Más antiguo de la literatura europea. Escrita por






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139. Cuando así hubo hablado, le infundió en el corazón dulce deseo de su anterior marido, de su ciudad y de sus padres. Y Helena salió al momento de la habitación, cubierta con blanco velo, derramando tiernas lágrimas; sin que fuera sola, pues la acompañaban dos doncellas, Etra, hija de Piteo, y Climene, la de los grandes ojos. Pronto llegaron a las puertas Esceas.

146. Allí estaban Príamo, Pántoo, Timetes, Lampo, Clitio, Hicetaón, vástago de Ares, y los prudentes Ucalegonte y Antenor, ancianos del pueblo; los cuales a causa de su vejez no combatían, pero eran buenos arengadores, semejantes a las cigarras que, posadas en los árboles de la selva, dejan oír su aguda voz. Tales próceres troyanos había en la torre. Cuando vieron a Helena, que hacia ellos se encaminaba, se dijeron unos a otros, hablando quedo, estas aladas palabras:

156. -No es reprochable que los troyanos y los aqueos, de hermosas grebas, sufran tales males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales. Pero, aun siendo así, que se vaya en las naves, antes de que llegue a convertirse en una plaga para nosotros y para nuestros hijos.

161. En tales términos hablaban. Príamo llamó a Helena y le dijo: -“Ven acá, hija querida; siéntate a mi lado para que veas a tu anterior marido y a sus parientes y amigos -pues a ti no te considero culpable, sino a los dioses, que promovieron contra nosotros la luctuosa guerra de los aqueos-, y me digas cómo se llama ese ingente varón, quién es ese aqueo gallardo y alto de cuerpo. Otros hay de mayor estatura, pero jamás vieron mis ojos un hombre tan hermoso y venerable. Parece un rey.

171. Contestó Helena, divina entre las mujeres: -Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. ¡Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo, dejando a la vez que el tálamo, a mis hermanos, mi hija querida y mis amables compañeras! Pero no sucedió así, y ahora me consumo llorando. Voy a responder a tu pregunta: Ese es el poderosísimo Agamenón Átrida, buen rey y esforzado combatiente, que fue cuñado de esta desvergonzada, si todo no ha sido un sueño. …

191. … Fijando la vista en Odiseo, el anciano volvió a preguntar: -Dime, hija querida, quién es aquel, menor en estatura que Agamenón Átrida, pero de espaldas más anchas y de pecho más espacioso. Ha dejado en el fértil suelo las armas y recorre las filas como un carnero. Parece un velloso carnero que atraviesa un gran rebaño de cándidas ovejas.

199. Respondióle Helena, hija de Zeus: -Aquél es el hijo de Laertes, el ingenioso Odiseo, que se crió en la áspera Ítaca; tan hábil en urdir engaños de toda especie, como en dar prudentes consejos.

203. El sensato Antenor replicó al momento: -Mujer, mucha verdad es lo que dices. Odiseo vino por ti, como embajador, con Menelao, caro a Ares; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer el carácter y los prudentes consejos de ambos.

225. Reparando la tercera vez en Ayax, dijo el anciano: -¿Quién es ese otro aqueo gallardo y alto, que destaca entre los argivos por su cabeza y anchas espaldas?

228. Respondió Helena, la de largo peplo, divina entre las mujeres: -Ese es el ingente Ayax, baluarte de los aqueos. Al otro lado está Idomeneo, como un dios, entre los cretenses, le rodean los capitanes de sus tropas. Muchas veces Menelao, caro a Ares, le hospedó en nuestro palacio cuando venía de Creta. …

El heraldo Ideo llevaba además una reluciente crátera y copas de oro; y acercándose al anciano, le invitó diciendo:

250. -¡Levántate, hijo de Laomedonte! Los caudillos de los troyanos domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas corazas, te piden que bajes a la llanura y sanciones los fieles juramentos; pues Alejandro y Menelao, caro a Ares, combatirán con luengas lanzas por la esposa: mujer y riquezas serán del que venza, y después de pactar amistad con fieles juramentos, nosotros seguiremos habitando la fértil Troya, y aquellos volverán a Argos criador de caballos, y a la Acaya de lindas mujeres.

