el centro de ti mismo. Tu conciencia, poco a poco, abandonaba las regiones lejanas de aquel cuerpo que, animal hasta entonces atiborrado de sufrimientos, participaba ya de la indiferencia del mármol.
Incluso tus escrúpulos se calmaban. Nuestras llamadas ya no te alcanzaban o, más exactamente, se transformaban en las llamadas de un sueño. Tú respondías, feliz, con una marcha de ensueño, a zancadas fáciles que te abrían sin esfuerzo las delicias de las llanuras. ¡Con qué facilidad te deslizabas por un mundo que tan agradable se había vuelto para ti! Y tú, Guillaumet, decidías avaro negarnos tu regreso.
Los remordimientos llegaron desde el trasfondo de tu conciencia. Al sueño se mezclaron, de pronto, detalles preciosos:
—Pensaba en mi mujer. Mi póliza de seguro la libraría de la pobreza. Sí, pero la póliza...
En los casos de desaparición, la muerte legal se retrasa durante cuatro años. Este detalle se te apareció con tanta claridad que borró todas las demás imágenes. Ahora bien, tu cuerpo estaba ahora tendido boca abajo, en una fuerte pendiente nevada. Y ese cuerpo, al llegar el verano, rodaría con aquel barro hacia una de las mil grietas de los Andes. Tú lo sabías. Pero sabías, asimismo, que una roca emergía a unos cien metros delante de ti:
—Pensé: si me pongo en pie, quizá pueda llegar hasta allí. Y si coloco mi cuerpo apoyado contra una piedra, cuando llegue el verano me encontrarán.
Una vez en pie, caminaste durante dos noches y tres días.
Sin embargo, no pensabas llegar muy lejos.
—Muchos signos me presagiaban el fin. Por ejemplo, me veía obligado a detenerme cada dos horas, más o menos, para ensanchar un poco mi zapato, friccionar con nieve mis pies que se hinchaban o, sencillamente, para proporcionar un descanso a mi corazón. Hacia los últimos días, perdía a ratos la memoria. Cuando llevaba ya mucho rato andando, me daba cuenta de que había olvidado algo. La primera vez fue un guante y, con aquel frío, la cosa resultaba grave... Lo había colocado frente a mí y me marché sin recogerlo. Después fue el reloj. Luego la navaja. Más tarde, la brújula. A cada parada, me iba empobreciendo...
»Lo que salva es dar un paso. Otro paso más. Siempre es el mismo paso el que se recomienza.
«Te juro que ninguna bestia sería capaz de hacer lo que yo he hecho.» Esta frase, la más noble que yo conozco, esta frase que sitúa al hombre en su verdadero lugar, que lo honra, que restablece las auténticas jerarquías, no se me borraba de la memoria. Tú, por fin, te dormías. Tu conciencia quedaba abolida, pero volvería a renacer al despertarse y dominaría de nuevo aquel cuerpo desmantelado, arrugado, quemado. El cuerpo, por consiguiente, no es más que un buen utensilio, el cuerpo no es más que un servidor. Y este orgullo de poseer un excelente utensilio, tú, Guillaumet, sabías describirlo así:
—Privado de comida, ya puedes imaginar que, al tercer día de marcha..., mi corazón no latía ya muy de prisa... ¡Pues bien! Avanzaba a lo largo de una pendiente vertical, suspendido por encima del vacío, cavando agujeros para colocar mis puños, cuando mi corazón sufrió una avería. Vaciló, volvió a latir. Por algún tiempo, anduvo a saltos. Yo sentía que si vacilaba un momento más, me soltaría. Por lo tanto, permanecí inmóvil y escuché en mi interior. Nunca, ¿me oyes?, nunca había estado en mi avión tan pendiente de mi motor. Durante aquellos minutos, me mantuve colgado de mi corazón. Yo le decía: «¡Anda, haz un esfuerzo! Procura seguir latiendo... » ¡Por fortuna, era un corazón de buena calidad! Vacilaba, pero siempre volvía a latir... Si supieras qué orgulloso me sentí de mi corazón!
En la habitación de Mendoza donde te velaba, te dormiste, por fin, en un sueño anhelante. Y yo pensaba: Si le hablaran de su valor, Guillaumet se limitaría a encogerse de hombros. Pero también supondría una traición ensalzar su modestia. Él está bastante más allá de tan mediocre cualidad. Si alza los hombros es por sensatez. Él sabe que, una vez metidos en la acción, los hombres ya no tienen miedo. A los hombres únicamente les asusta lo desconocido. Particularmente cuando lo observan con esta seriedad lúcida. El valor de Guillaumet es, ante todo, un efecto de su rectitud.
Su verdadera cualidad no reside en esto. Su grandeza consiste en sentirse responsable. Responde de sí mismo, del correo y de los compañeros que lo esperan. Sabe que tiene en sus manos la pena o la alegría de aquellos. Se siente responsable de todo lo nuevo que se construye allá abajo, entre los vivos, en lo cual él debe participar. Un poco responsable también del destino de los hombres, en la medida de su trabajo.
Pertenece a ese tipo de hombres generosos que aceptan cubrir amplios horizontes con su sangre. Ser hombre significa, precisamente, ser responsable. Supone conocer la vergüenza frente a una calamidad que no parecía depender de uno. Supone sentirse orgulloso de una victoria que los compañeros han conseguido. Supone sentir, al colocar su grano de arena, que se contribuye a construir el mundo.
Se pretende equiparar a tales hombres con los toreros o los deportistas. Se elogia el desprecio a la muerte de éstos. Pero yo me río del desprecio a la muerte. Si no extrae sus raíces de una responsabilidad aceptada, no es más que un signo de pobreza o de exceso de juventud. Conocía a un suicida joven. No recuerdo qué clase de mal de amores le empujó a dispararse cuidadosamente un tiro en el corazón. Ignoro qué tentación literaria le llevó a ponerse en las manos guantes blancos, pero recuerdo haber sentido frente a aquella triste mascarada una impresión, no de nobleza, sino de mediocridad. Detrás de aquel rostro amable, bajo aquel cráneo de hombre, no había existido nada, absolutamente nada. Sólo la imagen de alguna muchachita boba, como hay tantas.
Y frente a aquel destino vacío, recordaba la auténtica muerte de un hombre. La de un jardinero, que me decía: «¿Sabe usted...? A veces sudaba al cavar. La pierna me dolía por culpa de mi reumatismo y yo maldecía aquella esclavitud. En cambio hoy, querría cavar, cavar sin tregua la tierra. ¡Cavar me parece ahora tan hermoso! ¡Se siente uno tan libre cuando cava! Y, además, ¿quién va a podar mis árboles cuando yo falte?» Sabía que abandonaba una tierra por desbrozar, que dejaba un planeta por desbrozar. Estaba ligado por el amor a todos los árboles de la tierra. ¡Él era el generoso, el pródigo, el gran señor! Era, al igual que Guillaumet, un hombre valiente cuando luchaba, en nombre de la Creación, contra la muerte.

