El recelo, cargado de prejuicios, con que la crítica feminista observa los escritos masculinos sobre el tema de la diferencia entre los sexos no carece de






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Por este motivo la educación básica es fundamentalmente política: tiende a inculcar formas de mantener el cuerpo en su conjunto, o tal o cual de sus partes, la mano derecha, masculina, o la mano izquierda, femenina, la manera de caminar, de sostener la cabeza o la mirada, de cara, a los ojos, o al contrario, a los pies, que son copias de una ética, una política y una cosmología, y eso porque son casi todas sexualmente diferenciadas y, a través de sus diferencias, expresan las oposiciones fundamentales de la visión del mundo. El hexis corporal, redoblado y sostenido por la indumentaria, se encuentra también sexualmente diferenciado, es un pense-bête permanente, inolvidable, en el que se encuentran inscritos, de manera visible y sensible, todos los pensamientos o las acciones potenciales, todas las posibilidades y las imposibilidades prácticas que definen un habitus. La somatización de lo cultural es construcción del inconsciente.
La ilusión y la génesis social de la libido dominandi
Si bien las mujeres, sometidas a un trabajo de socialización que tiende a disminuirlas y negarlas, hacen el aprendizaje de las virtudes negativas de la abnegación, la resignación y el silencio, los hombres son también prisioneros e, irónicamente, víctimas de la representación dominante, por más que sea conforme a sus intereses: cuando logra instituirse completamente en la objetividad de las estructuras sociales y en la subjetividad de las estructuras mentales que organizan las percepciones, los pensamientos y las acciones de todo el grupo, el sistema mítico-ritual funciona como una representación autorrealizadora y no puede encontrar en él mismo, ni fuera de él, el menor desmentido. La exaltación arrebatada de los valores masculinos tiene su contrapartida tenebrosa en las angustias que suscita la feminidad y que son el origen del trato sospechoso que se da a las mujeres, en razón incluso del peligro que ellas hacen correr al pundonor masculino: por el hecho de que ella encarna la vulnerabilidad del honor, de la h'urma, izquierda sagrada, siempre expuesta a la ofensa, y que encierra siempre la posibilidad de la astucia diabólica, thah'ramith, arma de la debilidad que opone el recurso del engaño y de la magia a los recursos de la fuerza y del derecho, la mujer encierra la posibilidad de acarrear el deshonor y la desgracia.(48) Por esta razón, el privilegio encuentra su contraparte en la tensión y contención permanentes, a veces llevadas al absurdo, que imponen a cada hombre el deber de afirmar la virilidad.(49)
Así, por lo mismo que basta decir de un hombre, para encomiarlo, que "es todo un hombre",(50) el hombre es un ser que implica un deber ser, que se impone como algo sin discusión: ser hombre equivale a estar instalado de golpe en una posición que implica poderes y privilegios, pero también deberes, y todas las obligaciones inscritas en la masculinidad como nobleza. Y eso no equivale a evadir las responsabilidades (como pareciera sugerir cierta lectura superficialmente feminista) cuanto a intentar comprender lo que implica esta forma particular de dominio situándose en el principio del privilegio masculino, que es también una trampa. Excluir a la mujer del ágora y de todos los lugares públicos donde se desarrollan las tareas que suelen considerarse las más serias de la existencia humana, como la política o la guerra, equivale a impedirle de hecho apropiarse de las disposiciones que se adquieren al frecuentar esos lugares y esas tareas, como el pundonor, que equivale a rivalizar con los otros hombres.
El principio de división primordial, el que divide a los seres humanos en hombres y mujeres, asigna a los primeros las únicas tareas dignas de ser desempeñadas, incitándolos a adquirir la disposición a tomar en serio las labores que el mundo social constituye como serias. Esta illusio original, que hace al hombre verdaderamente hombre, y que puede designarse como sentido del honor, virilidad, o en el léxico de los kabilas, más radical, "kabilidad" (thakbaylith), es el principio indiscutido de todos los deberes hacia uno, el morot o el móvil de todas las acciones que se deben realizar para estar en paz con uno mismo, para permanecer digno, a los propios ojos, de una idea (recibida) del hombre. Es en la relación entre un habitus construido según la división fundamental de lo derecho y lo curvo, de lo parado y lo acostado, de lo lleno y lo vacío, en suma, de lo masculino y lo femenino, y de un espacio social organizado también conforme a esta división, y por entero dominado por la oposición entre los hombres, preparados a entrar en las luchas por la acumulación de capital simbólico, y las mujeres, preparadas a excluirse o a no entrar, con ocasión del matrimonio, que en tanto objetos de intercambio, revestidos de una elevada función simbólica, que se definen las inversiones agonísticas de los hombres, y de las virtudes, todas ellas de abstención y de abstinencia, de las mujeres.