259. Así dijo. Se estremeció el anciano y mandó a los amigos que engancharan los caballos. Le obedecieron solícitos. Subió Príamo y cogió las riendas; a su lado, en el magnífico carro, se puso Antenor. E inmediatamente guiaron los ligeros corceles hacia la llanura por las puertas Esceas.

264. Cuando llegaron al campo, descendieron del carro y se encaminaron al espacio que mediaba entre los troyanos y los aqueos. Al punto se levantó el rey de hombres, Agamenón, se levantó también el ingenioso Odiseo; y los heraldos juntaron las víctimas que debían inmolarse para los sagrados juramentos, mezclaron vinos en la crátera y lavaron las manos a los reyes. El Átrida, con la daga que llevaba junto a la espada, cortó pelo de la cabeza de los corderos, y los heraldos lo repartieron a los caudillos troyanos y aquivos. Y, colocándose el Átrida en medio de todos, oró en alta voz con las manos levantadas:

276. -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! ¡Helios, que todo lo ves y todo lo oyes! ¡Ríos! ¡Gea! ¡Y vosotros, que en lo profundo castigáis a los muertos que fueron perjuros! ¡Sed todos testigos y guardad los fieles juramentos: Si Alejandro mata a Menelao, sea suya Helena con todas las riquezas y nosotros volvámonos en las naves, que atraviesan el ponto; mas si el rubio Menelao mata a Alejandro devuélvannos los troyanos a Helena y todas las riquezas, y paguen la indemnización que sea justa para que llegue a conocimiento de los hombres venideros. Y si vencido Alejandro, Príamo y sus hijos se negaran a pagar la indemnización, me quedaré a combatir por ella hasta que termine la guerra.

292. Dijo. Cortó el cuello a los corderos y los puso palpitantes, pero sin vida, en el suelo; el cruel bronce les había quitado el vigor. Llenaron las copas en la crátera, y derramando el vino oraban a los sempiternos dioses. …

302. … De esta manera hablaban, pero el Cronión no ratificó el voto. Y Príamo Dardánida les dijo:

304. -¡Oídme, troyanos y aqueos de hermosas grebas! Yo regresaré a la ventosa Ilión, pues no podría ver con estos ojos a mi hijo combatiendo con Menelao, caro a Ares. Zeus y los demás dioses inmortales saben para cuál de ellos tiene el destino preparada la muerte. …

314. …Héctor, hijo de Príamo, y el divino Odiseo midieron el campo, y echando dos suertes en un casco de bronce, lo meneaban para decidir quién sería el primero en arrojar la broncínea lanza. Los hombres oraban y levantaban las manos a los dioses. Y algunos de los aqueos y de los troyanos exclamaron:

320. -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, glorisísimo y omnipotente! Concede que quien tantos males nos causó a unos y a otros, muera y descienda a la morada de Hades, y nosotros disfrutemos de la jurada amistad.

324. Así decían. El gran Héctor, de tremolante casco, agitaba las suertes volviendo el rostro atrás: pronto saltó la de Paris. Se sentaron los guerreros, sin romper las filas donde cada uno tenía los briosos corceles y las labradas armas. El divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, vistió una magnífica armadura; (…) De igual manera vistió las armas el aguerrido Menelao.

