Más antiguo de la literatura europea. Escrita por






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títuloMás antiguo de la literatura europea. Escrita por
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326. -¡Desgraciado! Los hombres perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad: el bélico clamor y la lucha se encendieron por tu causa alrededor de nosotros, y tú mismo insultarías a quien cedierara en la pelea horrenda. Levántate. No sea que la ciudad llegue a ser pasto de las voraces llamas.

332. Respondióle el deiforme Alejandro: -¡Héctor! Justos y no excesivos son tus reproches, y por lo mismo voy a contestarte. Atiende y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado o resentido con los troyanos, cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este instante mi esposa me exhortaba con blandas palabras a volver al combate; y también a mí me parece preferible porque la victoria tiene sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda y visto las marciales armas; o vete y te sigo; creo que lograré alcanzarte.

342. Así dijo. Héctor, de tremolante casco, nada contestó. Y Helena le habló con dulces palabras:

344. -¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que cuando mi madre me dio a luz, un viento proceloso me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los reproches de los hombres. Éste ni tiene firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero, entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro; a quienes Zeus nos dio tan mala suerte a fin de que sirvamos en un fururo de asunto para sus cantos.

359. Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: -No me ofrezcas asiento, amable Helena, pues no lograrás persuadirme: ya mi corazón desea socorrer a los troyanos que me aguardan con impaciencia. Anima a éste, y que él mismo se dé prisa para que me alcance dentro de la ciudad, mientras voy a mi casa y veo a la esposa querida, al niño y a los criados; que ignoro si volveré de la batalla o los dioses me harán sucumbir a manos de los aqueos.

369. Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, de tremolante casco, se fue. Llegó en seguida a su palacio que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca, la de níveos brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre llorando y lamentándose. Héctor, como no hallara a su excelente esposa, se detuvo en el umbral y habló con las esclavas:

376. -¡Esclavas! Decidme la verdad: ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa?

381. Respondióle la fiel despensera: -¡Héctor! Ya que nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilión, porque supo que los teucros llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.

390. Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa, volvió por las bien trazadas calles. Tan pronto como, después de atravesar la gran ciudad, llegó a las puertas Esceas -por allí había de salir al campo-, corrió a su encuentro su rica esposa Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que vivía al pie del Placo en Tebas y era rey de los cilicios. Hija de éste era pues, la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió al camino. La acompañaba una doncella llevando en brazos al tierno infante, hijo amado de Héctor, hermoso como una estrella, a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se salvaba Ilión. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca, llorosa, se detuvo a su vera, y asiéndole de la mano, le dijo:

407. -¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiades del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré viuda; pues los aqueos te atacarán y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares; que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi padre le mató el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Tebas, la de altas puertas: dio muerte a Eetión, y sin despojarle, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas Oréades, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros, entre los bueyes de tornátiles patas y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, la trajo aquél con el botín y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis, que se complace en tirar flechas, la hirió en el palacio de mi padre. Héctor, ahora tú eres mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Sé compasivo, quédate en la torre ¡No hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda! y pon el ejército junto al cabrahigo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los más valientes -los dos Ayaces, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos- ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.

440. Contestó el gran Héctor, de tremolante casco: -Todo esto me preocupa, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela en Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseida o Hiperea, acongojada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte deshecha en lágrimas:

460. Ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más sobresalía entre los teucros, domadores de caballos, cuando en torno de llión peleaban.

462. Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero que un montón de tierra cubra mi cadáver antes que oiga tus clamores o presencie tu rapto.

466. Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: le daban miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Se sonrieron el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado y rogó así a Zeus y a los demás dioses:

476. -¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea como yo, ilustre entre los teucros y muy esforzado; que reine poderosamente en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: ¡es mucho más valiente que su padre!; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien mate, regocije el alma de su madre.

482. Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que al recibirlo en el perfumado seno sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Lo notó Héctor y compadecido, la acarició con la mano y le hablo así:

486. -¡Esposa querida! No permitas que tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el hado; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero.

494. Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de hombres; halló en él a muchas esclavas, y a todas las movió a las lágrimas. Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los aqueos.

CANTO VII

Herramientas personales

  • Con un duelo entre Héctor y Ayax, el largo día de debate y batallas que había comenzado en el segundo canto llega a su fin. Los troyanos ofrecen devolver los bienes que Paris había traído con Helena y proponen una tregua para  enterrar los muertos. Los griegos aceptan la tregua y levantan un túmulo sobre sus muertos. Además, fortifican su campamento con un terraplén y un foso.


