Albert soboul compendio De Historia De La Revolución Francesa






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ALBERT SOBOUL Compendio De Historia De La Revolución Francesa



SOBOUL, ALBERT
Compendio de historia de la Revolución Francesa

PRIMERA PARTE

INDICE

CAPITULO I 11

LA CRISIS DE LA SOCIEDAD 11

I. DECADENCIA DE LA ARISTOCRACIA FEUDAL 11

1. La nobleza: decadencia y reacción 12

2. El clero, dividido 14

II. AUGE Y DIFICULTADES DEL TERCER ESTADO 17

1. Poder y diversidad de la burguesía 17

2. Las clases populares urbanas: el pan cotidiano 22

3. El campesinado: unidad real, antagonismos latentes 26

III . LA FILOSOFíA DE LA BURGUESíA 32

IV.LA FISCALIZACION REAL 36

1. El impuesto directo. La igualdad imposible 37

2. El impuesto indirecto y la “administración general” () 38

CAPITULO II 40

PROLOGO DE LA REVOLUCION BURGUESA: LA REBELION DE LA ARISTOCRACIA (1787-1788) 40

I. LA CRISIS FINAL DE LA MONARQUIA 40

I. La impotencia financiera 40

2. La incapacidad política 41

II . LOS PARLAMENTOS CONTRA EL ABSOLUTISMO (1788) 44

1. La agitación parlamentaria y la Asamblea de Vizille 44

2. La capitulación de la realeza 46

PRIMERA PARTE 50

50

REVOLUCION BURGUESA Y MOVIMIENTO POPULAR (1789-1792) 50

CAPITULO I 51

LA REVOLUCION BURGUESA Y LA CAIDA DEL ANTIGUO REGIMEN (1789) 51

I . LA REVOLUCION JURIDICA (finales de 1788-junio de 1789) 51

1. La reunión de los Estados generales (finales de 1788-mayo de 1789) 51

2. El conflicto jurídico (mayo-junio de 1789) 57

II. LA REVOLUCIóN POPULAR (Julio de 1789) 60

1. El levantamiento de París: el 14 de julio y la toma de la Bastilla 61

2. El levantamiento de las ciudades (julio de 1789) 63

3. El levantamiento del campo: el Gran Pánico (finales de julio de 1789) 64

III. LAS CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIóN POPULAR (agosto-octubre de 1789) 66

1. La noche del 4 de agosto y la Declaración de derechos 66

2. La crisis de septiembre: el fracaso de la revolución de los notables 69

3. Las jornadas de octubre de 1789 71

CAPITULO II 73

LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE: EL FRACASO DEL COMPROMISO (1790) 73

I. LA ASAMBLEA, EL REY Y LA NACIóN 73

1. La política fayettista de conciliación 73

2. La organización de la vida política 75

II. LOS GRANDES PROBLEMAS POLíTICOS 77

1. El problema financiero 77

2. El problema religioso 78

III. APOGEO Y RUINA DE LA POLíTICA DE CONCILIACIóN 79

1. La Federación nacional del 14 de julio de 1790 79

2. La descomposición del ejército y el asunto de Nancy (agosto de 1790) 80

CAPíTULO III 82

LA BURGUESíA CONSTITUYENTE Y LA RECONSTRUCCIóN DE FRANCIA (1789-1791) 82

I. LOS PRINCIPIOS DEL OCHENTA Y NUEVE 82

1. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano 82

II. EL LIBERALISMO BURGUÉS 86

1. La libertad política: la Constitución de 1791 86

2. La libertad económica: “laisser faire, laisser passer” 88

III. LA RACIONALIZACIóN DE LAS INSTITUCIONES 92

1. La descentralización administrativa 92

2. La reforma judicial 93

3. La nación y la Iglesia 95

4. La reforma fiscal 97

IV. HACIA UN NUEVO EQUILIBRIO SOCIAL: ASIGNADOS Y BIENES NACIONALES 98

1. El asignado y la inflación 98

2. Los bienes nacionales y el reforzamiento de la propiedad burguesa 99

CAPíTULO IV 102

LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE Y LA HUíDA DEL REY (1791) 102

