El recelo, cargado de prejuicios, con que la crítica feminista observa los escritos masculinos sobre el tema de la diferencia entre los sexos no carece de






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Una libido institucional
La preocupación por la verdad, sobre todo en asuntos que, como las relaciones entre los sexos, son particularmente vulnerables a la transfiguración mistificadora, obliga a decir cosas que a menudo están calladas y que tienen muchas posibilidades de ser mal entendidas, sobre todo cuando parecen reconocer o recortar el discurso dominante. La revelación, si está dedicada a aparecer a quienes toman partido por los intereses dominantes como una denuncia parcial e interesada, tiene más posibilidades de ser recusada por otros, que se dicen críticos, como ratificación del orden establecido en cuanto que el modo más normal de describir o registrar se inspira a menudo en la intención (subjetiva u objetiva) de justificar y que el discurso conservador avanza a menudo sus órdenes normativas bajo las apariencias del acta de comprobación.(79) El conocimiento científico de una realidad política tiene, necesariamente, efectos políticos que pueden ser de sentido contrario: la ciencia de una forma de dominio, en este caso el dominio masculino, puede tener por efecto reforzarlo -en la medida en que los dominantes pueden utilizarla para "racionalizar" los mecanismos propios para perpetuarla-, o puede tener el resultado de impedirlo, un poco a la manera de la divulgación de un secreto de Estado, favoreciendo la toma de conciencia y la movilización de las víctimas. Al igual que para abrir a la escuela una posibilidad real de ser una "escuela liberadora", como se decía antaño, y no para conservar las cosas como están, era preciso revelar que la escuela era conservadora, es necesario hoy en día correr el riesgo de que parezca que se justifica el estado actual de la condición femenina mostrando en qué y cómo las mujeres, tal como son, es decir, tal como el mundo social las ha hecho, pueden contribuir a su propia dominación.
Se conocen los peligros a los cuales se halla inexorablemente expuesto todo proyecto científico que se define con relación a un objeto preconstruido, en especial cuando se trata de un grupo dominado, es decir, de una "causa" que, como tal, parece hacer las veces de justificación epistemológica y eximir del trabajo propiamente científico de construcción del objeto, y los estudios de la mujer, los estudios de las minorías, los estudios sobre homosexualidad que en la actualidad vienen a sustituir a nuestros estudios populistas de las "clases populares", están sin duda menos protegidos contra la ingenuidad de los "buenos sentimientos", que no necesariamente excluye el interés bien entendido por los beneficios asociados a las "buenas causas", que no tienen porqué justificar su existencia y que además confieren a quienes se apoderan de ellas un monopolio de hecho (a menudo reivindicado por la ley), pero llevándolos a encerrarse en una suerte de ghetto científico. Transformar, sin otra forma de proceso, en problema sociológico el problema social planteado por un grupo dominado equivale a condenarse a dejar escapar lo que constituye la realidad misma del objeto, sustituyendo una relación social de dominio por una entidad sustancial, una esencia, pensada en sí misma y para ella misma, como lo puede ser (y de hecho ya se hace por medio de los men's studies) la entidad complementaria. Es también, simple y sencillamente, condenarse a un aislacionismo que sólo puede tener efectos por entero funestos, cuando conduce por ejemplo a ciertas producciones "militantes" a acreditar a las fundadoras del movimiento feminista "descubrimientos" que forman parte de los conocimientos más antiguos y de los que con mayor antigüedad han admitido las ciencias sociales, como el hecho de que las diferencias sexuales son diferencias sociales naturalizadas. Si no se trata de excluir de la ciencia, en nombre de no sé qué Wertfreiheit utópico, la motivación individual y colectiva que suscita la existencia de una movilización política e intelectual (y cuya ausencia basta para explicar la pobreza relativa de los men's studies), queda que el mejor de los movimientos políticos está destinado a hacer mala ciencia y, al final, mala política, si no logra convertir sus pulsiones subversivas en inspiración crítica, y ante todo de sí mismo.
