Análisis de la fobia de un niño de cinco años (1909)






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Análisis de la fobia de un niño de cinco años (1909).

«Analyse der Phobie eines fünfjährigen Knaben»

Nota introductoria

Introducción

En rigor, no proviene de mi observación el historial clínico y terapéutico que en las páginas siguientes se expone, de un paciente en extremo joven. Es cierto que he orientado el plan de tratamiento en su conjunto, y hasta intervine personalmente una vez en una plática con el niño; pero el tratamiento mismo fue llevado a cabo por el padre del pequeño, a quien debo agradecer formalmente por haberme confiado sus notas a los fines de la publicación. Pero el mérito del padre no termina ahí. Creo que ninguna otra persona habría conseguido del niño tales confesiones; imposible de sustituir el conocimiento de causa en virtud del cual el padre supo interpretar las exteriorizaciones de su hijo de 5 años. De otro modo habrían sido insuperables las dificultades técnicas de un psicoanálisis a tan temprana edad. Sólo la reunión en una sola persona de la autoridad paterna con la médica, la conjunción del interés tierno con el científico, posibilitaron en este único caso obtener del método una aplicación para la cual de ordinario habría sido inapropiado. (ver nota)

En cuanto al valor particular de esta observación, reside en lo siguiente: el médico que trata psicoanalíticamente a un neurótico adulto llega al fin, en virtud de su trabajo de descubrir estrato por estrato unas formaciones psíquicas, a ciertos supuestos acerca de la sexualidad infantil, en cuyos componentes cree haber hallado las fuerzas pulsionales de todos los síntomas neuróticos de la vida posterior. Presenté esos supuestos en mis Tres ensayos de teoría sexual [1905d], publicados en 1905; sé que parecen tan sorprendentes a los extraños como irrefutables a los psicoanalistas. Pero también estos tienen derecho a confesarse su deseo de obtener por un camino más directo una prueba de aquellas tesis fundamentales. ¿Será acaso imposible averiguar inmediatamente en el niño, en toda su frescura vital, aquellas mociones sexuales y formaciones de deseo que en el adulto exhumamos con tanto trabajo de sus enterramientos, y acerca de las cuales, además, aseveramos que son patrimonio constitucional común a todos los seres humanos y en el neurótico no hacen sino mostrarse reforzadas o deformadas?

Con ese propósito suelo yo, desde hace años, instar a mis discípulos y amigos para que compilen observaciones sobre esa vida sexual de los niños que las más de las veces se pasa hábilmente por alto o se desmiente adrede. Entre el material que en virtud de esa exhortación ha llegado a mis manos, las noticias que a continuación daré sobre el pequeño Hans ocuparán pronto un puesto sobresaliente. Sus padres, que se contaban ambos entre mis más cercanos partidarios, habían acordado no educar a su primer hijo con más compulsión que la requerida a toda costa para mantener las buenas costumbres; y como el niño se iba convirtiendo en un muchacho alegre, despierto y de buena índole, prosiguió con toda felicidad ese ensayo de dejarlo crecer y manifestarse sin amedrentamiento. En lo que sigue reproduciré las anotaciones del padre sobre el pequeño Hans tal como me fueron comunicadas, absteniéndome desde luego de todo intento de turbar, mediante unas desfiguraciones convencionales, la ingenuidad y la sinceridad infantiles.

Las primeras comunicaciones s obre Hans datan del tiempo en que aún no había cumplido tres años. A través de diversos dichos y preguntas, exteriorizaba ya entonces un interés particularmente vivo por la parte de su cuerpo que tenía la costumbre de designar como «hace-pipí» {«Wiwi-macher»}.

Así, cierta vez hizo esta pregunta a su madre:

Hans: «Mamá, ¿tú también tienes un hace-pipí?».

Mamá: «Desde luego. ¿Por qué?».

Hans: «Por nada; se me ocurrió».

A la misma edad lo llevan por primera vez a un establo y ve ordeñar a una vaca: «¡Mira, del hace-pipí sale leche!».

Ya estas primeras observaciones nos despiertan la expectativa de que mucho, si no lo más, de cuanto el pequeño Hans nos muestra ha de ser típico del desarrollo sexual del niño. En una ocasión consigné que no hay que espantarse demasiado si en una mujer se encuentra la representación de mamar del miembro masculino. Esta chocante moción -decía- tiene un origen muy inocente, pues se deriva del mamar del pecho materno, para lo cual la teta de la vaca -una mama por su naturaleza, pero un pene por su forma y situación- asume una mediación conveniente. El descubrimiento del pequeño Hans corrobora la primera parte de mi tesis.