340. Cuando hubieron acabado de armarse separadamente de la muchedumbre, aparecieron en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose de un modo terrible; y así los troyanos, domadores de caballos, como los aqueos, de hermosas grebas, se quedaron atónitos al contemplarlos. Se encontraron aquéllos en el medido campo, y se detuvieron blandiendo las lanzas y mostrando el odio que recíprocamente se tenían. Alejandro arrojó el primero la larga lanza y dio un bote en el escudo liso del Átrida, sin que el bronce lo rompiera: la punta se torció al chocar con el fuerte escudo. Y Menelao Átrida disponiéndose a acometer con la suya oró al padre Zeus:

351. -¡Zeus soberano! Permíteme castigar al divino Alejandro que me ofendió primero, y hazle sucumbir a mis manos, para que los hombres venideros teman ultrajar a quien los hospedare y les ofreciere su amistad.

355. Dijo, y blandiendo la larga lanza, acertó a dar en el escudo liso del Priámida. La ingente lanza atravesó el terso escudo, se clavó en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el costado. Se inclinó el troyano y evitó la negra muerte. El Átrida desenvainó entonces la espada guarnecida de argénteos clavos; pero al golpear el casco de su enemigo, se le cae de la mano, rota en tres o cuatro pedazos. Suspira el héroe, y alzando los ojos al anchuroso cielo, exclama:

365. -¡Padre Zeus, no hay dios más funesto que tú! Esperaba castigar la perfidia de Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la lanza resulta inútil y no consigo vencerle.

369. Dice, y arremetiendo a Paris, le coge por el casco adornado con espesas crines de caballo y le arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio ahogado por la bordada correa que, atada por debajo de la barba para asegurar el casco, le apretaba el delicado cuello. Y se lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa, hecha del cuero de un buey degollado: el casco vacío siguió a la robusta mano, el héroe lo volteó y arrojó a los aqueos, de hermosas grebas, y sus fieles compañeros lo recogieron. De nuevo asaltó Menelao a Paris para matarle con la broncínea lanza; pero Afrodita arrebató a su hijo con gran facilidad, por ser diosa, y se lo llevó, envuelto en densa niebla, al oloroso y perfumado tálamo. Luego fue a llamar a Helena, hallándola en la alta torre con muchas troyanas; tiró suavemente de su perfumado velo, y tomando la figura de una anciana cardadora que allá en Lacedemonia le preparaba a Helena hermosas lanas y era muy querida de ésta, dijo la diosa Afrodita:

390. -Ven. Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Lleno de amor y de impaciencia te aguarda más hermoso que nunca. No dirías que viene de combatir, sino que descansa dulcemente para asistir a un baile o que reposa después de haber estado en él.

395. En tales términos habló. Helena sintió que en el pecho le palpitaba el corazón; pero al ver el hermosísimo cuello, los lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombró y dijo:

399. -¡Cruel! ¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás acaso más allá, a cualquier populosa ciudad de la Frigia donde algún hombre dotado de palabra te sea querido? ¿Vienes con engaños porque Menelao ha vencido a Alejandro, y quieres que yo vuelva a su casa? Vete tú, abandona la morada de los inmortales y siéntate a su lado hasta que te haga su esposa o su esclava. No iré allí, ¡qué vergonzoso sería!, a compartir su lecho; todas las troyanas me criticarían, y ya son muchos los pesares que turban mi corazón.

413. La diosa Afrodita le respondió colérica: -¡No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome, te abandone; te aborrezca de modo tan extraordinario como hasta aquí te amé; ponga funestos odios entre troyanos y dánaos, y tú perezcas de mala muerte.

418. Así habló. Helena, hija de Zeus, tuvo miedo; y echándose el blanco y espléndido velo, salió en silencio tras de la diosa, sin que ninguna de las troyanas lo advirtiera.

421. Tan pronto como llegaron al magnífico palacio de Alejandro, las esclavas volvieron a sus labores y la divina entre las mujeres se fue derecha a la cámara nupcial de elevado techo. La risueña Afrodita colocó una silla delante de Alejandro; Se sentó Helena, hija de Zeus, que llevaba la égida, y apartando la vista de su esposo, le increpó con estas palabras:

428. -¡Vienes de la lucha (...) Y hubieras debido perecer a manos del esforzado varón que fue mi anterior marido! Presumías de ser superior a Menelao, caro a Ares en fuerza, en puños y en el manejo de la lanza; pues provócale de nuevo a singular combate. Pero no: te aconsejo que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con el rubio Menelao; no sea que sucumbas, herido por su lanza.

