Más antiguo de la literatura europea. Escrita por






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830. -¡Patroclo! Sin duda esperabas destruir nuestra ciudad, hacer cautivas a las mujeres troyanas y llevártelas en los bajeles a tu patria. ¡Insensato! Los veloces caballos de Héctor vuelan al combate para defenderlas; y yo, que en manejar la pica sobresalgo entre los belicosos teucros, aparto de los míos el día de la esclavitud; mientras que a ti te comerán los buitres. ¡Ah infeliz! Ni Aquiles, con ser valiente, te ha socorrido. Cuando saliste de las naves, donde él se ha quedado, debió de darte muchos consejos, y hablarte de este modo:

839. No vuelvas a las cóncavas naves, querido Patroclo, antes de haber roto la coraza que envuelve el pecho de Héctor, teñida en sangre. Así te dijo, sin duda; y tú, necio, te dejaste persuadir.

843. Con lánguida voz le respondiste, amable Patroclo: -¡Héctor! Jáctate ahora con altaneras palabras, ya que te han dado la victoria Zeus y Apolo; los cuales me vencieron fácilmente, quitándome la armadura de los hombros. Si veinte guerreros como tú me hubiesen hecho frente, todos habrían muerto vencidos por mi lanza. Me mató el hado funesto valiéndose de Leto y de Euforbo entre los hombres; y tú llegas el tercero, para despojarme de las armas. Otra cosa voy a decirte, que fijarás en la memoria. Tampoco tú has de vivir largo tiempo, pues la muerte y el hado cruel se te acercan, y sucumbirás a manos del eximio Aquiles, descendiente de Eaco.

855. Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Hades, llorando su suerte porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el esclarecido Héctor le dijo, aunque ya le viera muerto:

859. -¡Patroclo! ¿Por qué me profetizas una muerte terrible? ¿Quién sabe si Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, no perderá antes la vida, herido por mi lanza?

862. Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cadáver, arrancó la broncínea lanza, y lo tumbó de espaldas. Inmediatamente se dirigió, lanza en mano, hacia Automedonte, el deiforme servidor del Eácida, de pies ligeros; pero los veloces caballos inmortales que a Peleo dieran los dioses como espléndido presente, lo sacaban ya de la batalla.

CANTO XVII

El libro XVII narra el curso de la batalla que sigue a la caída de Patroclo, hasta el momento en que las noticias del desastre llegan a Aquiles. El tema principal es la disputa acerca del cuerpo de Patroclo que los griegos, aunque habían retrocedido nuevamente hasta las líneas de su campamento, logran recuperar. 

123. Así dijo Menelao; y conmovió el corazón del aguerrido Ayax que atravesó al momento las primeras filas junto con el rubio Menelao. Héctor había despojado a Patroclo de las magníficas armas y se lo llevaba arrastrado, para separarle con el agudo bronce la cabeza de los hombros y entregar el cadáver a los perros de Troya. Pero acercósele Ayante con su escudo como una torre; y Héctor, retrocediendo, llegó al grupo de sus amigos, saltó al carro y entregó las magníficas armas a los troyanos para que las llevaran a la ciudad, donde habían de proporcionarle inmensa gloria. Ayante cubrió con su gran escudo al hijo de Menetio y se mantuvo firme. Como el león anda en torno de sus cachorros cuando llevándolos por el bosque le salen al encuentro los cazadores, y haciendo gala de su fuerza, baja los párpados y cierra los ojos; de aquel modo corría Ayax alrededor del héroe Patroclo. En la parte opuesta hallábase Menelao caro a Ares, en cuyo pecho el dolor iba creciendo. …

198. … Cuando Zeus, que amontona las nubes, vio que Héctor vestía las armas del divino Pelida, moviendo la cabeza, habló consigo mismo y dijo:

201. -¡Ah mísero! No piensas en la muerte, que ya se halla cerca de ti, y vistes las armas divinas de un hombre valentísimo a quien todos temen. Has matado a su amigo, tan bueno como fuerte, y le has quitado ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los hombros. Mas todavía dejaré que alcances una gran victoria, pues Andrómaca no recibirá de tus manos, cuando vuelvas del combate, las magníficas armas del hijo de Peleo. …