Su interés por el hace-pipí no es, sin embargo, meramente teórico; como cabía conjeturar, ese interés lo estimula también a tocarse el miembro. A la edad de 3 1/2 años, su madre lo encuentra con la mano en el pene. Ella lo amenaza: «Si haces eso, llamaré al doctor A., que te corte el hace-pipí. Y entonces, ¿con qué harías pipí?». Hans: «Con la cola {Popo}».

El responde todavía sin conciencia de culpa, pero es la ocasión en que adquiere el «complejo de castración» que uno con tanta frecuencia se ve precisado a inferir en los análisis de neuróticos, aunque todos ellos muestren fuerte renuencia a admitirlo. Acerca del significado de este elemento del historial del niño, mucho habría para decir. El «complejo de castración» ha dejado notables huellas en los mitos (y, por cierto, no sólo en los mitos griegos); me he referido a su papel en un pasaje de La interpretación de los sueños y en otros textos. (ver nota)

Más o menos a la misma edad (3 1/2 años), exclama, alegremente excitado, ante la jaula del león en Schönbrunn: «¡He visto el hace-pipí del león!».

Los animales deben buena parte de la significación que poseen en el mito y en el cuento tradicional a la franqueza con que muestran sus genitales y sus funciones sexuales ante la criatura dominada por el apetito de saber. La curiosidad sexual de nuestro Hans no admite ninguna duda; pero ella lo convierte en investigador, le permite unos correctos discernimientos conceptuales.

En la estación ferroviaria, a los 33/4 años, ve cómo de una locomotora largan agua. «¡Mira, la locomotora hace pipí! ¿Y dónde tiene el hace-pipí?».

Al rato agrega, reflexivo: «Un perro y un caballo tienen un hace-pipí; una mesa y un sillón, no». Así ha conquistado un signo esencial para distinguir entre un ser vivo y una cosa inanimada.

Apetito de saber y curiosidad sexual parecen ser inseparables entre sí. La curiosidad de Hans se extiende muy en particular a sus padres.

Hans, a los 3 3/4 años: «Papá, ¿tú también tienes un hace-pipí?».

Padre: «Sí, naturalmente».

Hans: «Pero si nunca te lo he visto cuando te desvestías».

Otra vez, tenso, ve cómo su madre se desviste para meterse en cama. Ella pregunta: «Pues, ¿por qué miras así?».

Hans: «Sólo para ver sí tú también tienes en hace-pipí».

Mamá: «Naturalmente. ¿No lo sabías?».

Hans: «No; pensé que como eres tan grande tendrías un hace-pipí como el de un caballo».

Reparemos en esta expectativa del pequeño Hans; más tarde cobrará significatividad.

El gran acontecimiento en la vida de Hans es, empero, el nacimiento de su hermanita Hanna, que se produjo cuando él tenía exactamente 3½ años. (ver nota) Su comportamiento en esa ocasión fue anotado enseguida por su padre:

A las 5 de la mañana, cuando empezó el trabajo de parto la cama de Hans fue llevada a la habitación contigua, 11 despierta a las 7, y escucha el gemir de la parturienta, sobre lo cual pregunta: «¿Por qué tose mamá?». Y después de una pausa añade: «Es seguro que hoy viene la cigüeña».

En los últimos días, desde luego, se le ha dicho a menudo que la cigüeña traería una nena o un varoncito, y con todo acierto él conecta el desacostumbrado gemir con la llegada de la cigüeña.

Más tarde lo llevan a la cocina; ve la maleta del médico en el vestíbulo y pregunta: «¿Qué es esto?», a lo cual se le responde: «Una maleta». Y él entonces, con convicción: «Hoy viene la cigüeña». Tras el alumbramiento, la partera se llega hasta la cocina y Hans oye cómo ordena que preparen un té, ante lo cual él dice: «Ajá; porque mami tiene tos le dan un té». Luego lo llaman al dormitorio, pero no mira a la mamá, sino a los recipientes con agua sanguinolenta que aún están allí, y observa, extrañado, señalando la bacinilla llena de sangre: «Pero... de mi hace-pipí no sale nada de sangre».

