Más antiguo de la literatura europea. Escrita por






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280. Dijo, y blandiendo la ingente arma, dio un bote en el escudo del Tidida: la broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la coraza. El preclaro hijo de Licaón, gritó en seguida:

284. -Atravesado tienes el costado y no creo que resistas largo tiempo. Inmensa es la gloria que acabas de darme.

286. Sin turbarse, le replicó el fuerte Diomedes: -Erraste el golpe, no has acertado: y creo que no dejaréis de combatir, hasta que uno de vosotros caiga y sacie de sangre a Ares, el infatigable luchador.

290. Dijo, y le arrojó la lanza, que, dirigida por Atenea a la nariz junto al ojo, atravesó los blancos dientes; el duro bronce cortó la punta de la lengua y apareció por debajo de la barba. Pándaro cayó del carro, sus lucientes y labradas armas resonaron, se espantaron los corceles de ágiles pies, y allí acabaron la vida y el valor del guerrero.

297. Saltó Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y temiendo que los aqueos le quitaran el cadáver, le defendía como un león que confía en su bravura: se puso delante del muerto, y profiriendo horribles gritos se disponía a matar a quien se le opusiera. Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos de los actuales hombres no podrían llevar y que él manejaba fácilmente, hirió a Eneas en la articulación del isquión con el fémur que se llama cótyla; la áspera piedra rompió la cótyla, desgarró ambos tendones y arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y la noche oscura cubrió sus ojos.

311. Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si no lo hubiese advertido su madre Afrodita, hija de Zeus, que lo había concebido de Anquises, pastor de bueyes. La diosa tendió sus níveos brazos al hijo amado y le cubrió con su doblez del refulgente manto, para defenderle de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho le quitara la vida. …

Diomedes perseguía con el cruel bronce a Afrodita, conociendo que era una deidad débil, no de aquellas que imperan en el combate de los hombres, como Atenea. Tan pronto como llegó a alcanzarla entre la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando la afilada pica, hirió la tierna mano de la diosa; la punta atravesó el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la palma. Brotó la sangre divina, o mejor dicho, el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben vino negro, y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales. La diosa, dando una gran voz, apartó a su hijo Eneas y Febo Apolo lo recibió en sus brazos y lo envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida. Y Diomedes valiente en el combate, dijo gritando:

348. -¡Hija de Zeus, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta engañar a las débiles mujeres? Creo que si intervienes en la batalla te dará horror la guerra, aunque te encuentres a una gran distancia.

352. Así se expresó. La diosa retrocedió turbada y afligida; Iris, de pies veloces como el viento, tomándola de la mano, la sacó del tumulto cuando ya el dolor la abrumaba y el hermoso cutis se ennegrecía; y como aquélla encontrara al furibundo Ares sentado a la izquierda de la batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se arrodilló y le pidió con insistencia los corceles de áureas bridas:

359. -¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los caballos para que pueda volver al Olimpo a la mansión de los inmortales. Me duele mucho la herida que me infirió un hombre, el Tidida, quien sería capaz de pelear con el padre Zeus.

363. Dijo, y Ares le cedió los corceles de áureas bridas. Afrodita subió al carro, con el corazón afligido; Iris se puso a su lado, y tomando las riendas azuzó con el látigo a aquéllos, que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron a la morada de los dioses, al alto Olimpo; y la diligente Iris, de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos los desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Afrodita se refugió en el regazo de su madre Dione; …

Atenea y Hera, que lo presenciaban, intentaron provocar a Zeus con mordaces palabras; y la diosa de los brillantes ojos empezó a hablar de esta manera:

421. —¡Padre Zeus! ¿Te enfadarás conmigo por lo que voy a decir? Sin duda Afrodita quiso persuadir a alguna aquea de hermoso peplo a que se fuera con los troyanos, que tan queridos le son; y acariciándola, su áureo broche le hizo un rasguño en la delicada mano.

426. De este modo habló. Sonrió el padre de los hombres y de los dioses, y llamando a la dorada Afrodita, le dijo:

428. -A ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas: dedícate a los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Ares y Atenea cuidarán de aquéllas.

431. Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate, cercó a Eneas, aunque comprendía que el mismo Apolo extendía la mano sobre él; pues impulsado por el deseo de acabar con el héroe y despojarle de las magníficas armas, ya ni al gran dios respetaba. Tres veces asaltó a Eneas con intención de matarle; tres veces agitó Apolo el refulgente escudo. Y cuando, semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, el flechador Apolo le increpó con aterradoras voces:

440. -¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte a las deidades, pues jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses y la de los hombres que andan por la tierra.

443. Tal dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera del flechador Apolo; y el dios, sacando a Eneas del combate, le llevó al templo que tenía en la sagrada Pérgamo: dentro de éste, Leto y Artemis, que se complace en tirar flechas, curaron al héroe y le aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva arco de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y alrededor del mismo, teucros y divinos aqueos chocaban los escudos de cuero de buey y los alados broqueles que los pechos protegían. Y Febo Apolo dijo entonces al furibundo Ares:

455. -¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de murallas! ¿Quieres luchar y sacar a ese hombre, al Tidida, que sería capaz de combatir hasta con el padre Zeus? Primero hirió a Afrodita en el puño, y luego, semejante a un dios, lo intentó conmigo. …

El furibundo Ares cubrió el campo de espesa niebla para socorrer a los teucros y a todas partes iba; cumpliendo así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vio que se iba Atenea, la protectora de los dánaos.

512. El dios sacó a Eneas del suntuoso templo; e infundiendo valor al pastor de hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de verle vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada, porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de plata, por Ares, funesto a los mortales, y por la Discordia, cuyo furor es insaciable. …

Los argivos, al acometerlos Ares y Héctor armado de bronce, ni se volvían hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se batían en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los teucros….

Cuando Hera, la diosa de los níveos brazos, vio que ambos mataban a muchos argivos en el duro combate, dijo a Atenea estas aladas palabras:

714. —¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Vana será la promesa que hicimos a Menelao de que no se iría sin destruir la bien murada Ilión si dejamos que el pernicioso Ares ejerza sus furores. Vamos, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio. …

Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus manos, vistió la coraza de Zeus, que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra. Suspendió de sus hombros la espantosa égida: allí están la Discordia, la Fuerza y la Persecución horrenda; allí la cabeza de la Medusa, monstruo cruel y horripilante, portento de Zeus que lleva la égida. Cubrió su cabeza con áureo casco de doble cimera y cuatro abolladuras. Y subiendo al flamante carro, asió la lanza poderosa, larga, fornida, con que la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos monta en cólera. Hera picó con el látigo a los caballos, y abriéronse de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo, de las que cuidan las Horas -a ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo- para remover o colocar delante la densa nube. Por allí, a través de las puertas, dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al Cronión, sentado aparte de los otros dioses, en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Hera, la diosa de los níveos brazos, detuvo entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Zeus:

757. -¡Padre Zeus! ¿No te indignas contra Ares al presenciar sus atroces hechos? ¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer temeraria e injustamente! Yo me aflijo, y Afrodita y Apolo se alegran de haber excitado a ese loco que no conoce ley alguna. Padre Zeus, ¿te enfadarás conmigo si a Ares le ahuyento del combate causándole graves heridas?

764. Respondióle Zeus, que amontona las nubes: -Ea, lanza contra él a Atenea, que impera en las batallas, pues es quien suele causarle más vivos dolores….

En cuanto las dos deidades llegaron a Troya, Hera paró el carro en el lugar donde el Simois y el Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles, los cubrió de espesa niebla, y el Símois hizo nacer la ambrosía para que pacieran.

778. Las diosas empezaron a andar, semejantes en el paso a tímidas palomas, impacientes por socorrer a los argivos. Cuando llegaron al sitio donde estaba el fuerte Diomedes, … Hera, la diosa de los níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta, exclamó:

787. -¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura! Mientras el divino Aquiles asistía a las batallas, los teucros, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de las puertas dardanias, y ahora combaten lejos de la ciudad, junto a las cóncavas naves.