I. LA CONTRARREVOLUCIóN Y EL IMPULSO POPULAR 102

1. La contrarrevolución: aristócratas, emigrados y refractarios 102

2. El impulso popular: la crisis social y las reivindicaciones políticas 103

3. La burguesía constituyente y la consolidación social 103

II. LA REVOLUCIóN Y EUROPA 104

1. Contagio revolucionario y reacción aristocrática 105

2. Luis XVI, la Constituyente y Europa 106

III. VARENNES: LA DESAPROBACION REAL DE LA REVOLUCION (junio de 1791) 108

1. La huida del rey (21 de junio de 1791) 108

2. Consecuencias internas de Varennes: los fusilamientos del Champ-de-Mars (17 de julio de 1791) 109

3. Consecuencias exteriores de Varennes: la declaración de Pillnitz (27 de agosto de 1791) 110

CAPíTULO V 112

LA ASAMBLEA LEGISLATIVA, LA GUERRA Y EL DERROCAMIENTO DEL TRONO (octubre de 1791-agosto de 1792) 112

I. EL CAMINO DE LA GUERRA (octubre de 1791-abril de 1792) 112

1. Cistercienses y girondinos 112

2. El primer conflicto entre el rey y la Asamblea (finales de 1791) 113

3. La guerra o la paz (invierno de 1791-1792) 115

4. La declaración de guerra (20 de abril de 1792) 117

II. EL DERROCAMIENTO DEL TRONO (abril-agosto de 1792) 118

1. Los fracasos militares (primavera de 1792) 118

2. El segundo conflicto entre el rey y la Asamblea (junio de 1792) 119

3. El peligro exterior y la incapacidad girondina (julio de 1792) 121

4. La insurrección del 10 de agosto de 1792 122

—Segunda Parte— 130

“EL DESPOTISMO DE LA LIBERTAD”. GOBIERNO REVOLUCIONARIO Y MOVIMIENTO POPULAR (1792 - 1795) 130

Capítulo I 132

El fin de la asamblea legislativa, el impulso revolucionario y la defensa nacional (agosto-septiembre de 1792) 132

I. El primer terror 132

1. La Comuna del 10 de agosto y la Asamblea legislativa 132

2. Las matanzas de septiembre 133

II. La invasión detenida: Valmy (20 de septiembre de 1792) 137

Capítulo II 138

La Convención girondina. El fracaso de la burguesía liberal (septiembre de 1792-junio de 1793) 138

I. La lucha de partidos y el proceso del rey (septiembre de 1792-enero de 1793) 139

1. Girondinos y montañeses 140

2. El proceso de Luis XVI (noviembre de 1792-enero de 1793) 145

II. La guerra y la primera coalición (septiembre de 1792-marzo de 1793) 147

1. De la propaganda a la anexión (septiembre de 1792-enero de 1793) 148

2. La formación de la primera coalición (febrero-marzo de 1793) 150

III. La crisis de la revolución (marzo de 1793) 151

1. Carestía de vida e impulso popular 152

2. La derrota y la traición de Dumouriez 154

3. La Vendée 156

IV. El fin de la Gironda (marzo-junio de 1793) 159

1. Las primeras medidas de salud pública 159

2. Las jornadas del 31 de mayo-2 de junio de 1793 161

Capítulo III 165

La Convención montañesa, movimiento popular y dictadura de Salud Pública (Junio - diciembre de 1793) 165

I. Montañeses, moderados y desarrapados (junio - julio de 1793) 165

1. Las medidas montañesas de la conciliación 166

2. El asalto de la contrarrevolución 167

3. La réplica revolucionaria 170

II. El Comité de Salud Pública y el impuesto (agosto - octubre de 1793) 174

1. La leva en masa (23 de agosto de 1793) 175

2. Las jornadas del 4 y 5 de septiembre de 1793 176

3. Éxitos populares y fortalecimiento del Gobierno (septiembre - octubre de 1793) 180

III. La organización de la dictadura jacobina de salud pública (octubre - diciembre de 1793) 183

1. El Terror 183

2. La descristianización y el culto de los de la libertad 185

3. Las primeras victorias (septiembre - diciembre de 1793) 189

4. El decreto de 14 de frimario, año ll (4 de diciembre de 1793) 192

Capítulo IV 195

Victoria y caída del gobierno revolucionario (diciembre de 1793 -julio de 1794) 195