Así, el dominante es también dominado, pero mediante su dominio, lo que evidentemente no es algo desdeñable. Para analizar esta dimensión paradójica del dominio simbólico, casi siempre ignorado por la crítica feminista, conviene, al pasar sin transición de un extremo al otro del espacio cultural, de los montañeses kabilas al grupo Bloomsbury, apelar a Virginia Woolf, pero no tanto a la autora de esos clásicos del feminismo como A room of one's own (Una recámara propia) o Three guineas (Tres guineas), sino a la novelista que, gracias al acto de escribir y a la amnesia que favorece, revela cosas que han estado ocultas a la mirada del sexo dominante por lo que ella denomina "el poder hipnótico de la dominación".(51) La novela To the lighthouse (Paseo hasta el faro) propone una evocación de las relaciones entre los sexos libre de toda clase de clichés y frases hechas acerca del sexo, el dinero y la cultura o el poder, que aún transmiten los textos más teóricos, y un análisis incomparable de lo que puede ser la mirada femenina a esta suerte de esfuerzo desesperado, y bastante patético, en su inconsciente triunfante, que todo hombre debe hacer para estar a la altura de su idea infantil del hombre.
En pocas palabras, To the lighthouse es la historia de la familia Ramsay, que se encuentra de veraneo en una de las islas Hébridas con unos amigos. La señora Ramsay prometió a su hijo menor, James, de seis años, llevarlo al día siguiente a dar un paseo al faro que se ve iluminado todas las noches. Pero el señor Ramsay anuncia que al día siguiente hará mal tiempo. Estalla una discusión al respecto. Pasa el tiempo. La señora Ramsay se muere. De vuelta a la casa largamente abandonada, el señor Ramsay emprenderá, con James, el paseo otrora frustrado.
Es probable que, a diferencia de la señora Ramsay, que teme que su marido no ha entendido, la mayor parte de los lectores, sobre todo masculinos, no comprendan, a la primera lectura, la situación extraña que evoca el inicio de la novela:
De repente, un grito violento, semejante al de un sonámbulo a medio despertar, en el cual se detectaba algo como "bajo las balas, bajo las granadas de un cañón, ráfaga ardiente", resonó en sus oídos con una enorme intensidad y la hizo volverse, inquieta, para ver si alguien no había oído a su marido.(52)
Y es probable que tampoco comprendan cuando, páginas adelante, el señor Ramsay es sorprendido por otros personajes, Lily Briscoe y su amigo: "Así, cuando Ramsay se precipitó hacia ellos con gritos y aspavientos, se cercioró de que la señorita Briscoe comprendiese cuál era el problema. `¡Error! ¡Craso error!'". Sólo poco a poco, a través de las diferentes visiones de diversos personajes (en las páginas 35, 39-42, 45-46), la conducta del señor Ramsay adquiere sentido. "Ella abrigaba el temor de que el hábito de hablar solo o recitar versos iba en aumento. Se suscitaban situaciones embarazosas" (p.87). De este modo, el mismo señor Ramsay, que había aparecido, desde la primera página de la novela, como un formidable personaje masculino, y paternal, es descubierto en flagrante delito de infantilismo.
