Más antiguo de la literatura europea. Escrita por






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245. Así se expresó el Pélida; y tirando a tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tomó asiento. El Átrida, en el opuesto lado, iba enfureciéndose. Pero se levantó Néstor, suave en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces que la miel (…) y benévolo les arengó diciendo:
254. “¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea! Se alegrarían Príamo y sus hijos, y se regocijarían los demás troyanos en su corazón, si oyeran las palabras con que disputáis vosotros, los primeros de los dánaos lo mismo en el consejo que en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que yo.
260. Ni tú, aunque seas valiente, le quites la muchacha, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los magnánimos aqueos, ni tú, Pélida, quieras disputar de igual a igual con el rey, pues jamás obtuvo honra como la suya ningún otro soberano que usara cetro y a quien Júpiter diera gloria. Si tú eres más esforzado, es porque una diosa te dio a luz; pero éste es más poderoso, porque reina sobre mayor número de hombres. Átrida, apacigua tu cólera; yo te suplico que dejes la ira contra Aquiles, que es para todos los aqueos una fuerte protección en el pernicioso combate.
Agamenón parece aceptar pero le reclama a Aquiles sus intentos de mando. El hijo de peleo, enojado, acepta ceder a Briseida. Ambos se retiran y el Átrida prepara la hecatombe y devuelve a Criseida.
285. Respondióle el rey Agamenón: “Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir. Pero este hombre quiere sobreponerse a todos los demás; a todos quiere dominar, a todos gobernar, a todos dar órdenes, que alguien, creo, se negará a obedecer. Si los sempiternos dioses le hicieron belicoso, ¿por esto le permiten proferir injurias?”
292. Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles: “Cobarde y vil podría llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda a otros, no me des órdenes, pues yo no pienso obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en la memoria: No he de combatir con estas manos por la chica, ni contigo ni con nadie, pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero de lo demás que tengo en la veloz nave negra, nada podrías llevarte tomándolo contra mi voluntad. Y si no, inténtalo, para que éstos se enteren también; pronto tu negruzca sangre correría en torno de mi lanza.”
304. Después de discutir así con encontradas razones, se levantaron y disolvieron la junta que cerca de las naves aqueas se celebraba. El hijo de Peleo se fue hacia sus tiendas y sus bien proporcionados bajeles con Patroclo y otros amigos. El Átrida botó al mar una velera nave, escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe, para el dios, y conduciendo a Criseida, la de hermosas mejillas, la embarcó también; fue capitán el ingenioso Ulises.
Agamenón envía por Briseida y Aquiles, triste, la cede. Lloroso, el hijo de Peleo le pide explicaciones a su madre del olvido de Zeus.
318. En tales cosas se ocupaba el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza que en la contienda hiciera a Aquiles, y dijo a Taltibio y Euríbates, sus heraldos y diligentes servidores: “Id a la tienda del Pélida Aquiles, y cogiendo de la mano a Briseida, la de hermosas mejillas traedla acá; y si no os la da, iré yo con otros a quitársela y todavía le será más duro.”
326. Hablándoles de tal suerte y con arrogantes voces, los despidió. Contra su voluntad se fueron los heraldos por la orilla del estéril mar, llegaron a las tiendas y naves de los mirmidones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no se alegró. Ellos se turbaron, y haciendo una reverencia, se pararon sin decir ni preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:
334. “¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para mí no sois vosotros los culpables, sino Agamenón, que os envía por la joven Briseida. ¡Vamos, Patroclo, de ilustre linaje! Saca a la muchacha y entrégala para que se la lleven. Sed ambos testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel, si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de funestas calamidades; porque él tiene el corazón poseído de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo pasado, para que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.”
345. De tal modo habló. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sacó de la tienda a Briseida, la de hermosas mejillas, y la entregó para que se la llevaran. Partieron hacia las naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, se alejó de los compañeros, y sentándose a orillas del espumoso mar con los ojos clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre muchos ruegos: “¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico Zeus altitonante debía honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamenón Átrida me ha ultrajado, pues tiene mi recompensa, que él mismo me arrebató.”