III


EL AVIÓN


¡Qué importa, Gujllaumet, que pases tus días y tus noches, de trabajo controlando manómetros equilibrándote sobre giróscopos, auscultando el respirar de los motores, descarnando tus espaldas contra quince toneladas de metal? Los problemas que se te presentan son, a fin de cuentas, problemas de hombre y tú alcanzas en su totalidad, al mismo nivel, la nobleza del montañero. Eres tan capaz como un poeta de saborear el anuncio del alba. Desde el fondo del abismo de las noches difíciles, has deseado con tanta frecuencia como él la aparición de ese ramillete pálido, de esa claridad que surge al Este, desde las tierras negras. A veces, esa fuente milagrosa se ha ido deshelando poco a poco ante ti y te ha curado cuando creías morir.
El hecho de utilizar un instrumento científico no te ha convertido en un técnico a secas. Me parece que quienes se asustan demasiado ante nuestros progresos técnicos confunden el fin con los medios. Quienquiera que luche con la única esperanza de conseguir bienes materiales no cosecha, en efecto, nada que valga la pena de vivir. Porque la máquina no es un fin. El avión no es un fin. Es una herramienta. Una herramienta como el arado.
Si opinamos que la máquina estropea al hombre se debe, quizás, a que carecemos de la suficiente perspectiva para juzgar los efectos de las rápidas transformaciones a que hemos asistido. ¿Qué representan los cien años de historia de la máquina en relación con los doscientos mil de la historia del hombre? Hace apenas unos días que nos instalamos en este paisaje de minas y de centrales eléctricas. Apenas hace unos días que comenzamos a habitar esta casa nueva, que aún no hemos terminado de construir. ¡Todo ha cambiado tan rápidamente a nuestro alrededor: relaciones humanas, condiciones de trabajo, costumbres...! Incluso nuestra misma psicología se ha visto trastornada en sus bases más íntimas. Las nociones de separación, de ausencia, de distancia y de regreso, aun cuando las palabras hayan continuado siendo las mismas, no definen ya las mismas realidades. Para captar el mundo de hoy, hemos de emplear un lenguaje que fue establecido para el mundo de ayer. Y creemos que la vida del pasado responde mejor a nuestra naturaleza por la sola razón de que responde mejor a nuestro lenguaje.
Cada progreso nos ha apartado un poco más de las costumbres que apenas habíamos adquirido. Somos, en verdad, como emigrantes que todavía no han fundado su nueva patria.
Somos jóvenes bárbaros a quienes los nuevos juguetes maravillan aún. Nuestras carreras de aviones no tienen otro sentido. Queremos saber cuál de ellos sube más arriba, cuál corre a mayor velocidad. Y nos olvidamos de por qué los hacemos correr. La carrera, provisionalmente, es más importante que su objetivo. Siempre sucede lo mismo. Para el colonizador que funda un imperio, el sentido de la vida se basa en conquista

Tags: Literatura, Saint-Exupéry.

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La tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a sí mismo cuando ella se enfrenta a iconDe todos los temas que vamos a estudiar, el de la fe es el más importante...

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