El recelo, cargado de prejuicios, con que la crítica feminista observa los escritos masculinos sobre el tema de la diferencia entre los sexos no carece de






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La illusio que es constitutiva de la masculinidad representa la base de todas las formas de la libido dominandi, es decir, todas las formas específicas de illusio que se generan en los diferentes campos. Esta illusio original es lo que hace que los hombres (por oposición a las mujeres) sean socialmente instituidos de tal manera que se dejen involucrar, como niños, en todos los juegos que les son socialmente asignados y cuya forma por excelencia es la guerra. Al dejarse sorprender en un ensueño despierto que descubre la vanidad pueril de sus bloqueos más profundos, el señor Ramsay revela bruscamente que los juegos a los cuales se presta, como el resto de los hombres, son juegos de niños, que no se perciben en toda su extensión porque, precisamente, la connivencia colectiva le confiere la necesidad y la realidad de las evidencias compartidas. Por lo mismo que, entre los juegos constitutivos de la existencia social, los que se dicen serios, estén reservados a los hombres -mientras que las mujeres se dedican a los hijos-(58) se olvida que el hombre es también un niño que juega al hombre. La alienación genérica es el origen del privilegio específico.
La lucidez de los excluidos
Las mujeres gozan del privilegio (negativo) de no dejarse engañar por los juegos en los que se disputan los privilegios, y de no estar atrapadas, al menos directamente, en primera persona. Pueden incluso vanagloriarse y, mientras no estén comprometidas por procuración, considerar con una divertida indulgencia los esfuerzos desesperados del "hombre-niño" por hacerse el hombre y la desesperación que en él generan sus fracasos. Ellas pueden adaptar sobre los juegos más serios el punto de vista distante del espectador que observa la tempestad desde la orilla, lo que puede valerles para ser tildadas de frívolas e incapaces de interesarse en cosas serias, como la política. Pero, al ser esta distancia un efecto de la dominación, están a menudo condenadas a participar por procuración, por una solidaridad afectiva con el jugador, que no implica una verdadera participación intelectual y afectiva en el juego y que las convierte con frecuencia en seguidoras incondicionales, pero mal informadas, de la realidad del juego y las correspondientes apuestas.(59)
Por esta razón, la señora Ramsay comprende de inmediato la situación embarazosa en la cual se ha puesto su marido al jugar en voz alta a la Carga de la Brigada de la Caballería Ligera. Le duele el sufrimiento que pueda causarle ser sorprendido de esta guisa, pero también y sobre todo lo que origina su extraña conducta cuya verdadera razón ella captó al instante. Todo su comportamiento lo dirá cuando, herido, y así reducido a su verdad de niño grande, el padre severo, que acababa de sacrificar a su gusto (compensatorio) "desilusionar a su hijo y ridiculizar a su mujer", venga a pedirle su compasión por un sufrimiento nacido de la illusio y de la desilusión: "Ella acarició la cabeza de James; transfirió a su hijo los sentimientos que experimentaba por su marido". Por una de esas condensaciones que permite la lógica de la práctica, la señora Ramsay identifica, en un gesto de protección afectuosa al que la destina y prepara su ser social,(60) al pequeño hombre que acaba de descubrir la negatividad insoportable de lo real. Aun si se empeña en disimular su clarividencia, sin duda para proteger la dignidad de su marido, la señora Ramsay sabe perfectamente que el veredicto enunciado sin piedad emana de un ser digno de lástima que, él también, como víctima de los veredictos inexorables de lo real, merece piedad.(61) Ahora bien, posiblemente ella sucumba así a una estrategia última, la del hombre infeliz que, al hacerse el niño, se asegura de despertar los sentimientos maternos que son estatutariamente asignados a las mujeres.(62)
Convendría citar aquí el extraordinario diálogo tácito en el cual la señora Ramsay procura de continuo a su marido, primero aceptando la apuesta aparente de la escena familiar, en lugar de sacar las cosas de quicio, por ejemplo, dada la desproporción entre el furor del señor Ramsay y su causa manifiesta. Cada una de las frases, en apariencia anodinas, de los dos interlocutores abarca apuestas mucho más amplias, más fundamentales, y cada uno de los dos adversarios-socios lo sabe, en virtud de su conocimiento íntimo y casi perfecto de su interlocutor que, a cambio de un mínimo de complicidad en la mala fe, permite provocar, a propósito de naderías, conflictos últimos sobre el todo. Esta lógica de todo o nada deja a los interlocutores la libertad de elegir, en cada momento, la incomprensión más total que reduce el discurso adverso al absurdo devolviéndolo a su objeto aparente (en este caso, el tiempo que hará al día siguiente) o la comprensión, ella también total, que es la condición tácita de la disputa mediante sobreentendidos y de la reconciliación.