400. … Tan funesto combate de hombres y caballos suscitó Zeus aquel día sobre el cadáver de Patroclo. El divino Aquiles ignoraba aún la muerte del héroe, porque la pelea se había empeñado lejos de las veleras naves, al pie del muro de Troya. No se figuraba que hubiese muerto, sino que después de acercarse a las puertas volvería vivo; porque tampoco esperaba que llegara a tomar la ciudad, ni solo ni con él mismo. Así se lo había oído muchas veces a su madre cuando, hablándole separadamente de los demás, le revelaba el pensamiento del gran Zeus. Pero entonces la diosa no le anunció la gran desgracia que acababa de ocurrir: la muerte del compañero a quien más amaba.

CANTO XVIII

  El argumento se desarrolla de la siguiente manera: Antíloco, hijo de Néstor, lleva a Aquiles la noticia de la muerte de Patroclo. Tetis escucha el grito de su hijo y acude con las Nereidas. Le promete obtener una nueva armadura para él (1-147). El cuerpo de Patroclo está a punto de caer en las manos de los troyanos cuando Iris, enviada por Hera, le ordena a Aquiles que vaya y se muestre él mismo en la trinchera (148-238). Hera hace ponerse el sol (239-242). Asamblea de los troyanos. Polidamante les aconseja retirarse a la ciudad (243-414). Lamento de Aquiles sobre el cuerpo de Patroclo (315-355). Diálogo de Zeus y Hera (356-378). Tetis se encuentra con Hefesto que le promete hacer una nueva armadura para Aquiles (369-477). Descripción detallada del escudo (478-617). 

Mientras tales pensamiento, revolvía en su mente y en su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor; y derramando ardientes lágrimas, le dio la triste noticia:

18. -¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Debo decirte algo terrible, una cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y teucros y aqueos combaten en torno al cadáver desnudo, pues Héctor, el de tremolante casco, tiene la armadura.

22. Así dijo, y negra nube de pesar envolvió a Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas manos y derramándola sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo cautivaran, salieron afligidas; y dando agudos gritos, rodearon a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos a Aquiles, cuyo gran corazón se deshacía en suspiros, por el temor de que se cortase la garganta con el hierro. Dio Aquiles un horrendo gemido; le oyó su veneranda madre, que se hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano, y prorrumpió en sollozos, y cuantas diosas nereidas había en aquellas profundidades, todas se congregaron a su alrededor. (…) Y Tetis, dando principio a los lamentos, exclamó: …

73. -¡Hijo! ¿Porqué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me lo ocultes. Zeus ha cumplido lo que tú, levantando las manos, le pediste: que los aqueos fueran acorralados junto a los navío, y padecieran vergonzosos desastres.

78. Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros: -¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido, pero ¿qué placer puede producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo a quien apreciaba sobre todos los compañeros tanto como a mi propia vida? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, admirables, magníficas, que los dioses regalaron a Peleo, como espléndido presente, el día en que te colocaron en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar las, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, a quien ya no recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, y recibe de este modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menetíada.

94. Respondióle Tetis, derramando lágrimas: -Breve será tu existencia, a juzgar por lo que dices; pues la muerte te aguarda en cuanto Héctor perezca.

97. Contestó muy afligido Aquileo, el de los pies ligeros: -Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando le mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver a la patria, ni he salvado a Patroclo, ni a los muchos amigos que murieron a manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra; siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas corazas, pues en la junta otros me superan. Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey de hombres Agamenón. Pero dejemos lo pasado, aunque afligidos, pues es preciso refrenar el furor del pecho. Iré a buscar al matador del amigo querido, a Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales. …

127. … Respondióle Tetis, la de los argentados pies: -Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse que libres a los afligidos compañeros de una muerte terrible; pero tu magnífica armadura de luciente bronce la tienen los teucros, y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú no entres en combate hasta que con tus ojos me veas volver, y mañana al romper el alba, vendré a traerte una hermosa armadura fabricada por Hefesto. …

145. … Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las olas del mar, y Tetis, la diosa de los argentados pies, enderezó sus pasos al Olimpo para proporcionar a su hijo las magníficas armas.

148. Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas grebas, huyendo con gritería inmensa ante Héctor, matador de hombres, llegaron a las naves (…) Tres veces el esclarecido Héctor asió a Patroclo por los pies e intentó arrastrarlo, exhortando con horrendos gritos a los teucros; tres veces los Ayax, revestidos de impetuoso valor, le rechazaron belicosos Ayax no lograban ahuyentar del cadáver a Héctor Priámida. Y éste lo arrastrara, consiguiendo inmensa gloria, si no se hubiese presentado al Pélida, (…) Como se oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen a cercar la ciudad enemigos que la vida quitan; tan sonora fue entonces la voz del Eácida. Cuando se dejó oír la voz de bronce del héroe, a todos se les conturbó el corazón, y los caballos, de hermosas crines, se volvían hacia atrás con los carros porque en su ánimo presentían desgracias. Los aurigas se quedaron atónitos al ver el terrible e incesante fuego que en la cabeza del magnánimo Pélida hacía arder Atenea, la diosa de los brillantes ojos. Tres veces el divino Aquiles gritó a orillas del foso, y tres veces se turbaron los troyanos y sus ínclitos auxiliares, y doce de los más valientes guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos por sus propias lanzas. Y los aqueos muy alegres, sacaron a Patroclo fuera del alcance de los tiros y lo colocaron en un lecho. Los amigos le rodearon llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros, derramando ardientes lágrimas, desde que vio al fiel compañero desgarrado por el agudo bronce y tendido en el féretro. Le había mandado a la batalla con su carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque de ella no tornaba vivo. …

Tetis, la de los argentados pies, llegó al palacio imperecedero de Hefesto, que brillaba como una estrella, lucía entre los de las deidades, era de bronce y lo había edificado el Cojo en persona.

393. … Respondió el ilustre Cojo de ambos pies: -Respetable y veneranda es la diosa que ha venido a este palacio. Fue mi salvadora cuando me tocó padecer, pues vine arrojado del cielo y caí a lo lejos por la voluntad de mi insolente madre, que me quería ocultar a causa de la cojera. Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si no me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hijas del refluente Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas de bronce (…) en una cueva profunda, rodeada por la inmensa murmurante y espumosa corriente del Océano. De todos los dioses y los mortales hombres sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaron. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que pagarle el beneficio de haberme conservado la vida

424. -¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y querida, vienes a nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa a realizarlo, si está en mis manos.

428. Respondióle Tetis, derramando lágrimas: —¡Oh Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su ánimo tantos y tan graves pesares como a mí me ha enviado el Cronión Jove? De las ninfas del mar, únicamente a mí me sujetó a un hombre, a Peleo Eácida, y tuve que tolerar, contra toda mi voluntad, el tálamo de un mortal que yace en el palacio rendido a la triste vejez. Ahora me envía otros males: me concedió que pariera y alimentara a un hijo insigne entre los héroes (…) Y yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas ajustadas con broches, y coraza; pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los teucros, y Aquiles yace en tierra con el corazón afligido.

462. Contestóle el ilustre Cojo de ambos pies: -Cobra ánimo y no te preocupes por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo a la muerte horrísona cuando la terrible Parca se le presente, pero tendrá una hermosa armadura que admirarán cuantos la vean. …

614. Cuando el ilustre Cojo de ambos pies hubo fabricado las armas, las entregó a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán, desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido.

CANTO XIX

   El tema principal del libro XIX  es la Renuncia a la ira  que Aquiles debe realizar ante la asamblea griega antes de volver a tomar su lugar en sus filas y llevar a cabo la venganza que desea. Tetis le trae sus nuevas armas a Aquiles(1-39)  Aquiles convoca a los griegos a una asamblea, declara terminada su disputa y exige salir inmediatamente al campo de batalla. Agamenón repite su oferta de dones como expiación. Ulises aconseja no ir a la batalla encolerizado (40-276). Se le llevan los regalos a Aquiles a su tienda. Briseida se lamenta por Patroclo. Aquiles rechaza comida y bebida, pero Atenea le da fuerzas con néctar (277-355). Los griegos se arman y salen. Se describe cómo se arma Aquiles. El caballo Janto presagia su muerte (356-424).
1. Eos, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le entregara. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente, y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. …

40. El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos. … Cuando todos los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles, el de los pies ligeros:

56. -¡Átrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha. Así la hubiese muerto Ártemis en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron a manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestro altercado. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. …
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