437. Contestó Paris: —Mujer, no me hieras con amargos reproches. Hoy ha vencido Menelao con el auxilio de Atenea; otro día le venceré yo, pues también tenemos dioses que nos protegen. Olvida eso, acostémonos y volvamos a ser amigos. Jamás la pasión se apoderó de mi espíritu como ahora; ni cuando después de robarte, partimos de Lacedemonia en las naves que atraviesan el ponto y llegamos a la isla de Cránae, donde me unió contigo amoroso matrimonio: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.

447. Dijo, y se encaminó al tálamo; la esposa le siguió, y ambos se acostaron en el torneado lecho.

449. El Átrida se revolvía entre la muchedumbre, como una fiera, buscando al deiforme Alejandro. Pero ningún troyano ni aliado ilustre pudo mostrárselo a Menelao, caro a Ares, que no por amistad le hubiesen ocultado, pues a todos se les había hecho tan odioso como la negra muerte. Y Agamenón, rey de hombres les dijo:

456. -¡Oíd, troyanos, dárdanos y aliados! Es evidente que la victoria quedó por Menelao, caro a Ares; entregadnos a la argiva Helena con sus riquezas y pagad una indemnización, la que sea justa, para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.”

461. Así dijo el Átrida, y los demás aqueos aplaudieron.

CANTO IV

Concluye el episodio del duelo entre Paris y Menelao y se retoma la acción principal del poema. Según el tratado que se acaba de hacer, la victoria de Menelao debería haber significado el fin de la guerra, pero lo impide la interferencia de los dioses –Hera y Atenea, furiosas por la intervención de Afrodita, acuden a Zeus quien decide que el combate debe continuar-. Las diosas inducen a Pándaro, el maravilloso arquero troyano, a arrojarle una flecha a Menelao y herirlo. Este acto traicionero hace que ambos bandos se preparen para una nueva y encarnizada batalla.

CANTO V

Diomedes, rey de Argos, irrumpe en la lucha matando a muchos troyanos. Pándaro lo hiere, pero retorna al campo de batalla con nuevas fuerzas alentado por Atenea. Lo atacan a la vez Eneas y Pándaro. Mata a Pándaro y hiere a Eneas con una piedra. Afrodita, que llega a rescatar a Eneas, es herida por Diomedes y vuela huyendo al Olimpo. Apolo y Ares acuden en ayuda de los troyanos. Tras un reproche de Sarpedón, Héctor reúne sus fuerzas y Diomedes debe retroceder. Atenea anima a Diomedes y, con ella, él ataca y hiere a Ares, quien se ve obligado a volar al Olimpo. Los otros dioses dejan el campo de batalla.

Esténelo, hijo de Capaneo, y dijo a Diomedes estas aladas palabras:

243. -¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! Veo que dos robustos varones, cuya fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno Pándaro, es hábil arquero y se jacta de ser hijo de Licaón; el otro, Eneas, se gloria de haber sido engendrado por el magnánimo Anquises y tener por madre a Afrodita. Subamos al carro, retirémonos, y cesa de revolverte furioso entre los combatientes delanteros, para que no pierdas la dulce vida.

251. Mirándole con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes: -No me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de mí batirme en retirada o amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen intactas. Desdeño subir al carro, y tal como estoy iré a encontrarlos pues Palas Atenea no me deja temblar. …

Así éstos conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando a los ágiles corceles, se les acercaron. Y el ilustre hijo de Licaón exclamó:

277. -¡Corazón fuerte! hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que la veloz y dañosa flecha no te hizo sucumbir, voy a probar si te hiero con la lanza.
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