No había la esperanza más remota de poder ir al día siguiente al faro, declaró secamente el señor Ramsay, en tono irascible. ¿Cómo lo sabía? le preguntó ella. El viento cambiaba de pronto. El carácter extraordinariamente irracional de esta observación, lo absurdo del espíritu femenino provocaron en el señor Ramsay un acceso de ira. El se había arrojado al valle donde la muerta está siempre presta; lo habían hecho pedazos y migajas, y he aquí que ahora ella evadía de frente la realidad, daba a sus hijos esperanzas obviamente absurdas, en suma, decía mentiras. Pateó el escalón de piedra. `¡Al diablo!', dijo él. Pero, ¿qué había hecho ella? Simplemente había señalado que tal vez hiciera buen tiempo al día siguiente. Y eso podía suceder. No con un barómetro a la baja y viento del oeste.
¿De dónde le viene a la señora Ramsay su extraordinaria perspicacia cuando oye una de esas discusiones entre hombres acerca de asuntos tan futilmente serios como la raíz cúbica o cuadrada, Voltaire o Madame de Stael, el carácter de Napoleón o el sistema francés de propiedad rural? La señora Ramsay, ajena a los juegos masculinos y a la exaltación obsesiva del yo y de las pulsiones sociales que imponen, ve con entera naturalidad que las tomas de posición, en apariencia las más puras y apasionadas a favor o en contra, no suelen responder más que al deseo de "sentar algo" (otro más de esos movimientos fundamentales del cuerpo, semejante al "dar la cara" de los kabilas), a la manera de Tansley, otra encarnación del egotismo masculino:
[...] haría siempre lo mismo, hasta que obtuviera su cátedra de profesor o contrajera matrimonio; entonces no tendría necesidad de decir: `Yo, yo, yo'. Pues a eso se reducía su crítica al pobre Sir Walter, o tal vez se tratase de Jane Austen: `Yo, yo, yo'. El pensaba en sí mismo y en la impresión que producía; ella lo sabía por el sonido de su voz, por el acento y el tono molesto en su manera de hablar. El éxito le sentaría bien".(63)
Por otra parte, Virginia Woolf expresa bien la formidable alienación inherente en este dominio:
Si usted triunfa en su profesión, las palabras "Por Dios y por el Imperio" probablemente serán grabadas como una dirección en el collar de un perro. Y, si las palabras tienen sentido, como debieran, tendrá que aceptar dicho sentido y hacer todo lo que esté en su poder para imponerlo.(64)
Percibe la trampa que constituyen los juegos uniformes donde se engendra la illusio masculina, que impone a los hombres hacer lo que tienen que hacer, ser lo que tienen que ser. Y ella afirma explícitamente que son responsables de ello la segregación de las mujeres y las "líneas de demarcación místicas", esos ritos de institución de los que las mujeres están excluidas puesto que tienen por función excluirlas:
Inevitablemente nosotras consideramos a la sociedad como un lugar de conspiración que absorbió al hermano que muchas tienen razones para respetar en la vida privada, y que impone en su lugar a un macho monstruoso, con voz estruendosa, de puño duro, que, de una manera pueril, inscribe con tiza en el suelo esas líneas de demarcación místicas -rígidas, separadas, artificiales- entre las cuales están los seres humanos. Esos lugares donde, ataviado de oro y púrpura, decorado de plumas como un salvaje, él prosigue sus rituales místicos y goza de placeres sospechosos del poder y de la dominación, mientras que nosotras, "sus" mujeres, estamos encerradas en el hogar sin que se nos permita participar en ninguna de las numerosas sociedades que componen su sociedad.(65)
De hecho, las mujeres rara vez son lo suficientemente libres de toda dependencia, si no frente a los juegos sociales, al menos respecto de los hombres que los realizan, para llevar el desencanto hasta esta suerte de conmiseración un poco condescendiente por la illusio masculina. Al contrario, toda su educación las prepara a entrar en el juego por procuración, es decir, en una posición a la vez exterior y subordinada, y a conceder a la preocupación masculina, como la señora Ramsay, una suerte de atención enternecida y de comprensión confiante generadoras también de un profundo sentimiento de seguridad. Excluidas de los juegos de poder, están preparadas a participar por medio de los hombres que participan en él, ya se trate de su marido o, como la señora Ramsay, de su hijo.(66)