CANTO VIII

En el libro VIII, la historia de la Ilíada entra en un nuevo estadio, marcado por la intervención directa de Zeus. Hasta ahora, no había tomado ninguna iniciativa tendente a cumplir la promesa que le había hecho a Tetis, aparte de enviar el sueño que llevó al ejército griego nuevamente al campo de batalla. Los otros dioses, por el contrario, habían tenido participación activa ayudando a sus favoritos sin llegar a un resultado definitivo. Zeus les prohíbe ahora socorrer a cualquiera de las partes y él mismo baja al Monte Ida para asegurar la victoria de los troyanos. La noche interrumpe la batalla y los troyanos acampan en el campo de batalla. 
CANTO IX

El tema del libro IX es el intento que hace Agamenón por calmar la ira de Aquiles. Le ofrece renunciar a Briseida, agregar muchos regalos espléndidos y convertir a Aquiles en su cuñado después de la guerra, así como en gobernante de siete ciudades en el Peloponeso. Ulises, Ayax y dos heraldos son los encargados de hacer esta propuesta que Aquiles rechaza.
Entraron aquellos, precedidos por Odiseo, y se detuvieron delante del héroe; Aquiles, sorprendido, se alzó del asiento sin dejar la lira, y Patroclo al verlos se levantó también. Aquiles, el de los pies ligeros, les tendió la mano y dijo:

197. -¡Salud, amigos míos! Grande debe de ser la necesidad cuando venís vosotros, que sois para mí, aunque esté irritado, los más queridos de todos los aqueos.

199. Diciendo esto, el divino Aquiles les hizo sentar en sillas provistas de purpúreas telas, y habló a Patroclo, que estaba cerca de él:

202. -¡Hijo de Menetio! Saca la crátera mayor, llénala del vino más añejo y escáncialo en las copas; pues están bajo mi techo los hombres que me son más queridos. …

205. … Y cuado hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Ayax hizo una seña a Fénix; y Odiseo, al advertirlo, llenó su copa y brindó por Aquiles:

225. -¡Salve. Aquiles! De igual festín hemos disfrutado en la tienda del Átrida Agamenón que ahora aquí, (…) pero no es posible que nos deleiten los placeres del banquete, pues sobre nosotros pesa la amenaza de espantosas desdichas. Mañana se decidirá nuestro destino y y tememos que nuestras naves sean pasto de las llamas por obra de los troyanos, si tú no vienes en nuestra ayuda con tu fortaleza y con tu arrojo. Los orgullosos troyanos y sus auxiliares, venidos de lejas tierras, acampan junto a nuestro muro y dicen que, como no podremos resistirles, asaltarán las negras naves; el Cronión relampaguea haciéndoles favorables señales, y Héctor, envanecido por su bravura y confiando en Zeus, se muestra furioso, no respeta a hombres ni a dioses, está poseído de cruel rabia, y pide que aparezca pronto la divina Eos, asegurando que va a destrozar nuestras elevadas popas, quemar las naves con ardiente fuego, y matar a los aqueos aturdidos por el humo. Mucho teme mi alma que los dioses cumplan sus amenazas y el destino haya dispuesto que muramos en Troya, lejos de la Argólide, criadora de caballos. Vamos, levántate, si deseas, aunque tarde, salvar a los aqueos, que están acosados por los teucros. A ti mismo te ha de pesar si no lo haces, y no puede repararse el mal una vez causado; piensa, pues, cómo librarás a los dánaos de tan funesto día. Amigo, tu padre Peleo te daba estos consejos el día en que desde Ptía te envió a Agamenón:

254. ¡Hijo mío! La fortaleza, Atenea y Hera te la darán si quieren; tú refrena en el pecho el natural ímpetu, la benevolencia es preferible, y abstente de perniciosas disputas para que seas más honrado por los argivos. Así te amonestaba el anciano y tú lo olvidas. Cede ya y depón la funesta cólera; pues Agamenón te ofrece dignos presentes si renuncias a ella. Y si quieres, oye y te referiré cuanto Agamenón dijo en su tienda que te daría siete trípodes no puestos aún al fuego, diez talentos de oro, veinte calderas relucientes y doce corceles robustos, premiados, que alcanzaron la victoria en la carrera. No sería pobre ni carecería de precioso oro quien tuviera los premios que estos caballos de Agamenón lograron. Te dará también siete mujeres lesbias, hábiles en hacer primorosas labores, que él mismo escogió cuando tomaste la bien construida Lesbos y que en hermosura a las demás aventajaban. Con ellas te entregará a la hija de Brises, que te ha quitado, y jurará solemnemente que jamás subió a su lecho ni se acostó con ella, como es costumbre. ¡Oh rey, entre hombres y mujeres! Todo esto se te ofrecerá; y si los dioses nos permiten destruir la gran ciudad de Príamo, entra en ella cuando se haga el reparto del botín, carga de oro y de bronce tu nave y elige a las veinte troyanas más hermosas después de Helena. Y si conseguimos volver a los fértiles campos de Argos en Acaya, serás su yerno y tendrás tantos honores como Orestes, su hijo mayor. De las tres hijas que dejó en el palacio bien construido, Crisotemis, Laódice e Ifianasa, llévate la que quieras, sin dotarla, a la casa de Peleo, que él la dotará espléndidamente como nadie haya dotado jamás a hija alguna: ofrece darte siete populosas ciudades (…) situadas todas junto al mar, en los confines de la arenosa Pilos, y pobladas de hombres ricos en ganado y en bueyes, que te honrarán con ofrendas como a un dios y pagarán, regidos por tu cetro, crecidos tributos. Todo esto haría, con tal que depusieras la cólera. Y si el Átrida y sus regalos te son odiosos, apiádate de los afligidos aqueos, que te venerarán como a un dios y conseguirás entre ellos inmensa gloria. Ahora podrías matar a Héctor, que llevado de su funesta rabia se acercará mucho a ti, pues dice que ninguno de los dánaos que trajeron las naves en valor le iguala.

307. Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: — ¡Laertíada, de alto linaje! ¡Odiseo, fecundo en recursos! Preciso es que os manifieste lo que pienso hacer para que dejéis de importunarme unos y otros. Me es tan odioso como las puertas del Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra. Diré pues, lo que me parece mejor. Creo que ni el Átrida Agamemón ni los dánaos lograrán convencerme, ya que nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra el enemigo. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda, que el que pelea con valentía; en igual consideración son tenidos el cobarde y el valiente; y así muere el holgazán como el laborioso. Ninguna ventaja me ha proporcionado sufrir tantos pesares y exponer mi vida en el combate. Como el ave lleva a sus hijuelos la comida que coge, privándose de ella, así yo pasé largas noches sin dormir y días enteros entregado a la cruenta lucha con hombres que combatían por sus esposas. Conquisté doce ciudades por mar y once por tierra en la fértil región troyana; de todas saqué abundantes y preciosos despojos que di al Átrida, y éste, que se quedaba en las veleras naves, los recibió, repartió unos pocos y se guardó los restantes. Mas las recompensas que Agamenón concediera a los reyes y caudillos siguen en poder de éstos; y a mí, solo, entre los aqueos, me quitó la dulce esposa y la retiene aún: que goce durmiendo con ella. ¿Por qué los argivos han tenido que promover la guerra contra los teucros? ¿Por qué el Átrida ha juntado y traído el ejército? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues ¿acaso son los Átridas los únicos hombres de voz articulada, que aman a sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba cordialmente a la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; le conozco y no me persuadirá. Que delibere contigo, Odiseo, y con los demás reyes cómo podrá librar a las naves del fuego enemigo. Muchas cosas ha hecho ya sin mi ayuda, pues construyó un muro, abriendo a su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto puede contener el arrojo de Héctor, matador de hombres. Mientras combatí por los aqueos, jamás quiso Héctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; sólo llegaba a las puertas Esceas y a la encina; y una vez que me aguardó allí, le costó trabajo salvarse de mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el divino Héctor, mañana, después de ofrecer sacrificios a Zeus y a los demás dioses, botaré al mar los cargados bajeles, y verás, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, abundante en peces, y en ellas hombres que remarán gustosos; y si el glorioso Poseidón me concede una feliz navegación, al tercer día llegaré a la fértil Ptía. En ella dejé muchas cosas cuando en mal hora vine, y de aquí me llevaré oro, rojizo bronce, mujeres de hermosa cintura y luciente hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamenón Átrida, insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo me diera. Decídselo públicamente, os lo encargo, para que los aqueos se indignen, si con su habitual desvergüenza pretendiese engañar a algún otro dánao. Con él no deliberaré, y si me engañó y ofendió, ya no me embaucará más con sus palabras; que corra tranquilo a su perdición, puesto que el próvido Zeus le ha quitado el juicio. Sus presentes me son odiosos (…) Mi madre, la diosa Tetis, de argentados pies, dice que el hado ha dispuesto que mi vida acabe de una de estas dos maneras: Si me quedo a combatir en torno de la ciudad troyana, no volveré a la patria, pero mi gloria será inmortal; si regreso perderé la ansiada fama, pero mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan pronto. Yo aconsejo que todos se embarquen y vuelvan a sus hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa Ilión: el todopoderoso Zeus extendió el brazo sobre ella y sus hombres están llenos de confianza. Vosotros llevad la respuesta a los príncipes aqueos, para que busquen otro medio de salvar las naves …
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