Esta acción de revelación cuenta con tantas más posibilidades de ser eficaz, simbólica y prácticamente, cuanto se desempeñe a propósito de una forma de dominio que descansa casi exclusivamente en la violencia simbólica, es decir, en el desconocimiento, y como tal, puede ser más vulnerable que otras a los efectos de la destrivialización realizada por un socioanálisis liberador. Sin embargo, debe hacerse dentro de ciertos límites porque esas cosas son asunto no de conciencia sino de cuerpo, y los cuerpos no siempre comprenden el lenguaje de la conciencia, y también porque no es fácil romper la cadena continua de aprendizajes inconscientes que se logran cuerpo a cuerpo, y con circunloquios, en la relación a menudo oscura en sí misma entre las generaciones sucesivas.
Sólo una acción colectiva que busque organizar una lucha simbólica capaz de cuestionar prácticamente todos lo presupuestos tácitos de la visión falonarcisista del mundo puede determinar la ruptura del pacto casi inmediato entre las estructuras incorporadas y las estructuras objetivadas que constituye la condición de una verdadera conversión colectiva de las estructuras mentales, no sólo entre los miembros del sexo dominado sino también entre los miembros del sexo dominante, que no pueden contribuir a la liberación más que librando la trampa del privilegio.
La grandeza y la miseria del hombre, en el sentido de vir, estriba en que su libido se halla socialmente construida como libido dominandi, deseo de dominar a los otros hombres y, secundariamente, a título de instrumento de lucha simbólica, a las mujeres. Si la violencia simbólica gobierna al mundo, es que los juegos sociales, desde las luchas de honor de los campesinos kabilas hasta las rivalidades científicas, filosóficas y artísticas de las señoras Ramsay de todo tiempo y lugar, pasando por los juegos de guerra que son el límite ejemplar del resto de los juegos, están hechos de tal modo que (el hombre) no puede entrar en ellos sin verse afectado por ese deseo de jugar que es asimismo el deseo de triunfar o, por lo menos, de estar a la altura de la idea y del ideal del jugador atraído por el juego. Esta libidoinstitucional, que reviste también la forma del superyo, puede conducir también, y a menudo en el mismo movimiento, a las violencias extremas del egotismo viril así como a los sacrificios últimos de la abnegación y del desinterés: el pro patria mori nunca es sino el límite de todas las maneras, más o menos nobles y reconocidas, de morir o vivir por causas o fines universalmente reconocidos como nobles, es decir, universales.
No se ha visto que, por el hecho de estar excluidas de los grandes juegos masculinos y de la libido social que se genera, las mujeres suelan inclinarse por una visión de dichos juegos que no esté tan alejada de la indiferencia que predica la cordura: pero esta visión distante que les hace percibir, así sea vagamente, el carácter ilusorio de la ilusión y sus apuestas, no tiene muchas posibilidades de estar en posición de afirmarse en contra de la adhesión que se impone a ellas, al menos en favor de la identificación con las causas masculinas, y la guerra contra la guerra que les propone la Lisístrata de Aristófanes, en la cual rompen el pacto ordinario entre la libido dominandi (o dominantis) y la libido sin más, es un programa tan utópico que está condenado a servir de tema de comedia.
No podría, sin embargo, sobreestimarse la importancia de una revolución simbólica que busca trastocar, tanto en los espíritus como en la realidad, los principios fundamentales de la visión masculina del mundo: hasta tal punto es cierto que la dominación masculina constituye el paradigma (y a menudo el modelo y la apuesta) de toda dominación, que la ultramasculinidad va casi siempre de la mano con el autoritarismo político, mientras que el resentimiento social más cargado de violencia política se nutre de fantasmas inseparablemente sexuales y sociales (como lo testimonian, por ejemplo, las connotaciones sexuales del odio racista o la frecuencia de la denuncia de la "pornocracia" entre los partidarios de revoluciones autoritarias). No debe esperarse de un simple socioanálisis, aun colectivo, y de una toma de conciencia generalizada, una conversión duradera de las disposiciones mentales y una transformación real de las estructuras sociales mientras las mujeres continúen ocupando, en la producción y la reproducción del capital simbólico, la posición disminuida que es el verdadero fundamento de la inferioridad del estatuto que le imparten el sistema simbólico y, a través de él, toda la organización social. Todo lleva a pensar que la liberación de la mujer tiene por condición previa una verdadera maestría colectiva de los mecanismos sociales de dominación, que impiden concebir la cultura, es decir, el ascenso y dominación en y por los cuales se instituye la humanidad, salvo como una relación social de distinción afirmada contra una naturaleza que no es otra cosa que el destino naturalizado de los grupos dominados, mujeres, pobres, colonizados, etnias estigmatizadas, etc. Queda claro que, sin estar aún todas y siempre completamente identificadas con la naturaleza, contraste en relación a la cual se organizan todos los juegos culturales, las mujeres entran en la dialéctica de la presunción y la distinción en calidad de objetos más que de sujetos.