Tetis, madre de Aquiles, aparece. Éste le cuenta la razón de su dolor y le pide que hable con Zeus para que apoye a los troyanos y el bando aqueo lo extrañe.
357. Así dijo llorando. Le oyó la veneranda madre desde el fondo del mar, donde se hallaba a la vera del padre anciano, e inmediatamente emergió, como niebla, de las espumosas ondas, se sentó al lado de aquél, que lloraba, le acarició con la mano y le habló de esta manera:
362. “¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.”
364. Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros: “Lo sabes. ¿A qué contarte lo que ya conoces? (…) Tú, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras. (…) Siéntate junto a él y abraza sus rodillas: quizá decida favorecer a los teucros y acorralar a los aqueos, que serán muertos entre las popas, cerca del mar, para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso Agamenón Átrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los aqueos.”
Tetis acepta interceder ante Zeus, cuando éste regrese.
413. Respondióle Tetis, derramando lágrimas: “¡Ay hijo mío! ¿Por qué te he criado, si en hora aciaga te di a luz? ¡Ojalá estuvieras en las naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, no de larga duración! Ahora eres al mismo tiempo de breve vida y el más infortunado de todos. Con hado funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado Olimpo y hablaré a Zeus, que se complace en lanzar rayos, por si se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero andar, conserva la cólera contra los aqueos y no participes en el combate. Ayer se fue Zeus al Océano, al país de los honrados etíopes, para asistir a un banquete, y todos los dioses le siguieron. De aquí a doce días volverá al Olimpo. Entonces acudiré a la morada de Zeus, sustentada en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero lograr persuadirle.”
428. Dichas estas palabras partió, dejando a Aquiles con el corazón irritado a causa de la mujer de bella cintura que violentamente y contra su voluntad le habían arrebatado.
Ulises devuelve a Criseida. Crises pide a Apolo terminar con el castigo para los griegos. Apolo escucha la petición y comienzan los sacrificios. Aquiles está todavía molesto. Tetis ruega a Zeus que los troyanos avancen hasta que los griegos se disculpen con su hijo. El padre de los dioses acepta.
488. El hijo de Peleo y descendiente de Zeus, Aquiles, el de los pies ligeros, seguía irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba las juntas donde los varones cobran fama, ni cooperaba a la guerra; sino que consumía su corazón, permaneciendo en los bajeles, y echaba de menos el griterío y el combate.
493. Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Zeus a la cabeza. Tetis no olvidó entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al Olimpo, y halló a Zeus sentado aparte de los demás dioses en la más alta de las muchas cumbres del monte. Se acomodó junto a él, abrazó sus rodillas con la mano izquierda, le tocó la barba con la diestra y dirigió esta súplica al soberano Zeus Crónida:
503. “¡Padre Zeus! Si alguna vez te fui útil entre los inmortales con palabras u obras, cúmpleme este voto: Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres Agamenón le ha ultrajado, arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngale tú, prudente Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los teucros hasta que los aqueos den satisfacción a mi hijo y le colmen de honores.”
511. Zeus, que amontona las nubes, nada contestó, guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que seguía como cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:
514. “Prométemelo claramente asintiendo, o niégamelo -pues en ti no cabe el temor- para que sepa cuán despreciada soy entre todas las deidades.”
517. Zeus, que amontona las nubes, respondió afligidísimo: “¡Funestas acciones! Pues harás que me disguste con Hera cuando me critique con injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales dioses, porque dice que en las batallas favorezco a los teucros. Pero ahora vete, no sea que Hera advierta algo; yo me cuidaré de que esto se cumpla. Y si lo deseas, te haré con la cabeza la señal de asentimiento para que tengas confianza. Este es el signo más seguro, irrevocable y veraz para los inmortales; y no deja de efectuarse aquello a lo que asiento con la cabeza.”
528. Dijo el Saturnio, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su influjo se estremeció el dilatado Olimpo.