792. Con tales palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Atenea, la diosa de los brillantes ojos, fue en busca del hijo de Tideo y le halló junto a su carro y sus corceles, refrescando la herida que Pándaro con una flecha le causara. …

-Te conozco, oh diosa, hija de Zeus, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los bienaventurados dioses; pero si Afrodita, hija de Zeus, se presentara en la pelea, debía herirla con el agudo bronce. Pues bien: ahora retrocedo y he mandado que los argivos se replieguen aquí, porque comprendo que Ares impera en la batalla.

825. Contestó Atenea, la diosa de los brillantes ojos: -¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! No temas a Ares ni a ninguno de los inmortales. Hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, a ese loco voluble y nacido para dañar, que a Hera y a mí nos prometió combatir contra los teucros en favor de los argivos y ahora está con aquéllos y se ha olvidado de sus palabras.

835. Apenas hubo dicho estas palabras, subió al carro la enardecida diosa, se colocó al lado de Diomedes, y el eje de encina recrujió porque llevaba a una diosa terrible y a un varón fortísimo. Palas Atenea, habiendo recogido el látigo y las riendas, guió los solípedos caballos hacia Ares. Y Atenea se puso el casco de Hades, para que el furibundo dios no la conociera.

846. Cuando Ares, funesto a los mortales, los vio venir, dejando al gigantesco Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el divino Diomedes, domador de caballos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza por cima del yugo y las riendas; pero Atenea, cogiéndola y alejándola del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. A su vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea pica, y Palas Atenea, apuntándola al costado del dios, donde el cinturón le ceñía, le hirió, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma. El férreo Ares clamó como gritarían nueve o diez mil hombres que en la guerra llegaran a las manos; y temblaron, amedrentados, aquivos y teucros. ¡Tan fuerte bramó Ares, insaciable de combate!

864. Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de un impetuoso viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida el férreo Ares cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso cielo. El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se sentó, con el corazón afligido, a la vera del Cronión; mostró la sangre inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas palabras:

872. -¡Padre Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos? Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente nos causamos para complacer a los hombres; pero todos estamos airados contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo se ocupa en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes, hijo de Tideo, a combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió a Afrodita en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan a salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque vivo, a causa de las heridas que me hiciera el bronce.

888. Mirándole con torva faz, respondió Zeus, que amontona las nubes: -¡Inconsciente! No te lamentes sentado a mi lado, pues me eres más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas y tienes el espíritu soberbio de tu madre Hera, a quien apenas puedo dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido lo debes a sus consejos. Pero no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y para mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de algún otro dios, hace tiempo que estarías en un abismo más profundo que el de los hijos de Urano.

899. Dijo, y mandó a Peón que lo curara. Éste le sanó, aplicándole drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con igual presteza curó aquél al furibundo Ares, a quien Hebe lavó y puso magníficas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Cronión, jactándose de su gloria.

907. Hera y Atenea regresaron también al palacio del gran Zeus, cuando consiguieron que Ares, funesto a los mortales, dejara de matar hombres.

CANTO VI

Cuando los dioses abandonan el campo de batalla, los griegos diezman las falanges de los troyanos que, llenos de pánico, buscan refugio en la ciudad. Héctor aconsejado por el adivino Heleno, su hermano, va a Troya para que su madre Hécuba y las mujeres de la ciudad, acudan al templo de Atenea para rogarle que aleje a Diomedes de la batalla. Héctor se despide de Andrómana y regresa a la batalla acompañado por Paris

En tanto ellas invocaban a la hija del gran Zeus, Héctor se encaminó al magnífico palacio que para Alejandro labrara él mismo con los demás hábiles constructores de la fértil Troya; éstos le hicieron una cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de Príamo y de Héctor. Allí entró Héctor, caro a Zeus, llevando una lanza de once codos, cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo. En la cámara halló a Alejandro, que pulía las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba el corvo arco; y a la argiva Helena, que, sentada entre sus esclavas, las ocupaba en primorosas labores. Y viendo a aquél, le increpó con injuriosas palabras:
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