El principio de esas disposiciones afectivas radica en el estatuto que le es asignado a la mujer en la división del trabajo de dominio y que Kant describió en un lenguaje falsamente contestatario, el de una moral teórica disfrazada en ciencia de las costumbres:
Las mujeres no pueden defender personalmente sus derechos y sus asuntos civiles como tampoco pueden hacer la guerra; no pueden hacerlo más que por medio de un representante; y esta irresponsabilidad legal desde el punto de vista de los asuntos públicos no las hace sino más poderosas en la economía del hogar: ahí predomina el derecho del más débil, que el sexo masculino por su naturaleza se siente llamado a proteger y a defender.(67)
La renuncia y la docilidad que Kant imputa a la naturaleza femenina están bien inscritas en lo más profundo de las disposiciones constitutivas del habitus, segunda naturaleza que no presenta tanto las apariencias de la naturaleza y del instinto como la libido socialmente instituida que se realiza en una forma particular de deseo, de libido en el sentido ordinario del término. En la socialización diferencial que dispone a los hombres a amar los juegos de poder y a las mujeres a los hombres que lo juegan, el carisma masculino es, por una parte, el encanto del poder, la seducción que la posesión del poder ejerce, por sí, sobre cuerpos cuya sexualidad misma está políticamente socializada.(68) Como la socialización inscribe las disposiciones políticas bajo la forma de disposiciones corporales, la experiencia sexual misma está orientada políticamente. No se puede negar que existe una seducción del poder o, si se prefiere, un deseo o un amor a los poderosos, efecto sincero e ingenuo que ejerce el poder cuando es aprehendido por cuerpos socialmente preparados para reconocerlo, desearlo y amarlo, es decir, como carisma, encanto, gracia, irradiación o simplemente belleza. Así, el dominio masculino encuentra uno de sus mejores apoyos en el desconocimiento que favorece la aplicación al dominante de categorías de pensamiento engendradas en la relación misma de dominio (grande/pequeño, fuerte/débil) y que engendra esta forma límite del amor fati, que es el amor del dominante y de su dominación, libido dominantis que implica la renuncia a ejercer en primera persona la libido dominandi.
Kant acierta al decir, en la continuación del texto ya citado, que "renunciar uno mismo a su capacidad, a pesar de la degradación que esto puede comportar, ofrece sin embargo muchas ventajas": el dominante ve siempre muy bien los intereses de los dominados, lo que no implica que todo enunciado de esos intereses sea desacreditado o refutado por ello. De hecho, como no cesa de sugerirlo Virginia Woolf, al estar excluido de la participación en los juegos de poder, privilegio y trampa, el dominado se gana la quietud que presta la indiferencia frente al juego y la seguridad garantizada por la delegación en quienes participan en él, seguridad por otra parte ilusoria y siempre amenazada de dejar lugar a la más terrible tristeza, porque jamás se ignora por completo la debilidad real de la gran figura protectora y que, cual espectador fascinado de un ejercicio peligroso, se está afectivamente implicado en la acción, a través de una persona querida, sin ejercer realmente el dominio sobre ella. En la imagen masculina siempre está presente la figura paterna, cuyos veredictos perentorios, si bien pueden mortificar, tienen un inmenso poder asegurador.(69) La señora Ramsay sabe demasiado bien lo que asegura la delegación en el padre providencial y lo que cuesta matar la figura paterna, sobre todo por el desarrollo que experimenta cuando descubre el barullo de su marido, para fomentar la muerte del profeta veraz: quiere proteger a su hijo de la violencia del veredicto paterno, pero sin arruinar la imagen del padre omnisciente.