I. La lucha de las facciones y el triunfo del Comité de Salud Pública (diciembre de 1793 - abril de 1794) 195

1. La “Conspiración del extranjero” y el pleito de la Compañía de Indias (octubre-diciembre de 1793) 196

2. La ofensiva de los Indulgentes (diciembre de 1793 - enero de 1794) 197

3. La contraofensiva de los Exagerados (febrero de 1794) 200

4. La crisis de ventoso y la caída de las facciones (marzo-abril de 1794) 202

II. La dictadura jacobina de salud pública 207

1. El Gobierno revolucionario 207

2. La “fuerza coactiva” y el Terror 211

3. La economía dirigida 213

4. La democracia social 216

5. La moral republicana 218

6. El ejército nacional 220

III. El 9 de Termidor, año II (27 de julio de 1794) 223

1. La victoria de la Revolución (mayo-julio de 1794) 223

2. La crisis política: la imposible conciliación (julio de 1794) 225

3. El desenlace: la imposible insurrección 227

Capítulo V 232

La Convención termidoriana, la reacción burguesa y el fin del movimiento popular (julio de 1794-mayo de 1795) 232

I. Los progresos de la reacción termidoriana 232

1. La dislocación del Gobierno revolucionario y el fin del Terror (verano de 1794) 233

2. Moderados, jacobinos y desarrapados (agosto-octubre de 1794) 234

3. La proscripción de los jacobinos y los desarrapados (octubre de 1794 - marzo de 1795) 237

4. Antiguos y nuevos ricos. Las preciosas y los pisaverdes 240

5. La reacción religiosa y la amnistía de los vendeanos 241

II. La crisis económica y la catástrofe monetaria 242

1. El retorno a la libertad económica (agosto-diciembre de 1794) 243

2. El hundimiento del asignado y sus consecuencias 244

III. Los últimos levantamientos populares (germinal y prairial, año III) 246

1. El auge de la oposición popular parisiense (invierno de 1794-1795) 247

2. Las jornadas de germinal, año III (abril 1795) 247

3. Prairial, año III (mayo de 1795) 249



En 1789, Francia vivía en el marco de lo que más tarde se llamó el Antiguo Régimen.

La sociedad seguía siendo en esencia aristocrática; tenía como fundamentos el privilegio del nacimiento y la riqueza territorial. Pero esta estructura tradicional estaba minada por la evolución de la economía, que aumentaba la importancia de la riqueza mobiliaria y el poder de la burguesía. Al mismo tiempo, el progreso del conocimiento positivo y el impulso conquistador de la filosofía de la Ilustración minaron los fundamentos ideológicos del orden establecido. Si Francia continuaba siendo todavía, a finales del siglo XVIII, esencialmente rural y artesana, la economía tradicional se transformaba por el impulso del gran comercio y la aparición de la gran industria. Los progresos del capitalismo, la reivindicación de la libertad económica, suscitaban, sin duda alguna, una viva resistencia por parte de aquellas categorías sociales vinculadas al orden económico tradicional; mas para la burguesía eran necesarias, pues los filósofos y economistas habían elaborado una doctrina según sus intereses sociales y políticos. La nobleza podía, desde luego, conservar el principal rango en la jerarquía oficial, y su poder económico, así como su papel social, no estaban en modo alguno disminuidos.

Cargaba sobre las clases populares, campesinas sobre todo, el peso del Antiguo Régimen y todo cuanto quedaba del feudalismo. Estas clases eran todavía incapaces de concebir cuáles eran sus derechos y el poder que éstos tenían; la burguesía se les presentaba de una manera natural, con su fuerte armadura económica y su brillo intelectual, como la única guía. La burguesía francesa del siglo XVIII elaboró una filosofía que correspondía a su pasado, a su papel y a sus intereses, pero con una amplitud de miras y apoyándose de una manera tan sólida en la razón, que esta filosofía que criticaba al Antiguo Régimen y que contribuía a arruinarle, revestida de un valor universal, se refería a todos los franceses y a todos los hombres.

La filosofía de la Ilustración sustituía el ideal tradicional de la vida y de la sociedad por un ideal de bienestar social, fundado en la creencia de un progreso indefinido del espíritu humano y del conocimiento científico. El hombre recobraba su dignidad. La plena libertad en todos los dominios, económicos y políticos, tenía que estimular su actividad; los filósofos le concedían como fin el conocimiento de la naturaleza para dominarla mejor y el aumento de la riqueza en general. Así las sociedades humanas podrían madurar por completo.