NOTAS
1. Lacan, J. Ecrits, Seuil, París, 1966, p.692.
2. El vínculo entre el falo y el logos se encuentra condensado (según una lógica que es la del sueño) en un juego de palabras característico de la lógica del mito docto. La célebre descripción de la oposición entre el norte y el mediodía, donde se ha visto la primera expresión del determinismo geográfico, parece un ejemplo paradigmático de mito docto destinado a producir ese "efecto ciencia" que he denominado efecto Montesquieu (cfr. Bourdieu, P. "Le nord et le midi: contribution á une analyse de l'effet Montesquieu", Actes de la recherche en sciences sociales, núm.35, 1980, pp.21-25). Está asimismo en el juego de palabras (y en particular a través del doble sentido cargado de sobreentendidos) en el que los fantasmas sociales del filósofo encontraban la ocasión de manifestarse sin tener que aceptar su culpa (cfr. Bourdieu, P. L'ontologie politique de Martin Heidegger, Minuit, París, 1988).
3. Speziale-Bagliacca, R. Sulle spalle di Freud, psicoanalysis e ideologia fallica, Astrolabio, Roma, 1982, pp.43 y ss.
4. Freud, S. "Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos", en La vie sexuelle, PUF, París, 1977, pp.126 y 131.
5. Llama la atención que el discurso feminista suela caer en el esencialismo que reprocha, con razón, al "conocimiento masculino" (cfr. Féral, J. Towards a theory of displacement, en Sub-stance, núm.32, 1981, pp.52-64): no se terminará de recontar los enunciados (de la forma: la mujer es plural, indefinida) que están dominados por la lógica profunda de la mitología de la que toman la contrapartida (cfr. Irigaray, L. Speculum, De l'autre femme, Minuit, París, 1977; Kristeva, J. "La femme, ce n'est jamais ça", en Tel Quel, núm.59, otoño, 1974, pp.19-25).
6. La antropología comparada, a la cual se puede recurrir, corre el riesgo de perder la lógica del sistema de las oposiciones pertinentes que no se logra y no se entrega por completo más que en los límites históricos de una tradición cultural (cfr. Héritier-Augé, F. "Le sang du guerrier et le sang des femmes. Notes anthropologiques sur le rapport des sexes", Cahiers du Grif, Tierce, París, invierno 1984-85, p.7-21). En cambio, permite aparecer lo arbitrario de las oposiciones homólogas en el interior de las cuales la oposición entre lo masculino y lo femenino se halla sumergida (y naturalizada por el efecto de la coherencia sistémica). Así, entre los inuit, la luna es un hombre y el sol es su hermana, las cualidades que la tradición mediterránea atribuye a la mujer (como el frío, lo crudo) y la naturaleza se asignan al hombre, mientras que el calor, lo cocido y la cultura se asocian a la mujer, lo que no impide a los inuit relegar a la mujer al universo doméstico y minimizar al máximo su papel en la procreación (cfr. Saladin d'Anglure, citado por Héritier-Augé, op cit.).
7. Sobre el cuerpo y la práctica ritual como conservatorios (y no "memoria") para transmitir y conservar el pasado véase: Bourdieu, P. Le sens pratique, Minuit, París, 1980, sobre todo la primera parte, capítulo 4.