Todas sus sentencias muestran que él relaciona lo insólito de la situación con la llegada de la cigüeña. Pone un gesto tenso, muy desconfiado, frente a todo lo que ve, y sin duda se ha afianzado en él la primera desconfianza hacia la cigüeña.

Hans se muestra muy celoso con la recién venida, y cuando alguien la alaba, la encuentra linda, etc., dice enseguida, burlón: «Pero si todavía no tiene dientes». (ver nota) En efecto, cuando la vio por primera vez quedó muy sorprendido de que no pudiera hablar, y opinó que no podía hacerlo porque no tenía dientes. Los primeros días, como es lógico, quedó muy relegado, y de pronto contrajo una angina. En medio de la fiebre se le oyó decir: «¡Pero si yo no quiero tener ninguna hermanita!».

Pasado medio año, más o menos, quedaron superados los celos, y él se vuelve un hermano tan tierno como conciente de su superioridad. (ver nota)

Un poco después, Hans presencia el baño de su hermanita de una semana de edad. Observa: «Pero ... su hace-pipí es todavía chico», tras lo cual agrega, como a modo de consuelo: «Ya cuando crezca se le hará más grande ». (ver nota)

Más o menos a la misma edad, de 33/4 años, Hans brinda el primer relato de un sueño. «Hoy, cuando estaba dormido, he creído yo estoy en Gmunden con MariedI». MariedI es la hija del propietario de la casa; tiene 13 años y ha jugado a menudo con él.

Cuando el padre le cuenta a la madre su sueño en presencia de él, Hans le observa, rectificándolo: «No con MariedI; yo totalmente solo con MariedI».

Con respecto a esto último, cabe hacer aquí la siguiente puntualización:

En el verano de 1906 Hans estuvo en Gmunden, donde pasaba el día correteando con los hijos del propietario de la casa. Cuando partimos de allí, creímos que la despedida y la mudanza a la ciudad le resultarían penosas. Para nuestra sorpresa, no fue así. El cambio lo alegró de manera evidente, y durante muchas semanas contó muy poco acerca de Gmunden. Sólo pasado ese tiempo le añoraron recuerdos, a menudo vivamente coloreados, sobre su estancia en Gmunden. Desde hace unas cuatro semanas, procesa esos recuerdos en fantasías. Fantasea que juega con los niños Berta, Olga y Fritzl, habla con ellos como si estuvieran presentes, y es capaz de entretenerse así durante horas. Ahora que tiene una hermana y a todas luces le da quehacer el problema del origen de los hijos, llama a Berta y Olga «sus hijas», y en alguna ocasión ha agregado: «También a mis hijas, Berta y Olga, las trajo la cigüeña». Ahora que lleva seis meses ausente, su sueño evidentemente debe comprenderse como una expresión de su añoranza de Gmunden.

Hasta aquí el padre. Señalo, por anticipado, que con su última exteriorización sobre sus hijos -que los trajo la cigüeña- Hans contradice en voz alta una duda que alberga en su interior.

Por suerte, el padre ha anotado muchas cosas que estarían destinadas a adquirir luego un insospechado valor.

Dibujo para Hans, que en el último tiempo ha visitado con asiduidad Schonbrunn, una jirafa. Me dice: «Dibújale también el hace-pipí». Le respondo: «Dibújalo tú mismo». Entonces él agrega a la figura de la jirafa la siguiente raya (se la observa en la figura 1), (ver nota) que primero traza corta y después le agrega un tramo, señalando: «El hace-pipí es más largo». Paso con Hans junto a un caballo que orina. Dice: «El caballo tiene el hace-pipí abajo, como yo».

Ve cómo bañan a su hermana de tres meses, y dice, conmiserativo: «Tiene un hace-pipí muy, pero muy chico».

Figura 1.

Le dan, para que juegue, una muñeca, que él desviste. La mira cuidadosamente, y dice: «Pero si tiene un hace-pipí muy chiquito».

Ya sabemos que con esta fórmula le fue posible sustentar su descubrimiento [la diferencia entre lo vivo y lo inanimado].

Todo investigador corre el riesgo de cometer ocasionalmente errores. No deja de ser un consuelo que él, como lo hace nuestro Hans en el ejemplo siguiente, no sólo yerre, sino que pueda invocar el uso del lenguaje como disculpa. Y es que en su libro ilustrado ve a un mono y señala su rabo enroscado hacia arriba: «Mira, papi, el hace-pipí». En su interés por el hace-pipí, ha concebido un juego muy particular.