Toda la lógica del personaje radica en esta contradicción aparente. El señor Ramsay, cual rey arcaico que evoca el Benveniste del Vocabulario de las instituciones indoeuropeas, es aquél cuyas palabras son veredictos; el que puede anular con una frase la "alegría extraordinaria" de su hijo, entusiasmado con el plan del paseo al día siguiente hasta el faro ("Pero, dice su padre deteniéndose ante la ventana del salón, no hará buen tiempo"). Sus previsiones tienen el poder de hacerse realidad: ya sea que actúen como órdenes, bendiciones o maldiciones que hacen ocurrir, por arte de magia, lo que anuncian, ya sea que, por un efecto infinitamente más sobrecogedor, enuncien simplemente lo que se anuncia, lo que está inscrito en las señales accesibles a la previsión simple del visionario casi divino, capaz de dar razón al mundo, redoblar la fuerza de las leyes de la naturaleza natural o social convirtiéndolas en leyes de la razón y de la experiencia, en enunciados a la vez racionales y razonables de la ciencia y de la sabiduría. Previsión de la ciencia, el acto de comprobación imperativo de la profecía paterna envía el futuro al pasado; predicción de la sabiduría, da a este porvenir todavía irreal la sanción de la experiencia y del conformismo absoluto que implica. Adhesión incondicional al orden de las cosas y ratificación apresurada del principio de realidad, se opone a la comprensión materna, que concede una adhesión evidente a la ley del deseo y del placer pero escindida en una doble concesión condicional al principio de realidad: "`Sí, por supuesto, si hace buen tiempo mañana', dijo la señora Ramsay. `Pero tendrán que levantarse de madrugada', añadió".(53) Basta comparar esta frase(54) con el veredicto paterno para ver que el nombre del padre no tiene necesidad de anunciarse, ni de justificarse, el "pero" ("`Pero, [...] no hará buen día'"), subrayando que no existe, para un ser razonable ("Sé razonable", "Más tarde comprenderás"), otra opción que someterse sin más ante la fuerza de las cosas. Es ese realismo, mata-alegrías y cómplice del orden imperante en el mundo, lo que desencadena el odio al padre, odio que, como en la rebeldía adolescente, se dirige menos contra la necesidad que el discurso paterno pretende desvelar cuanto en oposición a la adhesión arbitraria que el padre todopoderoso le concede, probando así su debilidad: debilidad de la complicidad resignada que admite sin resistencia; debilidad de la complacencia que obtiene satisfacción y vanidad del placer cruel de desilusionar, es decir, de hacer compartir su propia desilusión, su propia resignación, su propia derrota.(55) Las rebeliones más radicales de la infancia y la adolescencia se dirigen no tanto en contra del padre como en contra de la obediencia espontánea al padre, contra el hecho de que el primer movimiento del habitus sea para obedecerlo y para acatar sus razones.
En ese punto, gracias a la indeterminación que autoriza el uso del estilo indirecto libre, se pasa insensiblemente del punto de vista de los niños sobre el padre al punto de vista del padre acerca de sí mismo. Punto de vista que no tiene, en realidad, nada de personal puesto que, en tanto punto de vista dominante y legítimo, no es otra cosa que la elevada idea de sí mismo que tiene el derecho y la obligación de mantener, él que está resuelto a realizar en su ser el deber ser que el mundo social le asigna, en este caso, el ideal del hombre y del padre que se debe realizar:
[...] lo que él decía era la verdad. Era siempre la verdad. Era incapaz de no decir la verdad; no alteraba jamás un hecho, no modificaba jamás una palabra desagradable en función de la comodidad o el beneplácito de alma viviente alguna, mucho menos de sus propios hijos, carne de su carne, y destinados por tanto a aprender lo antes posible que la vida es ardua, que los hechos no aceptan compromisos, y que el paso al país fabuloso donde se desvanecen nuestras esperanzas más luminosas, donde nuestras barcas frágiles naufragan en la tiniebla (llegado a este punto, el señor Ramsay se incorporaba y fijaba la mirada en el horizonte, achicando sus ojillos azules), representa una prueba que exige ante todo coraje, sinceridad y aguante.(56)
Vista desde esta perspectiva, la dureza gratuita del señor Ramsay ya no es resultado de una pulsión tan egoísta como el placer de desilusionar; es la afirmación libre de una elección, la de la rectitud y también la del amor paterno bien entendido que, al rehusar abandonarse a la facilidad culpable de la indulgencia femenina, y ciegamente materna, debe presentar el mundo en toda su crueldad. Es, sin duda, lo que significa la metáfora del cuchillo o la hoja de metal, que la interpretación freudiana aplastaría, y que, como entre los kabilas, cifra el papel masculino -la palabra y la metáfora teatrales se imponen por una vez- del lado de la fractura, la violencia, el asesinato, es decir, del lado de un orden natural construido contra la fusión original con la naturaleza materna y contra el abandono al laissez-faire, a las pulsiones y a las impulsiones de la naturaleza femenina. Se empieza a sospechar que el verdugo es también víctima y que la palabra paterna está expuesta, por lo mismo que su fuerza, a convertir lo probable en destino en el esfuerzo mismo para conjurarlo y exorcizarlo al expresarlo.