Frente a este nuevo ideal, el Antiguo Régimen quedaba reducido a defenderse. La monarquía continuaba siendo siempre de derecho divino; el rey de Francia era considerado como el representante de Dios en la tierra; gozaba, por ello, de un poder absoluto. Pero este régimen absoluto carecía de una voluntad. Luis XVI abdicó finalmente su poder absoluto en manos de la aristocracia. Lo que llamamos la revolución aristocrática (pero que es más bien una reacción nobiliaria o, mejor dicho, una reacción aristocrática que no retrocede ante la violencia y la revolución) precedió, desde 1787, a la revolución burguesa de 1789. A pesar de tener un personal administrativo, con frecuencia excepcional, las tentativas que se hicieron de reformas estructurales, de Machault, de Maupeou, de Turgot, desaparecieron ante la resistencia de opinión de los Parlamentos y de los estados provinciales, bastiones de la aristocracia. Bien es verdad que la organización administrativa no mejoró y el Antiguo Régimen siguió siendo algo inacabado.

Las instituciones monárquicas, poco tiempo antes, habían recibido su estructuración última bajo Luis XIV: Luis XVI gobernaba con los mismos ministerios y los mismos consejos que sus antepasados. Pero si Luis XIV había llevado el sistema monárquico a un grado de autoridad jamás alcanzado, no había hecho, sin embargo, de este sistema una construcción lógica y coherente. La unidad nacional había progresado bastante en el siglo XVIII, progreso que había sido favorecido por el desarrollo de las comunicaciones y de las relaciones económicas, por la difusión de la cultura clásica, gracias a la enseñanza de los colegios y las ideas filosóficas, a la lectura, a los salones y a las sociedades intelectuales. Esta unidad nacional continuaba inacabada. Ciudades y provincias mantenían sus privilegios; el Norte conservaba sus costumbres, mientras que el Mediodía se regía por el Derecho romano. La multiplicidad de pesos y medidas, de peajes y aduanas interiores impedía la unificación económica de la nación y hacía que los franceses fuesen como extranjeros en su propio país. La confusión y el desorden continuaban siendo el rasgo característico de la organización administrativa: las circunscripciones judiciales, financieras, militares, religiosas se superponían y obstruían las unas a las otras.

Mientras las estructuras del Antiguo Régimen se mantenían en la sociedad y en el Estado, una “verdadera revolución de coyuntura” (para emplear la expresión de Ernest Labrousse) multiplicaba las tensiones sociales: crecimiento demográfico y alza de precios fueron las causas que, combinando sus efectos, agravaron la crisis.

El desarrollo demográfico de Francia en el siglo XVIII, especialmente a partir de 1740, es aún más importante, ya que sigue a un período de estancamiento. En realidad, fue pequeño. La población del reino puede calcularse en unos diecinueve millones de habitantes hacia finales del siglo XVII, y en unos veinticinco la víspera de la Revolución. Necker, en su Administración de las finanzas de Francia (1784), da la cifra de 24,7 millones, cifra que parece un poco corta. Tomando como base 25 millones, el aumento hubiera sido de seis millones de habitantes, teniendo en cuenta las variaciones regionales de un 30 a un 40 por 100. Inglaterra en esa época no contaba con más de nueve millones de habitantes (aumento de un 80 por 100 durante el transcurso del siglo). España, 10,5 millones. La natalidad en Francia continuaba siendo elevada; su nivel alcanzaba el 40 por 1.000. No obstante, se manifestaba una cierta tendencia a reducir los nacimientos, particularmente en las familias aristocráticas. El censo de mortalidad variaba mucho de un año a otro, y en 1778 disminuyó a un 33 por 1.000. La media de vida eran los veintinueve años poco antes de la Revolución. Esta pujanza demográfica marca especialmente la segunda mitad del siglo XVIII; proviene, sobre todo, de la desaparición de las grandes crisis del siglo XVII, que se debían a la falta de alimentación, al hambre y a las epidemias (como las del “gran invierno” de 1709). Después de 1741-1742, esas crisis del tipo de “hambre” tendieron a desaparecer; la natalidad, con sólo mantenerse, sobrepasaba la mortalidad y multiplicaba los hombres, especialmente en las clases populares y en las ciudades. El auge demográfico parece que fue provechoso más bien para las ciudades que para el campo. Había en 1789 unas sesenta ciudades con más de 10.000 habitantes. Si se clasifican en la categoría urbana las aglomeraciones de más de 2.000 habitantes, la población de las ciudades puede valorarse aproximadamente en un 16 por 100. Este desarrollo demográfico aumenta la demanda de productos agrícolas y contribuye al alza de precios.