En el vestíbulo está el retrete, y hay un oscuro gabinete para la leña. Desde hace algún tiempo Hans va al gabinete de la leña y dice: «Voy a mi baño». Cierta vez yo miro ahí para ver qué hace en el gabinete oscuro. Exhibe, y dice: «Yo hago pipí». Vale decir que «juega» al inodoro. El carácter de juego es ilustrado no sólo por el hecho de que simule hacer pipí, sin llevarlo a cabo realmente, sino de que no vaya al baño, lo cual sería en verdad mucho más sencillo, prefiriendo el gabinete de la leña, al que llama «su baño».

Haríamos injusticia a Hans si sólo persiguiéramos los rasgos autoeróticos de su vida sexual. Su padre tiene para comunicarnos unas detalladas observaciones sobre sus vínculos de amor con otros niños, de los que se desprende una «elección de objeto» como la del adulto. También, es cierto, una notabilísima movilidad y una propensión polígama.

En el invierno llevo a Hans (3 ¾ años) a la pista de patinaje y le presento a las dos hijitas de mi colega N., que tienen cerca de 10 años. Hans se les sienta al lado, y ellas, sintiéndose personas de más madura edad, miran despreciativas al caballerete; él las contempla lleno de veneración, lo que no les causa impresión alguna. No obstante, Hans sólo habla de ellas como de «mis niñitas». «¿Dónde están mis niñitas? ¿Cuándo vienen mis niñitas?», y durante algunas semanas me martiriza en casa con la pregunta: «¿Cuándo voy de nuevo a la pista de patinaje donde están mis niñitas?».

Un primo de Hans, de 5 años, está de visita cuando él tiene 4. Hans lo abraza continuamente y, a raíz de uno de estos abrazos tiernos, dice: «Te quiero mucho».

Es el primer rasgo de homosexualidad con que tropezaremos en Hans, pero no el último. ¡Nuestro pequeño Hans parece realmente un dechado de todas las perversidades!

Nos hemos instalado en una nueva vivienda. (Hans tiene 4 años.) De la cocina, la puerta lleva a una ventana balcón desde donde se ve un departamento interior.,, enfrente. Ahí, Hans ha descubierto a una niñita de 7 a 8 años. Para admirarla, se sienta ahora sobre el escalón que lleva al balcón, y así permanece horas. Sobre todo hacia las cuatro de la tarde, cuando la niñita regresa de la escuela, no se lo puede retener en su habitación ni disuadirlo de que ocupe su puesto de observación. Cierta vez que la niñita no se muestra en la ventana a la hora habitual, Hans se inquieta y cargosea a la gente de la casa con preguntas: «¿Cuándo vuelve la niñita? ¿Dónde está la niñita?», etc. Cuando luego aparece, se siente feliz y ya no aparta la mirada del departamento frontero. La vehemencia con -que emerge ese «amor a distancia» halla su explicación en que Hans no tiene camaradas ni compañeritas de juego. Para su desarrollo normal, el niño requiere, es evidente, trato asiduo con otros niños.

Ese trato le es dado a Hans cuando poco después (4 ½ años) nos trasladarnos a la residencia de verano en Gmunden. En nuestra casa, sus compañeros de juego son los hijos del propietario: Franzl (cerca de 12 años), Fritzl (8 años), Olga (7 años), Berta (5 años) y, además, los vecinitos Anna (10 años) e, incluso, otras dos niñitas de 9 y 7 años, de cuyos nombres ya no me acuerdo. Su preferido es Fritzl, a quien a menudo abraza y le asegura su amor. Una vez le preguntan: «¿Cuál de las nenitas te gusta más?». Y él responde: «Fritzl». Al mismo tiempo es muy agresivo, varonil, conquistador, hacia las niñas, las abraza y besuquea, cosa que a Berta en particular parece agradarle. Cierta vez que Berta sale de la habitación, él se le cuelga del cuello y le dice en el más tierno de los tonos: «Berta, eres amorosa», lo cual por lo demás no le impide besar también a las otras y asegurarles su amor. También le gusta MariedI, de unos 14 años, igualmente hija del propietario, que juega con él; una noche, cuando lo llevan a acostarse, dice: «Que MariedI duerma conmigo». Y a la respuesta «No puede ser», torna a decir: «Entonces que duerma con mami o con papi». Se le replica: «Tampoco puede ser; MariedI tiene que dormir en casa de sus padres», y se desarrolla el siguiente diálogo:
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