Por medio de éste, que detenta el monopolio de la violencia simbólica legítima (y no sólo de la potencia sexual) en el interior de la unidad social elemental, se ejerce la acción psicosomática que conduce a la somatización de la política. Como lo recuerda La metamorfosis de Kafka, los propósitos paternos surten un efecto mágico de constitución, nominación creadora, porque hablan directamente al cuerpo que, como lo recordaba Freud, sigue las metáforas al pie de la letra ("no eres sino un pequeño gusano"), y si la distribución diferencial de la libido social que ellos manejan parece tan extraordinariamente ajustada a los lugares que le serán asignados a unos y a otros (según el sexo, pero también según el rango de nacimiento y muchas otras variables) en los diferentes juegos sociales, eso se debe en buena parte al hecho de que, aun cuando parecen no obedecer más que a lo arbitrario del buen placer, los veredictos paternos emanan de un personaje que, habiendo sido labrado por y para las censuras de los imperativos del mundo, tiene al principio de realidad por principio de placer.
La mujer objeto
El habitus masculino se construye y se realiza en relación con el espacio reservado donde se efectúan, entre hombres, los juegos serios de la competencia, ya se trate de juegos de honor, cuyo límite es la guerra, o de juegos que, en las sociedades diferenciadas, ofrecen a la libido dominandi, bajo todas sus formas (económica, política, religiosa, artística, científica, etc.), campos de acción posibles. Al estar excluidas de hecho o de derecho de esos juegos, las mujeres se hallan acantonadas en un papel de espectadoras, o como señala Virginia Woolf, como espejos lisonjeros que devuelven al hombre la figura engrandecida de él mismo, a la cual debe y quiere equipararse, y que le refuerzan de este modo el cerco narcisista en una imagen idealizada de su identidad.(70) En la medida en que se dirige o parece hacerlo a la persona en su singularidad, y hasta en sus bizarrías o sus imperfecciones, o incluso al cuerpo, es decir la naturaleza en su facticidad, que arranca a la contingencia constituyéndola como gracia, carisma, libertad, la sumisión femenina aporta una forma irreemplazable de reconocimiento, justificando al que hace de ello el objeto de existir y de existir como existe. Es probable que el proceso de virilización en favor del cual conspira todo el orden social no pueda llevarse a cabo por entero más que con la complicidad de las mujeres, es decir, en y por la sumisión oblativa, atestiguada por la ofrenda del cuerpo (se habla de "darse") que constituye la forma suprema del reconocimiento otorgado a la dominación masculina en lo que tiene de más específico.
Sigue en pie que la ley fundamental de todos los juegos serios, sobre todo de todos los cambios de honor; es el principio de isotimia, de igualdad de honor: el desafío, porque se envuelve en el honor, no vale nada salvo si se dirige a un hombre de honor, capaz de dar una réplica que, en tanto que encierra también una forma de reconocimiento, se traduce en honor. Dicho en otras palabras, sólo puede realmente honrar el reconocimiento otorgado a un hombre (por oposición a una mujer) y por un hombre de honor, esto es, alguien que pueda ser aceptado como un rival en la lucha por el honor. El reconocimiento que persiguen los hombres en los juegos donde se adquiere y se invierte el capital simbólico tiene tanto más valor simbólico cuanto que quien se lo otorga es él mismo.
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