El movimiento de precios y rentas en Francia en el siglo XVIII se caracteriza por un alza secular, que va desde 1733 a 1817: la fase A, para emplear la terminología de Simiand, da lugar a una fase B, de depresión, que a partir del siglo XVII llegó hasta 1730. El movimiento de larga duración empezó hacia 1733 (la libra se estabilizó en 1726, no habiendo mutación monetaria alguna hasta la Revolución). El desarrollo, lento hasta 1758, se hizo violento desde 1758 a 1770 (la “edad de oro” de Luis XV); el alza se estabilizó, para volver a crecer de nuevo la víspera de la Revolución. Los cálculos de Ernest Labrousse sobre 24 mercancías y el índice de 100 tomado en el ciclo básico 1726-1741 dicen que el alza de larga duración media es de un 45 por 100 durante el período 1771-1789 y se eleva a un 65 por 100 para los años 1785-1789. El aumento es muy desigual según los productos; más importante para los alimenticios que para los fabricados, para los cereales más que para la carne: estas características son propias de una economía que ha permanecido esencialmente agrícola; los cereales ocupaban entonces un lugar importante en el presupuesto popular, su producción aumentaba poco, mientras que la población aumentaba rápidamente y la competencia de los granos extranjeros no podía intervenir. Durante el período de 1785-1789, el alza de precios es de 66 por 100 para el trigo, de 71 por 100 para el centeno y de un 67 por 100 para la carne; la leña bate todos los récords: un 91 por 100; el caso del vino es especial: 14 por 100: la baja en el beneficio vinícola es aun más grave, ya que bastantes comerciantes en vinos no producen cereales y han de comprar hasta su pan. Los textiles (29 por 100 para las mercancías de lana) y el hierro (30 por 100) se mantienen por debajo de la media.

Las variaciones cíclicas (ciclos 1726-1741, 1742-1757, 1758-1770,1771-1789) y las variaciones propias de las estaciones se superponen en un movimiento de larga duración acentuando el alza. En 1789, el máximo cíclico lleva el alza del trigo a un 127 por 100; la del centeno a 136 por 100. En lo que se refiere a los cereales, las variaciones propias de las estaciones, imperceptibles o casi, en período de abundancia, aumentan en los años malos; desde una recolección hasta la otra, los precios pueden aumentar de un 50 a un 100 por 100 e incluso más. En 1789, el máximo estacionario coincidió con la primera quincena de julio: llegó incluso a aumentar el trigo en un 150 por 100; el centeno, en un 165 por 100. La coyuntura se manifestó especialmente en el coste de vida: se pueden medir fácilmente las consecuencias sociales.

Las causas de esas fluctuaciones económicas son diversas. En lo que se refiere a las fluctuaciones cíclicas y estacionarias, y, por tanto, las crisis, las causas hay que buscarlas en las condiciones generales de la producción y en el estado de las comunicaciones. Cada región vive de sí misma, y la importancia de la recolección es la que regula el coste de vida. La industria, de estructura especialmente artesana y con exportación pequeña, queda subordinada al consumo interior y depende directamente de las fluctuaciones agrícolas. En cuanto al alza a largo plazo, provendría de la multiplicación de los medios de pago: la producción de metales preciosos aumentó considerablemente en el siglo XVIII, especialmente la del oro del Brasil y la plata mejicana. Se ha podido afirmar, por la tendencia de la inflación monetaria y el alza de precios, que la Revolución, en cierta medida, se había preparado en lo profundo de las minas mejicanas. El desarrollo demográfico contribuyó también por su parte al alza de los precios al multiplicar la demanda.

Así se manifestaba, por múltiples aspectos económicos, sociales y políticos, la crisis del Antiguo Régimen. Estudiarla nos lleva a trazar un cuadro de causas profundas y ocasionales de la Revolución y a establecer en principio lo que le dio su auténtica importancia en la historia de la Francia contemporánea.
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