Hera pregunta a Zeus sobre su conversación con Tetis. Discuten y el tonante la reprende.

Hefesto intenta tranquilizar los ánimos y ofrece vino para todos los dioses. Zeus se retira a dormir y Hera lo acompaña.
605. … Mas cuando la fúlgida brillante luz de Helios llegó al ocaso, los dioses fueron a recogerse a sus respectivos palacios que había construido Hefesto, el ilustre cojo de ambos pies con sabia inteligencia. Zeus Olímpico, fulminador, se encaminó dirigió al lecho donde acostumbraba dormir cuando el dulce sueño le vencía. Subió y se acostó; y a su lado descansó Hera, la de áureo trono.
CANTO II

Zeus, que quería honrar a Aquiles, envía un sueño engañoso a Agamenón para que ataque Troya con todos sus ejércitos. Convoca una asamblea para probar el ánimo de los soldados en la que dice a los aqueos que van a volver a casa. Ellos aceptan de buen grado y Ulises y Néstor tienen que intervenir parta contenerlos. Agamenón dispone sus tropas para el combate y enumera todas las fuerzas griegas –catálogo de las naves- y troyanas.
CANTO III

Cuando los dos ejércitos se disponen a pelear, Paris se ofrece a luchar con el más valeroso de los argivos. Menéalo acepta el desafío. Paris retrocede al verlo, pero Héctor se lo recrimina y se fijan las condiciones del duelo: si Paris mata a Agamenón, se quedará con Helena y sus riquezas, y si Menéalo mata a Paris, los troyanos devolverán a Helena, además de pagar todos los gastos de la expedición. Cuando Agamenón está a punto de matar a Paris, Afrodita lo envuelve en una nube de y se lo lleva a palacio donde Helena reprocha a Paris su cobardía y a Afrodita su perfidia.
15. … Cuando los ejércitos se hallaban cerca el uno del otro, apareció en la primera fila de los teucros Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes argivos a que sostuvieran con él terrible combate.

21. Menelao, caro a Ares, le vio venir con arrogante paso al frente de la tropa, y como el león hambriento que ha encontrado un gran cuerpo de cornígero ciervo o de cabra montés, se alegra y lo devora, aunque lo persigan ágiles perros y robustos cazadores, así Menelao se alegró de ver con sus propios ojos al deiforme Alejandro creyendo que podría castigar al culpable, y al momento saltó del carro al suelo sin dejar las armas.

30. Pero Alejandro, semejante a un dios, apenas distinguió a Menelao entre los combatientes delanteros, sintió que se le cubría el corazón y para librarse de la muerte, retrocedió al grupo de sus amigos. Como el que descubre un dragón en la espesura de un monte, se echa con prontitud hacia atrás, le tiemblan las carnes y se aleja con la palidez pintada en sus mejillas, así el deiforme Alejandro, temiendo al hijo de Atreo, desapareció entre las filas de los altivos troyanos.

38. Héctor, al verlo huir y le reprendió con injuriosas palabras: -¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá no hubieses nacido o te hubieras muerto antes de tu funesto matrimonio. No serías la vergüenza de los tuyos. Los aqueos de larga cabellera se ríen de haberte considerado como un bravo campeón por tu bella figura, cuando no hay en tu pecho ni fuerza ni valor. Y siendo como eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste a extranjeros, y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cuñada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, la ciudad y el pueblo todo, y una gran alegría para los enemigos y una vergüenza para ti mismo? ¿No esperas a Menelao, caro a Ares? Conocerías al varón de quien tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la cítara, los dones de Afrodita, la cabellera y la hermosura cuando rodaras por el polvo. Los troyanos son muy tímidos: pues si no, ya estarías revestido de una túnica de piedras por los males que les has causado.

58. El hermoso Paris respondió a su hermano: -¡Héctor! Con motivo me increpas y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha que hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho se encierra. No me reproches los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén a los demás troyanos y a los aqueos todos, y dejadnos en medio a Menelao, caro a Ares, y a mí para que peleemos por Helena y sus riquezas: el que venza, por ser más valiente, lleve a su casa mujer y riquezas; y después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos a la Argólide, criadora de caballos, y a la Acaya, de lindas mujeres.

76. Así habló. Oyóle Héctor con intenso placer, y corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, (…) Aqueos y troyanos se alegraron con la esperanza del final de la espantosa guerra. Detuvieron los caballos en las filas, bajaron de los carros y, dejando la armadura en el suelo, se pusieron muy cerca los unos de los otros. Un corto espacio mediaba entre ambos ejércitos. …

121. Entonces la mensajera Iris fue en busca de Helena, la de níveos brazos, tomando la figura de su cuñada Laódice que era la más hermosa de las hijas de Príamo. La encontró en el palacio tejiendo una gran tela doble, purpúrea, en la cual entretejía muchos trabajos que los troyanos, domadores de caballos, y los aqueos, de broncíneas corazas, habían padecido por ella en la guerra. Iris, la de los pies ligeros, se detuvo junto a Helena, y así le dijo:

130. -Ven, ninfa querida, para que presencies los admirables hechos de los troyanos, domadores de caballos, y de los aqueos, de broncíneas corazas. Los que antes, ávidos del funesto combate, llevaban por la llanura al luctuoso Ares unos contra otros, se sentaron -pues la batalla se ha suspendido- y permanecen silenciosos, reclinados en los escudos, con las largas picas clavadas en el suelo. Alejandro y Menelao, caro a Ares, lucharán por ti con ingentes lanzas, y el que venza te llamará su amada esposa.
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