Y ese sentimiento no puede sino intensificarse cuando se descubre que el padre inflexible, que con una frase sin apelación posible acaba de matar los sueños de su hijo, ha sido sorprendido en vías de jugar como un niño, entregando a quienes se han encontrado así "introducidos en un dominio privado", Lily Briscoe y su amigo, "algo que no había tenido la intención de mostrarles": los fantasmas de la libido academica que se expresan metafóricamente en los juegos bélicos. Pero conviene citar en toda su amplitud el largo ensueño del señor Ramsay en el cual la evocación de la aventura guerrera, la carga en el valle de la Muerte, la batalla perdida y el heroísmo del jefe ("Pero no quería morir acostado; encontraría alguna arista rocosa y moriría parado, los ojos fijos en la tempestad [...]"), se mezcla íntimamente con la evocación ansiosa del destino póstumo del filósofo ("Z no es atacado más que una vez por generación". "Jamás alcanzará a R"):
¿Cuántos hombres en un millar de millones, se preguntaba, terminan por llegar a Z? Desde luego, el jefe de una columna infernal puede plantearse esta pregunta y responder sin traicionar a quienes lo siguen: `Uno, tal vez'. Uno en una generación. ¿Debe ser entonces culpado si no es ése? ¿Con tal de que haya penado sinceramente, entregado hasta que no le quede nada? Su renombre, ¿cuánto dura? Incluso a un héroe se le permite preguntarse al estar moribundo cómo se hablará de él tras su muerte. Ese renombre durará posiblemente dos mil años [...]. ¿Cómo culpar al jefe de esta columna infernal que, después de todo, ha trepado bastante alto para ver la perspectiva estéril de los años y de la muerte de las estrellas si, antes de que la muerte entiese sus miembros y los deje sin movimiento, eleva con cierta solemnidad sus dedos entumecidos ante sí y se incorpora? Pues, de este modo, la expedición de socorro que ha ido en su busca lo encontrará muerto en su puesto cual soldado glorioso. El señor Ramsay se enderezó y se mantuvo muy derecho al lado de una urna. ¿Quién lo iba a culpar si, mientras se mantenía así un momento, su pensamiento se detenía en el renombre, las expediciones de socorro, las pirámides de piedra erigidas sobre sus huesos por los discípulos agradecidos? Por último, ¿quién culparía al jefe de la infausta expedición si [...](57)
La técnica del difuminado-encadenado, que tanto gustaba a Virginia Woolf, funciona aquí de maravilla: la aventura guerrera y el renombre que la consagra es una metáfora de la aventura intelectual y del capital simbólico de la celebridad al que aspiraba; la illusio lúdica permite reproducir en un grado más elevado de desrealización, por ende a un menor costo, la illusio de la existencia ordinaria, con sus apuestas vitales y sus asedios apasionados, todo lo que agita las discusiones del señor Ramsay y sus discípulos, autoriza el trabajo del levantamiento parcial y controlado del sitio, que es necesario para asumir y superar la desilusión ("No tenía genio; no se hacía ilusiones", p.44) conociendo al mismo tiempo la illusio fundamental, la inversión en el juego mismo, la convicción de que el juego merece ser jugado a pesar de todo, hasta el final, y según las reglas (puesto que, después de todo, el último de los soldados rasos siempre puede "morir de pie"). Ese cerco visceral cuya expresión es esencialmente una postura se logra en las poses, las posiciones o los gestos corporales que están orientados en el sentido de lo derecho, lo recto, de la erección del cuerpo o de sus sustitutos simbólicos, la pirámide de piedra, la estatua.
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