8. Cfr. Peristiany, J. (ed.) Honour and shame: the values of mediterranean society, Chicago University Press, 1974; Pitt-Rivers, J. Mediterranean countrymen. Essays in the social anthropology of the Mediterranean, Mouton, París-La Haya, 1963.
9 Cfr. Gennep, Van. Manuel de folklore français contemporain, Picard, París, 3 vols., 1937-1958.
10. Du Bois, P. Sowing the body, psychoanalysis and ancient representations of women, Chicago University Press, 1988. Svenbro, J. Phrasikleia: anthropologie de la lecture en Gréce ancienne, La Decouverte, París, 1988.
11. En la cual, por ejemplo, Michel Foucault se encierra cuando, en el segundo volumen de su Historia de la sexualidad, opta por iniciar con Platón su indagación acerca de la sexualidad y el sujeto, ignorando autores como Homero, Hesíodo, Esquilo, Sófocles, Herodoto o Aristófanes, por no mencionar los filósofos presocráticos, entre quienes aflora con mayor claridad el viejo sustrato mediterráneo.
12. Bourdieu, P. "Lecture, lecteurs, lettrés, littérature", en Choses dites, Minuit, París, 1987, pp.132-143.
13. Como el tratado de cirugía que analiza Marie-Christine Pouchelle en Corps et chirurgie á l'apogée du Moyen-Age, Flammarion, París, 1983.
14. No sería oportuno hablar aquí de ideología. Si las prácticas rituales y los discursos míticos cumplen incuestionablemente una función legitimadora, jamás encuentran su principio, contrariamente a las afirmaciones de ciertos antropólogos empeñados en legitimar el orden social. Es notable que la tradición kabila, no obstante organizada según la división jerárquica entre los sexos, no propone mitos justificatorios de esta diferencia (salvo tal vez el mito del nacimiento de la cebada, cfr. Bourdieu, Le sens pratique, op cit., p.128, y el mito que trata de racionalizar la posición "normal" del hombre y de la mujer en el acto sexual). La concepción que imputa los efectos de legitimación a acciones intencionalmente orientadas a la justificación del orden establecido no vale ni para las sociedades diferenciadas, en las cuales las acciones de legitimación más eficientes son dejadas a instituciones como el sistema escolar y a mecanismos que aseguran la transmisión hereditaria del capital cultural. En Kabilia todo el orden social funciona como una inmensa máquina simbólica fundada en la dominación masculina.
15. Sobre la estructuración del espacio interior de la casa ver: Bourdieu, P. Le sens pratique, op cit., pp.441-461, y sobre la organización de la jornada, pp.415-421.
16. Aunque no todas las sociedades han sido estudiadas, y las que lo han sido no necesariamente han buscado aclarar la naturaleza de la relación entre los sexos, no es descabellado pensar que, con toda probabilidad, la supremacía masculina es universal (cfr. Héritier-Augé, op cit.).
17. Es lo que dice la lengua cuando, por hombre, entiende no sólo al ser humano varón sino al ser humano en general, y emplea el género masculino para hablar de la humanidad. La fuerza de la evidencia dóxica se observa en que esta monopolización gramatical de lo universal, hoy en día reconocida, no aparece en su verdad sino después de la crítica femenina.
18. Para un cuadro detallado de la distribución de las actividades entre los sexos, véase: Bourdieu, P. Le sens pratique, op cit., p.358.
19. Las pláticas y las observaciones realizadas en el marco de nuestras investigaciones sobre el mercado de la casa permiten verificar que, todavía en la actualidad y cerca de nosotros, la lógica de la división de las tareas, nobles o triviales, entre los sexos, conducía a menudo a un reparto de los papeles que deja a la mujer el cuidado de hacer las compras ingratas, como preguntar los precios, verificar las facturas, pedir las rebajas, etc. (cfr. Bourdieu, P. "Un contrat sous contrainte", en Actes de la recherche en sciences sociales, núm.81-82, marzo de 1990, pp.34-51).
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